El reflejo del valle de Caracas alcanzaba tenuemente las cotas más altas de las terrazas de Baruta. Los faros que aparecían y desaparecían a lo lejos por la






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Fuga en FA Mayor
1987...
Yo era un bachiller fracasado, defraudado, como la gran mayoría de los bachilleres de Amazonas. Un muro de cemento armado se alzaba delante de nosotros cortando todo tipo de aspiraciones normales, tales como el seguir estudiando, progresar y hacernos un hueco en la sociedad.

Como indígena aprendí pronto que si no cambiaba de mentalidad, me quedaría en la cuneta, marginado de una sociedad basada en la competencia.

El indio tiene una gran cualidad humana: la impasibilidad y serenidad frente a la prisa histérica del criollo. El indio no tiene apuro, la prisa no le permite pensar rápidamente. Siempre consideré estas cualidades como algo que nos hace, si no superiores, sí más humanos que ellos.

Pero es un arma de doble filo. La sociedad criolla que nos invade irremediablemente, está basada en un paradigma en el que la eficacia, la velocidad, la carrera contra el tiempo y la mentalidad de proyecto y programación, son dogmas difícilmente asumibles por el mundo indígena.

Hay un refrán que dice: “Chivo que se devuelve, se esnuca”. Pensé en ello también. Este cambio de actitud que estoy notando en mi vida, ¿es irreversible? ¿Ya no podré volver a lo anterior sin peligro de desnucarme?

Muy pronto capté que si yo no corría, siempre llegaría tarde a todo. Siempre tendría a alguien que me superaría en la consecución de trabajo, de una oportunidad en cualquiera de mis aspiraciones. Entendí que debía tomar una decisión. Estaba acostumbrado a esperar que se presentara una oportunidad. ¿Me adelantaría ahora, aún a riesgo de perder la memoria de mi pasado y dejar que todo lo mío cayera en el abismo del olvido? ¿Estaba convencido que cuando me lo propusiera, podría regresar y ser el mismo de antes…?
Y fue así cómo un día de agosto, me vi en una gabarra que hacía el viaje de Puerto Ayacucho a Cabruta. Mi amigo Camico y yo, pagamos el pasaje con el trabajo de caleteros en el muelle de Ayacucho y en Cabruta.

Iniciamos nuestra aventura con muy poco dinero en el bolsillo y gran parte de él tuvimos que gastarlo en el autobús de los Llanos, pues nos cansamos de esperar una “cola” de algún camión, pero no nos aceptaron. Tal vez nuestros rasgos indígenas pronunciados, comenzaban a darnos las primeras sorpresas.

Llegamos a la Encrucijada y, después de comer unas empanadas con una malta, comenzamos a recorrer nuestro calvario para conseguir una “cola “para Caracas. Carros, camiones, gandolas, autobuseros… hasta que nos sonrió la suerte.

Un autobusero con el bigote lleno de grasa, que hacía grandes esfuerzos para comerse una empanada de cohino en dos bocados, miró con benevolencia nuestra pinta de “limpios”.

- ¿De dónde vienen?

- De Amazonas.

- ¿Tienen cédula?

-Sí.

Y sin preguntarnos más nos dijo:

- Yo voy vía Los Teques...

- No importa. Muchas gracias.

- Salimos ya, en cuanto termine de desayunar. Es aquella de color azul – dijo señalándola con la mirada.

Felices, nos subimos a una buseta más desvencijada por fuera que por dentro. El viaje nos preconizaba el cambio de suerte en las nuevas aventuras que estábamos iniciando.

Aguantando el sueño, contemplábamos el paisaje. Unos verdes distintos a los del Amazonas, rotos por zonas de viviendas a lo largo de la carretera, en donde se mezclaban las casitas rurales con edificios de dos o más plantas, y zonas de ranchos que cabalgaban unos sobre otros, como rojos equilibristas de un circo.

La llegada a Caracas produjo en mí una mezcla de alegría y miedo. Fue una decisión mía, pero desconocía en realidad todo lo que me esperaba. Mi mente e imaginación, extrañamente, corría a más velocidad de la que aquella enorme masa de carros se movía por la autopista.

- ¿Nos deja cerca del Nuevo Circo? - le dije como si conociera Caracas.

- ¿Saben por qué les di la “cola”?

- No.

- Porque yo hace 37 años, hice lo que ustedes están haciendo ahora. Me escapé de un miserable ranchito llanero a buscar mi vida en Caracas.

- ¿Le fue bien? – pregunté.

- Tuve que aguantar mucho. Y eso es lo que les espera a ustedes.... Sólo si resisten lograrán lo que quieren... Los dejo en aquella esquina, ustedes suben por esa calle y caen derechito al Nuevo Circo.
Eran las cinco de la tarde y allí estábamos frente al monstruo.

Mi compañero tenía más cara de asustado que yo. El Nuevo Circo era un bullir de gente que iba y venía en medio de una atmósfera contaminada por los tubos de escape de centenares de autobuses y carros. En cada esquina y a lo largo de las calles que rodeaban la enorme explanada, nos tropezábamos con vendedores y vendedoras que vendían de todo, desde chicles a ciruelas, de cinturones y zapatos, franelas y medias, aguacates, interiores, lapiceros, chicha, jugo de caña, estampas religiosas y estatuillas de José Gregorio Hernández, María Lionza, el Negro Felipe y Guaicaipuro...

El olor a fritangas de todo tipo, nos abrió el apetito. Esa noche cenamos gracias a lo que ahorramos en el pasaje a Caracas. ¿Dónde dormiríamos? Por ahora, ni lo pensábamos. Estábamos más preocupados por conseguir un trabajito... de lo que fuera, desde recoger basura, a lo que se presentara.

Vi un negro que vendía relojes y pensé: “¿Si él consiguió trabajo ¿por qué yo no?” Me le acerqué y le pregunté:

- Habla con aquel señor alto, que está a la entrada del túnel - me respondió.

Después de un largo interrogatorio sobre la procedencia y nuestras intenciones, nos dio una esperanza para el día siguiente.

Dormimos esa noche ¿dormimos? Descansamos en los bancos de un jardín pequeño que está delante de la Iglesia de Santa Teresa. La noche se me hizo muy larga.

A Camico lo notaba muy desanimado.

- Baj, yo creo que me devuelvo... – me confesó.

Duró pocos días más, y desapareció. Apenitas consiguió reunir unos reales barriendo las escaleras del subterráneo del Nuevo Circo, supliendo a un barrendero que le daba un porcentaje, compró su pasaje y desapareció.

- Esto no es pa nosotros, Baj... – me dijo.

Sentí la tentación de acompañarle pero me detuve a tiempo.
La charla con el jefe de una red de buhoneros, una especie de “capo” mafioso que medraba gracias al hambre de sus modernos esclavos, me resultó después de estipular las normas y los porcentajes.

Primero me dio un fajo de medias de deporte para que me estableciera en el pasadizo que comunicaba con La Hoyada. Allí estuve varios días gritando como desesperado: “¡Medias! ¡Medias! ¡Compre sus medias de deporte!” “¡Medias para todo tipo de deporte!” Los primeros días no me fue mal y recibí el porcentaje correspondiente a la venta.

El mafioso tenía otros planes para mí. Cuando supo que yo era un indio de Amazonas, le brillaron los ojos y me propuso el plan.

- Desde mañana vas a vender ensalmos, aguas milagrosas, hierbas medicinales, perfumes y otras cosas extrañas. Tú eres indio, debes saber algo de eso ¿o no?

Yo lo que quería era ganar la plata que necesitaba para estabilizarme, comer e ir a dormir a un sitio cómodo. Por este motivo, le mentí.

- Soy experto en eso, señor… conozco todo tipo de “pusanas” y “contras”.

- ¿Qué es eso? - preguntó interesado.

- La pusanas son matas que producen todos aquellos efluvios necesarios para enamorar a las parejas. Y las “contras” son las matas que limpian de la pava e impiden las malas influencias...

- ¡Estupendo! - dijo el hombre más con sus ojos que con su boca.

A los dos días, cualquiera me podía ver sentado, medio cuerpo desnudo y pintado, con un gran sombrero de plumas y muy serio, en el sillón de un quiosco de la parte oeste del Nuevo Circo. “EL GRAN SHAMAN DE AMAZONAS”, se leía en un gran rótulo con letras rojas. “Todo tipo de oraciones, hierbas sagradas y misteriosas recetas procedentes de lo más profundo de la selva del Amazonas”.

Ahí puse en práctica todo lo que desde pequeño había escuchado de boca de mi papá y mi tío Idalino. Ninguna de aquellas hierbas eran del Amazonas y la enorme cantidad de frasquitos y botellitas con aguas y esencias de todos los colores, no tenían nada que ver con los efectos que esperaban los incautos compradores.

Yo hice mi teatro por varias semanas. A los enfermos que querían someterse a un ensalme, pasaban y yo les rociaba con una ramito mientras pronunciaba unas cuantas frases en kurripako, en donde mezclando groserías con otras palabras, me reía de los crédulos caraqueños.

No se crean que era solamente gente pobre la que se acercaba. Como yo les hacía un interrogatorio ritual, varios profesionales bien trajeados y mujeres bien encopetadas y elegantes, se acercaban también en búsqueda de la solución a sus penas amatorias o con fines de luchar contra las malas influencias que los agobiaban... Mi trabajo consistía en estar sentado al fondo del quiosco y aguantar las ganas de reírme de la imbecilidad humana.

El capo encontró en mí una mina de plata. El atendía el negocio directamente. Cada solicitud de los clientes me la consultaba con dos frasquitos en las manos. Yo soltaba mi parrafada en kurripako y le señalaba siempre el de la mano derecha, que era el más caro. La gente quedaba más satisfecha aún, si yo les rociaba con una pequeña ramita.

Se formaban colas muy largas por la acera. Las peticiones eran muy variadas: jaquecas, mal de amores, frigidez, eyaculación precoz, influencias pavosas, mal de ojo, daños, migrañas etc...

Gracias a lo que ganaba, pude alquilar una habitación en una residencia miserable en la parte sur del Silencio pero, al ver la mina de oro en la que me había convertido, el jefe me ofreció una habitación en su casa, a la entrada de Catia. Tal vez temía que me escapara.

Cuando pasó el primer mes, le pedí aumento de sueldo. Me respondió con una sonrisa zalamera.

- Para el próximo mes...

- No, yo necesito plata ahora. Tengo que enviar a mi gente algo de dinero.

- ¿Qué vas a hacer? En ningún sitio vas a ganar lo que ganas aquí. Además no te olvides que no te cobro la habitación...

Comencé a recoger mis pocas cosas personales y las fui metiendo lentamente en el morral...

- Está bien, chamo, está bien.., te subo 1.000 Bolívares.

- 4.000 - le contesté yo.

- Si, huevón... ¿Me viste cara de millonario?

- 4.000 o me voy... – dije con resolución.

Me miró con unos ojos en los que pude leer el peligro en el que me podría encontrar si seguía allí:

- Lo pensaré, - dijo - mañana te responderé.
Era lunes. Mi día libre. Cogí mi morral y me puse a caminar.

Estaba decidido a dejar esa forma estúpida de sobrevivir enriqueciendo a otra persona. Caminaba por Sabana Grande y contemplaba los escaparates de los comercios. Hasta allí habían llegado los buhoneros que ocupaban toda la calle haciéndole competencia a los elevados precios de los comercios.

Mientras degustaba un perro caliente con una coca cola en una de las esquinas se paró una patrulla de la policía. Tuve un mal presentimiento que rápidamente se confirmó. Después de pedirme la libreta militar, me vi dentro de la patrulla junto con tres jóvenes más que me saludaron con cara de resignación.

Traspasamos la puerta del Centro de Alistamiento Militar al lado del Fuerte Tiuna. Grupos e hileras de jóvenes sentados, unos asustados, otros aburridos y otros echando “vainas” y contando chistes, esperaban la entrevista y la definición de su futuro servicio “voluntario” a la Patria.

Mientras esperaba resignado, a pleno sol, en el patio de cemento, rebobiné todas las aventuras que había pasado en los últimos años. El tiempo que viví en Puerto Inírida para escaparme de la recluta, mi fuga a Puerto Ayacucho para estudiar bachillerato, mi huída a Caracas buscando la manera de demostrar que un indio también podía triunfar en medio de un mundo extraño. Tanto esfuerzo, para caer ahora en la trampa de un servicio militar que yo siempre odié.

Me habían incautado el morral, pero en mi cartera conservaba una lista de teléfonos que yo guardaba para casos de emergencia. Repasé con calma la lista sin gran esperanza de que la solución bajara del cielo por medio de un hilo telefónico.

Se me prendió el bombillo cuando encontré tu teléfono de la Universidad. Varias veces tuve la tentación de llamarte cuando llegué a Caracas, pero yo quería resolver primero mi situación de residencia y tener mi forma de subsistencia autónoma. Ahora había llegado el momento de pedirte auxilio. Pero ¿para qué? ¿Qué podría hacer un profesor, un antropólogo de la UCV, para sacarme de este lío? Guardé la lista de teléfonos y seguí esperando la primera entrevista.

A la mañana siguiente, después de unas carreras de ejercicio y de un desayuno de campaña comenzamos a caminar en varias filas para las primeras entrevistas.

- ¿Apellidos y Nombres? - preguntó un cabo, delante de una máquina de escribir

- Baj Yavinape.

- ¿N° de Cédula?

- 8.670.050.

Y así, fue haciendo preguntas y escribiendo respuestas. Luego me dijo que esperara afuera a que me llamaran.

Como a las 11 de la mañana sonó mi nombre.

- ¡¡Baj Yavinape!!

Me dirigí a la oficina y me presenté a un joven teniente que me saludó con una sonrisa.

- ¿De Amazonas? ¿De San Fernando de Atabapo?

- Sí señor

- ¿Naciste en San Fernando?

- En un pueblito del Atabapo, en Marama.

- Lo conozco, yo estuve un año en San Fernando. ¿Por qué te agarraron aquí? - el teniente me dio la impresión de que quería ayudarme.

- Me vine a trabajar para seguir estudiando.

- ¿Tienes tu partida de nacimiento?

- No la cargo.

- Lástima… Consíguemela para pasado mañana y yo te ayudo a salir de aquí.

- ¿Me deja un teléfono? - respondí inmediatamente.

Con el nerviosismo natural busqué mi lista de teléfonos y marqué el número de la Universidad. Mientras te buscaban pensé rápidamente todo lo que había de decirte.

- Omar, soy Baj. Por favor, contacta al Prof. Juan Noguera en Ayacucho para que vaya a mi casa y te envíe rápidamente mi Partida de Nacimiento. Ven lo más rápido que puedas. Me reclutaron. Ya hablaremos.

La partida de nacimiento llegó a tiempo y me salvé nuevamente de la recluta. Nunca había sentido tanta gratitud por un militar.
Y esta fue mi historia hasta que te llamé. De aquí en adelante, ya conoces mi vida. Seguiré escribiendo por la insistencia de ese psicólogo amigo tuyo, el Dr. Moreno, que se empeñó en que escribiera mi diario o “historia de vida” para no sé qué tipo de estudio que está realizando... Ustedes, los intelectuales, son un poco extraños, son como los magos, tratan de sacar de un pozo vacío enorme cantidad de cosas.

Cuando estuviste en Puerto Ayacucho, en aquellos encuentros de Indígenas, Misioneros y Antropólogos, me habías ofrecido la posibilidad de estudiar en la UCV. Yo nunca creí que eso pudiera darse, pues los medios con los que contaba, no me permitían ciertos sueños. Vine a Caracas, pero ya no con la idea de estudiar. Quería labrarme mi camino de una forma autónoma. Por eso no contacté contigo. Después, tu reflexión me convenció que había sido un estúpido.

En efecto, gracias a tu apoyo conseguí el puesto de informante de la lengua kurripako en los Cursos de Postgrado en Antropología. Una nueva vida comenzó para mí. En mis ratos libres asistía como oyente a las diversas clases que se daban en la Escuela de Antropología. Con mi cara inconfundible de indio, me convertí en la estrella de la Escuela y todos me trataban estupendamente.

Los estudiantes y algunos profesores, tenían una idea del indio como un ser metafísico, extraterrestre, dañado por el contacto con los españoles desde el siglo XV. Daba la impresión que los indios de hoy y los españoles o criollos de ahora, no tuvieran nada que ver… Yo les seguía el juego y, muchas veces, les decía todo lo que ellos querían escuchar...

Profesores que repetían a autores rarísimos como Malinowsky, Levi Strauss, M. Mead, y otros, pero que desconocían todo sobre el alma del indio. Todo era una mezcla de dogmas que se iban trenzando, hasta dar como resultado la idea de indio que ellos consideraban lógica.

Frecuentaba las conferencias o foros que se daban en el Salón Naranja o en cualquier auditorio de la facultad de Economía o Ingeniería. Yo me divertía al oír hablar del indio con tanta seguridad y conocimiento. Nunca había conocido tanto sobre mí mismo...
Cierta vez, en un foro sobre Educación Intercultural Bilingüe, después de varias horas de discusión participativa sobre interculturalidad y bilingüismo, cuando estaban recogiéndose las Conclusiones para elaborar una petición al Ministerio de Educación, pedí la palabra y les dije brevemente:

- ¿Ustedes creen realmente en la posibilidad de que exista la interculturalidad? Yo no. ¿De veras creen que es posible la interculturación entre un inmenso rebaño de tigres y un minúsculo grupo de venados?...

Se armó la sampablera entre moderados y extremistas, los dejé peleando entre ellos y me escapé del salón de conferencias, muerto de la risa.

Recuerdo que en el Comedor de la universidad me regañaste por esa actitud tan pesimista y negativa.

- Es la mía - te respondí - ¿Tú crees que 18 millones de criollos pueden “interculturarse” con cuatro miserables indios?

- Ya discutiremos eso – me dijiste - Ahora vamos a comer.
Me diste alojamiento confortable en tu casa, pero yo no me hallaba a gusto. Me sentía un estorbo. Tú tenías tu mujer y tus hijos y me sentía como fuera de sitio. Fue cuando me empaté con Alicia. Fue un flechazo. Y cambié tu confortable apartamento de Santa Mónica por un miserable rancho en el barrio “1° de Noviembre” de Petare. Y lo peor de todo, aguantando a la insoportable Olimpia mi supersuegra...
Los años siguientes pasaron como tú ya sabes, cumpliendo mi papel de pequeño burócrata y tratando de profundizar un poco, en este mundo criollo en el que yo esperaba triunfar. No quise hacerte caso en lo de inscribirme en la Universidad. Me sentía más libre asistiendo a las clases que me interesaban y a las charlas y foros que me atraían.

Me divertía con las listas de los profesores que los estudiantes escribían en las pizarras catalogándolos de más a menos “piratas’…

Nunca perdía las clases de Historia de Venezuela de un viejo profesor llamado Sáez Mérida. Electrizaba al alumnado con una presentación profunda y amena de la historia.

No permitía fumar en su clase.

- ¿Saben por qué? - decía todo serio - Porque yo fui un gran fumador y sé muy bien el daño que hace.

Sólo a mitad del examen les dejaba sacar un cigarrillo para calmar los nervios...

Contaba relatos de su vida aventurera en las luchas contra Betancourt en los años 60. El “Porteñazo “, el “Carupanazo”... sus años de perseguido y prófugo de la justicia “democrática”, la fundación del MIR, la desilusión de la izquierda venezolana y su vida dedicada a la enseñanza universitaria. Guardo muy buenos recuerdos de esos años en la UCV.
Por ese tiempo supe que el viejo Ceccarelli, el obispo de Puerto Ayacucho se había retirado y que le había sucedido Mons. José Ignacio Velasco, en enero de 1990. Yo no lo conocí, pero por las fotos que vi en el periódico me pareció un señor bonachón. Después me contaron que fundó la Oficina de Derechos Humanos del Vicariato y denunció valientemente los desmanes de algunos efectivos de la Armada contra unos campesinos de Cararabo (Estado Apure) y la muerte de varios yanomami por un grupo de garimpeiros brasileros....
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