El presente documento se redacta al amparo del Capítulo III, Título II de la Ley 5/1999 de Urbanismo de Castilla y León (lucyL), modificada por la Ley 4/2008






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vega del río Tormes, constituida por depósitos aluviales, muy fértiles y un clima de inviernos fríos que culmina en una alta producción cada año. La cercanía del río, la fecundidad de las vegas y la construcción de canales y acequias permiten mantener parcelas cultivadas en regadío con remolacha, maíz y zonas de huertas para el autoabastecimiento.
El encinar sería la manifestación principal de la cubierta vegetal autóctona en su etapa de sucesión más compleja, constituyendo el llamado bosque mediterráneo; aclarado en forma de dehesa quedan aún manchas y retazos  que se aprovechan como explotaciones agrosilvoganaderas. Dentro del término municipal lo encontramos en parajes de la zona oeste como Peña Miradora, Cuesta Pelona, Valdurán y La Ladera.
Con carácter más marginal aparecen etapas regresivas que se reconocen por la aparición de retamares y escobonales de monte bajo en transición hacia suelos degradados o como recuperación de tierras abandonadas en otros casos.
En suelos más arenosos y ligeros, situados en pendientes pronunciadas, aparecen zonas de pinar con ejemplares de buen porte de pino piñonero (Pinus pinea), precisamente en el paraje llamado Los Pinos que limita ya con el término de Éjeme.
El río Tormes aparece bien jalonado por un profuso arbolado de ribera, con unos sotos densos con una alta diversidad de arbustos y con un ecosistema acuático relativamente bien conservado, marca con su presencia la impronta visual de la zona sus arroyos y regatos afluentes, como La Fontanilla, El Portillo, del Valle,… Son de régimen temporal con un acusado estiaje y apenas llevan agua en su cauce salvo en meses de invierno o días de fuertes lluvias en primavera y otoño, actuando como líneas de drenaje con muy poca vegetación asociada.
A estos paisajes naturales cabe añadir el porcentaje de espacio que ocupan el núcleo urbano de Alba de Tormes, el grupo de edificaciones rurales, de fincas y pedanías con actividades agrícolas y ganaderas (Palomares de Alba y Amatos de Alba) que salpican el horizonte así como urbanizaciones con segundas residencias (el Pinar de Alba) y las pistas y carreteras que las unen las cuales nos dan un ambiente más alterado y humanizado que completa el panorama visual.
Flora y fauna silvestre: Encontramos especies vegetales asociadas a las grandes formaciones paisajísticas además de las coligadas a los núcleos urbanos.
En la estepa cerealista y en la vega predominan las plantas arvenses asociadas a los campos de cereal y consideradas como “malas hierbas de cultivo” aunque cumplen una función fundamental en la base de las cadenas tróficas. Son especies que tienen una explosión florística y vegetativa en primavera para agostarse rápidamente en el verano; con la lluvia del otoño vuelven a reverdecer y pasan la época desfavorable del invierno a través de semillas o de raíces y tallos como órganos de supervivencia que hacen que vuelvan a iniciar su ciclo anual en la primavera siguiente.
Junto a ellas y de similares características están la plantas ruderales asociadas a entornos humanizados y degradados en ambos casos se trataría de especies comunes que colonizan espacios amplios por todo el planeta aunque el uso de pesticidas y herbicidas de forma masiva en las tareas agrícola ha hecho disminuir sus extensiones.
En el bosque mediterráneo domina la encina (Quercus ilex) como especie arbórea con ejemplares de diferente edad y porte existiendo desde carrascas arbustivas, chaparros recién formados hasta árboles centenarios que se acompañan de una cohorte de plantas arbustivas y aromáticas como el cantueso (Lavándula stoechas), el tomillo (Thymus vulgaris) y el torvisco (Daphne gnidium), con retama (Lygos sphaerocarpa) o escobones (Cytisus scoparius) en áreas en regresión.
El río Tormes mantiene un arbolado de ribera a base de chopos, (Populus nigra) álamos (Populus alba) sauce (Salix ssp.) aliso (Alnus glutinosa) y fresno (Fraxinus angustifolia), con especies herbáceas comunes y propias de suelos húmedos que tapizan las orillas como adelfillas (Epilobium hirsutum) y salicarias (Lithrum salicaria) u otras con una especial importancia por su utilización practica en etnobotánica como la espadaña (Typha latifolia) y el junco churrero (Scirpus holochoenus).
Ninguna de estas especies se encuentra amenazada según los criterios considerados en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas (R.D 439/1990 y en sus posteriores actualizaciones), tampoco se hallan recogidas en la Directiva 92/43/CEE (Directiva Hábitats) en los anexos I, II o IV. Tampoco se hallan entre las especies que figuran en la Lista Roja de la Flora vascular española elaborada por la UICN; ni en el Catálogo de Flora Protegida de Castilla y León (Decreto 63/2007, de 14 de junio, por el que se crea dicho Catalogo y la figura de protección denominada Microrreserva de Flora). No figura ningún árbol de los recogidos en el Catálogo de Especímenes Vegetales de singular relevancia de Castilla y León (Decreto 63/2003, de 22 de mayo).
En estos espacios, en cuanto a las especies de animales silvestres, destacan las aves esteparias adaptadas al ciclo de cultivo de cereal, a los espacios abiertos y a una alimentación en parcelas con arrita o alfalfa. Destacarían avutardas (Otis tarda) y otras consideradas como cinegéticas, como las perdices (Alectorix rufa) y las codornices (Coturmix coturnix).
En el encinar encontramos una abundante fauna que abarcaría los diferentes grupos de vertebrados e invertebrados y que aprovechan los recursos que ofrece un ecosistema bien conservado con una alta biodiversidad florística.
Encontramos aves incluidas en el anexo I de la Directiva 74/409/ CEE (Directiva Aves), las cuales serán objeto de medidas de conservación especiales en cuanto a su hábitat, con el fin de asegurar su supervivencia y su reproducción en su área de distribución dentro de los diferentes segmentos paisajísticos mencionados.
Destacan algunas que están declaradas de interés especial en el Catálogo nacional de especies amenazadas: cigüeña blanca (Ciconia ciconia), milano negro (Milvus milvus), avutarda (Otis tarda), calandria (Melanocorypha calandra), totovía (Lullula arbórea) y el milano común (Milvus migrans); ésta última considerada actualmente una especie vulnerable y en peligro en el Libro rojo de los vertebrados (categorías UICN).
La fauna en los sotos relacionados con los cursos de agua es abundante. Diversas especies de aves acuáticas utilizan el río para desarrollar su ciclo vital con máximas concentraciones en invierno donde se acumulan ejemplares migradoras desde el centro de Europa con los que residen y nidifican estando presentes en sus orillas durante todo el año.
Podemos encontrar especies comunes como azulones (Anax platyrrhinchos), fochas (Fulica atra), garza real (Ardea cinérea) o garcetas (Egretta garzetta) y otras más raras como porrón osculado (Bucephala clangula), únicas citas en la provincia.
La ictiofauna en el río entremezcla especies autóctonas como el cacho y el barbo (no amenazados) con las especies introducidas para la pesca deportiva como lucios y truchas arco iris que son las predominantes.
Dentro del Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) Río Tormes y sus afluentes, en los tramos correspondientes al término de Alba, encontramos especies incluidas en el anexo II de la Directiva Hábitats (especies animales y vegetales de interés comunitario para cuya conservación es necesario designar Zonas Especiales de Conservación) como la colmilleja (Cobitis taenia), calandino (Rutilus alburnoides), boga de río (Chondrostoma polylepis), bermejuela (Rutilus arcasii). El LIC incluye varios tramos fluviales que cuentan con buenas poblaciones de distintas especies de estos peces continentales autóctonos.
Junto a ellas, como ocurre en la mayoría de los casos, el ecosistema acuático está invadido por especies de origen foráneo que han sido introducidas para la pesca deportiva como carpas (Cyprinus carpio) y lucios (Esox lucio).
Existen además poblaciones de los moluscos náyades, (Anodonta, Unio, Potamida littoralis), bivalvos de agua dulce que para cumplir su ciclo vital necesitan aguas limpias y hospedadores muy determinados de especies piscícolas autóctonas para sus larvas :

     

Algunos anfibios y reptiles que parecen asociados a los prados húmedos y pequeñas charcas de diversos tramos del cauce del río están catalogados también dentro del Anexo II de la Directiva Hábitats (Dir. 92/43/CEE); éstos serían: Galápago leproso (Mauremys leprosa), Galápago europeo (Emys orbicularis) y Sapillo pintojo ibérico (Discoglossus galganoi).
Hay presencia histórica de nutria (Lutra lutra) y colonias de ardéidas que ocasionalmente anidan dentro del LIC.
También están censadas poblaciones de murciélago hortelano (Eptesicus serotinus), el cual figura en el anexo IV de la Directiva Hábitats como especie relacionada con poblaciones rurales y pequeñas huertas familiares.

2.3. Elementos de interés en suelo rústico
2.3.1. Yacimientos arqueológicos.- A falta de concluir la tramitación previa ante la Comisión Territorial de Patrimonio Cultural, se relacionan a continuación los yacimientos arqueológicos catalogados por la Junta de Castilla y León:

Designación: Dolmen de El Torrejón. Neolítico-Calcolítico.

Nº inv. 37-008-0001-01

Pol./Parcela: 505/5208 (ribera del Tormes, al Norte de Las Veguillas)
Designación: La Veguilla II. Neolítico-Calcolítico.

Nº inv. 37-008-0001-02

Pol./Parcela: 505/5157 (ribera del Tormes, al Sur de Torrejón de Alba)
Designación: La Veguilla III Neolítico-Calcolítico.

Nº inv. 37-008-0001-03

Pol./Parcela: 505/5182 (ribera del Tormes, al Sur de Torrejón de Alba)
Designación: Amatos. Paleolítico.

Nº inv. 37-008-0001-04

Pol./Parcela: la ficha de Patrimonio no tiene referencia al parcelario ni plano de localización (hallazgo aislado). Si damos por buenas las coordenadas geográficas que pone, se trataría del polígono 503, parcela 75.
Designación: San Jerónimo. Paleolítico.

Nº inv. 37-008-0001-05

Pol./Parcela: 5 (“zona excluida”), sin referencia de parcela (hallazgos aislados). Siguiendo las coordenadas geográficas estaríamos hablando de la esquina Noroeste de la parcela 5033 del polígono 505.
Designación: El Torrejón. Edad del Bronce.

Nº inv. 37-008-0001-06

Polígono 505. Parcelas: 5196, 5197, 5234, 5235, 5236 (ribera del Tormes, pegado a Torrejón de Alba)
Designación: La Sinagoga. Romano.

Nº inv. 37-008-0001-07

Polígono 505. Parcelas 5125, 5132, 5133 (ribera del Tormes, pegado a Torrejón de Alba, al SE). Ojo, no existe correspondencia entre las parcelas que figuran en la ficha y la información del plano, que extiende el yacimiento por las parcelas 5124 y 5134.
Designación: Cerro Hurones. No clasificable.

Nº inv. 37-008-0001-08

Polígono 505. Parcela 5230 (junto a Torrejón de A.)
Designación: Los Jerónimos

Nº inv. 37-008-0001-09

Pol./Parcela: 5 (“zona excluida”), sin referencia de parcela (hallazgos aislados). Según se deduce del plano, el yacimiento estaría en el extremo Suroeste del polígono 505, parcela 5028.
Designación: Calzada entre Alba y Salamanca

Nº inv. 37-008-0001-10

Pol./Parcela:

(entre los p.k. 14 y 15 de la carretera a Salamanca, linda con t.m. de Terradillos)
Designación: La Veguilla I Neolítico-Calcolítico.

Nº inv. 37-008-0001-11

Pol./Parcela: 505/5178 (ribera del Tormes, al Sur de Torrejón de Alba)
Designación: El Castillo.- Este yacimiento, que en parte (Torre del Homenaje) se conserva como museo, se encuentra plenamente en suelo urbano, por lo que figurará como Bien de Interés Cultural en el catálogo de edificios de dicha clase de suelo.

En todo caso, se propone como número de inventario: 37-008-0001-12
Designación: Estación rupestre de la Ermita.- Este yacimiento procede de la prospección realizada por el equipo redactor. Se trata probablemente de un abrigo de rocas verticales próximo al río, con signos grabados que datan de un período que puede ir desde el calcolítico al plenomedieval cristiano. Como se da la circunstancia de que se encuentra dentro de la delimitación de un sector de suelo urbanizable actualmente en tramitación, el urbanizador debe ser advertido con el fin de que se tomen las medidas oportunas, previa comunicación a la Comisión Territorial de Patrimonio Cultural, preceptiva cuando se produce un hallazgo.

Se propone como número de inventario: 37-008-0001-13
Designación: Los Juncales.- Se trata de un hallazgo aislado a raíz de la prospección realizada por el equipo redactor.

Se propone como número de inventario: 37-008-0001-14.

 
2.3.2. Elementos de interés etnográfico.- Se relacionan a continuación los elementos etnográficos que se han considerado de interés:
A. Ermita de Nuestra Señora del Otero

B. Fuente mudéjar del Arca de los Frailes

C. Fuente del Cornezuelo

D. Antigua gravera de Las Moruchas

E. Línea de ferrocarril y estación

F. Puente de Alba

G. Potro de herrar.

 
2.3.3. Vías pecuarias.- Se incluye a continuación la información emitida por el Servicio Territorial de Medio Ambiente:

2.3.4. Ambientes o sistemas naturales de especial importancia.
El tramo del río Tormes que va desde el inicio del término, por el sur, hasta el mismo casco urbano (donde se considera que termina el reculaje del azud de Villagonzalo), forma parte de un espacio declarado como Lugar de Interés Comunitario (LIC), categoría que comparte con otros tramos correspondientes a las provincias de Salamanca y Ávila, para conformar en conjunto el LIC: Riberas del Tormes y sus afluentes (código ES 4150085).
Sus características y valores ambientales quedan reflejados en los formularios oficiales de la Red Natura 2000 (Directiva Europea 92/43/CEE).
Varios son los ecosistemas que están catalogados dentro de su Anexo I, es decir, tipos de hábitats naturales de interés comunitario cuya conservación requiere la designación de Zonas de Especial Conservación.

 

Estos aparecen diseminados por los diversos tramos de las riberas del río donde la superficie considerada para esta catalogación la define el cauce del río más una anchura de 25 m. en cada margen. Presenta una amplia representación de hábitats riparios destacando además algunas islas fluviales de gran tamaño.
En dicho anexo I se incluirían:
Ríos, de pisos de planicie a montano con vegetación de Ranunculion fluitantis y de Callitricho-Batrachion (con especies herbáceas donde dominan plantas semiflotantes como los botones de agua o ranúnculo).
Prados húmedos mediterráneos de hierbas altas (gramíneas) del Molinion-Holoschoenion.
Bosques aluviales de Alnus glutinosa y Fraxinus excelsior (Alno-Padion, Alnion incanae, Salicion albae) (con arbolado de galería de alisos sauce blanco y fresno de hoja ancha).
Fresnedas termófilas de Fraxinus angustifolia (con presencia de fresno de hoja estrecha).
Bosques galería de Salix alba y Populus alba (choperas y alamedas con sauce blanco y álamo blanco que jalonan el curso de agua).)

INFORMACIÓN ECOLÓGICA
Los usos actuales del suelo del LIC estarían definidos, en su mayor parte, por bosque de hoja caduca con arbolado frondoso (Bosques deciduos de hoja ancha); un porcentaje de pradera con herbáceas de suelo húmedo en los márgenes (Prados húmedos. Prados mesófilos), sotos  de arbustivas con ejemplares espinosos (Brezales. Zonas arbustivas. Maquis y Garriga) y finalmente el propio caudal de agua del río (Cuerpos de agua continentales lénticos, lóticos). Una pequeña porción con plantación de chopos madereros para explotación de pasta de papel completan el conjunto (Monocultivos forestales artificiales).
Algunos de los ecosistemas naturales que encontramos en el término municipal, fuera del área del LIC, estarían incluidos también en la Directiva Hábitats como serían los :  Bosques esclerófilos de pastoreo (dehesas) y Dehesas perennifolias de Quercus spp.
Ninguna de las charcas y humedales aparecen catalogadas dentro las Zonas Húmedas de Interés de Castilla y León (Decreto 194/1994 de 25 de agosto y sus posteriores actualizaciones) ni en el Convenio internacional de Ramsar que incluye Humedales de Importancia Internacional.
El término no se halla incluido tampoco dentro de la Red de Espacios Naturales de Castilla y León (R.E.N.) ni dentro de las Áreas de protección para especies silvestres, no formando parte tampoco de ningún territorio incluido en los Planes de recuperación de especies amenazadas aprobados por la Comunidad Autónoma.
Hay que hacer mención al coto de pesca de Alba de Tormes, cuyo límite se extiende desde la Isla de las Verdinas en Encinas de Arriba hasta 190 metros más arriba del puente de la carretera 510 en la propia localidad de Alba de Tormes, con una longitud de 6,2 Km. Es un coto de tipo intensivo donde se captura trucha con un límite de 6 por cupo y una talla mínima de 22 cm.

3. El medio humano.-
3.1. Reseña histórica.-
La historia del poblamiento de Alba de Tormes plantea problemas ante la falta de testimonios arqueológicos e históricos. El testimonio más antiguo lo constituyen los yacimientos de industrias líticas achelenses localizados en las terrazas del Tormes, particularmente bifaces de cuarcita datables en el Paleolítico Inferior. Mejor documentado está el dolmen de La Veguilla estudiado, entre otros, por Benet, Pérez Martín y Soler, y correspondiente a un periodo posterior (Neolítico-Calcolítico).[1] Es prueba indudable de la antigüedad del poblamiento en la zona pero no justifica un temprano poblamiento en la que hoy es la localización urbana albense. Una prueba más sólida del poblamiento en la actual Alba es la calzada romana que se conserva parcialmente entre esta localidad y Salamanca. El tramo mejor conservado se encuentra en las proximidades de la urbanización El Pinar de Alba, aunque en territorio municipal de Terradillos.[2] La calzada presenta un ancho de 6,90 metros de anchura “incluidas las piedras marginales, enlosada con piedras irregulares de menos de un metro y con una elevada pendiente desde el centro a los laterales –bombeo-, y que aquél está unos 40 cms por encima de éstos”.[3] Efectivamente la calzada existe, pero tampoco cabe dudar de que su uso original decae en la Edad Media convirtiéndose esta vía, desde entonces, en una vía de tercer orden dentro de la red viaria provincial.

Esta calzada ha permitido a distintos autores desde finales del siglo XIX a identificar Alba de Tormes con una antigua ciudad vaccea mencionada por Ptolomeo conocida por Avia, tesis defendida por Morán, Tovar y Maluquer de Motes. El Padre Morán identificaba el topónimo con Alba y planteaba un topónimo previo –Alboloca- haciéndolo corresponder con un castro prerromano posteriormente romanizado.[4] No obstante, hay dudas razonables sobre esta identificación, en primer lugar, porque ese topónimo –Alboloca- no figura en la Tabula Imperii Romani, y en segundo lugar, porque la identificación de Avia no está clara y podría corresponderse a una localidad palentina.[5] Además, los restos más importantes de esta cronología no se encuentran en la misma Alba sino en el pago de Las Revillas, al Sureste de la localidad, habiéndose hallado en el mismo restos de cerámica tosca y algunas tégulas, pruebas insuficientes de un asentamiento importante. Todo ello, a falta de un descubrimiento arqueológico que indique lo contrario, revelaría que la ocupación histórica de Alba de Tormes fue débil o poco significativa antes del periodo medieval. Tampoco hay indicios de una ocupación continuada de pobladores hispanogodos, a diferencia de otros núcleos cercanos como Salvatierra de Tormes.

Por lo general, el origen de Alba se sitúa en la alta Edad Media, en el momento de la “repoblación” cristiana.[6] Este fenómeno, que se inicia en el siglo IX bajo Alfonso III en la línea del Duero y se consolida tras la victoria de Ramiro II en Simancas (939), no se consolida hasta bien entrado el siglo XI impulsado por Alfonso VI y su yerno Raimundo de Borgoña.

Es entonces cuando se debió tejer una red de poblamiento estable en la zona siguiendo los modelos de “repoblación” altomedieval, siendo Salamanca capital el centro principal de esta nueva red político-administrativa. Hemos de pensar que Alba de Tormes tuvo entonces valor en la consolidación del poder regio en la zona, dado que dicho proceso se estableció en este periodo en y desde las grandes líneas fluviales de la Meseta.

No obstante, es en 1140 cuando Alba de Tormes entra en la Historia. El 4 de julio de ese año Alfonso VII otorgaba carta-puebla o fuero a los pobladores de la localidad según el modelo leonés dentro de la familia foral de Zamora, Salamanca y Ledesma.[7] Este acto implicaba la creación, primero, de una institución política –el concejo- dependiente directamente de la monarquía, y que quedaba encargada de la administración local y del territorio concedido a la villa. En segundo lugar, implicaba mediante la concesión de un amplio territorio, la creación de una jurisdicción en la que todos sus pobladores quedaban bajo el control del citado concejo. Igualmente la concesión de fuero suponía la creación de una diferenciación social entre los vecinos y habitantes de las villas, los del resto del término jurisdiccional y los de otros espacios rurales. Esta diferenciación quedaba marcada por una serie de derechos básicos de enorme trascendencia incluso a efectos urbanísticos: otorgaba un mercado semanal, implicaba derechos personales que iban desde la inviolabilidad del domicilio a derechos políticos, y regulaba la fiscalidad frente a la feudalidad del territorio rural.[8] Por último, el fuero implicaba la creación efectiva de un nuevo espacio de sociabilidad definido por su carácter urbano, expresado éste tanto en los aspectos político-administrativos descritos, como en la organización física de un espacio diferenciado. A este respecto el fuero limita la creación de elementos fortificados a la muralla y el castillo (de propiedad regia), limitando así legalmente la posibilidad de construcción de torres a excepción de las de las iglesias.[9] También el fuero establecía una distinción fundamental en relación a las murallas, distinguiendo urbanísticamente, que no jurisdiccionalmente, intramuros y extramuros. La mención en el fuero del monasterio premostratense –futuro San Jerónimo- es su mejor prueba.

Alba de Tormes será, desde mediados del siglo XII, el núcleo murado, sus arrabales y las aldeas o “vecindades” de Martinvalero, Amatos, Las Huertas, Palomares, Tejares, Torrejón y Aldehuela. Según Luis A. Hortelano, estas vecindades se adscriben a distintas colaciones de la villa con el fin de tributar a las iglesias de Alba: “Tejares nombra empadronador y cogedor junto con la iglesia y collación de Santo Domingo, uniéndose a ellas San Marcos y Santa María de las Dueñas, hospital y monasterio respectivamente; Amatos a San Salvador; Martinvalero y Palomares con San Esteban; Torrejón con San Juan; Las Huertas –o Los Huertos- y la Aldehuela, que están vinculadas a San Leonardo, monasterio, constituyen una circunscripción única sin anexión a ninguna iglesia de Alba”.[10] De esta manera, la propia organización urbana de Alba implica una traducción física de su jurisdicción, identificando anejos (territorio) con parroquias (villa). A la población cristiana se suma posiblemente ya en periodo altomedieval una comunidad judía de gran trascendencia para el urbanismo local como después se expondrá.[11] No obstante, en algunos momentos la jurisdicción de Alba de Tormes será mucho mayor, hasta limitar con el amplio alfoz de Ávila con quien se firma una concordia al respecto en 1274.

Otro elemento caracterizador de la Alba medieval será su muralla, que debemos situar como mínimo en la época del aforamiento o inmediatamente posterior. Sabemos que existe a principios del siglo XIV dado que Fernando IV cerca la villa 1312 como consecuencia del consorcio que forma la villa con Zamora y Salamanca en forma de Hermandad y su breve paso por manos del Infante de la Cerda.[12] Además, Alba de Tormes se encuentra en la frontera entre los reinos de León y de Castilla hasta la unificación definitiva de ambos, siendo entonces una plaza de enorme valor estratégico al cerrar el paso hacia la ciudad de Salamanca. La unificación de Castilla y León elimina el carácter fronterizo de Alba y, posiblemente, también limita su desarrollo futuro dada la proximidad de Salamanca.[13]

La villa permanece en el realengo hasta que en 1373 Enrique II la entrega como dote de su hija Constanza al infante don Dinís. Finalmente el enlace no se produce pero se destina al mismo fin, quedando en manos de un hermano de Dinís, don Juan, duque de Valencia, que sí desposará a la infanta castellana. Heredará la villa y su jurisdicción la hija nacida de este matrimonio, Beatriz de Portugal que ejercerá el señorío hasta su muerte en 1411. En ese momento la villa se entrega a Fernando de Antequera, futuro rey de Aragón y prohombre de la política castellana. Este disputará el señorío con los Infantes de Aragón, saliendo victorioso en la pugna Juan, rey de Navarra, y señor de Alba desde 1422. No obstante, la derrota de este rey por parte de Juan II de Castilla implicará la pérdida del señorío y la concesión posterior de éste, el 4 de marzo de 1430, al arzobispo Gutierre Álvarez de Toledo.[14] El nuevo señor se ocupará de levantar el primer palacio, además de crear un hospital y el monasterio de San Jerónimo. El señorío pasa en 1446 por herencia a su sobrino Fernán Álvarez de Toledo, señor de Salvatierra. Las guerras civiles castellanas pondrán en peligro la posesión del señorío siéndole confiscado el castillo y la propia villa en 1448. Seis años después se le reintegrará el señorío de Alba y en 1459 se le concederá a Fernán Álvarez de Toledo el título de Conde de Alba. En 1464 el señorío pasa a su primogénito, García, que en 1469 ganará la dignidad de Duque de Alba. Desde entonces, la Casa Ducal gobernará la villa viviendo ésta –en los siglos XVI y XVII- su momento de mayor esplendor urbanístico y demográfico, particularmente al calor del gobierno del Gran Duque de Alba, Fernán Álvarez de Toledo.

Desde un punto de vista urbanístico, cinco son los elementos clave que definen Alba de Tormes desde la Edad Media hasta la Edad Moderna.

En primer lugar, sus murallas, requisito imprescindible para su categoría de villa. El trazado original se desconoce, pero posiblemente fue menor del que a finales del XV se organiza desde el alcázar (más antiguo, situado en un espolón del cerro septentrional, al pie del Tormes) hasta el palacio ducal, ya bajomedieval. El paso del realengo a señorío particular y el crecimiento demográfico de la localidad, impulsó la ampliación de la muralla hasta la traza conocida. Será al filo del 1500 cuando se amplíe la fortificación, dotándosela de un carácter palaciego pero no por ello menos imponente. La “vista” de Wyngaerde da fe de su magnificencia en el momento de máximo esplendor de la villa, en el siglo XVI. Por el contrario, el dibujo de Jenaro Pérez-Villamil del palacio ducal refleja la decadencia en la que se encontraba el mismo a mediados del siglo XIX.[15] Las murallas sufrirán en la Guerra de Independencia aunque la documentación revela que su destrucción es fruto de la inacción de sus propietarios, de las autoridades y del expolio por parte de los vecinos aproximadamente hacia 1870.[16]

En segundo lugar, un elemento clave es el puente del que se desconoce su origen, aunque existen pruebas de que es anterior al siglo XIII.[17] La documentación sobre la fábrica conservada es bastante posterior. Se han documentado reparaciones del puente en 1644 a cargo de Pedro Gómez de Ruiseco, Francisco de la Lastra, Francisco Martínez del Valle y Francisco de Llánez. Con posterioridad tuvo otra reparación “bastante importante, entre los



años 1717 y 1719 y otra en 1759” según Bueno Hernández. El mismo autor cita otra reparación en el siglo XIX que afectaría a la rampa central de acceso y a dos arcos.[1] La datación del puente, para este autor, resulta difícil dadas las evidencias materiales de continuas reparaciones. En cualquier caso, podemos confirmar que su factura es medieval tal y como refleja el dibujo de Wyngaerde (fechado en 1570) y la documentación medieval de la villa. Según informa Madoz, “el puente de piedra que hay sobre este río tiene veinte y seis arcos, de los que volaron dos los ingleses en la guerra de la Independencia, reedificados posteriormente, así como sus pavimentos alto y bajo, que se hallaban desde entonces en el peor estado, su longitud es de 1380 pies, por 21 de latitud y 30 de altura, y a sus dos extremidades se han levantado dos rampas que facilitan una entrada cómoda y suave a los carruajes para los que se hallaban antes intransitable”.[2] En el dibujo de Wyngaerde el puente sólo tiene 25 arcos.[3] Pero en este dibujo sí se aprecia la rampa central de acceso al puente “que a la vez servía de embarcadero”.[4]

Otro elemento importante, al menos durante el periodo medieval, fue la judería a la que antes se aludía. La aljama es tan antigua como la propia villa, existiendo constancia documental de la misma en el articulado del propio fuero.[5] La judería debió ser importante ya que figura entre las que tributaban a las arcas reales en los siglos XIII y XIV. Abraham Zacut, además de las fuentes cristianas, informa de que en 1391, año de progroms en Castilla, la judería de Alba también fue atacada pero no sabemos la incidencia concreta. El cambio en la titularidad de la villa, esto es, al pasar a señorío nobiliario, fue como en el caso de Béjar la razón de que esta judería floreciera en el siglo XV. Los Álvarez de Toledo protegieron a la comunidad judía que, entonces, aparece involucrada en tareas fiscales, particularmente en las rentas concejiles, pero también en tareas similares en Salamanca, por encargo del Concejo y de la Universidad.[6]

Además de al arrendamiento de rentas, en Alba los judíos se dedicaban a profesiones como oficios artesanos como la platería, la cerrajería, la cantería o la curtiduría. También se tienen noticias de carniceros (específicamente de la aljama), agricultores, de algún maestro, y, sobre todo, de boticarios, cirujanos y médicos. Este último oficio es ejercicio exclusivamente por judíos, llegando a ostentar alguno de ellos, como Rabí Osúa, el cargo de médico del Concejo durante más de un lustro.[7]

A pesar de la protección de los señores de la villa, se constata una guettización de la comunidad judía desde principios del siglo XV promovida por el propio Concejo. Esta cuestión, interpretada en términos de antisemitismo, debe ser relacionada también con el diferente estatuto fiscal de la comunidad judía, que no tributaba a las arcas concejiles. En este sentido, las limitaciones que se van imponiendo a los judíos albenses en los mercados fuera de la aljama –comunes a toda Castilla- podría tener mucho que ver con los problemas de abastecimiento cíclicos pero sobre todos con la percepción de ventajas fiscales de la comunidad hebrea, o lo que es lo mismo, a la falta de control fiscal del Concejo sobre el comercio judío.

Lo cierto es que el Concejo trata de imponer dicho guetto a principios del siglo XV, tal y como se deduce de un testimonio de 1418 según el cual se “apremie a los judíos e judías de Alúa que çerquen el su çírculo e judería e que le pongan las puertas en él”.[8] Esta noticia invita a pensar que la judería de Alba no contaba con murallas propias y, aunque se fije la aljama en el entorno del castillo, no hay pruebas que permitan negar que la población judía no estaba relativamente dispersa por el caserío. Posiblemente lo estuviera en razón del agrupamiento étnico y la organización parroquial de la localidad, pero ese testimonio es prueba de que no existía una judería cercada como en otras ciudades de la Península Ibérica.

En relación con la judería, hay otro aspecto fundamental para la historia del urbanismo albense, la organización del casco urbano en parroquias o collationes. En otros núcleos de la repoblación, como Salamanca, esta organización parroquial tiene una correspondencia con los efectivos de la colonización a partir del siglo XII. En Alba no podemos deducir tal correspondencia, pero es indudable que la organización parroquial fue fundamental en la configuración de la trama urbana. En el siglo XII parece que Alba se estructura en torno a las parroquias de San Salvador, San Esteban y Santa Cruz, situada esta última junto al monasterio benedictino. En el siglo XIII se instalan en la villa los franciscanos –Santo Domingo-. Otra parroquia de la que se tiene memoria es la de San Andrés, situada junto a Santa María de los Serranos –única mención expresa a la oriundez de los repobladores-. Estas últimas se situaban según algunos autores en las proximidades del futuro castillo ducal.

Se conoce con cierto detalle el caso de los alfareros. Desde el siglo XVI tenemos constancia de la distribución de los alfares albenses por las parroquias de San Pedro, Santo Domingo, San Salvador y las tres presididas por iglesias románico mudéjares: Santiago –actualmente la iglesia más antigua de Alba, de la segunda mitad del XII-, San Juan –restaurada en el XVIII y en 1957- y San Miguel –desaparecida en 1977-. No obstante, según María Rosa Lorenzo, “será en la colación de esta última [San Miguel], donde se sitúe el Barrio de Olleros que acogía los alfares y viviendas de este gremio del barrio, siendo incluso propietaria [la parroquia de San Miguel] de algunos hornos de alfarería”.[9] La iglesia de San Miguel, de factura románico-mudéjar, desapareció en 1977. No obstante, esta organización no es históricamente inmutable ya que en el siglo XIX se produce un desplazamiento de los talleres desde el Norte de la localidad a otros puntos de la misma. A ello contribuyeron innumerables factores, como la expulsión de los judíos o sucesos concretos como un incendio. Este último es el caso de San Pedro cuya fábrica original románica se perdió en 1512, incluyendo su torre. El patrocinio de los Duques permitió su reconstrucción sobre trazas renacentistas, culminada en 1577.[10]

En suma, esta organización parroquial o por colaciones, de la que apenas queda rastro, condicionó fuertemente la organización física del espacio urbano tanto o más de lo que lo hizo la topografía del terreno. En torno a las parroquias se abrieron plazas y a partir de ellas se trazaron las calles de la villa medieval.

Un último aspecto de los anunciados es la construcción de edificios que no se corresponden con las imposiciones del fuero (muralla, castillo, parroquias, judería), sino a iniciativas particulares todas ellas en fecha tardía. Una de las más importantes es la construcción por parte de los Duques de una alhóndiga en 1541.[11] Pero la mayor transformación se produce en el ámbito de los edificios religiosos.[12] Efectivamente, en los siglos XV y XVI la villa de Alba asiste a la construcción de edificios religiosos que transforman levemente la estructura urbana, especialmente en lo material (introducción de nuevos estilos arquitectónicos) y en lo poblacional (distorsionando la organización parroquial de la villa). El monasterio de San Leonardo, por ejemplo, aunque se sitúa a las afuera de la villa, implica una refundación del ya existente, el premostratense, tras el traslado de la congregación a Ciudad Rodrigo. Esto implica la refundación del monasterio en 1429 y el establecimiento de la Orden de los Jerónimos en el mismo, una orden que se contaba entre las preferidas de la alta nobleza castellana para sus exequias. Esa es la motivación fundacional de don Gutierre de Toledo, primer señor de su Casa, para San Leonardo. En fecha tardía, la Guerra de Independencia y las exclaustraciones provocadas por las desamortizaciones provocaron su casi total ruina, recuperándose a mediados del siglo XX por los Padres Reparadores. También situado extramuros, el monasterio benedictino femenino de Alba –Santa María de las Dueñas vulgo Las Benitas- fue trasladado en 1779 al interior del casco urbano. Otra muestra interesante es el convento de Santa Isabel, fundado por doña Aldonza Ruiz de Barrientos y otras dueñas en 1481 y acogido bajo el patrocinio ducal. Su fábrica es de principios del XVI destacando el claustro y la portada, de en torno a 1540. Ligeramente posteriores son las erecciones de sendos conventos carmelitas, el de las Descalzas o las Madres, fundado por la propia Santa en 1571 y lugar donde muere en 1482, y el de los Padres Carmelitas o los Padres, situado en las proximidades y de factura propiamente barroca, característica de la orden, de mediados del XVII. A estas obras se suman los ya citados hospitales de San Marcos y Santiago, igualmente bajo patrocinio ducal.

La historiografía coincide en que el siglo XVIII es el de la decadencia de Alba de Tormes, aunque otros autores matizan el aserto: “A pesar de su evidente decadencia, Alba contaba aún [en el siglo XVIII] con gran número de conventos –San Jerónimo, San Francisco, Carmelitas Descalzos, Monjas de Santa Isabel o Isabeles, Benedictinas y Carmelitas Descalzas-, dos hospitales: Santiago y San Marcos y varias parroquias”.[13] La decadencia es progresiva y en ella opera, sin duda, el alejamiento y falta de patrocinio de la Casa Ducal, responsable del precedente esplendor. También provoca el declive de la villa la crisis general que vive España y la marginación de Alba de las principales redes de comunicación incluida la del ferrocarril. El peso de la capital, ya señalado, es otro de los factores dado que Alba nunca había podido competir con su capitalidad. Algunos autores como Luis A. Hortelano achacan la decadencia, además, a otros factores, como “los destrozos provocados por las grandes crecidas del río Tormes (1626, 1739, 1743 y 1840), la Guerra de la Independencia (1812-1813) y el proceso desamortizador de los bienes religiosos (1836)”.

Las Carmelitas Descalzas ven subastar entre 1837 y 1844 buena parte de sus propiedades agrícolas en La Maya, Rágama, Cordobilla, Pedrosillo de Alba y San Vicente, entre otros lugares pero no parece que sean desprovistas de sus bienes en la villa ducal. Algo similar ocurre con los Padres que pierden su convento de las Batuecas pero no propiedades en Alba. Más afectadas parecen las Isabeles de Alba siempre sobre las propiedades rurales de aldeas como Turra, Velaviejo de Abajo o Navales, entre otros. Las Benitas pierden numerosas propiedades agrícolas en Alba y las aldeas de su entorno (Galinduste, Terradillos, Pedraza, Pelayos, Amatos de Alba, etc) y una aceña denominada Torreón de la que poseían la mitad, adquirida por un rentista madrileño en 1839. Similar es la pérdida de los jerónimos de Alba, cuya única propiedad perdida en Alba es la Aceña de Armenteros, adquirida por un vecino de la localidad en 1840. Además de las órdenes establecidas en Alba se constata alguna pérdida puntual de patrimonio eclesiástico en Alba, caso de alguna yugada de los benedictinos de Salamanca (Santo Domingo de Silos) en 1844.[14] No obstante, salvo la mención de dos aceñas amortizadas, no se nota una excesiva pérdida de patrimonio, en ningún caso afecta a los edificios conventuales y, la incidencia sobre los bienes que poseían los frailes y monjas albenses en el término municipal es casi inexistente. Ciertamente, la Desamortización afectó a sus patrimonios, pero más sin duda la disolución del régimen señorial que desactivaba la única fuente de patrocinio constante desde la Edad Media, la Casa Ducal. En suma, los procesos de “Desamortización” no explican el declive de la villa, y sólo parcialmente el abandono y declive de los edificios religiosos.

En cuanto a la Guerra de Independencia sí afectó sustancialmente a la villa, particularmente a sus murallas. La denominada Batalla de Alba, desarrollada el 28 de noviembre de 1809, supone una derrota frente a los franceses quienes una vez tomada la villa reforzarán el castillo con algunas obras.[15] Estas obras, según José de Miranda, defensor de la plaza en 1812, fueron efectuadas por “los enemigos, en el año de 1809, ya por el local como por un torreón de toda consistencia, lo fortificaron para asegurar guarnición que conservase el puente y la villa” y podrían corresponderse con alguna batería de artillería similar a la del fuerte de La Merced en Salamanca apuntando hacia el puente de Alba. Más importante fue la actividad bélica en el año de 1812. Tras la derrota de Arapiles, las tropas francesas huyeron en parte por su puente a pesar de que Wellington había ordenado plantear oposición en el mismo.[16] Unos meses después, en noviembre, las tropas napoleónicas tratarán de tomar de nuevo la villa, encontrándose con una heroica resistencia de las tropas aliadas. El resultado de la resistencia se saldará con importantes daños en San Jerónimo, como consecuencia de la instalación de tropas y, sobre todo, en la voladura parcial del puente –dos de sus arcos- por parte de las tropas aliadas para dificultar el ataque francés.[17] Tras una dura resistencia de las tropas españolas acantonadas en Alba, del 14 al 24 de noviembre, se abandonó la plaza. El puente será reparado inmediatamente –posiblemente por los ingenieros franceses- y sólo después, en 1813, los franceses abandonarán Alba. Posiblemente todo ello acabara con buena parte del recinto murado, particularmente en la zona del antiguo alcázar y en la del castillo. Aún así, el palacio ducal se mantuvo en pie, aunque muy dañado.

Volviendo a las causas de la decadencia albense, a nuestro juicio aquellas deben atribuirse a razones de contexto. Desde sus orígenes, el desarrollo de Alba está lastrado para la proximidad con Salamanca. Las posibilidades de su mercado, por ejemplo, quedan a expensas del más potente de la capital.[18] Igual ocurre con las vías de comunicación que, desde la alta Edad Media, relegan a Alba a un papel secundario. Aunque tenemos constancia de la calzada romana, no pasa por su término ninguna cañada real ni ninguna secundaria salvo alguna de inferior importancia como la Colada de Maltercio. El Cordel de Merinas, tributario de la Cañada Soriana, no afecta siquiera al término municipal de Alba de Tormes, pasando en su punto más cercano, entre las localidades de Pedraza de Alba y Gómez Velasco.[19] Alba queda marginada de la red nacional de comunicaciones. Por ejemplo, no figura en la red del servicio de postas ni en 1761 ni en 1830.[20] Tampoco entra en los planes de desarrollo del ferrocarril ni en el XIX ni en el siglo XX. En cuanto a la red de carreteras y caminos, la clasificación que se hace a mediados del XIX (1853) revela que el principal camino existente es el que une con la capital y eso en razón de la capitalidad del partido judicial que ostenta Alba.[21] Sobre este camino se construirá a mediados del XIX la carretera a la capital –la nº 45-, que desde entonces siempre figurará como de tercer orden en todos los planes del Estado.[22] Madoz, en estos mismos años, recalca el mal estado de los caminos del partido judicial albense. En suma, la marginación de Alba respecto de las principales vías de comunicación de la provincia han propiciado históricamente su marginalidad y dependencia de la capital. Las vicisitudes que acompañan al proyecto de erección de la basílica de Santa Teresa a finales del XIX por iniciativa del Padre Cámara y el estado inconcluso de la obra sirven de prueba material de esta decadencia a la que, sin duda, contribuyó la debilidad de la industria y el comercio local. En el siglo XX la principal industria albense será la alfarería y ésta, a mediados de siglo, entrará ya en decadencia para mantenerse como oficio artesano dedicado a la producción de objetos turísticos. Tras la construcción de los conventos carmelitas no hay constancia de modificaciones importantes en la trama urbana de Alba. Sólo el proyecto de basílica y las tímidas actuaciones sobre la plaza Mayor y su entorno al filo del 1900 tienen alguna relevancia.[23] Hay noticias de un bombardeo en 1937 por parte de la aviación republicana que además de cinco fallecidos y algunos heridos, provocó la destrucción de ocho edificios, pero tampoco esto ha supuesto una transformación de la trama urbana. De hecho, dicha trama es lo más original del actual caserío albense, aunque la misma no tenga siempre una correspondencia en las tipologías constructivas. Los procesos migratorios del siglo XX debilitarán aún más las posibilidades de la villa y la leve recuperación de finales de siglo ha llevado aparejada una sistemática sustitución de construcciones tradicionales o de estilo histórico por otras de factura reciente. La destrucción de la iglesia románica de San Miguel en fecha tan reciente como 1977 es un buen ejemplo de ello. En cuanto al castillo y palacio ducal, se documenta tanto su abandono como el expolio masivo a lo largo del siglo XIX. Hacia 1870 se debía conservar buena parte de la estructura del palacio. Nueve años después sólo queda la torre de la Armería en pie, principal seña de identidad urbana de Alba de Tormes.

        

3.2.  Patrimonio histórico.- A continuación se incluye la información obtenida sobre las declaraciones de Bien de Interés Cultural:
3.3.  Población y poblamiento.-
                     3.3.1. Población.-

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