Sinopsis Una mujer indomable, un espíritu rebelde una leyenda. Una de esas novelas que uno, simplemente, no puede perderse. Estaba destinada a crecer como la rica heredera de un magnate de la industria textil,






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ELENA PONIATOWSKA

Leonora

Seix barral

Sinopsis

Una mujer indomable, un espíritu rebelde... una leyenda. Una de esas novelas que uno, simplemente, no puede perderse. Estaba destinada a crecer como la rica heredera de un magnate de la industria textil, pero desde pequeña supo que era diferente, que su capacidad de ver lo que otros no veían, la convertía en especial. Desafió las convenciones sociales, a sus padres y maestros, y rompió cualquier atadura religiosa o ideológica para conquistar su derecho a ser una mujer libre, personal y artísticamente. Leonora Carrington es hoy una leyenda, la más importante pintora surrealista, y su fascinante vida, el material del que se nutren nuestros sueños. Leonora vivió la más turbulenta historia de amor con el pintor Max Ernst. Con él se sumergió en el torbellino del surrealismo, y se codeó en París con Salvador Dalí, Marcel Duchamp, Joan Miró, André Breton o Pablo Picasso; por Max enloqueció cuando fue enviado a un campo de concentración. A Leonora se la confinó en un manicomio de Santander, del que escapó para conquistar Nueva York de la mano de Peggy Guggenheim. Se instaló en México y allí ha culminado una de las obras artísticas y literarias más singulares y geniales. No es la primera vez que Elena Poniatowska retrata como nadie a una mujer excepcional. La increíble vida de Leonora Carrington es, en sus manos, una aventura apasionante, un grito de libertad y una elegante aproximación a las vanguardias históricas de la primera mitad del siglo xx.

Autor: Poniatowska, Elena

©2011, Seix barral

ISBN: 9788432214035

Generado con: QualityEbook v0.73

A Thomas Haro Refuveille, mi nieto mayor

Capítulo 1

CROOKHEY HALL

SOBRE el mantel de la mesa del comedor se agrandan los platos y los cuatro niños, Patrick, el mayor, Gerard y Arthur desayunan porridge; a Leonora le disgusta pero la niñera, Mary Kavanaugh, dice que en el centro del plato de avena encontrará el lago Windermere, el más bello y más grande de Inglaterra. Entonces la niña, cuchara en mano, come la avena desde la orilla y empieza a escuchar el agua y mira cómo pequeñas olas se frisan en su superficie porque ha llegado al Windermere.

De los ojos verdes de los tres varones, a ella le gustan más los de Gerard porque sonríen.

El comedor es oscuro, al igual que el resto de Crookhey Hall. Desde que es niña, Leonora conoce el hollín. A lo mejor la Tierra es una inmensa chimenea. El humo de las fábricas textiles de Lancashire acompaña sus días y sus noches y su padre es el rey de la negrura, el más negro de todos, el que sabe hacer negocios. También los hombres que ve en la calle son oscuros. Su abuelo inventó la máquina que fabrica Viyella, una mezcla de algodón y lana, y Carrington Cottons destaca en la región cuyo aire tizna con sus cenizas. Cuando su padre, Harold Wilde Carrington, la vende a la firma Courtaulds, se vuelve el principal accionista de ICI, Imperial Chemical Industries.

En Crookhey Hall hay que dar muchos pasos para ir de un lado a otro. Dentro de la mansión gótica viven los Carrington, Harold el padre, Maurie la madre, Gerard, el hermano que sigue a Leonora y es su compañero de juegos, no así Patrick, demasiado grande, ni Arthur, demasiado chico. Dos cachorros scotch terrier comparten sus horas, Rab y Toby. Leonora se acuclilla frente a Rab para mirarlo a los ojos y su nariz roza su hocico.

—¿Andas a cuatro patas? —le pregunta su madre.

Leonora le sopla a la cara y Rab la muerde.

—¿Por qué haces eso? Podría dejarte una cicatriz —se espanta la madre.

Si los adultos les preguntan a los niños por qué hacen esto y lo otro es porque no saben entrar a esa zona misteriosa que se crea entre los niños y los animales.

—¿Me estás diciendo que yo no soy un animal? —le pregunta atónita Leonora a su madre.

—Sí, eres un animal humano.

—Yo sé que soy un caballo, mamá, por dentro soy un caballo.

—En todo caso eres una potranca, tienes los mismos ímpetus, la misma fuerza, te lanzas sobre los obstáculos y los brincas pero lo que yo veo frente a mí es una niña vestida de blanco con una medalla al cuello.

—Estás equivocada, mamá, soy un caballo disfrazado de niña.

Tártaro es un caballito de madera en el que, desde niña, se columpia varias veces al día. «Galopa, galopa, Tártaro.» Sus ojos negros centellean, su rostro se afila, su pelo es la crin de un corcel, las riendas se mecen locamente en torno a su cuello, que se alarga.

—Prim, ya bájate —pide Nanny—. Ya llevas mucho rato. Si no desmontas, tu padre va a venir a meterte a ti el freno entre los dientes.

Sus hijos tienen miedo de Harold Carrington. Viven aparte, su reino es la nursery, y saludan a sus padres una vez al día. A veces son requeridos por los adultos para la hora del té en la sala o en la biblioteca. Sólo les dan permiso para hablar si los interrogan: «¿Con limón o con leche?», pregunta su madre con la tetera de Sheffield sostenida en el aire por su brazo derecho. Tiene la curiosa costumbre de decir: «Por allí hay alguien que acaba de mancharse el vestido... Por allí hay alguien que está sorbiendo su té... La tinta negra se metió bajo las uñas de alguien a quien veo en este instante... Por allí hay alguien que señala con el dedo... Por allí alguien hace sonar su cuchara dentro de la taza... Por allí hay alguien que no se sienta derecho...» y los cuatro hermanos se enderezan al unísono. Leonora ve pasar a los sirvientes como corrientes de aire, no le hablan, o apenas. Sólo le dirigen la palabra la institutriz francesa, mademoiselle Varenne, la niñera, y el tutor de sus hermanos, que también a ella le enseña catecismo.

Eso sí, los adultos preguntan: «¿Cómo van tus estudios? ¿Podrías leerme en voz alta?» Las buenas maneras se aprietan contra los muros, los grandes espejos, los taburetes, las tazas de té hirviendo que hay que mantener derechas al llevarlas a la boca, las pinturas de antepasados incapaces de un solo guiño de complicidad. Aquí todo es rompible, hay que fijarse dónde pone uno los pies y mantenerse alerta.

—Leonora, ¿me informarías de tus progresos en clase? —Harold Carrington la mira con simpatía. Disfruta su inteligencia. Leonora pone en tela de juicio las palabras de los adultos y a él eso le sorprende. La sigue con los ojos por los corredores de Crookhey Hall: la encuentra graciosa. En ella no escatimará esfuerzos ni dinero.

Las clases se devanan interminables una tras otra como las cuentas del rosario. Mr. Richardson, un gordito, tortura a Leonora con la clase de piano dos veces por semana. Los dedos largos de las manos de la niña alcanzan una octava y por ello el maestro le asegura a Maurie que su hija puede llegar a ser buena pianista. Cada vez que Richardson inclina su rostro al teclado, caen sus anteojos pequeñitos y Leonora los esconde hasta que él le implora que se los regrese. Luego siguen las clases de esgrima y de ballet, que se parecen entre sí: hay que saltar hacia atrás y hacia adelante y dar en el blanco. Preferiría correr por el jardín con sus hermanos a tomar clases de costura y bordado, y se pica las yemas de los dedos del coraje porque no le permiten salir.

Toda el ala derecha de la casa es de los hijos, Harold y Maurie los remiten a la institutriz y a la niñera. Mademoiselle Varenne come en la mesa con sus padres, mientras que la niñera irlandesa comparte el día y la noche con ellos, y por eso la quieren. A mademoiselle Varenne la despacharían a Francia con todo y La Marsellesa. Saben que algún día se irá, Mary Kavanaugh nunca. Aunque pequeña y delgada, es reconfortante apoyarse sobre su hombro o su regazo. Los imanta con sus cuentos de seres diminutos: los sidhes.

—¿Por qué no puedo verlos, Nanny?

—Porque viven bajo tierra.

—¿Son enanos?

—Espíritus que se corporizan y salen a la superficie.

—Pero ¿por qué viven enterrados?

—Porque los gaélicos llegaron de España capitaneados por Mil Espáine y conquistaron Irlanda. Entonces los sidhes descendieron al fondo de la Tierra para dedicarse a la magia.

—Si los sidhes fueran pequeñísimos yo podría verlos, yo todo lo veo, Nanny.

—Nadie ha logrado ver lo más pequeño, Leonora, ni siquiera los microscopios de los científicos: «Bigfleas have little fleas / upon their backs, to bite them. / Little fleas have lesser fleas / so on ad infinitum.»

Los sidhes saltan sobre la mesa donde Leonora hace la tarea, se meten a la tina cuando se baña, en su cama cuando se acuesta. Leonora les habla en voz baja: «Vamos a bajar juntos al jardín, acompáñenme», «Mademoiselle Varenne es una peste, ayúdenme a desaparecerla», «Nos tiene hartos con sus participios pasados y sus subjuntivos». Así son los franceses.

—Elle trous casse les pieds —dice Leonora—. She’s breaking our feet —le traduce a su madre—. «Que tu voulusses, que nous fîmes, que vous fîtes» son los tiempos de verbos que ya ni los franceses usan. Bueno, ni Luis XIV los conjugó.

Los sidhes incluso son mejores amigos que Gerard: los dos han devorado a Jonathan Swift pero Gerard ya no quiere jugar a los liliputienses, ni a pedir audiencia al emperador Blefescu. A Leonora, la gente pequeña que sale de la tierra la aconseja, a Gerard ya no, ni se identifica con la Alicia de Lewis Carroll ni con Beatrix Potter que lleva a Peter Rabbit, su conejo, bajo el brazo. Ésas son cosas de niña. Los sidhes son más sabios que cualquier cosa en el mundo, más sabios que el pez grande en el estanque y eso ya es mucho decir porque el pez lo sabe todo. La niña se detiene en la orilla y él le dice que todo va a arreglarse y los reflejos de plata de su lomo la iluminan. Claro, con la ayuda de Nanny.

—¿Puedo hacerte una pregunta que nadie ha podido contestarme jamás?

—Házmela.

—¿Cuándo va a morir mi padre?

—Eso sí que no lo sé.

—Nanny, ¿por qué tenemos que dormir de noche?

—Porque es demasiado oscuro para hacer cualquier otra cosa.

—Las lechuzas sí pueden, los murciélagos también. Siempre he querido dormir colgada de las patas como un murciélago.

—Sí, es una muy buena postura, circula la sangre en la cabeza —coincide Nanny.

Durante la noche, Leonora la despierta:

—Veo un niño sin ropa sentado en una rama del fresno y me está llamando.

Nanny se levanta y se asoma por la ventana:

—No hay nadie.

—Tengo que ir por él, se va a congelar bajo el sol blanco.

—El fresno es el árbol más grande y hermoso del planeta, tiene sus raíces en el mar, sus ramas sostienen el cielo y, al igual que el roble y el espino, lo habitan las hadas— y no aceptaría ningún niño sin su permiso —le dice Nanny sentándose al borde de la cama mientras la niña vuelve a dormirse.

Lo mismo sucede cuando van a caminar alrededor de Crookhey Hall:

—Vi a un niño que me tendió su manita, una mano muy pequeña, y yo iba a darle la mía cuando gritó y se esfumó.

—No veo nada, Prim.

—No me digas Prim.

—Es que eres propia y estirada, mira como alargas el cuello.

—Detesto que me digas Prim. Mira, allá viene otra vez. Acaba de esconderse detrás de un árbol.

Nanny busca y le sonríe:

—Parece que atraes a los sidhes.

—Sí, quisiera que jugaran conmigo toda la vida.

—Si lees, Prim, nunca vas a estar sola. Te acompañarán los sidhes.

En la nursery, la niña los dibuja en la pared y su madre no la regaña porque ella también pinta la tapa de cajas que se venden en fiestas de caridad. Maurie dibuja flores que luego colorea, Leonora caballos y añade un pony tras otro sobre los muros blancos. Maurie admira la destreza de su hija: «Lo hiciste muy bien.»

Si Nanny le pregunta cuál es el juguete que más ama, Leonora responde:

—Tártaro es mi preferido. Detesta a mi padre.

Si la regañan, se sube al caballo. Si Gerard no quiere acompañarla al jardín, monta sobre Tártaro hasta que alguien entra a la nursery. Si la privan de postre a la hora de la comida, el balanceo de Tártaro suple con creces el sabor de cualquier pastel de chocolate.

El olor de los guisados la atrae, quizá porque entrar a la cocina está prohibido. Allí dentro burbujean los misterios de los steak and kidney pies, el roast beefy el haddock. La cocinera, vieja y amarilla, encogida al lado de la estufa, espera a que hierva el caldo. Su hija, que le sirve de galopina, le dice que si se siente mal, en el nombre de Dios, vaya a acostarse; ella puede suplirla perfectamente.

—Todo el día te quejas, mamá.

—¡Mula! —grita la cocinera—. ¡Me pudro de dolor y no me compadeces!

—¿Por qué mejor no te cuelgas? Hay muchos árboles afuera y la cuerda es barata.

—Debería haberte ahogado cuando naciste —responde la vieja arrugada de furia.

¿Puede la gente tratarse así? Leonora entra a un mundo distinto al de la nursery, como distinto es el de la caballeriza, a la que sabe llegar sin encontrar a quien le impida subirse a pelo, abrazar al potro, que alza sus orejas y resuella para recibirla. En la cocina domina el olor del cordero. La sopa que hierve tiene mucho de establo, de pajar, de estiércol, de aventura, de crin al viento de la que hay que asirse para no caer y de descubrimiento, porque, además de cuchillos, los cajones guardan olores que seguramente vienen de Mesopotamia.

Capítulo 2

LA NIÑA AMAZONA

E

n la nursery, Leonora revive las historias que le cuenta Mary Kavanaugh y las de su abuela materna, Mary Monica, en Westmeath.

—Irlanda es el cuadrado verde esmeralda del gran edredón que cobija la Tierra —dice Nanny.

—¿Y quién arropa a la Tierra para que se vaya a dormir?

—El sol. El sol es la cobija de los pobres. En Irlanda, también lo es la neblina.

Los Carrington recorren todos los días los caminos de Westmeath y de la neblina salen sombras que se materializan: pájaros, borregos, algún que otro zorro y, sobre todo, caballos como los que ama Leonora y pastores que llaman a su rebaño. Los cuatro niños salen a caminar hasta cuando llueve. «Es el agua del bautizo», dice Nanny, y cierran sus paraguas porque si a las lechugas y a las verduras les hace bien el agua, a los niños los vuelve frutas. La hierba se acuesta sobre la tierra, es su sábana, y a Leonora le gusta verla doblarse bajo el viento que la inclina suavemente hasta hacerla poner su mejilla sobre la almohada. ¡Qué tierra ésta tan dulce y obediente! Los árboles también se doblan al viento y sus ramas avanzan sobre las colinas. Regresan a la hora del té, los rostros enrojecidos y brillantes, el pelo cubierto por diminutas gotas de agua, y Leonora lleva en sí toda la energía equina de su tierra. «De veras pareces una yegua», le dice su abuela. Hasta le pregunta si tiene pezuñas en vez de zapatos de tanto que resuenan sus pisadas. «¿Cuántas potrancas llevas en cada pierna?» El paseo más glorioso es el del Belvedere, con su parque y sus jardines, que descienden como alfombra real hasta el lago. La abuela es la primera en levantar la cabeza:

—¿Qué nos van a contar hoy en la noche?

Le apasionan las historias que se relacionan con el amor: la de las tres manzanas de oro cuya música celestial suena al viento, y la de Caer, la joven que Aengus Mac Óg vio en la orilla del lago cuando se convirtió en cisne.

También le cuenta que Noé impidió que la hiena subiera al Arca porque comía cadáveres y ululaba imitando la risa del hombre. Pero después del diluvio universal se cruzaron el lobo y la pantera y la hiena volvió a nacer. A Leonora le obsesiona la hiena. Algunos relatos del Medievo dicen que la hiena tiene dos piedras en los ojos y si alguien la mata, le saca las piedras y se las pone debajo de la lengua, puede predecir el futuro.

—Tú eres celta, eres cabeza caliente, tienes mi obstinación. Quizá también prive en ti lo sajón y te vuelvas calculadora —le dice su abuela, Mary Monica Moorhead.
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