Articulo para Acta Sociológica, sept 2006






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(Articulo para Acta Sociológica, sept 2006)

Identidad y Migración

Cecilia Imaz Bayona

En el estado actual del estudio de la migración internacional dos desarrollos teóricos han sido relevantes 1:

  • La importancia en las dimensiones culturales de la migración y de la identidad de los migrantes, en oposición a la visión de la migración como proceso demográfico.

  • El surgimiento de perspectivas teóricas no binarias que demolieron el dualismo inherente en los modelos clásicos que proponían las fuerzas de atracción-expulsión (Kearney. 1995).

Desde finales de los ochenta, conceptos tales como circuitos migratorios, redes de migrantes, sistema transnacional-sociocultural, comunidad transnacional, transmigración, estuvieron en boga para analizar gran parte de la migración internacional en varios polos de la economía mundial. Estos conceptos cambiaron la forma economicista y demográfica de pensar la migración, a otras formas que no están especificadas por las suposiciones modernistas acerca de los tiempos, espacios e identidades sociales, como ocurre con la construcción de las comunidades transnacionales de migrantes.

Es un hecho aceptado que la migración puede empezar por diversos motivos, entre ellos: deseo de mejorar el ingreso individual, intento de fortalecer los ingresos familiares, programas de reclutamiento que satisfagan demandas de mano de obra barata, desplazamientos internacionales de campesinos por la penetración del mercado en regiones periféricas, deseo de aventura o por alguna combinación de los anteriores.

Nuevas condiciones han surgido en los procesos migratorios que funcionan como causas independientes, como son: la expansión de redes de emigrantes, de instituciones que apoyan el desarrollo de comunidades transnacionales y el significado social de los cambios laborales en las sociedades receptoras.

En gran medida, la reconceptualización de la migración ha sido estimulada por un creciente reconocimiento de la multidireccionalidad de los movimientos migratorios. El movimiento rural al urbano es muchas veces acompañado por un flujo comparable en la dirección opuesta, es decir, por el retorno o cuando ocurren cataclismos que vacían parcialmente los centros urbanos. De hecho, los campos más comunes de la migración no son bipolares y unidireccionales, sino por el contrario, multipolares y con flujos complejos.

En la reconceptualización de la migración, la identidad de los trabajadores migrantes ha sido reconsiderada y esto ha implicado por ende una reinterpretación de sus comunidades, tanto las que forman en sus nuevos asentamientos como las de origen.

Las diferentes perspectivas teóricas pueden tener mayor o menor relevancia para explicar flujos migratorios particulares y mostrar diferente peso específico en función de la región del mundo de que se trate, ya que depende de las circunstancias históricas, políticas y económicas de la localidad en cuestión.

Pero en términos generales y de acuerdo a Durand y Massey (2003: 39) una explicación teórica satisfactoria de la migración internacional tiene que contener al menos cuatro elementos:

  1. Un tratamiento de las fuerzas estructurales que promueven la emigración desde los países en desarrollo.

  2. Una caracterización de las fuerzas estructurales que atraen migrantes hacia las naciones desarrolladas.

  3. Tomar en cuenta las motivaciones, objetivos y aspiraciones de quienes responden a estas fuerzas, y

  4. Considerar las estructuras sociales, económicas y culturales que surgen para conectar las áreas de origen y destino de la migración.

La identidad de los migrantes.

El considerar las estructuras sociales, económicas y culturales en los estudios migratorios condujo a la reconceptualización de la identidad y conciencia de los migrantes como sujetos históricos, pues se aceptó que son ellos quienes crean nuevas formas de relaciones sociales, tanto en la sociedad de origen como en la receptora.

En lo concerniente a la identidad y conciencia de ser sujetos históricos en el proceso de transformación social, el caso de la población emigrada de origen mexicano en los Estados Unidos es paradigmático como veremos más adelante. Este segmento de la población mexicana, si se considera su origen étnico, alcanza el 25 % del total de la población actual de México. Este gran segmento se encuentra distribuido a través de una variedad de generaciones, estratos socioeconómicos, estatus legal, ascendencia, idioma e identidades locales. Por lo que en vez de compartir una identidad relativamente coherente como la que caracterizó a los grupos de migrantes europeos, la identidad mexicana está atravesada por divisiones internas, conflictos, contradicciones y tensiones producto del tamaño y duración de esta migración y de los contextos en los cuales se ha desarrollado.

La fragmentación de la etnicidad de esta población se refleja en el hecho de que la Oficina de Censos estadounidense en los años ochenta tuvo que usar tres identificaciones que separaran a los de origen mexicano; en mexicanos, mexicano-americanos y chicanos, ya que cada uno corresponde a una concepción particular de la identidad original (García, 1981: 88). En el cuestionario del Censo del 2000 se reunió en una categoría al mexicano, mexicano-americano y chicano, en otra a la portorriqueña, otra a la cubana y otra al resto de los hispánicos o latinos. Esta división convencional indica procedencias de grupos que se auto-identifican como tales y de algunos países latinoamericanos.

Sin embargo, como “minoría étnica”, los latinoamericanos de las clases trabajadoras y en especial los indocumentados que alcanzan alrededor de 7 millones de los más de 11 que actualmente viven ilegalmente en los Estados Unidos, han cobrado conciencia de la importancia de unirse en una identificación común, la de los latinos, cuyo impacto ha sido determinante en la transformación social y cultural de la sociedad norteamericana.

La migración da un nuevo significado a la reconstitución de la identidad, no sólo porque permite a los migrantes moverse a través de varios campos sociales en los cuales su identidad es formada, sino también porque les da la posibilidad de escapar de categorías oficiales que les dan identidades sujetas o constreñidas como ocurre por ejemplo con la población indígena de México y de Centroamérica, que al emigrar a Estados Unidos escapa al control de sus sociedades y forma allá otra identidad que le permite adquirir una nueva valoración social, no obstante las condiciones de pobreza o marginación en las que viva.

Los diversos grupos de migrantes mexicanos, desde su asentamiento en Estados Unidos, han mostrado una identidad cuanto más local y étnica que nacional, y esto es particularmente evidente con los grupos más indígenas.

La identidad de estos migrantes es mexicana e “hispánica” para los estadounidenses, pero para ellos mismos y frente a los demás mexicanos son en primer lugar originarios de su localidad natal, y en segundo lugar se exhiben como mexicanos y latinos, sobre todo a partir del recrudecimiento de los controles migratorios y las discusiones sobre la reforma migratoria en los Estados Unidos 2.

Existe la creencia general en México de que mayoritariamente los emigrados y residentes mexicanos en diversas ciudades de Estados Unidos se encuentran atrapados en los estándares modernos de ese país, pero los objetos y signos que han adoptado (uso de cachuchas de béisbol, pantalones sueltos, carros con grandes llantas) tienen en realidad un distintivo más global que “americano” o en todo caso más cercano a los grupos subalternos de afroamericanos o de las pandillas de jóvenes latinoamericanos.

Las sociedades de arribo de los inmigrantes como Los Ángeles, Chicago, Houston y Nueva York han dejado de ser sociedades bipolares y se han convertido en campos multipolares de relaciones interétnicas en donde la anterior dominación europeo-americana de la cultura receptora dejó de ser el primer marco de referencia para los emigrados y el espacio en el que las identidades eran construidas.

En Estados Unidos, y en otros países que reconocen como contendientes válidos a los diversos grupos étnicos que integran la sociedad, la organización de la participación política sobre esas líneas tiende a ocurrir a lo largo de las divisiones de tales grupos. En este sentido, en la medida en que la etnicidad tiene un carácter atribuible, situacional y estratégico y cuando los miembros de un grupo así identificado perciben que su reconocimiento como tal es aceptado, entonces existe la posibilidad de que la movilización ocurra sobre la base de esa identidad designada.

Este marco general propicio para la movilización y participación político-social de los grupos étnicos en Estados Unidos se refleja en dos sentidos:

  1. En un ámbito más amplio y dentro de la lucha política estadounidense se presenta la población “hispana” o “latina”, es decir, dentro de una categoría general que incluye a aquellas de origen nacional como mexicano o dominicano y significa un reconocimiento de su aceptación como categoría socialmente definida con posibilidades de influir en la política nacional.

  2. En otro ámbito ocurre la percepción de los grupos de migrantes por nacionalidad original, como los mexicanos, de ser un grupo étnico más dentro del gran mosaico cultural que es ese país, y dentro de ese ambiente social se refuerza su tradición comunitaria, que es susceptible de impulsar la organización entre coterráneos.

La migración mexicana en Estados Unidos no tiene conciencia de pertenecer a una diáspora, por no haber sido originada por una fuerza coercitiva, ni por tener como antecedente un desarraigo fundacional, como ocurrió con los judíos o los palestinos. Aun si consideramos la pérdida de los territorios del Norte, iniciada con la independencia de Texas (1836), la guerra con Estados Unidos (1847-1848) y el Tratado de la Mesilla (1853) que explican el origen de varias comunidades de mexicano-americanos, la gran mayoría de los emigrados de origen mexicano en aquel país no se considera descendiente de esos primeros mexicano-americanos, no los considera sus ancestros, ni los ven como la causa originaria de su migración, sino se consideran producto de una migración laboral, sobre todo de las últimas décadas que se ha establecido como minoría étnica en Estados Unidos (González G. 1993).

Esta conciencia de pertenecer a una minoría étnica en la sociedad receptora deriva de la naturaleza del sistema socio-político norteamericano, y de manera especial del antecedente de la lucha de los afroamericanos por los derechos civiles en los años sesenta, quienes lograron se les reconociera el estatus de minoría protegida, pues a partir de esa condición pudieron beneficiarse posteriormente otras minorías.3

Si anteriormente las identidades colectivas como “hispano” o “latino”, que engloban en una sola categoría a los inmigrantes mexicanos con los de otros países de habla hispana, fueron usadas como definiciones externas con propósitos discriminatorios, crecientemente fueron vistas por los propios inmigrantes y sus descendientes como un recurso útil para obtener recompensas económicas o políticas. Un ejemplo de lo anterior son los programas de Acción Afirmativa que dan cuotas preferenciales en educación y empleos a minorías anteriormente discriminadas.

En el ambiente del multiculturalismo norteamericano, la etnicidad de los migrantes mexicanos se convirtió en un recurso esencial para explicar su modo de vida y una forma de resistencia y solidaridad para combatir la marginación y las escasas expectativas de movilidad social.

Para muchos de los migrantes, la asimilación a la sociedad norteamericana significaba involucrarse en el ambiente hostil de la vida de las ciudades en las que vivían, y el mantener su cultura y valores fue visto como una forma de proteger a sus hijos de los defectos de la vida estadounidense.

Sin embargo, la segunda generación se siente “americana”, pero a la vez se siente afectada por la identidad dual de sus padres y en muchas ocasiones consideran los lugares natales de éstos como su segunda casa.

En los inmigrantes de los últimos 30 años no hay actualmente sentimientos de fractura. De hecho se sienten afortunados, pues tienen dos países, dos casas, pertenecen a ambos lugares y no lo perciben conflictivo, sino que lo asumen como una realidad. En vez de romper con un pasado, transitan en dos mundos y en diferentes grados, dependiendo de donde vienen y de lo que puedan sufragar. Algunos se involucran en dos sociedades al mismo tiempo, económica, cultural y políticamente.

Para los que están laboral y residencialmente segmentados, su vida en Estados Unidos transcurre como si fuera dentro de un enclave y esta situación es común en diversos asentamientos de mexicanos en la Unión Americana. En California, el estado de mayor concentración de población de origen mexicano, la segmentación residencial no sólo es un efecto de la segmentación social, sino también del cambio estructural en la agricultura californiana, que provocó los cambios de cosechas tradicionales a cosechas especializadas con mayor trabajo intensivo. La vida en estos enclaves de producción agrícola ha pasado desde entonces por una adaptación a la comunidad binacional y no a la corriente sociocultural norteamericana. Las personas en estos espacios viven sus vidas separadas del resto de la sociedad, crecientemente marginados y ocupados en trabajos de servicios secundarios que no requieren la habilidad del uso del inglés, lo que ha acentuado la discriminación contra ellos en el empleo, la vivienda, la educación y el respeto básico (Kearney, 1991).

En espacios multiculturales como Los Ángeles, Chicago, Houston, Nueva York y Miami, las diferenciaciones étnicas provocan tensiones y conflictos en el mercado laboral y en diversos espacios de la vida comunitaria. Es en estos mosaicos de comunidades étnicas causado por la migración, que diversos grupos de migrantes mexicanos viven y trabajan en contextos sociales que son esencialmente mexicanos, separados de la inmersión en la cultura y sociedad estadounidense.

El origen rural, con arraigo comunitario de numerosos migrantes mexicanos concentrados en asentamientos del país vecino ha formado, a diferencia de otras “diásporas” comunidades transnacionales que han reconceptualizado su identidad como binacional. El caso de Zacatecas es paradigmático en este sentido.

Las comunidades transnacionales de migrantes: expresión de la identidad y el arraigo comunitario constructivo

Las comunidades transnacionales de migrantes se forman cuando existen elementos suficientes como son:

  • Una identidad compartida entre un grupo de migrantes.

  • Un número suficiente de emigrados que integren una comunidad en el país de establecimiento.

  • El deseo y compromiso de mantener ligas en la comunidad de origen y de participar en la toma de decisiones.

En los años sesenta y setenta los estudios de la migración internacional se enfocaron en los flujos migratorios e hicieron a un lado la incorporación simultánea de los migrantes en más de un Estado-nación, que es lo que define la migración transnacional.

Se buscaron términos adecuados para describir las rutas de los emigrantes, como el de jornaleros migrantes temporales, migrantes circulares, pero no llegaron a captar las interconexiones forjadas ni la incorporación múltiple de los migrantes, porque se analizó a los individuos en vez de rastrear las redes de relaciones sociales.

El cambio en el paradigma de la migración transnacional ocurrió cuando se alteró la unidad de análisis. El paso crítico se dio cuando las investigaciones empezaron por la premisa de que las actividades de los migrantes en las sociedades que envían y en las sociedades receptoras son parte de una sola unidad social. Y a partir de esta premisa se empezó a separar el concepto de “sociedad” del “territorio nacional”.

Los investigadores se alejaron de la imaginaria dominante del Estado-nación en donde se asumía que la política, el territorio y la sociedad coincidían en él. Y aquellos que empezaron a desarrollar el nuevo paradigma (Kearney, 1991; Rouse, 1988; Bash, 1994) enfatizaron el significado de la interacción social sostenida que los inmigrantes mantenían transfronteras. Se pensó que esto era una novedad y junto con teóricos de la globalización y de la cultura pública transnacional percibieron la migración transnacional y el rompimiento de fronteras y límites de pertenencia política como un fenómeno del final de siglo XX, ligado a las nuevas tecnologías de la información.

Un paso adelante de esta concepción dualista fue posible al considerar la formación de la identidad en el espacio teórico de la comunidad transnacional. Hay varias ideas básicas en este concepto. Primero, en contraste con la articulación del modelo de modos de producción, la idea de la comunidad transnacional da un peso equivalente al consumo, en el cual se incluye el de carácter cultural. Este consumo ocurre por vía de las redes comunitarias y de migrantes que son, metafóricamente hablando, los nervios y los vasos de la comunidad transnacional. Por estas redes fluyen personas, objetos, valores, símbolos e información.

Para la teoría transnacionalista, las redes tienen un significado similar al de “cadenas de comunicación” debido a que el componente humano de las redes sociales, básicamente del tipo de comunicación cara a cara, ha aumentado en todos los lugares gracias a la comunicación electrónica disolviendo las distancias o límites espaciales de las comunidades rurales.

La teoría transnacionalista se apoya en el concepto de la construcción de redes a través de la comunicación inmediata, que ha alterado radicalmente la forma de vida en las comunidades expulsoras de migrantes. Según esta teoría la comunicación inmediata ha permitido la construcción de la identidad personal de los migrantes, porque el consumo de información generado y canalizado por extensas redes moldea la identidad de sus miembros en diversas formas. Las redes que estructuran a las personas en las comunidades transnacionales literalmente informan a sus miembros en una manera que difiere de la capacidad moldeadora de la comunidad cerrada corporativa.

Así como los transnacionalistas exageraron porque sacaron de contexto histórico la importancia de los medios de comunicación inmediata (Zolberg, 1999; Portes, 2001), las redes vistas como moldeadoras de la identidad de los migrantes resulta exagerado también, ya que como concepto es útil para explicar los mecanismos de reclutamiento de trabajadores, así como los de asentamiento, pero no lo es para comprender los mecanismos de formación de las comunidades transnacionales.

En relación con las comunicaciones electrónicas, que son una parte medular en la propuesta transnacionalista, cabe señalar que en un principio se le dio demasiada atención a los efectos de la penetración de estos medios masivos de comunicación en la parte rural y a su influencia en la cultura local y nacional.

Un supuesto de la teoría de la modernización es que el consumo de los medios masivos de comunicación erosiona las sociedades tradicionales y facilita la expansión de la modernidad. A la vez, es universalmente aceptado que un mayor grado de alfabetización es un signo de modernidad, pero los procesos culturales de las comunidades subalternas parecen no inclinarse por una mayor educación formal, sino por el acceso a los medios de comunicación electrónica, con información no basada en medios escritos.

En el caso de algunas comunidades remotas de México con alto componente indígena que han quedado marginadas de la educación formal, el uso de los medios electrónicos se fue expandiendo cuando estas localidades tuvieron acceso al teléfono, al fax y a Internet y cuando se convirtieron en comunidades transnacionales por efecto de una salida considerable de migrantes que se mantuvieron ligados a la comunidad natal.

Comparable al efecto de los medios masivos de comunicación en las comunidades rurales es el uso fácil, accesible de los aparatos de transmisión y grabación (teléfonos, grabadoras, tocacintas, cámaras, videocintas, giros bancarios, banco electrónico, correo electrónico) que contribuyen como ha demostrado Robert Smith (1995) a expandir las redes espacialmente y al mismo tiempo a condensar su densidad social.

Las redes, de forma similar a los sistemas de comunicación, canalizan no sólo el flujo de personas e información de lo que acontece en sus comunidades esparcidas, también canalizan valores; en este sentido, la generación, transmisión y consumo directo de signos, símbolos y valores a través de estos medios son variaciones de la dinámica comunicacional de las redes.

Conforme los migrantes viajan a través de sus conexiones desde varios lugares de producción, consumo y reproducción económica, social y cultural, traen consigo dinero o lo transmiten por giros electrónicos, y a la vez ellos mismos encarnan fuerza de trabajo que en su mayor parte es reproducida dentro de las redes y vendida afuera.

La comunidad transnacional de migrantes no es realmente una constante en las comunidades expulsoras de migrantes. Se presenta en varias de ellas y el caso mexicano es particularmente representativo de este fenómeno. Numerosas comunidades de migrantes funcionan de manera transnacional, pero existen diversos grados de “transnacionalismo”. Entre las que se han “vaciado” muchas han desarrollado este esquema, pero otras no. Sin embargo, entre los estudiosos de la migración internacional el término es aplicado a aquellas comunidades en que una parte considerable se establece en un país extranjero y modifica la vida social de la comunidad original.

De acuerdo a Glick Schiller (1999) el término “transnacional” se aplica en la discusión de procesos políticos, económicos, sociales y culturales que se extienden más allá de las fronteras de un determinado Estado, e incluyen actores que no son Estados, pero están influidos por las políticas y prácticas institucionales de los Estados.

La migración transnacional es un patrón de la migración en el que personas que se trasladan a través de fronteras internacionales y se establecen en el nuevo Estado, mantienen fluidas conexiones sociales con la comunidad de donde provienen. En este patrón de migración transnacional las personas literalmente viven sus vidas a través de las fronteras internacionales, y al hacerlo establecen campos sociales que son transnacionales. Aquellas personas que emigran, pero que mantienen o establecen relaciones familiares, económicas, religiosas, sociales o políticas en el Estado del cual provienen, y aunque mantengan también ese tipo de relaciones en el nuevo Estado en donde permanecen, pueden ser considerados como migrantes transnacionales (Glick Schiller, 1992).

Los transmigrantes difieren de la tradición de la diáspora porque acuden y son reclamados por dos o más naciones en las que están incorporados como actores sociales y una de las naciones es aceptada como el Estado-nación de origen.

Se han dado diásporas a través de la historia, pero éstas son entendidas como migraciones y desplazamientos de personas que tienen en común algún tipo de mito u origen compartido, lengua o religión, y han huido principalmente por motivos de persecución. Sin embargo, el término es actualmente usado para referirse a grandes volúmenes de migración asentadas en un Estado distinto del original. Por su parte, los términos de emigrante e inmigrante se refieren a personas que se han trasladado a través de fronteras internacionales con el propósito de establecerse, independientemente de que establezcan o no relaciones transnacionales.

Uno de los elementos que se debe considerar para que las relaciones que establecen los migrantes con sus comunidades de origen puedan ser denominadas transnacionales, es que debe haber una participación sistemática de éstos con las comunidades y a través de las fronteras. Asimismo, como señala Guarnizo (2003: 670) la vida transnacional es una posible condición evolutiva en la relación entre los recursos de los migrantes y el posicionamiento sociocultural, además de los contextos históricos de las localidades específicas en donde viven.

Referencias bibliográficas


  • Bash Linda et al. (1994) Nations Unbound, Gordon and Breach Publishers USA




  • Durand Jorge y Douglas Massey (2003) Clandestinos: Migración México- Estados Unidos en los albores del siglo XXI México, Ed. Porrúa, Universidad Autónoma de Zacatecas

  • García John (1981) “Yo soy mexicano: Self Identity and Sociodemographic Correlatos” en, Social Science Quartely, E.U. No.62 pp.88-98

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  • Portes A. y R. Rumbaut (2001) Legacies.The history of immigrant second generation. University of California Press

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  • Skerry Peter (1993) “Mexican-Americans: the ambivalent minority”. The Free Press, Nueva York




  • Smith Robert C .(1995) Los ausentes siempre presentes. The imaging, making and politics of a transnational community between New York City and Ticuani, Puebla PHD Dissertation in Political Science, USA, Columbia University

  • Zolberg Aristide (1999) ‘Matters of State: Theorizing immigration policy’ en C. Hirschman et al (Comp.) The handbook of international migration. The american experience, UK, Russell-Sage




  • Zúñiga H. Elena et al. (coord) Migración México-Estados Unidos, Implicaciones y retos para ambos países. 2006, CONAPO, Univ, Guadalajara, CIESAS, COLMEX, C.Juan Pablos, México



1 Parte de este trabajo se puede encontrar en el capítulo 2 del libro de Cecilia Imaz B. La Nación Mexicana Transfronteras.Impactos sociopolíticos en México de la Emigración a Estados Unidos, FCPyS.UNAM 2006, México

2 Ver Jorge Durand. “Latinos en Estados Unidos, La Nueva y Primera Minoría” en E.Zúñiga H et al. (coord) Migración México-Estados Unidos, Implicaciones y retos para ambos países. 2006, CONAPO, Univ, Guadalajara, CIESAS, COLMEX, C.Juan Pablos, México

3 En 1975 el Congreso de Estados Unidos reformó la Voting Rights Act de 1965 para reconocer a las personas de origen asiático e hispánico como minorías lingüísticas que habían sido víctimas sistemáticas de la discriminación racial y por tanto eran sujetas a la protección que la ley otorga a las comunidades negras. Gracias a esta reforma las legislaturas estatales han podido diseñar distritos electorales que virtualmente aseguran la elección de candidatos mexicano-americanos. Skerry Peter (1993) “Mexican-Americans: the ambivalent minority”. The Free Press, Nueva York, p. 300.


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