Louise L. Hay con la colaboración de sus amigos






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que estaba de humor para hacerlo y bendecía a alguien COn un sincero «Gracias», siempre ocurría algo mágico.

Una oleada de alegría me recorría todo el cuerpo, conec­tándome con la otra persona. Comencé a recordarlo con más frecuencia.

Me gusta probar diferentes maneras de expresar grati­tud, para ver sus efectos- Sorprender a alguien con un agradecimiento es fabuloso; siempre se le ilumina la cara, nos reímos y durante un momento estamos con las manos co­gidas. La gratitud cubre con un resplandor rosa toda mí vida. Cuanto más agradecida estoy por todas las cosas de la vida, más motivos encuentro para estarlo. Doy las gra­cias por las cosas grandes, como mi «tribu», o mis amigos y familiares. Doy las gracias por las cosas personales, como mi buena salud y mi maravillosa profesión. Y la gratitud se extiende hasta las cosas pequeñas: el arreglo de flores fres­cas, el frutero lleno de naranjas, el fuego del hogar. Poner gratitud en cualquier cosa la hace crecer.

¿Significa esto que porque hoy agradezco la comida que tengo sobre mi mesa pronto estaré agradeciendo que todas las personas de mi comunidad, nii región y el mundo entero ten­gan comida en abundancia? ¿Podría ser que por el hecho de agradecer la paz que hay ahora en mi barrio pronto tendré la oportunidad de dar las gracias por la paz en la Tierra?

He decidido que la respuesta es SÍ. El círculo de la gra­titud se amplía día a día. Un pensamiento de agradecimien­to y ya estás dentro. Y una vez que estás dentro, ves crecer el círculo.
La gratitud, el ingrediente esencial de la vida

Tom Costa

Tom Costa es el fundador de la Iglesia de la Ciencia Reli­giosa del Desierto, en Palm Desert (California), y actual­mente pertenece a la junta directiva de la Ciencia Religiosa Internacional. Debido a su popularidad como orador, ha aparecido muchas veces en televisión, y ha dado conferen­cias y seminarios a lo largo y ancho de Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña. Es autor de Life! You Wanna Make Something oflt? [¡Vida! ¿Quieres hacer algo de ella?]

Mi actitud de gratitud se ha ido desarrollando a lo largo de las siete últimas décadas de mi vida.

Mi profunda convicción del privilegio espiritual que representa ser agradecido fue puesta a prueba cuando comencé mi trabajo de pastor espiritual en 1974. Estaba orientando a un hombre que se sentía muy desgraciado. Gozaba de buena salud, jugaba al tenis diariamente, tenía una buena posición económica y le encantaba su trabajo; yo acababa de celebrar la ceremonia de matrimonio de él y su nueva y fiel esposa; también tenía hijos amorosos de su anterior matrimonio. Y sin embargo, aunque todos los aspectos de su vida (salud, riqueza, amor y trabajo) pare­cían funcionar bien, de todos modos se sentía desgraciado.

En mi calidad de pastor espiritual novato, me sentí blo­queado ante el problema de ese hombre. ¿Qué podía hacer? ¿Corno podía ayudarlo a salir de su depresión? Lo que fue apareciendo a lo largo de nuestras sesiones fue su falta de gratitud. Jamás agradecía su salud, su riqueza, sus hijos, su hogar ni su vida. Daba todas esas cosas por senta­das. Eso me estimuló a informarme más sobre ese nebulo­so pero esencial ingrediente de nuestra vida: la GRATITUD.

Qué bien recuerdo cuando, hace muchos años, estaba haciendo lo que se llama Quinto Paso en el programa de Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos. Este Quinto Paso es aquél en que alguien, tal vez un pastor espiritual, escucha el relato de la vida del alcohólico hasta el momento en que éste reconoció su alcoholismo. Una joven me comentó: «No se puede estar agradecida y ser desgraciada al mismo tiempo».

Probablemente entonces yo era 40 años mayor que esa joven, pero me quedé espiritualmente atónito. Jamás antes había escuchado esa frase, y encontré que tenía mucho sentido. Desde entonces he utilizado ese pensamiento en mi labor pastoral, en clases y seminarios y en mi vida per­sonal: No se puede estar agradecido y ser desgraciado al mismo tiempo. Es emocionalmente imposible combinar ambas cosas.

Cuando pienso en este concepto, recuerdo mi educa­ción católica y el rezo del rosario. Yo ahora uso lo que llamo un rosario mental de gratitud. Repaso las «cuentas», por así decirlo, cada día y con frecuencia en mis meditacio­nes y oraciones matutinas. Cuento mis bendiciones, no las de otra persona.

Estos momentos de gratitud en mi vida no tienen lugar solamente el día de Acción de Gracias. Estos momentos de gratitud son algo que realizo todos los días. Tengo tantísi­mas cuentas que repasar,.., cuentas que representan a las personas que me han ayudado, y cuentas que representan a las personas que no me ayudaron (y así me hicieron más fuerte en todos los aspectos de mi vida). Hay cuentas que representan a mis amigos íntimos y mis familiares, y cuen­tas que representan mi salud, mi cuerpo, mis sentidos físi­cos y mi hogar, al que amo y del que disfruto. Doy las gra­cias por mis animales domésticos, que diariamente me enseñan el amor incondicional. Agradezco mi capacidad para elegir mis pensamientos, mis actitudes, mi camino.

Dedica unos momentos cada día a agradecer todo lo que eres y lo que no eres. Agradece todo lo que tienes y lo que no tienes.

Recuerda: No se puede estar agradecido y ser desgraciado al mismo tiempo.
Palabras de agradecimiento

Sri Daya Mata

Sri Daya Mata es una de las primeras y más íntimas discípulas de Paramahansa Yogananda, autor del clásico espiritual Auto­biografía de un yogui. Durante los cuarenta últimos años ha sido presidenta de Self-Realization Fellowship, la sociedad religiosa internacional no lucrativa fundada por Yogananda en 1920 para difundir sus enseñanzas sobre la antigua cien­cia india del yoga y su consagrada tradición de la meditación. Poco después de conocer a Yogananda en 1931, Sri Daya Mata se hizo monja de la Orden de la Autorrealización; durante más de veinte años, el propio Yogananda la preparó para continuar su obra espiritual y humanitaria. Es una de las primeras mujeres que en los últimos tiempos han sido nom­bradas jefes de un movimiento religioso de alcance mundial. Ha hecho varias giras por el mundo para dar conferencias y es autora de dos antologías: Only Love [Sólo amor] y Finding the joy Within You [Encontrar la alegría dentro de ti].
La gratitud es una cualidad que puede contribuir de forma inconmensurable a nuestra felicidad, porque es un aspecto esencial del amor. De hecho nos acerca a la Fuente esencial de todo amor.

Cuando pienso en los muchos años que tuve el privile­gio de estar en presencia de Paramahansa Yogananda durante su vida, recuerdo con qué frecuencia nos animaba a cultivar el hábito de agradecer todo lo bueno de la vida, no dando nada por sentado, ni siquiera las cosas pequeñas. Cuanto más expresamos nuestra amorosa gratitud a Dios por nuestros bienes, grandes o pequeños, más profunda es nuestra armonía con el Uno Infinito, y nuestra conciencia de su solícito amor. Además, las leyes divinas de la abun­dancia actúan con más plenitud en nuestra vida cuando reconocemos y apreciamos al Dador que está detrás de la abundancia de nuestros bienes espirituales y materiales. Es enormemente gratificante reconocer lo bueno de cada momento, de cada experiencia, mirando al Dador con corazón agradecido.

¿Cómo, entonces, podemos cultivar esa gratitud? Una manera de hacerlo es reflexionar sobre alguna circunstancia de nuestra vida por la que nos sentimos sinceramente agrade­cidos. No tiene por qué ser una experiencia trascendental. Es suficiente una pequeña cosa buena que nos haya sucedido, tal vez una sonrisa que nos alegró el corazón. Recordar esas experiencias nos ayuda a desarrollar un espíritu de gratitud.

Siempre que experimentes alguna agradable bendición, di interiormente: «Gracias, Dios mío». Esta sencilla práctica produce resultados de gran repercusión, porque pensar en lo bueno lo aumenta. Aquello que avivamos en la mente pronto se refleja en nuestro comportamiento exterior. Así, un profundo sentimiento de gratitud ennoblece nuestra vida y las de las personas con quienes nos relacionamos.

A veces el mayor motivo de gratitud está oculto en las dificultades con las que nos enfrentamos, porque éstas nos ayudan a volvernos seres humanos más fuertes, compren­sivos y compasivos. La idea de dar gracias a Dios incluso en medio de las desgracias es muy hermosa, y de ella se habla con frecuencia en las escrituras tanto de Oriente como de Occidente. Más aún, representa la perspectiva más verdadera que podemos adoptar. Incluso los placeres más elevados y nobles de esta vida están destinados a aca­bar. Pero Dios es nuestro Partidario Eterno, y cuando nos volvemos hacia Él ,sin importar que nos sintamos dicho­sos o triste ,susurrando palabras de agradecimiento, comenzamos a trascender las fluctuaciones de la existencia terrena y a anclar nuestra vida en un amor que perdurará eternamente.
La gratitud es percepción consciente

Amy E. Dean

Amy E. Dean es una escritora y conferenciante muy cono­cida sobre autoestima, relaciones familiares y recupera­ción de un pasado disfuncional. Ha escrito varios libros, entre ellos Pleasant Dreams [Sueños agradables], Life-goats [Objetivos de la vida] y Facing Life's Challenges: Daily Meditations for Overcoming Depression, Grief, and «the Blues» [Ante los retos de la vida: Meditaciones dia­rias para superar la depresión, la aflicción y la melanco­lía]. Actualmente reside en Maynard (Massachusetts).

Había una vez un maestro espiritual cuyos sermones dia­rios eran muy profundos y estimulantes. Solía dedicar horas a preparar esos mensajes de esperanza, amor, perdón y alegría. Una mañana, antes de ponerse de pie para pro­nunciar el sermón de ese día, el maestro se concentró en el mensaje que iba a transmitir y pensó que probablemente seria el mejor que se había escuchado jamás. Recordó el tiempo que había pasado escribiendo y reescribiendo las palabras de esperanza y paz, y tuvo la seguridad de que muchos se sentirían estimulados y conmovidos por tal sabiduría. Sonriendo, se levantó y se puso frente a las per­sonas que se habían congregados allí para escuchar el men­saje del día.

En ese momento apareció un pajarillo que se posó sobre el alféizar de la ventana y comenzó a cantar de todo corazón. Estuvo así cantando unos minutos y después se alejó volando. El maestro guardó silencio un momento y luego dobló los papeles en los que estaba escrito el sermón que había preparado.

-El sermón de esta mañana ha acabado -anunció.

Para mí, esta historia refleja lo que es la gratitud: ser capaz de experimentar y aceptar plenamente la espontanei­dad de un momento que no se ha buscado ni preparado. Pero, ¿con qué frecuencia permitimos que eso ocurra? El loco ajetreo de la vida, la disparatada aglomeración de lugares adonde ir y personas que ver, y la enloquecedora riada de problemas y conflictos que hay que solucionar diariamente, pueden hacernos olvidar que a nuestro alre­dedor existe un mundo lleno de maravillas.

Cada día necesito recordar que la gratitud es percep­ción consciente. Comienzo mis días saliendo a correr muy temprano por calles oscuras. Mi atención suele estar divi­dida entre muchas cosas, desde mirar el camino débilmen­te iluminado para no torcerme un tobillo hasta organizar el día que me espera. Antes de saber sobre la gratitud, rara vez, mientras corría, echaba una mirada al cielo, un cielo nocturno todavía, con brillantes estrellas y la siempre cam­biante posición de la luna. Pero sucedió que una mañana miré hacia arriba y en ese momento vi una estrella fugaz. El efecto que tuvo en mí ese breve instante fue increíble. Sonreí y retomé la velocidad de mi carrera. Miré a mi alre­dedor y vi otra belleza: las siluetas de los árboles recortadas contra el fondo índigo del cielo, el brillo de los trocitos de mica de las piedras a la luz de las farolas de la calle, y escu­ché el rumoroso sonido del agua que discurría por un ria­chuelo al lado del camino. Durante todo el día conté a mis amigos lo de la estrella fugaz que había visto. A la mañana siguiente salí a correr dispuesta a mirar el camino, y tam­bién a cambiar mi foco de atención de vez en cuando para mirar a mi alrededor y hacia arriba.

Desde entonces he visto otras dos estrellas fugaces. También he oído el chillido de un buho y he visto disper­sarse nubes por la acción de ligeras brisas. La impresión que me causan esas experiencias sensuales me recuerdan pasajes de El color púrpura de Alice Walker, cuando la pro­tagonista escribía en su diario: «He estado tan ocupada... Nunca me fijo en nada de lo que Dios ha hecho. Ni en una hoja de maíz (¿cómo la hace?) ni en el color púrpura (¿de dónde viene?). Ni en las florcillas silvestres. En nada».

¿Con qué frecuencia nos tomamos un tiempo para observar las maravillas del mundo natural, día a día, el arco iris después de la tormenta, los pájaros retozando alrededor del comedero, o el plateado fulgor de una luna llena? La gratitud es aminorar el paso, abrir los sentidos al mundo que nos rodea, y sentir el efecto de esa percepción cons­ciente en nuestros sentimientos y sensaciones y en el modo de vivir el siguiente momento de nuestra vida.
La gratitud, uno de los milagros de la vida

Wayne W Dyer

Wayne W. Dyer es en la actualidad uno de los escritores más famosos y leídos internacionalmente en el campo del autodesarrollo. Ha escrito numerosos libros que han sido éxitos de ventas, entre ellos Tus zonas mágicas, Tus zonas erróneas, Camino de la perfección, A Promise is a Promise [Una promesa es una promesa] y Every Day Wis-dom [Sabiduría cotidiana], y ha aparecido en más de 5.300 programas de radio y televisión. Actualmente vive en Fort Lauderdale (Florida). Este artículo está basado en su libro Tu yo sagrado.

Expresar gratitud por los milagros que ocurren en tu mundo es una de las mejores maneras de hacer especial cada momento de tu vida. A medida que avances por tu camino cada día, ten conversaciones con Dios en mo­mentos íntimos e importantes. En estas conversaciones, en lugar de pedirle favores especiales, afirma tu disposición a usar toda tu fuerza interior para crear soluciones. Pídele la sabiduría necesaria para hacerlo y dale también las gracias por Su ayuda.

Saber que se puede acceder a la orientación divina es algo más que asistir a un servicio religioso el domingo por la mañana. Es un saber que procede del interior, del que jamás se puede dudar ni prescindir porque esos momentos se convierten en tu modo de vivir.

A medida que tengas más conciencia de la presencia divina que fluye a través de ti en todo momento, descubri­rás que te tomas más tiempo para apreciar la belleza que te rodea. Cuando contemples un pájaro, una flor, una puesta de sol, una madre amamantando a su bebé, un autobús escolar lleno de niños o un anciano, ábreles tu corazón. Deja que el amor fluya de ti hacia ellos y siente como regre­sa. Cuanto más abiertos estamos a recibir el amor de nues­tro entorno, más energía tenemos.

Hay energía en todas las cosas y todas las personas. Recibimos esa energía invisible cuando apreciarnos de ver­dad la belleza y maravilla de nuestro universo.

Con la práctica serás capaz de enviar el amor que estás recibiendo mediante el simple acto de apreciar y agradecer la belleza. ¡Inténtalo!

Otro resultado positivo de agradecer tu mundo es que tu capacidad de dar aumenta. Cuando tienes gratitud en el corazón, adquieres una nueva disposición para dar a los demás, de modo que ellos también experimenten la alegría que tú sientes. Descubrirás que deseas contribuir a satisfa­cer las necesidades y deseos de los demás sin esperar reco­nocimiento.

Pero es importante distinguir entre dar y sacrificarse. Un sacrificio se hace generalmente por algo, sólo se realiza para lograr algo. Cuando uno se sacrifica, da para obtener, y entonces actúa según el ego, que nos programa para creer que somos tan importantes y especiales que nos merece­mos algo a cambio de lo que damos. El ego nos quiere engreídos, convencidos de que dar indica superioridad, como si la generosidad nos distinguiera de otras personas que no son tan generosas.

Por otro lado, si se da porque se cree que hay que hacerlo, no se está verdaderamente motivado por el yo superior. Eso también es obra del ego, que nos dice que somos mucho mejores que los que reciben y que ellos debe­rían darnos las gracias.

Sin embargo, dar con el fin de promover la tolerancia y el amor mediante nuestro yo sagrado es diferente. Cuando cultivamos una sincera aptitud para dar, que nace de la propia gratitud por los dones que se nos han dado, experi­mentamos en todo su esplendor la idea de que dar es reci­bir y recibir es dar. La experiencia de atender a las necesida­des de los demás es una de las más dichosas que se pueden conocer. Recuerda lo emocionante que era hacerles regalos a tus padres, abuelos y hermanos. La gratitud que sentías por su felicidad era igual, o tal vez mayor, que la emoción de recibir regalos. ¿Por qué? Porque recibías cuando dabas.

¿Sabes?, es tu yo sagrado el que te capacita para sentir gratitud y para dar incondicionalmente. Es tu ego el que desea recompensa. Pero eso sólo ocurre porque es lo que el ego conoce, ya que sigues recompensándolo por mantener­te separado de tu presencia amorosa. Dale al ego la expe­riencia de conocer el amor y la tolerancia de tu yo superior, y automáticamente comenzarás a actuar del mismo modo en tu vida externa.
El sentido de la verdadera gratitud

Nicholas Eliopoulos

Nicholas Eliopoulos, ganador del premio Emmy, es pro­ductor, director, montador cinematográfico y fundador de las empresas cinematográficas Earthlighty White Rock Entertainment. Dirigió Visions oía New World [Visiones de un nuevo mundo], en que aparecían Louise L. Hay, Ted Danson y Dennis Weaver; estuvo más de un año en Rusia dirigiendo el programa especial de televisión «Russia Today, A People's Journey». También ha trabajado en numerosos largometrajes, entre ellos Foul Play, Nine to Five y Memorias de África. Vive en Los Ángeles y es miembro de Motion Picture y Televisión Academies.

La mayor parte de mi vida he sido una persona muy agra­decida, pero sólo en estos últimos años he ¡legado a cono­cer el concepto de la gratitud en un sentido más amplio, más pleno. He vivido lo que muchas personas llamarían «una vida de ensueño». Tuve una infancia feliz, disfruté de una maravillosa educación y he triunfado en la profesión que elegí. Todavía no he conseguido todo lo que he ambi­cionado, y como la mayoría de las personas, experimento el dolor y las penas, las alegrías y el júbilo de esta maravilla llamada «vida», y tengo la suerte de poseer muchos bue­nos y cariñosos amigos. Tengo muchísimo para estar agra­decido, pero un día me di cuenta de que había algo que no conocía: la verdadera gratitud,

El significado de la gratitud cambió para mí cuando comencé a observar la «gran fuerza de toda vida», más allá de mi concepto de Dios tal como me lo habían enseña­do. Una querida amiga mía se refería a esa fuerza como Dios/Diosa/Todo lo que Existe. Hasta ese momento yo sólo conocía el concepto de una Señora Dios por las histo­rias de diosas de la antigua Grecia que aprendí cuando era niño. Mi amiga hablaba de una «fuerza femenina» que junto con Dios «dio a luz» toda la materia, nuestro Univer­so físico. Tomé este concepto (que todo es «una» fuerza) llamado Dios/Díosa/Todo lo que Existe, y lo analicé, y entonces fue cuando se amplió inmensamente mi concepto de la verdadera gratitud. Gracias a esta investigación com­prendí que el principio femenino de la Diosa estaba prime­ro, que fue Ella quien creó, o dio a luz, a Dios, y juntos crearon Todo lo que Existe.

Sé que esto no encaja en la visión religiosa tradicional y machista de Dios. La mayoría de las religiones del mundo ni siquiera reconocen que exista una energía divina femenina. Y si lo reconocen, ciertamente Ella viene después de Dios. Jamás en mi vida, en ninguna parte, había oído la idea de que la Diosa «diera la vida» a Dios. Ya sea equivo­cada o correcta, el simple hecho de simplemente conside­rar esta idea me proporcionó de pronto toda una nueva comprensión de cómo debe ser realmente la verdadera gra­titud. Por primera vez vi lo que creo que es la gratitud de Dios, Su agradecimiento a la Diosa por haberlo creado.

Sentí en el alma el inmenso alcance del amor y la grati­tud de Dios. Entonces fue cuando comprendí de verdad que «la vida misma» es un regalo. Mi vida ha sido y es un regalo. La enorme gratitud que surgió de esa comprensión fue colosal. Pensé: «Si de algún modo yo pudiera sentir por mi vida la misma gratitud que el propio Dios sintió por el regalo de Su vida, entonces todo lo que fuera, todo lo que hiciera, todo lo que tocara, tendría un sentido nuevo y más especial».

Cuando yo iba a la universidad, algunos de mis com­pañeros estaban desengañados. Decían: «Dios ha muerto» o «Dios no existe». A mí siempre me pareció que al decir eso hablaban de ellos mismos; es decir, algo en su interior no existía y ellos lo sabían.

A mi escritora favorita, Ayn Rand, dos de cuyas obras son El manantial y La rebelión de Atlas, solían acusarla de ser atea. Pero yo la vi una vez por televisión y dijo: «No, no soy atea. Jamás moriré. Cuando me vaya, será el mundo el que acabe..., un hermoso mundo, por cierto». Más ade­lante explicó: «Por el contrario, me gusta la palabra Dios porque significa: «Lo más elevado de lo elevado». «Dios te bendiga» es una frase maravillosa».

Mi querido amigo Lazaris ha dicho: «La vida es un regalo, y nuestra tarea es aprender a recibirla». Para mí la vida es un regalo y la gratitud es su imán. Con el permiso de mi amigo Lazaris, quiero acabar estos pensamientos con lo que él ha expresado: «La gratitud es una fuerza tangible. Cuanto más se siente, más motivos se encuentran para sen­tirla. La gratitud es una fuerza milagrosa, como un imán mágico, que genera y luego atrae mucho más de lo que ya se ha recibido. Es como una energía viva, que nos despeja el camino para que seamos mucho más de lo que ya hemos experimentado».
El imponente diseño de la vida
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