Edith Stein: filósofa y santa






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Estudios universitarios
En 1911 la Universidad de Breslau se convirtió en su nuevo hogar. Tenía 19 años y una gran ilusión por aprender
Vila Griera (2014) nos dice que “aunque un tío suyo la quiere encaminar hacia la medicina, ella estudiará filosofía. Porqué Edith considera que: “Estamos en este mundo para servir a los hombres, y eso se puede conseguir de una manera más perfecta realizando aquello para lo cual cada uno está mejor dotado”.
Se matriculó en Psicología, Historia, Germanística y Filosofía. La elección de estas materias está motivada por su inquietud personal.
La psicología, que centrará sus estudios era impartida por William Stern 7, con quien pensó incluso hacer su doctorado. Sin embargo, no va a sentirse satisfecha, fundamentalmente porque ella buscaba averiguar la esencia de la persona humana, y lo único que le ofrecía la psicología de Stem era un método naturalista y puramente mecánico, que en fondo partía de la concepción de la persona sin alma. Desde su experiencia personal no podía aceptar una visión reduccionista del ser humano. Era como privar a la persona de su dignidad más íntima.
Sus estudios de filosofía seguían el neokantismo representado en su profesor Hónigswald 8. Si bien es cierto que su reacción no va a ser tan “violenta” como contra la psicología de Stern, tampoco va a dejar grandes huellas en su pensamiento posterior. Precisamente en un seminario con Hónigswald es donde Edith oye hablar de Husserl y de la fenomenología. Lo poco que va captando de esta nueva corriente de pensamiento, va impactando su espíritu, hasta que se decide a leer las “Investigaciones lógicas”, obra que le produjo un fuerte impacto. Aquí descubre un nuevo modo de acercarse a la realidad. Surge en su interior la inevitable comparación entre lo que estaba estudiando y las posibilidades que la fenomenología parecía ofrecer.
Un día Edith lee en la prensa que Hedwig Conrad-Martius 9 se había doctorado en filosofía. Ella querrá imitarla y deseará hacerse discípula de Husserl y por ello decide estudiar filosofía en la Universidad de Göttingen. Husserl había creado un campo propicio para la mujer; con la fenomenología la mujer entra en la historia de la filosofía.

Edmund Husserl fue un filósofo judío/alemán que nació el 8 de abril  en 1859 en Prossnitz, hoy Prostejov, actual República Checa. Discípulo del filósofo y psicólogo Brentano 10, su filosofía se encuentra en la base de la llamada «escuela fenomenológica», de la que partieron Max Scheler y Martin Heidegger, en quien vio a su legítimo

continuador, aunque las ideas de éste expuestas en “Ser y tiempo” motivaron la ruptura entre ambos.11

A partir de 1887 fue profesor en Halle, y en Gottingen desde 1906. En 1916 pasó a ser profesor titular de la Universidad de Friburgo, donde ejercería la docencia hasta su jubilación, en 1928.

Con la llegada del nazismo al poder en 1933, fue apartado de la docencia y falleció el 27 de abril en Friburgo en 1938.

El movimiento fenomenológico es uno de los movimientos más influyentes del siglo XX y aún lleno de vitalidad en el siglo XXI.

Retomando a Edith diré que llega a la Universidad de Gottingen y la nueva ciudad estuvo llena de novedades. Lo primero que tuvo que hacer Edith fue buscarse una vivienda. Su primo Richard Courant y su mujer le ayudaron mucho. Pero no llegó sola, compañeros de Breslau, como Rosa y Mos, también fueron a estudiar en la misma universidad.

Lo que al inicio fue un cambio provisional -iba con la idea de estudiar sólo un semestre-, se convirtió en el camino a seguir. No se trató solamente de un cambio de universidad o de escuela filosófica. Podemos tranquilamente hablar de una auténtica conversión filosófica, o mejor dicho una conversión a la fenomenología. Y es que la fenomenología le facilita la caída total de prejuicios para acercarse a la realidad tal como ella se presenta.

Se enfrenta a la fenomenología a través de varios de sus grandes representantes. Fundamentalmente incidirán en su formación fenomenológica: Husserl y Max Scheler. Con este último su contacto fue escaso aunque fundamental. Coincidió con los primeros meses de su estancia en Gottingen. Este había sido invitado por el grupo fenomenológico a que diera unas conferencias. En esta época Scheler vivía convencido del catolicismo y sus lecciones públicas eran una síntesis de sus convicciones interiores. La impresión que produjo en Edith Stein no fue indiferente: “Éste fue mi primer contacto con aquel mundo hasta entonces desconocido. No me condujo todavía a la fe. Pero me abrió un campo de «fenómenos» ante los que ya no me fue nunca posible pasar con los ojos cerrados. No en vano nos habían inculcado que debíamos mirar a las cosas sin prejuicios, quitándonos antes todas las lentes de los ojos… y el mundo de la fe quedó repentinamente abierto ante mí. (…) Me contenté con captar sin oposición los estímulos de mi circunstancia, transformándome casi sin notarlo”.
Su amigo Mos, como había estudiado un semestre en la universidad, introdujo a Stein en la “Sociedad Filosófica de Gottingen” que se fundó con un grupo de estudiantes que venían de Munich para poder estudiar con Edmund Husserl.

Todos los que entraron a formar parte de esta sociedad hicieron una fuerte amistad. Edith encontró ahí a sus mejores amigos: Roman Ingarden (con quien mantuvo siempre correspondencia), su mejor amiga Hewig Conrad-Martius y su marido, Erika Goethe y Hans Lipps.
Edith buscaba en la fenomenología encontrar la verdad sobre sí misma y sobre el misterio del hombre. Este método responde a su deseo de encontrar la verdad y más tarde le ayudará a aceptar a Dios tal como Él se quiera manifestar.
El contacto y las relaciones con Husserl van a ser de gran fruto para Stein: se siente identificada con él, al que llamará siempre “el Maestro”, y con su escuela fenomenológica, que considerará durante toda su vida “su patria espiritual”. No obstante, como veremos más adelante, no se da ningún tipo de adulación o de servilismo. Edith va a saber seguir su propio camino.
Ferrer Santos ( 2011) nos cuenta que Edith siguió el curso dictado por Husserl sobre “Naturaleza y espíritu”. Pero también le atrajeron la claridad expositiva de Reinach y la vivacidad intelectual de Scheler.
Es en esta época que en la calificación final del trabajo de licenciatura sobre la “empatía” obtuvo sobresaliente. Más tarde lo completará en la tesis.
Estalla en 1914 la primera Guerra Mundial y Edith se sintió en la obligación de interrumpir sus estudios y se fue como ayudante voluntaria de la Cruz Roja a un hospital militar en Märish-Weisskirchen. También allí, como en todas partes, trabajó con toda el alma, siendo estimada tanto por los heridos como por las compañeras y superiores.
Al regreso de la guerra Husserl la escoge como asistente, y llega a ser un miembro más de la escuela fenomenológica de Gottinge de la que también formaba parte el católico Adolf Reinach 12, el más íntimo colaborador de Husserl. Una persona cordial que suavizaba las relaciones de los discípulos con el maestro, hombre distante y difícil de tratar. De su encuentro con Reinach diría Edith años más tarde: "Tenía la impresión de no haber conocido jamás a un hombre con una bondad de corazón tan pura”.
Cabe señalar que Edith no era la única de origen judío en el grupo fenomenológico. Los judíos eran una parte numerosa dentro de esta corriente. Entre otros destaca el mismo maestro, Husserl, que junto con su mujer se convirtió al protestantismo.

Husserl comunica a Stein que deja la Universidad de Gottinge porque le han nombrado catedrático en la Universidad de Friburgo.
La tesis doctoral de Edith “Sobre el problema de la empatía”  está terminada, por lo que se desplaza a esa universidad para defenderla el 3 de agosto 1916 ante a Husserl. Su calificación es de summa cum laude.
Defendida la tesis doctoral, Husserl le ofrece la posibilidad de permanecer a su lado como su asistente. Edith Stein acepta en seguida. Durante casi dos años (1916-1918) se encargará de introducir en la fenomenología a los estudiantes de Husserl, y al mismo tiempo el maestro le encomienda la transcripción y elaboración del volumen II de “Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica”, donde se esboza la noción de persona en su diferencia con el yo puro.
Son dos años en los que se empapa totalmente del pensamiento husserliano. También va a ser testigo de la evolución del maestro hacia el idealismo trascendental, que provocará la separación de muchos de sus discípulos. Stein confesará que ella tampoco puede seguirle en esa dirección, y siente la necesidad de elaborar sus propios trabajos.
Viau Mollinedo (2012) nos dice que “en otoño de 1918, Edith deja de ser asistente de Husserl porque deseaba trabajar independientemente. Deseaba obtener la habilitación para la libre docencia, algo que era imposible para una mujer en esos tiempos”. Husserl se pronunciaba así en un informe que redacta:"Si la carrera universitaria se hiciera accesible a las mujeres, la podría recomendar encarecidamente más que a cualquier otra persona para el examen de habilitación". Sin embargo, más tarde, increíblemente se le negaría ser docente debido a su origen judío.

La primera vez que volvió a visitar a Husserl después de su conversión fue en 1930 y tuvo con él una discusión sobre la nueva fe de la que la hubiera gustado que participara también él.

Conversión

Ferrer Santos (2011) cree que “la fenomenóloga brillante quiere rendirse a la gracia, pero atraviesa crisis profundas a las que su voluntad se resiste. Edith estudia incansablemente "los fenómenos" que se van sucediendo en su alma, se apasiona por "explicar" qué es lo que pasa sin lograrlo. Esto la lleva a tener un cansancio crónico pero que finalmente le muestra lo que es el poder de la gracia de Dios en el alma”. 
Tras retornar de la experiencia de la guerra, retomó su vida de estudiante, pero las dudas profundas, el insaciable hambre de verdad volcado a la filosofía y el testimonio de muchos cristianos comenzaron a socavar en ella su hasta entonces radical ateísmo.

Ferrer Santos, Viau Mollinedo, y Vila Griera nos cuentan que a finales de 1917 llegó a Edith la noticia de que Reinach había caído en el frente. Edith fue designada para hacerse cargo del legado filosófico del colega muerto. Tenía que pedir los papeles de Reinach a su mujer, y temía encontrarse con una viuda deshecha en lágrimas. … Pero en la esposa de Reinach vio, además de dolor, una fe robusta que daba serenidad y fortaleza.
Años después, Edith escribiría:"Este ha sido mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que transmite a sus portadores... Fue el momento en que se desmoronó mi irreligiosidad y brilló Cristo".
En el verano de 1921 fue durante unas semanas a Bergzabern (Palatinado), a la finca de Hedwig Conrad-Martius y su esposo Hans-Theodor Conrad, discípulos de Husserl, conversos al catolicismo; que una tarde encuentra en la biblioteca la autobiografía de Teresa de Ávila, que leyó durante toda la noche. "Cuando cerré el libro, me dije: esta es la verdad".
El 1 de enero de 1922, el padre Eugenio Breitling bautizó a Edith Stein en la parroquia de Bad Bergzabern. Su madrina fue Hedwig Conrad-Martius. Recibió el nombre de Teresa Hedwig. Edith eligió este nombre en agradecimiento a Santa Teresa y a su amiga Hedwig, que fue el instrumento para conocer la vida de la santa de Avila. En febrero recibió el Sacramento de la Confirmación de manos del obispo de Espira.
Considera que su inserción como Católica, lejos de robarle su identidad como judía,más bien le da cumplimiento y un sentido más profundo. Al ser católica se sientemás judía; encuentra en Jesucristo el sentido de toda su fe y vida como judía. Este doble aspecto, crea en Edith un corazón auténticamente reconciliador entre las dos religiones.
De esta época Juan Pablo II (1999) dirá: “Durante mucho tiempo Edith Stein vivió la experiencia de la búsqueda. Su mente no se cansó de investigar, ni su corazón de esperar. Recorrió el camino arduo de la filosofía con ardor apasionado y, al final fue premiada, la Verdad la conquistó. En efecto, descubrió que la Verdad tenía un nombre: Jesucristo, y desde ese momento el Verbo encarnado fue todo para ella. Al contemplar, como Carmelita, ese período de su vida, escribió a una Benedictina: «Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente busca a Dios»”. Ella que quería contar con sus propias fuerzas preocupada por afirmar su libertad en las opciones de la vida. Al final de su largo camino pudo llegar a una constatación sorprendente: “Sólo el que se une al amor de Cristo llega a ser verdaderamente libre.
Edith consideró que debía ir a visitar a su familia, a casa de su anciana madre, para contarles lo que había hecho. Se puso de rodillas y le dijo: "¡Mamá, soy católica!". La madre, firme creyente de la fe de Israel, lloró. Y lloró también ella. Ambas sentían que, a pesar de seguirse amando intensamente, sus vidas se separaban para siempre. Cada una de las dos encontró a su manera, en la propia fe, el valor de ofrecer a Dios el sacrificio solicitado.
Al poco de su conversión, abandona su actividad científica, concibe la vida cristiana como relación personal entre Dios y el hombre. Quiere vivir «sólo» para Dios; otra actividad es juzgada como una distracción. Su primer director espiritual y, más tarde, santo Tomás le hacen ver el error de tal consideración. Comprende que Dios se vale de muchos medios en su plan de salvación. Poco a poco la Iglesia como comunidad y lugar de manifestación del amor divino, entra en su horizonte.
Ahora bien, una vez bautizada emergió en ella, como fruto directo, la seguridad de su vocación a la vida religiosa. Viau Mollinedo (2012)  nos informa que “deseaba entrar lo más pronto posible al convento, pero sus asesoesr espirituales, el abad de Beuron Raphael Walzer 13 y el jesuita Erich Przywara 14, le aconsejan que espere, considerando que aún tenía mucho bien que hacer por medio de sus actividades “en el mundo”.
Cabe resaltar que para Edith conocer al abad benedictino Raphael Walzer fue una verdadera fortuna. En la infancia ella había perdido a su padre, y ahora, en la segunda infancia espiritual Dios le concede un padre de talla admirable. Para Edith el abad Walzer personificaba plenamente la vida benedictina, era su encarnación viviente. Muy pronto le abrió el alma, le confió sus problemas, y encontró en él un apoyo incondicional. Se compenetraron a fondo. Edith veía en el joven abad, lleno de vida y de equilibrio, un hombre de Dios; para el abad Walzer era ella una de las grandes mujeres del presente a quién él tenía la fortuna de conocer y dirigir en la vida interior. El influjo de Walzer sobre Edith fue muy grande. Nadie tuvo tanta influencia sobre ella, ni la conoció tan profundamente.
El abad le introdujo de profesora en el colegio de Santa Magdalena de las dominicas de Speyer. Además de sus clases, escribe y traduce. Durante estos años realizó, además de otros trabajos menores, dos obras voluminosas: La traducción al alemán de las Cartas y diarios del Cardenal Newman 15, y la traducción, en dos tomos, de las “Cuestiones sobre la verdad” de Santo Tomás de Aquino. Este se convertirá en base fundamental para sus obras filosóficas, escritas luego en el Carmelo. También da varias conferencias y programas radiales dentro y fuera de Alemania, siendo reconocida notablemente por sus colegas.
Aún en medio de tanta actividad apostólica, Edith busca siempre que puede, sobre todo en Semana Santa, la soledad y la paz de la abadía de Beuron 16. Su amor a la liturgia de la iglesia la lleva a pasar horas en la capilla y a celebrar las diferentes horas de oración junto con los benedictinos.

Sobre las estancias de Edith en Beuron, el abad Walzer escribirá: “Quería estar ahí, estar con Dios, tener ante sí en cierto modo los grandes misterios, lo que la naturaleza, fuera del recinto sacro, no podía ofrecerle. Yo no creo que necesitara muchos textos escritos para su reflexión y oración, o que pensara discursos espirituales, para los que siempre la llamaban... Como su porte externo casi rígido, así permanecía su interior en la paz de su gozosa y dichosa contemplación de Dios. Conversa agradecida y feliz de estar en la casa de su madre, la Iglesia, reconocía en el coro salmodiante de los monjes... a la gran Iglesia en oración. Conoció en toda su profundidad la recomendación de Cristo: «orad sin interrupción», y así ninguna ceremonia litúrgica le parecía demasiado larga, ningún esfuerzo demasiado grande. Tampoco la sola belleza de la esmerada liturgia era decisiva para su espíritu y su corazón. Ciertamente la forma ocupaba un lugar privilegiado, con su lenguaje, su visión, su creatividad...
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