Colección dirigida por Guadalupe Arbona Abascal






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títuloColección dirigida por Guadalupe Arbona Abascal
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fecha de publicación20.07.2015
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bungalow en la costa, donde disfrutaba de los aires del mar y llevaba una vida sencilla; y el viejo Gallup junto a un seto a la entrada del pabellón de su gran casa en el extremo opuesto del país. En ninguno de los tres casos cabía duda de que la muerte había seguido a una lucha violenta, aunque el cuerpo de Gallup no fuera hallado hasta el segundo día, con toda su masa y fealdad apoyadas en las ramas del seto sobre el que se dejara caer como un bisonte al correr contra las lanzas; a Wise lo habían arrojado al mar no sin resistencia por su parte, pues las huellas de lucha podían seguirse hasta la misma orilla. La primera señal de la tragedia había sido un gran sombrero de paja flotando sobre las olas, que se podía ver desde el risco. El cuerpo de Stein había sido igualmente escondido ante probables pesquisas, hasta que un hilillo de sangre guió los pasos de la Policía hacia un baño de tipo romano que había estado construyendo en su jardín, pues no sólo había sido un hombre de gustos experimentales, sino que también le gustaban las antigüedades.

Por mucho que pensaba Byrne, tuvo que admitir que no había ninguna prueba legal en contra de nadie, estando las cosas como se presentaban. No bastaba con tener un motivo para cometer un crimen. Tampoco bastaba tener cierta propensión psíquica. No podía concebir al joven y pálido pacifista Henry Horne descuartizando a otro hombre con violencia brutal, aunque podía imaginarse al blasfemo de Halket e incluso al judío despectivo capaces de cualquier cosa. La Policía y un hombre que les ayudaba (que no era otro que el misterioso hombre del monóculo presentado como el señor Nares) adoptaron la misma actitud que el periodista; sabían que, por ahora, los conspiradores bolcheviques no podían ser perseguidos ni encarcelados, ya que había de entrañar un error notorio y sensacional la posibilidad de que fueran perseguidos y absueltos. Nares empezó con un habilidoso candor por invitarles a un consejo, que debía ser una reunión privada, y les dijo que dieran sus opiniones francamente para bien de la Humanidad. Habría empezado sus investigaciones en la escena más próxima de la tragedia, el bungalow de junto al mar; a Byrne se le permitió estar presente en el curioso espectáculo, que era a la vez un debate pacífico de diplomáticos y un juicio velado, o, mejor dicho, un intento de objetivizar las sospechas. Con bastante sorpresa de Byrne, en el complejo grupo sentado alrededor de una mesa del bungalow costeño, aparecía la rechoncheta figura y cabeza lechuguina del padre Brown, aunque su conexión con este asunto no aparece hasta después. La presencia del joven Potter, el secretario del difunto, parecía más natural; pero su comportamiento, en verdad, no lo fue tanto. Era el único que estaba familiarizado con el lugar y en cierto modo tenía que hacer los honores de la casa; no obstante, sirvió de poca ayuda y de menos información. Su rostro de naricita respingona tenía una expresión más de contrariedad que de pena.

Jake Halket, como de costumbre, era el que más hablaba; no era de esperar que un hombre de su tipo se aviniera a mantener la educada actitud del que ignora que él y sus amigos son acusados. El Joven Horne, en su manera más suave, intentó refrenarlo cuando se disponía a culpar a las víctimas, pero Jake estaba siempre dispuesto a vociferar tanto contra sus amigos como contra sus enemigos. En medio de un torrente de blasfemias, descargó de su alma una esquela muy poco oficial sobre el difunto Gideon Wise. Elijah conservaba su aspecto imperturbable e indiferente tras los lentes que escondían sus ojos.

—Me parece que es inútil —dijo Nares con frialdad— sostener que sus observaciones son indecentes. Podría afectarle más la noticia de que sus exclamaciones pueden ser imprudentes. Prácticamente, afirma usted que odiaba al muerto.

—¿Va usted a ponerme a la sombra por eso? —exclamó el demagogo—. Muy bien, pero tendrán que construir una prisión con capacidad para un millón de personas si quiere usted encarcelar a toda la pobre gente que tenía razones para odiar a Gideon Wise. Y usted sabe, como yo sé, que lo que afirmo es una verdad como un templo.

Nares estuvo callado y nadie habló, hasta que Elijah comenzó a hacerlo con su clara voz algo ceceante.

—Me parece que ésta es una discusión de muy poco provecho para ambas partes —dijo—. Ustedes nos han traído aquí, o para buscar información sobre el asunto, o para sondearnos. Si ustedes se fían de nuestra palabra, hemos de confesarles que carecemos de toda informa-ción. En caso de no tener confianza en nosotros deben participarnos de qué se nos acusa o tener la amabilidad de llevar el asunto entre ustedes. Nadie ha podido sugerir la más leve presunción de que nosotros tengamos que ver con esta tragedia, ni más ni menos que con el asesinato de Julio César. No se atreven a detenernos y, por otra parte, no nos quieren creer. ¿De qué sirve, pues, permanecer aquí por más tiempo?

Se levantó, abrochándose el abrigo con calma y sus amigos hicieron lo propio. Mientras se dirigían hacia la puerta, el joven Horne volvió a los investigadores su rostro pálido y fanático.

—Quisiera decirles —aclaró— que estuve encerrado en un sucio calabozo durante toda la guerra porque me negué a matar a un hombre.

Tras decir esto salió, dejando a los miembros del grupo sombríos, mirándose entre sí.

—Me sería difícil pensar —dijo el padre Brown— que salgamos victoriosos a pesar de la retirada.

—Nada me importa —dijo Nares—, salvo que me ponga el pie encima ese matón blasfemo de Halket. Horne es un caballero. Pero digan lo que quieran, estoy seguro hasta la tumba de que saben algo; que están en ello, si no todos, la inmensa mayoría, Y estuvieron cerca de admitirlo cuando se mofaron diciendo que no podíamos probar nada positivo, pero no que estuviéramos equivocados. ¿Qué piensa usted sobre todo esto, padre Brown?

La persona a quien iba dirigida la pregunta miró a Nares con una mirada casi desconcertada, gris y meditativa.

—Es cierto —dijo— que hay una persona que sabe más del asunto de lo que nos ha dicho. Pero me parece mejor no decir nombres por ahora.

A Nares se le soltó el monóculo y se puso alerta:

—Esto es extraoficial —dijo—, pero supongo que sabrá que si más adelante oculta información puede encontrarse en una situación comprometida.

—Mi actitud es muy sencilla —replicó el sacerdote—: estoy aquí para defender los intereses legítimos de mi amigo Halket. Yo creo que será de su interés, en estas circunstancias, si les digo que creo que no persistirá por mucho tiempo en la organización y que dejará de ser un socialista en el sentido de hoy. Tengo abundantes razones para creer que acabará convirtiéndose al catolicismo.

—¡Halket! —saltó el otro con incredulidad—. Pero, ¿cómo, si maldice las sotanas desde la mañana a la noche?

—Me parece que no comprende usted bien a esta clase de hombres —dijo el padre Brown lleno de paciencia—. Jura y perjura contra los sacerdotes porque fracasan (en su opinión) en hacer frente a la justicia del mundo. ¿Por qué habría él de esperar que hicieran frente a la justicia, si no hubiese intuido remotamente que son lo que son? Pero no nos hemos reunido para discutir la psicología de las conversiones. He mencionado sencillamente eso para simplificar su tarea... Para limitar su búsqueda.

—Si lo que dice es cierto, limitaría mi búsqueda a la estrecha cara de ese bandido de Elijah... Y no me extrañaría, pues nunca he visto a un diablo más desdeñoso, de mayor sangre fría y aspecto más espeluznante que ése.

El padre Brown suspiró y dijo:

—Siempre me recuerda al pobre Stein; creo que, en mayor o menor grado, era pariente suyo.

—Ya comprendo —empezaba a decir Nares, cuando su protesta quedó cortada en seco al ver que la puerta se abría, dibujándose en ella la figura y el pálido rostro del joven Horne. Pero su rostro no reflejaba su palidez natural, sino otra nueva y bastante innatural.

—¡Hola! —exclamó Nares poniéndose su monóculo—. ¿Por qué ha vuelto?

Horne cruzó la habitación muy nervioso y, sin decir palabra, se dejó caer en una silla. Luego dijo, como en sueños...

—Perdí a los otros... y el camino, y creí mejor volver.

Los restos de las bebidas que habían tomado estaban sobre la mesa y Henry Horne, aquel empedernido defensor de la ley seca, se sirvió un vaso de coñac y lo bebió de un trago.

—Me parece que está usted impresionado —dijo el padre Brown.

Horne se llevó las manos a la cabeza y por entre ellas empezó a hablar, en voz baja, como si sólo se dirigiera al sacerdote.

—Será mejor que lo diga. He visto un fantasma.

—¿Un fantasma? —repitió Nares asombrado—. ¿El espectro de quién?

—El de Gideon Wise, dueño de esta casa —contestó Horne un poco repuesto—. Estaba de pie, al borde del risco por el que cayó.

—¡Oh, vaya tonterías! —dijo Nares—. Nadie con dos dedos de frente cree ya en los fantasmas.

—Esto no es del todo exacto —dijo el padre Brown sonriendo—. Hay pruebas de casi tantos espectros como crímenes se han cometido.

—Mi obligación es perseguir a los criminales —objetó Nares con un poco de acritud—, y dejo a cargo de otros el huir de los fantasmas. Si hay alguien que a esta hora del día quiera ser asustado por fantasmas, es asunto suyo.

—Yo no he dicho que me asustara, aunque admito la posibilidad de que pudieran asustarme —dijo el padre Brown—. Nadie lo sabe hasta que lo prueba. Yo he dicho que creía en ellos lo bastante para interesarme por éste. ¿Qué es exactamente lo que vio usted, Mr. Horne?

—Allí, sobre el borde de aquella escarpada orilla; allí donde hay una especie de agujero o zanja, junto al lugar donde fue despeñado. Los demás marchaban algo delante y yo cruzaba el llano hacia el camino que sigue la orilla. He recorrido con frecuencia dicho sendero, ya que me gusta ver la mar embravecida precipitarse contra aquellas peñas. No le di gran importancia esta noche, aunque me extrañó que hubiera tanto oleaje, ya que la noche era tan clara. Podía ver las pálidas crestas de espuma aparecer y desaparecer a medida que las grandes olas barrían las puntas salientes. Por tres veces percibí la blanca espuma brillar a la luz de la luna y luego algo indefinible. Un cuarto relámpago plateado parecía haberse detenido en el cielo. No se desprendía y esperé con una intensa emoción a que lo hiciera. Me imaginé que estaba loco y que el tiempo se había detenido misteriosamente para mí o que se había prolongado. Me acerqué más y entonces grité. Pues aquella espuma suspendida como si fuera de copos de nieve se había convertido en un rostro y en una silueta blanca como el leproso de la leyenda, y terrible a la vez como un relámpago cuajado.

—¿Y usted dice que era Gideon Wise?

Horne asintió con la cabeza, sin proferir palabra, y hubo un profundo silencio roto bruscamente por Nares al ponerse en pie; tan bruscamente, que hizo caer la silla.

—¡Qué sandeces! —dijo—. De todas formas, será mejor que salgamos y veamos.

—No iré —dijo Horne montando en cólera—. Jamás recorreré aquel sendero.

—Esta noche tendremos que pasar por él a la fuerza —dijo el sacerdote con gravedad—; no negaré que ha sido un camino peligroso... para más de una persona.

—Yo no iré... ¡Dios mío!, déjenme en paz—exclamó Horne. Sus ojos empezaron a moverse de una forma extraña. Se había levantado con los demás, pero no se movió hacia la puerta.

—Mr. Horne —dijo Nares con firmeza—; yo soy un agente de Policía y creo preferible decir, por si lo ignora, que esta casa está rodeada por la Policía. He intentado hacer la investigación de una manera amistosa, pero me veo obligado a inspeccionar los menores detalles, incluso cosas tan absurdas como un fantasma. Le pido que me lleve al lugar donde lo ha visto.

Se hizo otro silencio, durante el cual Horne estuvo luchando con ineludibles temores. Luego, se dejó caer otra vez en su silla y empezó a hablar con un tono de voz completamente distinto y mucho más sereno:

—No puedo; de todas formas, estoy dispuesto a decirles el porqué. Más tarde o más temprano lo descubrirían. Yo lo maté.

El silencio que siguió a sus palabras fue tal, que semejaba el del momento en que un rayo cae sobre una casa ocasionando la muerte de todos sus moradores. Se oyó la voz del padre Brown que sonaba muy débil en medio de aquel silencio, como el chillido de un ratón.

—¿Lo mató usted deliberadamente? —preguntó.

—¿Cómo puede uno contestar a esta pregunta? —contestó el hombre, que estaba sentado en su silla mordiéndose un dedo—. Debí de obrar en un momento de locura. Reconozco que él se puso intolerablemente insolente. Yo estaba en su propiedad y creo recordar que me golpeó; de todas maneras, llegamos a las manos y él cayó por el precipicio. Cuando me alejé del lugar, se me hizo como una súbita claridad en el cerebro y comprendí que acababa de cometer un crimen que me separaba para siempre de los hombres; el sello de Caín me quemaba la frente e incluso el cerebro; y en aquel instante comprendí, por vez primera, que había matado a un hombre. Me daba cuenta de que me vería precisado a confesarlo tarde o temprano. —Se irguió en la silla, y continuó—: Estoy dispuesto a no decir nada contra nadie; es inútil que me vayan preguntando por cómplices o planes... No diré nada.

—Teniendo en cuenta los demás asesinatos —dijo Nares—, es difícil creer que éste no fuera premeditado. Seguro que cumplía órdenes de alguien.

—He dicho que no diré nada contra aquellos con quienes yo trabajaba —dijo Horne con orgullo—. Soy un asesino, pero no quiero ser un soplón.

Nares se interpuso entre el hombre y la puerta y llamó con autoridad a alguien que permanecía fuera.

—Iremos todos al lugar —dijo Nares al secretario en voz baja—, pero este hombre debe ir custodiado.

Todos los que integraban el grupo tenían la sensación de que ir a fisgar sobre una peña era algo muy tonto y extemporáneo, ya que el asesino había confesado. Pero Nares, a pesar de ser el más escéptico y desdeñoso de todos, creyó que su deber le obligaba a no dejar piedra por remover, pues, a fin de cuentas, aquella peña era la única losa que reposaba sobre la líquida tumba del malogrado Gideon Wise. Nares, siendo el último en salir, cerró con llave la puerta de la casa y siguió a los demás a través de la llanura que se extendía hasta la peña. Se sorprendió entonces al ver que el joven Potter, el secretario, se dirigía hacia él con el rostro pálido como la luna.

—¡Por todos los santos, señor! —exclamó dejando oír por primera vez su voz en aquella noche—. Es verdad que hay algo, y es exactamente como él.

—¿Está usted loco? —dijo el detective—, todo el mundo está loco.

—¿Cree usted que no puedo reconocerlo cuando le veo? —exclamó el secretario con amargura—. Tengo mis razones para reconocerlo.

—Es posible —dijo el detective con agudeza—. Usted es de los que tienen motivos para odiarlo, como dijo Halket.

—Podría ser —dijo el secretario—; pero lo conozco bien y le digo que pude verle allí, derecho y mirándonos a la luz de esta luna maldita.

Y señaló a una hendidura de la peña, donde se destacaba algo semejante a un rayo de luz o a un poco de espuma del mar, aunque de aspecto más sólido. Se acercaron unos pasos y continuó sin moverse; parecía una estatua de plata.

Nares empalideció ligeramente y comenzó a titubear en su decisión. Potter estaba tan asustado como el mismo Horne, e incluso Byrne, que era un reportero endurecido, no estaba dispuesto a acercarse más. Se sorprendió de que el único hombre que pocos minutos antes había dicho que podía asustarse de los fantasmas se mostrara como el más decidido. El padre Brown andaba con aplomo, con su paso firme, como si fuera a consultar un tablón de anuncios.

—Me parece que no le preocupa mucho —dijo Byrne al sacerdote—. Y yo creía que era usted el único que daba por seguras estas cosas.

—Ya que hablamos de ello, le diré que yo esperaba que no le darían ustedes la más mínima importancia. Creer en espectros es una cosa, y creer en uno determinado es otra.

Byrne se sintió interesado y empezó a escudriñar las peñas que se amontonaban a su alrededor bajo la fría claridad de la luna, como los acompañantes de la visión o ilusión.

—No creí en ello hasta que lo vi —dijo.

—Y yo creí en ello mientras no lo vi —dijo el padre Brown.

El periodista lo contempló atravesar con paso tardo el espacio que lo separaba del macizo partido en dos y semejante a la vertiente de una colina partida por la mitad. Bajo la pálida luna, la hierba parecía un cabello gris peinado hacia un lado por el viento, y parecía que ésta señalaba también el lugar en donde la agrietada peña mostraba reflejos lechosos sobre la superficie gris verde, el preciso lugar donde estaba la pálida silueta o brillante sombra que no podían aún explicarse. La desvaída figura continuaba dominando el triste panorama que, a no ser por la espalda cuadrada y el ademán resoluto del sacerdote al acercarse a aquel lugar, ofrecía un aspecto de completa desolación. El cautivo Horne se deshizo de sus guardianes y con un grito estridente corrió a adelantarse al sacerdote y, cayendo de rodillas ante el espectro, le imprecaba:

—Ya he confesado, ¿por qué has vuelto para decirles que fui yo?

—He venido para decirles que no fuiste tú —dijo el fantasma, y le tendió la mano. El hombre que estaba arrodillado se levantó, profiriendo un grito totalmente distinto; todos comprendieron que aquella mano era de carne y hueso.

—Fue el caso más notable de muerte que se recuerda —declararon el experto detective y el no menos experto periodista.

Hasta cierto punto era un caso extremadamente simple. Esquirlas y fragmentos de la roca venían desprendiéndose continuamente y quedaban en parte detenidos en la enorme grieta, de suerte que habían llegado a formar un pequeño reborde o saliente allí donde se había supuesto una negra línea atravesando el oscuro espacio hasta llegar al mar. El viejo, un viejo muy tozudo, fuerte y nervioso, había caído sobre dicho reborde y había pasado unas horribles veinticuatro horas esforzándose en subir por los pequeños salientes que a cada momento cedían al peso de su cuerpo; logró excavar una pequeña escalerilla de evasión. Esto nos explicaría la ilusión óptica de Horne, cuando dijo que una ola blanca aparecía y desaparecía y que por último se quedó quieta. En cualquier caso, allí estaba Gideon Wise, en carne y hueso, con su cabello blanco, sus polvorientos vestidos campestres y sus pronunciadas facciones campesinas que, sea por lo que sea, eran mucho más blancas que de costumbre. Es posible que resulte beneficioso para los millonarios pasar veinticuatro horas en un arrecife a dos pasos de la eternidad. En todo caso, no sólo libró al criminal de toda acusación, sino que dio una versión verídica del accidente que modificó por completo el asunto. Wise declaró que no le habían tirado en manera alguna, sino que el suelo, que en aquel lugar se desmenuzaba constantemente, cedió bajo su peso y que incluso Horne había hecho algunos movimientos encaminados a salvarle.

—Sobre aquella providencial repisa de roca —dijo con solemnidad—, prometí al Señor perdonar a todos mis enemigos; y el Señor me juzgaría muy mezquino si no perdonara este accidente tan trivial.

Horne tuvo que salir custodiado por la Policía. El detective sabía que si le era impuesto algún castigo había de ser insignificante. ¡No todos los asesinos pueden llevar al asesinado como testigo de descargo!

—Es un caso rarísimo —dijo Byrne mientras el detective y los otros se apresuraban hacia el pueblo.

—Lo es —asintió el padre Brown—: no es asunto que nos concierna, pero desearía que se quedara usted un poco conmigo para comentarlo.

Después de una breve pausa, Byrne dijo de pronto:

—Supongo que pensaba usted en Horne al manifestar que alguien decía menos de lo que sabía.

—Cuando lo dije, estaba pensando en el silencioso Potter, el secretario del ya no difunto o lamentado Gideon Wise.

—A decir verdad, la única vez que Potter me habló creí que estaba trastornado —confesó el asombrado Byrne—, pero nunca se me ocurrió que pudiera ser un criminal. Comenzó a decirme que todo se reducía a un refrigerador.

—Sí, ya dije que conocía algo del asunto. Pero no he dicho nunca que tuviera que ver con el asunto... Supongo que Wise es realmente lo bastante fuerte para haber escalado por sí mismo aquella oquedad.

—Pero, ¿qué quiere usted decir? —exclamó el asombrado reportero—. Naturalmente que salió de allí; ¿no estaba con nosotros?

El sacerdote dejó incontestada la pregunta y preguntó bruscamente a su vez:

—¿Qué piensa usted de Horne?

—No se le puede llamar con absoluta propiedad un criminal. No se parece al menos a ninguno de los criminales que yo he visto, y tengo alguna experiencia; pero, naturalmente, Nares la tiene mucho mayor. Me parece que nunca nos satisfizo la idea de considerarlo criminal.

—En cambio, yo no le juzgué nunca capaz de otra cosa —añadió el sacerdote—. Debe saber usted mucho más que yo sobre criminales. Pero hay una clase de personas de las cuales yo, probablemente, sé más que usted e incluso que Nares, pongamos por caso. He conocido a muchos y conozco sus truquillos.

—Otra clase de personas —repitió Byrne confuso—. ¿Qué clase de personas?

—Arrepentidos.

—No acabo de comprender —objetó Byrne—. ¿Usted no cree en su crimen?

—No creo en su confesión —dijo el padre Brown—. He oído muchas confesiones, pero ninguna confesión espontánea ha sido como la de Horne. Demasiado romántica, sacada en su totalidad de libros. ¿No se fijó usted en cómo habló del sello de Caín? Eso lo ha sacado de un libro. Nadie que hubiese hecho una cosa así lo habría pensado. Suponga usted, por un momento, que fuera un honrado pasante o dependiente y que se viera sorprendido por la sensación de que había robado dinero. ¿Se le podía ocurrir, acaso, pensar en que su acción era la misma que la de Barrabás? O suponga que hubiese usted matado a un niño, preso de una cólera nefasta. ¿Se pondría a repasar la historia hasta llegar a identificar su acción con la del aquel potentado idumeo llamado Herodes? Créame: nuestros crímenes son, con mucho, demasiado repugnantemente privados y prosaicos para que se nos ocurra pensar enseguida en paralelismos históricos, por muy inteligentes que seamos. ¿Y por qué cree usted que saltó diciendo, sin ton ni son, que no delataría a nadie? ¿No cree usted que con sólo decirlo ya los estaba delatando, pues nadie le había preguntado nada, y lo más sencillo era no delatar a nadie? No, no creo que fuese sincero y, si estuviera en mi mano, no le absolvería. Bonitas se pondrían las cosas si empezáramos a perdonar a la gente por delitos que no habían cometido.

El padre Brown miró con detenimiento el mar.

—No comprendo adonde quiere ir a parar —exclamó Byrne—. ¿De qué sirve rodearlo de suposiciones cuando ya ha sido perdonado? De ésta ya ha escapado. Ahora le veo completamente a salvo.

El padre Brown giró como una peonza y tomó a su amigo por el brazo con un entusiasmo inexplicable y del todo inesperado.

—¡Eso es —exclamó con énfasis—, nos han engañado a todos! ¡Está completamente seguro y ya se ha salvado por esta vez! Precisamente por eso es la clave del enigma.

—¡Por Dios! —exclamó Byrne pasmado.

—Quiero decir —insistió el rechonchete sacerdote— que está en el fregado porque se ha salido de él. Ésta es la única y total explicación.

—Y, verdaderamente, una explicación muy clara —dijo Byrne.

Estuvieron mirando al mar unos instantes en silencio. Luego el padre Brown prosiguió alegremente:

—Y ahora llegamos a lo de la nevera o refrigerador. Donde todos ustedes se han equivocado desde un principio en el presente caso es en el mismo punto donde la mayor parte de hombres públicos y periodistas se equivocan. Todos ustedes ven tan sólo que contra lo único que hay que luchar en el mundo de hoy día es contra el bolchevismo. Esta historia no tiene nada que ver con el bolchevismo, salvo quizá el tenerlo como fondo.

—Pues yo no lo entiendo así —dijo Byrne—; por un lado, tiene usted a los tres grandes millonarios metidos en aquel negocio, asesinados...

—¡No! —exclamó el sacerdote con voz aguda—. ¡No lo comprende usted! Ése es precisamente el quid. No hay tres millonarios asesinados. Hay sólo dos asesinados y un tercero muy vivo e inquieto, dispuesto a pisar a quien sea. Y ahí tiene usted delante al tercer millonario, libre para siempre de la amenaza que pesaba sobre su cabeza, expresada naturalmente con frases muy finas y despreocupadas en la conversación misma que usted me explicó que se desarrolló en el hotel; Gallup y Stein amenazaron al viejo, anticuado e independiente mercachifle con la posibilidad de que si no entraba en el juego le harían el vacío, dejándolo helado. Por esta razón dijeron lo de la nevera o refrigerador.

Después de una pausa continuó:

—Indudablemente, en el mundo moderno existe un movimiento bolchevique, que sin duda hay que contrarrestar; pero no creo mucho en la manera común de oponerse a él. En lo que nadie cae en la cuenta es en otro movimiento igualmente moderno e igualmente arrollador: el gran movimiento hacia el monopolio, o el que convierte todas las industrias en gigantescos trusts. Esto también es una revolución que desemboca en lo que la revolución desemboca. Los hombres se matarán por esto y contra esto, de la misma manera que lo hacen a favor y en contra del comunismo. Tiene sus ultimátums, sus invasiones y sus ejecuciones. Estos magnates de los sindicatos tienen sus cortes como los reyes, sus guardaespaldas y sus matones; tienen también sus espías en los campos enemigos. Horne era uno de los espías del viejo Gideon en uno de sus campos enemigos; pero fue usado contra otro enemigo: los rivales que le estaban arruinando porque no se unía a ellos.

—Sigo sin ver cómo lo usó —dijo Byrne— o de qué sirvió.

—¿No comprende usted —exclamó el padre Brown enojado— que se echaron una mano el uno al otro?

Byrne lo seguía mirando con aire de incredulidad, aunque la expresión de inteligencia empezaba a iluminar sus facciones.

—Eso es lo que quiero decir —prosiguió el otro— cuando digo que estaban en el asunto precisamente porque estaban fuera de él. La mayoría de las personas opinarán que se les debe absolver de los otros dos crímenes porque se ha probado que no estaban en éste. Y, en realidad, estaban en aquéllos, aunque no estaban en éste, ya que éste jamás se perpetró. Una coartada muy improbable y rara, esto es, improbable y por ello impenetrable. La mayor parte de los hombres dirá que quien confiesa un asesinato debe ser sincero y que quien perdona a su asesino también lo es. Nadie creerá que nunca llegó a existir tal crimen, de manera que el uno no tiene nada que perdonar y el otro nada que temer. Se habían dado cita aquí, para aquella noche, con objeto de eludir una historia que iba contra ellos mismos. Pero lo cierto es que no estuvieron aquí en la noche de autos; Horne estaba matando al viejo Gallup en el bosquecillo, mientras Wise estaba estrangulando al pequeño judío en su bañera romana. Por eso me he preguntado si Wise era lo realmente fuerte para resistir la ascensión que nos contó.

—Pues, desde luego, la historia estaba muy bien pensada —contestó Byrne decepcionado—Cuadraba con el tono del paisaje y era muy convincente.

—Demasiado convincente para convencer —dijo el padre Brown moviendo la cabeza—. ¡Qué vivida era la espuma coronada por la claridad lunar que se levantaba en el aire y se convertía en un espectro...! ¡Qué literaria! Horne es un sujeto ruin e indeseable, un truhán, pero no olvide usted que, como muchos de los truhanes y granujas de la historia, también es un poeta.

1 Nacido en Inglaterra (1649), de orígenes oscuros, simuló una conspiración del Papa y los católicos ingleses para asesinar al Rey y destruir el protestantismo. Los católicos sufrieron violentas persecuciones hasta que en 1685 Oates fue encarcelado, acusado de perjurio. Murió en 1705 (N del T).

2 Referencia a la XVIIIa enmienda, vigente en los años 20 y comienzos de los 30, también conocida como -Ley Seca-, que prohibía la fabricación, transporte y venta —y, por tanto, también el consumo— de bebidas alcohólicas (nde).

3 Isla en la que se desarrolla la acción del libro tercero de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift (nde).

4 Político inglés del siglo XDC, jefe del partido liberal y partidario de la autonomía de Irlanda. Firmó un pacto con el político irlandés Charles Parnell, quien más tarde fue acusado de terrorismo. Pese a ello, Gladstone mantuvo su política conciliatoria con Irlanda (nde).

5 El 13 de febrero de 1692, siguiendo órdenes del Gobierno británico, inspiradas al parecer —como hace constar aquí Chesterton— por el subsecretario de asuntos escoceses, Dalrymple de Stair, el ejército a las órdenes de John Graham de Claverhouse, vizconde de Dundee, atacó por sorpresa a los McDonald de Glencoe, que se habían negado a jurar fidelidad al monarca británico Guillermo III a la muerte del rey escocés Jaime II (nde).
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