¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi actitud está perdiendo altura! 9 Cuando nos estrellamos por dentro 10 Cuando nos estrellamos por fuera IV. El cambio de actitud






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título¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi actitud está perdiendo altura! 9 Cuando nos estrellamos por dentro 10 Cuando nos estrellamos por fuera IV. El cambio de actitud
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Cuando nos estrellamos por fuera

La ley de Murphy: «Nada es tan fácil como parece; todo lleva más tiempo que lo que usted espera; si algo tiene que salir mal, saldrá, y en el peor momento posible».

La ley de Maxwell: «Nada es tan difícil como parece; todo es más gratificante que lo que usted espera; si todo puede salir bien, saldrá, y en el mejor momento posible».
Los problemas internos no son sólo las cosas que dañan nuestra perspectiva. Nuestra actitud se estrella cuando las tormentas alrededor nuestro comienzan a cobrar su precio. He señalado cuatro de estas causas externas.

La cercanía de la crítica

Llamo a la primera La cercanía de la crítica.

Utilizo la palabra cercanía porque la crítica que hiere llega siempre cerca a donde estamos o a lo que amamos.

La crítica de los demás es como tener a alguien «caminando con nuestros zapatos azules de cabretilla».

Cuando, hablando sobre esto, muchas veces pregunto a la audiencia si recuerdan alguna crítica que afectó mucho sus vidas, casi siempre recibo un unánime «sí».

Yo también he oído muchas críticas. Crecí en una denominación que daba un alto sitial a los pastores que recibían anualmente un voto unánime de confianza de sus congregaciones. Las conversaciones durante las conferencias de verano de las iglesias, giraban alrededor de los recientes votos. Este énfasis estaba fuertemente sembrado en mi mente, y mi oración durante mi primer pastorado era: «Oh, Señor, ayúdame a agradar a todos». (Esa es definitivamente una oración para el fracaso.)

Hice lo mejor. Besé a los niños, visité a los ancianos, casé a los jóvenes, enterré a los muertos, hice todo lo que pensaba que debía hacer. Finalmente el voto anual debía basarse en mi desempeño. Quince años más tarde, todavía recuerdo los resultados. Treinta y uno sí, un no, y una abstención. ¿Qué iba a hacer? No agradé a todos. Corrí al teléfono y llamé a mi padre en busca de consejo. Afortunadamente me aseguró que la iglesia pasaría la «crisis». Por desgracia, seis meses después seguía preguntándome quién votó «no».

De esa primera experiencia pastoral aprendí el efecto negativo que la crítica puede tener en un joven líder eclesiástico. Una persona aceptando su llamamiento con un sueño, puede estrellarse fácilmente, a menos que entienda que el mejor fruto es el que se comen los pájaros.

Jesús, que era perfecto en amor y motivos, fue criticado e incomprendido continuamente. La gente:

• lo llamó glotón (Mateo 11.9)

• lo llamó borracho (Lucas 7.34)

• lo criticó por asociarse con pecadores (Mateo 9.11)

• lo acusó de ser samaritano y de tener un demonio (Juan 8.48)

A pesar de haber soportado la incomprensión, la ingratitud y el rechazo, nuestro Señor nunca estuvo amargado, desalentado o derrotado. Cada obstáculo era una oportunidad para Él. ¿Quebrantamiento de corazón? Era una oportunidad para consolar. ¿Enfermedad? Era una oportunidad para sanar. ¿Tentación? Era una oportunidad para vencer. ¿Pecado? Era una oportunidad para perdonar. Jesús cambió las tribulaciones en triunfos.

Esa actitud contrasta con la de Amos, en el antiguo programa de radio «Amos’n Andy show» [El show de Amos y Andy]. Amos estaba cansado de la permanente crítica de Andy. Lo más irritante era el dedo de Andy continuamente golpeando el pecho de Amos. Un día, Amos ya no pudo más. Compró un poco de dinamita, la fijó a su pecho y dijo a su amigo Kingfish: «La próxima vez que Andy comience a criticarme y a golpear su dedo contra mi pecho, ¡esta dinamita le volará su mano!» Por supuesto que no se detuvo a pensar en lo que le pasaría a su precioso pecho.

Nos herimos nosotros mismos cuando nuestra reacción hacia los que nos critican se vuelve negativa. Cuando surgen tales sentimientos, es importante leer las enseñanzas de Jesús:

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre justos e injustos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5.43–48).

Aplicación de actitud:

He aquí algunas maneras de impedir que la crítica sabotee su actitud:

1. Siempre que sea posible, evite a las personas que le deprimen. La gente pequeña trata de derribarle, pero la gente grande le hace sentir valioso.

2. Pregúntese: ¿Qué es lo que más me molesta cuando soy criticado? ¿Quién lo dice? ¿Por qué lo dice? ¿Con qué actitud lo dijo? ¿Dónde lo dice? La crítica que viene de diferentes personas ¿es sobre el mismo asunto? ¿Es válida? Si es así, ¿estoy haciendo algo al respecto?

3. Busque a un amigo que tenga el don del estímulo. Vaya donde él, y reciba de su don. Pero nunca reciba su apoyo sin utilizar sus dones para ministrarle a cambio.

La presencia de los problemas

La segunda tormenta es la presencia de los problemas.

Al hijo único de una pareja le enviaron a estudiar en la universidad. Se esperaba mucho de él, pero sus notas eran bajas. Después de pocos meses fue expulsado de la escuela. Conociendo el desaliento que tendrían sus padres, envió a su madre un telegrama que decía: «Perdí todos mis cursos- expulsado de la escuela- regreso a casa- prepara papá».

Al siguiente día recibió este telegrama: «Papá preparado- prepárate tú».

La vida está llena de problemas así y haríamos muy bien en estar preparados para ellos. No hay tal lugar libre de problemas, y no hay tal persona que no conozca los problemas. ¡Y los cristianos no son una excepción!

Es mi responsabilidad y privilegio discipular a los principales líderes de mi congregación. Pocos años atrás estudié 2 Timoteo en una serie que titulé: «Un receso para Timoteo». Uno de los temas era «Persecución del líder cristiano». Y este era el pensamiento central: «Todos los que quieran practicar vidas piadosas en Cristo Jesús serán perseguidos». El asunto principal tratado en el estudio era: «¿Puede usted nombrar a un personaje de la Biblia, grandemente usado por Dios, que no soportó tribulaciones?» Inténtelo. Casi sin excepción, las personas de quienes leemos en la Palabra de Dios encontraron problemas.

Cuando Noé navegó el mar azul
tuvo problemas igual que tú;
cuarenta días buscó un lugar
antes de hacer la barca descansar.

A veces, nos encontramos «inundados» de problemas. Tal vez sea el número de dificultades, más que el tamaño de las mismas, lo que nos aplasta. Todos tenemos momentos cuando «mordemos más de lo que podemos masticar».

Hay momentos cuando nos sentimos como el entrenador de leones que tenía más de lo que podía controlar, y puso el siguiente aviso en el periódico: «Entrenador de leones, necesita entrenador de leones».

El aviso enfatiza el sentimiento del hombre de la siguiente historia:

Era una de esas personas que aceptaba todo lo que sucedía como una manifestación del poder divino. No era asunto suyo, decía, cuestionarse las obras de la Divina Providencia.

El infortunio le había acompañado toda su vida, sin embargo nunca se quejó. Se casó y su esposa se fue con uno de los empleados. Tuvo una hija y la hija fue engañada por un villano. Tuvo un hijo y su hijo fue linchado. Un incendio consumió su granero, un ciclón derribó su casa, una tormenta de granizo destruyó sus cosechas, y el banquero ejecutó la hipoteca y le quitó su granja. Sin embargo, después de cada golpe del infortunio se arrodillaba y daba gracias a Dios por su infinita misericordia.

Después de un tiempo, sin un centavo, pero todavía sumiso a los decretos de lo alto, fue a dar en la casa para pobres del condado. Un día, el supervisor le envió a arar un campo de papas. Vino una tormenta y parecía que pasaría sin hacer daño cuando, sin advertencia, descendió del cielo un rayo centellante. Derritió el arado, arrancó casi todos sus vestidos, chamuscó su barba, marcó su espalda desnuda con las iniciales del ganadero vecino, y le lanzó al otro lado de una cerca alambrada de púas.

Cuando recuperó el conocimiento, se puso lentamente de rodillas, junto sus manos y levantó sus cejas hacia el cielo. Entonces, por primera vez, acertó: «Señor», dijo, «¡esto está poniéndose ciertamente ridículo!»

Cuando nuestra actitud se estrella, tenemos dos alternativas: Podemos, o cambiar la dificultad, o cambiarnos a nosotros mismos. Lo que se pueda cambiar, para lo mejor, debe ser cambiado. Cuando eso es imposible, debemos ajustarnos a las circunstancias de una manera positiva.

Antes de los días de los antibióticos. Robert Louis Stevenson, el gran novelista escocés, autor de La isla del tesoro, estuvo postrado en cama con consunción por mucho tiempo. Pero la enfermedad nunca disminuyó su optimismo. Una vez, cuando su esposa le oyó toser muy malamente, le dijo: «Espero que todavía creas que es un día maravilloso».

Stevenson miró los rayos del sol reflejándose en las paredes de su dormitorio, y contestó: «Lo creo. Nunca permitiré que una hilera de frascos de medicamentos bloquee mi horizonte».

El apóstol Pablo tenía la misma actitud. Dijo:

Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos (2 Corintios 4.8, 9).

Aplicación de actitud:

¿Qué son los problemas?

LOS QUE PREDICEN: Ayudan a moldear nuestro futuro.

LOS QUE RECUERDAN: No somos suficientes. Necesitamos que Dios y los demás nos ayuden.

SON OPORTUNIDADES: Nos sacan de la rutina y nos hacen pensar creativamente.

SON BENDICIONES: Nos abren puertas por las que, por lo general, no hubiéramos pasado.

SON LECCIONES: Cada nuevo reto será un maestro para nosotros.

ESTÁN EN TODAS PARTES: Ningún lugar o persona está excluido de ellos.

SON MENSAJES: Nos advierten sobre desastres potenciales.

SON SOLUCIONABLES: Ningún problema es sin solución.

El conflicto del cambio

La tercera conducta externa que hace caer nuestra actitud es el conflicto del cambio.

No resistimos a nada tanto como al cambio. Muchas veces disfrutamos la recompensa del cambio, pero resistimos su proceso. Somos criaturas de hábito. Primero los formamos, luego nuestros hábitos nos forman. Somos lo que hacemos repetidamente. Es fácil ver nuestro mundo solamente desde nuestra perspectiva. Cuando eso ocurre nos estancamos y estrechamos.

Lea las siguientes oraciones. Una es verdadera, la otra no.

«El cambio trae crecimiento».

«El crecimiento trae cambio»

La primera oración: «El cambio trae crecimiento», es verdadera solamente si su actitud es correcta. Teniendo la actitud adecuada, todo cambio, sea positivo o negativo, será una experiencia de aprendizaje que resultará en una experiencia de crecimiento.

Nuestra incapacidad para controlar las situaciones cambiantes ha sido la causa para que muchas actitudes se estrellen. Pero esto no tiene que ser así.

En una Navidad fui por todas las dependencias de nuestra iglesia deseando a todos felicidades. Me acerqué a una de las secretarias voluntarias y le pregunté: «¿Está lista para la Navidad?» Con una sonrisa me contestó: «Casi. Me falta un osito más que rellenar». Pensando que estaba haciendo osos para sus nietos, le pregunté: «¿Cuántos nietos tiene?» «Ninguno», me contestó, «pero no importa, fui a mi vecindario y adopté algunos. Pensé que si voy a tener una familia en Navidad, ¡es mejor que la forme!»

Entonces me explicó algo sobre los problemas que había tenido con su propia familia. Mientras más me contaba, más sentía que esta notable señora no quería ahogarse en el estanque de compasión en el que muchos se hunden. Para ella, las navidades serían hermosas y no solitarias, sólo porque no permitía que su actitud se estrellara contra cosas que no podía controlar.

El doctor G. Campbell Morgan cuenta de un hombre cuya tienda se había quemado en el gran incendio de Chicago. Llegó a las ruinas, al siguiente día, llevando una tabla. La colocó en medio de los escombros y escribió sobre ella la siguiente leyenda: «Perdido todo, menos esposa, hijos y esperanza. El negocio abrirá, como de costumbre, mañana por la mañana».

Lamentablemente, muchos son como el anciano en Maine del norte que había pasado los cien años. Un periodista de Nueva York que le hizo una entrevista, comentó: «Apostaría que ha visto muchos cambios en sus cien años».

El viejo cruzó sus brazos, proyectó su quijada y replicó con indignación: «Sí, ¡y he envejecido con cada uno de ellos!»

He pasado mucho tiempo observando por qué y cuándo la gente se resiste al cambio. Algunos se esfuerzan hasta que logran la comodidad, entonces se quedan allí y no quieren crecer. Para muchos, una experiencia negativa les ha hecho retroceder y decir «nunca más».

En un acuario costero, una barracuda salvaje quiso atacar enseguida a la macarela que veía, pero fue detenida por la división del estanque. Después de darse muchos golpes contra el vidrio, finalmente desistió. Más tarde, la división fue quitada pero la barracuda nadaba solo hasta el punto donde había estado antes. Creía que todavía estaba allí. Muchas personas son así, avanzan hasta que llegan a una barrera imaginaria, y se detienen frente a una autoimpuesta actitud de limitación.

Si sólo supieran cuán enfermiza es una actitud así.

El cambio es esencial para crecer. Un famoso inventor dijo una vez: «El mundo odia el cambio, sin embargo, es lo único que ha traído progreso». Para el cristiano, el cambio nos debería llevar más cerca de Dios. Él ha ordenado cambiar. Necesitamos recordar que no todas las personas nacen a la vez. Dios ha ordenado que haya una sucesión de generaciones: Primero, el hombre es hijo, luego padre, luego abuelo y posiblemente bisabuelo. Cada nueva generación es la manera de Dios para decirnos que Él todavía tiene para nosotros un propósito por cumplir. En efecto, cada generación tiene tres funciones específicas que cumplir: (1) conservar, (2) criticar, (3) crear.

Cada generación es un banco en el que la generación anterior deposita sus valores. La nueva generación examina esos valores, descarta lo que ya no se necesita, y usa lo que queda para crear nuevos valores. Todo este proceso de conservar, criticar y crear produce lo que tememos: cambio.

Suponga que cada generación tuviera que descubrir los números, o el idioma, o la medicina, o el evangelio. El mundo no vería ningún progreso. Pero porque cada generación conserva lo que las anteriores han descubierto, podemos continuar haciendo progresos en las áreas importantes de la vida. Esto no significa que cada generación necesariamente use estos conocimientos y habilidades conservados para los mejores propósitos, pero sí significa que cada nueva generación se sube sobre los hombros de la pasada y trata de llegar más alto.

Cuando nos demos cuenta que Dios ha ordenado las nuevas generaciones, y que las nuevas generaciones traen cambio, entenderemos que una generación no puede hacer nada sin los demás. A la generación vieja le gusta conservar, a la joven le gusta criticar, pero esta interacción produce la fricción que ayuda a generar el poder para el progreso. La generación vieja es nuestro eslabón con el pasado, la joven es nuestro eslabón con el futuro, y a ambas las necesitamos. Los hombres jóvenes necesitan la visión de los hombres viejos, y estos necesitan la visión de aquellos. Embalsamar el pasado es convertir a la sociedad en un museo y destruir lo que Dios ha hecho para nosotros en el futuro.

Aun cuando la gente se dé cuenta que el cambio es inevitable, responde de manera diferente a sus retos. Algunos se meten en sus refugios emocionales y espirituales y rehúsan ser parte de la acción. Un miembro de una iglesia le dijo a su pastor: «¡Es un alivio venir a una iglesia en donde nada ha cambiado en treinta años!» Mi corazón sangra por ese pastor.

Por otra parte están los que van al otro extremo y cambian con todo viento que sopla. Saltan de vagón en vagón y, como los atenienses a quienes predicó Pablo, están siempre buscando algo nuevo. Entierran los viejos himnos, las formas tradicionales de oración son hechas a un lado, y aun la terminología tradicional es reemplazada por una jerga que deja al pobre adorador preguntándose si Dios entiende lo que está pasando.

Sin embargo, el cambio correcto nos fortalece. Moisés usa esta ilustración en Deuteronomio 32.11 cuando describe a la madre águila obligando a su aguilucho a abandonar el nido y volar. El aguilucho quiere permanecer en el nido y ser alimentado, pero si permanece, nunca usará sus grandes alas para disfrutar de las grandes alturas para las que fue creado. De manera que su madre tiene que sacarlo del nido, atraparlo sobre sus alas cuando cae demasiado lejos y repetir el proceso hasta que aprende a volar por su cuenta.

A usted y a mí nos gustan nuestros niditos. Hemos trabajado mucho para construirlos. Esto explica por qué resentimos cuando Dios sacude el nido. Dios quiere que crezcamos. Las almas tímidas oran: «¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría» (Salmos 55.6). Pero el valiente debe reclamar el cumplimiento de Isaías 40.31 «Levantarán alas como las águilas» ¡justo frente al viento! No todo el que envejece crece, y los que no crecen son casi siempre los que han eludido el reto del cambio.

Nos anima ver cuántos hombres y mujeres han sido usados por Dios durante lo que hubieran sido sus «años de descanso». Abraham y Moisés no eran jóvenes cuando Dios los llamó, y cuando Saulo de Tarso estaba preparado para su cómoda carrera rabínica, Dios sacudió su nido y lo obligó a volar. La iglesia moderna y la historia misionera están llenas de historias acerca de gente madura que voluntariamente dejaron el nido para servir a Dios con las alas del águila.
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