Stratford on Avon, Reino Unido, 1564-id., 1616 Dramaturgo y poeta inglés. Tercero de los ocho hijos de John Shakespeare, un acaudalado comerciante y político






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títuloStratford on Avon, Reino Unido, 1564-id., 1616 Dramaturgo y poeta inglés. Tercero de los ocho hijos de John Shakespeare, un acaudalado comerciante y político
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arranca al tigre su colmillo agudo,

quema al añoso fénix en su sangre.

Mientras huyes con pies alados, Tiempo,

da vida a la estación, triste o alegre,

y haz lo que quieras, marchitando al mundo

Pero un crimen odioso te prohíbo:
no cinceles la frente de mi amor,

ni la dibujes con tu pluma antigua;

permite que tu senda siga, intacto,

ideal sempiterno de hermosura.
O afréntalo si quieres, Tiempo viejo:

mi amor será en mis versos siempre joven.


XX
Pintado por Natura el rostro tienes

de mujer, dueño y dueña de mi amor;

y de mujer el corazón sensible

mas no mudable como el femenino;

tus ojos brillan más, son más leales

y doran los objetos que contemplas;

de hombre es tu hechura, y tu dominio roba

miradas de hombres y almas de mujeres.
Primero te creó mujer Natura

y, desvariando mientras te esculpía,

de ti me separó, decepcionándome,

al agregarte lo que no me sirve.
Si es tu fin el placer de las mujeres,

mío sea tu amor, suyo tu goce.


XXI
No me sucede lo que a aquel poeta

que versifica a una beldad pintada,

y al cielo mismo emplea como adorno,

midiendo cuánto es bello con su bella;

y en henchidas imágenes la acopla

al sol, la luna y a las gemas ricas

y a las flores de abril y a las rarezas

que el aire envuelve en este globo vasto.
Sincero amante, la verdad escribo.

Mi amor es tan gentil, podéis creerme,

como cualquier hijo de madre, y brilla

menos que las candelas celestiales.
Dejad que digan más los habladores;

yo no quiero ensalzar lo que no vendo.


XXII
No creeré en mi vejez, ante el espejo,

mientras la juventud tu edad comparta;

sólo cuando los surcos te señalen

pensaré que la muerte se aproxima.

Si toda la hermosura que te cubre

es el ropaje de mi corazón,

que vive en ti, como en mí vive el tuyo,

¿cómo puedo ser yo mayor que tú?
Por eso, amor, contigo sé prudente,

como soy yo por ti, no por mi mismo;

tu corazón tendré con el cuidado

de la nodriza que al pequeño ampara.
No te ufanes del tuyo, si me hieres,

pues me lo diste para no volverlo.


XXIV
Como actor vacilante en el proscenio

que temeroso su papel confunde,

o como el poseído por la ira

que desfallece por su propio exceso,

así yo, desconfiando de mí mismo,

callo en la ceremonia enamorada,

y se diría que mi amor decae

cuando lo agobia la amorosa fuerza.
Deja que la elocuencia de mis libros,

sin voz, transmita el habla de mi pecho

que pide amor y busca recompensa,

más que otra lengua de expresivo alcance.
Del mudo amor aprende a leer lo escrito,

que oír con ojos es amante astucia.


XXIV
Pintores son mis ojos: te fijaron

sobre la tabla de mi corazón,

y mi cuerpo es el marco que sostiene

la perspectiva de la obra insigne.

A través del pintor hay que mirar

para encontrar tu imagen verdadera,

colgada en el taller que hay en mi pecho

al que brindan ventanas tus dos ojos.
Y observa de los ojos el servicio:

los míos diseñaron tu figura,

los tuyos son ventanas de mi pecho

por las que atisba el sol, feliz de verte.
Mas algo falta al arte de los ojos:

dibujan lo que ven y al alma ignoran.


XXV
Que los favorecidos por los astros

de honores y de títulos se ufanen;

yo, que la suerte priva de esos triunfos,

hallo mi dicha en lo que más venero.

Los favoritos de los grandes príncipes

abren al sol sus hojas cual caléndulas,

y su orgullo sepultan en sí mismos

pues los abate un ceño que se frunce.
El célebre guerrero laborioso,

derrocado una vez tras mil victorias,

es del libro de honores suprimido

y de su gesta lo demás se olvida.
Feliz de mí, que amando soy amado,

y ni cambiar ni ser cambiado puedo.

XXVI
Señor del amor mío, cuyo mérito

obliga mi homenaje de vasallo,

te envío esta embajada manuscrita,

mi devoción probando y no mi ingenio.

Grande es mi devoción: mi pobre espíritu

la muestra sin ropaje de vocablos

y espera, aunque desnuda, que en tu alma

le dé tu comprensión fácil albergue;
hasta que el astro que mi andanza guía

me señale con brillo favorable,

y al ornar mis andrajos amorosos

haga que yo merezca que me mires.
Así podré exhibir mi amor ufano,

pero hasta entonces rehuiré la prueba.


XXVII
Extenuado, hacia el lecho me apresuro

a calmar mis fatigas de viajero,

pero empieza en mi ánimo otro viaje,

cuando acaban del cuerpo las faenas.

Porque mis pensamientos, alejándose

en tu busca, celosos peregrinos,

de mis párpados abren el agobio

a la tiniebla que los ciegos miran.
Sólo que mi visión imaginaria

trae tu sombra hasta mis ojos ciegos,

como un joyel que cuelga de la noche

y el rostro oscuro le rejuvenece.
Así, por ti y por mí, nunca reposan

de día el cuerpo y a la noche el alma.


XXIX
Cuando hombres y Fortuna me abandonan,

lloro en la soledad de mi destierro,

y al cielo sordo con mis quejas canso

y maldigo al mirar mi desventura,

soñando ser más rico de esperanza,

bello como éste, como aquél rodeado,

deseando el arte de uno, el poder de otro,

insatisfecho con lo que me queda;
a pesar de que casi me desprecio,

pienso en ti y soy feliz y mi alma entonces,

como al amanecer la alondra, se alza

de la tierra sombría y canta al cielo:
pues recordar tu amor es cal fortuna

que no cambio mi estado con los reyes.


XXX
Cuando en sesiones dulces y calladas

hago comparecer a los recuerdos,

suspiro por lo mucho que he deseado

y lloro el bello tiempo que he perdido,

la aridez de los ojos se me inunda

por los que envuelve la infinita noche

y renuevo el plañir de amores muertos

y gimo por imágenes borradas.
Así, afligido por remotas penas,

puedo de mis dolores ya sufridos

la cuenta rehacer, uno por uno,

y volver a pagar lo ya pagado.
Pero si entonces pienso en ti, mis pérdidas

se compensan, y cede mi amargura.


XXXI
Los corazones que supuse muertos

pues me faltaban, a tu pecho ocupan;

en él reinan amor y sus virtudes

y los amigos que creí enterrados.

¡ Cuánta lágrima pía de mis ojos

robó el amor leal por esos muertos

que no son más que seres que han cambiado

de lugar y que yacen en ti ocultos!
Tú eres la tumba donde vive amor;

de mis amores los trofeos te ornan;

cada uno te dio mi parte suya

y ahora es tuyo el bien que fue de muchos.
Veo en ti las imágenes que amé:

soy tuyo entero pues las tienes todas.
XXXII

Si a mis días colmados sobrevives,

y cuando esté en el polvo de la Muerte

una vez más relees por ventura

los inhábiles versos de tu amigo,

con lo mejor de tu época compáralos,

y aunque todas las plumas los excedan,

guárdalos por mi amor, no por mis rimas,

superadas por hombres más felices.
Que tu amor reflexione: "Si su Musa

crecido hubiera en esta edad creciente,

frutos más caros a su edad le diera,

dignos de incorporarse a tal cortejo:
pero ha muerto; en poetas más notables

estilo buscaré y en él amor".

XXXIII
He visto a la mañana en plena gloria

los picos halagar con su mirada,

besar con su oro las praderas verdes

y dorar con su alquimia arroyos pálidos;

y luego permitir el paso oscuro

de fieros nubarrones por su rostro,

y ocultarlo a la tierra abandonada

huyendo hacia occidente sin ventura.
Así brilló mi sol, un día, al alba,

sobre mi frente, con triunfal belleza;

una hora no más lo he poseído

y hoy me lo esconden las aéreas nubes.
No desdeñes mi amor: si el sol del cielo

se eclipsa, han de velarse los del mundo.


XXXIV
¿Por qué me prometiste un día hermoso

y a viajar sin mi capa me obligaste,

si me dejaste sorprender por nubes

que en su bruma ocultaron tu destello?

No me basta que surjas de la niebla

y que la lluvia enjugues en mi rostro,

pues no ha de ponderar ninguno el bálsamo

que cicatriza pero no remedia.
Ni tu vergüenza a mi dolor aplaca,

ni tu remordimiento a lo perdido:

del ofensor la pena poco alivia

a quien la cruz soporta del agravio.
Pero tus lágrimas de amor son perlas

y su riqueza todo el mal rescata.


XXXV
No te acongojes más por lo que has hecho;

fango y espina tienen fuente y rosa;

a la luna y al sol vela el eclipse;

vive el gusano en el capullo suave.

Todos cometen faltas, yo también

pues disculpo con símiles la tuya,

y por justificarte me corrompo

y excuso tus pecados con exceso.
A tu yerro sensual le doy mi ayuda;

de opositor me vuelvo tu abogado

y comienzo a pleitear contra mí mismo.

Tanto el amor y el odio en mí combaten
que no puedo dejar de ser el cómplice

del ladrón tierno que cruel me roba.


XXXVI
Déjame confesar que somos dos

aunque es indivisible el amor nuestro,

así las manchas que conmigo quedan

he de llevar yo solo sin tu ayuda.

No hay más que un sentimiento en nuestro amor

si bien un hado adverso nos separa,

que si el objeto del amor no altera,

dulces horas le roba a su delicia.
No podré desde hoy reconocerte

para que así mis faltas no te humillen,

ni podrá tu bondad honrarme en público

sin despojar la honra de tu nombre.
Mas no lo hagas, pues te quiero tanto

que si es mío tu amor, mía es tu fama.

XXXVII
Como un padre decrépito disfruta

al ver de su hijo las empresas jóvenes,

así yo, mutilado por la suene,

en tu lealtad y mérito me afirmo.

Pues sea la hermosura o el linaje,

el poder o el ingenio, uno o todos,

quien te corone con mejores títulos,

yo incorporo mi amor a esa riqueza.
Ni pobre ni ofendido soy, ni inválido,

que basta la substancia de tu sombra

para colmarme a mí con su opulencia,

y de una parte de tu gloria vivo.
Busca, pues, lo mejor: te lo deseo;

seré feliz diez veces, si lo hallas.

XXXVIII
¿Cómo puede buscar temas mi Musa

mientras tú alientas, que a mi verso infundes

tu dulce inspiración, harto preciosa

para exponerla en un papel grosero?

Agradécete a ti, si algo de mi obra

digno de leerse encuentra tu mirada:

¿quién tan mudo será que no te escriba

cuando tu luz aclara lo que inventa?
Sé la décima Musa y sé diez veces

mejor que las antiguas invocadas,

y otorga a quien te invoque eternos versos

que sobrevivan a lejanos siglos.
Si al futuro censor mi Musa encanta,

mía será la pena y tuyo el lauro.

XXXIX
¿Cómo puedo elogiarte con modestia

cuando tú eres de mí la mejor parte?

¿Qué me puede otorgar mi propio elogio

y qué hago con tu elogio sino el mío?

Vivamos separados, y que pierda

su nombre de indiviso nuestro amor,

para que pueda darte, al separarnos,

lo que mereces tú, tú solamente.
¡Oh ausencia, cuál sería tu suplicio,

si tu amarga quietud no nos dejara

burlar al tiempo en el amor pensando,

engaño dulce del pensar y el tiempo,
y no enseñaras a hacer dos con uno,

aquí elogiando a quien está distante!


XL
Toma, amor, todos, todos mis amores,

¿qué más posees de lo que tenías?

Ningún amor, mi amor, que sea cierto;

pues ya antes era tuyo todo el mío.

Si a quien me ama por mi amor recibes,

no puedo reprocharte que lo goces,

mas te reprocho tu perverso engaño

si rechazas mi amor y no al que me ama.
Ladrón gentil, me robas y te absuelvo

por más que me hurtes mis escasos bienes,

y eso que duelen más, amor lo sabe,

las heridas de amor que las del odio.
Gracia inconstante en quien el mal es bello,

no seas mi enemiga, aunque me mates.


XLI
Las dulces faltas en que osado incurres

si de tu corazón estoy ausente,

cuadran a tu hermosura y a tus años

porque la tentación siempre te sigue.

Te querrán conquistar, pues eres noble;

te querrán asediar, pues eres bello;

¿qué hijo de mujer, antes que triunfe,

dejará a una mujer cuando lo acosa?
¡Ay! deberías respetar mi sitio

y a tu edad reprender y tus encantos

que en su fuga te arrastran al extremo

de violar obligado una fe doble :
la de ella, que ha tentado tu hermosura;

la tuya, infiel a mí con su belleza.


XLII
No sólo sufro porque la posees,

aunque en verdad la quise con ternura,

más hondo es mi dolor porque eres suyo

y esa pérdida siento más cercana.

Así disculpo vuestra ofensa, amantes:

tú la quieres pues sabes que la quiero,

y ella me engaña por amor de mí,

dejando que mi amigo la haga suya.
Si te pierdo, mi amada te recobra,

si la pierdo, mi amigo es quien la encuentra;

ambos se encuentran y a los dos los pierdo

y por mi amor me imponen esta cruz.
Pero al ser uno solo yo y mi amigo,

¡oh lisonja! yo soy quien ella quiere.


XLIII
Veo mejor si cierro más los ojos

que el día entero ven lo indiferente;

pero al dormir, soñando te contemplan

y brillantes se guían en lo oscuro.

Tú, cuya sombra lo sombrío aclara,

si ante quienes no ven tu sombra brilla,

¡qué luz diera la forma de tu sombra

al claro día por tu luz más claro!
¡Ay, qué felicidad para mis ojos

si te miraran en el día vivo,

ya que en la noche muerta, miro, ciego,

de tu hermosura la imperfecta sombra!
Los días noches son, si no te veo,

y cuando sueño en ti, días las noches.


LIII
¿Qué substancia es la tuya, qué te forma

que millones de sombras te acompañan?

Su propia sombra tiene cada uno

pero tú puedes producirlas todas.

Si describen a Adonis, su retrato

es tu pobre parodia; y te repintan

con traje griego si a la bella Helena
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