Nota. Este material, tanto las obras de J. Krishnamurti, como las escritas sobre él, ha sido publicado por la Editorial kier, S. A. Buenos Aires. Rep. Argentina. Notas






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Vida y Muerte
de
KRISHNAMURTI

MARY LUTYENS


Vida y Muerte
de
KRISHNAMURTI

Traducido del inglés por

ARMANDO CLAVIER


PRIMERA EDICION

Editorial KIER, S.A.

Santa Fe 1260 (1059) Buenos Aires

Obras de J. Krishnamurti

Comentarios sobre el vivir. 3 series

La revolución fundamental

Sólo la verdad trae libertad

La crisis del hombre

El estado creativo de la mente

Tragedia del hombre y del mundo

El futuro es hoy

Conferencias en Washington D.C. - 1985

Otras obras sobre J. Krishnamurti

Krishnamurti. Biografía. Pupul Jayakar

Vida y muerte de Krishnamurti. Mary Lutyens

Aproximación a Krishnamurti. Armando Clavier

Presencia de Krishnamurti. Armando Clavier

Vigencia de Krishnamurti. Armando Clavier

Caminar con Krishnamurti. Armando Clavier

En torno a las enseñanzas de Krishnamurti. Miguel Ángel Caminos

El pensamiento de Krishnamurti. Miguel Ángel Caminos

Nota.- Este material, tanto las obras de J. Krishnamurti, como las escritas sobre él, ha sido publicado por la Editorial KIER, S.A. Buenos Aires. Rep. Argentina.
Notas

Fuentes de las notas

AA Archivos de Adyar, Sociedad Teosófica, Adyar, Madrás, India.

AB Archivos de Brockwood, B.P., Hampshire, Inglaterra.

EFB English Foundation Bulletin. (Boletín de la English Foundation)

Herald, El Heraldo de la Estrella

ISB International Star Bulletin (Boletín Internacional de la Estrella)

AKFA Archivos de la Krishnamurti Foundation of America, Ojai, California

SPT Star Publishing Trust (Fideicomiso de Publicaciones de la Estrella)

TPH Theosophical Publishing House (Casa de Publicaciones teosóficas), Adyar, Madrás.
Toda la correspondencia entre Mr. Besant y C.W. Leadbeater se encuentra en los AA. Las que se citan aquí provienen de copias que me envió B. Shiva Rao a pedido de Krishnamurti.

Las cartas de Krishnamurti a Lady Emily Lutyens, están en los AB. Las de Lady Emily a Mrs. Besant están en los AA.

Título original inglés

The Life and Death of Krishnamurti

Copyright © Mary Lutyens

Todos los derechos de la versión en castellano cedidos a la:

Fundación Krishnamurti Hispanoamericana

Apartado 5351. Barcelona 08080, España

Ediciones en español

Editorial Kier, S.A.

Buenos Aires 1993

Composición tipográfica

Cálamus

Libro de edición argentina

ISBN: 950-17-1181-1

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

© 1993 by Editorial Kier, S.A.

Buenos Aires

Impreso en la Argentina

Printed in Argentina

Reconocimientos
Deseo disculparme con los numerosos amigos de Krishnamurti que no han sido mencionados en este libro. Confío en que ellos comprenderán que, al condensar su vida en un solo volumen, han tenido que omitirse muchos detalles externos, aunque, eso espero, nada que sea esencial para su desarrollo.

Mi profunda gratitud a David Bohm, Mary Cadogan, Mark Edwards, Pupul Jayakar, Dr. Parchure, a la fallecida Doris Pratt, Vanda Scaravelli y, especialmente, a Scott Forbes y a Mary Zimbalist, por concederme el permiso para citar sus escritos. También quisiera agradecer a Ray McCoy por enviarme rápidamente desde el Centro de Brockwood todo cuanto le solicité respecto a libros, videos y casetes, y a Radha Burnier por entregarme una copia, procedente de los Archivos Teosóficos en Adyar, de la larga carta de Nitya a Mrs. Besant describiendo el comienzo del «proceso».

Y, en primer lugar, mi gratitud al ya fallecido B. Shiva Rao, sin cuya amistad y generosidad yo jamás hubiera podido intentar escribir la biografía de Krishnamurti.

Introducción
Krishnamurti pidió en diversas ocasiones que no hubiera una interpretación autoritaria de su enseñanza, aunque alentó a quienes se interesaban en la misma a que la discutieran entre ellos. Por lo tanto, el presente libro no intenta explicar ni evaluar la enseñanza, que es asequible en docenas de libros y en casetes de audio y de vídeo. Su propósito es, más bien, tratar de descubrir la fuente de revelación en que se basa la enseñanza, iluminar la naturaleza de un muy admirable ser humano, trazar el curso de su evolución y ver en perspectiva su larga vida. Esto es difícil de hacer en tres detallados volúmenes separados por un espacio de años  ocho años en el caso del primer y segundo volumen-.

Después de que se publicara el primer volumen, The Years of Awakening («Los años del despertar»), me preguntaron si yo creía en los acontecimientos que había registrado. Mi respuesta fue que ciertamente creí en ellos hasta 1928, o sea, hasta que cumplí veinte años (con excepción de los fantásticos sucesos acaecidos en Holanda en 1925). Posteriormente, mi actitud hacia aquellos acontecimientos cambió de acuerdo con el propio Krishnamurti.
No puedo recordar una época en que no conociera a Krishnamurti. Esto se debe a que mi madre le ofreció su amistad cuando él vino por primera vez a Inglaterra en 1911. Era por entonces un perplejo muchacho de diecisiete años que parecía más joven que su edad, a quien los líderes de la Sociedad Teosófica en la India habían escogido dos años antes como el vehículo para el próximo mesías. Mi madre se había afiliado a la Sociedad Teosófica en 1910, antes de que yo hubiera cumplido tres años, y fui educada en los principios de la misma, que exteriormente eran muy simples: una creencia en la hermandad del hombre y en la igualdad de todas las religiones. En vez de «Padre Nuestro que estás en los cielos...», se me enseñó a recitar todas las mañanas: «Soy un eslabón en la cadena de oro del amor que se extiende por todo el mundo y prometo conservar mi eslabón brillante y fuerte». Sin embargo, en la teosofía había un fondo esotérico del cual no tuve plena conciencia hasta casi los trece años. Este núcleo esotérico y la fundación de la Sociedad se describirán en el primer capítulo del libro.

La teosofía fue la causa de una ruptura entre mis padres, ruptura que se amplió a medida que pasaron los años; sin embargo, irónicamente, fue a través de mi padre que mi madre descubrió la teosofía. En 1909, mi padre, Edwin Lutyens, había recibido de un banquero francés, Guillaume Mallet, el encargo de construirle una casa en Varengeville sobre la costa de Normandía, no lejos de Dieppe. Al regresar de su primera visita al lugar, mi padre dijo a mi madre que los Mallet eran teósofos. Cuando ella le preguntó qué quería decir eso, él le respondió que no lo sabía pero que los Mallet tenían un armario secreto con libros, que mantenían siempre cerrado. Esto intrigó a mi madre, y cuando acompañó a mi padre en su siguiente visita a Varengeville, persuadió a Madame Mallet para que le hiciera un breve resumen de las creencias teosóficas. Lo que más le impresionó fue la normalidad de los Mallet, la ausencia de cualquier excentricidad que ella hubiera asociado con una religión «curanderil». Su única excentricidad consistía en que eran vegetarianos estrictos. En navidad, Madame Mallet le envió a mi madre las Conferencias en Londres que Mrs. Annie Besant1 Presidenta de la Sociedad Teosófica, había ofrecido en 1907. Estas la llenaron de tal «absorto interés y encanto», según su autobiografía2, que por momentos se sintió «tan excitada» que a duras penas podía contenerse de «gritar de felicidad». Esto pareció abrir para ella nuevas perspectivas de comprensión espiritual.

Mi madre estaba madura para la conversión. Después de trece años de matrimonio con un arquitecto cada vez más ambicioso y favorecido por el éxito, el cual, aunque la amaba apasionadamente estaba tan absorbido en su trabajo que ni siquiera tenía tiempo para acompañarla a ella ni a sus cinco hijos, mi madre buscaba desesperadamente alguna ocupación satisfactoria que estimulara sus necesidades emocionales e intelectuales. Los quehaceres domésticos y la común vida social la aburrían intensamente y sus hijos estaban al cuidado de una nodriza perfecta. Se había vuelto una ardiente difusora del movimiento por el Sufragio Femenino (pero nunca fue una militante por temor de ir a prisión y ser alimentada a la fuerza). Había leído muchísimo sobre sociología y se afilió a una organización llamada Liga de Educación Moral, que se interesaba en la regulación estatal de la prostitución, escribió panfletos para dicha organización y asistió a conferencias en muchas regiones de Inglaterra. Como parte de este trabajo, se volvió una visitadora semanal del Lock Hospital para el tratamiento de las enfermedades venéreas, donde dedicaba lecturas de Dickens a los pacientes (tenía un talento magnífico para la lectura en voz alta). También organizó discusiones nocturnas en nuestra casa de Bloomsbury Square, para considerar cuestiones tales como la herencia contra el medio ambiente. Pero, a diferencia de tantos de sus contemporáneos, no se interesaba en el espiritualismo3 ni, en esa etapa de su vida, en el ocultismo o en el misticismo de la India que había atraído a tantos occidentales hacia Oriente desde que su fe cristiana había sido socavada por Darwin.

Siendo mi madre de naturaleza muy devocional y en su juventud una ferviente, cristiana con un fuerte sentimiento de fidelidad a Jesús, la creencia teosófica en la próxima venida del mesías y en la necesidad de preparar al mundo para este prodigioso acontecimiento, satisfacía todos los aspectos de su ser. Después de incorporarse a la Sociedad a principios de 1910, dedicó todas sus energías al movimiento; tomó lecciones de oratoria a fin de poder viajar ofreciendo conferencias sobre teosofía (llegó a ser una consumada oradora). Fundó asimismo una nueva Logia Teosófica1 con el Dr. Haden Guest (más tarde Lord Guest), también un converso reciente, «con el propósito de unir a todos los que anhelaban dar un efecto práctico a los principios teosóficos de hermandad».

En el verano de 1910, Mrs. Besant llegó a Inglaterra procedente de la India y mi madre fue a la Sociedad Fabiana a escuchar su conferencia sobre «Una forma ideal de gobierno». En el estrado se encontraban Bernard Shaw y Sydney Webb. «Recibí casi un choque cuando la vi por primera vez», escribió mi madre. «Parecía tan diferente a cualquiera que yo hubiera visto antes. Estaba vestida con túnicas blancas sueltas de características sumamente femeninas, mientras que la bella y sólida cabeza con sus cortos rizos blancos se veía completamente masculina. Tenía sesenta y tres años pero no mostraba ni el más leve signo que indicara mengua de vigor. Tenía una vitalidad más asombrosa que la de cualquiera que yo hubiera conocido jamás».

Pocas semanas después mi madre escuchó nuevamente una charla que Mrs. Besant ofreció en una sala en Kingsway sobre «El Cristo Venidero» y después encontró el valor para acercarse a ella e invitarla a almorzar. Mrs. Besant aceptó. La única persona que estuvo además presente en el almuerzo fue mi padre.

Al llegar, Mrs. Besant preguntó si podía quitarse el sombrero y, al hacerlo, desplegó sus cortos rizos blancos, cosa que más adelante mi madre descubrió que era característico en ella. Mi madre recordaba haber tenido la idea de que los ojos de Mrs. Besant eran como los de un tigre, de un curioso matiz castaño, y que parecían traspasarla con la mirada y, penetrar en sus mis recónditos pensamientos. En este primer encuentro, mi padre gustó de Mrs. Besant y se sintió impresionado por ella, especialmente cuando ella le pidió, antes de partir, que diseñara la nueva Sede Central Teosófica Inglesa en Tavistock Square (ocupada actualmente por la Asociación Médica Británica). Fue sólo gradualmente que él llegó a resentirse por la influencia que ella tenía sobre mi madre.
En 1929, a la edad de treinta y cuatro años, Krishnamurti se separó de la Sociedad Teosófica después de una experiencia espiritual que cambió completamente su vida. Renunció a su papel de futuro mesías y se dedicó a viajar por el mundo como un maestro con su propia filosofía religiosa, no comprometido con ninguna secta o religión ortodoxa. El único objeto de su enseñanza era liberar a los hombres de todas las jaulas que separan al hombre del hombre, jaulas como la raza, la religión, la nacionalidad, la clase y la tradición y, de tal manera, dar origen a una transformación en la psique humana.

El interés en la enseñanza de Krishnamurti no ha disminuido desde su muerte en 1986, tres meses antes de que cumpliera los 91 años. En verdad, su reputación se extiende cada vez más. La razón de que no se le conozca mejor aún, es que nunca buscó publicidad personal. La gente supo de él a través de la comunicación verbal o por encontrarse accidentalmente con uno de sus libros.

Mientras Krishnamurti estuvo siendo proclamado por la Sociedad Teosófica, los miembros de la misma derramaron sobre él dinero y donaciones de tierras y propiedades en abundancia. Cuando renunció a la Sociedad y negó su papel, devolvió estos obsequios a los donantes y comenzó su nueva vida sin saber si tendría seguidores o algún dinero fuera de una anualidad de 500 libras. Tal como ocurrió, atrajo una nueva corriente de partidarios procedentes de un mundo más amplio y mucho más interesante, y el dinero aparecía como por arte de magia para la mayoría de los proyectos en que él ponía su alma. Diría por el resto de su vida: «Hagan algo, y si ello es correcto el dinero vendrá».

Krishnamurti rehusó ser el gurú de nadie. No quería personas que le siguieran ciega y, obedientemente. Deploraba tanto el culto que se hacía del gurú, como la meditación trascendental traída a Occidente desde la India. En especial, no quería discípulos que pudieran crear otra religión alrededor de él edificando jerarquías y asumiendo autoridades. Todo cuanto reclamaba para su enseñanza era que fuera un espejo en que las personas pudieran verse exactamente como eran interna y externamente y si no les gustaba lo que veían, que cambiaran ellas mismas.

El interés especial de Krishnamurti estaba en la educación de los niños antes de que sus mentes se volvieran rígidas con los prejuicios de la sociedad en que habían nacido. Las siete escuelas que fundó y que llevan su nombre  cinco en la India, una en Inglaterra y una en California-, todavía prosperan. En su escuela más antigua, la del Valle del Rishi, fundada a principios de los años 30 entre Madrás y Bangalore, hay ahora 340 estudiantes, la tercera parte de ellos niñas, y tiene la reputación de ser una de las mejores escuelas de la India. Su escuela inglesa en Hampshire, la más pequeña, sólo tiene setenta alumnos, pero de veinticuatro nacionalidades y con un número igual de niños y niñas.

Un gran Centro Krishnamurti para adultos se inauguró poco después de su muerte, se encuentra cerca de la escuela inglesa aunque bastante separado de ésta. La concepción y construcción de este centro fue uno de los principales intereses de Krishnamurti en los dos últimos años de su vida*. Tres centros más pequeños para adultos se construyen actualmente en la India. Krishnamurti también estableció tres Fundaciones en los años 60: en Inglaterra, en la India, en California y una subsidiaria en Puerto Rico, todas de naturaleza puramente administrativa y cada una con su junta de Síndicos. Hay también Comités asociados en veintiún países.

Krishnamurti tenía docenas de amigos en tantos países como los que cuentan con estos comités, amigos de toda condición, desde reinas hasta monjes budistas. En los primeros tiempos, entre sus más grandes admiradores, habían estado Bernard Shaw, Leopoldo Stokowski y Antoine Bourdelle, el escultor; más adelante se contaron entre sus amigos, Aldous Huxley, Jawaharlal Nehru y Pablo Casals. Más recientemente hizo amistad con Mrs. Gandhi, con el profesor Maurice Wilkins, ganador de un premio Nobel en Medicina, con el Dr. David Bohm, el físico, con Rupert Sheldrake, el biólogo y con el actor Terence Stamp, y llegó a conocer a algunas personalidades famosas que lo entrevistaron o sostuvieron discusiones con él, tales como el Dr. Jonas Salk y el Dalai Lama. Es indudable que Krishnamurti ayudó a tender un puente entre la ciencia y la religión.

Los auditorios para las pláticas de Krishnamurti no eran numerosos, variando entre 1000 y 5000 personas en sus últimos veinte años según fuera la capacidad de la sala o de la carpa en que hablaba. ¿Cuál era su atracción para aquellos que venían a escucharle? Era notable qué pocos hippies había entre ellos, aunque casi todos fueran jóvenes. Sus auditorios consistían en su mayor parte en personas de buenos modales, vestidas con pulcritud, tanto hombres como mujeres, quienes le escuchaban seria y atentamente aun cuando él no poseía el don de la oratoria. Su enseñanza no tenía el propósito de brindar consuelo, sitio de sacudir a la gente para que tomara conciencia del estado peligroso del mundo, por el que cada individuo era responsable, puesto que, según él, cada individuo era el mundo en macrocosmos.

Parte de la atracción de Krishnamurti se debía, sin duda, a su apariencia. Excepto de pequeño, él había sido extraordinariamente bello y aún a edad muy avanzada conservaba una gran belleza en la figura, en la estructura ósea y en el porte. Pero, más que esto, había un magnetismo personal que atraía a la gente hacia él. Podía hablar públicamente con severidad, a veces casi con fiereza, pero individualmente o en pequeños grupos mostraba en su trato con la gente un sentido de gran calidez y afecto. Aunque no le agradaba ser tocado, cuando se sentaba a hablar con alguien solía con frecuencia inclinarse hacia adelante para poner una mano en el brazo o en la rodilla de él o de ella, y le gustaba sostener apretadamente la mano de un amigo o de alguien que acudía a él por ayuda. Sobre todo, cuando no estaba hablando seriamente, gustaba de reír y bromear y de intercambiar cuentos tontos. Su risa fuerte y profunda era contagiosamente cautivadora.

El hecho de que haya un interés sostenido y aun creciente en Krishnamurti a partir de su muerte, muestra, pienso, no sólo que algo de este magnetismo personal trasciende desde sus casetes y videos, sino que esta enseñanza tiene un mensaje para nuestros días que la gente necesita con desesperación. Aunque uno pueda ajo estar de acuerdo con muchas de las cosas que él dijo, su sinceridad no puede ser puesta en duda.
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