Edith Stein: filósofa y santa






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Carmelita Descalza

El 30 de abril de 1933, durante la adoración del Santísimo Sacramento sintió con claridad su vocación a la vida religiosa y tomó interiormente su decisión. ¡Para la madre supuso otro golpe! "También siendo hebreo se puede ser religioso", le había dicho para disuadirla. "Claro - le había respondido Edith - si no se ha conocido otra cosa".

La verdad es que nuestra protagonista, desde que había leído la vida de Santa Teresa, estaba enamorada del Carmelo y decía: "en la cima de mis pensamientos estaba sólo el monte Carmelo" e inundada por el agradecimiento de ser Carmelita exclama: "no me queda sino dar gracias a Dios de continuo por la inmensa gracia, inmerecida, de la vocación" . Ahora el abad Walzer no se lo puede negar, aunque siempre sintió perderla de la vida militante.
Al principio teme que no la admitan por su edad (42 años), su ascendencia judía y la falta de dote. Nada de eso ocurre porque es admitida muy pronto en el convento de Colonia. Cuando en el locutorio del Carmelo pide el ingreso en la Comunidad, expresa los motivos de su vocación con estas palabras: “No nos puede ayudar la actividad humana sino la Pasión de Cristo. Mi deseo es de participar en ella”. Para Edith la vida religiosa es un martirio incruento para ganar a sus hermanos de raza para Cristo.
Edith tomó el hábito en una solemne ceremonia y eligió el nombre en religión de Teresa Benedicta de la Cruz. El nombre de Benedicta fue por su gran amistad con los Padres Benedictinos y de la Cruz porque se consideraba esposa del Señor bajo el signo de la Cruz. La profesión perpetua la realizó en 1938.

En el recordatorio de su profesión perpetua, el 21 de abril de 1938, hizo imprimir las palabras de San Juan de la Cruz, al que dedicará su última obra: "que ya sólo en amar es mi ejercicio ".


Al cabo de seis días de su profesión solemne muere su amado profesor Husserl, reconociendo el gran amor de Dios y el perdón de Cristo. Ella considera este acontecimiento como un fabuloso regalo de profesión.

Rodeada de sus hermanas y en ambiente de silencio, se siente feliz y privilegiada de gozar de tanta paz y tranquilidad interior. Se le ha concedido la gracia que hace tanto tiempo anhelaba: «Vivir en el santuario más íntimo de la Iglesia».

Ahora su apostolado es la oración, sobre todo por el pueblo judío y por los que lo persiguen. Pone toda su confianza en Dios, y tiene como a maestro espiritual a san Juan de la Cruz. Con esfuerzo se va adaptando a la vida comunitaria. Ha aceptado la vida religiosa como donación y holocausto, no reserva nada para ella, se hace dócil a todo lo que le exigen. Valora profundamente la vida comunitaria, después de unos años en el claustro, escribe: “Uno no puede conocer verdaderamente sus faltas sino viviendo en comunidad. Cuando uno vive solo, se hace ideas falsas sobre mismo. Esto constituye ya una inestimable ventaja de la vida conventual.
En su tiempo, muchas religiosas opinaban que el trabajo intelectual no era un trabajo auténtico ni era conforme a la vida de oración. En las órdenes masculinas no existía esta limitación por aceptar los religiosos tareas espirituales o por ser sacerdotes. Había que vencer muchos prejuicios, uno de ellos lo señala el moralista Hans Rotter 17: “Una elevación de nivel en la formación de la mujer tiene como consecuencia evidente la de una nueva visión en la sociedad. El bajo nivel católico de formación (de la mujer) sólo se podía superar cuando dejasen de equipararse la humildad y la ignorancia.”
Es en este contexto que el padre Provincial de la Orden, abrumado por la responsabilidad de tener a una Carmelita con tanto talento, le pide que deje las tareas domésticas y vuelva a sus trabajos científicos. Es más, ya cuando finaliza el noviciado, le pide que prepare para su publicación su trabajo de oposiciones a cátedra “Acto y potencia”. Bajo el influjo de sus nuevas experiencias en el Carmelo rehace totalmente el original y lo titula: “Ser finito y ser eterno”. Lo redacta después de dos años de laboriosa actividad dedicándole dos horas diarias. El fenomenólogo Koyré 18 definió esta obra como «su biografía espiritual».
También pudo terminar de escribir la obra “Acto y Potencia” y otras obras, como veremos más adelante. Así mismo continuaba escribiendo la vida de su familia, que llevaba varios años haciéndolo. Con ocasión de la fiesta de San Juan de la Cruz, el año 1934 Edith prepara una meditación sobre el amor a la Cruz.
En el año 1936, murió su madre. Le llegó el rumor de que su madre se había convertido y contestó que no lo creía, “que se había mantenido fiel a su fe y ahora sería su más fiel intercesora”.
Después de la muerte de su madre, su hermana Rosa acude al convento, se ha convertido al catolicismo y quiere seguir a su hermana; juntas seguirán hasta el final.
La vida consagrada ofrece a Edith nuevos horizontes en la contemplación de María. Contempla a María sobre todo en su virginidad. En la Madre de Jesús la virginidad es disponibilidad, sin reservas, a Dios. En la religiosa la virginidad consagrada es renuncia personal y cumplimiento de la voluntad divina. Esta actitud femenina no es represión “es ejercicio supremo de la libertad humana porque es un acto de amor voluntario al Señor”. Cristo elige a una madre-virgen para realizar la Redención. Edith Stein descubre en este gesto de Cristo “que la virginidad libremente elegida y consagrada es amor redentivo para el mundo y expiación supletoria del Crucificado”. María es el modelo de la «sponsa Christi» de la religiosa. Si ella “es el corazón de la Iglesia que llena a los miembros de vida, la religiosa ocupa el mismo puesto y ejerce idéntica función”.
La vocación religiosa ha potenciado su conciencia de su pertenencia al pueblo judío. Aunque perseguido, se siente orgullosa de pertenecer al mismo pueblo de Jesús. En el Carmelo escribe a un amigo jesuita: “No puede imaginar lo que significa para mí cuando al entrar en la capilla por la mañana contemplo en el tabernáculo y a María, me digo: ellos eran de nuestra sangre. Ella quiere impregnarse de la espiritualidad que arranca de la Cruz y es capaz de la donación total. “Me dirigí al Redentor y le dije que veía claro mo su Cruz cargaba ahora sobre las espaldas del pueblo judío”. Ella estará dispuesta a interceder por su pueblo y llevar su parte de cruz por los demás. “El Señor ha aceptado mi vida por muchos. Yo soy una pequeña Ester, pobre e impotente, pero el rey que me ha escogido es infinitamente grande y misericordioso. Esto es un gran consuelo.
Personalidad
Poco se conoce acerca de la conformación física de Edith. Solo sabemos que, como ella misma relata, a su vuelta a casa procedente de Hamburgo: “Físicamente me desarrollaba con rapidez y vigor. Aquella criatura débil se hizo casi del todo una mujer.” Además los cabellos rubios se oscurecieron mucho. Cuando llegué a Breslau apenas me reconocían”.

En su juventud, practicaba el tenis y el remo con sus hermanas y amigas, y se centró mucho en el estudio, le encantaba estudiar. Una compañera suya, con la que iba todos los días a clase, la recordaba como la más dulce, amable y profundamente contemplativa.
En cuanto a su capacidad intelectual, quienes la conocieron opinan que fue inteligente, innovadora,  dispuesta, hacendosa y dinámica

Su hermana Erna (1949) precisa que “en la escuela y en la universidad, Edith es siempre considerada una estudiante brillante. En el bachillerato, licenciatura y doctorado conseguirá las calificaciones más altas”.

Era muy segura y de una energía férrea. No obstante nunca fue mala amiga, sino que siempre fue una excelente compañera pronta a ayudar. Demostraba en todo momento amabilidad, paz, silencio, servicio y dominio de sí misma.
García Rojo nos dice que “la entera existencia de Edith Stein rezuma pasión e intensidad; no obstante, puede constatarse períodos singularmente significativos, que ponen mejor al descubierto en toda su originalidad el espíritu peculiar del sujeto en cuestión. Uno de esos momentos claves, y que de alguna manera condiciona, orienta y explica el devenir un tanto sorpresivo de esta mujer, es la etapa juvenil (más o menos desde los 17 a los 25 años, de 1908 a 1916). Es entonces cuando, pasada ya la crisis de la adolescencia, toma decidida las riendas de su existir para configurar, a partir de su rico mundo interior y de los materiales circundantes que aparecen en su camino, una personalidad bien definida que no la abandonará para el resto de los años.”

“Es a esta edad cuando se sacude los prejuicios y tutelas, los miedos y encogimientos, que de manera notoria habían dominado su infancia y adolescencia. Y, cosa curiosa, a partir de ahora la felicidad hace acto de presencia y comienza a sentirse a gusto consigo misma.”
“Todos sus anhelos y esfuerzos colaboran al unísono en los objetivos señalados. Por fin puede dar rienda suelta a esa fuerza interior que se resiste a permanecer por más tiempo recluida y desaprovechada. El mundo intelectual se constituirá en el foco aglutinador de sueños y proyectos, de decisiones, de cambios, de pesares y de ilusiones, etc.”
Vila Griera considera que “la joven Edith era exigente, muy segura de sí misma, debía hacerse violencia para aceptar los errores que observaba en los otros. Sus mejores amigos se lo advierten, resulta demasiado exigente, demasiado crítica, «encantadoramente implacable»”
Sorprendida aceptaba la corrección y años más tarde comentará: “Yo vivía con el ingenuo autoengaño de que en mí todo era correcto, como es frecuente en las personas incrédulas, que viven con un tenso idealismo ético. Había considerado siempre, como un justo derecho mío, el señalar despiadadamente con el dedo las debilidades, los errores y faltas de otras personas, a menudo en un tono irónico y despectivo.
Edith nunca se sintió inferior al hombre, ni un ser a su servicio, sino que el hombre y la mujer en condición de igualdad debían poder tener acceso a todo tipo de posibilidades según el talento de cada uno. Ya en sus años de estudiante manifiesta una gran sensibilidad por los derechos de la mujer. Ella misma escribirá: “Cuando estaba en el Instituto, y después como estudiante de universidad, fui acérrima feminista”. Por ello trabajará activamente porque las mujeres tengan los mismos derechos que el hombre. Durante los años universitarios de Breslau nos dice que: “Desde este sentimiento de responsabilidad social me puse decididamente a favor del derecho de voto femenino. Esto era entonces, incluso dentro del movimiento ciudadano femenino, no del todo evidente. La asociación prusiana en la que ingresé con mis amigas, estaba integrada en su mayoría por socialistas, debido a que postulaba la total igualdad política de derechos para la mujer”.
En la Universidad de Göttingen se encontrará con profesores que son enemigos declarados a que las mujeres estudien. Pero con la capacidad intelectual y la seriedad en el estudio de jóvenes como Edith, hará posible que los profesores cambien de opinión. Dirá en su autobiografía: El estricto y temido Edward Schröder 19 […] al igual que su cuñado Roeth,en Berlín, era enemigo de que las mujeres estudiasen y no había recibido hasta entonces a ninguna señorita. Me tocó vivir su «conversión» […] Cuando al comienzo de aquel semestre […], declaró públicamente que a partir de entonces permitiría el acceso al cursos superior a las señoritas, pues lo habían merecido por su aplicación y meritorios trabajos”. En otra ocasión, otro profesor ante la presentación de un buen trabajo intelectual realizado por Edith, dijo: “¡Qué sería de su seminario si no hubiera señoritas que trabajasen con tanta aplicación e inteligentemente!Esto me pareció a mí algo exagerado y me sentí obligada a hablar a favor de mis compañeros varones”.
Explica en sus memorias que solía discutir fuertemente con su hermana Erna y sus mejores amigas sobre la tarea y misión de la mujer. Mientras que las otras estaban dispuestas a dejar la profesión para formar en un futuro una familia, sólo ella declaraba que nunca haría eso. Edith está convencida que la mujer tiene mucho camino por recorrer y una de sus conquistas es la profesión intelectual.
Viau Mollinedo (2012)  sostiene que “siendo una mujer con una personalidad de alta tensión y fuertemente pasional, así como totalmente racionalista y atea, en el fondo mismo de su corazón, la semilla de la generosidad y servicio a la humanidad causaba un profundo cuestionamiento existencial.” Como ya hemos visto, al estallar la primera guerra mundial Edith sigue un curso de enfermería y en seguida colabora en un hospital austriaco, donde le tocó atender a enfermos de tifus y ayudar en el quirófano. Sus palabras fueron: "Ahora mi vida no me pertenece. Todas mis energías están al servicio del gran acontecimiento. Cuando termine la Guerra, si es que vivo todavía, podré pensar de nuevo en mis asuntos personales. Si los que están en las trincheras tienen que sufrir calamidades, porqué he de ser yo una privilegiada?"  20
En cuanto a cultura, Edith vivió a la vez las raíces hebreas familiares y el nacionalismo prusiano. Desde los primeros años mostró gran afición por la Historia, la Literatura y la Música alemanas. “Prefería los clásicos: Schiller, Mozart, Bach, Beethoven, Wagner y Rembrandt.”
Sentía especial predilección por Bach. “Ese mundo de pureza y estricta regularidad me hablaba a lo más íntimo”. Lo que a Edith le fascinaba de Bach, no era el contexto religioso o incluso confesional de sus obras para la Iglesia, ni tampoco el contenido de los textos bíblicos o de los corales, tomados de los himnarios de la Iglesia Evangélica. Lo que hablaba a lo más íntimo de ella era sobre todo la consonancia entre la emoción poética y la forma estrictamente racional, la pureza de la armonía, así como la sintonía que reflejaba todo el movimiento expresivo del texto y toda la emoción afectiva sentida por los fieles.

García Rojo considera que Stein “posee un espíritu fuertemente oxigenado en búsqueda constante; resulta por ello natural su inclinación y pasión por la filosofía, como terreno idóneo para llevar a plenitud sus aspiraciones universalistas, donde los otros, lo comunitario, juegan un papel determinante. La filosofía, con su perspectiva de totalidad, se le antoja como el saber a seguir . Sus esquemas mentales sobrepasan los férreos límites de familia, raza y nación”.
Para advertir cómo interpreta el devenir histórico y en qué instante del siglo XX se halla por entonces, baste con leer la excelente carta dirigida a su hermana Erna el 6 de julio de 1918. Han pasado cuatro años de guerra, el final parece no llegar y el desencanto va dejando huella también en los componentes de la familia. A este oscuro panorama que parece dominar a los suyos, la joven filósofa opone su cosmovisión, su visión del proceso histórico, donde lo que importa es el todo y el final, que es lo que da sentido a lo particular y a los instantes precedentes.
Ferrer Santos considera que “de anecdótico se podría tildar su paso por la política, si no fuera por las consecuencias que habría de tener en su maduración intelectual. Las discrepancias con el prusianismo de la República de Weimar en el periodo prebélico fue lo que la llevó a afiliarse más tarde al Partido Demócrata Alemán (DDP), alejado tanto de la socialdemocracia como del estatalismo prusiano. Esta experiencia está a la base de sus escritos políticos, en los que reflexiona sobre la naturaleza del Estado y la sociedad civil, publicados en el husserliano “Anuario de Filosofía e investigación fenomenológica” (1921).
En este sentido, García Rojo afirma que Edith “se ve a sí misma alemana por los cuatro costados, y como tal trata de orientar su existencia. … Se confesará patriota, orgullosa de su nación, pero sin caer en el reduccionismo nacionalista; le resulta insoportable la indiferencia de los estudiantes y el escaso espíritu comunitario de los suyos. Quizá pueda decirse que su sentido de pertenencia familiar se fue debilitando en la misma proporción en que aumentaba su conocimiento y experiencias sociales, hasta llegar a trasladar las referencias familiares a los intereses nacionales: el amor y la filiación salen del reducido círculo doméstico, pasando a dominar las relaciones nacionales”.
Desde la perspectiva de Edith Stein, en la que el espíritu de solidaridad y de responsabilidad social constituyen los materiales del quehacer histórico, todos los seres humanos son necesarios y sus aportaciones imprescindibles para la buena marcha de la historia; de lo contrario aparecerán vacíos o desvíos que entorpezcan el avance de la humanidad. La historia es un quehacer de todos.
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