La Megalópolis de la Región Centro de México: sistema complejo






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La Megalópolis de la Región Centro de México: sistema complejo.

Rafael López Rangel

Objetivo. Mostrar la pertinencia de la utilización de la epistemología constructivista y de la Teoría de los Sistemas Complejos para abordar la problemática cognoscitiva de la denominada Megalópolis de la Región Centro de México. Algunas visiones actuales acerca de la Megalópolis y Región Centro del país.

¿Cuáles son las preocupaciones que nos llevan al interés por la problemática de la denominada megalópolis de la Región Centro de la República Mexicana? ¿Por qué vinculamos el conocimiento de esa problemática con una de las concepciones centrales de la epistemología constructivista: la complejidad? ¿Por qué se considera un reto, en los círculos académicos, en los políticos y en significativos sectores de la ciudadanía, el abordaje de esa problemática? Para responder a estas cuestiones, aunque sea de manera inicial, aventuraremos algunas reflexiones epistemológicas.

Ya desde los años setenta –en el último tercio del siglo pasado- empiezan a manifestarse síntomas del desbordamiento de las más grandes ciudades del país y del inicio del proceso de formación de metrópolis (L. Unikel 1976, G.Garza,1987, R Eibenschutz,1997) . Y no es desconocido que uno de los calificados como acelerados, ha sido el de la llamada Región Centro, cuyo sistema de ciudades, junto a sus territorios, ha sido bautizada en algunas instancias, como megalópolis, o en otros términos quizá más correctos, región megalopolitana o inclusive, la Ciudad Región del Centro de México. No desconocemos la importancia que tiene la polémica acerca de los términos, ya que forma parte de la conformación de nuestra cultura urbanística. Sin embargo, consideramos que es prioritario desentrañar la naturaleza epistemológica del conocimiento de esa problemática implicada en las formas actuales del crecimiento urbano. En ese proceso iremos tratando la cuestión de las diversas denominaciones que se le han dado.

Para iniciar, nos interesa delinear el proceso cognoscitivo más general, que llevó a considerar como sistema a la relación e interrelación entre ciudades.

Se trata, ni más ni menos -y no habría por qué decirlo a estas alturas del conocimiento acerca de la problemática urbanística- de mencionar , aunque sea de manera esquemática algunos hitos el proceso de su conocimiento: llega el momento, en un recorrido que transcurre del SXVI al S XX en Europa (Wallernstein, 2007) y en A. Latina desde fines del XVIII al XX, en el cual el desenvolvimiento del modo capitalista de producción capitalista, la circulación de mercancías, bienes, servicios, intercambios comunicativos, tecnológicos, culturales e incluso de situaciones ambientales y coparticipación de imaginarios colectivos, hizo necesario que la relación entre ciudades dejara de concebirse de manera simple y lineal, de causa y efecto sobre un territorio, para dejar lugar a concepciones que hilvanaban, al estilo de un estructuralismo primitivo, las relaciones entre las ciudades contiguas o cercanas, y ciertamente, con esa visión, “explicaban” también las interrelaciones internas de las urbes. Surgen así las teorías funcionalistas , en primera instancia, como un conjunto de relaciones simples (Teorías funcionalistas, del zoning, Escuela de Chicago, en los años 20 y 30 del siglo pasado). Historia sabida. Esa idea fue evolucionando a la concepción de sistema: al principio, con una visión estructuralista (Ch. Alexander, años 70, Bertalanffy, 1968). En poco tiempo, ante el aumento de la complejidad de las sociedades y de las ciudades , se han ido aceptando, no sin resistencias, las emergentes concepciones de los sistemas complejos ( J. Piaget,1970, R. García,2006, E. Morin, 2001 ).

Es de resaltar que como parte de estas transformaciones del conocimiento acerca de los procesos urbanos, y al mismo tiempo, en relación recursiva con el desarrollo de la epistemología, se van resquebrajando las disciplinas monotemáticas para abrir la concurrencia interdisciplinaria (urbanismo-geografía-sociología, economía –ecología, etc.) para llegar al máximo descentramiento piagetiano: la transdisciplina, clave maestra para adentrarse en realidades complejas. Si ya fuésemos expertos en complejidad y estuvieran dadas las condiciones institucionales, la transdisciplina se movería como pez en el agua en nuestras investigaciones, porque estaríamos convencidos de las dialógicas recursivas que se dan entre los procesos urbanos, de tal modo, que no podríamos definir unos sin definir los otros, de manera revolvente y en espiral (el bucle moriniano1). Si los sistemas complejos son conjuntos de procesos interdefinibles, para el caso que nos ocupa, tenemos que aclararnos con qué tipo de procesos construiríamos el sistema cognoscitivo del enorme conjunto compuesto por aglomeraciones urbanas , “rurales” y “vacíos” de la Región Centro, y más adelante a determinar los niveles y condiciones de interdefinibilidad de sus componentes. Nos aventuraremos a dar una primera aproximación a esta cuestión, sin desconocer las variantes que se puedan producir por las diferencias de criterios en lo que respecta al “tamaño” de la aglomeración y a la denominación que se le asigne, cuestiones que trataremos más adelante.

Diversas construcciones cognoscitivas de la megalópolis. Conviene aclarar que estaríamos fuera de la realidad si no consideramos que la manera de ver el problema de plantear las preguntas de investigación acerca de la megalópolis de la Región Centro de México, no son neutras o adiáforas. El urbanismo, la planificación, y el considerable conjunto de disciplinas que están implicadas en el conocimiento de estos problemas, no son precisamente nomotéticas (aunque utilicen algunos instrumentos de las “ciencias exactas”): están impregnadas de posiciones ideológicas. O sea, tienen un carácter hermeneútico. Al fin y al cabo, y hablando en lo general, la ciencia se ha construido y se seguirá construyendo con variadas dosis, a veces muy altas, de interpretaciones. La clave de su cientificidad es que sean verosímiles (Galvano della Volpe, 1967, I. Thompson, 2002).

La hermeneútica interviene aún en los casos que nos proponemos llevar a cabo, una “simple” descripción. Describimos, enlistamos, y organizamos datos, hechos, objetos, procesos, que se convierten en observables. Estas operaciones, como lo afirma, entre otros, Rolando García, no están exentas de sentido, de significado, de “teoría”: constituyen, también operaciones semióticas. Y al mismo tiempo, cuando elegimos, en la descripción de una ciudad o de un conjunto de ciudades, procesos económicos, políticos, o territoriales, en realidad, en términos cognoscitivos ¿separamos realmente unos de otros, aunque estén vinculados y no pueden darse uno sin el otro en el ámbito urbano? Al contrario, al describir “de manera simple” ese gran conjunto de una megalópolis se procede a través de selecciones que, en rigor, no se hacen al azar. De ahí en adelante, las descripciones pueden in cobrando calidad en la medida que el investigador se propone no sólo “medir y contar” sino llevar a cabo interpretaciones cada vez más profundas, lo cual lleva al asidero de “teorías” y “marcos epistémicos”, establecidos por comunidades e instituciones científicas de amplios consensos pero también de disensos, por sus diversas maneras de asumir o de abatir las incertidumbres que su tratamiento provoca: al fin y al cabo, el conocimiento científico es fábrica de certidumbres enfrentada a fábricas de incertidumbres. No estamos, al decir esto, dentro de un estéril relativismo, o en términos más coloquiales, en un callejón sin salida: nos encontramos en una complejidad con salidas y respuestas complejas. Los procesos megalópolitanos reclaman esa condición. Retomamos aquí la contundente aseveración de Eduardo Neira: la ciudad es la obra más compleja hecha por el hombre. ¿Y si es así, como podremos ver a la megalópolis, que está constituida por un conjunto de ciudades y de regiones vinculadas a éstas?

La posibilidad de reconocer la direccionalidad epistémica de los análisis que se han realizado de la megalópolis –en este caso la de la Región Centro de México- tiene una clave maestra, que se encuentra en la respuesta a nuestra primera pregunta: se puede aprehender, si descubrimos la preocupación o el conjunto de preocupaciones que hay en la base de la investigación; también nos permite saber cómo se ha dado por parte de cada autor o grupo de autores, la selección de los procesos a estudiar, y si plantea o no su interdefinibilidad. Naturalmente, esto abarca a nuestras propias investigaciones.

Reconocemos también que las causas del interés por el conocimiento de estas aglomeraciones urbano-regionales, son múltiples y se producen según intereses diversos. Por poner dos situaciones extremas, y por lo demás obvias: desde aquellas que están involucrados (directa o indirectamente, de manera explícita o implícita) en los grandes negocios y ven a la ciudades y sus regiones, con prioridad en los procesos de inversión, hasta las que se preocupan por indagar los efectos del proceso megalopolitano, en la calidad de vida de la población urbana y rural (o rururbana, como sea que se acuerde llamarle) de quienes la habitan. En el primero de los casos, se dará prioridad a los procesos, flujos o redes económicas internacionales, a las ventajas competitivas para las empresas, facilitadas por las interrelaciones entre ciudades globalizadas, las posibilidades infraestructurales del país y la región en cuestión y las disposiciones de las autoridades locales para generar políticas públicas que propicien tales inversiones. (Por cierto, no es casual, que esos círculos internacionales estén generando ahora instrumentos para conocer la disposición de los ciudadanos a “tener iniciativas para su superación personal” como el índice de desarrollo humano, uno de los más recientes gritos de la moda de la pragmática del gran capital internacional).

Otra situación, que ya despunta en América Latina, se da cuando a la vinculación de ciudades se le vea, por parte de los círculos gubernamentales, con la intención de coadyuvar a un desarrollo con soberanía nacional. En estos casos, las políticas públicas que de ahí emanen, podrán abrir las puertas al logro de una sustentabilidad humana, con equidad, y se dirigirán a cubrir las demandas sociales (Morin).

Esos ejemplos nos llevan, ni más ni menos, a la necesidad de conocer la concepción que del desarrollo se tenga en nuestros países latinoamericanos, ahora implicados en la dialógica neoliberalismo-nacionalismo. Con ese conocimiento, se abren las posibilidades de entender la naturaleza ideológica de las políticas públicas, incluidas las urbano-regionales, que se manejan en cada país o bloques de países.

Naturalmente, en un análisis complejo se requeriría también ahondar en la indagación micro, que nos llevaría, incluso, hasta el conocimiento de la procedencia institucional y grupal de quienes elaboran las políticas, incluso en sus instancias al parecer exclusivamente técnicas y por ende “neutrales”. Este recorrido cognoscitivo, realizado en términos tradicionales, podría ser monumental: ir desde el conocimiento de los entornos sociohistóricos (nivel macro), hasta los niveles micro. Sin embargo, y como lo iremos viendo, los principios del pensamiento complejo, despejan el camino. Una de las fórmulas clave es el reconocimiento y utilización de la naturaleza colectiva –incluso planetarizada y vuelta red por los medios digitales- del trabajo investigativo, y la otra, combinada con la primera, es la visión hologramática moriniana (la relación del todo con las partes).

Con esa visión, incluso, podríamos despejar la naturaleza ideológica del término megalópolis, -acuñado, como se sabe, por el geógrafo francés Jean Gottmann en 1960- y la pertinencia de su utilización en nuestro medio y no quedarnos con un registro anecdótico. ¿Acaso se podría inferir de la lectura de su texto -"Megalopolis, The Urbanized Northeastern Seaboard of the United States" (Megalópolis, el urbanizado borde marítimo noreste de Estados Unidos)- que campea en el fondo de la preocupación, que se daba por el poderío globalizador de los Estado Unidos? ¿Podríamos decir que en ese libro se muestran, de manera directa o subsumida las sinergias económicas y sociopolíticas, emanadas de una franja del territorio urbanizado de la costa este de ese país? Ahí, se concentra el núcleo duro del poderío de La “Roma contemporánea”: una gigante aglomeración (de más de 10 millones de habitantes), entre Boston y la conurbación Baltimore-Washington incluyendo las aglomeraciones de Hartford, Nueva York, y Filadelfia, así como una multitud de ciudades de más de 100.000 habitantes. Una vez lanzado ese texto, su interés persiste hasta la actualidad, por la presencia agudizada de la globalización. Ese término se ha extendido, y se ha convertido en objeto de estudio en un buen número de países, incluso los latinoamericanos2. Ha sido incluido como tema en las disciplinas que tienen que ver con los procesos urbanos, aunque en algunos casos, esas aglomeraciones han sido llamadas ciudad región, corona regional de ciudades, etc., etc. (En relación a esta visión de megalópolis y, dentro de la polémica que se ha desatado acerca del término, están quienes, como Rosique Cañas, piensan que es “insustituible” (Rosique 2006): y quienes están con la interesante opinión , adversa y ya célebre en nuestro ámbito, de Priscila Connoly, quien piensa que con ese término -y su connotación de metrópoli agrandada- no se pueden explicar nuestros procesos locales, a los cuales se dirigen las investigaciones al respecto, y que tal hecho lo agrava su origen etnocéntrico (P. Connoly, 1999: 37-46). Esta polémica no es ociosa, ni un mero juego intelectual: ¿Acaso no ha llegado a sugerir el trabajo de Gottmann que la formación de megalópolis pude ser determinantes para lograr el desarrollo capitalista en uno de los nodos más poderosos de la globalización? Es más, y en retroacción, nos sugiere otra interrogante: ¿Si los grandes contrastes segregativos de la urbanización histórica, agudizada en la contemporaneidad, en esta era de las megalópolis son parte de la inequidad socioeconómica que nos abruma, sea no sólo válido sino esperanzador impulsar ese tipo de aglomeración?

Algunas maneras de concebir el proceso megalopolitano en México

Presentaremos, en un rápido recorrido, un pequeño conjunto de posiciones que se han tenido por parte de estudiosos del urbanismo y la planeación en México, acerca de la problemática megalopolitana. Nuestra primera apreciación es que, en sus comienzos (años setenta), a esta problemática se le atribuyeron un número reducido de componentes o variables, pero la magnitud tanto cuantitativa como cualitativa -valga la expresión- de ésta ha obligado a estudios cada vez menos simples, y que ahora, algunos tienden a asumir la complejidad, sin que aún se logre tal cometido. En fin, esto es un proceso, que como tal, está en curso.

El equipo fundador del conocimiento de los procesos metropolitanos en nuestro país, conducido por Luis Unikel (1976), de El Colegio de México, utilizó el término megalópolis, al hablar de la expansión de la ciudad de México, aunque, como lo señala José A. Rosique, se planteaba la imposibilidad de un crecimiento de la capital en ese sentido, que pudiera considerarse megalopolitano, por la presencia de los obstáculos geográficos de la cuenca endorreica en que está asentada. (Rosique 2006:103). Se prefería hablar de Área Metropolitana de la Ciudad de México. De todos modos, el término megalópolis hacía presencia, vía los estudiosos de la problemática metropolitana, en nuestra cultura urbanística.

De lo que no tenemos duda, es de que la caracterización unikeliana del AMCM y la expectativa megalopolitana, se enmarca en la idea que se tenía en ese momento acerca del desarrollo y del desarrollo urbano, vinculada a la prioridad en los procesos económicos y demográficos, implicados en el territorio. Ahora desde la visión epistemológica mas general, no ponía en tela de juicio el modo de producción, ni las características del sistema económico político que había generado la Revolución Mexicana. De acuerdo con el constructivismo genético (que se desprende del núcleo duro de la epistemología de los sistemas complejos) es básico, tal como lo hemos planteado, ir al origen histórico - ideológico de los actuales planteamientos acerca del desarrollo urbano, implicado ciertamente en su entorno o condiciones socio históricas. (R. López R, 1991: 118)

Evidentemente, el interés planificador por la ciudad de México como “metrópoli en expansión” se inscribe en las políticas dirigidas a la estructuración regional del país, entre las cuales destaca el centro como región. Se crea, para la atención de éste, la Comisión de Conurbación del Centro del País (CCCP), el 5 de octubre de 1976, en un momento en el que aún latía el aliento concertador echeverrista y su política de alianzas tripartitas: entre el gobierno, los trabajadores y los empresarios (1970-1976). Empero, la política económica de este sexenio, con sus medidas stop and go3, produjo el aumento de la deuda externa sin cerrar la puerta a los procesos globalizadores (Farías, Ibañez, Martínez, (1997: 61). La apertura a las políticas públicas de planificación urbano-territorial, entraba en una relación recursiva, compleja con las intenciones de control “nacionalistas” del momento y con medidas económicas que estaban conduciendo al país a una crisis difícil de vencer4.

El marco legal, ideológico-político de los planteamientos de la Comisión de Conurbación, fue la Ley General de Asentamientos Humanos (mayo 1976) “pieza central de la institucionalización de la planeación urbana en México” según lo afirmó Antonio Azuela en 1986. En los objetivos de esta ley se encuentran ideas que aún son rectoras de la planeación y que involucran a la Región Centro, ya que pugna, entre otros objetivos, por la ordenación y desarrollo equilibrado de los centros de población, la adecuada interrelación socioeconómica de ciudades en el sistema nacional, la descongestión de las grandes urbes, la mayor participación ciudadana, el mejoramiento de las condiciones de vida de la población urbana y rural. Y para ello, establece la concurrencia de los municipios, de las entidades federativas, y de la Federación misma, para la ordenación y regulación de los asentamientos humanos en el territorio nacional. Cabe destacar que el tratamiento de los recursos naturales, “susceptibles de apropiación” continuaba –como lo señala en su lúcida investigación L. Simonean (1996)5, con la idea pragmática de los regímenes posrevolucionarios, de su utilización indiscriminada para la producción, sin detenerse a pensar en su ulterior agotamiento (Diario Oficial, mayo 1976)6
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