¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi actitud está perdiendo altura! 9 Cuando nos estrellamos por dentro 10 Cuando nos estrellamos por fuera IV. El cambio de actitud






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título¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi actitud está perdiendo altura! 9 Cuando nos estrellamos por dentro 10 Cuando nos estrellamos por fuera IV. El cambio de actitud
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Regla # 4
Manténgase en contacto con la torre de control


Todo piloto sabe el valor que tiene comunicarse con hombres experimentados en los momentos de dificultades. La reacción natural cuando se tiene dificultades en el cielo, es pedir ayuda por radio. No siempre hacemos esto en nuestra vida diaria.

Nuestra tendencia es hacer las cosas por nuestra propia cuenta. Admiramos a los hombres valientes y decididos que salieron adelante solos. Es la manera americana. A veces somos como pequeños Frank Sinatras, cantando a voz en cuello para que todos nos oigan: «Lo hice a mi manera».

Jesús canta otra canción. Sus palabras hablan de plenitud de gozo y frutos. El tema de su canción dice: «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15.5). El título de su canción es: «Vive en mí y yo viviré en ti» o, más modernamente: «Te sentirás muy bien si estás conectado con la Vid».

La primera estrofa dice: «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Juan 15.4).

La segunda estrofa dice: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15.5).

La tercera estrofa dice: «El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden» (Juan 15.6).

La cuarta estrofa dice: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho» (Juan 15.7).

Durante un avivamiento en mi iglesia, Dios me hizo entender las afirmaciones de Jesús: «Separados de mí nada podéis hacer». Siempre me he inclinado a pensar: «Separado de Dios puedo hacer solamente algunas cosas». He reconocido rápidamente mi necesidad de Él para hacer «mucho más abundantemente de lo que pedimos o deseamos», pero he creído que puedo hacer solo las cosas que no eran tan grandes. No es así. He aprendido que no puedo «volar solo» en mi mundo nunca más. Sea que el tiempo esté calmado y los cielos azules, siempre debo mantenerme en contacto con Cristo.

Aplicación de actitud:

He hecho las siguientes afirmaciones en este capítulo. Tómese un momento para usar estas verdades en su actitud actual.
1. «Lo que realmente importa es lo que sucede en nosotros, no a nosotros».

¿Qué es más importante, la acción equivocada dirigida hacia mí, o la reacción equivocada dentro de mí?

¿Por qué?

2. «Siempre segamos lo que sembramos»

¿Es verdad eso?

Si no, ¿por qué?

3. «La diferencia entre el éxito y el fracaso en la toma de decisiones es con frecuencia asunto de tiempo».

¿Cuándo debe hacer sus decisiones un ganador?

¿Cuándo debo hacer la mía?

4. «Admiramos a esos hombres valientes y decididos que salieron adelante solos y por su propia cuenta. Es la manera americana».

¿Cuál es la manera de Dios? Léase 1 Corintios 1.18–31; 2.1–5.

Hablamos sobre los factores que nos hacen perder altitud. Los siguientes capítulos de la sección tres tratan de los factores que nos «hacen estrellar». Son las cosas que nos hacen chocar o las que culpamos cuando hacemos aterrizajes forzosos.

9

Cuando nos estrellamos por dentro

No hay seguridad en esta tierra, solamente oportunidad.

Douglas MacArthur
Hay ciertas tormentas en la vida de la persona que contribuyen a que la actitud se estrelle. Las tres tormentas que trato en este capítulo son predominantemente internas, no externas. Son parte de nosotros y deben ser tratadas constructivamente para que traigan paz y produzcan una actitud sana.

El temor al fracaso

La primera tormenta interna es: el temor al fracaso.

Hemos tenido muchas maneras de enfrentarnos con eso. Algunas personas son tan determinantes que dicen: «Si no tienes éxito la primera vez, destruye toda evidencia de que lo intentaste».

Fracaso: Lo escondemos,
lo negamos,
lo tememos,
lo desconocemos, y
lo odiamos.

Hacemos todo menos aceptarlo. Por aceptación no quiero decir resignación y apatía. Quiero decir entendimiento que el fracaso es un paso necesario hacia el éxito. El hombre que nunca cometió una equivocación nunca hizo nada.

Me gusta leer las vidas de los grandes hombres. Una realidad constante en todos es que experimentaron fracasos. En efecto, la mayoría de ellos comenzaron siendo fracasos.

Cuando el gran pianista polaco Ignace Paderewsky decidió estudiar piano, su profesor de música le dijo que sus manos eran demasiado pequeñas para dominar el teclado.

Cuando el gran tenor italiano Enrico Caruso presentó su solicitud para aprender canto, el maestro le dijo que su voz sonaba como el viento que silbaba por la ventana.

Cuando el gran estadista de la Inglaterra victoriana, Benjamín Disraeli intentó hablar en el Parlamento por primera vez, los parlamentarios le pidieron que se sentara y se rieron cuando dijo: «Aunque ahora me siente, vendrá el tiempo en el que me oirán».

Henry Ford olvidó poner una marcha de reversa en su primer carro.

Thomas Edison gastó dos millones de dólares en una invención que demostró ser de poco valor.

Muy pocos lo hicieron bien la primera vez. Fracasos, repetidos fracasos, son las huellas que hay en el camino hacia el éxito. La vida de Abraham Lincoln demostró que la única vez en que no se fracasa es cuando se hace algo y da resultado. Podemos y debemos «caer» e irnos de bruces hacia el éxito.
ABRAHAM LINCOLN. Biografía de un fracaso:

Infancia difícil

Menos de un año de estudios formales

Fracasado en negocios en 1831

Derrotado en elecciones para legislador, 1832

Otra vez fracasado en negocios, 1833

Electo para la legislatura, 1834

Muere su novia, 1835

Derrotado en elecciones para orador, 1838

Derrotado para elector, 1840

Casado con una mujer que fue una carga, 1842

Solamente uno de sus hijos vivió más de 18 años

Derrotado en elecciones para el Congreso, 1843

Electo para el Congreso, 1846

Derrotado para el Congreso, 1848

Derrotado para el Senado, 1855

Derrotado para vicepresidente, 1856

Derrotado para el Senado, 1858

Electo Presidente, 1860
Aceptar el fracaso en el sentido positivo, es algo efectivo cuando usted cree que el derecho a fracasar es tan importante como el derecho a triunfar. Me gusta el clima de San Diego más que a los nativos del Sur de California. ¿Por qué? Porque viví en Ohio y experimenté el invierno de 1978, para no mencionar unos cuantos más. La mayoría de las personas rara vez valoran su buena salud, hasta que no se enferman. El experimentar los problemas nos da un gozo más grande en nuestro progreso si aceptamos el fracaso como un proceso importante para llegar a nuestra meta.

Es imposible triunfar sin sufrir. Si tiene éxito y no ha sufrido, es que alguien ha sufrido por usted; y si está sufriendo sin tener éxito, tal vez alguien tendrá éxito por usted. Pero no hay éxito sin sufrimiento.

Unos años atrás, hablando en Dallas, hice una encuesta entre líderes de iglesias, preguntándoles: «¿Qué es lo que les impide hacer una gran obra para Dios?» La respuesta general fue: «El temor al fracaso». Inmediatamente les hablé sobre el fracaso. Mi mensaje de clausura en una conferencia donde los pastores habían visto y oído historias de éxito, fue sobre: «Fallas, fracasos y meteduras de pata». Todo el contenido de ese discurso de cuarenta y cinco minutos consistió en un relato de todos mis programas que habían fracasado. La audiencia rió histéricamente mientras confesaba abiertamente mis muchas equivocaciones. ¿Por qué? Había reconocido el fracaso y les había dado permiso para hacer lo mismo.

Una vez escuché a Reuben Welch, autor de We Really Do Need Each Other [En verdad nos necesitamos el uno al otro], hablar sobre la misma verdad liberadora. Habló como, cuando simplemente nos preocupamos de sobrevivir y conservar el status quo, defendemos una reputación que reprime el progreso y llega a ser autolimitante. Después de oír ese mensaje hice una placa que decía: «No tengo que sobrevivir solamente».

Nuestro Señor no solo enseñó esta verdad sino que también la demostró. Dijo que morir, no vivir, era la clave para la efectividad:

De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará (Juan 12.24–25).

Pocos capítulos más adelante, leemos cómo Cristo demostró esta verdad en el Calvario. Se convirtió en un ejemplo visible de sus palabras: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» (Juan 15.13). Ciertamente el «síndrome de supervivencia» no era parte de la vida de Jesús.

El apóstol Pablo entendió esta enseñanza cuando dijo de sí mismo:

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2.20).

Tertuliano, un apologista del segundo siglo, se refirió al asunto de sobrevivir, durante los primeros años de la historia de la iglesia. Algunos cristianos hacían ídolos como profesión. Cuando habló con ellos le dijeron: «Debemos vivir». Tertuliano les devolvió la pregunta: «¿Deben ustedes vivir?» ¿Cuál era su punto de vista? Que es más importante obedecer a Dios que preocuparse de sobrevivir.

Tal vez las palabras de William Arthur Word nos animarán a no pensar en «sobrevivir» y por eso perder nuestro temor de fracasar:

Si usted es sabio, olvídese de la grandeza. Olvide sus derechos, pero recuerde sus responsabilidades. Olvide sus inconveniencias, pero recuerde sus bendiciones. Olvide sus propios logros, pero recuerde su deuda con los demás. Olvide sus privilegios, pero recuerde sus obligaciones. Siga los ejemplos de Florence Nightingale, de Albert Schweitzer, de Abraham Lincoln, de Tom Dooley, y olvídese de la grandeza.

Si es sabio, se lanzará a la aventura. Recuerde las palabras del General Douglas MacArthur: «No hay seguridad en esta tierra. Solamente oportunidad». Vacíe sus días en busca de seguridad; llénelos con una pasión por el servicio. Vacíe sus horas de ambición de reconocimiento; llénelas con la aspiración de logros. Vacíe sus momentos de necesidad de entretenimiento; llénelos con el anhelo de creatividad.

Si es sabio, se perderá en la inmortalidad. Pierda su cinismo. Pierda sus dudas. Pierda sus temores. Pierda su ansiedad. Pierda su incredulidad. Recuerde estas verdades: Un hijo debe olvidarse pronto a sí mismo para ser recordado. Debe vaciarse a sí mismo para descubrir un yo más lleno.

Debe perderse a sí mismo para encontrarse. Olvídese de la grandeza. Láncese a la aventura. Piérdase en la inmortalidad.

Corra el riesgo. Trepe y súbase a la rama donde está el fruto. Muchas personas están todavía abrazadas del tronco del árbol, preguntándose por qué no reciben el fruto de la vida. Muchos líderes potenciales nunca lo logran porque se quedan atrás y dejan que otro corra el riesgo. Muchos receptores potenciales nunca recibieron nada porque no dieron un paso fuera de la multitud y lo pidieron. Santiago nos dice: «No tenemos porque no pedimos». En realidad no pedimos porque tememos el rechazo. Por eso no corremos el riesgo.

Reír es correr el riesgo de parecer tonto.
Llorar es correr el riesgo de parecer sentimental.
Acercarse a otro es correr el riesgo de involucrarse.
Demostrar sus sentimientos es correr el riesgo de demostrar su verdadero yo.
Poner sus ideas, sus sueños, delante de la gente es correr el riesgo de perderlos.
Amar es correr el riesgo de no ser amado.
Vivir es correr el riesgo de morir.
Esperar es correr el riesgo de desesperar.
Tratar es correr el riesgo de fracasar.

—Autor desconocido

Pero se debe correr el riesgo, porque el mayor peligro de la vida es no arriesgar nada. La persona que no arriesga nada no hace nada, no tiene nada y no es nada. Puede evitar sufrimiento y dolor, pero no puede aprender, crecer, sentir, cambiar, amar, vivir. Encadenado por estas certezas, es esclavo, ha perdido su libertad.

El temor al fracaso se aferra de aquellos que se toman demasiado en serio. Mientras crecemos, pasamos mucho tiempo preocupándonos de lo que el mundo piensa de nosotros. Cuando llegamos a la madurez nos damos cuenta que el mundo ni se fijó en nosotros todo el tiempo que nos preocupamos. Hasta que aceptemos que el futuro del mundo no depende de nuestras decisiones, no olvidaremos las equivocaciones pasadas.

En su autobiografía, The Tumult and the Shouting [La multitud y la gritería], el gran columnista deportivo Grantland Rice da este consejo acerca de las equivocaciones pasadas:

Porque el golf expone las imperfecciones del «swing» humano, básicamente una simple maniobra, causa más tortura que cualquier juego de ruleta rusa. Mientras más rápido, el golfista promedio, pueda olvidar el golpe que ha errado —y concentrarse en el siguiente golpe— más pronto comienza a mejorar y a disfrutar del golf. Al igual que la vida, el golf puede ser humillante. Sin embargo, poco bien se obtiene de lamentar las equivocaciones cometidas. El siguiente golpe, en el golf o en la vida, es el grandioso.

La actitud es el factor determinante respecto a si nuestros fracasos nos edifican o nos aplastan. La persistencia de una persona que se topa con un fracaso es una señal de una actitud saludable. ¡Los ganadores no renuncian! El fracaso se vuelve devastador y hace que nuestra actitud se estrelle, cuando renunciamos. Aceptar el fracaso como final es ser finalmente un fracaso.

Todos los que están dentro del rango de los arcos dorados conocen el éxito de los restaurantes McDonalds. Los ejecutivos de esta franquicia siguieron una norma que decía: «Insiste. Nada en el mundo puede tomar el lugar de la persistencia. No lo hará el talento; nada en el mundo es más común que hombres de talento sin éxito. El genio no lo hará; el mundo está lleno de ruinas educadas. Solamente la persistencia y la determinación son omnipotentes».

Una clave para fortalecerse en tiempos de fracaso es mirar a nuestro Creador y nuestro principal motivador.
CUANDO PARECE QUE HE FRACASADO
Señor, ¿quieres decirme algo?

Porque…

El fracaso no significa que soy un fracasado;
significa que todavía no he triunfado.

El fracaso no significa que no he logrado nada;
significa que he aprendido algo.

El fracaso no significa que he sido un tonto;
significa que tuve suficiente fe para experimentar.

El fracaso no significa que he sido desgraciado;
significa que me atreví a probar.

El fracaso no significa que no lo tengo;
significa que lo tengo de una manera diferente.

El fracaso no significa que soy inferior;
significa que no soy perfecto.

El fracaso no significa que he desperdiciado mi tiempo;
significa que tengo una excusa para comenzar otra vez.

El fracaso no significa que debo darme por vencido;
significa que debo tratar con más ahínco.

El fracaso no significa que nunca lo haré;
significa que necesito más paciencia.

El fracaso no significa que me has abandonado;
significa que debes tener una mejor idea para mí. Amén.

Aplicación de actitud:

Lea estos pensamientos fortalecedores en cuanto a cómo tratar con el fracaso. Escríbalos en una tarjeta de 3 X 5 pulgadas y téngalos a la mano para que los pueda leer a menudo.

El hombre que nunca cometió una equivocación, nunca hizo nada.

Fracasos, repetidos fracasos, son las huellas que hay en el camino hacia el éxito.

Es imposible triunfar sin sufrir.

«No tengo que sobrevivir solamente».

La actitud es el factor determinante en cuanto a si nuestros fracasos nos edifican o nos aplastan.

Aceptar el fracaso como final es ser finalmente un fracaso.

El fracaso es la línea de mínima persistencia.
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