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ESCUELA DE FORMACION EN TERAPIA FAMILIAR DE
Stirpe”

DOCUMENTOS INTERNOS

PARA LA FORMACION A DISTANCIA


Nota: Prohibida la reproducción total o parcial sin citar el Documento y autor del mismo-. Lo contrario puede incurrir en delito contra la propiedad intelectual según el artículo 270 y ss. del Código Penal)
Paseo de las Delicias, 65 bl. A, esc. 3, 2º B. 28045. Madrid.

Tfno. 91.527.32.56. E-mail: rios@correo.cop.es

Madrid, 2010

ESCUELA DE FORMACION EN TERAPIA FAMILIAR DE “Stirpe”
Documento nº 1:
INTERVENCIONES SISTEMICAS EN PROBLEMAS DE FAMILIA
José Antonio Ríos González (1)

Profesor Titular Facultad de Psicología de la Universidad Complutense.

Terapeuta Familiar y de Parejas avalado por la FEATF y FEAP

Director de “Stirpe” (Diagnóstico y Terapia Familiar) y de la Escuela de Formación en TF de “Stirpe”

Primer Presidente de la FEATF y Presidente de Honor de la Asociación Española para la Investigación y Desarrollo de la Terapia Familiar.

INTRODUCCION
Los modelos clásicos de intervención en terapéutica, y por ampliación, de los trabajos inherentes a la Orientación Educativa de corte tradicional, han puesto su atención en el diagnóstico, pronóstico y tratamiento del individuo que había que tratar, aunque siempre de manera individual y sin tener en cuenta para casi nada, por no decir “para nada”, el entorno de vida del mismo. Ese planteamiento, respetable por válido en la dirección que se pretende, debe su origen al fuerte influjo que durante muchos años ha tenido en las ciencias psicológicas el modo médico de afrontar la enfermedad. El “enfermo” es una unidad de intervención sobre la que se centran todos los actos médicos que buscan la salud de la persona amenazada en algún aspecto de su vida física. Acudo a mi médico de cabecera quien, con toda responsabilidad, prescribe la realización de una analítica que detecte las posibles causas biológicas de mi estado. A éste médico le interesa “mi salud” en general. Si a la vista de los primeros chequeos médicos se detecta que hay algo más oculto y alguna de las amenazas que percibo sobre la salud se polariza en mi aparato digestivo me envía a un especialista y a éste, por ejemplo, le interesa primordialmente “mi estómago”; si se descarta la base biológica de la disfunción que sufro, me aconseja acudir a un psicólogo clínico o a un psiquiatra, porque piensa que mi alteración tiene un matiz más o menos psicosomático, funcional o neurovegetativo que debe ser abordado desde una perspectiva que no es la estrictamente biológica. A este último especialista le interesa “mi vida emocional” con todo lo que acarrea en el plano de las emociones, los afectos y los sentimientos. Y es este último el que, al final del peregrinaje, empieza “mi” tratamiento, ya sea con fármacos que alivien la ansiedad de base, los miedos que tengo, las fobias que me acechan o cualquier otra manifestación neurótica que esté en el trasfondo de lo que inicialmente dio la cara como una falta de salud genérica, aunque se haya centrada en un malestar general que fue limitando sus contornos a través de los pasos dados. Es muy probable

que el psicólogo o el psiquiatra estimen necesario alternar mi tratamiento farmacológico con un tratamiento de tipo psicoterapéutico con algunos de los modelos existentes en el campo de las ciencias de la salud.
Todos ellos, como es bien sabido, se centran “en el individuo” y por ello, todas las acciones puestas en marcha me tienen a mí como eje de sus intervenciones. Ninguno de ellos, en el modelo tradicional, diagnostica a las personas que viven conmigo en cuanto enfermo. El pronóstico, a su vez, se centra igualmente en mí y el tratamiento -cualquiera que sea- también se limita a tratarme a mí, dejando al margen cualquier supuesta intervención sobre los que me rodean.
La intervención tradicional, por tanto, se centra en quien llamamos “enfermo”. Esa es la orientación que encontramos en toda la literatura científica que aborda las enfermedades. Aún más: quienes empezaron a contemplar la posibilidad de ver “más allá de los síntomas orgánicos”, pusieron también su atención en lo “intrapsíquico individual” sin adentrarse en otros territorios. Si nos fijamos en las valiosas aportaciones de Freud, el psicoanálisis, tanto desde el punto de vista de su enfoque como “teoría de la personalidad” y como “técnica de intervención” para solucionar los conflictos latentes que se exteriorizaban mediante lenguajes corporales, puso y sigue poniendo su centro en lo más personal e individual. Los demás modelos de intervención psicoterapéutica, han seguido idénticos caminos: diagnosticas al individuo, pronosticar la evolución positiva o negativa del sujeto y, lógicamente, tratar al mismo de manera individual.
A partir de los finales años cincuenta del siglo que acabamos de dejar, se empezó a tener otra perspectiva porque se vió que algunos enfermos psíquicos tenían en la base de su problemática algunos comportamientos que tenían “algo” que ver con el entorno de vida, con la interacción con los cercanos, con el tipo de comunicación que habían establecido con las personas de su “alrededor”, aspectos que permitían vislumbrar la posible influencia de factores “extrapsíquicos” que desbordaban la más rigurosa observación de lo que acontecía en el exclusivo mundo interno de la persona que se calificaba como “enferma”.
Ese nuevo modo de percibir la realidad del “enfermo” es el que se ha ido estructurando en la segunda mitad del Siglo XX dando origen a lo que conocemos como “modelo sistémico”, “interactivo”, “relacional” o “del contexto”. Si los especialistas que estuvieron indagando para descubrir las raíces de los males que me hicieron consultar con mi médico de cabecera, conociesen este último enfoque, me habrían remitido a un “terapeuta sistémico” y éste, sin descartar nada de lo descubierto por los otros especialistas, habría dado un paso más: una vez descartadas las

raíces estrictamente biológicas, no sólo me habría visto a mí, sino que “habría visto” a las personas que me rodean, empezando, naturalmente,

por mis familiares, para seguir -si fuese el caso- por otras personas de mi entorno profesional, social, etc. Ampliando de éste modo, hasta ver qué tiene que ver mi “malestar” con el tipo de red social en que he nacido y sigo creciendo. El “ver” a las personas de mi contexto no se limita, como hacen algunas veces los seguidores del modelo “lineal” (enfermo-médico) a solicitar información sobre el problema que consulto como paciente, sino que implica “ver” las relaciones que nos unen, las interacciones que nos caracterizan, el tipo y el nivel de comunicación que nos vincula y, en suma, lo que puede significar -con el microscopio que facilita el paradigma sistémico- las inevitables vinculaciones de “mi sintomatología” con “mi familia” y a ésta, para ser más preciso, en función del “ciclo vital” que atraviesa cuando aparecen mis males, así como la reacción que tienen ante ellos y hasta el posible influjo en la aparición de los síntomas que me hacen sufrir.
Desde la medicina hipocrática hasta la neurociencia de nuestros días se ha recorrido un lago camino lleno de nombres ilustres en lo que se refiere al ámbito que podemos denominar “modos de enfermar”: Kretschmer, Heyman, Le Senne, Sheldon, Freud, Adler, Jung, Melanie Klein, Ajuriaguerra, Bolwby, Rof Carballo, Laín Entralgo, Haley, Bateson. Jackson, Watzlawick, Minuchin, Satir, Selvini-Palazzoli y cuantos siguen los pasos de unos y otros hasta hoy.
Desde ángulos muy diversos y aunque dicho de modos muy diferentes, pero coincidentes en mayor o menor medida y más allá de cuanto se supone la mayoría de las veces, todos vienen a coincidir en que enfermamos según vivimos y en relación muy directa con el tejido o urdimbre en que nacemos y crecemos.
INTERVENCIONES SISTEMICAS.
Desde las perspectivas que nos ofrece cuanto acabamos de exponer, puede deducirse que el modo de intervención entre los seguidores del modelo “lineal” y el que adoptamos quienes seguimos como referente principal el llamado “sistémico”, es muy diferente. Todos, es cierto, tenemos como objetivo la “curación” del enfermo; cada uno, sin embargo, recorre un camino distinto. Los “lineales” se limitan al paciente o enfermo; los “sistémicos” contemplamos el entorno. Aquellos sólo ven al individuo; nosotros trabajamos con toda la familia del paciente. Para los primeros el sujeto es un “enfermo que hay que curar”; para nosotros el “enfermo” es el “paciente designado” (PD) por la familia para centrar en él muchas disfunciones ocultas que no quieren verse o que si se ven no quieren aceptarse. La persona aislada en la unidad de intervención de los “lineales”; para los “sistémicos” la unidad de intervención es el

sistema (familiar, escolar, grupal, social, etc...) aunque el objetivo sea “curar a quien se designa como enfermo”.
Las intervenciones sistémicas, por tanto, se apoyan en postulados propios deducidos del funcionamiento de los sistemas entendidos como lo hacen Von Bertalanffy (1930) según su “Teoría General de Sistemas” (TGS), de las bases y teorías que nos ofrece la Pragmática de la Comunicación (Bateson, Jackson, Watzlawick), así como de la Teoría de los Juegos que desde Berne y su Análisis Tradicional (AT) han ido incorporando nuevos elementos que han originado instrumentos de intervención tan valiosos como los que Selvini-Palazzoli ha puesto en marcha a partir del análisis de los juegos sucios o psicóticos de las familias que manejan de un modo peculiar el poder que se ejerce en su interior.
Muchos son, por todo ello, los tipos de intervención sistémica con que contamos en nuestros días y amplia es la literatura científica, concretada en libros y revistas especializadas, en la que pueden encontrarse consideraciones detalladas de cada uno de ellos.
Aquí vamos a limitarnos a presentar algunos que estimamos fundamentales en nuestro modo de trabajar hace 35 años y de cuya descripción más detallada puede encontrarse amplia referencia en otros lugares (Rios, 1994, 1998)


  1. Tres intervenciones imprescindibles:


a.1. Redefiniciones:

Las familias vienen a consulta con la idea centrada en los problemas que la acosan y su planteamiento reduccionista los lleva a pensar que todo cuanto les ocurre es anormal y hasta patológico. Las redefiniciones sirvan para empezar a mostrarles otras caras o vertientes de cuanto les sucede, de manera que puedan adoptar una actitud distinta, no sólo en cuanto a la conceptualización de su “problema” sino en cuanto se refiere a la actitud constructiva que han de adoptar ante él. Este objetivo se logra mediante la utilización de la “redefinición”, consistente en devolver a la familia el “problema” en términos evolutivos y normales lo que están viviendo como patológico.

La redefiniciones pueden apoyarse en los hitos que nos ofrecen los “ciclos vitales de la familia o la pareja”, ya que el paso de un ciclo vital a otro acarrea de manera inevitable la aparición de “crisis” que son estirones de crecimiento y desarrollo que implican un esfuerzo. Asi, por ejemplo, podemos redefinir como norma y evolutiva la actitud de rebeldía de un adolescente, la dificultad de ajuste emocional de un niño, la adaptación al hecho de ser padres con el arrastre de

mecanismos que desencadenan desajustes que repercuten en la estabilidad de la pareja.
Aparte del valor positivo que encierra toda redefinición, lleva consigo una descarga del nivel de ansiedad y hasta culpabilización con que se vive un fenómeno que desequilibra la vida de la familia o la pareja hasta ese momento.
a.2. Connotaciones

Todas las familias y pareja en consulta vienen con una carga emocional muy fuerte, ordinariamente traducida en términos de sentimientos de inutilidad o incapacidad para resolver los problemas que van surgiendo a lo largo de su historia. Se sienten bloqueados para buscar soluciones, pero sobre todo este bloqueo les conduce a no poder distinguir nada positivo entre lo mucho que hacen por resolver cuanto les afecta.
Las connotaciones positivas tienden a romper este juego tan destructivo y limitante. El orientador y el terapeuta han de poner en marcha los mecanismos que permitan destacar en el sistema familiar o en funcionamiento del subsistema conyugal y parental aquello que, a pesar de todo, lo hacen bien. Podrán ser cosas aparentemente pequeñas, actitudes no reforzadas, estilos educativos escasamente valorados, esfuerzos no reconocidos. Utilizando una metáfora que utilizamos frecuentemente en el trabajo terapéutico, podemos decir que se trata de alguna rosa que nace en medio del basurero que perciben. También la basura puede ser estiércol para que nazca una flor.
Por otro lado, servirán a los terapeutas para poner las bases de lo que he denominado “devolución de la capacidad educativa y terapéutica” a la familia o la pareja. De este modo se potencia el autoconcepto que tienen de sí mismos, aniquilando la sensación de incapacidad o impotencia que mata las más ricas potencialidades ocultas o latentes
Una connotación de uso frecuente es la de hacer ver a la familia que el mismo esfuerzo que están haciendo para trabajar en el proceso de terapia, es algo positivo a destacar, potenciar y no abandonar. Aún más: los mismos síntomas que les afectan (un fracaso escolar, una depresión, un conflicto social de un hijo, una anorexia y una crisis de pareja) encierran el “valor positivo” de aglutinarlos para buscar una solución eficaz en la ayuda del terapeuta.

a.3.Prescripciones

Forman parte de una parcela muy cultivada en el modelo sistémico. Es el culmen de lo que puede denominarse “intervención magistral” constituida por la utilización de una redefinición que va seguida de alguna connotación y termina en una prescripción directa.

Todos los terapeutas sistémicos utilizamos las que denomino “prescripciones directas”, consistentes en marcar a las familias tareas a llevar a cabo entre sesión y sesión, de manera que pongan en juego otras alternativas distintas a las que vienen repitiendo desde hace mucho tiempo con escasos resultados o con total ineficacia. Constituyen un capítulo importante del proceso terapéutico, toda vez que les obliga a adoptar un papel activo en la reestructuración de los mecanismos que están más deteriorados. Sin tareas a realizar dentro del sistema familiar o en la pareja, todo puede quedar reducido a papel mojado. Solemos decirles a los implicados en la terapia que, en verdad, la “terapia” se hace “aquí” (durante la sesión y en la sala donde se lleva a cabo la misma), pero los “cambios” se realizan en “casa”, en la vida ordinaria, en el día a día.
Desde hace algunos años, y como consecuencia del trabajo de orientación familiar que se encierra en toda terapia, venimos utilizando las que me he atrevido a llamar “prescripciones indirectas”. Se trata de realizar con la familia un trabajo que está más cerca del nivel educativo y orientador de la misma que del propiamente terapéutico. No mandamos hacer cosas concretas (tareas), sino que proporcionamos a la familia o la pareja alguna información que les permita incorporarlo para que, paulatinamente, introduzca mecanismos nuevos que actúen como agentes de cambio en las relaciones familiares o conyugales, Se sitúan, por ello, en un nivel que les ayuda a recuperar su ritmo propio en los cambios que desean ver, al tiempo que les devuelve -según lo dicho más arriba- la capacidad educativa y terapéutica para seguir avanzando.

Debo este instrumento a mi experiencia en el campo de la Orientación Educativa en el que, evidentemente, no siempre se hace psicoterapia, sino que se introducen cambios que favorezcan la mejora de la situación que someten a consulta.


  1. Una metodología sistematizada:

Partiendo de la hipótesis ampliamente confirmada que la familia o pareja que viene a nuestras consultas son un “sistema caótico” en el que preside cierto desorden, bastante confusión y una gran dificultad para organizarse internamente, necesitamos ofrecerle un “sistema organizado” en el que el contexto les transmita desde el primer momento un algo bien estructurado en el que puedan reflejarse y encontrar un referente para su nueva organización. No olvidemos que en la terapia sistémica interactúan, al menos, dos sistemas: el sistema familiar y el sistema terapéutico, sin entrar ahora en la contemplación de otros posibles sistemas interactivos con estos dos y que, a su vez, inciden para bien o para mal en ellos. Me estoy refiriendo, como fundamentales aunque más periféricos, a los sistemas “escolar”, “hospitalario”, “institucional”, según se trate de situaciones en las que la escuela, la hospitalización o el desarrollar la vida profesional en el interior de una institución (empresa privada, fábrica, organismo público, institución o comunidad religiosa, grupo político, cultural, deportivo o artístico). Todos los sistemas que tienen que ver con el “paciente designado” tienen algo que decir y es muy probable que antes de acudir a “terapia familiar” como tal hayan estado implicados en mayor o menor medida en la búsqueda de soluciones no acertadas.
Todos los que se encuentren en esta confluencia, tienen que organizarse de modo que las energías de cada uno y las potencialidades de todos, contribuyen al encuentro de soluciones eficaces dentro de un “todo bien organizado”. No puede admitirse dispersión que los conozca a todos a un nuevo caos. La escuela influye en la aparición de algunos síntomas que acosan a niños y adolescentes, de la misma manera que colaboran, siempre inconsciente y latentemente, en el mantenimiento de la sintomatología. El hospital puede agrandar la dimensión de los síntomas de base hasta crear el síndrome del hospitalismo que, lejos de aliviar el malestar del sujeto, puede intensificarlo con nuevos elementos y factores de riesgo. Lo mismo puede decirse del entorno cultural, religioso, político, social o recreativo en que desarrolla su vida la persona que hemos de tratar.
La metodología sistematizada lleva a la construcción de protocolos que van a servir de cauce al proceso. Ya desde el comienzo de la llama terapia familiar sistémica. Hay pasos aparentemente insignificantes que, a la larga, demuestran que nada debe dejarse a la improvisación.
c) El inicio del proceso terapéutico con la familia

En nuestro caso (“Stirpe”, desde su fundación en 1965, y con las evidentes actualizaciones que ha ido exigiendo el tiempo) la terapia familiar, como defienden otros muchos, empieza con la primera llamada telefónica para pedir consulta. Lo que en nuestro caso es una llamada telefónica hecha por un miembro de la familia, puede ser la petición de una entrevista en la escuela, un acudir al servicio de urgencia de un hospital, una solicitud de ayuda en un momento de crisis de una institución o un grupo ideológico. Desde ese momento, el sistema tiene que ver que empieza a discurrir por un camino bien trazado: deberá proporcionar una información previa (primera llamada telefónica) que será ampliada por una segunda llamada que la hará un terapeuta desde el equipo que les atenderá y, de este modo, poder ampliar los datos iniciales que permitan formular “hipótesis sistémicas” que sirva de entrada en al análisis de cuanto constituye el mundo de las interacciones de la familia o el sistema en cuestión. Deberán saber que en nuestro caso


serán atendidos directamente por terapeutas (coterapia) con la participación del equipo que seguirá las sesiones detrás del espejo y podrá participar en los momentos precisos que permitan ampliar la visión de la realidad que muestran los participantes en la sesión. Estas

reflexiones del equipo (equipo reflexivo (ER) o coro griego) se harán en

voz alta en una conversación entre ellos y los terapeutas sin la participación de la familia, pero sí en presencia de ella, De la información aportada por el ER, los terapeutas utilizarán aquellos puntos de vista que enriquezcan la visión de la realidad que rodea a la familia.
Igualmente quedan integrados como elementos constitutivos de la metodología el cumplimiento de Cuestionarios de Evaluación que ayudarán a ir más allá de lo que cada miembro nos expresa en lenguaje verbal y directo cuando les recibimos por primera vez. De este modo conseguimos pasar del nivel fenomenológico (lo que se cuenta, lo que se ve, lo que ya se sabe, lo que se ha contado muchas veces) al nivel mítico (lo que está oculto, lo que mantiene latente, lo que no se ha contado nunca y de lo que no se habla porque no debe decirse en voz alta y en presencia de los otros).
Un elemento más de la metodología sistematizada está en la presentación a la familia que nos reclama de los pasos que tenemos que dar juntos desde ese momento: por ejemplo: que a las dos primeras sesiones vendrán todos los miembros que viven en la familia, que a la tercera sólo vendrán los padres en cuanto “subsistema parental”, a la cuarta o quinta sólo los hijos (hermanos) o el hijo paciente si es único. A partir de esa sesión, lo que supone ya un período de unos 5 meses de terapia puesto que el ritmo de las sesiones es de frecuencia mensual, salvo en situaciones de crisis o problemas que lo reclamen, se indicará al ritmo siguiente y quiénes han de acudir a las sesiones sucesivas.
d) Controles durante el proceso.

Hacia la mitad del proceso (control D) se realiza una evaluación por parte de la familia o la pareja, lo que permite hacer un balance de los logros y los fracasos, así como de los aspectos más relevantes que vaya sacando a la luz práctica cuanto se viene realizando. Lo mismo se hace al final de la terapia (Control F).
e) Instrumentos de evaluación del sistema

Todos los instrumentos tendentes a llevar a cabo cada una de estas fases se encuentran en nuestro “Manual de Orientación y Terapia Familiar”, I. CC. H. Madrid, 1994) aunque siempre sometidos a revisión y mejoras según van reclamando las necesidades del trabajo o las concretas de cada familia y pareja.

f) La formulación de hipótesis sistémicas

Siempre que un especialista afronta el estudio de un caso tiene una hipótesis de trabajo sobre la que empezar a conducir sus pasos. En el caso de la Terapia Familiar sistémica la formulación de hipótesis

sistémicas es esencial. Sin ellas es difícil partir para poder ir descartando factores influyentes, elementos desencadenantes y existencia de interacciones que explique el por qué de un determinado síntoma. No se trata, en efecto, de formular una “hipótesis lineal” del tipo que podemos hacer sobre la base de cuanto nos dice la sicopatología, la psicología evolutiva y diferencial o cualquier otra rama de las ciencias que estudian la conducta humana. Las hipótesis sistémicas tratan de establecer la relación existente entre el “síntoma” (problema, conducta, comportamiento, alteración biológica o funcional...), la “familia” en que vive el sujeto (tipo, características, dinamismos, relaciones, historia evolutiva de la misma) y el “ciclo vital” en que se encuentra esta familia concreta que tiene un miembro con un problema concreto.
La tarea del terapeuta es ir descartando o confirmando las hipótesis formuladas sobre la base de la información recibida en las llamadas telefónicas, los Cuestionarios aplicados y cualquier otro dato que pueda ser relevante para su planteamiento. No se trata de afirmar rotundamente lo que está sucediendo; se intenta tener un camino para “entrar” en la familia para lo cual, como afirma Selvini-Palazzoli, hay que tener presente que las hipótesis no son ni verdaderas ni falsas, sino que son herramientas de trabajo.
g) Los cuidados a tener en cuenta: neutralidad y circularidad.
La neutralidad.

Siempre que un profesional de la psicología aplicada se acerca al modelo sistémico se pregunta cómo se maneja en la terapia con las familias y parejas el tema de las transferencias. El psicoanálisis ha insistido ampliamente en el tema y ha abierto los ojos de los expertos para saber manejarla con eficacia y honestidad. Cualquier profesional de la psicoterapia sabe que la transferencia -y su posible correlato en las subsiguientes contra transferencias- se da en toda relación interpersonal. Podríamos decir que son inevitables, lo que no equivale a decir que son imposibles de sortear y manejar para no caer en las trampas emocionales que encierran.
La respuesta a la pregunta que suele hacerse sobre este punto es que, efectivamente, se dan transferencias y contratransferencias porque sin ellas no se instala en la relación lo que alguien ha denominado un “eros terapéutico” que tiende lazos y establece puentes para poder adentrarse en el análisis de los fenómenos emocionales. Pero una cosa es que se den y otra que se utilicen como instrumento terapéutico. El psicoanálisis las considera una de las herramientas


básicas para el trabajo del analista. El modelo sistémico no la utiliza como instrumento puesto que maneja cuanto acontece en la vida y relaciones del paciente como algo que sucede aquí y ahora sin necesidad de explorar el pasado en el que, emocionalmente, se instala

la vinculación “falsa” entre la figura del analista y los modelos que

estuvieron presentes en la vida del sujeto en otras etapas de su vida.
Conscientes de la existencia de transferencias como fenómeno inevitable, los terapeutas sistémicos utilizamos la “neutralidad” como medio para no caer en estas posibles trampas emocionales. Ante una pareja (dos personas) o ante una familia (tres, cuatro... seis o siete personas), pueden aparecer múltiples transferencias porque el establecimiento de vínculos afectivos (positivos o negativos) con tales personas es algo imposible de evitar. Una transferencia supone, con nuestro lenguaje, el establecimiento de un vínculo afectivo (tanto positivo o de atracción, como negativo o de rechazo) con el modelo que nos evoca y recuerda la persona del experto. Este “anzuelo” también aparece en el trabajo con el sistema familiar o el subsistema conyugal. La neutralidad nos ayudará a establecer un juego complejo, no siempre fácil de manejar, que nos permita “establecer alianzas con todos los miembros sin convertirlas en coaliciones”. Alianzas son vínculos de apoyo mutuo para ayudarse sin pedir nada a cambio ni exigir estar contra un tercero; Coaliciones son alianzas en las que se establece una vinculación para estar en contra de un tercero, originando una triangulación que es el germen de muchos conflictos interactivos. El terapeuta, por todo ello, tiene que apoyar a todos, pero sin ponerse de parte de ninguno, de al manera que cuando termine la sesión todos los miembros de la familia tengan esa sensación.
La circularidad.

Hay terapeutas que afirman utilizar la Terapia Familiar Sistémica mientras reducen sus intervenciones a plantear sesiones o simples entrevistas en las que, aunque en presencia del resto de familiares, se limitan a hacer una entrevista centrada en el sujeto. Eso es lo que se hace con cualquier modelo que no sea sistémico. Nuestro modelo no tiene nada que ver con este modo de proceder. Aún más: abandona este modo de trabajar para llevar a cabo sus intervenciones con la participación “activa” de todos los presentes. Como es fácil de entender, no se recibe a un miembro aislado, ni siquiera se habla con él en presencia del público que constituye su familia o su cónyuge. Si se cita a todos es para escuchar a todos y para dinamizar la participación de todos en la búsqueda de soluciones y en la ejecución de tareas que lleven al camino de la solución de cuanto les hace vivir con malestar.
Esto se logra gracias a la “circularidad” que se pone en práctica mediante la recogida de la versión que cada uno tiene de lo que desean consultar,

seguida de la búsqueda de los dinamismos interactivos que reactivan los comportamientos que nos interesa descifrar y curar. La técnica de las preguntas circulares sirven para conseguir este objetivo de capital importancia para el descubrimiento de las claves que tendremos que disolver para dar paso a conductas más sanas y menos autodestructivas del sistema familiar.
h) El contenido de la terapia familiar y de pareja.

Aunque en otros lugares hemos tratado de esquematizar los fundamentales hitos de dolor que acosan a las familias y parejas de nuestros días (Ríos, 1998) podemos decir que los problemas más frecuentes en nuestra cultura son los relativos a la conflictividad que presentan las relaciones familiares por falta de aprendizaje educativo en los padres de nuestros días. Es curioso observar que algunos estudios realizados hace más de 30 años (Rios, 1980) nos mostraban una especie de incapacidad educativa por parte de los padres. Parecía que en aquellos años (década de los 70) los padres de adolescentes arrastraban muchas carencias que, lógicamente, atribuían a sus propios progenitores. En algunos de nuestros trabajos anteriores hemos dado cuenta de ello, llegando a describir “la familia que hace enfermar” que ocupa algunos de nuestros objetivos de investigación actual. Sintéticamente podíamos afirmar entonces que los padres eran criticados por los hijos porque el “padre que deseaban” no lo tenían de manera satisfactoria. En estos momentos estamos ocupados en comparar aquellos resultados con los que podamos obtener al ver si los adolescentes que entonces nos respondieron, y que actualmente son padres, han logrado superar “las barreras” que describían como peculiares de los padres que tenían. No podemos adelantar ninguna conclusión, pero tememos, al contemplar lo que nos viene a la consulta, que no se ha avanzado mucho. Sigue habiendo “padres ineficaces” que son una de las posibles causas, aunque no única, de las disfunciones que encontramos en las familias actuales.
Con las parejas ocurre algo parecido. Los “problemas” de las parejas cuando iniciamos nuestro trabajo eran los mismos; solamente difieren de los de entonces en el modo de presentarlos en la consulta. Entonces (1965) no había terapeutas de familia y parejas en nuestro país. Acudían camuflando sus conflictos en problemática que “sólo” -al menos así lo decían- se referían a los hijos. Ellos no tenían problemas como adultos ni como padres y cónyuges. La dècada 1965-1975 es un período muy curioso para analizar lo que consultaban. Con la venida de la transición política, social, cultural y de valores en nuestra sociedad española (1975 en adelante), empezaron a emerger otros “motivos de consulta”. Se empezó a destapar lo que estaba oculto y se silenciaba. Personalmente
creo que no era nada nuevo; los pocos que ya entonces trabajábamos como “terapeutas de familia y parejas” somos testigos del inicio de un modo distinto de afrontar la realidad que se vivía. Hasta entonces se consultaba por “conflictos familiares”, “conflictos de relación”, “dificultades de comunicación”, “dificultades escolares de los hijos”, “trastornos de conducta en los hijos”, todo ello sirviendo de tapadera para otras cosas de mayor profundidad. Hoy sigue ocurriendo así en muchos casos, pero se han roto las compuertas: hay parejas que acuden porque atraviesan crisis silenciosas que no trascienden a los familiares y amigos, problemas de relación sexual, parejas a punto de divorciarse, incomunicación amorosa y afectiva en todos sus niveles. Y se pide consulta para ello, poniendo nombre a algunas disfunciones y destapando en la intimidad de la consulta lo que se ignora en el entorno social en que algunas de tales parejas serían clasificadas como modélicas y ejemplares. Se han roto las barreras ante el especialista y se ha tomado conciencia de la necesidad de recibir un apoyo y ayuda para superar los problemas.


  1. Los problemas de la familia y la pareja y la actuación sistémica ante ellos.

Un elemento importante a destacar como consecuencia de cuanto expongo, es poder contar con herramientas adecuadas para tratar al sistema como totalidad. Es verdad que sigue sorprendiendo a algunos que se “cite a todos” cuando en su mente sigue presionando la idea que se centra en que el “problema es de ...” y no de todos. Hemos ido viendo caer barreras con el paso del tiempo y no contamos con excesivos rechazos a este modo de afrontar la búsqueda soluciones. La resistencias son inevitables y los miedos abundan. De ahí que haya abandonos de la terapia, resistencias al cambio interactivo cuando toda la esperanza se pone exclusivamente en que “cambie el designado como paciente” y se deje como está lo que constituye el entorno. Es la lucha permanente entre el “cambio-1 (que cambie o hagamos cambiar al sujeto sin entrar en otros terrenos), y el “cambio-2” (cambiar las interacciones (relaciones, comunicaciones, contactos y encuentros) y como consecuencia del mismo el paciente no tenga que recurrir a los síntomas para comunicarse con lenguaje no-verbal o analógico. La recuperación de la palabra como vehículo de la comunicación verbal, directa y digital, es un camino abierto para la introducción de cambios efectivos que eliminan o aminoran la persistencia de los síntomas.

D) Niveles de intervención

La práctica clínica nos ha enseñado que en cualquier problema familiar hay distintos niveles de estructuración y, consecuentemente, diversos instrumentos de intervención.

Muchas situaciones tienen su origen en la falta de recursos para educar a los hijos y a las parejas. Es un tema que nos llevaría muy lejos del marcado para esta intervención. Baste apuntar que si hubiese mejor Educación Familiar y, por tanto, mayor puesta en marcha de medios preventivos, no sería tan necesaria la Orientación Educativa que nace como consecuencia de la necesidad de intervenir cuando el proceso educativo en la familia se altera o se rompe. Muchas familias y parejas necesitan del Orientador (se llame así o reciba los variopintos nombres que han ido surgiendo: consultor, asesor, mediador...) porque se encuentran ante su propia vida y realidad “sin armas ni armaduras”. Se han preparado para muchas cosas (profesión, oficio, trabajo profesional) invirtiendo muchos años, bastante dinero y grandes esfuerzos, pero no se ha invertido absolutamente nada para formarse como “padre”, “madre”, “marido” o “mujer”. Todo esto hay que improvisarlo como cada cual puede y sabe. Los errores, evidentemente, no faltan en un caldo de cultivo de tales características. Y mientras tanto -vamos a decirlo claramente- los responsables de la verdadera educación de personas bien integradas, no hacen nada por remediar el mal. Se reforman los planes educativos, se incrementan las materias instrumentales, se seleccionan saberes de cara al éxito profesional, la eficacia económica y el prestigio social, pero se abandona la verdadera dimensión de la persona. Lo que Rogers denominó “el proceso de convertirse en persona” ha quedado arrinconado y sepultado por otras prioridades. ¿Qué prepara tal contexto?. La respuesta es clara: la imperiosa necesidad de hacer psicoterapia a familias y parejas. Casi siempre muy tarde y cuando algunas ruinas son casi irreparables. ¿Que hubiera hecho innecesaria la terapia que exponemos aquí? Una buena educación para vivir en familia y pareja (escuelas de padres bien estructuradas, llenas de contenidos esenciales, más allá del barniz con que Asociaciones de Padres intenta silenciar sus conciencias y hacer que abordan algo sin meterse a fondo en lo que debe hacerse). Junto a ello -porque la educación nunca dejará de tener oscilaciones y sombras- especialistas en Orientación que intervengan cuando la educación se hace difícil y necesita recursos más allá de los elementales. Junto a la Escuela de Padres debieran establecerse de una vez por todas Servicios de Orientación Familiar junto a los aún escasos Servicios de Orientación Educativa que existen en los centros educativos. Y, finalmente, cuando todo es más arduo, cuando los deterioros de lo educativo y relacional llegan a límites más acentuados, se hace necesaria la presencia de un Terapeuta Familiar en cada equipo de Orientación.
Sólo así será posible remediar muchos males. Y, sobre todo, pondremos coto a la cada vez más intensa presencia social de “familias que hacen enfermar” (Ríos, 1999)

BIBLIOGRAFIA
CUADERNOS DE TERAPIA FAMILIAR. Revista editada por “Estirpe”, inicia su XV año en 2002 y ha publicado 73 números. Contiene innumerables trabajos sobre la temática familiar y de pareja.
HALEY, J. (1986) Tratamiento de la familia. Toray. Barcelona
JACKSON, D. (1984) Comunicación, familia y matrimonio. Nueva Visión. Buenos Aires.
MINUCHIN, S. (1985) Familia y Terapia de la Familia. Paidós. Barcelona
MINUCHIN, S. y NICHOLS, MPH. (1994) La recuperación de la familia. Paidós. Barcelona
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