Las minas del rey salomóN






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Henry R. Haggar

LAS MINAS DEL REY SALOMÓN
A finales del siglo XIX las tierras de África, en parte inexploradas, ofrecían un escenario ideal para situar aventuras exóticas. Allí colocó Haggard a Allan Quatermain, el cazador de elefantes, enrolado en un viaje erizado de peligros y dificultades en busca de las portentosas minas del Rey Salomón. Una sucesión de peligros, ocasionados por la naturaleza, las fieras y los salvajes se interpondrán en su camino. Pero de todo ello surge una pregunta esencial: si la "civilización" materialista y obsesionada por el dinero no será en el fondo tan salvaje como esas tribus belicosas perdidas en el corazón de la naturaleza.

Este relato, fiel y sin exageraciones, de una aventura notable, es respetuosamente dedicado por el narrador Allan Quatermain a todos los que lo lean, grandes y chicos

Introducción

Ahora que este libro está impreso y a punto de salir al mundo, ejerce sobre mí un enorme peso la conciencia de sus defectos, tanto de estilo como de contenido. En lo referente a este último, sólo puedo decir que no pretende ser una relación exhaustiva de todo lo que vimos e hicimos. Hay muchas cosas concernientes a nuestro viaje a Kukuanalandia en las que me hubiese gustado explayarme y a las que, de hecho, apenas aludo. Entre ellas se encuentran las curiosas leyendas que recogí sobre las armaduras que nos salvaron de la muerte en la gran batalla de Loo, y también sobre los Silenciosos o colosos de la entrada de la cueva de estalactitas. Por otra parte, si me hubiera dejado llevar por mis inclinaciones, me habría gustado ahondar en las diferencias, algunas de las cuales me resultan muy sugestivas, entre los dialectos zulú y kukuana. Asimismo, también se hubieran podido dedicar unas cuantas páginas de provecho al estudio de la flora y la fauna indígenas de Kukuanalandia .

Pero aún queda un tema muy interesante, por cierto, y al que, de hecho, sólo se alude de forma fortuita: el magnífico sistema de organización militar imperante en ese país que, en mi opinión, es muy superior al instaurado por Chaka en Zululandia, en cuanto que permite una movilización más rápida, y no precisa del

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empleo del pernicioso sistema de celibato obligatorio. Y, finalmente, apenas menciono las costumbres domésticas y familiares de los Kukuanas, muchas de las cuales son extraordinariamente originales, o su habilidad en el arte de fundir y soldar metales. En esto último alcanzan una considerable perfección, uno de cuyos ejemplos puede apreciarse en las "tollas" o pesados cuchillos arrojadizos; el mango está hecho de hierro batido, y el filo, de un hermoso acero soldado con gran pericia al mango de hierro. Lo cierto es que yo pensé (y lo mismo les ocurrió a sir Henry Curtis y al capitán Good), que el mejor plan era contar la historia de un modo sencillo y franco, y dejar estas cuestiones para más adelante, tratándolas de la forma que nos pareciese deseable. Entretanto, proporcionaré con mucho gusto cualquier información a mi alcance a quienquiera que se interese por estas cosas.

Y ya sólo me resta disculparme por lo burdo de mi modo de escribir. La única excusa que puedo presentar es que estoy más acostumbrado a manejar un rifle que una pluma, y que no puedo aspirar a los altos vuelos y adornos literarios que observo en las novelas (porque a veces me gusta leer una novela). Supongo que son deseables -esos vuelos y adornos-, y lamento no ser capaz de proporcionarlos, pero al mismo tiempo no puedo evitar pensar que las cosas sencillas son siempre las que más impresionan, y que los libros son más fáciles de entender cuando están escritos en un lenguaje sencillo, aunque quizá no tenga derecho a dar mi opinión sobre este tema. Dice un refrán kukuana que "una lanza afilada no necesita brillo", y basándome en el mismo argumento, me atrevo a esperar que una historia verídica, por muy extraña que sea, no necesita el adorno de las bellas palabras.

Allan Quatermain

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Capítulo 1

Conozco a sir Henry Curtis

Es curioso que a mi edad -cumplí cincuenta y cinco en mi último cumpleaños- me sorprenda tomando una pluma para intentar escribir un relato. !Quién sabe qué tipo de relato resultará cuando lo haya escrito, si es que llego al final de la aventura! He hecho muchas cosas en mi vida, que se me antoja muy larga, debido quizá a que empecé muy joven. A una edad en que los otros chicos estaban en el colegio, yo me ganaba la vida como comerciante en la vieja colonia. Desde entonces, he sido comerciante, cazador, soldado y minero. Sin embargo, hace sólo ocho meses que me sonrió la fortuna. Es una fortuna cuantiosa -aún no sé a cuánto asciende-, pero no creo que quisiera volver a pasar por los últimos quince o dieciséis meses para obtenerla. No; no lo volvería a hacer aun sabiendo que iba a salir sano y salvo, con fortuna y todo. Pero resulta que soy un hombre tímido, enemigo de la violencia, y estoy verdaderamente harto de aventuras. Me pregunto por qué voy a escribir este libro; no es lo mío. No soy hombre de letras, aunque asiduo lector del Antiguo Testamento y también de las Ingoldsby Legends. Permítanme exponer mis razones, simplemente para descubrir si las tengo.

Primera razón: porque sir Henry Curtis y el capitán John Good me han pedido que lo haga.

Segunda razón: porque me encuentro aquí, en Durban, postrado en cama con dolores y molestias en la pierna izquierda. Desde que me atrapó aquel condenado león, me ocurre con frecuencia, y como en estos momentos el dolor se ha agudizado, cojeo más que nunca. Los dientes de los leones deben contener algún tipo de veneno, porque, de otro modo, ¿cómo se entiende que, una vez cicatrizadas, las heridas vuelvan a abrirse, generalmente en la misma época del año en que se recibieron?

Cuando se han matado sesenta y cinco leones en el transcurso de una vida, como es mi caso, es triste que el león número sesenta y seis te mastique la pierna como si se tratara de un trozo de tabaco. Rompe la rutina de la vida, y dejando a un lado otro tipo de consideraciones, yo soy un hombre de orden y eso no me gusta. Dicho sea entre paréntesis.

Tercera razón: porque quiero que mi hijo Harry, que está en un hospital de Londres estudiando para médico, tenga algo con que divertirse y que le impida

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hacer travesuras durante una semana o así. El trabajo en un hospital a veces debe empalagar y hacerse aburrido, porque incluso de hacer picadillo los cadáveres se debe llegar a la saciedad, y como este relato no será aburrido, aunque se le puedan aplicar otros calificativos, llevará un poco de animación a su existencia durante un día o dos, mientras lo lea.

Cuarta y última razón: porque voy a narrar la historia más extraña que conozco. Puede parecer algo singular decir esto, especialmente si se tiene en cuenta que no interviene ninguna mujer, excepto Foulata. Pero ¡Alto!, también está Gagool, caso de que fuera realmente una mujer y no un demonio. Aunque tenía al menos cien años, y por tanto no era casadera, así que no la cuento. En cualquier caso, puedo asegurar que no aparece ni una sola falda en todo el relato.

Pero lo mejor será uncirme al yugo. Es un lugar incómodo y me siento como si estuviese atascado hasta el eje. Bueno, "sutjes, sutjes", como dicen los bóers (estoy seguro de que no es así como se escribe), vayamos poco a poco. Una yunta fuerte podrá atravesarlo finalmente, si no es demasiado mala. No se puede hacer nada con malos bueyes. Y, ahora, comencemos.

"Yo, Allan Quatermain, caballero, natural de Durban, Natal, declaro bajo juramento que..." Así es como empecé mi declaración ante el magistrado sobre la triste muerte de Khiva y Ventv9gel, pero, bien pensado, no me parece la forma más adecuada de empezar un libro. Y además, ¿soy un caballero? ¿Qué es un caballero?

No lo sé realmente, y, sin embargo, he tratado con negros...; pero no; voy a tachar la palabra "negros", porque no me gusta. He conocido nativos que lo son, y lo mismo pensarás tú, Harry, hijo mío, antes de acabar este cuento, y también he conocido blancos con montones de dinero y de buena familia que no lo son. Pues bien, en cualquier caso, yo soy caballero por nacimiento, aunque durante toda mi vida no haya sido más que un pobre comerciante y cazador nómada. Si he seguido siendo un caballero es algo que no sé; ustedes deben juzgarlo. Dios sabe que lo he intentado. He matado a muchos hombres en mi juventud, pero jamás he asesinado por capricho ni me he manchado las manos con sangre inocente; sólo en legítima defensa. El Todopoderoso nos da la vida, y supongo que desea que la defendamos; al menos yo siempre he actuado basándome en esta idea, y espero que no se vuelva contra mí cuando suene mi hora.

Pero, ¡Ay!, éste es un mundo cruel y maligno, y a pesar de ser un hombre tímido, me he visto envuelto en muchas matanzas. No sé si es justo, pero sí puedo afirmar que nunca he robado, aunque una vez estafé a un cafre con un rebaño de

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vacas, pero es que él me había jugado una mala pasada, y por añadidura, este asunto me ha preocupado desde entonces.

Pues bien, hace aproximadamente dieciocho meses que conocí a sir Henry Curtis y al capitán Good, lo que ocurrió de la siguiente manera:

Yo había estado cazando elefantes más allá de Bamangwato, y había tenido mala suerte. En este viaje todo salió mal, y como colofón, sufrí un terrible acceso de fiebres. En cuanto me repuse, me dirigí a los Campos de Diamantes, vendí todo el marfil que tenía, así como el carro y los bueyes, despedí a mis cazadores y tomé la diligencia con destino a El Cabo. Después de pasar una semana en Ciudad de El Cabo, y, tras descubrir que me habían cobrado de más en el hotel y ver todo lo que había que ver, incluyendo el jardín botánico que, a mi entender, puede proporcionar grandes beneficios al país, y las nuevas casas del Parlamento, sobre las que no opino lo mismo, decidí volver a Natal, en el Dunkeld, que por entonces se encontraba en el puerto esperando al Edinburgh Castle, que venía de Inglaterra. Tomé un camarote y subí a bordo, y esa tarde transbordaron los pasajeros del Edinburgh Castle procedentes de Natal, levamos anclas y nos hicimos a la mar.

Entre los pasajeros que iban a bordo había dos que excitaron mi curiosidad. Uno de ellos, de unos treinta años, era uno de los hombres de pecho más ancho y brazos más largos que jamás he visto. Tenía el pelo rubio, una gran barba igualmente rubia, rasgos bien definidos y grandes ojos grises profundamente hundidos. Nunca he visto a un hombre más apuesto, y, por alguna razón, me recordaba a un antiguo danés, aunque conocí a un danés contemporáneo que me estafó diez libras; pero recuerdo haber visto un cuadro de estas gentes que, en mi opinión, eran una especie de zulúes blancos. Bebían en grandes cuernos, y por la espalda les colgaban largas cabelleras; al ver a mi amigo junto a la escalerilla, pensé que con sólo dejarse crecer el pelo un poco, ponerse una cota de malla sobre sus grandes hombros, coger una enorme hacha de combate y un cuenco de cuerno, podría servir como modelo para ese cuadro. Y, a propósito, es un hecho curioso, y que demuestra cómo la sangre acaba por manifestarse, que más adelante descubriese que sir Henry Curtis, porque así se llamaba aquel hombre, tenía sangre danesa.

Además, me recordaba profundamente a otra persona, pero entonces no pude recordar de quién se trataba.

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El otro hombre que estaba hablando con sir Henry era de baja estatura, corpulento y de piel oscura, y con un aspecto totalmente diferente. Sospeché de inmediato que era un oficial de la Marina. No sé por qué, pero es difícil confundirse con un marino. En el curso de mi vida he realizado expediciones de caza con algunos de ellos, y siempre me han parecido los tipos mejores y más valientes que he conocido, aunque muy dados a utilizar un lenguaje blasfemo.

Una o dos páginas antes me preguntaba qué es un caballero. Ahora contesto a esa pregunta: un oficial de la Marina Real, por regla general, es un caballero, aunque claro está, puede haber ovejas negras entre ellos desperdigadas aquí y allá. Se me antoja que es el ancho mar y el soplo de esos vientos de Dios lo que limpia sus corazones y aleja la amargura de sus mentes y les hace ser lo que debieran ser los hombres. Pero, volviendo a lo anterior, yo tenía razón una vez más: averigüé que era un oficial de la Marina, de treinta y un años, teniente de navío que, tras diecisiete años de carrera, fue expulsado del servicio de Su Majestad con el estéril honor de comandante, porque era imposible ascenderlo. Esto es lo que pueden esperar las personas que sirven a la Reina: ser arrojados al duro mundo para buscarse una nueva ocupación cuando empiezan realmente a comprender su trabajo y se encuentran en la flor de la vida. Bueno, supongo que no les preocupa, pero, por lo que a mí respecta, prefiero ganarme la vida como cazador. Quizá se ande escaso de cuartos, pero al menos no se reciben tantos golpes.

Al consultar la lista de pasajeros, averigüé que se llamaba Good, capitán John Good. Era un hombre ancho, de estatura mediana, piel oscura y corpulento, y resultaba curioso observarlo. Iba impecablemente vestido y afeitado, y siempre llevaba un monóculo en el ojo derecho. Parecía haber crecido allí, porque no estaba sujeto con cordón alguno, y no se lo quitaba nunca, excepto para limpiarlo. Al principio, creí que dormía con él, pero después descubrí que estaba equivocado. Lo guardaba en el bolsillo del pantalón al acostarse, junto a la dentadura postiza, de la que poseía dos preciosos ejemplares, y como la mía no era muy buena, me hizo infringir más de una vez el décimo mandamiento. Pero me estoy anticipando a los acontecimientos.

Poco después de habernos puesto en camino, cayó la noche, que nos trajo muy mal tiempo. Se levantó en tierra una brisa glacial, y una especie de llovizna irritante alejó pronto de cubierta a todos los pasajeros. Con respecto al Dunkeld, era una batea de quilla plana, y al subir, por ser tan ligera, se balanceaba terriblemente. Daba la impresión de que se iba a volcar, pero no ocurrió así. Era

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prácticamente imposible caminar por el barco, de modo que me quedé junto a la sala de máquinas, donde hacía calor, y me entretuve en mirar el péndulo, que estaba colocado frente a mí; oscilaba lentamente atrás y adelante, a medida que se balanceaba el buque, y marcaba el ángulo que tocaba en cada bandazo.

-Ese péndulo está mal; no está bien equilibrado -dijo de pronto una voz a mi espalda, con cierto malhumor. Volví la cabeza y vi al oficial que me había llamado la atención al subir los pasajeros a bordo.

-¿Qué le hace pensar eso? -pregunté.

-Pensar eso. Yo no pienso nada. Pues, porque -continuó al enderezarse el barco tras un bandazo-, si el barco se hubiese balanceado hasta el grado que señala ese chisme, no hubiera vuelto a balancearse; eso es todo. Pero es muy propio de estos capitanes de barcos mercantes; siempre son condenadamente descuidados.

En ese momento sonó la campana que anunciaba la cena, y no lo lamenté, porque es espantoso tener que escuchar a un oficial de la Marina Real cuando se adentra en este tema. Sólo conozco una cosa peor, y es oír a un capitán de barco mercante expresar su cándida opinión sobre los oficiales de la Marina Real.

El capitán Good y yo bajamos a cenar juntos, y nos encontramos a sir Henry Curtis, que ya se había sentado. él y el capitán Good se sentaron juntos, y yo frente a ellos. El capitán y yo de pronto empezamos a hablar sobre caza y otros asuntos; él me hacía muchas preguntas y yo las contestaba lo mejor que sabía. Al poco tiempo, se puso a hablar de elefantes.

-Ah, señor -dijo una persona sentada junto a mí-; ha dado usted con el hombre perfecto para esto; si hay alguien que sepa de elefantes, ése es el cazador Quatermain.
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