Detrás de los ojos de la mama vieja






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Detrás

de los ojos

de la mama vieja
Ada Vega

Detrás de los ojos de la mama vieja

Ada Vega – Setiembre 2006
Ilustración portada: Ernesto Valdez Amador

Santo Domingo/Rep. Dominicana
Ediciones Orbe Libros

ISBN 9974-661-23-4

Montevideo-Uruguay
Presentación: Sylvia Lago

Al ritmo de un candombe uruguayo, cumpliendo su sueño más querido”, la mama vieja baila y desfila en uno de nuestros últimos carnavales. Sobre la acera, Ángeles la ve pasar. Sus miradas se cruzan un instante, y la joven descubre “detrás de los ojos de la mama vieja” “un mundo recóndito y desconocido que la atrae” Es noche de Llamadas y los blancos también festejan junto a los negros, integrándose al legendario acontecimiento.

Con estilo atractivo y personal , Ada Vega compone una narración que incluye hermosas descripciones de la ciudad de Montevideo, sus barrios — Sur, Palermo, Ciudad Vieja, La Unión—, sus construcciones y lugares típicos —el conventillo por ejemplo, con su población de morenos e inmigrantes, o el Café Tupí Nambá, con sus tertulias de intelectuales y poetas.

Y, ensayando una cierta estructura circular, la autora nos desplaza en el tiempo y en el espacio a un mundo imaginario que no se desentiende de lo real. Dentro de un contexto histórico preciso cuyo acontecer pauta, hasta la actualidad, la acción ficcional, se suceden las diversas peripecias de los personajes, creados con sensibilidad, simpatía y comprensión.

Ada Vega nos hace participar emocionalmente en las historias de vida de una comunidad fuertemente arraigada en nuestra realidad nacional, y a partir de “esa noche de Llamada” donde “la negritud montevideana” es convocada para su “fiesta mayor” nos va develando un mundo pintoresco donde crecen y se definen figuras inolvidables.

Elaborada con singular destreza narrativa la novela atrapa al lector desde sus comienzos, permitiéndole compartir con los personajes sus aventuras y sus sueños.

Detrás de los ojos de la mama vieja
2005 – 1 

  La luna redonda y blanca de febrero iluminaba a pleno la noche carnavalera. La ciudad vibraba bajo el tronar de los tambores. Era noche de Llamadas y, evocando el llamado tribal de sus ancestros africanos, la negritud montevideana acudía al encuentro  en los barrios Sur y Palermo.

        Al principio la fiesta mayor de los negros se celebraba en Montevideo.

Después, poco a poco, ante el influjo de la convocatoria, representaciones de distintas etnias diseminadas por los  departamentos del interior del país, comenzaron a bajar a la capital para unirse al festejo.

         Contagiados por el ritmo caliente del tambor, los blancos también festejan junto a los negros. En noche de Llamadas se entreveran unos con otros y  colman las aceras  en espera del ansiado desfile. Hoy, todas las comparsas tienen integrantes blancos pintados de negros. A  estas comparsas se las denomina lubolas, y lubolos a sus componentes. Denominación  que no tiene significado en la lengua española, pues es extraído del nombre de una tribu  existente en el territorio angoleño.

        Angola fue con Guinea en los siglos XVII y XVIII, el mayor centro de trata de esclavos para América del Sur. Posiblemente de sus costas, los lusitanos trajeron  a sus antepasados  hasta el Río de la Plata.  De ahí el nombre.

       Cada vez más  blancos integran las comparsas de los negros. Es que el tambor y el candombe forman parte de la cultura uruguaya. En todos los barrios existen cuerdas  de tambores. Por las nochecitas su tronar se escucha en los barrios altos y rueda y resuena por las calles de los barrios más alejados de la ciudad.  En nuestro país las dos razas se han emparentado y es común ver parejas de blancos y negros,  de negros y blancos. Nacidos de estas parejas son los mulatos. 

       Esa noche de Llamadas las comparsas lubolas avanzaban por la calle Isla de Flores, tras sus enormes banderas representativas, sus medias lunas y sus estrellas. Los escoberos, de taparrabos con brillos y ondulantes movimientos felinos, desplegaban sus habilidades con el manejo de  la escoba engalanada en un baile atávico del África profunda. Las  bailarinas, con sus trajes  de colores, se movían al ritmo del candombe de una acera a la otra; las bocas llenas de risas, brillantes los ojos, excitantes las caderas.

       Detrás de ellas, acompañada de su partenaire, semidesnudo su cuerpo escultural adornado de plumas, perlas y lentejuelas, la vedette, tras unos pasos al ritmo de los tambores, saludaba al público que aplaudía entusiasmado desde las veredas, enviándoles besos con sus manos de  embrujadas uñas rojas.   

      Las abuelas se entrecruzaban  bailando junto a los gramilleros. Ellos, de galera y valija médica,  apoyados en el bastón, trataban de seguir el cadencioso baile de sus compañeras que los superaban ampliamente en ritmo y alegría. 

       Ángeles estaba entre el público. Los ojos, la mente y el corazón embotados con las luces, el baile de los lubolos, y el toque de los tambores retumbándole en el pecho. Ya se acercan los tamborileros. Ya pasan junto a ella. Son setenta, ochenta, cien tal vez. Llevan sombreros de paja con flecos de seda. Túnicas extrañas, alpargatas blancas con cintas que cruzan, sobre medias negras, hasta las rodillas. Caminan al compás de los tambores: “chico,  repique y piano invitándome a bailar.”

      Las manos negras, las manos blancas,  golpean con fuerza los cueros. Los dedos vendados, sangrantes las palmas que manchas las lonjas. No importa el dolor. Los tamborileros siguen tocando. El sonido del  llamado legendario los transporta, los embriaga. La comparsa sigue al son. Ya  pasa  y  se aleja. La sigue otra y otra, con la misma alegría y distinto sonido arrancado a la cuerda de tambores.   Son más de cuarenta las comparsas que desfilan esta noche. Cada una lleva alrededor de cien componentes entre  tamborileros, bailarinas,  abuelos,  escoberos y  mamas viejas.  Mostrando a su paso la destreza de los muchachos que manejan los pesados estandartes y las enormes banderas. El público aplaude con frenesí.   Es noche de Llamadas y la ciudad se ha volcado por entero para  ver el desfile de la nación negra, en todo su esplendor y colorido.

      Avanza ahora una vieja comparsa montevideana. Eriza su redoble. Ángeles se encuentra muy atrás entre la gente.  Trata de acercarse  un poco más. Quiere verlos de cerca. Pero el público se cierra en un bloque infranqueable que le impide moverse. Y se queda allí, en tercera fila, después del cordón de la vereda. Pasan ante ella los estandartes, los escoberos, las chicas bailando y la vedette tirando besos.   Los tambores levantan el repique para que el continente negro baile en suelo oriental. Bailan los negros y los lubolos.

 Bailan. “¡Yamba, yambó, yambambé!”

      También al embrujo acompasado del tambor una mama vieja se  acerca hasta la vereda donde Ángeles se encuentra.  La joven la observa con atención. Es una morena que lleva vestigios de raza blanca en los ojos y en la piel. Con su mano izquierda recoge, apenas, la falda de volados de su vestido blanco. Sonríe, mientras baila ensimismada. Como en una ensoñación. Agita el abanico, con su mano derecha, en un sinuoso movimiento que refleja una gracia antigua.

      Tal vez la muchacha la atrajo con la insistencia de su mirada pues la mama vieja, despierta un instante del ensueño, gira la cabeza y sobre el hombro sus ojos, entre la gente, se encuentran con los ojos de Ángeles. Como una chispa esotérica, encendida entre ambas, permanecen mirándose un instante.

       Detrás de los ojos de la mama vieja la joven  vislumbra un mundo recóndito y desconocido que la atrae.

       Ya la morena se desentiende, vuelve a su ensueño, y  se va bailando con el compañero calle abajo por Isla de Flores. Ángeles siente el impulso de hablar con la mulata  pero,  no es posible, la pierde de vista entre los morenos de la comparsa.

       Siguen pasando los tamborileros. “¡Sensemayá, serembe, serembó!”.

      El público se apiña. Hay muchachos subidos en los árboles de las aceras.

Gente en los balcones, en las terrazas, en las azoteas. La noche montevideana festeja la alegría del tambor.

      Ángeles queda intrigada. Fijos en su mente los ojos de aquella morena que la atravesaron, encendiendo en su interior más profundo,  la llamita de la creación. Especula tratando de entender qué quiso trasmitirle, cuando la miró insistente, al pasar en el desfile. Esa noche de Llamadas quedó, entre la joven escritora y la mama vieja,  en el aire, una cita pendiente.

      Y  Ángeles comenzó a buscarla para contar  su historia.
                                                             II

        Febrero se fue llevándose el carnaval con su magia y su alegría. La ciudad tornó a su trajinar diario, dejando atrás las vacaciones y el agobio del verano. Ya  los primeros soles del otoño se anunciaban, invitando  a reanudar estudios  y trabajo. En ese contexto los meses comenzaron  a sucederse.

              Mientras tanto Ángeles, a pesar de realizar algunas averiguaciones por su cuenta, no encontraba la forma de llegar hasta la mama vieja del  último febrero. Averiguó el  nombre de la comparsa y a qué barrio pertenecía.

             Sin embargo, no alcanzaba a transitar esa vía que la pusiese en  contacto con alguno de  sus componentes. Pese a todo, como los hechos que  tienen que suceder, más tarde  o más temprano suceden; hubo un  acontecimiento que le permitió, al fin, concertar  la cita pendiente.

      Una noche en una  peña por la Ciudad Vieja, donde Ángeles había concurrido con unos amigos, conoció a un moreno que vivía en el mismo barrio de la comparsa en cuestión. El muchacho, pese a conocer a todos los componentes, no ubicaba a la mama vieja a quien la joven tenía interés en conocer. No obstante, un tiempo después, fue él, quien sirvió de nexo entre ambas mujeres.  Y una tarde de los primeros días de este invierno, Ángeles llegó a la casa  de la morena.

       Aurora vivía en el quinto piso de un edificio de apartamentos en Colonia y  Cuareim. Llamó  ansiosa a la puerta y  una morena, que no aparentaba su edad, la atendió. La joven se presentó y preguntó por Aurora.

         -Yo soy Aurora – le dijo la morena, mientras la invitaba a pasar – la mama vieja que, según me dijeron, querías conocer.

             ¡Claro que era ella! Ángeles jamás  olvidaría esos ojos. Aurora era una morena clara, llevaba el cabello negro y  crespo recogido con un broche sobre la nuca. De nariz chata y respingona. Boca voluptuosa,  dientes grandes y blancos.

¡Y unos ojos!... Unos ojos magníficos “color del tiempo”.

              Los ojos de Aurora podían, por las noches, ser tan negros como el azabache o de un azul profundo. Podían a veces, en los días soleados del  estío, tener la tonalidad celeste del mar. Otras veces, en las tardecitas de abril, era su mirada de un intenso verde turquesa. Y otras, otras veces en los días de tormenta, cuando en el cielo se apretujan las nubes cargadas de agua, los ojos de Aurora se tornaban grises, muy grises, de un gris oscuro, preludio del aguacero.

               La joven  entró en la casa de la morena y mientras tomaba asiento  junto a la mesa del comedor, le fue explicando  el motivo de su visita. Le contó  que a partir de la noche del último carnaval, cuando la vio desfilar en las Llamadas, tenía la intención de escribir una novela cuya protagonista principal fuese una mama  vieja  y a partir de ella, plasmar historias de otras mujeres de la raza negra.  Yendo hacia atrás en el tiempo, le dijo. 

        — ¿Una novela? ¿Y cómo entro yo en esa historia? –le pregunta la morena - ¿Qué es en realidad lo que querés saber para incluirme en ella?

       Ángeles, duda un momento, piensa que es un poco atrevido lo que va a preguntar. De todos modos,  ante la franca actitud de Aurora, le dice: 

Yo querría que me contaras algo de tu vida. ¿Te parece bien?

¿Querés saber cómo vivimos los negros? Pregunta directamente la morena.

 —Cómo viven ahora no. Yo querría saber como vivía una familia típica de negros, en Uruguay, hace más de sesenta años. Qué tipo de dificultades tuvieron que sortear, si es que tuvieron dificultades. En grandes rasgos. ¿Entendés lo qué quiero que me cuentes?

¿Querés saber si existía la discriminación en aquel entonces? Existía, sí. La discriminación siempre existió en el Uruguay. No en toda la población. Y muchas veces solapada. A nosotros, a mi familia, digo, nunca nos creó mayores problemas. Siempre fuimos  pobres. Al igual que tantos blancos pobres. En ese sentido, negros y blancos compartimos las mismas dificultades. Sin embargo, a nosotros nos  ha costado más acceder al estudio y a cargos importantes. Aunque vamos en camino.  Fijate que yo tengo una hija médica que hizo la carrera en la Facultad de Medicina del  país. Y sé también que, antes y después de ella, otros negros han obtenido títulos y diplomas en distintas disciplinas. Diplomarte en Uruguay si sos afro-uruguayo, no es tan complicado. El problema radica luego, cuando intentás vivir de esa profesión de la cual recibiste el Título o el Diploma. Muchas veces aparecen trabas.  También quiero decirte que mi familia, no sé hasta dónde, pudo haber sido una familia típica. Te explico: cuando se habla de los negros en Montevideo se los asocia con los barrios Sur y Palermo. Pero negros hay, y hubieron siempre,  en todos los barrios y en todo el país. Nosotros somos hermanos por raza y por uruguayos. Pero somos negros de la Unión.

Te puedo hablar de mi familia, de cómo y dónde vivíamos.

Si  es lo que necesitás saber no tengo inconveniente en contarte mi vida.

   -Sí, eso es lo que necesito. Quiero saber donde vivió, cómo fue la niñez de esta mama vieja. Que cuente ella misma desde sus propios recuerdos. Mi historia comenzará en el siglo XXI  contando su vida. De ahí irá hacia atrás, hasta mediado del siglo XIX, dando a conocer otras historias de mujeres de la raza negra. Unidas todas ellas por un hilo conductor de sangre.  — ¿Y se puede saber a quién vas a consultar para contar esas historias?—pregunta Aurora.

   —De ahí en adelante apelaré a mi imaginación  —le contesta Ángeles sonriendo.

    —De acuerdo —dice Aurora— y entrecierra los ojos buscando en su memoria el  recuerdo más lejano a partir del cual,  comenzará a contar su vida.

     Y las dos mujeres, desconocidas hasta esa tarde, supieron, con sinceridad y simpleza, crear un vínculo de afecto que las mantendrá unidas mucho más allá del tiempo que le lleve a Ángeles  escribir su novela.

     Mientras la narradora prepara el grabador, una libreta de apuntes y una birome,  Aurora  arrima una tetera y un par de pocillos. Ha refrescado mucho  y un tesito caliente siempre viene bien.

    Afuera la tarde comienza a caer sobre la ciudad.  Las tardes de invierno en Montevideo tienen  olor a tortas fritas, a garrapiñada y al humo de maníes de los carritos maniceros. Y tienen el viento.

    Bendito viento que en la ciudad sopla desde los cuatro puntos de la rosa.

                                          

                                               1940 -    III
      Aurora, cumplió hace pocos días, sesenta y cinco años. Nació el día de  Santa Rosa de 1940, en un conventillo de la calle Cipriano Miró. En la Unión. Su madre se llamaba Julieta y su padre Gumersindo. Tiene cinco hermanos. Cuatro varones y Fátima que vive en Durazno. Todos se llevan un año, los dos varones mayores, después ella,  su hermana y dos varones más chicos.

    
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