Colección dirigida por Guadalupe Arbona Abascal






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títuloColección dirigida por Guadalupe Arbona Abascal
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fecha de publicación20.07.2015
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todas las apariencias mostraban que al día siguiente el curita se había desvanecido entre los millones de habitantes de Nueva York, sin otro propósito que el de ser uno más en una calle numerada, anduvo en realidad atareadísimo durante los quince días siguientes, con el encargo que se le había hecho, pues temía que la justicia no quedara a salvo. Sin hacerse violencia alguna pudo fácilmente entrevistarse con las dos o tres personas que podían estar complicadas en el enigma, y especialmente sostuvo con el viejo Hickory Crake una conversación curiosa e interesante. Se desarrolló en un banco de Central Park, donde se sentaba el viejo apoyando sus huesudas manos y arrugando rostro sobre el curioso puño de un bastón de madera rojo oscuro, posiblemente modelado sobre un hacha de guerra india.

—Pudo haber sido un tiro largo —observó el viejo moviendo la cabeza—; pero yo le aconsejaría que no tomara demasiado en serio el alcance de una flecha piel roja. He visto a algunas salir disparadas como una bala y, a pesar de todo, dar de lleno en el blanco con precisión asombrosa, considerando el tiempo de su permanencia en el aire. Hoy día es raro oír hablar de pieles rojas con arcos y flechas y es aún más raro llegar a ver a un piel roja por ahí. No obstante, si por casualidad estuviera por estas tierras uno de esos viejos tiradores con uno de sus antiguos arcos y permaneciera escondido tras uno de esos árboles, a cientos de metros de la tapia de la torre Merton, en tal caso..., pues en tal caso no me parecería extraño que el noble salvaje pudiera mandar la saeta por encima de la tapia hasta la última ventana de Merton e incluso hasta Merton mismo. He visto cosas tan excepcionales como ésa, en otros tiempos.

—Sin duda alguna —dijo el sacerdote— ha hecho usted cosas tan inverosímiles como las que explica.

El viejo Crake sonrió y dijo:

—¡Oh, eso son ya cosas antiguas!

—Algunas personas cifran su especial placer en estudiar las cosas antiguas —dijo el padre Brown— y supongo que podemos decir que nada de su historia se relaciona con ese desagradable incidente.

—¿Qué insinúa usted? —inquirió Crake, bollándole los ojos con fiereza por primera vez en su rostro colorado, que parecía el puño de un hacha india.

—Es que está usted tan bien enterado de las mañas y artificios de los pieles rojas... —comenzó a insinuar el padre Brown.

Crake, que hasta entonces se había mantenido en posición encorvada y casi podía decirse un poco tímida, apoyando la barbilla sobre el curioso puño, se puso ahora de pie en medio del camino, como un matón, esgrimiendo el bastón en la mano como si fuera un garrote.

—¿Qué diablos está usted sugiriendo? ¿Quiere insinuar que yo puedo haber tomado parte en el asesinato de mi propio cuñado?

De otros bancos se levantó gente para acercarse a los que disputaban en medio del camino, cara a cara: el viejecito calvo, blandiendo su bastón como si fuera un arma, y la otra persona vestida de negro y gruesa que le miraba inconmovible, salvo sus párpados, que pestañeaban. Parecía que de un momento a otro la figura rechoncha, de negro, iba a ser golpeada en la cabeza y muerta en el acto con verdadera pericia de piel roja. En el mismo instante, se vio la silueta enorme de un policía irlandés aproximarse al grupo. El sacerdote contestó a los apasionados argumentos, respondiendo plácidamente, como si contestara a una pregunta trivial.

—Me he formado ciertas conclusiones acerca del caso, aunque no creo oportuno hacer alusión a ellas hasta el momento de mi informe.

El viejo Hickory, inducido probablemente por los pasos del policía, se puso el bastón bajo el brazo y se caló el sombrero refunfuñando. El sacerdote le dio los buenos días y con paso tranquilo salió del parque, encaminándose hacia el hotel donde le esperaba Wain. El joven se apresuró a saludarle; su aspecto era aún más descuidado y desaliñado que antes, como si alguna preocupación le estuviese consumiendo; y el sacerdote conjeturó maliciosamente que su joven amigo se había dedicado, durante los últimos tiempos, con demasiado éxito, a burlar la última ley de la constitución americana2. A las primeras palabras que pronunció sobre su pasión y ciencia favorita, se puso en guardia y procuró concentrarse. El padre Brown se las había compuesto para hacer recaer, como por azar, el tema de la conversación en si se volaba mucho por aquel distrito y le contó que había confundido la forma circular de la tapia de la torre del señor Merton con la del aeródromo.

—Es realmente extraño que no viera usted ningún aparato cuando estuvo allí —contestó el capitán Wain—. Hay veces que parecen un enjambre de moscas; aquel espacio sin árboles es tan adecuado para volar que incluso llego a imaginar que será el criadero principal, hablando figuradamente, para mis futuros pajarracos. Yo mismo he volado mucho por aquellos lugares y conozco a la mayoría de los pilotos de por allí que volaron en la guerra. Pero también hay mucha gente nueva que no conozco. Pronto alcanzará el avión la popularidad del coche y llegará el día en que todo ciudadano de Estados Unidos poseerá uno.

—Supuesto que el hombre está dotado por su Creador del derecho a la vida, a la libertad y a la manía del volante o del avión —dijo el padre Brown sonriendo con indulgencia—. De todo lo cual deduzco que un aeroplano de más cruzando por cualquier lugar de vez en cuando no llamaría la atención de nadie.

—No —contestó el joven—, supongo que no.

—Y aunque el piloto fuese conocido, supongo que podría pilotar un aparato que no le perteneciese. Por ejemplo, si usted volase como de costumbre, es posible que el señor Mentón y sus amigos le reconocieran enseguida. Pero podría usted acercarse mucho a la ventana con un aeroplano de distinto modelo, o como le llamen, lo suficiente para la consecución de sus fines.

—Sí, así es —profirió el joven casi a su pesar; pero de repente se contuvo y se quedó mirando boquiabierto al sacerdote, con unos ojos que parecían querer salirse de las órbitas—. ¡Dios mío, Dios mío! —dijo en voz baja. Se levantó pálido, temblando de pies a cabeza y sin dejar de mirar al sacerdote fijamente—. ¿Está usted loco? —dijo—. ¿Está usted rematadamente loco? —y volvió a enmudecer para acabar balbuciendo—: Ha venido usted para insinuar...

—No; he venido únicamente a recoger insinuaciones —dijo el padre Brown, levantándose—. Puedo haberme formado alguna conclusión prematura que me parece mejor guardar de momento —y saludando al joven con idéntica rigidez convencional, salió del hotel a continuar su extravagante peregrinación.

El anochecer lo sorprendió bajando por las sucias y tortuosas callejas y peldaños que llevan al río, en aquella parte de la ciudad que era más antigua e irregular. Bajo un farolillo rojo, que indicaba la entrada de un restaurante chino, vio una figura que no le era desconocida aunque su aspecto distaba mucho del que había conocido antes.

Mr. Norman Drage continuaba plantando cara al mundo detrás de sus enormes gafas que parecían ocultar su rostro como tras una máscara oscura de cristal. Excepto en lo que se refiere a las gafas, su indumentaria había sufrido un cambio notorio durante el mes que siguió al asesinato. Entonces, el padre Brown se había fijado en que iba vestido impecablemente, hasta el punto en que la diferencia entre un maniquí de sastre y un dandy llega a hacerse sutilísima. Ahora, su pinta era muchísimo peor; parecía como si el maniquí de sastre se hubiese convertido en un espantapájaros. Seguía llevando su sombrero de copa, aunque abollado y viejo; sus ropas estaban muy usadas, su cadena de reloj y otros adornos habían desaparecido y, a pesar de todo, el padre Brown lo saludó como si se hubiesen acabado de separar, y no esperó a que le ofreciera sentarse en uno de los bancos de la casa de comidas. No obstante, no fue él quien inició la conversación.

—¿Qué hay, pues? ¿Ha podido usted vengar a su santo y sagrado millonario? Todos sabemos que los millonarios son santos y sagrados; en la prensa del día siguiente al de su muerte se descubre siempre cómo vivían según las enseñanzas de la Biblia, que habían leído en brazos de su madre. ¡Je, je! Si hubiera llegado a leer alguno de sus pasajes, me parece que la madre se habría sorprendido un poco, y el millonario también. Esos viejos libros están llenos de grande y bárbara sabiduría que no encaja con las costumbres de hoy; una sabiduría de la edad de piedra que parece estar encerrada bajo las pirámides. Suponga usted que alguien hubiese echado al viejo Merton por la ventana y que hubiese permitido que lo comieran los perros. Su muerte no hubiera sido peor que la de Jezabel. Y Agag, ¿no fue hecho pedazos, a pesar de haber vivido ricamente? Merton vivió así durante toda su vida, ¡maldito él!, hasta que fue demasiado rico para dar un paso. Con todo, el dedo del Señor lo encontró como hubiera podido suceder en uno de esos libros, le truncó la vida en la cima de una torre para que fuera un escarmiento para su pueblo.

—El dedo, por lo menos, era material —añadió su compañero.

—Las pirámides también son poderosas y oprimen las cabezas de los reyes —murmuró el hombre de las gafas—. Yo creo que hay mucho que estudiar en esas viejas religiones materialistas. Hay relieves antiguos, viejo legado de los tiempos, que representan a sus dio-

ses y emperadores sosteniendo arcos extendidos entre sus manos, que parecen poder doblegar arcos de piedra. Materialista, no lo niego..., ¡pero de qué materiales! ¿No le ha sucedido a usted que, mirando esos antiguos dibujos de Oriente, le viene la sensación de que aquel viejo Dios y Señor vuela como un oscuro Apolo lanzando negros rayos de muerte?

—Si así es —contestó el padre Brown—, podía llamársele por otro nombre. Pero yo dudo que Merton muriera por efecto de esos oscuros rayos o de una piedra santa.

—Me parece —dijo Drage— que usted cree que es san Sebastián asesinado por una saeta. Un millonario debe ser un mártir. ¿Cómo sabe usted que no merecía serlo? Creo que desconoce muchas cosas de su millonario. Pues bien, permítame que le diga que se lo merecía con creces.

—Y, entonces, ¿por qué no lo asesinó usted? —preguntó el padre Brown.

—¿Quiere usted saber por qué no lo hice? —preguntó el otro, mirándole perplejo—. ¡Vaya sacerdote fantástico!

—Nada de eso —contestó él como si quisiera rehuir un cumplido.

—Esta debe de ser su manera de afirmar que fui yo —dijo Drage, gruñendo—. Tendrá que demostrarlo, eso es todo. Yo, por lo que a él atañe, creo que no es ninguna pérdida.

—Sí lo ha sido —dijo el padre Brown con súbita intuición—. Ha sido una pérdida para usted. Por eso no le ha matado usted.

Y salió de la habitación, dejando al hombre de las gafas boquiabierto.

Había transcurrido casi un mes cuando el padre Brown volvió a visitar la casa donde el tercer millonario había sucumbido a la venganza personal de Daniel Doon. En ella se celebraba una reunión de las personas interesadas en el caso. El viejo Crake presidía la mesa, con su sobrino a la derecha y el abogado a la izquierda. El hombre corpulento de rasgos africanos, cuyo nombre resultó ser Harris, hacía notar su presencia aunque sólo fuera como testigo material; un individuo apellidado Dixon, pelirrojo y de nariz aguileña, representaba a Pinkerton; el padre Brown se sentó modestamente en un lugar vacío que quedaba a su derecha.

La prensa mundial se hacía eco de la catástrofe que acaeció al coloso de las finanzas, al que había organizado la economía mundial; pero el pequeño grupo que lo rodeó a la hora de la muerte podía aportar poca información. El tío, el sobrino y el abogado se hallaban muy distantes de la verja cuando se dio la señal de alarma, y los guardianes de ambas puertas, después de varias contestaciones confusas y contradictorias, afirmaron lo mismo. Al parecer, sólo había una complicación: hacia la hora en que tuvo lugar el asesinato, poco antes o después, habían encontrado a un extranjero que pidió ver a Mr. Merton. Los criados habían tenido ciertas dificultades para comprenderle, pues su lenguaje era muy oscuro, y les pereció también raro, sobre todo después de que hubiera hablado de que un hombre malo sería destruido por una palabra del cielo. Peter Wain se apoyó sobre la mesa, con un brillo desacostumbrado en los ojos de su rostro cansado, y dijo:

—Juraría que es Norman Drage.

—¿Y quién es Norman Drage? —le preguntó su tío.

—Eso es lo que quisiera saber —contestó el joven—. Se lo pregunté sin rodeos, pero tiene un poder tan maravilloso para esquivar toda pregunta intencionada que es como si uno quisiera acometer una empresa con un caballo de concurso. No hizo más que insinuarme cosas sobre la nave del futuro, tema al que jamás he dado crédito.

—Pero, ¿qué clase de hombre es? —preguntó Crake.

—Es un mistagogo —dijo el padre Brown con inocencia—. Existen muchos individuos de su tipo: son aquellos que se os acercan en un cabaret o café parisienses y os dicen que han encontrado el misterio de Stonehedge o que han levantado el velo de Isis. Y para casos como éste seguro que tienen una u otra explicación sobrenatural.

La oscura y plantada cabeza de Mr. Bernard Blake, el abogado, estaba inclinada atentamente hacia el que hablaba, mientras se dibujada en su rostro una sonrisa incrédula.

—No hubiera supuesto nunca, señor, que iba a rechazar una explicación sobrenatural.

—Por el contrario —replicó el padre Brown amigablemente—, ésta es cabalmente la razón por la que puedo pelearme con ellos. Cualquier abogado podrá enredarme, pero no le enredaría a usted, que también es abogado. Cualquiera podría disfrazarse de indio y le tendría por el mismo Hiawatha; Mr. Crake, por el contrario, notaría inmediatamente el fraude. Un timador podría hacerme creer que sabía muchas cosas de aeroplanos y, en cambio, no tendría el mismo éxito con el capitán Wain. Pues bien, esto me sucede a mí de manera aproximada. Precisamente porque he estudiado un poco el tema del misticismo, los mistagogos no pueden burlarme. Los verdaderos místicos no esconden los misterios, sino que los aclaran. Sacan las cosas a relucir y aun después siguen siendo un misterio, pero los mistagogos lo esconden en las mayores tinieblas y, una vez lo descubrís, resulta la cosa más simple del mundo. En el caso de Drage, me parece que tenía un sentido más práctico cuando hablaba del fuego que vendría del cielo y de saetas celestes.

—¿Y qué sentido era? —preguntó Wain—. Me parece que, sea cual sea, debemos analizarlo con calma.

—Pretendía —contestó el sacerdote midiendo las palabras—, pretendía hacernos creer que el asesinato fue milagroso, pues sabía que no lo era.

—¡Ah! —exclamó Wain, haciendo con la respiración un pequeño silbido—, lo estaba esperando. Hablando en plata: él fue el criminal.

—Hablando en plata, él es el criminal que no ha cometido el crimen —repuso el padre Brown con perfecta calma.

—¿Y a eso lo llama hablar en plata? —preguntó Blake, con sorna.

—Estoy seguro de que ahora está usted pensando que el mistagogo soy yo —dijo el padre Brown, un poco azorado, pero sonriendo francamente—. Ha sido algo muy casual. Drage no cometió el crimen, quiero decir este crimen. Su único crimen fue el de encubrir a alguien y por ello rondaba la casa, pero, probablemente, no quería que el secreto se hiciera público ni que terminara el asunto con la muerte. Podemos hablar de él luego; ahora pretendo únicamente que le dejemos de lado.

—¿Para poner en claro qué?

—Para poner en claro la verdad —contestó el sacerdote mirándolo tranquilamente y con los ojos entornados.

—¿Es que quiere darnos a entender que conoce usted la verdad? —balbuceó el otro.

—Me parece que sí —dijo el padre Brown sin alardes.

Se hizo un silencio súbito, que interrumpió Crake diciendo, de pronto, con voz entrecortada y rasposa:

—¿Cómo? ¿Y dónde está ese secretario, ese señor Wilton? Debería estar aquí.

—Sigo en comunicación con el señor Wilton —dijo el padre Brown con seriedad— y precisamente le he pedido que me telefonease aquí mismo dentro de unos instantes. Puedo anticiparles que, en cierto modo, él y yo hemos sacado la hebra de todo este enredo.

—Si han estado trabajando juntos... supongo que no se puede objetar nada —refunfuñó Crake—; ya sé que él siempre ha tomado la parte del sabueso en la persecución de este individuo, y no me parece mal la idea de que se haya asociado con él. Pero si usted conoce la verdad del asunto, ¿de dónde diablos la sacó?

—Pues de usted —dijo el sacerdote, sin conmoverse, mirando inocentemente al sulfurado veterano—. Me explicaré mejor. Empecé a conocer el camino por una anécdota que refirió usted acerca de un indio que arrojó su cuchillo e hirió a un hombre que estaba en la cima de una fortaleza.

—Ya se lo he oído decir muchas veces —dijo Wain caviloso—. Sin embargo, no le veo la semejanza, salvo en que este último arrojó una saeta a un nombre que estaba en la cima de una casa muy parecida a una fortaleza. Pero, naturalmente, la saeta no fue arrojada, sino disparada, y podía ir mucho más lejos. Llegó, en realidad, muy lejos, y, con todo, no sé cómo nos puede ayudar esto.

—Me temo que ha equivocado el sentido de la anécdota —dijo el padre Brown—. No es que si una cosa puede ir lejos haya otra que pueda ir aún más lejos, sino que una herramienta mal empleada puede herir siempre. El sujeto de la anécdota de Crake pensó en llevar un cuchillo con la idea de emplearlo en la lucha cuerpo a cuerpo, y luego se le ocurrió emplearlo como jabalina. Otras personas que conozco pensaron en un instrumento que se pudiera utilizar como jabalina; olvidaron que, al fin y al cabo, podía usarse también, corrientemente, como una lanza. En resumen, la moraleja de la anécdota es que, ya que un puñal se puede convertir en saeta, de la misma manera una saeta se puede convertir en puñal.

Todos le observaron, y, no obstante, él continuó hablando en su tono sencillo:

—Todos nos preocupábamos mucho en explicarnos quién podría haber arrojado una saeta a través de la ventana, en si había sido desde muy lejos y en otras muchas cosas..., pero la verdad es que nadie arrojó la saeta. Nunca entró por la ventana.

—¿Y cómo se explica usted que la halláramos aquí? —interrogó el abogado con cara bastante compungida.

—Alguien la trajo consigo, supongo —dijo el padre Brown—. La verdad es que no era difícil de llevar ni de esconder; alguien la tenía en la mano, mientras estaba con Merton en su misma habitación. Alguien la introdujo en la garganta de Merton como si fuera un puñal y tuvo la bonísima intención de arreglar las cosas de manera que todos presumiéramos que había entrado por la ventana, como un pajarillo.

—¿Alguien? —dijo el viejo Crake, arrastrando las letras como si fueran de piedra.

El teléfono sonó de una manera estridente, con terrible insistencia y, aunque estaban en la otra habitación, el padre Brown llegó antes que nadie lo hiciera.

—¿A qué demonios viene esto? —exclamó Peter Wain, que parecía muy afectado.

—¿No nos ha dicho que esperaba que Wilton, el secretario, le llamase? —contestó su tío con la misma apesadumbrada voz.

—Debe de ser Wilton el que llama —observó el abogado hablando con el único móvil de llenar el silencio. Pero nadie contestó a su insinuación hasta que el padre Brown reapareció de pronto e inesperadamente aportando la respuesta.

—Señores —dijo cuando se sentó—, ustedes fueron quienes solicitaron que investigara este asunto y, ya que he descubierto la verdad, me siento obligado, ahora, a exponérsela sin pretender aminorar su sorpresa. Me temo que el que mete las narices en asuntos de esta índole no puede andarse con consideraciones personales.

—Supongo —dijo Crake cortando el silencio que se había hecho— que esto quiere decir que se acusa a alguno de nosotros o bien que se sospecha de nosotros.

—Todos somos sospechosos, incluso yo mismo, que descubrí el cadáver.

—Naturalmente que sospecha de nosotros —intervino Wain, enfadado—. El padre Brown tuvo la amabilidad de explicarme cómo pude hacerlo valiéndome de un aeroplano.

—No —contestó el sacerdote, sonriendo—, usted mismo me describió cómo podría haberlo hecho, y precisamente ésa fue la parte interesante.

—También le pareció posible —refunfuñó Crake— que yo le hubiese podido asesinar con una flecha india.

—En verdad, no me había parecido muy verosímil —dijo el padre Brown, poniendo una cara muy fastidiada—. Les ruego a ustedes que me excusen si hice mal; debo confesar, sin embargo, que no vi otro camino para ventilar la cuestión y hay pocas cosas tan improbables como la de que Mr. Wain estuviera pilotando un enorme aeroplano ante la ventana de Merton en el momento del asesinato, sin que nadie lo hubiese notado, como improbable es que un vejete pudiera estar jugando a pieles rojas con un arco y una flecha y matase desde detrás de un arbusto a una persona a la que habría podido asesinar de mil diferentes maneras. Con todo, era mi obligación dilucidar si habían tomado parte en ello, con objeto de poder probar su inocencia.

—¿Y cómo lo ha demostrado usted? —preguntó el abogado Blake, avanzando el cuello con avidez.

—Solo por la manera como reaccionaron cuando les acusé —contestó el otro.

—¿Qué quiere usted decir exactamente?

—Le ruego que me permita explicarme —contestó el padre Brown cortésmente—: yo no titubeé en aceptar que debía dudar de ellos y de todo el mundo. Sospeché de Mr. Crake y del capitán Wain, pues aceptaba hasta cierto punto la posibilidad o probabilidad de su culpa. Yo les dije que me había formado mis ideas sobre el particular y ahora les voy a indicar cuáles fueron. Estaba seguro de su inocencia por cómo pasaron de la despreocupación a la imaginación. Hasta el momento en que pensaron que yo podía sospechar de ellos, fueron suministrándome materiales para reforzar la acusación. Llegaron casi a explicarme cómo hubieran podido cometer ellos el crimen. Entonces, comprendieron de pronto, encolerizados, que yo podía acusarles; lo notaron mucho después de cuando yo en realidad podía haberles acusado, pero mucho antes de que lo hiciese.

Usted se hará cargo de que ninguna persona culpable podría haber obrado así; se mostraría más bien enojada y recelosa desde un principio, o simularía ignorancia e inocencia hasta el fin, pero nunca proporcionaría material en contra suya, ni daría después un gran salto y empezaría a negar lo que antes había ayudado a afirmar. Esto sólo podía ser consecuencia de que nunca se le hubiese ocurrido realizar lo que estaba sugiriendo. La conciencia de un asesino estará siempre sobre aviso para no dejarle olvidar su conexión con el asunto, y para recordarle, además, que debe negarla. Y así, yo les descarté a ustedes por otras razones que no tengo necesidad de discutir ahora. Por ejemplo, estaba el secretario...

«Pero no quiero hablar de esto por ahora. Acabo de hablar con Wilton por teléfono y me ha dado permiso para darles a conocer algunos detalles importantes. Supongo que todos ustedes sabrán quién era Wilton y lo que perseguía.

—Sé que iba detrás de Daniel Doon y que no descansaría hasta encontrarlo —contestó Peter Wain—. He oído decir también que era el hijo del viejo Horder y que quería vengar su sangre; de todas maneras, no dudo que va tras el hombre llamado Doon.

—Pues bien —dijo el padre Brown—: le ha encontrado.

Peter Wain dio un salto y exclamó nervioso:

—¡El asesino! —dijo—. ¿Está el asesino encerrado ya?

—No —repuso el padre Brown con expresión grave—, me parece haberles dicho que las noticias eran importantes y creo no haberlo ponderado bastante.

«Me temo que el pobre Wilton ha tomado una responsabilidad tremenda sobre sus hombros y que también nos hace a nosotros partícipes de ella. Acorraló al criminal y cuando por fin lo tuvo bien situado..., pues bien, entonces tomó la Ley por su propia mano.

—¿Quiere esto decir que Daniel Doon...? —insinuó el abogado.

—Quiere decir que Daniel Doon está muerto —dijo el sacerdote—. Parece ser que hubo una pequeña lucha y Wilton lo mató.

—Lo tuvo bien merecido —gruñó Hickory Crake.

—No se puede culpar a Wilton por haberse cargado a ese criminal. Considerando además la enemistad que le tenía —afirmó Wain—; es algo así como destrozar a una víbora.

—No estoy de acuerdo con ustedes —dijo el padre Brown—: me parece que todos nos dejamos llevar demasiado por nuestro romanticismo cuando hablamos en defensa de los linchadores y de cuanto queda fuera de la ley y temo que, si perdemos nuestras leyes y libertades, llegará un tiempo en que todos saldremos perdiendo. Creo, además, que es perfectamente ilógico defender a Wilton en el asesinato que nos ocupa sin haber indagado antes las razones que tenía Doon para cometer sus crímenes. Llego a dudar que Doon fuese un asesino vulgar; podría haber sido un maníaco que iba detrás de la copa, exigiéndola con amenazas y matando a sus poseedores sólo después de una lucha. Ambas víctimas fueron asesinadas justamente ante sus casas. La única objeción que se me ocurre a cómo actuó Wilton es que nunca podremos oír la parte de Doon.

—¡Oh! Todos estos paliativos sentimentales para con esos indignos y bribones asesinos me agotan la paciencia —gritó Wain acalorado—. Si es cierto que Wilton acabó con el asesino, hizo, realmente, un magnífico trabajo; y esto es lo definitivo.

—Exacto, exacto —dijo su tío asintiendo.

El rostro del padre Brown adoptó una expresión más grave al repasar con su mirada el de los asistentes.

—¿Son todos ustedes de la misma opinión? —preguntó.

Y, al decirlo, se dio cuenta de que era inglés y desterrado. Notó que se encontraba entre extranjeros aun siendo amigos. Corría por ellos una llama inquieta que de ninguna manera era propia de sus conciudadanos; el espíritu más joven de esta nación occidental que es capaz de rebelarse, linchar y, por encima de todo, conspirar. Sabía que ellos ya se habían unido para una alianza.

—Por tanto —dijo el padre Brown lanzando un suspiro—, debo llegar a la conclusión de que ustedes absuelven decididamente el crimen de este infortunado sujeto, o mejor, este acto de justicia privada, o llámese como se quiera. En tal caso, no será en perjuicio suyo si les cuento algo más acerca de lo ocurrido.

Se puso súbitamente de pie y, aunque los demás no captaron el significado de su acción, pareció cambiar, o helar, el ambiente de la estancia.

—Wilton mató a Doon de una manera bastante notable —empezó.

—¿Cómo lo hizo? —preguntó Crake con brusquedad.

—Con una saeta —dijo el padre Brown.

La penumbra comenzaba a adueñarse de la vasta habitación, y la luz del día iba desvaneciéndose hasta ser un tenue reflejo que procedía de la amplia ventana de la habitación interior donde había muerto el multimillonario. Casi de una manera instintiva, los ojos del grupo se volvieron poco a poco en aquella dirección, aunque ningún ruido se oyó hasta entonces. Después, la voz de Crake se destacó cascada, aguda y senil, semejante a un parloteo de gallos.

—¿Qué insinúa usted? ¿Qué es lo que usted pretende? Brander Merton ha muerto por una flecha; ese bribón murió por el efecto de una flecha...

—Por la misma flecha —dijo el sacerdote— y en el mismo instante.

Volvió a pesar sobre el ambiente un silencio compungido, pero incontenible y a punto de romperse, y el joven Wain comenzó:

—¿Se refiere usted...?

—Me refiero a que su amigo Merton era Daniel Doon —dijo el padre Brown con firmeza—, el único Daniel Doon que jamás encontrarán ustedes. Su amigo Merton había vivido obsesionado por el vaso copto; acostumbraba a adorarlo como a un ídolo todos los días, y en su loca juventud había matado, para poseerlo, a dos individuos, aunque me siento inclinado a creer que las muertes fueron, en cierto modo, accidentes del hurto. El caso es que lo obtuvo; y ese tal Drage conocía la historia y le presionaba con amenazas. Sin embargo, Wilton lo perseguía por razones muy distintas; presumo que descubrió solamente la verdad cuando entró en esta casa. Fue en ella y en la habitación contigua donde terminó su redada y donde mató al asesino de su padre. Durante largo tiempo nadie profirió una palabra. Y se oía el teclear de dedos de Crake sobre la mesa, musitando:

—Brander debió de volverse loco, debía estar loco.

—Pero, válgame Dios—exclamó Peter Wain—. ¿Qué debemos hacer? ¿Qué hemos de decir? ¡Oh! El asunto ha tomado un cariz muy distinto. ¿Qué dirán los periódicos y la gente de negocios? Brander Merton es algo que está a la altura del presidente o del Papa de Roma.

—Me parece presentir que el asunto es otro —insinuó Bernard Blake, el abogado, en voz baja—. La diferencia entraña una completa...

El padre Brown golpeó la mesa de suerte que los vasos resonaron; y se adivinaba un eco espectral procedente del misterioso cáliz que permanecía aún en la habitación contigua.

—No —gritó con voz semejante a un pistoletazo—. No habrá diferencia. Yo les he dado la oportunidad de apiadarse del pobre diablo mientras creyeron que se trataba de un criminal común. No quisieron prestar oídos entonces y todos se decidieron por la venganza privada: todos afirmaron que estaba bien que fuera descuartizado como un animal salvaje, sin escucharlo ni llevarlo ante un tribunal, y se limitaron a decir que había encontrado su merecido. Pues bien, si Daniel ha encontrado su merecido, Brander Merton ha encontrado también el suyo. Si aquello era adecuado para Doon, Santo Dios, también esto es lo merecido en el caso de Merton. Decídanse ustedes por la justicia perentoria o por la achacosa legalidad; pero, en nombre del Todopoderoso, yo les intimo a que apliquen una misma arbitrariedad o una misma justicia legal.

Nadie contestó, a excepción del abogado, y aun éste lo hizo con algo que semejaba un gruñido:

—¿Qué dirá la policía si se entera de que estamos decididos a pasar por alto un crimen?

—¿Qué dirá si le digo que ya lo han pasado por alto?—repitió el padre Brown—. Su respeto por la Ley llega un poco tarde, Mr. Bernard Blake.

Después de una pausa, continuó en tono más suave

—Yo, por mi parte, estoy dispuesto a confesar la verdad si las autoridades competentes me lo preguntan; y ustedes pueden seguir la conducta que mejor les parezca. De hecho, no cambiará mucho la situación. Wilton me ha llamado para decirme que contaba con su autorización para exponerles a ustedes lo que me había confesado, pues, cuando lo supieran, estaría ya fuera de su alcance.

Paseó lentamente por la habitación interior y se paró ante la mesilla junto a la cual muriera el millonario. El vaso copto permanecía aún en el mismo lugar, y él estuvo todavía un buen espacio de tiempo con los ojos fijos en el conjunto de todos los colores del arco iris y, más allá, en la azul inmensidad de cielo.
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