El reflejo del valle de Caracas alcanzaba tenuemente las cotas más altas de las terrazas de Baruta. Los faros que aparecían y desaparecían a lo lejos por la






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títuloEl reflejo del valle de Caracas alcanzaba tenuemente las cotas más altas de las terrazas de Baruta. Los faros que aparecían y desaparecían a lo lejos por la
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Fuga en Do menor
Mi padre se llamaba José y era kurripako. Tenía él 7 años cuando llegó con varias familias de su clan procedentes del Alto Guainía, allá por los años 40. Buscaban nuevas tierras que les proporcionaran comida suficiente. Les gustó el lugar. Una meseta elevada llena de grandes árboles, terminaba en una gran laja bañada por las oscuras aguas del Atabapo. Cuando se pusieron a explorar el terreno, después de pequeñas sabanas hacia el Este, descubrieron una mancha grande de palmeras de chiquichique. Por eso a este sitio lo llamaron Marama. En kurripako, Marama es el chiquichique, una palmera original con todo el tronco cubierto de una larga cabellera de fibra de gran durabilidad y resistente al sol y al agua.

Todo esto me lo contaba mi padre en los ratos de pesca por las tranquilas aguas del Atabapo, amarrando rendales y guaraleando bagres. También por la noche, me contaba cuentos interesantísimos de Inapirríkoli y Kúwai, de cómo surgió el mundo, los hombres, el día, la noche, la yuca, etc. Yo era muy pequeño.

Cuando yo nací en el año 1962, el caserío ya había crecido. A los primeros habitantes se habían añadido progresivamente otras familias procedentes también del Guainía y del Río Negro. Unas eran banibas, otras warekenas y otras yeral. Aunque no había una escuela oficial, mi tío Idalino hacía de maestro, pues sabía leer y escribir y nos reunía a todos los párvulos por las mañanas. El había estado interno con los curas en el Asilo Pío XI de Puerto Ayacucho y allí aprendió a tocar clarinete en la Banda de dicho Asilo. El P. Azuara fue el músico que por primera vez le dio a conocer la música clásica.

Por aquel tiempo era el único letrado del pueblo. A él le debo yo este nombre tan raro. Los curas con los que estudió le hacían escuchar la música de un tal Bach... que se escribía así, pero como nos decía continuamente, se pronunciaba Baj... con jota. Mi tío estaba enamorado de la música de Bach y de sus Fugas.

Cuando pudo, compró en San Fernando un grabador pequeño y con un padre de la Misión, consiguió el casete de las famosas fugas que a toda hora sonaban dando al caserío un aire intelectual y culto. Cuando yo nací, se empeñó y le pidió a mi padre que debía ponerme el nombre de “Bach”. Mi padre no estaba muy de acuerdo en ponerme un nombre raro que para él no significaba nada, pero accedió cuando mi tío Idalino le dijo que podía escribirlo con jota. Por eso yo me llamo Baj.

Mi tío Idalino era un maestro en el arte de contar cuentos, un narrador excelente. Con frecuencia nos contaba historias de monstruos y de dioses, de culebras y de tigres, pero el cuento favorito de las noches era el del Señor “Sueño”. Todos los niños nos sentábamos a su alrededor y comenzaba con mucho misterio:
En el principio, el señor Inapirríkoli estaba trabajando, trabajando... Cuando se cansaba, se sentaba. Cuando se cansaba de estar sentado, iba de nuevo a trabajar.

Trabajaba y trabajaba y nunca aparecía la noche.

Un día, llegó un hombre que le dijo al señor Inapirríkoli:

- Alguien me dijo que por allá arriba había noche.

Inapirríkoli contestó:

- Pues sería bueno buscarla para nosotros, porque estamos aquí sufriendo mucho.

Y así, el señor lnapirríkoli se fue con los marineros, uno de ellos era el señor Pereza. Y se fueron.

Y después de mucho navegar llegaron al sitio del señor “Sueño”. Arrimaron en el puerto y subieron a la casa.

El señor “Sueño” estaba sentado delante de la casa.

El señor Inapirríkoli dijo:

- ¡Buenos días, abuelo!¿Cómo está?

Y contestó el señor “Sueño “:

- Bien, señor Inapirríkoli, ¿y qué vienes a buscar?

Inapirríkoli contestó:

- Abuelo, yo escuché que aquí tú tienes día y noche. Tú trabajas en el día y en la noche descansas. Pero donde yo estoy no es así Todo el tiempo es puro día... día... día... y nunca se ve la noche.

El señor “Sueño” contestó otra vez:

- El sueño es malo ¿No ves cómo tengo yo los párpados?

El señor “Sueño” tenía unos párpados largos... largos... que le llegaban a las rodillas.

El señor Inapirríkoli dijo:

- No importa, yo necesito que tú me lo des.

El señor “Sueño” le contestó otra vez:

- Bueno, yo te lo voy a dar, pero el sueño es malo ¿De qué sueño quieres? Del sueño de párpado corto o del sueño de párpado largo?

Inapirríkoli dijo:

- Yo quiero el sueño de párpado corto.

El señor “Sueño “cortó un pedacito de cuero de su párpado y lo metió en una cajita y se la entregó al señor Inapirríkoli.

- Aquí está - dijo el señor “Sueño”- Ahora tú lo vas a llevar y cuando llegues a tu casa, abres la cajita.

Ese pedacio de cuero que el señor “Sueño” entregó dentro de la cajita, era el sueño. Si el señor Inapirríkoli hubiera escogido el sueño largo nosotros ahora tendríamos los párpados largos.”
Mi tío Idalino, estiraba con sus dedos los párpados superiores de una forma exagerada... Todos los niños nos reíamos de sus muecas.
“… El señor Inapirríkoli se regresó y sus marineros llevaban la cajita. Al cabo de un rato un marinero dijo:

- ¡Mira, señor Inapirríkoli, esta cajita pesa mucho!

- ¡Cónchale! ¿Qué tendrá dentro? - dijo el señor Inapirríkoli.

El sol estaba donde estaba siempre y nunca se movía.

Y entonces... el señor Inapirríkoli dijo:

- Vamos a abrirla para ver lo que hay dentro, porque es verdad que pesa mucho esta cajita.

Y la abrieron.

Cuando la abrió, allí mismo salió volando una gallineta grande, volando, volando, hasta que se cayó en el río Guainía. Cuando la gallineta voló, ahí mismo el sol se corrió hasta la posición de las seis de la tarde. El señor Inapirríkoli trancó otra gallineta dentro de la cajita y le dijo a su marinero:

- Ahora sí estamos mal...

Y en ese momento se oscureció.

Sentados, escucharon cantar un pájaro piedrero.

El señor Inapirríkoli dijo:

- ¡Ya va a amanecer!

Y allí estuvieron esperando, esperando a que amaneciera. Después de un largo rato, escucharon el canto de un paují.

El señor Inapirríkoli dijo:

- El paují ya sabe que pronto va a amaner.

Seguían sentados, cuando Inapirríkoli le dijo a su marinero, el señor Pereza:

- “Mira, abuelo, súbete a ese árbol y mira por dónde llega el día “.

El señor Pereza subió y llegó hasta allá arriba, en la punta del árbol.”
Todos los niños reíamos las pantomimas que hacía tío Idalino imitando a la pereza.
El señor Pereza se quedó sentado encima del árbol. Pero al rato gritó:

- ¡¡¡Mira, señor Inapirríkoli!!! ¡¡Ahí viene el día!!

- ¿Dónde? -preguntó Inapirríkoli.

- ¡Por aquí! - dijo el señor Pereza.

El señor Inapirríkoli que estaba sentado, miró hacia atrás y vio llegar el día.

Así amaneció. Tomaron yucuta y emprendieron el viaje. Se llevaron la cajita hasta que llegaron a su casa. Al llegar abrieron la cajita y salió la otra gallineta... y así comenzó la noche.

Y así, hasta ahora.”
La mayor parte de las veces, antes de que acabara el cuento, casi todos los niños dormían contagiados por el señor “Sueño”. Yo en cambio aguantaba para ver todas las muecas y gestos cómicos que hacía mi tío Idalino.
Marama tenía 11 casas dispuestas en forma rectangular con un espacio amplio y limpio que los kurripako llamamos “karukarudda” que significa “en donde se habla”, pues además de ser el lugar de diversión de los niños, cumplía una función social de comunicación. Era también el lugar de las reuniones importantes y, por las tardes, las

familias se sentaban a la puerta de sus casas y hablaban de lo que les interesaba.

En mi casa vivíamos la abuela Lucinda, mamá de mi papá, mi tía Amelia con sus tres hijos, mi hermanita Rebeca, mi papá y yo. Mi mamá ya se había ido. Después diré a dónde, con quién y por qué se fue.

Casi todos los habitantes del caserío éramos familia. Mi papá tenía tres hermanos casados: mi tío Idalino, mi tía Ramona y mi tío Armindo. Además de la tía Amelia, que vivía con nosotros después de la muerte de su marido. Los demás habitantes antiguos de Marama eran primos de mi papá, Leocadio, Soledad, César, Efraín, Ruth y María; todos casados y con hijos. En total éramos unos 32 primos. Si a éstos añadimos las familias Guimaraes y Da Silva, descendientes de brasileros de lengua yeral, las familias baniba de los Camico y Aragua y las warekena de los Bernabé, el caserío superaba los cien habitantes.

Los pequeños formábamos la mayor parte de la población. Eso se notaba en el bullicio, los juegos, las carreras y las peleas que surgían a cada rato. El río era nuestro lugar favorito y en donde pasábamos la mayor parte del tiempo. Frente a la gran laja, el río se convertía en un encabritado raudal de poca extensión pero peligroso para navegantes inexpertos.

Cuando yo era muy niño, una embarcación cargada de ron y cerveza “trambucó” perdiendo toda la carga. Desde entonces el raudal se convirtió en la “nevera” de Marama. Cuando los mayores, sedientos, después del trabajo o de un partido de fútbol, dos o tres de ellos se lanzaban al agua y salían con las botellas necesarias.

El pueblo vivía de la venta del chiquichique. Una bendición y una maldición. Bendición porque Marama tenía relativamente cerca, manchas de fibrales que cortaban y comerciaban. Maldición, porque enfrente de Marama un colombiano compraba toda la fibra con un sistema de explotación heredado del pasado. El comerciante les daba un avance en ropa, herramientas o medicinas, y al regreso pagaban con la fibra cortada lo que debían. Pero nunca lograban saldar la deuda.

- Todavía debes tanto... – le decía el comerciante después de hacer las cuentas.

Y de nuevo se endeudaban para dejarles a la mujer y a los hijos lo necesario. Al regreso, se repetía el cuento de nunca acabar... El pueblo vivía esclavizado. Así estuvieron por años, hasta que el colombiano se fue.

El sistema le gustó a alguno del pueblo y trató de repetir el esquema del colombiano con su misma gente. El mal siempre se pega...
Mi tío Idalino nos contaba por las noches algunas aventuras de aquellos tiempos del caucho o la “goma” como decía él. Su papá, mi abuelo, había vivido de lleno esa época:

- “... Los patronos eran muy bravos y maltrataban a los indios como si fueran esclavos. El que debía y agarraba un pantaloncito, una camisita, un sombrero o unos zapatos, tenía que quedarse ahí trabajando por mucho tiempo, para pagar ese poquito de cosas... trabajaban gratis por mucho tiempo. Lo vendían a uno como se vende un cochino. Le decían a otro comerciante: “Le vendo un hombre “. “Me debe tanto y usted va pallá”... Y tenía que ir pallá, sin saber por qué se vendía a la persona, como se vendía cualquier coroto...”

- Y la gente, ¿no se escapaba? - preguntábamos nosotros.

- Sí se picureaban, se iban pal centro de la montaña. Pero había comisiones que los buscaban y siempre traían algunos. Por el Guaviare, el Atabapo y Guainía venían los barcos llenos de mercancía humana que repartían como si repartieran cualquier cosa. Y tenían que ir pa donde los llevaran. Esa era la vida de antes por aquí. Si no trabajaban lo suficiente los planeaban. ¡Plan por ese lomo! Si en lugar de traer una arroba de goma cargaban sólo un galoncito... ¡Plan por ese lomo!

- ¿Y qué comían?

-A veces se formaban comisiones de cazadores y pescadores, pero en general se trabajaba con hambre... le daban un potecito de mañoco, del tamaño de esos de leche condensada, pa tres días. Trabajaban con hambre...

- ¿Había mucha enfermedad entonces?

- Uhhh... paludismo y sarampión sobre todo. Me contó mi papá que en el Casiquiare les atacó el sarampión y murieron más de cuarenta trabajadores... caían como moscas...

- ¿No había médicos?

- No, sobrinos.., ustedes están soñando. ¿Médicos entonces? Si nadie quiere venir de médico para acá hoy, figúrense en aquella época...
Yo tenía muchos amigos, pero uno de ellos era un amigo especial para mí. Era mi primo Alberto, el hijo menor de mi tía Amelia. Era un poco menor que yo y había nacido mal. Ahora les dicen “discapacitados “. Padecía lo que llaman síndrome de Down. Según iba creciendo se le notaba más su enfermedad.

Leopoldo, el marido de mi tía Amelia, poco a poco fue empeorando su carácter por esta razón, y no perdía ocasión para emborracharse, y cuando lo hacía, le echaba la culpa a su mujer

Yo cargaba a Alberto sobre mi lomo y 1o llevaba al río, lo bañaba y jugábamos juntos en la laja.

Mi tío Idalino trajo una vez que fue a San Fernando, papel de colores, un rollo de mecatillo y nos construyó un papagayo. En la sabana que estaba detrás del pueblo me enseñó a volarlo. Yo iba con mi primo Alberto por las tardes, cuando soplaba la brisa, él me miraba sentado hasta que el papagayo tomaba altura.

Era una de mis diversiones favoritas. Cuando ves allá arriba el cometa de colores con su cola larga que culebrea lentamente, sabes que todo depende de ti, que con tu mano lo manejas y lo dominas; ese jalar y soltar la cuerda, me convertía en una especie de Dios, al menos esa era la idea que yo tenía de Dios...

Después le ponía la cuerda en las manos de Alberto, para que también él sintiera lo mismo. Tal vez fue lo único que dominó en su vida. A pesar de que no se le entendía lo que hablaba yo estaba seguro que era feliz cuando estaba conmigo. Me lo decía con los ojos.

A mi tía Amelia no le gustaba que lo sacara de la casa, y mucho menos a mi tío Leopoldo. Sabían que los niños le decían “Máwari”, como si un espíritu malévolo, el espíritu de las aguas, se hubiera apoderado de él.

Leopoldo, una vez que estaba medio borracho, me lo quitó de los brazos y se lo llevó a la casa. Cuando yo entré, estaba atándolo con un mecate a la alcayata del chinchorro. Corrí rápidamente y grité llamando a mi tía Amelia que estaba lavando en el río. Llegó corriendo y gritando, lo empujó y soltó a mi primo que, sin llorar me miraba con unos ojos de espanto. Apenas lo abracé, se sonrió de aquella manera que sólo él sabía hacerlo.

Este problema fue tal vez, el que apresuró la muerte de Leopoldo. Una madrugada apareció muerto sobre la gran laja que cae al río. Al lado de su cuerpo amoratado, encontraron un recipiente de aluminio con un líquido verdoso en el fondo.

Unos policías que vinieron de San Fernando dijeron que la mezcla de limón con ron había descompuesto el aluminio y que eso era un veneno mortal ¿Conscientemente? No lo sé. Lo que sí sé es que desde que nació Alberto su padre había cambiado totalmente. Apenas se echaba unos palos, le reprochaba lo del hijo a mi tía Amelia. Por eso mi tía Amelia se vino a vivir a nuestra casa.
En Semana Santa, venía el cura para la misa y la Hermana nos repartía caramelos. Por la noche nos pasaba filminas, una especie de cine inmóvil y mudo, la que hablaba era la Hermana que iba narrando las aventuras de un negrito llamado Bambo.

La iglesia de Marama era pequeña, con unas imágenes antiguas de San Antonio cubiertas de cintas de colores que representaban las promesas de los fieles.

Mi abuela Lucinda nos cuidaba mucho a los pequeños para que no hiciéramos nada prohibido. Que “En Jueves Santo no se puede barrer...” que “No cortes nada con el cuchillo...” que “No te vayas a bañar al río...”

- ¿Por qué, abuela?

- Porque te sale cola y te conviertes en pescado - me decía toda sería.

Por la tarde fui con Alberto al río.

Nos sentamos en la laja y al rato vinieron Luis y Félix, los hijos de Camico. Rápidamente se desnudaron y se zambulleron alegres en el chorro. Parecían perros de agua. Yo estaba curioso de comprobar lo que me había dicho mi abuela. Tardaron bastante en salir del agua y yo creí que ya se habían convertido en pescados. Salieron y se vistieron delante de nosotros. A ninguno de ellos le había salido cola y empecé a dudar de lo que decía mi abuela...

- Abuela, es embuste lo que dijiste - le dije al regreso - Yo vi bañarse a Luis y Félix y no les salió ninguna cola de pescado.

- Pivapa kurrikadá piajiákao... (Espera un poco, ya verás lo que les pasa...) - me dijo en kurripako.

No había terminado la Semana Santa y a Félix le picó una culebra y tuvieron que llevarlo a San Fernando, y Luis, poco después, se partió un brazo jugando fútbol en la sabana.

De nuevo creí en lo que decía mi abuela...
En 1966 nos visitó el Gobernador Eladio Avendaño Casanova. Lo acompañaba el Prefecto de Atabapo, el señor Víctor Manuel Clarín. Era la primera vez que un Gobernador venía a Marama. Viajaba en un bonguito como un paisano cualquiera. El fue el que mandó ponerle techo de zinc a las casas, construyó la Escuela y nombró maestro a mi tío Idalino.

El patrono de Marama era San Antonio y todos los años, en Junio, se celebraban las fiestas patronales. Venía mucha gente y para nosotros los niños, eran los días más alegres del año.

Las fiestas se preparaban muy bien, según la tradición. Unos quince días antes, los hombres del pueblo se iban de cacería para abastecer de comida abundante al pueblo y a los visitantes: traían venados, lapas, báquiros y dantos, además de varios tipos de pescado.

Los Mordomos y Yuíces, así se llamaban los encargados, adornaban la Casa de la fiesta con bambalinas de colores y entre todos limpiábamos el pueblo de toda la maleza. Los Mordomos y Yuices de cada año eran nombrados en la fiesta del año anterior y eran los responsables y organizadores de la fiesta.

Mi tío Armindo, el más viejo de mis tíos, tocaba el tambor mientras la procesión de limosneros, precedida por dos grandes banderas, iba de casa en casa pidiendo la colaboración para la fiesta portando la imagen de San Antonio. Cada familia daba lo que podía, en dinero o en especie. Nosotros, curiosos, corríamos de acá para allá siguiendo el cortejo.

A mí lo que más me impresionaba era la seriedad de mi tío Armindo tocando el tambor. Impasible, sin que se moviera un músculo de la cara, tanto él como yo, estábamos convencidos que era el personaje más importante de la comitiva.

La fiesta se iniciaba con la “paradura” de los Mastros: dos palos enormes de unos 12 metros, adornados en forma de guirnalda y pletóricos de frutos de la tierra: cambures, caña de azúcar, piñas, túpiros, plátanos, lechosas, etc. Los colocaban de pie en la plaza del pueblo, un grupo de hombres dirigidos por el “Yuiz de mastro “.

Con la paradura de los mastros, se daba inicio oficial a la fiesta... Esos días jugábamos mucho y los mayores bailan durante nueve días todas las noches.

Antiguamente, me contó mi tío Idalino, los indígenas producíamos nuestro propio alcohol, el “bureche“, pero ahora prefieren comprarlo en Atabapo. Y con su dedo huesudo pintaba en el suelo el alambique vegetal y nos explicaba cada una de sus partes.

- Para la próxima fiesta voy a construir uno.

La última noche tenía gran expectación: el baile del “Boi”. A medianoche, después del rezo de los yuíces, se encendía la gran fogata y aparecía el boi acompañado de máscaras danzantes, bailando al ritmo del canto del experto Valyir... Por parejas brincaban la fogata y con este brinco se hacían compadres.

Al día siguiente, a la hora de la comida, era el sacrificio del Boi. Con un cuchillo se simulaba su muerte y la sangre del Boi (una mezcla del rojo culey con el ron), la tomaban los adultos. Así comenzaba la comida preparada para toda la comunidad. Las mujeres encargadas habían cocinado desde temprano para tener lista la comida: cacería, pescado, cabezón, mañoco y casabe abundante, dulces y caramelos... Era una comida sabrosa y todo el pueblo comía de todo...

Esa última noche, la fiesta terminaba de madrugada. Los muchachos un poco más grandes, se divertían pintándole la cara o cortándole parte del pelo a los borrachitos que se habían quedado dormidos en la casa de la fiesta.

A las seis de la tarde del último día, se tumbaban los mastros, ante la algarabía y alegría general, en especial de los muchachos que nos abalanzábamos sobre las frutas para recoger la buenas y lanzarse unos a otros en batalla campal las que estaban podridas o demasiado maduras.

Al siguiente día, se hacía la “barrezón”. Los yuíces barrían las calles, casa por casa, mezclados con las máscaras danzantes para dejar limpio el pueblo. Esa noche había una cena para los “fiesteros” organizadores y para los nuevos yuíces, que hacían la “promesa” de organizarla para siguiente año.

Por eso la fiesta nunca muere...
Ya hablé de mi familia, de mi casa, de mi pueblo y sus habitantes y fiestas, pero no hablé de mi mamá. Es algo que me cuesta mucho hacer. Mi mamá era descendiente de una familia brasilera de lengua yeral que se radicó en Marama, después de la llegada de mi familia. Era bonita y más joven que mi papá. ¿Era? ¿Se murió? No, pero para mí es como si hubiera muerto. No quisiera hurgar en la herida, pero tengo que contarlo.

Por esos años, la Guardia Nacional hacía recorrido por los ríos y visitaba nuestros pueblos, sobre todo en la época de fiestas. Cierto día, papá estaba de cacería o de pesca y mí abuela Lucinda se percató de los ojitos y sonrisas que mamá se tenía con uno de los guardias que había llegado en bongo para pernoctar en Marama, camino de Maroa. Yo también los vi hablando, pero con mi inocencia de entonces, no pensé en nada malo.

Cuando regresó mi papá, mi abuela le puso al corriente de su sospecha. Mi papá, que era demasiado bueno, creyó que eran chismes de mujeres y no le hizo caso. En la fiesta de San Antonio, vino otra vez aquel guardia que azoraba a mi mamá. Vestía de civil, pues estaba de permiso. Mi papá, despreocupado, se echó los palos y no vio nada más. Yo tampoco vi. Pero desde entonces empecé a creer más en mi abuela…

A partir de entonces mi mamá, con cualquier excusa no perdía ocasión de aprovechar toda cola que se presentase para ir a San Fernando. Alguna vez le pedí que me llevara, pero ella sólo llevaba a mi hermanita Rebeca. Y así... hasta un día que no regresó más.

Mi abuela Lucinda regañó a mi papá. Al día siguiente fui con él a San Fernando. Preguntamos por mi mamá a varios amigos. Como solemos hacer los indios cuando no queremos decir algo, nos contestaban: “Yo no sé...” y volteaban para otro lado, no sin antes lanzarnos una mirada de compasión. Nos sentamos en la Plaza y mi papá no decía palabra.

- Espere aquí, ya vuelvo.

Y me dirigí al Comando. Yo sabía el nombre del guardia que estuvo con mi mamá. Al primero que vi le pregunté:

- ¿Dónde está el guardia Pulido Cordero?

- No está. Lo cambiaron.

Regresé llorando de rabia donde estaba mi papá. Me miró y no dijo nada. Lo había entendido todo.

Viajamos de regreso en la oscuridad de la noche. Nunca veré una noche tan oscura como aquella. Nunca más vi a mi mamá. Bueno, sí la vi después... ya te contaré.

Ahora que he vivido, me parece que la vida es una continua fuga, una sucesión de fugas. Huyes de muchas cosas, de pensamientos, de sueños, de lugares, de situaciones, de ti mismo...

El problema no está en la fuga, sino en saber de qué huyes y adónde quieres ir… La vida es como el río. Siempre huye. Unas veces de manera pausada, otras veces de forma atropellada como en los Raudales de Marama o Chamuchina. Pero siempre está huyendo. A veces el agua forma un remanso y da la impresión que el agua se devuelve. Es una ilusión. Cuando huyes, ya no puedes regresar. Lo intentas, luchas, y si acaso lo logras, nunca más serás el mismo...

Cumplí doce años y terminé tercer grado. Mi papá y mi tío Idalino determinaron internarme en la Misión de San Fernando para continuar los estudios. Mi abuela Lucinda no estaba muy de acuerdo. Mi primo Alberto no se dio cuenta de nada, hasta que me fui. Se hizo insoportable, vivía emberrinchado, me decían, y sólo volvía a sonreír cuando yo regresaba a Marama de vacaciones.

San Fernando era un pueblo con menos de mil habitantes. Muchas casas, muchos mangos, un aeropuerto como la sabana de Marama, una Iglesia grande con campanario blanco, dos escuelas y un gran campo de fútbol. Y el río allí enfrente. Eso era para mí San Fernando.

Mi llegada al internado quebró todo mi sistema de vida. Los horarios, los oficios que debías hacer el continuo compromiso hacia el que te dirigía esa vida reglamentada, rompió todos los esquemas a los que yo estaba acostumbrado. Lo pasé fatal.

A las dos semanas, me enteré de la llegada de mi tío Armindo. Me dirigí al puerto de Solano y me escondí en el bongo debajo de una pequeña lona. Cuando me descubrieron, me llevaron de nuevo al internado.

- ¿El “picure” quería picurearse?... - dijo el cura.

Poco después, supe de otra embarcación; la del señor Antonio Aragua que iba para Yavita. Pregunté cuándo se iban y me dijeron que salían a las 4 de la tarde. Era sábado. A esa hora íbamos a lavar la ropa a la laja de la Punta. Me retardé y dejé que todos se montaran en la zorra del viejo tractor del internado. Yo corrí en dirección contraria, hacia Marakoa. Vi el bongo que ya salía de Solano alejándose de la orilla. No me quedó otra opción que lanzarme al río rápidamente. Nadé con todas mis fuerzas para alcanzar el bongo. Cuando me vieron aminoraron la marcha y me recogieron.

- Quiero irme a Marama. - dije resuelto.

El viejo Aragua no dijo nada. Llegamos de noche a mi pueblo.

Al día siguiente, mi papá y mi tío Armindo me presentaron de nuevo en el internado.

- Oh... ¿llegó el picure?... dijo el cura.

Y desde entonces, todos me llamaron “Picure “.

Después me fui acostumbrando. La escuela ocupaba toda la mañana. Por la tarde, después del almuerzo, jugábamos a fútbol. Era una fiebre. Lo asimilábamos mejor que la matemática y el castellano y se organizaban campeonatos y encuentros con los alumnos de la Granja, la otra escuela del pueblo. Era una rivalidad antigua: los “cureros” como nos llamaban a nosotros, contra los “granjeros”. Después del juego, infaliblemente teníamos trabajo. En la Punta de Lara había un terreno en donde sembrábamos yuca, maíz, patilla, maní y frijoles. Cada quien con chícora, azada o con machete, limpiábamos y volvíamos a limpiar, sembrábamos patilla, maní, que nunca cosechábamos, pues los vecinos se nos adelantaban. El trabajo terminaba con un baño en la laja de la Punta, en donde todos los sábados íbamos a lavar la ropa.

Después del baño, teníamos estudio hasta la hora de la cena, y después de ésta, jugábamos hasta las 9. A esa hora se apagaba la planta y el Padre Jorge encendía las lámparas Coleman para ducharnos e ir al chinchorro.

Varias noches, algunos salíamos a poner la malla en el Guaviare. Al Padre Jorge le encantaba pescar. Decía que regresaríamos a las 10 y media, pero se emocionaba y varias veces llegábamos a las 2 y media de la madrugada. No era una pesca deportiva, era necesaria. Siempre traíamos algo: bagres “rayaos “, “blanco pobre“, y de vez en cuando algún “valentón”... Así evitábamos la comida enlatada.

Aunque a nosotros, los naturales del río Atabapo, no nos gustaba mucho el pescado de cuero, el sancocho lo “tapusábamos“ de mañoco y con eso sobrevivíamos. Cuando traíamos alguna sierra “cagona “, una especie de bagre barrigón con una sierra a los costados, la gente se reía de nosotros, pues era un pescado desdeñado por todos. Entonces. Hoy (2004) en Atabapo, se paga por una de ellas, más de 3.000 Bs. Los tiempos han cambiado... Antes había más abundancia de pescado.

Por ese tiempo estaba de Prefecto un viejo con cara de regañón, pero muy buena gente; se llamaba Don José Inés Sué y vivía en una esquina de lo que antiguamente fue la famosa casa de Funes. En la otra esquina vivía su hermano Don Pedro Sué, cuyos hijos eran compañeros nuestros.

La vida de internado seguía su curso. Nosotros crecíamos y, como es natural, el interés por las muchachas se iba despertando en nosotros. Al otro lado de la calle, en la casa de las Hermanas, estaban las internas. De vez en cuando hacíamos fiestas en común; pero los varones demostrábamos ser más tímidos que ellas pues difícilmente lograban pareja para bailar. Nos agrupábamos y nos reíamos de los pocos que se animaban a hacerlo. Poco apoco se fue perdiendo la timidez y fueron apareciendo por aquí y por allá cartas de “amor” que a veces se perdían o se las robaban y que el padre leía por la noche cuando estábamos en el chinchorro, para solaz de todos. Recuerdo una de un piaroa que le hacía sus primeros escarceos amorosos escritos a una interna, que decía: “Querido amor: Yo queriendo mucho pa ti....” y así le iba declarando su amor como podía.

En los fines de semana, Atabapo se transformaba. La aldea tan tranquila de día, por la noche se desinhibía y se inundaba de música. “Hoy hay fiesta donde los Tapo...”, “Hay un cumpleaños donde los Piñate...”, “Hay una “promesa” en santa Lucía...” Y los aparatos de sonido alegraban la noche, acompañados por la abundancia de cerveza y “Guárico”, un ron claro de mala calidad, según los entendidos.

Los internos, naturalmente, no íbamos a las fiestas. Cuando las fiestas estaban muy cercanas al internado, y por la bulla no se podía dormir, salíamos todos a pescar. Recuerdo la noche que pasamos en una playa del Guaviare, frente a San Fernando. El bongo se bajó y ahí nos quedamos toda la noche, con lluvia y con frío mientras las ráfagas de brisa nos traían, para mayor tormento nuestro, los ritmos y la música de los bonches que habíamos dejado prendidos en San Fernando.

Otras veces nos escapábamos. Cuando el cura ya se había dormido, cargábamos el chinchorro con maletines y ropa como si alguien estuviera durmiendo y, bajando por la torre de la Iglesia, nos íbamos de parranda. Pero como dice el refrán: “El diablo hace la olla, pero no la tapadera” y todo se descubre. El cura un sábado por la noche, al tropezar con un chinchorro, se dio cuenta que estaba demasiado liviano, y también el de al lado... y el de al lado… faltábamos unos ocho internos...

Llegamos de la fiesta a la una de la madrugada y nos acostamos tranquilos. Al día siguiente, domingo, después de la misa, nos llamó el cura y nos dijo: “Fulano, Fulano... Mengano... Zutano...”

Subidos a unos andamios, trabajamos toda la mañana, pintando con cal la pared del teatro recientemente construido. Después del almuerzo, continuamos hasta terminar. Entre nosotros nos reíamos y comentábamos que había que decirle al cura que los domingos era pecado trabajar.

Nadie quiso decírselo.

En tiempos del Presidente Rafael Caldera el Programa de Codesur estaba en pleno auge. Amazonas estaba de moda. Aunque Atabapo no era el centro de la actividad, se notaba mayor movimiento y más trabajo que en épocas anteriores.

Se trazó la pica para una futura carretera que uniría San Fernando con San Antonio del Orinoco... y otra desde el río Sipapo hasta San Fernando. Se hicieron estudios científicos sobre el suelo, la flora y la fauna y se lanzaron programas de desarrollo con muy buena voluntad pero con una gran ignorancia sobre nuestra cultura.

Nosotros somos hombres de río y Caldera se empeñó en construir una ciudad en San Simón del Cocuy lejos del río.

Nosotros no somos ganaderos y en varias comunidades mandaron deforestar varias hectáreas para sembrar pasto. Trajeron ganado, pero no les enseñaron cómo cuidarlo. Mis parientes creían que las vacas eran del Gobernador y, pasado un tiempo, más de un capitán bajó a Ayacucho a solicitar del mandatario regional el pago, por estar cuidando ‘sus” vacas. El fracaso no se hizo esperar. Las vacas o se murieron de gusanera, o se las vendieron a los colombianos, o se las comieron.

El Amazonas era una tierra extraña para todos los visitantes. A cada rato, turistas, exploradores o viajeros pasaban por aquí mirándonos como bichos raros. Vestían chalecos con múltiples bolsillos, botas altas de cuero, sombreros de ala ancha, y cuchillo en el cinturón. Si alguna vez hablaban con nosotros lo hacían como en las películas de Tarzán: “¿Tú ser de aquí? ¿Cómo llamarte?...”

Una vez, el avión de Codesur aterrizó en San Fernando con un grupo de jóvenes caraqueños. Venían a enseñar a jugar a fútbol a los “pobres indios“. Nos avisaron y fuimos al campo. Vimos un grupo de espigados atletas, con unos espléndidos monos rojos, medias, botas de cuero, tocaban el balón con maestría. Cuando salió el equipo de Atabapo parecía un grupo de desarrapados marginales con unas franelas blancas percudidas, shorts uno de cada color, sin medias y con zapatos “US.Keds” de los más baratos...

Comenzó el partido y vimos con desilusión que los tremendos jugadores caraqueños eran pura pinta, puro uniforme. Los nuestros, en base a velocidad y buen juego, le metieron 11 goles en el primer tiempo. La humillación fue tal, que ya no quisieron salir en el segundo.

Es lo de siempre, se creen que por ser indios, debemos ser imbéciles o atrasados mentales...
El trabajo abundante y el movimiento en esa época de Codesur sirvió de señuelo a mucha gente que fue abandonando las comunidades para trasladarse a San Fernando o a Puerto Ayacucho.

Una de estas familias fue la mía. Mi hermanita Rebeca terminaba Tercer Grado y debía seguir estudios. La internaron en el colegio de las Hermanas, pero mi papá y sobre todo mi abuela, no querían estar lejos de nosotros. Por eso mi papá se vino a San Fernando para construir su casita en el pueblo. Y así al año siguiente, se mudaron todos de Marama. La abuela Lucinda no se hallaba tan cómoda y refunfuñaba añorando su conuco. Mi tía Amelia cargó con sus tres hijos, especialmente con Alberto, mi querido “máwari”, que comenzó a sonreír cuando yo dejé el internado en 1976 y me fui a vivir con ellos.
Algo estaba cambiando en nuestras familias indígenas. Antiguamente, los padres dirigían y determinaban el rumbo a los hijos. La vida se construía codo a codo; los mayores eran siempre los maestros, no había horas de clase. La educación se daba por ósmosis, por contacto. Los hijos aprendían con su padre todas las artes de pesca, con él aprendían a detectar la tierra más apta para el conuco y también a tejer una estera o una guapa. Los hijos crecían y se quedaban allí repitiendo todo lo aprendido. Si se emigraba a otro sitio, era por motivos o causas mayores, y siempre determinadas por los viejos.

Ahora en cambio, las familias se movían por las necesidades de los hijos. Ya no eran ellos los que mandaban. Cambiaban de lugar, emigraban, porque “teníamos” que estudiar. Mi familia no era la primera que lo hacía, y tampoco sería la última. Pero la emigración de mi familia para San Fernando, no fue sólo por esto. En Marama, como en muchas comunidades indígenas, se iniciaron las peleas internas entre los diversos líderes de la aldea.

La política, los partidos, se introdujeron con su prédica de promesas y fueron el germen de divisiones entre los miembros de la comunidad. Unos se hicieron adecos, otros copeyanos, otros de URD. Cuando un partido ganaba las elecciones, los líderes locales se autoproclamaban dirigentes de los demás, amarraban las ayudas que venían para la comunidad y, poco a poco, caían en lo que criticaban de aquellos que antes los habían explotado. Mi papá no estaba de acuerdo con eso, al ver que la política beneficiaba sólo a los líderes y dejaba a los demás con cara de tontos.
En 1974 el partido Acción Democrática ganó las elecciones. En Atabapo hubo

cambio de Prefecto. Nombraron a Don Tito Chirinos, un señor muy respetable con unos lentes muy gruesos y que vestía siempre de forma muy pulcra, con pantalón oscuro y camisa blanca de manga larga. Era el único panadero del pueblo. A escasos meses nombraron al Sr. Jonás Brito, dueño de un bar. Pero el Prefecto que rompió los moldes en esos años fue una mujer: Doña Rosa Piñate. Una mujer con guáramo, que mandaba más que un dinamo, y que no necesitaba micrófono para que se le oyera en las cuatro esquinas del pueblo. Fue la primera mujer Prefecto del Departamento Atabapo.

Desde 1974 era presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez, un político gris, demagogo, que tuvo la suerte de llegar al poder en el momento en que el precio del petróleo subió en el mercado internacional. Los adecos, después de cinco años de ayuno, volvieron al poder con ansia, dispuestos a recuperar el tiempo perdido. Arrasaron con todos los proyectos del gobierno anterior. Todo el andamiaje de Codesur con sus programas de desarrollo se vino abajo. Decenas de Caterpillar se anclaron a la tierra y echaron raíces para siempre en San Simón, en San Carlos, Maroa, San Fernando y Manapiare. El monte se les fue echando encima y sus huesos de dinosaurios amarillos se oxidaron para siempre.

El Dr Anduze nombrado Gobernador, hay que reconocerlo, puso el toque intelectual en medio de la zafiedad gobernante y, en corto tiempo, sembró de escuelas todo el Amazonas. Soñó con proyectos de siembra de oleaginosas y caucho por todo el Territorio Amazonas, quería sembrar “Cupana” en Río Negro etc.

Dejó también, cerca de Ratón, un recuerdo: la famosa “paloma de Anduze” como se le sigue llamando. Un monumento al fracaso. Un proyecto idealista que murió antes de nacer. Como murieron también todos los intentos de implantar un núcleo para el desarrollo industrial y agropecuario en Santa Bárbara del Orinoco.

En esta siembra de escuelas por todos los caseríos, los maestros no se preparaban en la Normal pues las Normales fueron cerradas por uno de los presidentes anteriores. Con buena fe, creía que todo era Caracas, que no existía “monte y culebra”... Al eliminar las Normales quería que todos los Maestros se graduaran de Profesores... Lo mejor es enemigo de lo bueno. Los que podían seguir estudios superiores eran los que vivían en el centro, en “Caracas”. Los del interior, “monte y culebra”, no podían hacerlo sino unos pocos privilegiados.

Y así, se abrió la puerta a la politización de la educación, y con ella, el descenso inexorable de la calidad de la enseñanza en el Amazonas. Desde entonces, lo importante no fue la preparación ni la aptitud del maestro. Bastaba el carnet. Cada facción política que llegaba al Gobierno, nombraba “sus” maestros, produciéndose una inflación de docentes cuyo número crecía en proporción directa al crecimiento de la ignorancia y de las lagunas en el aprendizaje de los alumnos.

Lo más significativo que hizo Codesur en San Fernando fue la construcción de un Hotel turístico en la Punta de Lara. Es un lugar privilegiado en el espolón de la ensenada que abriga a la población. Desde ahí se divisan los paisajes más bellos, los atardeceres luminosos, la confluencia del negro Atabapo con las aguas terrosas del Guaviare.

El Hotel estaba muy bien ideado. Constaba de ocho grandes Churuatas, 7 Churuatas-residencia y una Churuata-Bar, todas dotadas de los servicios fundamentales para la comodidad de los visitantes.

La visión futurista de Atabapo no estaba equivocada. En todos los proyectos posteriores siempre se predestinaba a San Fernando como el centro turístico del futuro.

Pues bien, con el cambio de gobierno todo se vino abajo. Las churuatas también. Con el tiempo, se convirtieron en hospedaje eventual de mis parientes indígenas que venían al pueblo a vender sus productos, o en baños públicos, o en polígonos de “tiro” y cobijo de alimañas. Con el pasar del tiempo, se desplomaron los techos, se robaron cables y tuberías y todo se convirtió en ruinas. Nadie protestó.

El Comando de la Armada estaba por entonces en el barrio Marakoa. El Comandante de Ayacucho, Capitán de Fragata Mariño Blanco, viendo la situación de abandono y ruina del complejo hotelero, hizo las diligencias legales para que se le asignara la zona de la Punta como sede del Comando del puesto fluvial de la Armada. Este traspaso se facilitó al ser nombrado su cuñado Jaime Arismendi como Jefe del MOP. El pueblo y sus autoridades civiles tampoco dijeron nada y así, la zona desde donde se divisa la más bella panorámica de Atabapo, predestinado a ser el foco turístico del pueblo, se convirtió de la noche a la mañana en “Zona Militar”. Territorio hasta hoy vedado a los atabapeños. Así se truncó el sueño turístico de Atabapo que nunca logró cuajar.

Carlos Andrés tuvo en sus manos la posibilidad de poner las bases para el desarrollo industrial de Venezuela, él convirtió al país en un inmenso festín. Todo se resolvía a golpe de realazos. Fue la época de la cultura mayamera que inundó al país (“¿cuánto vale?”, “Dame dos’). En Atabapo penetró también en múltiples formas. La más clara fue el cambio en los hábitos de la bebida. Además de la cerveza, producto de primera necesidad, en Atabapo lo que más se bebía era la caña blanca o “Guárico “. En esa época en cambio, los lunes a la madrugada, los tambores de la basura rebosaban de botellas vacías de whisky “Old Parr”. Algo estaba cambiando. No había duda.
La vida seguía con la rutina de cada día. El horario de internado, aunque aburría un tanto, a la larga te iba estructurando y metiéndote una disciplina, que en un futuro, podía ser útil para vivir dentro del mundo criollo, no dentro de nuestro mundo y manera de pensar. Se nos acusa de ser lentos, poco participativos y de tener un concepto liberal de trabajo. Por eso nos tildan de flojos e indolentes.

Para el criollo, la competencia, el “corre-corre” para llegar antes que el otro, es ley de vida. El que no llega a tiempo no trabaja, no come, no gana... Para nosotros no.

Recuerdo la anécdota que nos contó el cura cuando estudiábamos en 6º Grado:

“Un comerciante criollo encontró a un indígena descansando tranquilamente en su chinchorro.

- ¿Usted no trabaja?

- Si, cómo no. Soy pescador.

- ¿Y por qué no está pescando?

- Porque ya pesqué lo que necesitaba para hoy.

- ¿Y por qué no pesca más de lo que necesita?

- ¿Para qué lo quiero?

- Ganaría más, podría comprar una voladora, un motor fuera de borda, crear un comercio de pescado...

- ¡Ajá! ¿Y después?

- Sería rico, se haría una persona importante…

- ¡Ajá! ¿Y después?

- Bueno, después podría retirarse tranquilo a descansar.

- ¿Y qué es lo que estoy haciendo ahorita?”.
Desgraciadamente, vivimos en un mundo en donde las pautas no las ponemos nosotros y debemos amoldarnos al modo de vivir del blanco. Peto te lo aseguro, entre nosotros los parientes, no te encuentras con gente que habla sola por la calle, que va y que viene desesperada en un “corre-corre” desenfrenado, y que sufre de estrés y depresiones. Por eso tal vez, nos llaman flojos e indolentes.

Recuerdo con gusto aquellos años adolescentes, los antiguos maestros: Pascual Silva, el maestro “Coco”, Vidalina, Lugo Bueno, Moreno etc...
En tiempos del gobierno de Caldera se programaron los Juegos de Codesur pero se limitaban al fútbol de mayores en los que Atabapo se proclamó Campeón Territorial.

Por esos años se hicieron también en Puerto Ayacucho los Juegos Escolares de CONEFIDE. Era una especie de Olimpíada en donde participaban los representantes de las escuelas de todos los Departamentos. A pesar de que Atabapo no tenía aún Ciclo Diversificado, se inscribieron en esa categoría los alumnos mayores del Ciclo básico. El resultado no pudo ser mejor. Atabapo fue proclamó Campeón General de los Juegos Escolares al quedar primeros en Primaria y Ciclo Básico y segundos en Diversificado (sin tener Diversificado).
Ayacucho era mucho más grande que Atabapo, pero mucho más pequeño que ahora. Para ese tiempo la carretera de Ayacucho al Burro estaba casi terminada. La comunicación con Caracas tardaría diez años más en concluirla. Pero en 1975 el Territorio Amazonas se unió por primera vez en discado directo con Venezuela y el mundo. “CANTV une a la gente”… pero sólo a la gente de Puerto Ayacucho. Pasarían años para que en San Fernando y en el interior nos colocaran el primer teléfono…

Por aquel tiempo el Presidente del Concejo Municipal era Hugo Alencar del partido Acción Democrática. El Concejo Municipal era para entonces una entelequia, pues el que realmente mandaba el Gobernador.

Para 1974 el monto de los contratos firmados por el Ejecutivo fue de Bs. 6.354.530,28. No podemos comparar esto con las cifras de ahora. Y mucho menos, el precio de la vivienda. Un periódico local de la época decía que en ese año, las casas terminadas fueron 226 a Bs. 6.730 cada una. Las obras realizadas por el Municipio alcanzaron ese año 2.600.000 Bs.

Entre los personajes del momento que salían en los periódicos regionales, puedo recordar a Nelson Mikuliszyn como Jefe del ICAP... A Alfonso Bravo como Director de IND regional y a Victor Altamar como Gerente de Cadafe... El contratista de moda y en auge era Moisés Valor.
En Junio de 1975 fue nombrado gobernador el Ingeniero Acevedo Zuleta que tenía un aserradero en la entrada de la Urbanización de La Florida. Creo que aún hoy quedan los restos.

También en Junio de ese año, murió en Roma Mons. Segundo García, el primer Obispo de Puerto Ayacucho, ya jubilado. Mons. García fue una persona de amplias relaciones públicas. Muy “tolerante “con los adecos y con los copeyanos. Era muy amigo de Rómulo Betancourt y de Caldera. Decían que, durante la dictadura de Pérez Jiménez, Mons. García llevaba encomiendas, cartas y mensajes para los adecos exiliados en Argentina y Chile.

Le sucedió como Obispo de Amazonas otro salesiano, como él nacido en Argentina. Se llamaba Mons. Enzo Ceccarelli. Ya te hablaré de este Obispo, pues para nosotros los indígenas fue muy importante.

En ese año comenzó un Programa del Instituto de Nutrición: la famosa “galleta de leche “. Era una especie de pastilla rectangular que tenía sabores y colores diversos: vainilla, chocolate, piña, cambur, fresa, limón... A nosotros nos encantaba. Después vino otro Programa de una sustancia llamada “Lactovisoy” que, mezclada con leche o con agua, era una bebida muy nutritiva... y sabrosa.

En ese año también recuerdo, le dieron la Medalla de Oro de Educación al Hermano “Chiva” el viejo más bueno del mundo, porque nos repartía galletas y caramelos, y en el día de su cumpleaños se partían en la Escuela Junín más de 15 tortas. Una por cada sección... También fueron condecorados César Alayón, Esperanza Jordán, Nelson Silva, Jesús Pérez, Jesús Maldonado y Jesusa de Alencar.

Vale recordar también la aparición de los escándalos políticos cada vez más frecuentes en Amazonas. En ese año fue detenido el Presidente del Concejo Municipal, Julio César Fernández por apropiación indebida. La queja por el mal estado de las carreteras de Puerto Ayacucho, especialmente la de Samariapo, era bastante frecuente.

La prensa de Amazonas también destacó por aquellos años a jugadores de fútbol, entre ellos varios de Atabapo: Francisco Garrido, José Farfán, Aquilino Orozco, Gilmar Dantas, Enrique Güinare, Luces Roger, Jonas...

Fueron años de gran vitalidad deportiva... La Liga Menor dirigida por el Prof. Cabrujas colaboró mucho con el desarrollo del futbol de Amazonas. Se inauguraban todos los años Campeonatos multitudinarios. Hasta 80 equipos en Puerto Ayacucho y unos 30 en San Fernando y así en los otros pueblos del interior. La fiebre del fútbol invadió toda la geografía regional. La selección Infantil “C” ganó un Campeonato Nacional en donde el atabapeño ‘Picho” Morillo fue nombrado jugador más valioso.

La Selección Infantil “A “, se coronó Campeón Nacional y su arquería quedó imbatida gracias a un arquero atabapeño, el “Tamo “Menare.

También en ese año de 1975 se hizo entrega oficial a los estudiantes el nuevo Liceo Aguerrevere, en construcción desde 1972...

Todos estos datos te los doy, porque conservo aún viejos periódicos que el cura nos traía cuando iba a Puerto Ayacucho. Para ese tiempo se editaba a trompicones, pues los periódicos en Amazonas dependieron casi siempre del apoyo económico que les proporcionaba el gobierno o la oposición y apenas lograban sobrevivir gracias a la publicidad institucional y privada.

Por esos años, se destacaron los periódicos “El Autana “dirigido por el veterano periodista Plácido Barrios y “Río Negro” dirigido por Alejandro Torres. Posteriormente saldría a la luz “Linderos” dirigido por Oswaldo Calderón.

Entresaco algunas noticias de ese tiempo para ver las grandes diferencias en las cifras, si las comparamos con las de hoy:

- “Los pequeños y medianos productores del campo tienen su mejor amigo en el ICAP para desarrollar sus planes agropecuarios” - dice su director Nelson Mikuliszyn.

- “El Concejo Municipal remodeló el Matadero municipal a un costo de Bs. 16.380,62”

- “Remodelación y ampliación del Mercado municipal por un monto de 104.649,16”

- “Asfaltado de calles del Barrio Andrés Eloy Blanco y apertura de nuevas calles, Bs.1.638.001,82”

El Gobernador Acevedo Zuleta habló de sus logros y planes:

- “Remodelación de grupos escolares, ciclos básicos, escuelas urbanas y rurales... Ampliación y remodelación del Centro de Salud Dr. José Gregorio Hernández...”

- “...Se está terminando el complejo turístico de Pozo Azul, Tobogán de la Selva y otros sitios... Unas ciento doce obras por un monto total de 23 millones de bolívares aproximadamente...”


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