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Ciudad de los ángeles caídos Cassandra Clare Para Josh Sommes-nous les deux livres d’un même ouvrage? Primera parteÁngeles exterminadoresExisten enfermedades que caminan en la oscuridad; y existen ángeles exterminadores, que vuelan envueltos en los cortinajes de lo inmaterial y poseen una naturaleza carente de comunicación; a los que no vemos, pero cuya fuerza sentimos y bajo cuya espada sucumbimos. JEREMY TAYLOR, A Funeral Sermon 1EL MAESTRO—Sólo un café, por favor. La camarera enarcó sus cejas, dibujadas a lápiz. —¿No te apetece comer nada? —preguntó. Tenía un acento muy marcado, parecía defraudada. Simon Lewis no podía reprocharle nada, pues seguramente aquella mujer esperaba una propina mejor de la que iba a obtener por una simple taza de café. Pero él no tenía la culpa de que los vampiros no comiesen. A veces, cuando iba a un restaurante, pedía comida con la única intención de ofrecer una apariencia de normalidad, pero a última hora de un martes por la noche, con el Vesalka prácticamente vacío, le pareció que no merecía la pena tomarse la molestia. —Sólo el café. Encogiéndose de hombros, la camarera recogió el menú plastificado y se marchó a preparar el pedido. Simon se recostó en la dura silla de plástico y miró a su alrededor. El Vesalka, un restaurante situado en la esquina de la calle Nueve con la Segunda Avenida, era uno de sus lugares favoritos en el Lower East Side, un viejo restaurante de barrio empapelado con fotografías en blanco y negro, donde permitían que alguien se pasara el día entero sentado siempre y cuando fuera pidiendo un café cada media hora. Servían además la que había sido su sopa rusa de remolacha preferida en una época que ahora le quedaba muy lejana. Era mediados de octubre y acababan de instalar la decoración típica de Halloween, entre la que destacaba un tambaleante cartel que rezaba «¡Susto o sopa de remolacha!» y un recortable de cartón que representaba a un vampiro llamado conde Blintzula. En otros tiempos, Simon y Clary habían encontrado de lo más graciosa aquella decoración festiva de baratillo, pero el conde, con sus colmillos falsos y su capa negra, ahora no le hacía ni pizca de gracia a Simon. Simon miró por la ventana. Era una noche gélida y el viento levantaba las hojas que cubrían el suelo de la Segunda Avenida como si fueran puñados de confeti. Se fijó en una chica que pasaba por la calle, una chica con una gabardina ceñida por un cinturón y melena negra agitada por el viento. La gente se volvía a su paso para mirarla. En el pasado, Simon también se quedaba mirando a chicas como aquélla, preguntándose adónde irían o con quién habrían quedado. Nunca era con chicos como él, eso lo sabía con certeza. Excepto que aquélla sí. La campanilla de la puerta del restaurante sonó en el momento en que Isabelle Lightwood hacía su entrada. Sonrió al ver a Simon y se dirigió hacia él, despojándose de la gabardina y doblándola sobre el respaldo de la silla antes de tomar asiento. Debajo de la gabardina lucía lo que Clary calificaría como «uno de los conjuntos típicos de Isabelle»: un vestido corto y ceñido de terciopelo, medias de redecilla y botas altas. En la parte superior de la bota izquierda llevaba un cuchillo escondido que sólo Simon podía ver; pero aun así, todos los presentes en el restaurante se quedaron mirando cómo tomaba asiento y se echaba el pelo hacia atrás. Isabelle llamaba la atención como un espectáculo de fuegos artificiales. La bella Isabelle Lightwood. Cuando Simon la conoció, dio por sentado que una chica como aquélla nunca tendría tiempo para un tipo como él. Y acertó casi del todo. A Isabelle le gustaban los chicos que sus padres desaprobaban, y en su universo eso significaba habitantes del mundo subterráneo: hadas, hombres lobo y vampiros. Que llevaran los dos últimos meses saliendo le sorprendía, por mucho que su relación se limitase a encuentros puntuales como aquél. Y aun así, no podía evitar preguntarse si estarían saliendo si él no se hubiese transformado en vampiro, si su vida no se hubiese visto alterada por completo. Isabelle se retiró un mechón de pelo de la cara y lo recogió detrás de la oreja con una resplandeciente sonrisa. —Estás guapo. Simon observó su imagen reflejada en el cristal de la ventana del restaurante. La influencia de Isabelle se hacía evidente en los cambios que había experimentado su aspecto desde que empezaron a salir. Isabelle le había obligado a abandonar las sudaderas con capucha para sustituirlas por cazadoras de cuero y a cambiar las zapatillas deportivas por botas de diseño. Que, por cierto, salían a trescientos dólares el par. Además, se había dejado el pelo largo y ahora le llegaba casi a los ojos y le cubría la frente, aunque ese peinado era más por necesidad que por Isabelle. Clary se burlaba de su nueva imagen; aunque, a decir verdad, todo lo relacionado con la vida amorosa de Simon lindaba con lo cómico para Clary. Le costaba creer que estuviera saliendo en serio con Isabelle. Claro estaba que también le costaba creerse que estuviera saliendo a la vez, y con el mismo nivel de seriedad, con Maia Roberts, una amiga de ambos que resultó ser una chica lobo. Y la verdad era que tampoco entendía cómo Simon aún no le había contado nada a la una sobre la existencia de la otra. Simon no sabía muy bien cómo había sucedido todo. A Maia le gustaba ir a su casa a jugar a la Xbox —en la comisaría de policía abandonada donde vivía la manada de seres lobo no tenían ninguna de aquellas cosas—, y no fue hasta su tercera o cuarta visita que ella se despidió de él con un beso. Simon se había quedado boquiabierto y había llamado en seguida a Clary para consultarle si debía explicarle lo sucedido a Isabelle. «Primero aclárate con respecto a lo que hay entre Isabelle y tú —le dijo—. Y después cuéntaselo.» Pero resultó ser un mal consejo. Había transcurrido un mes y seguía sin estar seguro sobre lo que había entre Isabelle y él y, en consecuencia, no le había dicho nada. Y cuanto más tiempo pasaba, más complicado se le hacía tener que contárselo. Hasta el momento le había funcionado bien así. Isabelle y Maia no eran amigas y apenas coincidían. Pero por desgracia para él, la situación estaba a punto de cambiar. La madre de Clary y su eterno amigo, Luke, iban a casarse en cuestión de semanas, y tanto Isabelle como Maia estaban invitadas a la boda, un panorama que a Simon le resultaba más aterrador que la posibilidad de ser perseguido por las calles de Nueva York por una banda de furiosos cazadores de vampiros. —¿Y bien? —dijo Isabelle, despertándolo de su ensueño—. ¿Por qué hemos quedado aquí y no en Taki’s, donde podrías tomarte una copa de sangre? Simon se encogió con desagrado ante el elevado volumen de la voz de Isabelle, que no era sutil en absoluto. Pero, por suerte, no la había oído nadie, ni siquiera la camarera que reapareció en aquel momento, depositó ruidosamente una taza de café delante de Simon, le echó una ojeada a Izzy y se marchó sin preguntarle qué quería tomar. —Me gusta este sitio —dijo él—. Clary y yo solíamos venir por aquí cuando ella iba a clase en Tisch. Tienen una sopa de remolacha estupenda y buenos blinis, una especie de albóndigas dulces de queso, y además está abierto toda la noche. Pero Isabelle no estaba escuchando nada de lo que le decía, sino que miraba más allá de donde estaba sentado Simon. —¿Qué es eso? Simon siguió la dirección de su mirada. —Es el conde Blintzula. —¿El conde Blintzula? Simon se encogió de hombros. —Es la decoración de Halloween. El conde Blintzula es un personaje infantil. Igual que el conde Chocula, o el vampiro de «Barrio Sésamo». —Sonrió al ver que la chica no sabía de qué le hablaba—. Sí, el que enseña a contar a los niños. Isabelle movió la cabeza de un lado a otro. —¿Me estás diciendo que hay un programa de televisión en el que sale un vampiro que enseña a contar a los niños? —Lo entenderías si lo vieras —murmuró Simon. —No, si la verdad es que, en realidad, tiene una base mitológica —dijo Isabelle, dispuesta a iniciar una disertación típica de una cazadora de sombras—. Hay leyendas que afirman que los vampiros están obsesionados por contarlo todo, y que si derramas un puñado de granos de arroz delante de ellos, se ven obligados a dejar lo que quiera que estén haciendo para ponerse a contarlos de uno en uno. No es verdad, claro está, igual que todo ese asunto de los ajos. Pero los vampiros no tienen por qué andar por ahí dando clases a niños. Los vampiros son terroríficos. —Gracias —dijo Simon—. Pero esto no va en serio, Isabelle. Es sólo un conde. Y le gusta contar. La cosa es más o menos así: «¿Qué ha comido hoy el conde, niños? Una galleta de chocolate, dos galletas de chocolate, tres galletas de chocolate...». La puerta del restaurante se abrió y entró una ráfaga de aire frío, junto con un nuevo cliente. Isabelle se estremeció y se envolvió en su pañuelo negro de seda. —No me parece muy realista que digamos. —Y qué preferirías, algo como «¿Qué ha comido hoy el conde, niños? Un pobre aldeano, dos pobres aldeanos, tres pobres aldeanos...». —Calla. —Isabelle se anudó finalmente el pañuelo al cuello, se inclinó hacia adelante y cogió a Simon por la muñeca. Sus enormes ojos oscuros cobraron vida de repente, esa vida que únicamente cobraban cuando cazaba demonios o estaba pensando en ello—. Mira hacia allí. Simon siguió la dirección de su mirada. Había dos hombres de pie junto a la vitrina de los productos de repostería: pastelitos recubiertos de azúcar glas, bandejas repletas de rugelach y galletas danesas rellenas de crema. Pero ninguno de los dos parecía interesado en la comida. Eran bajitos y su aspecto resultaba tan lúgubre que daba la impresión de que sus pómulos sobresalían como cuchillos de aquellos lívidos rostros. Ambos tenían el pelo gris y fino, ojos de color gris claro e iban vestidos con sendos abrigos de color pizarra, ceñidos con cinturón, que arrastraban hasta el suelo. —¿Qué crees que son? —preguntó Isabelle. Simon entornó los ojos para mirarlos. Y los dos hombres se quedaron mirándolo a su vez, con los ojos desprovistos de pestañas, un par de agujeros huecos. —Parecen malvados gnomos de la pradera. —Son subyugados humanos —dijo Isabelle entre dientes—. Pertenecen a un vampiro. —¿Cuando dices «pertenecen» te refieres a...? Isabelle emitió un bufido de impaciencia. —Por el Ángel, no sabes nada de nada acerca de los de tu especie, ¿verdad? Ni siquiera sabes cómo se crea un vampiro. —Me imagino que cuando una mamá vampiro y un papá vampiro se quieren... Isabelle hizo una mueca. —Venga, vamos, sabes de sobras que los vampiros no necesitan el sexo para reproducirse, pero me apuesto lo que quieras a que no tienes ni idea de cómo funciona la cosa. —Pues claro que lo sé —replicó Simon—. Soy vampiro porque bebí de la sangre de Raphael antes de morir. Si bebes su sangre y mueres te conviertes en vampiro. —No exactamente —dijo Isabelle—. Eres vampiro porque bebiste de la sangre de Raphael, después te mordieron otros vampiros y luego moriste. En algún momento del proceso tienen que morderte. —¿Por qué? —La saliva de vampiro tiene... propiedades. Propiedades transformadoras. —Qué asco —dijo Simon. —No me vengas ahora con ascos. Aquí el que tiene la saliva mágica eres tú. Los vampiros se rodean de humanos y se alimentan de ellos cuando van escasos de sangre... como si fueran máquinas expendedoras andantes —comentó Izzy con repugnancia—. Cabría pensar que eso los debilitaría por falta de sangre, pero la saliva de vampiro tiene propiedades curativas: aumenta su concentración de glóbulos rojos, los hace más fuertes y más sanos y los ayuda a vivir más tiempo. De ahí que no sea ilegal que los vampiros se alimenten de humanos. En realidad, no les hacen daño. Aunque, claro está, de vez en cuando los vampiros deciden que les apetece algo más que un simple tentempié, que quieren un subyugado... y es entonces cuando empiezan a alimentar a los humanos que muerden con pequeñas cantidades de sangre de vampiro, para mantenerlos dóciles, para que se sientan conectados a su amo. Los subyugados adoran a sus amos y les encanta servirlos. Su único deseo es estar a su lado. Como cuando tú estabas en el Dumont. Te sentías atraído hacia los vampiros cuya sangre habías consumido. —Raphael... —dijo Simon; su tono de voz era sombrío—. Si quieres que te diga la verdad, ya no siento una necesidad apremiante de estar con él. —No, eso desaparece cuando te conviertes totalmente en vampiro. Los que veneran a sus amos y son incapaces de desobedecerlos son los subyugados. ¿No lo entiendes? Cuando volviste al Dumont, el clan de Raphael te vació por completo y moriste, y fue entonces cuando te convertiste en vampiro. Pero de no haberte vaciado, de haberte dado más sangre de vampiro, habrías acabado convirtiéndote en un subyugado. —Todo esto es muy interesante —dijo Simon—. Pero no explica por qué ésos siguen ahí plantados mirándonos. Isabelle les echó un vistazo. —Te miran a ti. Tal vez sea porque su amo ha muerto y andan buscando a otro vampiro que quiera hacerse cargo de ellos. Podrías tener mascotas. —Sonrió. —O —dijo Simon— tal vez hayan venido a comer unas patatas fritas. —Los humanos subyugados no comen. Viven de una mezcla de sangre de vampiro y sangre de animal. Eso los mantiene en un estado de vida aplazada. No son inmortales, pero envejecen muy lentamente. —Lo que es una verdadera lástima —dijo Simon, observándolos— es que cuiden tan poco su aspecto. Isabelle se enderezó en su asiento. —Vienen hacia aquí. En seguida nos enteraremos de qué es lo que quieren. Los subyugados humanos avanzaban como si se desplazaran sobre ruedas. Era como si no dieran pasos, como si se deslizasen sin hacer ruido. Cruzaron el restaurante en cuestión de segundos y cuando llegaron a la mesa donde estaba sentado Simon, Isabelle había extraído ya de su bota un afilado estilete. Lo depositó sobre la mesa, con la hoja brillando bajo la luz fluorescente del local. Era un cuchillo de sólida plata oscura, con cruces grabadas a fuego a ambos lados de la empuñadura. Las armas diseñadas para repeler vampiros solían lucir cruces, partiendo del supuesto, se imaginaba Simon, de que la mayoría de los vampiros eran cristianos. ¿Quién se habría imaginado que ser seguidor de una religión minoritaria podía resultar tan ventajoso? —Ya os habéis acercado demasiado —dijo Isabelle cuando los dos subyugados se detuvieron junto a la mesa, con los dedos a escasos centímetros del cuchillo—. Decidnos qué queréis, pareja. —Cazadora de sombras —dijo la criatura de la izquierda hablando con un sibilante susurro—. No te conocíamos en esta situación. Isabelle enarcó una de sus delicadas cejas. —¿Y qué situación es ésta? El segundo subyugado señaló a Simon con un dedo largo y grisáceo. La uña que lo remataba era afilada y amarillenta. —Tenemos asuntos que tratar con el vampiro diurno. —No, no es verdad —dijo Simon—. No tengo ni idea de quiénes sois. No os había visto nunca. —Yo soy Walker —dijo la primera criatura—. Y éste es Archer. Estamos al servicio del vampiro más poderoso de Nueva York. El jefe del clan más importante de Manhattan. —Raphael Santiago —dijo Isabelle—. En cuyo caso debéis saber ya que Simon no forma parte de ningún clan. Es un agente libre. Walker esbozó una lívida sonrisa. —Mi amo confiaba en que eso cambiara. Simon miró a Isabelle a los ojos. Y ella se encogió de hombros. —¿No os ha contado Raphael que desea mantenerse alejado del clan? —Tal vez haya cambiado de opinión —sugirió Simon—. Ya sabes cómo es. De humor variable. Voluble. —No sé. La verdad es que no lo he vuelto a ver desde aquella vez en que le amenacé con matarlo con un candelabro. Y lo llevó bien. Ni siquiera se encogió. —Fantástico —dijo Simon. Los dos subyugados seguían mirándolo. Sus ojos eran de un color gris blanquecino, parecido al de la nieve sucia—. Si Raphael desea tenerme en el clan, es porque quiere algo de mí. Podríais empezar por explicarme de qué se trata. —No estamos al corriente de los planes de nuestro amo —dijo Archer empleando un tono arrogante. —Entonces nada —dijo Simon—. No pienso ir. —Si no deseas acompañarnos, estamos autorizados a emplear la fuerza para obligarte —dijo Walker. Fue como si el cuchillo cobrara vida y saltara hasta la mano de Isabelle; se había hecho con él sin apenas moverse. Se puso a juguetear con él. —Yo no lo haría, de estar en vuestro lugar. Archer le enseñó los dientes. —¿Desde cuándo los hijos del Ángel se han convertido en guardaespaldas de los habitantes del mundo subterráneo? Te imaginaba por encima de este tipo de negocios, Isabelle Lightwood. —No soy su guardaespaldas —declaró Isabelle—. Soy su novia. Lo que me da derecho a darte una patada en el culo si lo molestas. Así es como están las cosas. ¿Novia? Simon se quedó tan perplejo que la miró sorprendido, pero Isabelle seguía con la mirada fija en los dos subyugados; sus ojos echaban chispas. Por un lado, no recordaba que Isabelle se hubiera referido nunca a sí misma como su novia. Por otro, que aquello fuera lo que más le había sorprendido aquella noche, mucho más que ser convocado a una reunión por el vampiro más poderoso de Nueva York, era sintomático de lo extraña que se había vuelto su vida. —Mi amo —dijo Walker, en lo que probablemente consideraba un tono de voz tranquilizador— tiene una propuesta que hacerle al vampiro diurno. —Se llama Simon. Simon Lewis. —Al señor Simon Lewis. Te prometo que, si te dignas acompañarnos y escuchar a mi amo, encontrarás una propuesta de lo más ventajosa. Juro por el honor de mi amo que no sufrirás daño alguno, vampiro diurno, y que si deseas rechazar la oferta de mi amo, serás libre de hacerlo. «Mi amo, mi amo.» Walker pronunciaba aquellas palabras con una mezcla de adoración y pavor reverencial. Simon se estremeció por dentro. Debía de ser horrible estar vinculado a alguien de aquel modo y carecer de voluntad propia. Isabelle estaba negando con la cabeza y le decía «no» moviendo sólo los labios. Probablemente tenía razón. Isabelle era una cazadora de sombras excelente. Llevaba desde los doce años cazando demonios y malvados habitantes del mundo subterráneo —malignos vampiros, hechiceros practicantes de la magia negra, hombres lobo que habían entrado en estado salvaje y eran capaces de comerse a cualquiera— y con toda seguridad era mejor en su trabajo que cualquier otro cazador de sombras de su edad, con la excepción de su hermano Jace. Y de Sebastian, pensó Simon, que era mejor incluso que ellos. Pero estaba muerto. —De acuerdo —dijo—. Iré. Isabelle abrió los ojos de par en par. —¡Simon! —exclamó protestando. Los dos subyugados se frotaron las manos, como los villanos de un cómic. Aunque, en realidad, no era el gesto en sí lo que resultaba espeluznante, sino que lo hubieran hecho simultáneamente y de la misma manera, como marionetas cuyas cuerdas han sido manipuladas para sincronizarlas. —Excelente —dijo Archer. Isabelle dejó caer el cuchillo sobre la mesa con un golpe seco y se inclinó hacia adelante, y el brillante pelo negro rozó la superficie. —Simon —dijo en un apremiante susurro—. No seas estúpido. No tienes por qué ir con ellos. Raphael es un imbécil. —Raphael es un vampiro superior —dijo Simon—. Su sangre me convirtió en vampiro. Es mi... comoquiera que lo llamen. —Señor, creador, engendrador... Hay millones de nombres para eso —dijo Isabelle, restándole importancia—. Y tal vez sea cierto que fue su sangre lo que te convirtió en vampiro. Pero no fue eso lo que te convirtió en un vampiro diurno. —Sus miradas se cruzaron por encima de la mesa. «Fue Jace quien te convirtió en un vampiro diurno.» Pero jamás pensaba pronunciar aquello en voz alta; eran muy pocos los que conocían la verdad, la historia que había convertido a Jace en lo que era, y también a Simon como consecuencia de ello—. No tienes por qué hacer lo que él te dice. —Por supuesto que no —dijo Simon, bajando la voz—. Pero si me niego a ir, ¿crees que Raphael dejará correr este asunto? No, no lo hará. Seguirán viniendo a por mí. —Miró de reojo a los subyugados, que daban la impresión de estar de acuerdo con sus palabras, aunque tal vez no fueran más que imaginaciones suyas—. Me acosarán por todos lados. Cuando salga por ahí, en el colegio, en casa de Clary... —¿Y qué? ¿Acaso no podría apañárselas Clary? —Isabelle levantó las manos—. De acuerdo. Pero al menos déjame que vaya contigo. —Eso sí que no —la interrumpió Archer—. Esto no es apto para cazadores de sombras. Es un asunto exclusivo de los Hijos de la Noche. —Yo no... —La Ley nos da derecho a solucionar nuestros asuntos en privado —declaró Walker con frialdad—. Con los de nuestra propia especie. Simon se quedó mirándolos. —Concedednos unos minutos, por favor —dijo—. Me gustaría hablar con Isabelle. Se produjo un momento de silencio. La vida en el restaurante seguía su curso habitual. Acababa de finalizar la sesión en el cine que había una manzana más abajo y empezaban las prisas de última hora, las camareras corriendo de un lado a otro, sirviendo humeantes platos de comida a la clientela; las parejas reían y charlaban en las mesas; los cocineros preparaban los pedidos detrás del mostrador. Nadie los estaba mirando a ellos ni se daba cuenta de que algo extraño sucedía. Simon se había acostumbrado ya a los hechizos, pero cuando estaba con Isabelle, seguía sin poder evitar sentirse a veces como si estuviera atrapado detrás de una pared invisible de cristal, apartado del resto de la humanidad y de sus quehaceres diarios. —De acuerdo —dijo Walker, retirándose un poco—. Pero recuerda que a mi amo no le gusta que le hagan esperar. Se situaron junto a la puerta, indiferentes a las ráfagas de aire frío que les azotaban cada vez que alguien entraba o salía, y allí permanecieron rígidos como estatuas. Simon se volvió hacia Isabelle. —No pasará nada —dijo—. No me harán ningún daño. No pueden hacerme ningún daño. Raphael sabe lo de... —Hizo un gesto incómodo señalándose la frente—. Esto. Isabelle extendió la mano y le retiró el pelo de la frente, con una caricia más aséptica que tierna. Frunció el ceño. Simon había observado la Marca en el espejo en innumerables ocasiones, para conocer bien su aspecto. Era como si alguien hubiera cogido un pincel fino y hubiera dibujado un trazo muy simple en su frente, justo por encima del espacio que quedaba entre los ojos. La forma se alteraba de vez en cuando, como las imágenes en movimiento que crean las nubes, pero siempre era nítida, negra y de apariencia peligrosa, como una señal de advertencia escrita en otro idioma. —¿Funciona... de verdad? —preguntó Isabelle, casi en un susurro. —Raphael cree que funciona —respondió Simon—. Y no tengo motivos para pensar que no vaya a ser así. —Le cogió la muñeca para apartarle la mano de la cara—. No pasará nada, Isabelle. Ella suspiró. —Mi experiencia me dice que esto no es una buena idea. Simon le apretó la mano. —Vamos. ¿Tú no sientes curiosidad por saber qué puede querer Raphael? Isabelle le dio unos golpecitos cariñosos en la mano y se recostó en su asiento. —Avísame en cuanto regreses. Llámame a mí antes que a nadie. —Lo haré. —Simon se levantó y cerró la cremallera de su chaqueta—. Y hazme un favor, ¿quieres? Dos favores, de hecho. Isabelle lo miró con reserva. —¿Cuáles? —Clary mencionó que esta noche iría al Instituto. Si por casualidad te tropiezas con ella, no le digas adónde he ido. Se preocuparía sin motivo. Isabelle puso los ojos en blanco. —Muy bien, de acuerdo. ¿Y el segundo favor? Simon se inclinó y le dio un beso en la mejilla. —Prueba la sopa de remolacha antes de irte. Es estupenda. Walker y Archer no eran precisamente los compañeros más habladores del mundo. Guiaron a Simon en silencio por las calles del Lower East Side, manteniéndose en todo momento varios pasos por delante de él con su curioso andar deslizante. Empezaba a ser tarde, pero las aceras de la ciudad seguían llenas de gente que salía del trabajo y corría hacia su casa para cenar, cabizbajos, con el cuello del abrigo levantado para protegerse del gélido aire. En St. Mark’s Place había tenderetes donde vendían de todo, desde calcetines baratos hasta bocetos a carboncillo de Nueva York, pasando por barritas de incienso. Las hojas crujían en el suelo como huesos secos. El ambiente olía al humo que desprendían los tubos de escape mezclado con el aroma de la madera de sándalo y, por debajo de eso, a humanidad: piel y sangre. A Simon se le encogió el estómago. Solía guardar en su habitación unas cuantas botellas de sangre animal —había instalado una neverita en el fondo del armario, en un lugar donde su madre no podía verla— por si en algún momento sentía hambre. La sangre era asquerosa. Creía que acabaría acostumbrándose a ella, incluso que llegaría a apetecerle, pero a pesar de que le servía para aplacar sus ataques de hambre, no tenía nada que ver con lo mucho que en su día había disfrutado del chocolate, los burritos vegetarianos o el helado de café. Aquello no dejaba de ser sangre. Pero tener hambre era peor. Tener hambre significaba oler cosas que no deseaba oler: la sal de la piel, el aroma dulce y maduro de la sangre exudando de los poros de desconocidos. Todo aquello le hacía sentirse hambriento y tremendamente mal consigo mismo. Se encorvó, hundió los puños en los bolsillos de la chaqueta e intentó respirar por la boca. Al llegar a la Tercera Avenida giraron a la derecha y se detuvieron delante de un restaurante cuyo cartel rezaba: «CAFÉ DEL CLAUSTRO. JARDÍN ABIERTO TODO EL AÑO». Simon pestañeó al ver el cartel. —¿Qué estamos haciendo aquí? —Es el lugar de reunión que ha elegido nuestro amo —respondió Walker, sin alterarse. —Vaya. —Simon estaba perplejo—. Creía que el estilo de Raphael era más bien de concertar reuniones en lo alto de una catedral no consagrada o en el interior de una cripta repleta de huesos. Nunca me lo imaginé como un tipo aficionado a frecuentar restaurantes de moda. Los dos subyugados se quedaron mirándolo. —¿Algún problema con eso, vampiro diurno? —preguntó Archer finalmente. Simon tuvo la sensación de que acababa de recibir una oscura reprimenda. —No, ningún problema. El interior del restaurante era oscuro y una barra con encimera de mármol recorría una pared de un extremo al otro. Ni camareros ni personal de ningún tipo se acercó a ellos cuando atravesaron la sala en dirección a la puerta que había al fondo, ni cuando cruzaron dicha puerta para salir al jardín. Muchos restaurantes de Nueva York tenían jardín, pero pocos permanecían abiertos a aquellas alturas del año. En este caso, se trataba de un patio de manzana rodeado de edificios. Las paredes estaban decoradas con pinturas murales de efecto |