Louise L. Hay con la colaboración de sus amigos






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GRATITUD-Louise L. Hay --




Louise L. Hay con la colaboración de sus amigos

Gratitud

Dar gracias por lo que tienes transformará tu vida

Recopilado por Jill Kramer

EDICIONES URANO

Argentina - Chile - Colombia - España México – Venezuela

Introducción

Louise L. Hay

Me alegra muchísimo compartir este libro tan especial con mis amigos y con el mundo. Todos los beneficios que pro­duzca se destinarán a la Fundación Hay, mi organización no lucrativa que trabaja diligentemente para mejorar la calidad de vida de muchas personas, entre ellas los enfer­mos de sida y las mujeres maltratadas.

Espero que mientras leas los inspiradores y hermosos pensamientos de este libro te tomes tiempo para pensar en todas las cosas de tu vida que puedes agradecer.

Siempre insisto en dedicar una parte del día a...

... Dar las gracias al Universo
Louise L. Hay es conferenciante y profesora de metafísica y autora de 17 libros que han tenido un gran éxito, entre ellos Usted puede sanar su vida y ¡Vivir! Reflexiones sobre nuestro viaje por la vida Desde que empezó su labor como ministra de la Ciencia de la Mente en 1981, ha ayudado a miles de personas a descubrir y usar toda la capacidad de sus poderes creativos para el crecimien­to personal y la autocuración. Las obras de Louise se han traducido a 25 idiomas de 33 países de todo el mundo. Es la propietaria y fundadora de Hay House, editorial dedicada a la divulgación de libros, casetes, vídeos y otros materiales que contribuyan a sanar el planeta.

He observado que al Universo le gusta mucho la gratitud. Cuanto más agradecidos somos, más bienes obtenemos. Al decir «bienes» no me refiero sólo a cosas materiales, sino a todas las personas, lugares y experiencias que hacen la vida tan maravillosamente digna de ser vivida. Ya sabes lo bien que uno se siente cuando su vida está llena de amor, ale­gría, salud y creatividad, y cuando encuentra los semáforos en verde y sitio para aparcar. Así es como está destinada a ser nuestra vida. El Universo da con abundancia y genero­sidad, y le gusta que se le dé las gracias.

Piensa en cómo te sientes cuando le haces un regalo a un amigo. Si lo mira y pone cara de desilusión o dice: «Ay, no es de mi talla», o «Este color no me sienta bien» o « ¿Y eso es todo?», seguro que no vas a tener el menor deseo de volver a hacerle un regalo. Pero si ves que sus ojos bailan de alegría, y se muestra complacido y agradecido, entonces cada vez que veas algo que pienses que le gusta­ría, desearás regalárselo, independientemente de que lo hagas o no.

La gratitud produce más cosas por las que estar agra­decido; aumenta la abundancia. La falta de gratitud y las quejas producen poco de qué regocijarse. A los quejicas siempre les parece que hay pocas cosas buenas en su vida, y no disfrutan de lo que tienen. El Universo siempre nos da lo que creemos merecer. A muchos nos educaron para fijarnos en lo que no tenemos y sentir sólo carencia. Parti­mos de una creencia en la escasez y luego nos pregun­tamos por qué está tan vacía nuestra vida. Si pensamos que no tenemos una serie de cosas y que no seremos felices mientras no las tengamos, dejamos en suspenso la vida. Entonces lo que el Universo oye es: «No tengo tal o cual cosa y no soy feliz», y eso es lo que conseguimos.

Desde hace tiempo acepto todos los cumplidos dicien­do: «Lo acepto con alegría, placer y gratitud». Me he dado cuenta de que al Universo le gusta mucho esa expresión, y constantemente recibo los regalos más maravillosos.

A! despertar por la mañana, lo primero que hago antes de abrir los ojos es dar las gracias a mi cama por la buena noche de sueño que me ha proporcionado. Le agradezco el calor y la comodidad que me ha brindado. A partir de ese comienzo, es fácil pensar en las muchas, muchísimas cosas más por las que me siento agradecida. Cuando salgo de la cama, probablemente ya he expresado mi gratitud por las ochenta o cien personas, lugares, cosas y experiencias de mi vida. Esa es una forma fabulosa de empezar el día.

Por la noche, justo antes de dormirme, repaso el día, bendiciendo y agradeciendo cada experiencia. También me perdono si me parece que he cometido un error, he dicho algo inapropiado o he tomado una decisión que no era la mejor. Ese ejercicio me llena de calorcillo y me quedo dor­mida como un bebé feliz.

Nos conviene agradecer incluso las lecciones que reci­bimos. No hay que huir de las lecciones; son pequeños tesoros que se nos dan. Cuando aprendemos de ellas, nues­tra vida cambia para mejorar. Ahora me alegro cuando veo otra parte más de mi lado oscuro. Sé que eso significa que estoy preparada para abandonar algo que ha estado dificul­tando mi vida. Digo: «Gracias por enseñarme esto, para poder sanarlo y continuar adelante». Así pues, tanto si la lección es un «problema» que ha surgido como una opor­tunidad de ver algún viejo comportamiento negativo que ya es hora de abandonar, ¡alégrate!

Dediquemos todos los momentos posibles de cada día a agradecer todo lo bueno que hay en nuestra vida. Si es poco lo que tienes ahora, aumentará. Si tu vida ya es abundante, esa abundancia también aumentará- De este modo siempre se gana. Tú te sientes feliz y el Universo se siente feliz. La gratitud aumenta nuestra abundancia.

Comienza un diario de agradecimientos. Cada día escribe algo por lo cual estés agradecido. Diariamente di a alguien lo agradecido que te sientes por algo. Da las gracias a los dependientes de las tiendas, a los camareros, al carte­ro, a tu jefe o tus empleados, a tus amigos, a tus familiares y a perfectos desconocidos. Cuenta el secreto de la grati­tud, propágalo. Contribuyamos a hacer de este mundo un lugar de agradecimiento, por todo lo que damos a los demás y por todo lo que recibimos de ellos.
El poder curativo de ayudar a los demás

Dr. Harold Bloomfield

El doctor Harold Bloomfield es uno de los principales educadores psicoespirituales de nuestro tiempo. Psiquia­tra formado en Vale, es catedrático adjunto de psicología en la Union Gradúate School. Desde su primer libro, Meditación trascendental, que fue un éxito de ventas internacional, hasta su obra How to Survive the Loss of a Love [Cómo sobrevivir a la pérdida de un amor], Harold ha demostrado estar a la vanguardia de muchos valiosos movimientos espirituales de autoayuda. Sus libros Making Peace with Your Parents [Hacer las paces con los padres], Making Peace with Yourself [Hacer las paces con uno mismo] y Making Peace in Your Step Family [Hacer las paces en la familia política], brindaron a millones de personas una forma de hacer las paces con la familia. Entre sus últimos libros están Cómo curar la depresión y The Power of 5 [El poder del 5]; de este últi­mo, escrito en colaboración con Robert K. Cooper, se ha extraído su contribución a Gratitud.
El hábito regular de ayudar a los demás una vez por sema­na puede ser tan importante para la salud y la longevidad como el ejercicio regular y una buena alimentación, y ayu­dar a los demás es también de gran valor para la salud de la comunidad y del mundo. De hecho, podría ser la clave para acabar con el devastador ciclo de miedo, aislamiento y violencia que predomina en nuestra sociedad individua­lista. Tender una mano amiga a otras personas es bueno para la vitalidad, el corazón y el sistema inmunitario. A quienes hacen trabajos voluntarios con regularidad ¡es aumenta espectacularmente la esperanza de vida, compara­dos con aquellos que no realizan ningún servicio para los demás.

Centrar la atención en los demás puede servir para salir del común estado de bloqueo que se produce cuan­do nos concentramos en la familia, la profesión y las pre­ocupaciones económicas. Ayudar a los demás suele mejo­rar el ánimo, aumentar el optimismo y nutrirnos con una sensación de auténtica gratitud. Ayudar a alguien menos capaz puede hacer que apreciemos más nuestras habilida­des, nuestros conocimientos, nuestra competencia y nues­tros puntos fuertes. El principal beneficio de ayudar pare­ce hallarse en el proceso más que en los resultados. Con esto quiero decir que los beneficios -de quien ayuda y de la persona a la que ayuda- surgen principalmente de las interacciones que se producen en cada momento mientras la actividad de ayuda tiene lugar, y no de si se «arre­gla» o no un problema social.

Contrariamente a la opinión popular, ayudar a los demás no exige que se le dedique una enorme cantidad de tiempo. Lo único que se necesita es un plan personal que puede variar desde hacer un trabajo programado en alguna organización de voluntarios hasta actos espontáneos de generosidad y amabilidad durante la semana. Al elegir un tipo de ayuda que intensifique los buenos sentimientos y favorezca que continuemos ayudando cada semana, crea­mos un contacto personal con las personas a las que ayu­damos. Para mantener vivo el entusiasmo, procuremos que la clase de ayuda que proporcionamos sea algo que esté en consonancia con nuestros intereses o habilidades.

Otra cosa maravillosa que puedes hacer es concertar una entrevista de cinco minutos a solas con tu ser amado y comunicarle muchos de los motivos concretos que tienes para apreciarlo. ¿Qué sentido y estímulo podéis encontrar tu pareja y tú en la historia detallada de vuestra relación? Haz una lista antes para poder «bañar» en aprecio y grati­tud a tu ser amado.

Algunas sugerencias:

• ¿Qué fue lo que te atrajo de tu pareja al principio?

" ¿Qué cualidades concretas admiras más en él o ella?

" ¿Cuáles fueron algunos de los momentos culminan­tes cuando comenzasteis a salir juntos? ¿Y los mo­mentos de risa y diversión?

Qué te hizo considerar que valía la pena continuar la relación?

• ¿Cómo contribuyó tu pareja a que ambos superaseis las diferencias u obstáculos que se presentaron en el camino?

• ¿Cuáles son tus recuerdos predilectos de tu primer año de relación?

• ¿Qué esfuerzos de tu pareja han servido para que la relación superase los momentos difíciles?

Una vez que hayas hecho la lista de vuestras experien­cias y de las cualidades concretas que aprecias en tu ser amado, hazle partícipe de los resultados. Una regla: La per­sona que escucha no debe hacer ningún juicio ni negar ninguno de los comentarios elogiosos («Pues, la verdad es que no soy tan considerado», «Nunca he sido tan atractiva; además, ahora tengo que perder cinco kilos»). Después, concertad otra cita para intercambiar los papeles, y concé­dele a tu pareja cinco minutos para que te diga las cosas concretas que aprecia en ti. Este sencillo ejercicio va bien para sacudirse la indiferencia que crea la rutina y avivar efi­cazmente la conciencia de las propias cualidades y las de la pareja, conciencia que forma los cimientos compartidos, y a veces ocultos, del amor mutuo.

Gracias a Dios por lo que no necesita curación

Joan Borysenko
Joan Borysenko es la presidenta de la organización Mind/Body Health Sciences [Ciencias de la Salud del Cuerpo-Mente] y autora de cinco libros que han sido un éxito de ventas, entre ellos Tu mente puede curarte, Fuego en el alma y La salud física a través de la salud mental. Fue cofundadora y directora del departamento Cuerpo-Mente del Hospital New England Deaconess y profesora de medicina en la Facultad de Medicina de Harvard. Es bióloga especializada en células cancerosas, psicóloga titulada e instructora de meditación yóguica.

Un despejado día de invierno decidí dar un paseo por los alrededores de la diminuta ciudad del desierto de Colora­do donde vivo. El cielo resplandecía con un singular matiz azul celeste alrededor de las cimas más altas de las Roco­sas. El sol matinal de marzo derramaba oro líquido sobre las ramas de las altísimas piceas, creando figuras danzantes de luz en los delicados cristales de la nieve recién caída. Las cimas de las montañas se elevaban majestuosas en cin­celadas capas de verdes y grises, atravesando las nubes que colgaban como niebla fantasmagórica sobre los encantados valles de abajo.

Caminando con energía y resolución, iba casi ciega a toda esa extraordinaria belleza. Con la intención de relajar­me antes de bajar de la montaña en coche para hacerme una biopsia de mama en el hospital local, en realidad iba repasando la interminable lista de horribles posibilidades médicas que podrían materializarse. Al entrar mi mente en el trillado camino del terror, cobró velocidad. Mi cuerpo podía estar en peligro mortal, y además, mi vida tampoco funcionaba demasiado bien en otros aspectos. El vaso no sólo parecía medio vacío, sino que el agua que quedaba tenía el aspecto de estar contaminada.

Mi hijo menor, aunque ya tenía casi 22 años, estaba muy dolido por la reciente separación entre mi marido y yo, des­pués de casi 24 años de matrimonio. Culpa mía, por supues­to. Me sentía sobrecargada de trabajo y agotada. La culpa de eso también era mía. ¿Qué tipo de vida disparatada me había creado, sobre todo cuando se supone que debo ser un modelo para otras personas? El sentimiento de culpabilidad, el miedo, la rabia y la frustración se unían a la cacofonía de voces interiores que me acompañaban por el camino, en ese intento de relajarme de un modo consciente caminando.

Bruscamente me sacó de mi tóxico ensimismamiento un lacerante dolor en los cuartos traseros. Tan concentrada estaba en mis bien ensayadas películas mentales que no había visto aproximarse al enorme y veloz pastor alemán que se abalanzó sobre mí y me mordió el trasero sin mira­mientos. De inmediato mi departamento cinematográfico mental puso una película sobre la sutura de mis nalgas en la sala de urgencias del Boulder Comrnunity Hospital, mientras al mismo tiempo me inyectaban elevadas dosis de vacunas contra el tétanos y contra la rabia. Sin duda no me harían la biopsia y tendría que volver otro día para una segunda ronda de tortura médica.

Me metí la mano dentro de los pantalones suponiendo que encontraría una pegajosa masa de sangre. Curiosamen­te la mano salió limpia. Una repentina esperanza me dio energía; me oculté detrás de un matorral y me bajé los pan­talones. Aunque tenía un buen verdugón rojo enmarcado por dos perfectas hileras de dientes caninos, la piel estaba mágicamente intacta. Con una exclamación del más puro júbilo, me subí los pantalones y salí del matorral lanzando un grito de gratitud sin ninguna clase de censura. Nada de sala de urgencias, nada de inyecciones contra el tétanos, nada de muerte lenta por hidrofobia. Llegaría a tiempo para la biopsia. ¡Qué suerte!

De pronto toda la escena me pareció tremendamente divertida. El horrible perro de mala raza se convirtió en un Mensajero Divino: «¡Despierta, tonta humana! Siente el sol en la cara y el aire en los cabellos. Estás viva y el mundo es hermoso. Las montañas están vivas y el día acaba de empezar. Hay un sinfín de posibilidades para experimentar y de mundos para crear».

Cayó de mis ojos el velo del despiste y de pronto me encontré rebosante de gratitud por el don de la vida. Cada aliento era precioso, cada paso un milagro. Las tensiones que me obsesionaban me parecieron desafíos ingeniosamente construidos que me invitaban a crear vida con más concien­cia y autenticidad. La paz me envolvió como un edredón de plumón y me sentí sostenida por brazos invisibles.

La gratitud es en realidad como una palanca de cam­bios, que puede hacer pasar el mecanismo mental de la obsesión a la paz, del bloqueo a la creatividad, del miedo al amor. La capacidad de relajarnos y de estar presentes cons­cientemente en el momento nos viene de un modo natural cuando estamos agradecidos. Uno de los aspectos más pre­ciosos de mi herencia judía es el rezo del Brachot, que son bendiciones u oraciones de acción de gracias durante el día, alabanzas a Dios por haber creado un mundo de infi­nitas maravillas y posibilidades. Hay una bendición por el hecho de ver una estrella o un arco iris. Hay otra por los dones de la comida, el vino y el agua. Hay incluso una sobre ir al lavabo, para agradecer el buen funcionamiento de los órganos internos. A mí me gusta añadir bendiciones improvisadas durante el día. i Gracias al Infinito Universo Creador, al Desconocido Misterio que llamamos Dios, por haber creado pastores alemanes que nos despierten en los momentos más inverosímiles!

Una vez asistí a un carismático servicio católico durante el cual el sacerdote nos guió en una oración de gratitud por todas las cosas de nuestra vida que no necesitan cura­ción. Gracias a Dios el pastor alemán no me rompió la piel. Gracias a Dios la biopsia de mama fue negativa. Gracias a Dios estoy sana y soy capaz de recordar, al menos de vez en cuando, que la gratitud es lo esencial para la paz, la ale­gría y la creatividad. Deseo que también tú seas bendecido o bendecida con el don de recordar. Esta noche, antes de acostarte, dedica unos momentos a dar gracias por cinco cosas de tu vida que no necesitan curación. Durante el día, cuando te sorprendas aterrorizándote por cosas que pare­cen ir mal, acuérdate de decir una oración de gratitud por todo lo que está bien.

Reflexiones sobre la gratitud

Carolyn A. Bratton
Carolyn A. Bratton es la cofundadora del Lifestream Center, de Roanoke, el único centro de curación holista de Virginia; es también ministra ordenada. Graduada en dos de los Programas Intensivos de Formación de Louise Hay, lleva varios años dirigiendo talleres y seminarios en Esta­dos Unidos y en el extranjero, basados en los libros Usted puede sanar su vida, de Louise Hay, y Las nueve revelaciones, de James Redfield.

Cuando repaso mi vida y veo de qué forma increíble se ha desarrollado, con todas las enseñanzas que he aprendido de los maestros que me han ayudado a mirar los rincones oscuros de mi vida, siento una gran reverencia por esa cosa maravillosa llamada Vida. Sí, ciertamente soy una persona agradecida, algunas veces más que otras, pero me siento invadida por una humilde gratitud por tener la oportuni­dad de realizar mi vida en esta época tan auspiciosa de la historia de nuestro planeta.

La gratitud es algo importantísimo para la calidad de nuestra vida. Por lo que a mí respecta, sé que cuando estoy agradecida tengo mis canales abiertos de par en par para todos y cada uno de los bienes que puedan encaminarse hacia mí. También es cierto lo contrario. Si no ocurre nada en mi vida, sólo tengo que mirar cómo está el barómetro de la gratitud, y ahí encuentro la respuesta. Un corazón cerrado cierra la conexión de nuestra alma con la Fuente de toda felicidad, alegría y dicha.

Me he acostumbrado a «actuar como si», es decir, actúo como si estuviera agradecida aun cuando me resulte difícil sentir esa agradable sensación que surge de un modo natural cuando estamos agradecidos. Y no pasa mucho tiempo sin que me sienta de verdad agradecida.

He descubierto un rito interesante: entonar una canción a todas las cosas por las que estoy agradecida cuando voy conduciendo mi coche. Comienzo la canción con un simple «gracias» por lo que sea, y ese «lo que sea» parece desatarse en una interminable lista de cosas por las que me siento agradecida. Esto me eleva muchísimo el ánimo cuando no me siento de humor para dar las gracias. La cancioncilla se vuelve bastante creativa, y muy pronto me sorprendo son-riéndome a mí misma, lo cual es, por cierto, una manera fabulosa de nutrir y divertir a mi mejor amiga: yo.

Otra cosa que me encanta hacer es decir: «¡Gracias!»- Y yo le añadiría la palabra «¡Sí!», como dice Louise Hay en su maravillosa afirmación: «¡Digo SÍ a la Vida, y la Vida me dice SÍ!». Cuando tenemos ese tipo de química flotando en la cabeza y el cuerpo, seguro que los éteres -los que ema­nan de uno y llegan a todos y a todo- van a volver a noso­tros, y van a volver multiplicados.

A veces olvidamos que somos seres divinos y que la intención del Creador es que disfrutemos de esta cosa lla­mada Vida. Las lecciones de la vida pueden estar llenas de alegría en lugar de tanto dolor, y cuando nuestra actitud proviene de un lugar amoroso, agradecido y apreciativo del corazón, los Maestros, Ángeles y Guías pueden ayudarnos aún más. Cuando les pedimos ayuda, podemos estar eter­namente agradecidos por esta Jerarquía Planetaria que está más que dispuesta a ayudarnos. Entonces comprendemos que jamás estamos solos en el camino.

He descubierto que cuanto más dispuesta estoy a agra­decer las pequeñas cosas de rni vida, más cosas grandes surgen de fuentes inesperadas, y empiezo con mucha ilu­sión cada día, con todas las sorpresas que están constante­mente llegándome.

Así pues, si tu vida no funciona bien en estos momen­tos, podría deberse a que tu actitud de gratitud necesita un amoroso ajuste. Declara y afirma que te dispones a ser una persona más agradecida, y observa cómo te llegan regalos de la Vida. También afirma tu buena disposición a dar. Cuanto mayor sea tu gratitud, más bienes vendrán a ti; cuanto más das, más recibes.

¡Qué buena es la Vida! Y así es. Y así sea.

Patty

Lee Carroll

Lee Carroll es el autor de la serie Kryon, un conjunto de libros llenos de amor que hablan de la buena nueva para el planeta Tierra. Se encuentran en las librerías metafísi­cas de todo el mundo y se han convertido en fuente de renovada esperanza, mientras avanzamos hacia la incertidumbre del próximo milenio. Su último libro es The Parables of Kryon [Las parábolas de Kryon].

No había nada que hacer, me dijeron. Era sólo cuestión de tiempo que la mano de Dios se extendiera para coger la pequeña chispa de vida que quedaba en mi deteriorado cuer­po, Me pasaba cada día acostado en el mismo sitio mirando la pared... esperando a Patty. Ella llegaba a las tres de la tarde, a leerme, cogerme la mano, secarme la frente y decirme bonda­dosas palabras tranquilizadoras. Se marchaba a las seis. Cada Urde yo tenía que simular que estaba bien para que ella se marchara, y después trataba de imaginar por qué me seguían sirviendo la cena, lo cual me parecía desperdiciar la comida.

Patty sabía que me estaba muriendo, y sin embargo sus ojos brillaban de esperanza, y sus palabras eran siempre alegres. Incluso en medio de mis momentos más dolorosos ella sonreía y me hacía un guiño, ese guiño especial que quería decir: «Deja de compadecerte a ti mismo y elévate a mi nivel para encontrarte conmigo». Lo curioso es que eso hacía yo, cada vez. No era difícil hacerlo cuando tenía delante a ese ser humano vibrante, que se preocupaba de mis últimos días, como si fueran importantes. Yo les tenía miedo a las visitas de mis familiares, al incómodo silencio, los ojos bajos y la pena que irradiaban cada vez que venían a visitarme. Me resultaba insoportable. Patty era diferente.

No era una enfermera titulada, ni siquiera una de esas asistentes especiales que van a clases para aprender a auxiliar a los enfermos terminales. Era simplemente una voluntaria, pero una voluntaria que había decidido pasar cada tarde de su vida con un libro en la mano, leyendo para los enfermos. Le encantaban los libros, y recuerdo haberla estado mirando durante horas, al parecer sin pestañear mientras leía. Leía de un modo muy expresivo todas las historias que me gustaba escuchar. A veces lloraba o reía para ilustrar mejor la historia. Con mucha frecuencia levantaba la vista para ver si seguía escuchándola o si necesitaba algo. Yo jamás necesitaba nada. Su presencia bastaba para espantar el dolor, y el miedo se marchaba a un escondite especial durante los momentos en que ella estaba sentada junto a mi cama.

Las mañanas eran lo peor. Nuevamente me traían comi­da, con gran disgusto por mi parte. ¿Para qué molestarse? A veces sentía el cuerpo como si alguien lo estuviera devoran­do por dentro, con todo el dolor que acompañaba a esa visión. A veces rogaba que me liberaran de lo que sabía que estaba llegando. Oraba a quienquiera que me escuchara, cla­mando que estaba cansado de todos esos problemas y gas­tos.-. Entonces aparecía Patty y todo cambiaba. Jamás hablá­bamos de mi inminente muerte. Me trataba como si en cualquier momento fuera a levantarme y salir corriendo a participar en la siguiente prueba de atletismo. Jamás vi en ella la lástima que con tanta frecuencia veía en los ojos de todas las personas que entraban en la habitación. Sabía los nombres de sus hijos y de su marido, e incluso una vez los conocí a todos. iQué familia! A ninguno parecía impor­tarle estar en presencia de una persona moribunda, como si todos hubieran hecho un curso de ángeles o algo asi. Pally me contó el secreto después, y esa fue la única vez que habló de su espiritualidad o de algo que tuviera que ver con Dios.

Me dijo que todos los seres humanos tenemos un cami­no que Dios conoce, que en cierto modo yo estaba exacta­mente donde había acordado estar, y que en todo eso había honor por algún motivo. Yo me eché a reír y miré a mi alre­dedor, vi la cuña, mi bolsa a medio llenar de orina y los tubos conectados a mis muñecas. Los ojos se me habían ido enroje­ciendo más cada día y la piel se me había vuelto cenicienta.

-Honor, ¿eh? -dije, haciendo un gesto con la mano entubada.

Los dos nos echamos a reír, pero Patty continuó. Me dijo que ella y su familia creían que yo había elegido algo especial para hacer en el planeta y que mi situación era de un modo u otro apropiada en el plan de amor de Dios. Yo no entendí nada, pero de todas formas me consoló. Horas después, pensé muchísimo en lo que me había dicho.

Ocurrió lo inevitable y recibí respuesta a la petición que más había rogado. Le había pedido a Dios (a quien jamás había hablado antes de caer enfermo) que me permi­tiera marcharme en presencia de mi ángel Patty, y conseguí mi deseo.

Fue mucho más fácil de lo que había imaginado, esto de morir. Patty estaba empezando a leer rni parte favorita de El señor de los anillos cuando se me paró el corazón. Hubo un momento de temor al darme cuenta de lo que estaba suce­diendo y Patty dejó de leer como si yo le hubiera enviado un mensaje mental o algo así. Me miró de una manera como nunca lo había hecho hasta ese momento, y entonces com­prendí que ella había visto eso antes. Un tenue destello de sus ojos me dijo: «Ve en paz a los brazos de Dios». Me colo­có la mano en el pecho, nos miramos en silencio y se hizo la oscuridad, que duró uno o dos instantes.

¡Había una tremenda luz! ¡Yo era libre! Sentí un inmen­so alivio del dolor y comencé a flotar por encima de mi cuer­po mientras observaba toda la habitación. Vi mi cuerpo can­sado y frágil todavía echado en la cama, y la mano de Patty aún sobre mi pecho. Ella cerró lentamente el libro y perma­neció inmóvil. Sólo entonces lloró un poco, pero eran lágri­mas de alegría por mi libertad... y su rostro parecía lleno de respeto por mi vida. ¡Y yo lo estaba viendo todo!

Mientras me alejaba flotando suavemente, vi sus alas astrales y comprendí que así como yo había honrado a la Tierra con mi muerte, Patty honraba a la Tierra con su servi­cio angélico. Su cuerpo resplandecía literalmente debido a quién era ella, como si hubiera un arco iris alrededor de su cabeza. Mi ángel era de verdad un ángel, o al menos un ángel terrenal. Cuando comenzó a desvanecerse la habita­ción, me di cuenta de que no le había dicho cuánto agrade­cía sus horas de servicio y dedicación haciendo soportable mi muerte. Me invadió la gratitud hacia ella, pero tal vez demasiado tarde. ¿Sabría lo agradecido que estaba por el consuelo que me había brindado? Me embargó la emoción al pensar que el ser humano que me había ayudado más en toda mi vida nunca me había oído decirle que estaba agra­decido. Entonces vi a los demás a mi alrededor y lo com­prendí todo. Estaba tranquilo. Ella lo sabía. No me pregun­ten cómo, pero Patty lo sabía. Sabía lo agradecido que estaba yo en el momento en que me marchaba. La vi levantar la mano abierta y elevar la cara hacia mí, como si en realidad pudiera verme. ¿Era un gesto de despedida? Esa escena surrealista estaba comenzando a desvanecerse y mi nuevo entorno empezaba a cobrar forma. Era hora de marcharme.

Patty permaneció un momento sentada en silencio junto al cuerpo, con la mano y la cara levantadas hacia arriba. Ya había estado allí antes y había hecho eso mismo. Sintió cómo la esencia de la vida abandonaba a su amigo en la cama, y luego esperó un momento lo que siempre venía a continuación. Se sentía inundada de un torrente celestial de amor. La habita­ción estaba llena de sentimiento, tan denso que parecía un banco de acogedora niebla que vibraba con la gratitud de multitudes por lo que había hecho. Por eso rara vez lloraba con pena en esos momentos, porque, ¿cómo se puede sentir pena en un acontecimiento tan honroso? Llorar la pérdida vendría después, pero por el momento Paity se quedó senta­da en el lugar de honor durante un rato y celebró la vida de un hombre al que había ayudado. Nadie entró, y estuvo sola para sentir el amor, la gratitud y el reconocimiento de todas las entidades celestiales del tesoro de Dios que se habían reu­nido para imponerle las manos. Comprendió lo que estaba sucediendo y permaneció tranquila y serena mientras recibía sus regalos de gratitud. Sintiéndose renovada, se levantó con lentitud y cubrió suavemente la cabeza de su amigo con la sábana de tres días. Se incorporó y emprendió el camino hacia las oficinas del hospital, donde esa misma noche le dirían el nombre de su siguiente paciente terminal, una persona a la que acompaña­ría para leerle hasta su fin, cuando nuevamente recibiría la unción de gratitud y el increíble torrente de energía amorosa de aquellos seres celestiales responsables de esas cosas. Patty comprendía que acababa de estar lo más cerca posible de Dios que podía estar un ser humano sobre la Tierra, y se alegró de tener la oportunidad de volver a hacerlo.

Me encanta mi pared

Alan Cohén

Alan Cohén es el autor de diez populares e inspiradores libros, entre ellos los clásicos The Dragón Doesn't Live Here Anymore [El dragón ya no vive aquí] y / Had ItAII the Time [Lo tenía todo el tiempo]. También ha colabora­do en la serie Vitaminas para el alma y Sopa de pollo para el alma. Su columna «From the Heart» [De corazón] aparece en muchos periódicos y revistas del Nuevo Pen­samiento. Alan da seminarios en todo el mundo y vive en Maui (Hawai), donde dirige programas sobre el despertar espiritual y la vida visionaria. Su último libro se titula A Deep Breath of Life: Daily Inspiration for Heart-Cente-red Living [Un profundo aliento de vida: Inspiración dia­ria para vivir centrados en el corazón].

Un sábado, después de ir con Samantha, mi ahijada de diez años, al Pizza Hut, al centro comercial y a ver una película, la llevé al nuevo domicilio de su familia. Cuando dejamos la autopista para entrar en un camino de tierra que conducía a su casa, me dio un vuelco el corazón al ver que ella y sus padres estaban viviendo en un viejo autobús escolar en medio de un campo.

Mientras Samantha me enseñaba la casa de su familia, comencé a sentir pena de que esa niña, a la que quería tanto, se estuviera criando en un lugar tan destartalado. Mientras posaba tristemente los ojos en las junturas oxida­das de las paredes metálicas, las ventanas rotas y el techo con goteras, comprendí que sus padres habían descendido a una forma de vida puramente de subsistencia. Deseé res­catarla de esa lamentable situación.

-¿Quieres ver mi habitación? -me preguntó Samantha mirándome con sus grandes ojos castaños.

-Pues sí -contesté vacilante.

La niña me cogió de la mano y me condujo por una improvisada escalera que llevaba a un pequeño cuarto anexo que habían construido sobre el techo del autobús. Me estremecí al ver que la habitación estaba en las mismas condiciones que el resto, apenas habitable. Miré a mi alre­dedor y vi un elemento bastante simpático, un tapiz de vis­tosos colores que colgaba sobre el único sector de la habi­tación que se podía llamar pared.

-¿Qué te parece vivir aquí? -le pregunté, esperando una respuesta triste.

Sorprendido vi que se le iluminaba el rostro.

-¡Me encanta mi pared! -contestó riendo.

Me quedé atónito. No lo decía en broma. De verdad le gustaba su cuarto, por esa alegre y vistosa pared. Para ella era un trocito de cielo en medio del infierno, y prefería centrar fa atención en eso. Era feliz.

Volví a mi casa impresionado, en un estado de reveren­te respeto. Esa niña de diez años veía la vida con ojos agra­decidos, y eso lo cambiaba todo. Comencé a pensar en las cosas de mi vida de las que me había quejado. Caí en la cuenta de que al preocuparme por lo que no tenía, había dejado de ver lo que sí tenía. Al fijar mi atención en el metal oxidado, había pasado por alto hermosos tapices. Convertí en tema de meditación la afirmación de Samantha: «¡Me encanta mi pared!».

La gratitud no es la consecuencia de las cosas que nos suceden; es una actitud que cultivamos con la práctica. Cuanto más agradecemos, más cosas tenemos para agra­decer. Me contaron la historia de una mujer llamada Sarah, que a raíz de un accidente yacía en una cama de hospital, muy deprimida, sin poder mover ninguna parte del cuerpo excepto el dedo meñique de una mano. De pronto decidió hacer uso de lo que tenía en lugar de que­jarse de lo que le faltaba. Comenzó a bendecir el único dedo que podía mover y se inventó un sistema de comu­nicación moviendo el dedo para decir «sí» o «no». Agra­deció esa capacidad para comunicarse y eso la hizo más feliz. A medida que bendecía ese movimiento, su flexibili­dad iba aumentando. Pronto pudo mover la mano, des­pués el brazo y finalmente el cuerpo entero. Todo comen­zó con un importantísimo cambio de actitud: pasó de quejarse a bendecir.

El libro Getting the Love Yon Want [Obtener el amor que se desea], de Harville Hendrick, se ha convertido en un popular manual para las relaciones. El primer paso para obtener el amor que se desea es agradecer el amor que se tiene. El Universo siempre da más de aquello en lo que uno fija su atención. Jesús enseñaba que «Al que tiene se le dará más, y al que no tiene se le quitará incluso lo que tiene». Con eso nos aclara un principio metafísico de importancia suprema, la clave misma para la manifestación de la abun­dancia. Jesús enseñaba la importancia de concentrarnos en lo que tenemos o deseamos en lugar de concentrarnos en lo que nos falta o no deseamos.

Cualquier experiencia podemos considerarla de dos maneras: con los ojos de la carencia o con los de la abun­dancia. El temor ve límites, mientras que el amor ve posi­bilidades. Cada actitud estará justificada por el sistema de creencias que prefiramos. Deja de ser fiel al credo del temor y pásate al del amor, y el amor te sustentará adonde­quiera que vayas. Un curso de milagros nos dice: «El amor no puede estar muy lejos de un corazón y una mente agra­decidos [...] Estas son las verdaderas condiciones para tu regreso a casa».

Los regalos que nos ofrece la gratitud

Lee Coit

Hace cerca de veinte años Lee Coit inició la búsqueda de respuestas para su sufrimiento y su frustración. Decidió dedicar todo un año a su búsqueda, y el resultado fue des­cubrir un guía interior. Desde entonces ha seguido esa voz interna para tomar todas sus decisiones. Ese camino lo ha conducido a una vida apacible y feliz, a escribir libros de gran popularidad (Listening [Escuchar] y Accepting [Acep­tar]) y a dar conferencias y seminarios en Estados Unidos y Europa. Durante unos diez años dirigió el centro de retiro Las Brisas. Su espectacular transformación al pasar de ser un ejecutivo de una ajetreada agencia de publicidad a ser una persona espiritual feliz y realizada, nos da esperanza a todos los que deseamos vivir de un modo mejor.

Pensamos que la gratitud es dar las gracias con palabras o hechos para corresponder a la amabilidad de alguien. A mí se me educó para dar siempre las gracias aunque no estu­viera realmente agradecido. La gratitud puede transformar­se en una respuesta automática a cualquier situación que nos beneficie, y solemos expresarla sin darnos cuenta de sus muchos beneficios. Igual que la celebración del día de Acción de Gracias, la expresión del agradecimiento puede hacerse tan protocolaria que llega a perder su verdadero sentido. Del mismo modo en que el «¿Cómo estás?» no es una pregunta sino un saludo, el «Gracias» puede conver­tirse en sólo una manera simpática de dar por acabado un encuentro o una conversación.

¿Qué regalos nos ofrece la gratitud cuando la expresa­mos? Una antigua enseñanza espiritual dice que «dar y reci­bir son lo mismo». Si es así, ¿de qué sirve dar las gracias? En primer lugar, la gratitud tiene enormes poderes regenerado­res. Hace mucho tiempo descubrí que agradecer lo que tenía me servía para superar el sentimiento de autocompasión. Mi gratitud hacia otras personas siempre aumentaba mi feli­cidad. Cada vez que me sentía poco apreciado, hacía un recuento de todas ks cosas maravillosas que me habían ocu­rrido recientemente y me volvía la alegría. Agradecer lo que tengo es también una eficaz manera de liberarme de una sensación de pérdida. Cuando soy consciente de todo el amor que recibo, puedo olvidar rápidamente mis problemas. La gratitud es una excelente manera de dejar de concentrar­me en las situaciones negativas y fijar mi atención en lo que está bien. Ya sea que dé las gracias a mi Fuente Divina o a mis amigos, el simple hecho de ser consciente de lo que recibo y de expresar mi gratitud de un modo activo, me produ­ce el deseado estado de alegría.

Lo segundo que comprobé acerca de ser agradecido fue que podía extender hacia atrás mi alegría presente, pensan­do con gratitud en personas y acontecimientos de mi pa­sado. Eso siempre me hace sonreír, y se me inunda de ale­gría el corazón cuando recuerdo con cariño a mis fabulosos amigos y los buenos ratos que hemos pasado. Con los años he observado que cuanta más gratitud siento por el pasa­do, más feliz soy en el presente. Llegar a un estado de ale­gría con la gratitud me resulta fácil cuando pienso en recuerdos agradables, pero no excluyo de mi gratitud los recuerdos desagradables. Sentirnos agradecidos por aque­llas personas que pensamos que nos han hecho daño puede ser más difícil, pero es un modo muy eficaz de sanar el pasado. A eso yo lo llamo «gratitud incondicional». Sig­nifica que damos las gracias a Lodo el mundo, al margen de si pensamos que se lo merecen o no.

Lo que a mí me da resultado es recordar sólo las cosas buenas de cada persona y dejar de lado los otros pensamien­tos- Siempre logro encontrar algo que agradecer sinceramen­te de cada persona. A veces incluso he comenzado con la idea de que por lo menos esas personas ya no están en mi vida. Después olvido mis deseos y expectativas sobre cómo de­berían haber actuado y trato de pensar en alguna buena cualidad que poseen. Aunque sea pequeña, insisto en ese pensamiento y desecho los otros recuerdos. Una vez, por ejem­plo, comencé con la idea de que cuando almorzaba con esa persona, siempre íbamos a un lugar agradable. Diariamente traigo a mi mente a la persona elegida y trato de añadirle otra buena cualidad. Si ese día no logro ver en ella ninguna nueva cualidad, vuelvo a una vieja. Hago esto hasta que logro pensar en esa persona sin disgusto o sin el deseo de evitarla. Antes de darme cuenta, comienza a suceder algo sorprendente.

Al principio tal vez me cueste encontrar algo que agra­decerle, por pequeño que sea, pero al perseverar en el intento aparecen poco a poco buenas cualidades. Puede que no sean el tipo de cualidades que a mí me gustan, pero tal ve? gusten a otra persona. Si continúo buscando buenas cualidades, al cabo de un tiempo comienzo a ver de qué modo otras personas de mi pasado me beneficiaron. Tal vez no trataron de ayudarme, pero mi gratitud abre mi visión hasta un punto en que logro ver que me hicieron un verda­dero regalo espiritual. Un verdadero regalo espiritual es algo que aumenta mi conciencia de mi verdadera naturale­za espiritual. No pasa nada si nunca llegamos a ese punto en que vemos que esas personas nos han ayudado de un modo humano o mundano. No pasa nada si esas personas jamás cambian de una forma que aprobemos. Es importan­te ser sincero en los sentimientos y no suprimir viejas heri­das o fingir que todo está bien si no lo está.

Para ver el regalo espiritual, dejo de lado mis ideas de cómo quiero que sean las cosas. Me va bien hacerme pre­guntas de este estilo: « ¿Corno me ayudó esta persona a tomar más conciencia de mi naturaleza espiritual?», « ¿De qué forma sus actos me condujeron o empujaron en una determinada dirección que favoreció mi crecimiento espiri­tual?», «Aunque sus actos me parecieran perjudiciales para mi yo humano y físico, ¿de qué manera contribuyeron a favorecer y apoyar a mi yo espiritual?». Como puedes ver, estas preguntas son difíciles. Puede haber el deseo de man­tener a otra persona encerrada en una red de acusación y culpa. Al principio quizá te parezca que expresar una grati­tud incondicional en esas situaciones es como «liberar» a personas que nos caen mal. Puedo asegurarte, por propia experiencia, que somos nosotros quienes nos liberamos. La gratitud, como su hermano el perdón, libera en primer lugar a quien la expresa. La gratitud nos libera de nuestra prisión auto impuesta de odio y deseo de venganza. Lo que conside­ramos agravios del pasado son las rejas de nuestra prisión. La gratitud incondicional hace que esas rejas desaparezcan. El odio no sólo nos aprisiona en una pequeña celda de auto-compasión, sino que también nos separa de aquellas perso­nas que desean aportar amor a nuestra vida. (El odio incluye desde la rabia hasta un deseo aparentemente inocente de evitar a alguien.) Nuestro pasado, liberado por la gratitud, libera a nuestro presente para que sea tal como podría ser.

Por último, el regalo más maravilloso que nos ofrece la gratitud incondicional es la claridad y la clarividencia. Al expresar una gratitud incondicional, comienzo a ver que todo está aquí para bendecirme. La verdad es que no sé explicar cómo sucede esto. Simplemente sucede. No tiene ningún sentido si lo consideramos desde el punto de vista de nuestros procesos de pensamiento mundano. Sólo el acto real en el que se expresa una gratitud incondicional produce el fantástico resultado de ver con claridad. Al con­tinuar extendiendo mi gratitud a todas las personas de mi pasado y mi presente, comienzo a ver que todo lo que me rodea está en verdadera armonía. Comienzo a ver que lo que consideré perjudicial e injusto, en realidad no era así; verlo de ese modo fue una mala interpretación por mi parte, un juicio erróneo basado en mi percepción, que tiene un alcance muy limitado.

Por lo visto la percepción humana es muy potente. Procede de nuestro limitado concepto de nosotros mismos. Desde este punto de vista, el de la perspectiva de unos seres limitados y desconectados, vemos un mundo plagado de peligros y sufrimientos. Si nos negamos a actuar según esta percepción, y en lugar de ello deseamos ver lo que está ocurriendo en nuestra vida espiritual, tenemos una visión totalmente diferente. Empezamos a ver las relaciones de interconexión e inter-sustentación de la realidad. Comenza­mos a ver la danza espiritual a la que cada uno se dedica. Es importante no tratar de descubrir cuál es la danza, sino simplemente dejar que se nos revele y entonces movernos al compás. La gratitud incondicional no pretende controlar la situación; lo que hace es liberarnos del estrés y el sufri­miento; reemplaza nuestra frustración por la paz, la alegría y la felicidad que son nuestras por naturaleza.
El círculo de la gratitud

Terah Kathryn Collins

Terah Kathryn Collins practica, enseña y da conferencias lobreel Feng Shui, el arte chino de la utilización del espa­cio, en San Diego. Su especialidad es enseñar a las personas ver a través de sus «Ojos Feng Shui», abriendo la visión que conduce a una vida llena de armonía, bienestar y equi­librio. Es autora del libro The Western Cuide to Feng Shui,*
Expresar gratitud fue algo que aprendí observando a otras personas. Al principio no se me daba muy bien. Con fre­cuencia lo olvidaba o no estaba de humor para dar las gra­cias. Además, me figuraba que la gente no lo notaría si no mostraba mi gratitud; en todo caso, era algo así como hacerles un regalo que no esperaban. Pero en las ocasiones en
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