¿Te atraen las relaciones con personas que son fías contigo? ¿Sientes que ni siquiera las personas más próximas se preocupan por ti o te entienden lo






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Trampas vitales

  • ¿Te atraen las relaciones con personas que son fías contigo? ¿Sientes que ni siquiera las personas más próximas se preocupan por ti o te entienden lo suficiente?

  • ¿Sientes que existe en tu interior algún tipo de imperfección que impide que seas querido y aceptado por alguien que te conozca de verdad?

  • ¿Antepones las necesidades de los demás a las tuyas de modo que desconoces cuáles son tus auténticas necesidades?

  • ¿Tienes miedo de que te pueda ocurrir algo malo, hasta el punto de que un ligero dolor de garganta te despierta el temor de una enfermedad más grave?

  • ¿Te sorprende que, a pesar del reconocimiento general, todavía te sientas infeliz, insatisfecho desvalorizado?

Este tiempo de patrones se denomina trampas vitales. En este libro se describen once trampas vitales más comunes y se enseña a reconocerlas, entender sus orígenes y cambiarlas.

Una trampa vital es un patrón que se inicia en la infancia y se repite durante toda la vida. Empieza como algo que nos transmiten nuestras familias u otros niños. SI una vez fuimos abandonados, criticados, sobreprotegidos, maltratados o rechazados, en cierta manera nos perjudicaron y la trampa vital conforma una parte de nosotros. Con el tiempo, abandonamos el hogar donde hemos crecido y repetimos esas mismas situaciones en que somos maltratados, despreciados, desvalorizados o controlados, lo que provoca que fracasemos en el logro de nuestros objetivos más deseados.

Las trampas vitales determinan cómo pensamos, sentimos, actuamos y nos relacionamos con los demás. Conllevan sentimientos intensos tales como la ira, la tristeza y la ansiedad, e incluso cuando parece que lo tenemos todo, ya sea posición social, un matrimonio ideal, el respeto de las personas próximas o el éxito profesional, a menudo somos incapaces de saborear la vida o de valorar nuestros éxitos.

JED: ES UN AGENTE DE BOLSA DE TREINTA Y NUEVE AÑOS QUE TIEN UN GRAN ÉXITO Y CONQUISTA A MUCHAS MUJERES, PERO EN REALIDAD NUNCA INTIMA CON ELLAS. LA TRAMPA VITAL DE JED ES LA PRIVACIÓN EMOCIONAL.

Cuando empezábamos a desarrollar el enfoque de las trampas vitales, tratamos a un paciente fascinante llamado Jed. Su caso ilustra a la perfección la naturaleza autodestructiva de las trampas vitales.

Jed salía con una mujer distinta cada vez, pero insistía en el hecho de que ninguna le convencía. Todas le decepcionaban. La intimidad en sus relaciones se reducía al enamoramiento de aquellas mujeres que le atraían sexualmente. Su problema era que esas relaciones nunca iban más allá de ese enamoramiento.

Jed no intimaba con las mujeres, las conquistaba y perdía el interés justo cuando sentía que “había ganado” o cuando la mujer empezaba a enamorarse de él.

JED: Cuando una mujer se aferra a mí, dejo de sentir atracción. Cuando empieza a estar pendiente de mí, sobre todo en público, sólo deseo huir.

Jed luchaba contra la soledad. Se sentía aburrido y con carencias. Tenía una sensación de vacío en su interior y buscaba con inquietud una mujer que le llenara, a pesar de que estaba convencido de que nunca la encontraría. Sentía que siempre había estado solo y que siempre lo estaría.

Cuando era niño, Jed sentía esa misma dolorosa soledad. Nunca conoció a su padre y su madre era fría y poco emotiva, de modo que ninguno de los dos satisfizo sus necesidades emocionales. Creció con esa carencia y produjo ese estado de desapego como adulto.

Durante años Jed repitió sin darse cuenta ese patrón con los terapeutas, a la deriva de unos a otros. Al principio le daban esperanzas, pero al final le defraudaban. No conectó con ninguno de ellos y siempre les encontraba un defecto decisivo que justificaba el abandono de la terapia. Cada experiencia terapéutica confirmaba que su vida no había cambiado y acentuaba su sensación de soledad.

La mayoría de los terapeutas eran cálidos y empáticos con él, pero Jed siempre encontraba alguna excusa para evitar la intimidad que le era tan poco familiar e incómoda. El apoyo emocional que el brindaban era esencial, pero no suficiente. Sus terapeutas no le enfrentaban a sus patrones autodestructivos ni con la frecuencia suficiente ni con la firmeza necesaria. Para que Jed pudiera superar la privación emocional como trampa vital, tenía que dejar de encontrar fallos a las mujeres que conocía y empezar a asumir la responsabilidad de luchar contra la incomodidad que sentía cuando estaba cerca de las personas y aceptar su cariño.

Jed vino a nuestra consulta para tratar su problema y cada vez que la trampa vital adquiría relevancia en su vida procurábamos enfrentarle a ella e intentábamos destruirla. Era importante mostrarle que comprendíamos sinceramente que la gran incomodidad que sentía cuando intimaba con alguien se debía a la frialdad emocional de sus padres. Sin embargo, cuando insistía en que Wendy no era suficientemente guapa, que Isabel no era bastante brillante o que Melissa no era la mujer más apropiada para él, intentábamos mostrarle que volvía a caer en la trampa vital, ya que les buscaba fallos para evitar sentir afecto. En la actualidad está prometido con Nicole, una mujer afectuosa y cálida.

JED: Mis anteriores terapeutas eran verdaderamente comprensivos y conseguí tener una conciencia de mi sombría infancia, pero ninguno de ellos fomentó el cambio. Era demasiado fácil recurrir a mis viejos patrones familiares. Sin embargo, este enfoque era diferente.

Finalmente asumí la responsabilidad de trabajar mis relaciones. No quería que mi relación con Nicole fuera otro fracaso, pero sentía que para mí lo era. Aunque me daba cuenta de que Nicole no era perfecta, por fin decidí que o establecía una relación con alguien o me resignaba a estar solo para siempre.

El enfoque de las trampas vitales implica un enfrentamiento constante con nosotros mismos. A lo largo de esta obra se te enseñará a descubrir las trampas vitales, la manera en que actúan en tu vida y el modo de contrarrestarlas cada vez que este mecanismo se ponga en funcionamiento, hasta que esos patrones no tengan efecto en ti.

HEATHER: MUJER DE CUARENTA Y DOS AÑOS QUE TIENE UN GRAN POTENCIAL. SIN EMBARGO, SE ENCIERRA EN SU CASA PORQUE SUS MIEDOS LA INCAPACITAN. A PESAR DE QUE TOMA EL TRANQUILIZANTE ATIVAN* PARA LA ANSIEDAD, TODAVÍA SUFRE LA VULNERABIIDAD COMO TRAMAPA VITAL.

En cierto sentido, Heather no tenía vida, ya que sentía demasiado miedo para emprender cualquier acción. Para ella, la vida entrañaba demasiados peligros y prefería estar en casa, donde se sentía más “segura”.

HEATHER: Sé que hay muchas cosas estupendas para hacer en la ciudad. Me gusta el teatro, los restaurantes bonitos, ver a mis amigos. Pero todo esto es demasiado para mí. No me divierto. Siempre estoy demasiado preocupada, como si algo terrible fuese a ocurrir.

A Heather le preocupaba los accidentes de tráfico, que los puentes se derrumbasen, que la atracasen, que le contagiaran el SIDA y que gastara demasiado dinero. No es sorprendente que un viaje a la ciudad no fuera agradable para ella.

El marido de Heather, Walt, estaba muy molesto con ella. Él quería salir y hacer cosas. Walt decía, con razón, que era injusto que no pudiera hacerlas. Se volvió más autónomo y cada vez prescindía más de ella.

Los padres de Heather fueron sobreprotectores. Sobrevivieron al Holocausto judío y pasaron buena parte de su infancia en los campos de concentración. Tal como nos lo expresaba, la trataban como una muñeca de porcelana. Continuamente le advertían de posibles (aunque improbables) amenazas: podía contraer una neumonía, ahogarse o encontrarse atrapada en el metro o en un incendio. No es de extrañar que pasara la mayor parte de su tiempo en un doloroso estado de ansiedad y que intentase que su mundo fuera seguro. Sin embargo, los placeres de la vida se le estaban escapando.

Heather tomó distintas medicaciones contra la ansiedad durante tres años. (La medicación es el tratamiento más frecuenta para la ansiedad.) Recientemente fue al psiquiatra, quien le prescribió Ativan. Se tomaba las pastillas cada día, lo que le proporcionó cierto alivio. Se sentía mejor, menos angustiada y la vida se volvió más placentera. La complicidad que tenía con la medicación provocó que se sintiera más capaz de afrontar sus miedos. Aun así, seguía sin salir y su marido se quejaba de que la medicación sólo la hacía más feliz dentro de su casa.

Otro problema serio fue que Heather sentía que dependía del Ativan:

HEATHER: Me siento como si tuviera que tomarlo el resto de mi vida. La idea de dejarlo me aterroriza. No quiero retroceder y volver a estar siempre asustada por todo.

Incluso cuando Heather afrontaba bien las situaciones estresantes, atribuía todo su éxito a la medicación. Por lo tanto, no sentía que superaba las dificultades ni que pudiera encargarse de las cosas por sí misma. (Éste es el principal motivo por el cual los pacientes tienden a recaer cuando la medicación se empieza a retirar, sobre todo en los tratamientos para la ansiedad.)

Heather hizo progresos relativamente rápidos en la terapia de las trampas vitales y en un año, su vida mejoró significativamente. Poco a poco empezó a exponerse a otras situaciones que anteriormente le provocaban ansiedad: podía viajar, ver amigos, ir al cine y, de manera provisional, decidió buscar un trabajo de media jornada que requiriera desplazarse a diario.

Como parte del tratamiento, le enseñamos a estimar correctamente la probabilidad de que ocurrieran cosas que le perjudicaran. Le demostrábamos cómo exageraba el riesgo de sufrir una catástrofe en situaciones cotidianas y cómo sobrestimaba su propia vulnerabilidad y debilidad fuera de su casa. Aprendió a tomar precauciones razonables y dejó de pedir a su marido y amigos que la tranquilizaran. Su matrimonio mejoró y volvió a disfrutar de la vida.

La ironía de la repetición

Jed y Heather ilustran dos de las once trampas vitales: la privación emocional y la vulnerabilidad. No obstante, a lo largo de este libro hablaremos de otros pacientes cuyos casos ejemplificarán otras trampas vitales: subyugación, desconfianza y abuso, abandono, imperfección, grandiosidad, dependencia, fracaso, normas inalcanzables y exclusión social. Probablemente reconocerás aspectos de alguna trampa vital que forman parte de tu vida.

El hecho de que continuemos repitiendo el dolor de nuestra infancia es uno de los conocimientos centrales de la psicoterapia psicoanalítica. Freud lo llamó “las compulsiones de repetición”. La hija de unos padres alcohólicos crece para casarse con otro adicto al alcohol. El niño maltratado crece para casarse con una persona que lo maltrate o él mismo puede ser quien lo haga. El niño que es víctima del abuso sexual crece para prostituirse y el niño que ha sido excesivamente controlado permite que los demás lo controlen.

Éste es un fenómeno desconcertante. ¿Por qué repetimos conductas? ¿Por qué volvemos a reproducir nuestro dolor y prolongamos nuestro sufrimiento? ¿Por qué no construimos mejor nuestras vidas y escapamos de esos patrones? Casi todo el mundo repite de una forma adversa los patrones negativos de la infancia. Ésta es una extraña verdad contra la que luchamos los terapeutas. Por una u otra razón, recreamos en la vida adulta condiciones similares a aquellas que fueron tan destructivas en la infancia. Una trampa vital es la forma de reproducir estos patrones.

El término técnico para trampa vital es esquema. El concepto de esquema procede de la psicología cognitiva. Los esquemas son creencia profundamente enraizadas, aprendidas en los primeros años de vida, que nos aplicamos a nosotros mismos y al mundo. Estos esquemas son centrales en el concepto que tenemos de nosotros mismos.* Renunciar a creer en un esquema sería como abandonar la seguridad de saber quiénes somos y cómo es el mundo; por lo tanto, nos aferramos a él, incluso cuando nos perjudica. Estas creencias tempranas nos proporcionan un sentido de predicción y seguridad, son cómodas y familiares. En cierto sentido, nos hacen sentir como en casa. Éste es el motivo por el cual los psicólogos cognitivos creemos que los esquemas o trampas vitales son tan difíciles de cambiar.

Ahora observaremos cómo afectan las trampas vitales a la atracción que sentimos en nuestras relaciones sentimentales.

PATICK: TREINTA Y CINCO AÑOS DE EDAD, CONTRATISTA DE OBRAS. CUANTAS MÁS AVENTURAS TIENE SU MUJER FRANCINE CON OTROS HOMBRES, MÁS LA DESEA. PATRICK HA CAÍDO EN LA TRAMPA VITAL DEL ABANDONO.

Patrick es inmensamente infeliz. Su mujer tiene aventuras con otros hombres y siempre que ocurre esto se desespera.

PATRICK: Haría cualquier cosa para que volviera. No puedo soportarlo. Sé que si la perdiera me hundiría. No puedo entender por qué lo tolero; es como si la quisiera más cuando sé que no está conmigo. Empiezo a pensar “Si pudiera ser mejor, no necesitaría hacer esto. Si fuera mejor de lo que soy, estaría conmigo”. No puedo soportar la incertidumbre.

Francine le prometía que le iba a ser fiel, pero cada vez que Patrick volvía a recuperar confianza en ella se daba cuenta de que le había vuelto a defraudar.

PATRICK: No puedo creer que me lo esté haciendo otra vez. No puedo creer que me haga pasar por esto de nuevo. Después de la última vez, estaba seguro de que pararía. Quiero decir, ya se dio cuenta de lo que me hacía. Estuve a punto de suicidarme. No puedo creer que me lo haga otra vez.

El matrimonio de Patrick era como un laberinto. Él caminaba para encontrar una salida y al principio tenía esperanzas, pero se desesperaba cuando no veía solución posible y cada vez se sentía más perdido.

PATRICK: Para mí lo más duro es la espera… Saber lo que ella me está haciendo y esperar a que vuelva a casa. Ha habido veces que he esperado sentado a que volviera a casa.

Mientras Patrick esperaba, su estado de ánimo fluctuaba entre la desesperación y la rabia. Cuando Francine finalmente llegaba a casa, se producía una escena. Algunas veces le había pegado, aunque después siempre le pedía perdón. Él quería encontrar una salida, y un poco de estabilidad y de paz. Sin embargo, ésta es la ironía del abandono como trampa vital: cuanto más impredecible era Francine, más fuerte era la atracción que Patrick sentía por ella e incluso amentaba cuando ella le amenazaba con marcharse.

La infancia de Patrick estuvo llena de pérdidas y reacciones impredecibles. Su padre abandonó a la familia cuando Patrick tenía sólo dos años. Él y sus dos hermanas fueron criados por su madre, una adicta al alcohol que les desatendía cuando estaba ebria. Los sentimientos que tenía le eran familiares y los había reproducido al casarse con Francine y tolerar su infidelidad.

Patrick fue a un psicoanalista (terapia freudiana) durante tres años. Veía a su analista tres veces por semana durante cincuenta minutos cada vez; un gasto económico considerable.

PATRICK: Iba allí, me estiraba en el diván y hablaba de cualquier cosa que me pasaba por la cabeza. Allí me sentía solo. Mi analista casi ni me habló durante esos tres años. Aunque llorara o gritara, normalmente no decía nada. Me sentía como si en realidad él no estuviera allí.

Hablaba mucho sobre su infancia y de cómo se sentía allí, estirado en el diván. Empezó a sentirse frustrado con el analista, ya que progresaba muy despacio. Entendió mejor sus problemas, pero todavía los tenía. (Ésta es una queja común sobre los psicoanalistas: conocer lo que te pasa no es suficiente.) Quería una terapia que fuera más rápida y más directa.

El enfoque de las trampas vitales ofreció a Patrick la guía que necesitaba. En lugar de estar distantes y neutrales con Patrick, colaborábamos con él: le ayudábamos a comprender con exactitud cuál era su patrón y cómo lo podía romper; le enseñábamos a ser más selectivo en las relaciones con las mujeres; le avisábamos del peligro que suponía su atracción por parejas destructivas y la intensa atracción sexual que ello le generaba. Hicimos que se enfrentara con su dolorosa realidad: se enamoraba de parejas que le reforzaban la trampa vital.

Después de un año y medio de terapia, Patrick decidió separarse de Francine. Durante este tiempo, le había dado todas las oportunidades. Había intentado corregir las conductas que eran destructivas para su relación y que le alejaban de él. Había dejado de controlarla y le había dado más libertad. Pero a pesar de todo, Francine no había cambiado. De hecho, la relación había empeorado.

La primera vez que le preguntamos si se había planteado dejar a Francine, Patrick insistía en que tenía demasiado miedo de derrumbarse si la abandonaba. Pero cuando finalmente la dejó y su matrimonio terminó, no se derrumbó. Se tranquilizó, se sintió más seguro de sí mismo y vio que podía tener una vida separada de Francine. Nosotros pensábamos que hacía lo correcto, ya que dejaba una relación destructiva.

Patrick empezó poco a poco a verse con otras mujeres. Al principio salía con mujeres que eran muy parecidas a su esposa, inestables e incapaces de darle apoyo; era como si tropezara de nuevo con la misma piedra. Nosotros, poco a poco, le ayudamos a hacer elecciones más saludables, aunque la atracción que sentía no fuera demasiado intensa. Desde hace seis meses vive con Sylvia, una mujer muy estable y segura, que le es fiel. Aunque tiene menos atractivo que Francine, por primera vez en su vida está aprendiendo a sentirse satisfecho en un ambiente coherente y afectuoso.

El enfoque de las trampas vitales enseña con exactitud cuál es la relación más saludable que se debe buscar y qué tipo de relación es conveniente evitar. A menudo, esto no es una tarea fácil. Al igual que Patrick, se han de tomar decisiones que son dolorosas a corto plazo y que pueden ir en contra de sentimientos esenciales, pero esto permitirá romper la rutina donde se ha estado atascado toda la vida.

CARLTON: TRAINTA Y DOS AÑOS, TRABAJA CON SU PADRE EN UN NEGOCIO TEXTIL FAMILAR. TIENE PROBLEMAS DIRIGIENDO A OTRAS PERSONAS Y LE ENCANTARÍA HACER ALGUNA COSA AL RESPECTO. CARLTON ESTÁ ATRAPADO POR LA TRAMPA VITAL DE SUBYUGACIÓN.

Carlton era complaciente con las personas. Anteponía las necesidades de los demás a las suyas propias. Cuando se le preguntaba qué quería, solía decir siempre: “No me importa, tú decides”.

Carlton intentaba agradar a todos: a su mujer diciéndole que “sí” a todas las cosas que ella le decía o deseaba; a sus hijos no diciéndoles nunca que “no”, y a su padre dedicándose a los negocios familiares, aunque ese trabajo le desagradaba.

Irónicamente, las personas se sentían irritadas con Carlton, a pesar de que pusiera tanto empeño en intentar agradarlas. Se sacrificaba tanto que su mujer se enfadaba con él porque no era el pilar de la familia. Aunque los niños se aprovechaban de su permisividad, en cierto modo se sentían enfadados porque no les ponía límites y su padre continuamente se molestaba por la debilidad y la falta de agresividad de Carlton en el trabajo, sobretodo en el trato con sus empleados.

Aunque Carlton no se daba cuenta, también estaba enfadado, ya que se había negado sus propias necesidades durante mucho tiempo. Este patrón lo aprendió muy pronto en su vida. El padre de Carlton prosperó controlando y dominando a los demás, por lo que se le consideraba un tirano. Todo tenía que hacerse a su manera. De niño, si Carlton Discrepaba o discutía, su padre le pegaba y le despreciaba y su madre adoptaba un papel completamente pasivo. Ella estuvo deprimida durante mucho tiempo y Carlton a menudo adoptaba el papel de cuidador, procurando que su madre se sintiera mejor. No había ningún lugar donde pudiera acudir para satisfacer sus necesidades.

Antes de iniciar nuestro tratamiento, Carlton estuvo durante dos años en un tratamiento experiencial denominado terapia Gestalt. Su terapeuta le animaba a vivir el presente y a ponerse en contacto con sus sentimientos. Por ejemplo, el terapeuta le hacía ensayar ejercicios de visualización en los cuales imaginaba a su padre y practicaba cómo replicarle. Este enfoque resultó útil y empezó a percibir lo enfadado que estaba.

El problema fue que la terapia carecía de dirección y le faltaba una organización definida. Carlton iba sin rumbo de sesión en sesión, explorando cuáles eran sus sentimientos más relevantes. Por supuesto, continuaba expresando su enfado a las personas que quería, ya que no actuaba en función de sus sentimientos y no entendía los motivos por los cuales le ocurría esto. El terapeuta no le mostraba los componentes de su problema ni le enseñaba técnicas específicas para superar su subyugación.

La terapia de las trampas vitales proporcionó a Carlton un marco conceptual simple y sencillo que le permitió darse cuenta de que la subyugación era la característica principal de su vida y aprendió la manera de cambiarla. Hizo rápidos progresos. Éste es un hecho que se repite con cierta frecuencia: la subyugación como trampa vital exige menos cantidad de tiempo para cambiar.

Carlton tomó mayor conciencia de su forma de ser. Llegó a ser más consciente de los deseos y sentimientos que había aprendido a suprimir. Empezó a desarrollar opiniones y preferencias y llegó también a ser más asertivo con su padre, con los empleados y con su mujer e hijos. Expresó la rabia y aprendió a reafirmar sus necesidades de forma calmada y controlada. Al principio, su mujer y sus hijos opusieron cierta resistencia porque perdieron poder, pero rápidamente se tranquilizaron. En realidad a ellos les gustaba que Carlton fuera así, querían que fuera fuerte.

Tenía más dificultades en enfrentarse a su padre. A pesar de que éste intentaba frenar la rebelión de Carlton para continuar manteniendo su posición dominante, Carlton descubrió que tenía más influencia sobre él de la que se imaginaba. Cuando le amenazó con dejar el negocio si no le permitía asumir un papel más equitativo, su padre modificó su actitud. Ahora Carlton está empezando a asumir muchas de las responsabilidades de su padre, ya que éste se prepara para la jubilación. También ha descubierto que le respeta de nuevo.

Este caso nos ilustra que el hecho de estar en contacto con nuestros sentimientos no es suficiente para que nuestros problemas se solucionen. Muchas de las terapias, también llamadas experienciales, como el trabajo del niño interior, nos proporcionan un valioso instrumento para sentir la conexión entre lo que experimentamos en nuestras vidas cotidianas en el presente y lo que sentimos de niños. Pero estos enfoques raramente van más allá de percibir estos sentimientos. A menudo los participantes se sienten mejor después de las sesiones de terapia o de los talleres, pero vuelven a repetir sus viejos patrones al cabo de poco tiempo. El enfoque de las trampas vitales proporciona una serie de tareas estructuradas en forma de deberes conductuales y un enfrentamiento continuo que ayudan a afianzar los progresos.
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