¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi actitud está perdiendo altura! 9 Cuando nos estrellamos por dentro 10 Cuando nos estrellamos por fuera IV. El cambio de actitud






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título¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi actitud está perdiendo altura! 9 Cuando nos estrellamos por dentro 10 Cuando nos estrellamos por fuera IV. El cambio de actitud
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Aplicación de actitud:

Nuestra actitud no permanece estancada. Un balón a medio inflar está lleno de aire, pero no está lleno a toda su capacidad. Una banda de caucho mantiene juntos los objetos que sostiene y es efectiva solamente cuando está apretada. ¿Qué encuentra usted en su vida que demande apretar su actitud? ¿Está haciendo ajustes?

Escriba lo que siente que será su próxima «tormenta». Ahora, piense en la estrategia que empleará para contrarrestar una posible mala actitud relacionada con esa situación.

6

Materiales que se usan en la formación de la actitud

A la gente no le importa cuánto usted sabe, hasta que sabe cuánto a usted le importa.

John Maxwell

Como habrá notado, las actitudes no se dan automáticamente, ni son formadas en el vacío. Este capítulo trata de las principales influencias que hacen de nuestra actitud lo que es. Aunque estos «materiales», enumerados a continuación en orden cronológico, se superponen, su influencia es mayor unas veces que otras.

Personalidad/Temperamento

NACIMIENTO:

Medio ambiente

EDADES 1-6:

Expresión verbal

Aceptación de los adultos/estímulo

EDADES 6-10:

Autoimagen

Receptivo a experiencias nuevas

EDADES 11-21:

Asociación con los compañeros

EDADES 21-61:

Apariencia física

Matrimonio, familia, trabajo

Éxito

Ajustes

Afirmación de la vida

Todos estos factores juegan un papel importante en nuestras vidas y no podemos realmente «encajonarlos» en edades. Sin embargo, como indicamos arriba, hay ciertas edades en las que estos factores tienen más influencia.

Aplicación de actitud:

Piense en los materiales con los que ha construido su actitud. Escriba sus respuestas.

PERSONALIDAD/TEMPERAMENTO: LLegué a este mundo con una personalidad__________? Esto afectó mi actitud cuando____________.

AMBIENTE: Cuando niño, mi ambiente era por lo general: (a) seguro, (b) inestable, (c) intimidante.

EXPRESION VERBAL: Recuerdo una ocasión cuando alguien me dijo algo positivo o negativo que afectó mi actitud. Coméntelo y explique las circunstancias.

_____________________________________

_____________________________________
ACEPTACIÓN DE LOS ADULTOS/ESTÍMULO: Desde que recuerdo me sentí: (a) aceptado, (b) rechazado por mis padres.

AUTOIMAGEN:

Pobre

Destacada

Mi autoimagen como niño era:

1 2 3 4 5

Mi autoimagen como adulto es:

1 2 3 4 5

RECEPTIVIDAD A NUEVAS EXPERIENCIAS: Una experiencia positiva y una negativa que me ayudaron a formar mi actitud:

_____________________________________

_____________________________________
ASOCIACIÓN CON LOS COMPAÑEROS:______________________ fue la primera persona que tuvo una fuerte influencia en mi vida. Ahora ________________________ es la persona más importante y afecta mayormente mi actitud.

APARIENCIA FÍSICA: ¿Qué es lo que más me gusta de mi apariencia? ¿Qué debo cambiar? ¿Por qué?

_____________________________________

_____________________________________
MATRIMONIO, FAMILIA, TRABAJO: (Estas son las tres áreas de su vida que pueden determinar grandemente su actitud.) ¿Qué área me afecta positivamente? ¿Hay alguna que me afecta negativamente? ¿Qué voy a hacer con las influencias negativas?

ÉXITO: (Complete esta oración.) El éxito es:

_____________________________________
¿Soy una persona con éxito a la vista de quienes más amo?

AJUSTES FÍSICOS Y EMOCIONALES: Tres ajustes difíciles que he tenido que hacer en los últimos cinco años son:

_____________________________________

_____________________________________

_____________________________________
¿Cómo ha cambiado mi actitud debido a eso?

EVALUACIÓN DE SU VIDA: Hasta ahora, mi vida ha sido: (a) realizada, (b) irrealizada. La vida comienza en _____________________.

Ahora que ha evaluado cómo su perspectiva fue afectada en varias fases de su vida, observemos los materiales específicos que forman su actitud.

Personalidad: Quién soy

Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien (Salmos 139.13, 14).

Nacemos como individuos diferentes. Aun dos hijos de los mismos padres, con el mismo ambiente y la misma preparación, son totalmente diferentes el uno del otro. Estas diferencias son el «condimento de la vida» que a todos nos gusta. Como las casas rodantes, que parecen todas iguales, si todas las personas tuvieran iguales personalidades, nuestro viaje por la vida sería ciertamente aburrido.

Me encanta la historia de dos hombres que, mientras pescaban juntos, hablaban de sus esposas. Uno dijo: «Si todos los hombres fueran como yo, todos quisieran casarse con mi esposa». El otro replicó inmediatamente: «Si todos los hombres fueran como yo, ninguno de ellos quisiera casarse con ella».

Un conjunto de actitudes acompaña a cada personalidad. Por lo general la gente con cierto temperamento desarrolla actitudes comunes a ese temperamento. Hace unos pocos años, el pastor y consejero Tim LaHaye nos hizo reconocer nuestros cuatro temperamentos básicos. Por medio de la observación he notado que una persona con lo que se llama un temperamento colérico demuestra casi siempre actitudes de perseverancia y agresividad. Una persona con temperamento sanguíneo será por lo general positiva y verá siempre el lado optimista de la vida. Los que tienen temperamento introspectivo melancólico serán a veces negativos, mientras que el flemático dirá: «Fácilmente viene, fácilmente va». La personalidad de un individuo se compone de una mezcla de estos temperamentos, aunque hay excepciones. Sin embargo, un temperamento deja un rastro que puede ser identificado analizando las actitudes de una persona.

Medio ambiente: Lo que me rodea

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron (Romanos 5.12).

Creo que nuestro medio ambiente es un factor de control mayor en el desarrollo de nuestra actitud, más que nuestra personalidad u otros rasgos heredados.

Antes que Margaret y yo formáramos nuestra familia, decidimos adoptar nuestros hijos. Quisimos dar a un niño que no pudiera normalmente tener el beneficio de un hogar cristiano, una oportunidad de vivir en ese ambiente. Aunque nuestros hijos no se parezcan físicamente a nosotros, ciertamente se han moldeado por el ambiente en el que les hemos criado.

Es el ambiente de los primeros años de la infancia el que desarrolla el «sistema de creencias». El niño toma continuamente prioridades, actitudes, intereses y filosofías de ese ambiente. Es verdad que lo que yo creo afecta mi actitud. Pero lo que creo puede ser falso. Lo que creo puede no ser saludable. Puede herir a otros y destruirme. Sin embargo, la actitud es reforzada por las creencias, correctas o incorrectas.

El ambiente es el primer factor de influencia en nuestro sistema de creencias. Por eso el fundamento de la actitud está en el ambiente en el que nacimos. El ambiente llega a ser aun más importante cuando nos damos cuenta que las actitudes iniciales son las más difíciles de cambiar.

Debido a esto, cuando miramos a la sociedad tendemos a sentir pánico ante el solo pensamiento de traer un hijo a este mundo. Una persona dijo, con pesimismo:

La basura es insoportable;
las botellas no son reciclables;
las latas no son inflamables;
el estruendo es increíble;
el atún no es comestible;
las torres petroleras marítimas son filtrables;
las carteleras son incalificables;
los barrios bajos son irremediables;
la contaminación es inaguantable;
los fosfatos no son solubles;
los problemas parecen insolubles;
la gente imperdonable;
y la vida ha llegado a ser intolerable.

Autor desconocido.

Un cristiano no debe ver la sociedad tan negativamente. Con Jesús la vida es maravillosa. Saber esto nos da esperanza en cualquier ambiente. El apóstol Pedro dijo que la misericordia de Cristo nos hizo renacer para «una esperanza viva» (1 Pedro 1.3).

Sin embargo, la edad y el cristianismo no nos hacen inmunes a las influencias de nuestro medio ambiente. Fui pastor de la Faith Memorial Church en Lancaster, Ohio, por más de siete años. Recuerdo 1978 como el año en que el centro de Ohio recibió muchos chubascos de nieve y agua helada. Noté que la mayoría de los meteorólogos tienen una mala actitud, dan no solamente la temperatura sino también las condiciones del viento helado. Por más de treinta días la temperatura jamás subió por encima del punto de congelamiento. Las cuentas de gas y electricidad fueron altas todo el tiempo. La gente se volvió claustrofóbica mientras permanecía «congelada» en su encierro por días. Resultado: depresión. Pasé un promedio de treinta horas a la semana aconsejando a la gente que luchaba con problemas de actitud debido al mal tiempo. En efecto, había veces en que yo mismo cerraba mis ojos en oración, esperando escuchar a Dios decirme: «Hijo, vete a Hawai». Hasta el tiempo inclemente puede «depositar nieve en nuestras alas» haciéndonos perder altitud en nuestra actitud.

Expresión verbal: Lo que oigo

La fe viene por el oír (Romanos 10.17).

Palos y piedras pueden romper mis huesos
pero las personas nunca me herirán.

¡No crea eso! Después que desaparecen las heridas y el dolor físico, el dolor interno producido por las palabras hirientes todavía permanece. Durante una de nuestras reuniones de personal pedí a los pastores, secretarias y guardianes que levantaran su mano si recordaban alguna experiencia de la infancia en la que las palabras de alguien les hiriera profundamente. Todos levantaron su mano.

Un pastor recordó la ocasión cuando estaba sentado en un círculo de lectura en la escuela. (¿Recuerdan cuán intimidantes eran esas sesiones?) Cuando le llegó su turno para leer, pronunció mal la palabra «fotografía». El profesor le corrigió y toda la clase rió. Todavía lo recuerda… cuarenta años más tarde. Un resultado positivo de esa experiencia fue su deseo, desde ese momento, de pronunciar las palabras correctamente. Ahora se destaca como un orador debido a esa determinación.

Otro pastor contó al grupo acerca de sus primeros días en el seminario. Se sentía abrumado e intimidado por esa nueva experiencia. El peso del trabajo le parecía imposible de soportar. Había que leer miles de páginas, palabras griegas que aprender, versículos bíblicos que memorizar y papeles que escribir. Aunque no había contado a nadie la presión que sentía, era obvio que lo notaban.

Uno de los estudiantes se levantó, puso su brazo sobre su hombro, y le dijo: «Amigo, quiero decirte algo. No importa cuán grande sea la roca. Si sólo te preocupas por golpearla, el momento menos pensado se hará pedazos». El pastor dijo: «De pronto, la inmensa roca me pareció controlable y comencé a golpearla firme y constantemente, poco a poco. Y en efecto, tal como había sido programado —tres años más tarde— la roca “se hizo pedazos” y eso se llamó “graduación”. Las palabras que oí aquella ocasión fueron reconfortantes en vez de hirientes».

Las palabras son poderosas… sin embargo, no tienen sentido hasta que se añaden a un contexto. Las mismas palabras, viniendo de dos diferentes personas, rara vez se reciben de la misma manera. Las mismas palabras en frases diferentes rara vez causan el mismo impacto. Las mismas palabras, viniendo de la misma persona, se interpretan a la luz de la actitud del que las pronuncia. Un padre trataba de enseñar a su hijo esta verdad. Un día, el muchacho vino a casa y le dijo: «Papá, creo que fracasé en mi examen de aritmética». Su padre le dijo: «Hijo, no digas eso; eso es negativo. Sé positivo». Así que el muchacho dijo: «Papá, fracasé positivamente en mi examen de aritmética».

Las palabras pueden influir aun en la prolongación o acortamiento de nuestras vidas. Si la mayoría de nuestras conversaciones tienen una tendencia negativa, estoy seguro que es mejor no decir nada. Hace algunos años, a los nuevos ingenieros de la división de lámparas de la General Electric, les encargaron, como una broma, la tarea imposible de congelar las bombillas por adentro. Un novato nada tímido llamado Marvin Papkin, no solo encontró una manera de congelar las bombillas por adentro, sino que inventó un ácido para grabar que dejaba diminutos hoyuelos redondeados en la superficie en vez de agudas depresiones. Esto fortalecía cada bombilla. ¡Nadie le había dicho que no podía hacerse, así que lo hizo!

Aceptación adulta/Afirmación: Lo que siento

Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5.8).

Cuando hablo a líderes, les menciono la importancia de la aceptación/afirmación de quienes dirigen. Es cierto que a la gente no le importa mucho lo que usted sabe, hasta que sabe lo mucho que a usted le importa.

Recuerde sus días escolares. ¿Cuál era su profesor favorito? ¿Por qué? Probablemente recuerde con más gratitud al que le aceptó y afirmó. Rara vez recordamos lo que el profesor nos dijo, pero sí recordamos cuánto nos amó. Antes de buscar enseñanza, buscamos entendimiento. Después que hemos olvidado las enseñanzas, recordamos el sentimiento de aceptación o rechazo.

Muchas veces he preguntado a las personas si les gustó el sermón de su pastor de la semana anterior. Luego que responden afirmativamente, les pregunto: «¿Cuál fue el tema?» El setenta y cinco por ciento de las veces no pueden darme el título del sermón. No recuerdan el tema exacto, pero recuerdan la atmósfera que había y la actitud con que se predicó.

Mis tres maestros favoritos de Escuela Dominical son lindos ejemplos de esta verdad. Primero vino Katie, mi maestra de segundo grado. Cuando estaba enfermo y faltaba a su clase, venía a visitarme el siguiente lunes. Me preguntaba cómo me sentía y me daba una chuchería de cinco centavos que para mí valía un millón de dólares. Me decía: «Johnny, siempre enseño mejor cuando tú estás en clase. Cuando vengas el próximo domingo por la mañana, ¿querrías levantar la mano para que yo sepa que estás entre los alumnos? Entonces enseñaré mejor».

Cuando amanecía el siguiente domingo por la mañana, me levantaba y me preparaba para ir a la Escuela Dominical. ¡Ni la rubiola, ni la gripe asiática, ni la fiebre de heno del Mediterráneo combinadas, me impedirían obtener esa clase de afirmación y aceptación de parte de Katie! Todavía puedo verme levantando mi mano y contemplando la sonrisa que me dirigía Katie desde el frente de la sala de clases.

También recuerdo a otros chicos levantando sus manos cuando comenzaba su lección. Su clase creció rápidamente y el superintendente de la Escuela Dominical quiso dividirla para formar una nueva al otro lado del pasillo. Para ello pidió voluntarios, pero ninguno levantó su mano. Ese día, el segundo grado tuvo la primera «huelga de sentados» de la iglesia. Nuestro lema era: «No nos moveremos» ¿Por qué? Ninguno de los muchachos quería ir al otro lado del pasillo con una nueva maestra y perderse las continuas demostraciones de amor de Katie.

Mi segundo maestro favorito era Roy Rogers (no el artista). Fue mi maestro en el cuarto grado. Asimismo, no recuerdo mucho lo que decía, pero sí lo que hacía. Daba amor y aceptación a un grupo de muchachos de cuarto grado, junto con su tiempo. Nos llevaba al Ted Lewis Park y nos enseñaba a jugar béisbol. Aprendíamos mucho con él, nos reíamos. Sudábamos y nos ensuciábamos juntos. Después, luego de una tarde en el diamante, Roy nos llevaba en su camioneta al Dairy Queen para comer un «perro caliente» de un pie de largo y tomar una leche con chocolate batida. Me encantaba Roy Rogers.

Glen, que enseñaba a los muchachos de primer año, era mi tercer maestro favorito. ¿Enseñó usted alguna vez a un grupo de muchachos terriblemente inquietos? Esos maestros pasan al frente de la clase para recibir una recompensa del cielo. Cualquier maestro de esta clase que leyera sobre Daniel y el pozo de los leones, diría: «Gran cosa… si querían en verdad probar la fe de Daniel, ¡debían haberlo metido en una clase de muchachos de primer año!»

Bueno, Glen estaba metido con nosotros. Mejor dicho, estaba metido en nosotros. Enseñó a esta clase por veinte años. Todo muchacho difícil, flojo, distraído, sentía el amor de Glen. A veces las lágrimas rodaban por sus mejillas viendo cómo el amor de Dios podía transformar a esos muchachos de primer año.

Un día se detuvo en medio de su lección y dijo: «Muchachos, oro por ustedes todos los días. Apenas se termine la clase necesito ver a Steve Banner, Phil Conrad, Junior Fowler y John Maxwell». Después de clase, los cuatro nos reunimos con Glen afuera, y nos dijo: «Anoche, cuando oraba por ustedes, sentí que el Señor iba a llamarles a cada uno al servicio cristiano a tiempo completo. Quiero ser el primero en animarles a ser obedientes al llamamiento de Dios». Luego lloró mientras oraba pidiéndole al Señor que nos usara para su gloria.

Hoy en día, todos somos pastores de iglesias: Steve Banner en Ohio, Phil Conrad en Arizona, Junior Fowler en Oklahoma y yo en California. Estos maestros de Escuela Dominical dejaron una marca indeleble en mi vida por la aceptación y afirmación que me dieron.

Recientemente conversé con Mary Vaughn, que fue una vez jefe de consejería en el sistema de escuelas elementales de Cincinnati. Le pedí que me indicara cuál era el principal problema que notaba en los casos de consejería. «John», dijo de inmediato, «la mayoría de los problemas sicológicos de los muchachos se originan en la falta de afirmación y aceptación de parte de sus padres y compañeros». Continuamente hizo énfasis en que el nivel económico, el estrato profesional o social u otros factores en los que la sociedad pone toda su atención eran insignificantes.

Entonces me contó una historia sobre Dennis, un niño de diez años de edad. Este alumno de tercer grado siempre peleaba, mentía y causaba muchos problemas entre sus compañeros. Creía que «nadie me quiere, el maestro siempre me llama la atención». No respondía a las personas a quienes él realmente les importaba y que trataban de ayudarle al máximo. ¿Cuál era su problema? Quería la afirmación y el amor de su madre, tanto, que vivía en un mundo de fantasía hablando siempre del amor (inexistente) de su madre. En realidad su madre no hizo nada por concederle esa afirmación. La necesidad de atención que Dennis tenía era tan grande, que soñaba con el amor de su madre y dirigía su mala actitud hacia otros.

A diferencia de Dennis, fui privilegiado al crecer en una familia muy sólida. Nunca cuestioné el amor y la aceptación de mis padres. Constantemente afirmaban su amor a través de sus acciones y palabras. Ahora, Margaret y yo hemos procurado crear este mismo ambiente para nuestros hijos. El otro día hablábamos acerca de la importancia de mostrar amor a nuestros hijos. Concluimos que ellos ven o sienten nuestra aceptación y afirmación por lo menos tres veces al día. ¡Eso no es demasiado! ¿Le han dicho alguna vez que es importante, amado y apreciado? Recuerde, a la gente no le importa lo mucho que usted sabe, hasta que saben lo mucho que a usted le importa.
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