Colección dirigida por Guadalupe Arbona Abascal






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títuloColección dirigida por Guadalupe Arbona Abascal
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fecha de publicación20.07.2015
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EL PUÑAL ALADO

Hubo un período en la vida del padre Brown en que le resultaba muy difícil colgar el sombrero de una percha sin sentir un ligero escalofrío. El origen de esto fue en realidad un detalle sin importancia dentro de una serie de acontecimientos mucho más complejos; pero debe de ser éste, con seguridad, el único de ellos que persistió por largo tiempo en su agitada vida. Para hallar su origen, es preciso remontarse al momento en que el doctor Boyne, médico del cuerpo de Policía, tuvo necesidad de pedir su parecer en una mañana muy fría de diciembre.

El doctor Boyne era un irlandés corpulento y curtido, uno de aquellos irlandeses desconcertantes de los que hay algunos ejemplares diseminados por el mundo, que hablan sin parar sobre el escepticismo científico, sobre el materialismo y el cinismo, pero que ni por asomo intentan aludir a nada que tenga que ver con el ritual religioso, como no sea de la religión tradicional de su país. Es una tarea ardua dilucidar si sus creencias religiosas son puro barniz exterior o si, por el contrario, constituyen un sustrato fundamental de su ser; aunque lo más probable sea que algo haya de ambas cosas, con su buen tanto por ciento de materialismo. De todas formas, cuando pensó que en aquel caso podía haber algún punto tocante a su credo rogó al padre Brown que fuera a visitarle, dejando bien claro que hubiera preferido que no tuviera que ver con las creencias.

—Todavía no estoy seguro de que necesite de usted —fue su saludo—. No estoy seguro de nada. ¡Que me cuelguen si puedo afirmar que éste es un caso propio de policía, médico o sacerdote!

—Pues bien, dado que es usted a la vez policía y doctor, quedo yo entre la minoría —dijo el padre Brown sonriendo.

—Así es, en efecto. Y, no obstante, usted es lo que los políticos llaman una minoría especializada —repuso el doctor—; yo le he convocado porque sé que usted toca un poco nuestros asuntos, sin dejar los que le son propios. Pero es terriblemente difícil decir si este caso le concierne a usted o simplemente a los tribunales de locos. Acabamos de recibir la carta de un hombre que vive en la vecindad, en aquella casa blanca sobre la colina, pidiendo auxilio contra una persecución homicida. Hemos ventilado la cuestión de la mejor forma..., aunque creo que será preferible, tal vez, comenzar desde el principio la narración de lo sucedido.

»Un caballero apellidado Aylmer, rico propietario del Oeste, se casó, ya bastante entrado en años, y tuvo tres hijos: Philip, Stephen y Arnold. Cuando era soltero, pensando que no iba a tener descendencia, adoptó a un chico en quien creía ver cualidades muy brillantes y prometedoras, que llevaba el nombre de John Strake. Su origen parece oscuro; se dice que procedía de un orfanato y otros sostienen que era gitano. Yo creo que lo último ha sido una invención de la gente, debida en parte a que Aylmer, en sus últimos tiempos, se dedicó a toda clase de ocultismos, incluso a la quiromancia y la astrología; y sus tres hijos aseguran que Strake promovía esta pasión, amontonando otras muchas acusaciones: que Strake era un sinvergüenza sin límites y, sobre todo, un mentiroso de mucho cuidado; que tenía un ingenio vivísimo para urdir ficciones improvisadas, con tal maña, que despistarían a cualquier detective. Sin embargo, semejantes afirmaciones pudieron explicarse tal vez como consecuencia natural de lo que aconteció.

Quizás usted se lo ha imaginado ya, poco más o menos. El viejo dejó casi toda su herencia al hijo adoptivo y a su muerte los hijos legítimos impugnaron el testamento. Sostenían que su padre había hecho aquella cesión de bienes por efecto de graves amenazas y, además, como hecho final, alegaron que el hijo adoptivo lo había llevado a una total e importante idiotez. Dijeron que Strake tenía una manera peculiarísima y siempre nueva de llegarse a él, a despecho de la familia y enfermeras, y atemorizarlo en su propio lecho de muerte. Sea como sea, algo pudieron probar, al parecer, acerca del estado mental del enfermo, por lo que el tribunal declaró nulo el testamento y los hijos heredaron. Se dice que Strake reclamó de la forma más violenta imaginable y que juró que iba a matar a sus tres hermanos, uno tras otro, y que nada les libraría de su venganza. Se trata ahora del tercero y último de los hermanos, Arnold Aylmer, que pide protección a la Policía.

—¿El tercero y último? —preguntó el sacerdote con gravedad.

—Sí —dijo Boyne—, los otros dos están muertos. —Antes de proseguir, hizo una pausa—. Ahí comienzan las dudas. No hay ninguna prueba de que hayan sido asesinados, pero tampoco hay razón suficiente para creer que no lo fueran. El mayor de los hermanos se hizo juez de paz y se supone que se suicidó en su jardín. El segundo se dedicó a la industria y una máquina de su propio taller le golpeó la cabeza; de la misma manera que podría haber puesto un pie en falso y caído. Pero si fue Strake el que los mató realmente es muy hábil en su manera de trabajar y desaparecer luego. Por otra parte, me parece más probable que todo esto sea una mera presunción fundada en algunas coincidencias. Mire usted, lo que pretendo es esto: que alguien, dotado de un poco de sentido común y que no sea agente oficial, obtenga una entrevista con Mr. Arnold Aylmer y se forme una impresión acerca de él. Usted conoce de sobra cómo es un hombre loco y el rostro de un hombre cuando dice la verdad. Quiero que usted sea el inspector antes de que tomemos en nuestras manos el asunto.

—Me parece raro —dijo el padre Brown— que no se hayan preocupado antes del asunto, pues, si hay algo en todo esto, me parece que hace ya mucho tiempo que dura. ¿Hay alguna razón para que les pida ayuda a ustedes precisamente ahora, y no antes o después?

—Ya lo había pensado, como usted puede imaginarse —dijo el doctor Boyne—. Alegó, efectivamente, una razón; pero debo confesarle que es una de las cosas que me hace pensar que en el fondo de todo este asunto no hay más que la manía de un cerebro medio trastornado. Nos dice que todos sus criados se han declarado en huelga, abandonándolo, y que tiene que acudir a la Policía para que guarde su casa. Yo he hecho indagaciones y he comprobado que realmente ha habido una emigración de criados en la casa de la colina; el pueblo está lleno de chismorreos que, he de confesar, son muy parciales. La versión que aquéllos dan es que el señor había llegado a un punto completamente insoportable en sus temores, inquietudes y exigencias; que quería que guardasen su casa como centinelas y que no se acostaran, como si fueran enfermeras en un hospital, y que no tenían un momento para estar solos, ya que siempre debían hacerle compañía. Y así todos dijeron a voz en grito que era un maniático y se marcharon. Naturalmente, esto no prueba que sea un maníaco, pero es ya bastante, para hoy día, que un hombre quiera hacer de su mayordomo o doncella un guardián.

—Y ahora —dijo el sacerdote riendo— quiere que un policía haga las veces de doncella, porque su doncella no quiere hacer las de policía.

—También he pensado yo que esto era un poco extraño —corroboró el médico—; pero no puedo negarme rotundamente sin haber intentado antes un arreglo, y usted va a ser el mediador.

—Muy bien —dijo el padre Brown—. Iré ahora, si usted quiere.

El paisaje que se extendía alrededor del pueblo estaba sellado y cubierto por la escarcha, y el cielo era claro y frío como el acero, excepto en la parte nordeste, por donde las nubes empezaban a subir rodeadas de lívidos halos. Contra tales oscuros y más siniestros colores se recortaba la casa de la colina con una hilera de columnas pálidas formando un pequeño pórtico de estilo clásico. Un sinuoso camino llevaba hasta ella subiendo la cuesta, pasando por una masa de oscuros setos. Ante éstos, le pareció que el aire se hacía más y más frío, como si se acercara a una fábrica de hielo o al Polo Norte. Sin embargo, como era una persona muy práctica, no dejó que sus pensamientos tomaran mayores proporciones que las de una fantasía. Únicamente levantó los ojos hacia una gran nube espeluznante que subía por detrás de la casa y objetó con vivacidad:

—Va a nevar.

Se introdujo en el jardín por una verja de hierro no muy alta, de estilo italiano, y se encontró en un espacio donde reinaba la desolación típica de los lugares que, habiendo estado ordenados, se han sumido después en el abandono. Frondosidades verde oscuro adquirían ahora un tono gris por efecto del leve polvo de la escarcha, largos hierbajos contorneaban los arriates como dos flequillos, y la casa permanecía inmutable en la cima de un bosque enano de hierbajos y matas. La mayor parte de la vegetación consistía en plantas de hoja perenne o muy resistente y, aun siendo tan oscura y abundante, era de un tipo demasiado nórdico para que le vaya bien el epíteto de exuberante. Se podía describir como una selva ártica. Sucedía algo parecido con la casa misma, que, con su columnata y fachada clásica, podía haber mirado sobre el Mediterráneo, aunque en realidad pareciera marchitarse ahora bajo el viento del mar del Norte. Adornos clásicos dispersos acá y allá acentuaban el contraste; cariátides y máscaras de la comedia o tragedia vigilaban desde los ángulos del edificio sobre la gris confusión de los senderos, pero incluso sus caras parecían haberse helado. Y era también posible que las volutas de los capiteles se hubiesen retorcido por efecto del frío.

El padre Brown subió los herbosos peldaños hasta llegar a un pórtico cuadrado que flanqueaban gruesas columnas y llamó a la puerta. Cuatro minutos después volvió a llamar y desde entonces estuvo de espaldas a la puerta, observando el paisaje que poco a poco iba ensombreciéndose. La causa del oscurecimiento era la gran mole de sombra de la nube que declinaba hacia el Norte y, al fijar la mirada en las columnas del pórtico, que le parecieron altas y macizas en la semioscuridad, pudo apreciar el opaco ribete de la gran nube asomar por encima del tejado y descender hacia el pórtico como si fuera una colcha. La colcha gris, con sus bordes ligeramente coloreados, parecía pesar más y más sobre el jardín hasta que del cielo, que hasta entonces había sido de un color claro y pálido propio del invierno, no quedaron más que algunas vetas de plata y jirones como de una débil puesta de sol. El padre Brown continuaba aguardando, sin que oyera, procedente del interior, ningún ruido. Entonces bajó rápidamente los peldaños y dio la vuelta a la casa para buscar otra entrada. Encontró una, auxiliar, en la pared sin luces, y volvió a golpear y a esperar. Al final, intentó abrirla, aunque renunció a hacerlo al darse cuenta de que la puerta estaba cerrada o atrancada por un medio u otro y, ya seguro de ello, continuo su ronda pensando si el excéntrico señor Aylmer no se habría encerrado con demasiadas precauciones y le era imposible oír a quienes llamaran; o si estaría aún encerrándose más por suponer que la llamada provenía del vengativo Strake. Cabía la posibilidad de que los criados emigrantes hubiesen abierto sólo una puerta, aquella mañana, y que su amo la hubiera cerrado después; pero, en todo caso, era inverosímil que, por la forma en que había sucedido todo, hubiesen tenido la precaución de mirar con interés la defensa de su dueño. Prosiguió, pues, en su ronda del edificio. No era de grandes proporciones, aunque sí algo presuntuoso, y pronto observó que le había dado una vuelta completa. Mirando a su alrededor halló lo que suponía y buscaba; una ventana semioculta entre enredaderas que, por descuido, estaba abierta; encaramándose por ella, se encontró en una habitación central, amueblada con cierto lujo, aunque algo pasada de moda, una escalera a un lado y una puerta al otro y, frente a él, otra puerta con cristalillos rojos, cuyo aspecto chocaba un poco con el gusto de la época; daba la impresión de una figura vestida de rojo y recortada en vidrio de color. Sobre una mesa redonda, a su derecha, había un recipiente lleno de agua verde, dentro del cual se movían algunos peces y otras cosas parecidas, como si estuvieran en un estanque: frente a frente, había una planta de la especie de las palmeras, con hojas verdes muy grandes. Tenía un carácter tan polvoriento y Victoriano que el teléfono, visible en la alcoba oculta por unos cortinajes, resultaba una sorpresa.

—¿Quién va? —resonó una voz algo fuerte y alterada hasta cierto punto, que provenía de detrás de la puerta de cristales.

—¿Podría saludar a Mr. Aylmer? —preguntó el sacerdote, excusándose.

La puerta se abrió y un señor, envuelto en una bata de color verde loro, apareció con un rostro inquisitivo. Su cabello era bastante hirsuto y descuidado, como si hubiera estado en la cama o viviendo en un constante desasosiego, pero sus ojos, sin embargo, no sólo estaban despiertos, sino alerta, y determinadas personas los habrían podido calificar de alarmados. El padre Brown sabía de sobra que esa expresión podía darse en cualquier hombre que, bajo la amenaza o aprensión de un peligro, se hubiese arruinado. Tenía un bello rostro aguileño, cuando se le miraba de perfil, pero en cuanto se le miraba de frente sugería la sensación de desorden, aumentado incluso por el descuido peculiar de su barba color castaño.

—Yo soy Mr. Aylmer —dijo—, pero he perdido ya la costumbre de esperar visitantes.

Algo en la incierta mirada que le dirigía Mr. Aylmer hizo que el sacerdote atacara su cometido sin preámbulos pensando en que, si la persecución de aquel hombre era sólo una monomanía, no se iba a mostrar ofendido.

—Estaba justamente preguntándome —dijo el padre Brown con suavidad— si sería cierto que usted no espera nunca a nadie.

—No anda usted equivocado —contestó el dueño de la casa sin titubear—, espero siempre una visita. Y, en caso de llegar, podría muy bien ser la última.

—Confío en que no llegue nunca —dijo el padre Brown—; por lo menos, me alegra pensar que yo no me parezco en nada a él.

Mr. Aylmer se estremeció con una sonrisa sarcástica.

—Verdaderamente no se parece —dijo.

—Mr. Aylmer —manifestó el padre Brown con franqueza—, comenzaré pidiéndole excusas por haberme tomado esta libertad, pero algunos amigos míos me han dicho que se hallaba usted en un apuro y me han rogado que subiera, por si podía ayudarle. La verdad es que tengo una cierta experiencia en asuntos de este tipo.

—Pues no se parece a ningún otro —dijo Aylmer.

—¿Quiere usted decir que las tragedias que han tenido lugar en su desgraciada familia no han sido muertes naturales?

—Quiero decir más; que ni los asesinos fueron normales —contestó el otro—. El hombre que nos está acorralando hacia la muerte es un perro infernal y su poder emana de Satanás.

—El mal tiene un solo origen —afirmó el sacerdote con gravedad—. Pero, ¿cómo sabe usted que no eran crímenes normales?

Aylmer contestó con un ademán, invitándole a sentarse, y luego hizo él lo propio en otra silla, frunciendo el entrecejo y apoyando sus manos sobre las piernas. No obstante, cuando levantó el rostro, la expresión que se reflejaba en él era más suave y pensativa, y su voz tenía un tono cordial y contenido.

—Señor mío —dijo—, no quiero que me tenga, ni por un momento, por una persona que no se halla en su sano juicio. He llegado a estas conclusiones siguiendo una lógica estricta, pues, desgraciadamente, la razón nos conduce a este resultado. He leído bastante acerca de las cuestiones aludidas, pues soy el único que ha heredado las nociones de mi padre acerca de este tipo de sucesos oscuros e incluso su biblioteca. Sin embargo, lo que voy a decirle no se basa en mis lecturas, sino en lo que yo mismo he visto.

El padre Brown asentía; y el otro continuó su relato como quien elige con cuidado las palabras:

—En el caso de mi hermano mayor, tuve mis dudas. No había señales ni huellas en el lugar donde se le encontró muerto con la pistola a su lado. Pero acababa de recibir una carta amenazadora de nuestro enemigo, sellada con un puñal alado, que es uno de sus cabalísticos e infernales emblemas. Y un criado afirmó que había visto moverse algo por la pared del jardín y que era sin duda demasiado grande para tratarse de un gato. Ya no sé más; todo lo que puedo decir es que en caso de ser el asesino, no dejó huellas de su venida. Pues bien, cuando murió mi hermano Stephen, todo ocurrió de una manera distinta y desde entonces no me queda ya lugar a dudas. La máquina trabajaba al aire libre bajo la torre de la fábrica, a la que yo mismo subí después que él había sucumbido bajo el martillo de hierro que le golpeó la cabeza; no vi que le tocara otra cosa, pero también puedo decirle que vi lo que vi.

—Una gran humareda de la chimenea de la fábrica me ocultó la torre y, sin embargo, a través de un claro pude distinguir una forma humana cubierta por una capa negra. A continuación vino otro golpe de humo, y, cuando se hubo desvanecido, miré hacia la chimenea y no vi a nadie. Soy un hombre racional y quiero preguntar, a todos los que los son, cómo pudo aquél alcanzar con sólo el poder humano tales alturas inescalables, y cómo bajó de ellas.

Se quedó mirando entonces al sacerdote con un aire de reto y, al cabo de un corto silencio, dijo bruscamente:

—Los sesos de mi hermano quedaron desparramados por los suelos, pero su cuerpo no sufrió graves daños, y en su bolsillo encontramos uno de aquellos mensajes que le prevenía, con fecha del día anterior, y que llevaba el sello con el mencionado puñal alado.

«Estoy seguro —prosiguió con gravedad— de que el símbolo alado no es algo meramente arbitrario o accidental; no hay nada en ese hombre aborrecible que sea casual. Todo en él tiene una intención; aunque hay que reconocer que es una de las intenciones más oscuras e intrincadas que se pueda concebir. Su mente se rige no sólo por planes complicadísimos, sino por toda suerte de lenguas secretas, signos y mudas señales, y por imágenes sin nombre que representan cosas que no pueden nombrarse. Se trata de la peor clase de hombres que el mundo conoce; es el místico malvado. No pretendo saber de momento todo lo que entraña semejante símbolo; pero parece indudable que algo tiene que ver con los aspectos más notables e increíbles de los movimientos de ese hombre desde que ha acechado a mi familia. ¡Dígame si no hay conexión entre la idea de un puñal alado y la misteriosa manera como Philip fue asesinado en su propio jardín sin que la más leve huella indicase su paso por encima del polvo o hierba! ¡Y dígame si no hay conexión entre un puñal con plumas,

volando como una saeta emplumada, y aquella figura suspendida en la más alta de las chimeneas, que llevaba una capa con alas!

—Luego, ¿cree usted —dijo el padre Brown, pensativo— que está continuamente en estado de levitación?

—Simón Mago —contestó Aylmer— lo alcanzó, y una de las predicaciones más extendidas respecto a los oscuros tiempos venideros es que el anticristo podrá volar. Como quiera que sea, apareció el signo de la daga sobre la carta. Si podía volar o no, lo ignoramos, aunque sabemos que por lo menos podía herir.

Su rostro imperturbable rompió a reír.

—Usted mismo lo verá —dijo Aylmer molesto—, pues precisamente acabo de recibir uno esta mañana.

Ahora estaba echado hacia atrás en su silla, con sus largas piernas extendidas ante sí asomando de la bata, un poco demasiado corta para su talla, dejando descansar un barbudo mentón sobre el pecho. Sin perder esta actitud, introdujo una mano en el bolsillo de la bata y sacó un pedacito de papel, que tendió con brazo rígido al sacerdote. Toda su actitud mostraba una especie de parálisis, rigidez y colapso.

Pero la observación formulada por el sacerdote tuvo el poder sorprendente de despertarle.

El padre Brown estaba mirando con su peculiar manera el papel que le había entregado. Era un papel grueso, pero no vulgar, del que acostumbran a emplear los artistas para hacer bocetos; en él aparecía, dibujada con habilidad, con tinta, una daga provista de alas, como el caduceo de Hermes, con la leyenda: «La muerte te llegará mañana, al igual que a tus hermanos».

El padre Brown tiró el papel al suelo y se irguió en su asiento mientras decía:

—No debe usted consentir que esas necedades le reduzcan a la impotencia —formuló con decisión—; esos diablos intentan siempre reducirnos a la impotencia arrebatándonos incluso la esperanza.

Con gran sorpresa suya, las palabras pronunciadas parecieron operar una fuerte reacción en la postrada figura de su interlocutor, que se levantó de la silla como si acabase de despertar de un letargo.

—¡Tiene usted razón, tiene usted razón! —exclamó Aylmer con vivacidad un poco insegura—. Ya se darán cuenta, al final, de que no estoy tan indefenso ni tan desesperado. Es posible que tenga mis razones para abrir el espíritu a la espera y mejor ayuda de la que usted mismo puede suponer.

Permanecía de pie ante el sacerdote, frunciendo el entrecejo y con las manos en los bolsillos. El padre Brown tuvo unos momentos de duda, creyendo que la amenaza de aquel constante peligro podía haber trastornado el cerebro del hombre. Pero cuando se dispuso a hablar lo hizo de forma muy reposada.

—Creo que mis desgraciados hermanos sucumbieron porque usaron un arma completamente inútil. Philip llevaba un revólver, y por eso dijeron que su muerte había sido un suicidio. Stephen se rodeó de policías, pero, al ver que resultaba un tanto ridículo, no dejó que un policía lo acompañase por la escalera de mano hasta una pequeña plataforma donde sólo debía permanecer unos segundos. Ambos eran unos irreverentes, reaccionando con escepticismo frente al extraño fervor místico de mi padre en sus últimos tiempos. Yo, en cambio, siempre creí que había en mi padre más de lo que ellos podían comprender. Es verdad que por sus estudios sobre la magia acabó creyendo en la magia negra: la magia negra de ese sinvergüenza de Strake. Pero mis hermanos se equivocaron en el antídoto. El antídoto de la magia negra no es el soez materialismo y la sabiduría mundana. El antídoto de la magia negra es la magia blanca.

—Todo depende de lo que usted entienda por magia blanca —dijo el padre Brown.

—Me refiero a la magia de plata —dijo el otro en voz baja y misteriosa, como si revelara un secreto—. ¿Sabe usted lo que quiero decir cuando habló de magia de plata? Perdóneme un instante.

Se volvió, abrió la puerta vidriera y desapareció por un pasillo. La casa tenía menos profundidad de la que Brown había supuesto; en lugar de abrirse aquella puerta en habitaciones interiores, desembocaba en un pasillo que, por lo que el sacerdote pudo ver, terminaba en otra puerta que se abría al jardín. La puerta de una de las habitaciones daba a dicho pasillo; y el clérigo pensó que era la del dueño, ya que había salido precipitadamente de ella con la bata puesta. No había en aquel lienzo de pared nada más que un insignificante paragüero, con su acostumbrado cúmulo de sombreros viejos y sobretodos; pero al otro lado había algo más interesante: un aparador de caoba oscura, con algunos objetos de plata, sobre el que colgaba un trofeo lleno de armas antiguas. Arnold Aylmer se paró ante ella, levantó los ojos, escogió una pistola larga y vieja, con el cañón en forma de campana.

La puerta que daba al jardín estaba entreabierta y por la rendija entraba un haz de luz blanquísima. El sacerdote poseía un instinto muy agudo para los fenómenos naturales y algo en la inusitada luz le dijo lo que había sucedido fuera. No era más que lo que había profetizado al acercarse a la casa. Pasó rápidamente ante su sorprendido compañero y abrió la puerta para encontrarse con algo que era una llamarada y una fría extensión. Lo que había visto brillar a través de la rendija no era sólo la blancura negativa de la luz solar, sino la más positiva blancura de la nieve. Todo el paisaje se hallaba cubierto por aquel pálido brillo, tan atrevido e inocente a la vez.

—Por lo menos, aquí tenemos magia blanca —dijo el padre Borran alegremente, y al volverse hacia el salón murmuró—: y también magia de plata, supongo —pues el haz de luz que entraba por la puerta dio sobre los objetos de plata, encendiéndolos con singular esplendor e iluminando algunas partes de las enmohecidas armas. La cabeza desaliñada de Aylmer pareció rodearse de un halo de fuego plateado mientras se volvía, con su rostro recatado en la sombra y la ridícula pistola en su mano.

—¿Sabe por qué he escogido esta anticuada pistola? Porque puedo cargarla con este tipo de bala.

Cogió una cucharita de las que tienen en el mango un Apóstol repujado y con destreza quitó la figura.

—Vamos a la otra habitación —dijo—. ¿No ha oído usted hablar nunca de la muerte de Dundee? —preguntó cuando habían vuelto a sentarse. Se hallaba ya repuesto del agobio que le había producido la inquietud del sacerdote—. Graham de Claverhouse, ¿sabe?, el que persiguió a los firmantes del pacto escocés de la reforma religiosa y que tenía un caballo negro que podía subir por encima de un precipicio; ¿no sabe usted que únicamente podía sucumbir a una bala de plata, porque se había vendido al diablo? Por lo menos sabe usted suficientes cosas del diablo como para creer en él.

—¡Oh, sí! —contestó el padre Brown—, creo en el diablo. Pero en quien no creo es en el tal Dundee. Quiero decir, en el supuesto Dundee de las leyendas de la reforma religiosa y en la maravilla de su caballo negro. John Graham era sólo un soldado profesional del siglo XVII y bastante más notable que la mayor parte de los otros. Y si combatió como dragón, era por ser del cuerpo de dragones, pero no un dragón. Ahora bien: mi experiencia me enseña que no son esta clase de espadachines fanfarrones los que se venden al diablo. Los adoradores de Lucifer que he conocido son de otra clase. No voy a citar nombres, que podrían causar un revuelo social, sino que me limitaré, por ejemplo, a un hombre del tiempo de Dundee. ¿Ha oído usted hablar de Dalrymple de Stair?

—No —contestó el otro molesto.

—A pesar de todo conocerá usted de oídas lo que hizo, y que fue mucho peor que todo lo que llegó a hacer Dundee; debe agradecer al olvido que le haya librado de la infamia. El fue el autor de la matanza de Glencoe5. Era un personaje muy culto y un abogado conocido, un hombre de Estado con vastas y profundas ideas de Gobierno, un hombre reposado, con facciones refinadamente intelectuales. Los hombres de esta clase son los que se venden al diablo.

Aylmer se levantó casi de la silla con entusiasmo para corroborar la tesis del sacerdote.

—¡Por Cristo, y cuánta razón tiene usted! —exclamó—. Un rostro refinadamente intelectual. ¡Así es el rostro de John Strake!

Se levantó y fijó la mirada en la cara del sacerdote con especial concentración.

—Si tiene la bondad de aguardar aquí unos instantes —dijo— le enseñaré algo.

Salió por la puerta vidriera, cerrándola tras de sí, y se dirigió —supuso el sacerdote— hacia el viejo aparador o a su habitación. El padre Brown permaneció sentado, mirando distraídamente la alfombra, en la que brillaba un pequeño reflejo rojo de la puerta vidriera. Una vez pareció encenderse como un rubí y volvió a apagarse como si el sol de aquel tempestuoso día hubiese pasado de una nube a otra. Nadie se movía, salvo los seres acuáticos, que flotaban de acá para allá en el recipiente verde. El padre Brown se sumió en intensas meditaciones.

No habían transcurrido aún dos minutos cuando se levantó, dirigiéndose sin hacer ruido a la estancia, donde había visto el teléfono, para llamar a su amigo el doctor Boyne.

—Le llamo para hablarle del asunto Aylmer; es una historia muy rara, pero me parece que en ella hay algo de verdadero. Si yo estuviera en su puesto, mandaría aquí a cuatro o cinco de sus hombres para que guardasen la casa, pues si sucede algo, creo que va a ser en forma de fuga.

Colgó el aparato y volvió a sentarse en el mismo lugar donde estaba; continuó observando la alfombra y vio de nuevo encenderse un brillo sanguíneo que procedía de la puerta vidriera. Algún detalle de aquella luz filtrada le hizo llevar de golpe su pensamiento hacia campos lejanos, en los confines del pensamiento, que
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