Colección dirigida por Guadalupe Arbona Abascal






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títuloColección dirigida por Guadalupe Arbona Abascal
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fecha de publicación20.07.2015
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LA MALDICIÓN DE LA CRUZ DORADA

Seis personas estaban sentadas alrededor de una mesita. Y el hecho de que estas seis personas se encontraran allí reunidas parecía casi tan fortuito y accidental como si hubiesen naufragado, cada una por su parte, cerca de una misma isla desierta. El mar, por lo menos, les rodeaba; pero, aquella vez, su pequeña isla se hallaba involucrada en otra isla, una isla grande y voladora como Laputa3. Porque la mesilla era uno de los innumerables veladores espaciados por el comedor de un enorme buque, el Moravia, que surcaba velozmente, a través de la noche, la vacía inmensidad del Atlántico. Los componentes del pequeño grupo no tenían otra afinidad entre sí que la de viajar, procedentes de América, rumbo a Inglaterra. A dos de ellos, por lo menos, se les podía considerar famosos; a uno o dos más oscuros, y a los restantes casi podríamos decir que de carácter dudoso.

El que más se destacaba era el conocido profesor Smoill, una autoridad en estudios arqueológicos referentes al antiguo imperio bizantino. Las conferencias que daba en una Universidad americana se tenían por la última palabra en la materia, aun en las cátedras más ilustres de Europa. Sus trabajos literarios estaban concebidos en términos tan amables y con tanta simpatía para Europa que su acento americano sorprendía con frecuencia a quienes le oían hablar por primera vez. No obstante, sus maneras eran muy americanas; llevaba el cabello rubio peinado hacia atrás dejando libre una espaciosa frente cuadrada, las facciones eran rectas y largas y delataban una curiosa mezcla de preocupación y de actitud de hombre que actúa con la suficiencia y presteza típicas del león que prepara, sin fijarse mucho, su siguiente salto.

En el grupo había una sola dama; y era (como con frecuencia habían repetido de ella los periodistas) una auténtica anfitriona; dicho papel, por no decir el de emperadora, siempre estaba dispuesta a representarlo en aquella o en cualquiera otra mesa. Era Lady Diana Wales, la célebre Lady, viajera incansable de los trópicos y otros países, pero en su porte, a la hora de comer, no había nada de masculino ni de áspero. Su belleza era de un gusto casi tropical: tenía una cabellera abundante, de un vivo color rojizo, su vestido era de un corte que los periodistas calificarían de atrevido; y, sin embargo, su rostro era inteligente y sus ojos tenían la apariencia brillante de los de aquellas mujeres que suelen hacer preguntas en las reuniones políticas.

Los restantes personajes parecían sombras ante su esplendorosa presencia; pero, observados más de cerca, se veía que no eran iguales. Uno de ellos era un joven que estaba apuntado en el registro del barco como Paul T. Tarrant. Se trataba de un tipo americano que, con más acierto, podríamos llamar el antitipo americano. Estoy seguro de que cada nación posee su antitipo: algo así como una excepción extrema que confirma la regla general. Los americanos respetan el trabajo, como los europeos respetan la guerra. Lo han rodeado de un halo de heroísmo y al que retroceda le consideran indigno de llamarse hombre. El antitipo es real, aunque muy raro. Es el señorito, el derrochador de fortunas, que encarna pobremente el tipo de malvado en muchas novelas americanas. Paul Tarrant parecía no tener otra cosa que hacer que cambiarse de ropa, por lo menos seis veces al día, cambiando su americana, de exquisito color gris claro, por otras de tonos más pálidos o fuertes. A diferencia de los americanos, llevaba una cuidada barba rizada; y a diferencia también de la mayor parte de los señoritos, aun de los de su propio tipo, parecía más bien retraído que farolero. Algo había casi byroniano en su silencio y postración.

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Los dos restantes viajeros quedaban, naturalmente, clasificados juntos por la sencilla razón de ser ambos conferenciantes ingleses que regresaban de una gira por América. Uno de ellos era Leonard Smith, calificado al parecer de poeta menor y en realidad periodista mayor, cabeza larga, cabello claro, perfectamente vestido y con perfecta capacidad de cuidar de sí mismo. El otro formaba con él un contraste bastante cómico, pues era bajito y ancho, con su bigote parecido al de las morsas, y tan taciturno como el otro locuaz. Sin embargo, como había sido culpado de robo y ensalzado por el salvamento de una princesa rumana amenazada por un jaguar desde la jaula donde viajaba, había adquirido cierta fama por figurar en un hecho del que se habló mucho. Dejando aparte lo dicho, se tenía la impresión de que sus ideas sobre Dios, el progreso, su propia juventud y el futuro de las relaciones angloamericanas podían tener gran interés y valor para los habitantes de Minneápolis y de Omaha. El sexto y menos señalado de los personajes del grupo era un sacerdote inglés que viajaba con el nombre de Brown. Atendía a la conversación con un interés respetuoso y se formaba en aquellos momentos la impresión de que algo curioso estaba ocurriendo en ella.

—Me parece, profesor, que sus estudios sobre Bizancio —decía Leonard Smith— prestarían alguna ayuda a la tarea de aclarar la historia de la tumba hallada en la Costa Sur; creo que cerca de Brighton, ¿no?

Aunque Brighton queda muy lejos de Bizancio, claro está. Sin embargo, algo leí sobre que el modo de estar enterrado y embalsamado el cadáver, o lo que sea, se supone que es de origen bizantino.

—En realidad los estudios bizantinos tienen que adelantar mucho —contestó el profesor secamente—. Se viene hablando mucho de especialistas, aunque por mi parte he de confesar que la especialización es la cosa más difícil del mundo. En el caso que nos ocupa, por ejemplo, ¿cómo puede un hombre conocer algo de Bizancio mientras no sepa todo lo referente a Roma, que le precede, y al Islam, que le sigue? La mayoría de las artes árabes arrancan de las bizantinas. Por ejemplo, tomen ustedes por caso el álgebra...

—No quiero saber nada del álgebra —dijo la Lady con decisión—. Jamás lo hice ni pienso hacerlo. Por el contrarío, estoy vivamente interesada en los embalsamamientos. Fui con Gatton a la apertura de las tumbas de Babilonia. Desde entonces, el tema de las momias, cuerpos embalsamados y cuanto a ellos se refiere me parece muy emocionante. Explíquenos lo que sepa de ellos, por favor.

—Gatton era un hombre interesante —contestó el profesor—. Su familia lo era también. A aquel hermano suyo que llegó al Parlamento se le podía considerar como algo más que un político corriente. No llegué a comprender el fascismo hasta que oí su discurso sobre Italia.

—De todas maneras, profesor, el objeto de este viaje no es Italia —dijo Lady Diana con insistencia— y supongo que el objeto del suyo es ir allí donde se ha descubierto esa tumba. Sussex, ¿verdad?

—Sussex es bastante grande para lo que son en general los condados ingleses —comentó el profesor—; podría uno vagar por él durante largo tiempo, y, por cierto, es un país a propósito para hacerlo. Resulta maravilloso ver lo altas que parecen sus pequeñas colinas, subido a ellas.

Se hizo un silencio absoluto, y entonces Lady Diana murmuró:

—Voy a cubierta —lo que efectivamente hizo, seguida por los demás hombres. Pero el profesor hizo ademán de quedarse y el sacerdote bajito fue el último en hacerlo, pues se entretuvo en doblar cuidadosamente su servilleta. Cuando estuvieron solos el profesor preguntó a su compañero:

—¿Qué impresión ha sacado usted del tema de que hablábamos?

—¡Ah! —dijo el padre Brown sonriendo—. Ya que usted me lo pregunta, debo confesar que hay algo en todo ello que me divierte bastante. Podré estar equivocado; pero me ha dado la impresión de que los que estaban con nosotros han intentado por tres veces hacerle hablar del cuerpo embalsamado hallado en Sussex y que usted, por su parte, ha desviado con mucha cortesía la conversación para hablar primero del álgebra, después de los fascistas y, por último, del paisaje de Downs.

—Resumiendo, pues —dijo el profesor—, usted pensó que estaba dispuesto a hablar sobre cualquier tema menos sobre ése. Pues está usted en lo cierto.

El profesor dejó de hablar y estuvo mirando al mantel; luego reanudó su charla con un impulso rápido, que sugería el salto de un león.

—Sepa usted, padre Brown —empezó diciendo—, que le considero el hombre más inteligente y honrado que he conocido.

El padre Brown era muy inglés. Y en aquel trance se sentía poseído del embarazo nacional propio de cuando se encuentra uno ante un cumplido serio y sincero espetado a la manera americana. Su contestación se redujo a un ininteligible murmullo; y el profesor continuó con la misma seguridad:

—Bajo cierto punto de vista, el caso es bien sencillo; verá usted: una tumba cristiana de la alta Edad Media, al parecer de un obispo, ha sido hallada bajo los cimientos de una pequeña iglesia en Dullham, en la costa de Sussex. El párroco de la aldea es un buen arqueólogo y habrá descubierto seguramente mucho más de lo que yo en este momento conozco. He oído decir que el cuerpo estaba embalsamado a la manera peculiar de griegos y egipcios, desconocida, no obstante, por los pueblos occidentales, en especial en aquel entonces. En consecuencia, Mr. Walters, el pastor protestante, supone influencias bizantinas; y menciona en su informe otra cosa que a mí me interesa mucho más.

Sus facciones graves y alargadas parecieron acentuar su tamaño y gravedad al mirar, frunciendo el entrecejo, al mantel. Sus largos dedos iban trazando dibujos sobre el mantel como si se tratara de planos de ciudades enterradas, con sus templos y cementerios.

—Voy a explicárselo a usted y a nadie más, pues debo poner el mayor cuidado al hablar del asunto ante gente tan heterogénea; y cuanto más interés demuestran ellos en hablar del tema, tanto mayor debe ser mi precaución. Según cuentan, en el sarcófago se ha encontrado una cadena con una cruz colgada de ella, de aspecto bastante vulgar, pero con un símbolo secreto en el dorso que sólo aparece en otra cruz. Es uno de los misterios de la Iglesia primitiva y se supone que representa a san Pedro tomando posesión de su sede en Antioquia, antes de su viaje a Roma. Sea como sea, estoy persuadido de que sólo hay otra que se parezca, y se encuentra en mi poder. He oído también decir que sobre esta cruz pesa una maldición. ¡Ah, eso no me preocupa lo más mínimo! Exista o no la supuesta maldición, lo que sí hay en realidad es una conspiración aunque no sea más que en la idea de un hombre.

—¿De un hombre? —repitió el padre Brown.

—Un loco, a mi juicio —dijo el profesor Smoill—. Es una historia larga, y probablemente algo tonta.

Volvió a hacer una pausa, sin dejar de trazar planos con su dedo sobre el mantel, y prosiguió:

—Tal vez fuera mejor contársela desde el principio, por si usted encuentra en ella algún detalle, para mí insignificante, que encierre la solución. Comenzó hace muchísimos años, cuando realicé unas investigaciones sobre las antigüedades de Creta e islas griegas. Hice muchas cosas por mi propia mano, ayudado a veces por naturales del país, y, en otras ocasiones, completamente solo. En las antedichas circunstancias, descubrí un día un conjunto de pasillos subterráneos convergente en un montón de riquísimos escombros: objetos rotos y piedras preciosas esparcidas por allí, que tuve por los restos de un altar, y entre los cuales hallé la extraña cruz de oro. La miré por el reverso y vi el «Ichthus» o pez, uno de los símbolos más antiguos del cristianismo, aunque de una forma y trazado distintos de los que se dan comúnmente: me pareció más realista en su detalle que lo común, como si el arcaico dibujante hubiese pretendido darle más la apariencia de un pez real que la forma o nimbo convencionales. Me pareció observar, también, un aplastamiento hacia uno de sus extremos, que no era una mera decoración geométrica, sino una especie de rueda o incluso una salvaje representación zoológica.

»Para explicarle en pocas palabras la razón por la que creí haber hecho un hallazgo importante, debo decirle el objeto de mis excavaciones. En algunos aspectos parecían ser excavaciones de otras excavaciones. No buscábamos sólo las antigüedades, sino las huellas de los anticuarios de la antigüedad. Teníamos ciertas razones para presumir, o mejor dicho, creíamos tener razones para asegurar que esos subterráneos, pertenecientes en su mayor parte al período minoico, como el tan famoso subterráneo identificado en el laberinto de Minotauro, no habían sido ignorados ni inexplorados desde la época del Minotauro hasta hoy. Teníamos razones para creer que esos subterráneos, me atrevería a decir, esas ciudades y pueblos subterráneos, habían sido pisados por algunas personas existentes en algunos de los años intermedios. Acerca de los motivos, había diversas opiniones: algunos sostenían que los emperadores habían ordenado exploraciones de carácter oficial por mera curiosidad científica; otros, que el desenfrenado apasionamiento de finales del Imperio Romano por todas las clases de lujuriosas supersticiones asiáticas había dado origen a alguna innominada secta maniquea o de otra clase, que vivía en las cavernas en orgías tales que debían mantenerse alejadas de la faz del sol. Yo pertenecía a otro grupo que se inclinaba por la opinión de que tales cavernas habían sido utilizadas con fines análogos a los de las catacumbas. En resumen, sosteníamos que durante algunas de las persecuciones, que se habían propagado como la pólvora por todos los ámbitos del Imperio, los cristianos se habrían refugiado en aquellos antiguos y paganos laberintos de piedra y me llenó de un entusiasmo sin límites descubrir y recoger la cruz dorada y apreciar el dibujo que mostraba. Y con mayor arrebato de felicidad, al volverme para salir de la cueva, vi dibujada en una de las paredes desnudas, que se multiplicaban hasta lo infinito por los achatados pasillos, en un diseño rudo, pero inconfundible, la forma de un pez.

-Algo de su diseño hacía pensar en un pez u otro organismo rudimentario fijado para siempre en un mar de hielo. No podía analizar aquel parecido, sin conexión alguna, por otra parte, con un simple dibujo trazado sobre la piedra, hasta que me di cuenta de que iba repitiéndome en mi subconsciente que los primeros cristianos debían parecerse mucho a los peces, mudos habitantes de un mundo caído en tinieblas y silencio, relegado muy por debajo de los pies de los hombres y moviéndose en la oscuridad y las sombras de un mundo sin ruidos.

«Todo el que haya caminado por pasillos de piedra experimenta la sensación de que le siguen pasos de fantasmas. El eco precede algunas veces y sigue otras, de forma que para el que está solo llega a hacerse imposible creer en su soledad. Me había acostumbrado ya a los efectos producidos por el eco y no me perturbaban lo más mínimo hasta el momento que vi el dibujo simbólico sobre la pared de piedra. Me paré y al mismo tiempo pareció que lo hacía mi corazón. Pues sabía que mis pies estaban parados y, por el contrario, el eco persistía.

-Empecé a correr y me pareció que los pasos invisibles corrían también, aunque no con aquella precisión absoluta que entraña la reproducción idéntica del sonido. Me detuve y los pasos hicieron lo propio; con todo, podría haber jurado que lo habían hecho con algún retraso; di un grito y obtuve idéntica respuesta, pero no de mi voz.

-Procedía del recodo de una roca situada ante mí y, en mi desenfrenada carrera, comprobé que se encontraba siempre a una distancia constante y a esta distancia se paraba y reposaba. El reducido ámbito que iluminaba mi linterna de bolsillo estaba siempre vacío, como una habitación sin nadie. En estas condiciones sostuve una conversación que duró hasta la boca del corredor, con un sujeto desconocido de quien al llegar a la abertura no pude percibir la más mínima huella. La boca del laberinto estaba tapada por muchas piedras y escombros, y, no obstante, le habría sido difícil volver hacia atrás y esconderse en el mundo subterráneo de las cavernas. Sólo sé con certeza que salí sin mi interlocutor a los escalones de una gran montaña semejante a una terraza de mármol, a cuya monotonía prestaba un poco de variedad la vegetación verde, de aspecto algo más tropical que la fría desnudez de la roca, como aquella invasión oriental que se ha extendido esporádicamente por encima de las ruinas de la clásica Hélade. Pude ver un mar de límpido azul, un sol que brillaba firmemente sobre la completa soledad y silencio, sin que una brizna de hierba se agitase con el revuelo de la huida ni la sombra de un hombre.

Había sido una conversación terrible, por lo íntima, individual y, en cierta manera, tan casual. Aquel ser sin cuerpo, rostro, ni nombre, que se dirigía a mí llamándome por el mío propio, me había hablado en la cripta y ruinas donde estábamos enterrados vivos, sin poner en su conversación más entusiasmo ni melodrama que si hubiera tenido lugar estando sentados en dos sillones de un café. Pero me dijo que irremisiblemente habría de matarme a mí o a aquel que poseyera la cruz con el símbolo del pez. Me confió con toda franqueza que no estaba lo bastante loco para atacarme en aquel laberinto, sabiendo que llevaba un revólver cargado y que él corría el mismo riesgo que yo. Sin embargo, me hizo saber, con la misma naturalidad, que planearía mi asesinato con todas las posibilidades de éxito, habiendo previsto hasta el más mínimo detalle y alejado el menor riesgo, con esa artística perfección que un miniaturista chino o un bordador indio presta a su trabajo artístico que dura toda su vida. A pesar de todo, no era oriental; estoy seguro que es un hombre blanco y sospecho que incluso paisano mío.

«Desde entonces, he ido recibiendo señales y curiosas notas anónimas que me han acabado de convencer de que si aquel hombre no es maníaco, es por lo menos un monomaniaco. Me comunica, de esa manera tan desenfadada, que los preparativos para mi muerte y entierro están llevándose a cabo satisfactoriamente; y que de la única manera que yo puedo impedir que terminen con éxito es dándole las reliquias que poseo, la cruz que hallé en la cueva. Me parece que está desprovisto de todo sentimiento religioso o fanático sobre la cruz en cuestión; parece dominarle la sola pasión de coleccionar curiosidades. Ésta es una de las razones que corrobora mi idea de que es un occidental y no un oriental. Pero esta cruz parece haberlo enloquecido por completo.

Por fin ha llegado hasta mí este informe, aún sin comprobar, sobre la existencia de un doble de la reliquia, descubierto junto a un cadáver embalsamado de una tumba en Sussex. Si se había mostrado interesado antes, esta noticia debió de convertirlo en un poseso de los siete diablos. Que hubiera una cruz y perteneciera a otro hombre era ya bastante malo, pero que hubiera dos y ninguna fuera suya llegó a ser para él una tortura insoportable. Sus malvadas esquelas empezaron a caer con rapidez y multitud como un aguacero de saetas improvisadas, y cada una de ellas anunciaba, en tono apremiante, que la muerte me alcanzaría en el preciso instante en que alargara mi indigna mano hacia la cruz que estaba en la tumba.

«—Nunca me conocerá usted —escribía el sujeto—, nunca pronunciará mi nombre; no verá mi rostro; morirá y no sabrá quién lo ha matado. Puedo estar en la forma de cualquiera de los que le rodean, en la que menos sospecha.

»Por tales amenazas, deduzco que es muy probable que vaya siguiendo mi sombra en este viaje e intente robar la reliquia o hacerme algún daño. Nunca he visto a ese hombre; puede ser uno de los que he saludado de un tiempo a esta parte. Razonando lógicamente, puede ser alguno de los camareros que sirven nuestra mesa. O puede ser alguno de los pasajeros que comen con nosotros...

—Puede ser yo —interrumpió el padre Brown, alegremente, olvidando la corrección gramatical.

—U otra persona cualquiera —repuso Smoill, con seriedad—. Eso es lo que yo quería decirle ahora mismo. Pero usted es el único hombre de quien no sospecho.

El padre Brown se quedó algo turbado y, sin embargo, reponiéndose, dijo con una sonrisa:

—Pues aunque parezca raro, no lo soy. Lo que hemos de estudiar es la manera de echarle la mano, si realmente está aquí, antes de que... Bueno, antes de que se haga desagradable.

—Yo creo que nos queda una posibilidad de dar con él —observó el profesor, con cierta sequedad—. Cuando lleguemos a Southampton, tomaré un coche y, costeando, me dirigiré enseguida al lugar; me gustaría mucho que me acompañara. Seguro que el pequeño grupo con quien nos reunimos se dispersará al tocar tierra. Si volvemos a encontrar a alguno de ellos en el pequeño patio de la iglesia de Sussex, sabremos que él es mi enemigo.

El programa trazado por el profesor se llevó a cabo con una puntual escrupulosidad, por lo menos hasta el momento de llegar el coche y su ocupante extra en la forma de padre Brown. Siguieron la carretera que bordeaba la costa, teniendo a un lado el mar y al otro las montañas de Hampshire y Sussex, sin que sus ojos pudieran ver sombra alguna perseguidora. Al aproximarse al pueblecito de Dulham, cruzó su camino un hombre que habría podido tener conexión con el asunto; se trataba de un periodista que acababa de visitar la iglesia, atendido cortésmente por el pastor en los lugares recién explorados; pero sus observaciones y juicios parecieron los de un periodista vulgar. De todas maneras, el profesor Smoill, quizás un poco preocupado, no podía apartar la idea de que este sujeto tenía el aspecto un poco extraño y descorazonador; era alto y desgarbado, de nariz aguileña, ojos hundidos y unos bigotes que caían con languidez; parecía estar animado tan sólo por la emoción de lo que acababa de ver; parecía huir de allí con mucha rapidez cuando ellos le pararon para preguntarle.

—Se funda todo sobre una maldición —dijo—, una maldición que pesa sobre el lugar, según el libro guía o el pastor o el habitante más viejo de la aldea o no sé qué autoridad; y, verdaderamente, parece que sea así. Maldición o no maldición, estoy contento de encontrarme fuera.

—¿Cree usted en las maldiciones? —preguntó con curiosidad Smoill.

—No creo en nada; soy periodista —contestó el melancólico sujeto—. Soy Boon, del Daily World. Pero en esa cripta hay algo que hace sentir hormigueo; y yo nunca negaré que sentí un escalofrío —y diciendo esto se dirigió a grandes pasos hacia la estación.

—Este individuo tiene el aspecto de un cuervo o una corneja —observó Smoill, volviéndose en dirección al cementerio parroquial—. ¿Qué se dice de un pajarraco de mal agüero?

Entraron despacio en el patio de la iglesia; los ojos del arqueólogo americano se entretuvieron gozosamente observando el atrio desierto de la puerta de Lícnide y la negra y fantasmagórica altura del techo, que parecía la noche retando al día. El camino se iba empinando por entre montones de hierba, en los cuales había losas sepulcrales esparcidas de cualquier manera que parecían balsas de piedra echadas sobre un mar verde, hasta el límite del verdadero e inmenso mar gris que corría como una barra de hierro con pálidos reflejos semejantes a los del acero. Casi a sus pies, la mullida alfombra de hierba se convertía en una de acero marino que terminaba en la arena gris y amarillenta; y dibujada exactamente contra el acerado mar, a unos dos o tres pasos del acebo, había una figura inmóvil. De no ser por su atavío gris oscuro, se habría podido tomar por una estatua sepulcral, pero el padre Brown vio enseguida algo conocido en la elegante comba de los hombros y en el pronunciado saliente de la barba corta.

—¡Cielos! —exclamó el profesor de arqueología—. Pero si es aquel hombre, Tarrant, si es que se le puede llamar hombre. ¿Creyó usted, cuando hablaba en el barco, que mi sospecha iba a ser confirmada tan pronto?

—Yo pensé entonces que podía usted hallar demasiadas respuestas —contestó el padre Brown.

—¿Por qué? ¿Qué pretende usted insinuar? —preguntó el profesor echándole una mirada por encima del nombro.

—Quiero decir —contestó el otro, con calma—, que me pareció haber oído voces detrás de aquel eco. Me parece que el señor Tarrant no está tan solo como su posición sugiere; me atrevería incluso a afirmar que no está en realidad tan solitario como él mismo quería aparecer.

Al volverse Tarrant despacio y con su pose afectada, la exactitud de los supuestos del padre Brown se confirmó. Otra voz, dura y chillona, pero inconfundiblemente femenina, estaba diciendo con socarronería:

—¿Y cómo iba yo a saber que estaría él aquí? Al profesor Smoill no le cupo la menor duda de que esta alegre observación no se refería a su persona; así es que se vio obligado a aceptar por fuerza, con algún embarazo, que había aún allí otra persona. Al salir Lady Diana Welles, radiante y decidida, advirtió con enfado que iba seguida de su sombra viviente. La silueta fina y vivaracha de Leonard Smith, aquel insinuante hombre de letras, apareció al poco de haberlo hecho la otra rutilante figura, sonriendo, con la cabeza inclinada a un lado, como un perro.

—¡Caramba! —refunfuñó Smoill—. ¡Pero si están todos aquí! o casi todos; falta sólo aquel hombrecito cómico de bigotes morunos.

El profesor oyó al padre Brown reír por lo bajo a su lado; y, verdaderamente, su situación iba haciéndose algo más cómoda. Parecía capaz de enloquecer a cualquiera y convertirse, en sus propias narices, en una jugarreta de teatro; pues a medida que iba emitiendo el profesor sus juicios, parecía que alguien replicaba a sus palabras con la más cómica contrariedad. La cabeza redonda, con la grotesca media luna negra por bigote, había asomado, súbita e inesperadamente, de una fosa. Momentos después se convencieron de que la fosa era grande y que conducía por una escalera hasta las entrañas de la tierra: era, en realidad, la entrada de lo que deseaban visitar. El hombrecito fue el primero en dar con la entrada y empezaba a bajar uno o dos de los peldaños cuando sacó la cabeza para llamar a su compañero. Parecía un sepulcro cómico de una parodia de Hamlet. Dijo, un poco por lo bajo, detrás de sus espesos bigotes: «Está ahí». Todo el grupo tuvo, de pronto, la impresión de que, aunque se habían sentado con él a la misma mesa, no habían oído nunca su voz, y, aunque suponían que era un conferenciante inglés, hablaba con un misterioso acento extranjero.

—Verá usted, querido profesor —gritó Lady Diana con un arrebato de alegría—. No estábamos dispuestos a perdernos su momia bizantina. No podía vivir sin verla; y estoy segura de que a estos señores les sucedió igual. Ahora nos tiene que explicar todo lo que sepa.

—Pues no es mucho —dijo el profesor con gravedad, por no decir con sequedad—. En algunos puntos no sé todavía de qué se trata, en absoluto. En realidad, me parece muy extraño que nos hayamos vuelto a reunir tan pronto; pero parece que el afán de instruirse de hoy día no tiene límites. Ahora bien, si hemos de visitar el lugar todos a un tiempo, propongo que lo hagamos de una manera responsable, y, si me lo permiten ustedes, bajo alguien de responsabilidad. Hemos de notificarlo a quien está encargado de las excavaciones; probablemente entonces deberemos, por lo menos, firmar en el libro de registro.

Algo parecido a un altercado sin palabras tuvo lugar entre la impaciencia de la Lady y las sospechas del arqueólogo; pero la insistencia de este último en defensa de los derechos del párroco y de la Policía local acabaron por vencer. El hombrecillo de los bigotes salió con desgana de la tumba y se conformó con descender menos impetuosamente. Gracias a Dios, el propio sacerdote apareció en escena, un señor de aspecto agraciado y cabello gris, con la cabeza ligeramente inclinada, ademán que parecía acentuar sus lentes de doble cristal; y, mientras establecía una cordial relación con el profesor, por ser aficionado a las antigüedades al igual que él, parecía no conceder a los demás del heterogéneo grupo ningún sentimiento más hostil que el de divertirse con ellos.

—Espeto que ninguno de ustedes sea supersticioso —dijo, riendo—. Creo que tengo que decirles, para empezar, que se supone que hay toda clase de agüeros y maldiciones suspendidos sobre nuestras cabezas, por querer investigar sobre el asunto. Recientemente he descifrado una inscripción latina, hallada a la entrada de la capilla, y parece que, por lo menos, hay tres maldiciones: una, por entrar en la cámara sellada; otra, por abrir el sarcófago; y otra, y más terrible, por tocar la reliquia dorada que se descubrió dentro. Me he hecho acreedor a las dos primeras maldiciones —añadió sonriendo—, y me temo que ustedes incurran en lo mismo, si pretenden ver algo. Según la historia, tales maldiciones actúan con lentitud, en largos períodos de tiempo y en ocasiones muy distantes. No sé si esto resultará un consuelo para ustedes. —Y el reverendo Mr. Walters sonrió de nuevo a su manera benévola y sin entusiasmo.

—Historia —respondió el profesor Smoill—. ¿Y qué historia es ésa?

—Es una historia bastante larga, con sus variantes, como la mayor parte de las leyendas locales —contestó el pastor—. Pero es sin duda alguna coetánea de la tumba; y su sentido se resume en la inscripción que más o menos viene a ser así: Guy Gisors, señor del castillo y tierra de Dulham a principios del siglo XIII, se había encaprichado de un magnífico corcel negro, propiedad de un legado de Génova. Dicho legado no quería vender el caballo sino por un elevadísimo precio. Guy, impelido por el afán de lucro, llegó hasta el crimen de saquear el recinto sagrado y, según otras versiones, hasta asesinar al obispo, residente entonces en su territorio. Fuera como fuera, el obispo pudo proferir una maldición que pesa sobre el que, arrancándola de su lugar en la tumba, posea la cruz de oro, o sobre el que, vuelta la cruz a su lugar, hiciera lo posible por arrancarla. El señor feudal obtuvo el dinero para adquirir el caballo vendiendo la reliquia de oro a un platero del lugar, pero el primer día que lo montó el animal se encabritó, lo arrojó ante el portal de la iglesia y lo desnucó. El platero, que hasta entonces había sido rico y tenía un negocio próspero, se arruinó por una serie de acontecimientos inexplicables y cayó en poder de un prestamista judío habitante del castillo. El infortunado platero, cuya única perspectiva era la de morir de hambre, se colgó de un manzano. La cruz dorada, con sus restantes bienes, su casa, tienda y herramientas, hacía tiempo que habían pasado al prestamista. El hijo y heredero del señor feudal, sorprendido por la maldición de que se había hecho acreedor su blasfemo antepasado, se convirtió en una persona devota y, encerrado en el austero y rígido espíritu de su época, se creyó en el deber de perseguir toda herejía e incredulidad entre sus vasallos. De esta manera, el judío, que hasta entonces había sido cínicamente tolerado por su padre, fue despiadadamente quemado por orden del hijo; con lo que, tocándole a él sufrir las consecuencias de la posesión de la cruz y conocedor de los ejemplos citados, la devolvió a la tumba del obispo. Desde aquella ocasión, ningún ojo la ha visto y ninguna mano de hombre la ha tocado.

Lady Diana Wales se emocionó mucho más de lo que se podía haber esperado.

—Me da escalofríos pensar que vamos a ser los primeros en pisar el lugar después del párroco.

El explorador de grandes dotes, y de mal acento inglés, no descendió al fin por su escalera favorita, que sólo habían usado algunos de los trabajadores durante la excavación, pues el sacerdote les condujo a una entrada mayor y más apropiada, a unos cien metros de allí, de la que acababa de salir después de hacer unas investigaciones subterráneas. El descenso a la misma se efectuaba por una pendiente bastante suave, sin otro inconveniente que la oscuridad, que aumentaba a cada paso; pronto anduvieron en fila india por un túnel negro como un pozo y tuvieron que esperar algunos instantes para ver una luz ante ellos. En una ocasión, durante su silenciosa marcha, se dejó oír un ruido como el de alguien que contiene la respiración pero era imposible decir quién fue; más tarde se oyó un juramento como una sombría explosión, proferido en lengua desconocida.

Llegaron a una cámara circular, semejante a una basílica, limitada por arcos de herradura; la capilla había sido construida antes de que la primera arcada ojival del gótico perforara nuestra civilización como una lanza. Un destello verdoso entre dos columnas señalaba el lugar del otro camino que llevaba al mundo. Daba la impresión de que se hallaba uno en el fondo del mar, sensación corroborada por una o dos semblanzas accidentales o posiblemente imaginadas, pues el dibujo normando de los colmillos de perro reseguía levemente el contorno de los arcos, sugiriendo las bocas de monstruosos tiburones. En el centro, la oscura masa de la tumba, con su tapa de piedra levantada, podía haberse tomado por las fauces de alguno de aquellos leviatanes.

No sé si por creerlo más adecuado o por falta de material moderno, el clérigo arqueólogo había dispuesto la iluminación de la capilla con cuatro grandes velas, dispuestas en candelabros de madera, sobre el suelo. Una de éstas ardía cuando entraron, esparciendo una tenue luz sobre los impresionantes motivos arquitectónicos. Cuando todos se reunieron, el clérigo encendió las tres velas restantes y el aspecto e interior del gran sarcófago se hizo más visible.

Todas las miradas se dirigieron primero al rostro del muerto, conservado con la expresión de un viviente, durante todos esos siglos, por algún procedimiento secreto traído de Oriente, heredado de la antigüedad pagana y desconocido en los sencillos cementerios de nuestra isla. El profesor apenas pudo sofocar una exclamación de sorpresa; pues, aunque la cara era pálida como una máscara de cera, parecía la de un hombre durmiendo que acabase de cerrar los ojos. La cara era de tipo ascético, con los huesos salientes; iba vestido con una capa pluvial de oro y llevaba magníficos atavíos; en la base del cuello, en el extremo de una corta cadena dorada, estaba la famosa cruz de oro. El sarcófago había sido abierto retirando la tapa por la parte de la cabeza y manteniéndola en alto por medio de dos gruesas vigas de madera ancladas sobre las esquinas del sarcófago. Por lo tanto, la parte de los pies era poco visible, pero la luz de la vela daba de lleno sobre el rostro y, en contraste con su color marfileño, la cruz de oro parecía brillar como el fuego.

Desde que el profesor Smoill había oído la historia de la maldición contada por el pastor, su rostro estaba surcado por una arruga pensativa o posiblemente de preocupación. Pero la intuición femenina, no desprovista de algunos toques de histeria, supo comprender el significado de su cavilosidad mejor que ninguno de los hombres que le rodeaban. El silencio de aquella cueva iluminada por velas, fue turbado por un grito que lanzó Lady Diana:

—¡No lo toque, hágame caso!

El hombre, sin embargo, ya había iniciado uno de sus movimientos felinos hacia el cuerpo. Al momento, los demás comenzaron a echarse unos hacia delante y otros hacia atrás, pero todos con el mismo sentimiento de horror, como si el cielo se desplomara.

Cuando el profesor puso su mano en la cruz de oro, los soportes de madera, que cedían un poco bajo la presión de la losa de piedra, parecieron saltar y enderezarse. El reborde de la piedra se escurrió de los soportes y todas las almas y estómagos de los circundantes se sintieron llenos de una sensación desoladora, como si sobreviniera una catástrofe, como si todos hubieran sido lanzados al vacío. Smoill había retirado con rapidez su cabeza, pero no a tiempo, y yacía desmayado junto al sarcófago, en medio de una mancha de sangre roja que manaba de su cráneo o de la envoltura del mismo. Y la vieja tumba de madera estaba cerrada como lo había estado por espacio de siglos; sólo que ahora dos o tres astillas sobresalían de la tapa, sugiriendo la horrible imagen de unos huesos triturados por un ogro. El leviatán había cerrado sus fauces de piedra.

Lady Diana seguía contemplando con ojos animados por un brillo eléctrico, como los de un lunático; su cabello rojizo parecía escarlata, en contraste con la palidez de su cara, verdosa a la media luz. Smith continuaba mirándola con un no sé qué de canino en la postura de su cabeza, aire que era ahora el de un perro que contempla la desgracia de su amo y que sólo puede participar parcialmente en ella. Tarrant y el extranjero se habían mantenido en sus malhumoradas y consabidas actitudes, pero sus rostros estaban blancos como la cal. El párroco parecía haberse desvanecido y el padre Brown se arrodillaba al lado del profesor, intentando hacerse cargo de su estado.

Ante la expectación general el byroniano haragán, Paul Tarrant, se adelantó para ayudarlo.

—Sería mejor subirle al aire libre —dijo—. Me parece que le queda una remota posibilidad de salvarse.

—No está muerto —dijo el padre Brown en voz baja—, pero me parece que es grave. ¿Por casualidad es usted médico?

—No, pero he tenido que aprender muchas cosas en el transcurso de mi vida —contestó el otro—. Sin embargo, no se preocupe por mí ahora. Estoy seguro de que mi verdadera profesión le sorprendería.

—No lo creo —replicó el padre Brown, con una leve sonrisa—. Me lo imaginé hacia la mitad del viaje: usted es un detective que vigila a alguien. Pero la cruz está ahora fuera del alcance de los ladrones.

Mientras hablaban, Tarrant recogió con energía y destreza el cuerpo frágil del caído y se lo llevó hacia la salida. Por encima del hombro, contestó:

—Sí. Realmente, la cruz está a salvo.

—¿Quiere usted decir que nadie más lo está? —dijo el padre Brown—. ¿Piensa también en la maldición?

El padre Brown estuvo sumido, durante las dos horas siguientes, en una perplejidad enojosa, producida por algo ajeno al trágico accidente. Ayudó a transportar a la víctima hasta el pequeño mesón que había frente a la iglesia, cambió impresiones con el médico, que calificó la herida de grave y peligrosa, aunque no fatalmente irremediable, y llevó la noticia al pequeño grupo de viajeros que se congregaron alrededor de la mesa en el salón de la fonda. Por donde iba, llevaba consigo la sombra de preocupación, que parecía oscurecerse más cuanto más profundamente pensaba. El misterio central se le hacía cada vez más y más misterioso, a medida que los misterios que le envolvían se iban aclarando en su mente. Es verdad que conocía perfectamente ahora la personalidad de los componentes del variado grupo. Leonard Smith había venido detrás de Lady Diana, y ella había venido porque se le había antojado así. Entre ellos existía uno de esos indefinidos flirteos, de sociedad, que son tanto más absurdos cuanto más quieren que parezcan intelectuales.

El romanticismo de la señora tenía algunas pinceladas de superstición, y ahora se hallaba muy postrada por el terrible final de la aventura. Paul Tarrant era un detective privado que con seguridad seguía la marcha del flirteo a petición de alguna esposa o marido, o tal vez venía siguiendo al conferenciante extranjero de los bigotes, que aparentaba ser un sujeto indeseable. Pero si él o cualquier otro intentaba robar las reliquias, el intento se había frustrado. Y lo que lo había impedido era, al parecer, o una coincidencia increíble o la obra de la antigua maldición.

Mientras se hallaba en mitad de la calle, pensativo, como era costumbre en él, y se encontraba a mitad del camino de la fonda a la iglesia, le sorprendió ver que avanzaba a su encuentro una silueta que había conocido recientemente, pero que, desde luego, no esperaba encontrar inesperadamente. Era el señor Boon, el periodista, que a la luz del sol parecía muy desaliñado, ya que en la claridad se veía su estropajoso vestido, con apariencia de espantapájaros. Sus ojos oscuros y hundidos, muy cercanos a su alargada nariz, miraban fijos al sacerdote. Éste dirigió hacia él por dos veces la mirada antes de darse cuenta de que su poblado y oscuro bigote escondía una sonrisa.

—Creí que se marchaba —dijo el padre Brown con un poco de rudeza—; pensé que se había marchado usted en el tren que salió de aquí hace dos horas.

—Pues ya ve que no fue así —contestó Boon.

—¿Y por qué ha vuelto usted? —preguntó el sacerdote, casi con severidad.

—Éste no es un pequeño paraíso rural que un periodista pueda dejar de cualquier manera —contestó el otro—. Las cosas suceden aquí con demasiada rapidez como para que apetezca volver a un lugar tan monótono como Londres. Además, usted no puede impedirme que me mezcle en este segundo asunto. Fui yo el que encontró el cuerpo, o por lo menos las ropas. Mi conducta se hace un poco sospechosa, ¿verdad? Usted puede haber creído que yo quise vestirme con sus ropas. ¡Qué párroco tan gracioso hubiera sido! ¿No?

Y el delgado charlatán de nariz larga se puso de pronto a hacer un gesto cómico, en medio de la plaza, extendiendo sus brazos y abriendo sus manos enguantadas de negro con ademán de hacer una bendición burlesca, diciendo:

—¡Oh, queridos hermanos y hermanas, estoy dispuesto a abrazaros a todos...!

—¿De qué está usted hablando? —dijo el padre Brown, golpeando ligeramente el adoquinado con su panzudo paraguas, pues sentía menos paciencia que de costumbre.

—¡Oh! Ya sabrá usted a qué me refiero si se lo pregunta a los demás componentes de su grupo —contestó Boon desdeñosamente—. Ese Tarrant parece sospechar de mí por haber sido yo quien encontró las ropas; aunque faltó un minuto para que las encontrara él...

Pero hay muchos misterios en este asunto. El hombrecito de los bigotes puede ser algo más de lo que aparenta. Y, por otra parte, no sé por qué no podía haber sido usted el que mató al pobre hombre.

El padre Brown no se molestó en lo más mínimo ante las sugerencias, pero parecía estar muy pensativo y desconcertado por la observación.

—¿Quiere usted decir que fui yo quien intentó matar al profesor Smoill? —preguntó el cura, con sencillez.

—Nada de eso —contestó el otro, haciendo un ademán de suficiencia con la mano—. Hay muchos muertos entre los que puede usted escoger. No se limite al profesor Smoill. Pues, ¿no sabe usted que ha aparecido otra persona mucho más muerta que el profesor Smoill? Y no sé por qué no podía haber sido usted quien lo hubiera hecho sigilosamente. Diferencia de religiones, ¿comprende...?, la lamentable desunión de la cristiandad... Supongo que no habrán abandonado nunca el deseo de recuperar las parroquias inglesas.

—Perdón; me vuelvo a la fonda —contestó tranquilamente el sacerdote—. Dice usted que los que están allí reunidos saben a qué se refiere usted y puede que ellos me lo expliquen.

Cuando el padre Brown supo esta nueva calamidad, sus preocupaciones dejaron momentáneamente de perseguirlo y, al pisar el saloncito donde estaban los demás reunidos, la palidez de sus rostros le dijo que les afectaba algo más reciente que lo ocurrido en la tumba. Al entrar, oyó que Leonard Smith decía:

—¿Cómo acabará todo esto?

—Ya te digo yo que no va a terminar —repitió Lady Diana, mirando al vacío con ojos vidriosos—, no terminará hasta acabar con nosotros. Uno tras otro caeremos bajo el peso de la maldición; con lentitud, como dijo el pobre párroco, poco a poco, pero implacablemente, nos hará desaparecer a todos, como lo ha hecho con él.

—¡Por todos los santos, díganme lo que ha sucedido! —impetró el padre Brown.

Tarrant, con voz que sonaba un poco falsa, dijo:

—Mr. Walters, el pastor, se ha suicidado. Supongo que fue la sorpresa lo que le sacó de quicio y me parece que no hay lugar a dudas; acabamos de encontrar sus hábitos y sombrero negro sobre una roca que se adentra en el mar; parece ser que se ha arrojado a él. Cuando le miré, creí que estaba algo trastornado; deberíamos haberle prestado algo más de atención; pero, ¡había que atender tantas cosas!

—No podrían haberlo remediado —dijo la señora—. ¿No ve usted que todo esto es efecto de la maldición de una manera terrible? El profesor tocó la cruz, y fue el primero en caer; el párroco había abierto la tumba, y fue el segundo; nosotros sólo entramos en la capilla, y...

-— ¡Basta ya! —Gritó el padre Brown, con una desacostumbrada violencia en su voz—. Hay que poner fin a todo esto.

Su rostro parecía aún surcado por una expresión cavilosa, inconsciente, pero en sus ojos ya no había la nube de perplejidad de antes, sino un brillo de lucidez.

—¡Y qué necio soy! —refunfuñó—. Debía haberlo comprendido mucho antes. La historia de la maldición debía habérmelo hecho comprender.

—¿Es que cree usted —inquirió Tarrant— que podemos morir por efecto de algo ocurrido en el siglo XIII?

El padre Brown movió la cabeza negativamente y contestó con un énfasis dulzón.

—No voy a discutirles si algo que sucedió en el siglo XIII puede ser la causa de nuestra muerte. Pero estoy convencidísimo de que no podemos sucumbir bajo algo que no tuvo lugar en el siglo XIII, ni ha sucedido jamás.

—Bien —dijo Tarrant—; no es normal encontrarse con un sacerdote que se muestre tan escéptico en cosas sobrenaturales.

—Nada de eso —contestó el sacerdote, con frialdad—. No es de lo sobrenatural de lo que dudo. Es de lo natural. Me encuentro exactamente en la posición de aquel hombre que dijo que podía creer lo imposible, pero no en lo improbable.

—Es lo que llaman una paradoja, ¿verdad? —preguntó aquél.

—Es lo que yo llamo sentido común, hablando con propiedad —repuso el padre Brown—. Es mucho más lógico creer en una historia sobrenatural que en una historia verosímil que contradiga cosas que podemos conocer. Si usted me dice que el gran Mr. Gladstone4, en sus últimas horas, fue rondado por el fantasma de Parnell, yo me mostraré agnóstico. Pero si usted me, dice que Mr. Gladstone, cuando fue presentado a la reina Victoria, no se quitó el sombrero al entrar, golpeó a la reina en la espalda y le ofreció un cigarrillo, entonces no seré agnóstico. No es imposible; es sólo increíble. Y, sin embargo, tengo mayor certeza de que no tuvo lugar que de que el fantasma de Parnell no se apareciese, pues aquello infringe las leyes del mundo que conozco. Lo mismo me sucede con la historia de la maldición. No es de la leyenda de lo que desconfío, sino de la historia.

Lady Diana se había repuesto un tanto de su enajenamiento casándrico, y su eterna curiosidad por las novedades volvió a irradiar en sus brillantes y prominentes ojos.

—¡Qué persona más curiosa resulta usted! —dijo—. ¿Y por qué duda de la historia?

—Pues dudo de la historia porque no es historia —replicó el padre Brown—. Para quien posea algún conocimiento de la Edad Media, el cuento le parecerá tan improbable como la anécdota de Gladstone ofreciendo un cigarrillo a la reina Victoria. Pero, ¿sabe alguno de ustedes algo sobre la Edad Media? ¿Saben ustedes lo que era un gremio? ¿Han oído ustedes hablar del salvo vanagio sito? ¿Saben ustedes qué clase de gente era los Serví Regís?

—Claro que no lo sé —dijo ella, un poco molesta—. ¡Qué cantidad de palabras latinas!

—Naturalmente que no —exclamó el padre Brown—. De haber sido Tutankhamon o una colección de africanos momificados lo que se hubiese conservado, Dios sabe cómo, al otro lado del mundo; si hubiese sucedido en Babilonia o China, o afectado a alguna raza tan remota y misteriosa como la del hombre de la luna, sus periódicos les habrían dado cuenta hasta el último detalle del último descubrimiento, ya fuera un cepillo de dientes o la cuenta de un collar; pero de los hombres que han construido sus parroquias y dado los nombres a sus ciudades y oficios y a las calles por donde pasean ustedes, ¡ah!, de éstos no se les ha ocurrido nunca averiguar nada. No quiero preciarme mucho de enterado, pero conozco lo suficiente para comprender que aquella historia es una mentira monumental. En la Edad Media no estaba permitido que un prestamista embargase la tienda y herramientas de un hombre. Es casi imposible creer que el gremio no hubiese salvado a un hombre de su total ruina, y en especial cuando el causante de la desgracia era un judío. Aquellos hombres tenían también sus vicios y tragedias; algunas veces torturaban y quemaban a la gente. Pero la idea de un hombre sin Dios o sin esperanza en el mundo, encerrándose para morir, porque a nadie le importaba que siguiera viviendo, eso no es una idea medieval. Éste es un producto de nuestra ciencia económica y de nuestros progresos. El judío no habría sido vasallo del señor feudal. Los judíos, por lo regular, tenían el especial concepto de servidores del rey. Y, ante todo, no pudieron haberle quemado vivo por causa de su religión.

—Las paradojas van multiplicándose —observó Tarrant—; pero no llegará usted a negarme que se les perseguía en la Edad Media.

—Y yo le digo a usted que se acercaría más a la verdad si dijera que los judíos eran las únicas personas no perseguidas en la Edad Media. Si usted quisiera satirizar a la Edad Media, tendría un punto de agudeza por decir que algún pobre cristiano podía ser quemado vivo por caer en el homousianismo, mientras un rico judío podía andar por las calles burlándose de Jesús y de la Virgen. Pues bien: así es la historia. No fue nunca una historia medieval, ni una leyenda de aquel tiempo. Ha sido urdida por alguien de mentalidad formada en periódicos y novelas y, probablemente, fabricada sobre la marcha.

La concurrencia se quedó asombrada por la digresión histórica y se mostró un tanto sorprendida de que el sacerdote le concediese tanta importancia y le diera un lugar preeminente en la solución del problema; sin embargo, Tarrant, cuya profesión era precisamente la de sacar consecuencias prácticas de las cosas, por muy enredadas que estuviesen, se puso alerta. Su barbado mentón se adelantó más que nunca, pero sus ojos apagados estaban ya despiertos.

—¡Ah, urdida sobre la marcha!

—Tal vez eso sea un poco exagerado —dijo el padre Brown con calma—, pero sí me atrevo a decir al menos que fue tramada de un modo más casual que el resto de un plan, pocas veces tan premeditado. No obstante, el conspirador no pensó que los detalles iban a importar a nadie. Y sus cálculos no iban desencaminados, como la mayor parte de las suposiciones.

—¿Los cálculos de quién? ¿Quién llevaba la razón? —preguntó la Lady con súbito calor impaciente—. ¿Quién es esa persona de quien nos habla? ¿No hemos pasado ya bastante para que usted se entretenga en erizar nuestros cabellos con sus despersonificaciones?

—Estoy hablando del asesino —dijo el padre Brown.

—¿Qué asesino? —preguntó ella con viveza—. ¿Nos quiere usted decir ahora que el profesor fue asesinado?

—Pues —dijo el boquiabierto Tarrant para sus barbas—, no podemos decir asesinado, porque no está muerto.

—El asesino mató a otra persona que no era precisamente el profesor Smoill —-dijo el sacerdote, con gravedad.

—¿A quién más pudo haber asesinado? —preguntó el otro.

—Mató al reverendo John Walters, el párroco de Dulham —contestó el padre Brown con todo detalle—. Su interés se cifraba en matar solamente a esos dos, pues ambos poseían unas reliquias de dibujo curioso. El asesino era una especie de monomaniaco.

—Parece muy extraño —dijo entre dientes Tarrant—. No podemos jurar tampoco que el párroco esté muerto. No hemos visto su cadáver.

—¡Oh, sí que lo han visto! —dijo el padre Brown.

Se hizo un silencio tan repentino como el toque de un gong; un silencio durante el cual aquel trabajo de adivino silencioso, tan activo y preciso que es propio de la mujer hizo que ésta profiriera un grito.

—Eso es lo que ha visto usted —continuó el sacerdote—; ustedes han visto su cuerpo; a él, al hombre viviente, no le han visto, pero a su cadáver sí. Lo han mirado con detención a la luz de cuatro grandes velas, yaciendo pomposamente como un príncipe de la Iglesia en una tumba construida antes de las Cruzadas.

—En pocas palabras —dijo Tarrant—, nos pide usted que creamos que el cuerpo embalsamado era en realidad el cadáver de un hombre asesinado.

El padre Brown no contestó nada durante unos momentos, y después dijo con aire ausente:

—Lo primero que me chocó fue la cruz, o, mejor dicho, el cordón al que estaba sujeta. Naturalmente, para la mayoría de ustedes era una sarta de cuentas, sin nada de particular. Y también, como es natural, me chocaba más a mí que a ustedes. ¿Recuerdan ustedes que la cruz estaba muy pegada al cuello, viéndose sólo algunas cuentas de la sarta, como si el collar fuera corto? Pero es que las cuentas que se veían estaban dispuestas de una manera muy peculiar: al primer vistazo me percaté de que era un rosario, un rosario corriente, con una cruz a su extremo. Pero un rosario tiene por lo menos cinco decenas y algunas cuentas más y, naturalmente, empecé a pensar dónde podrían encontrarse las demás, que eran un número suficiente como para rodear el cuello del difunto, con más de una vuelta. Entonces no pude comprenderlo, y sólo después adiviné dónde estaría lo que faltaba. Estaba enrollado alrededor del soporte de madera que aguantaba la tapa. De manera que cuando el pobre Smoill cogió la cruz, el soporte se movió de su sitio y la tapa cayó como una porra de piedra sobre su cráneo.

—¡Caramba! —dijo Tarrant—. Empiezo a creer que debe de estar usted en lo cierto; es una historia muy curiosa si resulta verdadera.

—Cuando me di cuenta de ello —continuó el padre Brown—, pude deducir, con mayor o menor precisión, la verdad. Recuerden, ante todo, que nunca ha habido una autoridad arqueológica que investigara el asunto. El padre Walters era un honrado arqueólogo que se había propuesto abrir la tumba con el fin de averiguar si había algo cierto sobre la leyenda de los cuerpos embalsamados. Todo lo demás fueron rumores del carácter de los que acostumbran a anticiparse o exagerar tales hallazgos. Se encontró, pues, con que el cuerpo no había sido embalsamado, sino que había sido reducido a polvo por la acción del tiempo.

—¡Ah —dijo Lady Diana, conteniendo la respiración—. Ya sé lo que quiere usted decirnos. Usted da a entender que nos hemos encontrado con el asesino y le hemos dejado que nos embauque con su leyenda romántica para dejarle, al fin, escapar impunemente.

—Abandonando su disfraz clerical sobre una roca —acabó el padre Brown—. Resulta todo terriblemente sencillo. Este hombre se adelantó al profesor en su carrera hacia el cementerio, con seguridad mientras éste estaba hablando con aquel desconcertante periodista. Sorprendió al viejo clérigo junto a la tumba vacía y lo mató. Después se disfrazó con sus ropas, lo amortajó con las que se habían hallado, lo puso en la tumba y preparó lo del rosario y el madero como he dicho. Una vez preparada la trampa para su segundo enemigo, salió a la luz del sol y nos saludó con una afectuosa acogida, como corresponde a un clérigo rural.

—Se arriesgó mucho —interrumpió Tarrant—, pues alguien podía conocer a Walters de vista.

—Estoy seguro de que estaba medio loco —dijo Brown—, y no me negará usted que valía la pena arriesgarse, pues le ha salido bien, después de todo.

—Verdaderamente, es preciso admitir que tuvo suerte —gruñó Tarrant—. ¿Y quién diablos era?

—Como usted dice, ha tenido mucha suerte —contestó el padre Brown—, y no sólo en lo hablado, pues nunca llegaremos a saber su nombre.

Frunció el ceño, mirando detenidamente a la mesa, y prosiguió luego:

—Ese sujeto ha estado rondando y amenazando al profesor durante varios años, pero ha tenido mucha reserva en guardarse su nombre y ha continuado haciéndolo en esta ocasión. Pero si el desgraciado Smoill se repone, como pienso, hay muchas probabilidades de que oigan ustedes bastantes cosas más.

—¿Qué puede hacer el profesor Smoill? —preguntó Lady Diana.

—Yo creo que lo primero que debería hacer —dijo Tarrant— es encargar a unos detectives que sigan la pista de este diablo asesino, como perro tras la presa. Me gustaría emprenderla yo mismo.

—Pues yo —dijo el padre Brown sonriendo de pronto, a continuación de su arrobamiento ceñudo— sé muy bien lo que debería hacer.

—¿Y qué es? —preguntó Lady Diana atentamente.

—Debería pedirles perdón a ustedes —dijo el padre Brown.

Éste no era el tema de conversación que el padre Brown sostuvo con el profesor Smoill durante la lenta convalecencia del famoso arqueólogo. Ni fue el padre Brown el que llevaba con más frecuencia la conversación, pues aunque se le había puesto límite al profesor en el estímulo de la conversación, lo reservaba en su mayor parte para aquellas entrevistas con su amigo el sacerdote. El padre Brown tenía un gran talento para que su silencio resultase un acicate, y esto daba ánimo a Smoill para hablar de muchas cosas extrañas que no siempre resultaba fácil decir; tales como las mórbidas fases de la convalecencia y los terribles sueños que van acompañados con frecuencia de delirio. A menudo, resulta perjudicial cuando uno se repone de una herida en la cabeza; y cuando la cabeza es tan interesante como la del profesor Smoill, estos desarreglos y distorsiones llegan a ser originales y curiosos. Sus sueños representaban atrevidos y vastos dibujos sacados de alguno de los que pueden admirarse en las impresionantes pero arcaicas manifestaciones del arte que él había estudiado; estaban llenos de santos extravagantes, con aureolas triangulares o cuadradas, coronas doradas y nimbos alrededor de sus oscuros y achatados rostros, águilas orientales y hombres con barbas y peinados altos como de mujer; y como decía con frecuencia a su amigo, había un sueño más sencillo y menos enredado que se presentaba con mayor frecuencia a su imaginativa memoria. Una y otra vez se repetían y volvían a esfumarse dibujos bizantinos, como el apagado reflejo del oro sobre el que se destacaban, y sólo quedaba de ellos la límpida pared de piedra con la silueta brillante del pez que parecía trazado mojando el dedo en la luminiscencia de los peces; pues aquél era el símbolo que vio en el momento de oír la voz de su enemigo procedente de una esquina del lóbrego laberinto.

—Y ahora, por fin —dijo—, he encontrado el valor del símbolo y de la voz, que son de una índole que jamás había comprendido. ¿Por qué he de preocuparme si un loco de entre millones de hombres cabales, que forman un pelotón contra él, se propone perseguirme o matarme? El hombre que trazó en la oscura catacumba el símbolo secreto de Cristo era perseguido de una manera distinta. Era el loco solitario; el mundo se había reunido conspirando contra él y no para salvarlo, sino para destruirlo. Me he atormentado algunas veces intentando indagar si este o aquel hombre era mi perseguidor; si era Tarrant; si Leonard Smith; si era alguien más. Supóngase usted que fueran todos. Suponga que fueran todos los hombres de a bordo, todos los del tren y los del pueblo. Y suponga que, en lo que concierne a mí, fueran todos asesinos. Yo creía tener derecho a alarmarme, pues caminaba a través de las oscuras entrañas de la tierra y había un hombre que pretendía destruirme. ¿Qué habría sucedido si el perseguidor hubiese estado al aire libre, bajo la luz del sol, hubiese poseído el mundo entero y tuviese bajo su voluntad a todos los ejércitos y multitudes? ¿Y si hubiese tenido el poder para detener el mundo o convertirme en humo y aniquilarme en el instante en que salía de la cueva? ¿Qué podría hacerse tratándose de un asesino así? El mundo ha olvidado estas cosas, como hace poco olvidó la guerra.

—Sí —corroboró el padre Brown—, pero la guerra ha llegado. Al pez se le puede meter bajo la tierra, pero volverá a salir de nuevo. Como dijo humorísticamente san Antonio de Padua: «sólo los peces sobreviven al diluvio».

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