José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo






descargar 0.56 Mb.
títuloJosé Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo
página9/24
fecha de publicación06.08.2015
tamaño0.56 Mb.
tipoLiteratura
m.exam-10.com > Historia > Literatura
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   24

Sea por el inesperado descubrimiento, o por un recuerdo repentino e incontrolado de las alturas de la Conservaduría General, a don José le pasó una cosa por la vista, modo expresivo y corriente de decir que dispensa, con comunicativa ventaja, el uso de la palabra vértigo en bocas populares que no nacieron para eso. La escalerilla no era tan alta que alcanzase la ventana, pero daba para subir al alpende, y, a partir de ahí, que sea lo que Dios quiera.

Así invocado, Dios decidió ayudar a don José en el trance, lo que no tiene nada que ver de extraordinario si tenemos en cuenta la cantidad enorme de asaltantes que, desde que el mundo es mundo, tuvieron la suerte de regresar de sus asaltos, no sólo forrados de bienes, sino también enteros de cuerpo, o sea, sin castigo divino.

Quiso pues la providencia que las chapas onduladas de cemento que formaban el techo del alpende, además de ásperas en el acabado, tuvieran en las aristas inferiores un reborde que sobresalía, a cuyo atractivo ornamental el diseñador de fábrica, imprudente, no supo resistirse. Gracias a eso, y a pesar de la fuerte inclinación del alpende, pie aquí, mano allá, gimiendo, suspirando, raspando con las uñas, desollándose las puntas de los zapatos, don José consiguió reptar hasta arriba. Ahora no faltaba más que entrar. Bien, ha llegado el momento de decir que como escalador y efractor, don José usa métodos absolutamente desactualizados, por no decir antiguos e incluso arcaicos. Tiempo atrás, no sabe cuándo ni en qué libro o papel, leyó que la manteca de cerdo y una toalla de rizo son los complementos obligatorios de un cortavidrios siempre que se pretenda entrar con intención malsana por una ventana, y de esos insólitos auxilios, con fe ciega, se había provisto. Podía, evidentemente, para abreviar la tarea, dar un simple puñetazo en el cristal, pero temió, al planificar el asalto, que el inevitable estallido, subsiguiente al golpe, alarmase al vecindario y, si era cierto que el mal tiempo con sus ruidos naturales contribuía a disminuir el riesgo, lo mejor sería ceñirse estrictamente a la disciplina del método. Así, apoyados los pies en el reborde providencial, hincadas las rodillas en la aspereza de las chapas, don José se puso a cortar el cristal con el diamante a ras del marco de la ventana. A continuación, con el pañuelo, jadeando por culpa del esfuerzo y de la mala postura, secó como pudo el vidrio, para no perjudicar la deseada adherencia de la manteca, o de la que quedaba, puesto que los violentos esfuerzos que acometiera para escalar el plano inclinado habían convertido el paquete en una masa informe y pegajosa, con las consecuencias que se imaginan en la integridad de la ropa que traía puesta. A pesar de todo, consiguió esparcir por el cristal una capa aceptablemente espesa de grasa, sobre la que después, con la mayor minuciosidad posible, pegó la toalla que, al cabo de mil contorsiones, logró sacar del bolsillo de la gabardina. Ahora tenía que calcular con precisión la fuerza del golpe, que no debía ser ni tan débil que tuviese que repetirlo, ni tan fuerte que redujese a nada la adherencia de los vidrios al paño. Oprimiendo la parte superior de la toalla contra el marco con la mano izquierda para que no se escurriera, don José cerró el puño derecho, echó el brazo atrás y asestó un golpe seco que felizmente resultó, sordo, sofocado, como el disparo de un arma provista de silenciador. Había acertado a la primera, proeza notable para un aprendiz. Uno o dos pequeños fragmentos de cristal cayeron al interior, nada más, pero eso no importaba, dentro no había nadie. Durante algunos segundos, a pesar de la lluvia, don José se mantuvo tumbado sobre el alpende, para recobrar las fuerzas y saborear el triunfo. Después, enderezando el cuerpo, introdujo el brazo en la abertura, buscó y encontró el pestillo de la ventana, Dios mío, qué dura es la vida de los asaltantes, la abrió de par en par y, agarrándose al pretil, con la ayuda angustiosa de los pies, que ya no encontraban puntos de apoyo, consiguió izarse, alzar una pierna, después otra, para acabar cayendo al otro lado, suavemente, como una hoja que se hubiese desprendido del árbol.

El respeto por la realidad de los hechos y la simple obligación moral de no ofender la credibilidad de quien se ha dispuesto a aceptar como razonables y coherentes las peripecias de tan inaudita búsqueda reclaman la inmediata aclaración de que don José no cayó suavemente desde el pretil de la ventana, como una hoja que se hubiese soltado de la rama. Por el contrario, lo ocurrido es que cayó desamparado, como caería el árbol entero, cuando hubiera sido tan fácil irse escurriendo poco a poco de su momentáneo asiento hasta tocar con los pies en el suelo. La caída, por la dureza del choque y por la sucesión de contactos dolorosos, incluso antes de que los ojos lo hubiesen podido confirmar, le mostró que el lugar donde se encontraba era como una prolongación del alpende exterior, o más probablemente su inverso, ambos sitios destinados a trastero, pero primero éste, y sólo después, faltando aquí espacio, el de fuera. Don José se quedó sentado durante unos minutos esperando que la respiración se normalizase y dejasen de temblarle los brazos y las piernas.

Al cabo de ese tiempo, encendió la linterna, teniendo cuidado de iluminar apenas el suelo que tenía delante, y vio que, entre los muebles apiñados a un lado y a otro, se había dejado un corredor que iba hasta la puerta. Se inquietó al pensar que tal vez estuviese cerrada con llave, en ese caso tendría que derrumbarla sin los utensilios adecuados y con el consecuente e inevitable ruido. Fuera continuaba lloviendo, el vecindario debía de dormir, pero no podemos fiarnos mucho de eso, hay personas con un sueño tan leve que incluso el zumbido de un mosquito basta para despertarlas, después se levantan, van a la cocina a beber un vaso de agua, miran casualmente hacia fuera y ven un agujero rectangular negro en la pared del colegio, tal vez comenten, Qué poco cuidado tienen los de la escuela, con un tiempo como éste dejan la ventana abierta, o, Si no recuerdo mal, aquella ventana estaba cerrada, habrá sido la fuerza del viento, nadie va a pensar que puede entrar un ladrón dentro, además errarían radicalmente, porque don José, lo recuerdo una vez más, no vino a robar. Ahora se le acaba de ocurrir que debería cerrar la ventana para que desde fuera no se aperciban de la efracción, pero tiene dudas, se preguntan si no será mejor dejarla como está, Pensarán que fue el viento o la falta de celo de algún empleado, si la cerrase se notaría inmediatamente la rotura del cristal, tanto más que los vidrios de la ventana son opacos, casi blancos. Confiado en que el resto del mundo use el espíritu que tiene de una manera tan deductiva como la suya propia, don José decidió dejar abierta la ventana y luego se puso a gatear por entre los muebles hasta alcanzar la puerta. Que no estaba cerrada con llave. Respiró aliviado, a partir de aquí no debería haber más obstáculos.

Necesitaba ahora un sillón confortable, un sofá aún sería mejor, para pasar descansando el resto de la noche, si los nervios lo consintieran hasta podría dormir. Como un jugador de ajedrez experimentado, había calculado los lances, en realidad no es muy difícil, cuando se está bastante seguro de las causas objetivas inmediatas, avanzar prospectivamente por el abanico de los efectos probables y posibles y de su transformación en causas, todo generando en sucesión efectos causas efectos y causas efectos causas, hasta el infinito, pero ya sabemos que el caso de don José no irá tan lejos. A los prudentes les habrá parecido una insensatez que el escribiente se meta así en la boca del lobo, y ahora, como si fuese pequeña la osadía, se quiera quedar tranquilamente durante lo que todavía falta de noche y todo el día de mañana, con el riesgo de que lo sorprenda en flagrante delito alguien más deductivo que él en materia de ventanas abiertas. Reconózcase, sin embargo, que mayor insensatez habría sido andar de aula en aula encendiendo luces. Juntar ventana abierta y luz encendida, cuando se sabe que están ausentes los legítimos usuarios de una casa o de un colegio, es operación mental al alcance de cualquier persona por poco desconfiada que sea, en general se llama a la policía.

Don José sentía dolores por todo el cuerpo, debía de tener las rodillas desolladas, quizá sangrando, la incomodidad que le producía la rozadura de los pantalones no decía otra cosa, además estaba mojado y sucio de la cabeza a los pies. Se quitó la gabardina, que chorreaba, pensó, Si hubiese por aquí una división interior, podría encender la luz, y un cuarto de baño, un cuarto de baño donde pueda lavarme al menos las manos. Palpando el camino, abriendo y cerrando puertas, encontró lo que buscaba, primero una pequeña división sin ventana, con estanterías donde se guardaba material escolar y de escritorio, lápices, cuadernos, hojas sueltas, bolígrafos, gomas de borrar, frascos de tinta, reglas, escuadras, cartabones, estuches de dibujo, tubos de pegamento, cajitas de grapas, y más que no llegó a ver.

Con la luz encendida pudo examinar por fin los estragos causados por la aventura. Las heridas de las rodillas no parecían tan malas como había supuesto, los rasguños eran superficiales, aunque dolorosos. A la luz del día, cuando ya no tuviera que encender luces, buscaría lo que en todas las escuelas se encuentra, el armario blanco de los primeros auxilios, el desinfectante, el alcohol, el agua oxigenada, el algodón, la venda, la gasa, el esparadrapo, ni tanto sería preciso. A la gabardina esos remedios no la podrán ayudar, su mal es la porquería, es la manteca de cerdo que impregna el tejido, A lo mejor con alcohol consigo quitarle lo más gordo, pensó don José. Después buscó un cuarto de baño, y tuvo suerte, no necesitó andar mucho para encontrar uno que, a juzgar por el arreglo y la limpieza, sería el que utilizaban los profesores. La ventana que daba también a la parte trasera de la escuela, además de los cristales opacos, obviamente más necesarios aquí que en el trastero por donde había entrado, tenía contraventanas de madera, gracias a las cuales don José pudo por fin encender la luz y lavarse mirando lo que hacía. Después, robustecidas las fuerzas y más o menos aseado, se procuró un sitio para dormir. Aunque en sus tiempos de estudiante no pasó por un colegio así, con este aparato y estas dimensiones, sabía que todas las escuelas tienen un director, que todos los directores tienen un despacho, que todos los despachos tienen un sofá, precisamente aquello que el cuerpo le pedía. Continuó pues abriendo y cerrando puertas, miró dentro de las aulas, a las que la difusa luz exterior confería un aire fantasmagórico, donde los pupitres de los alumnos parecían túmulos alineados, donde la mesa del profesor era como un sombrío espacio de sacrificio, y la pizarra negra el lugar donde se llevaban las cuentas de todos. Vio suspendidos de las paredes, como si fuesen las manchas confusas que el tiempo va dejando tras de sí en la piel de los seres y de las cosas, los mapas del cielo, del mundo y de los países, las cartas hidrográficas y orográficas del ser humano, la canalización de la sangre, el tránsito digestivo, la ordenación de los músculos, la comunicación de los nervios, el armazón de los huesos, el fuelle de los pulmones, el laberinto del cerebro, el corte del ojo, el enredo de los sexos. Las aulas se sucedían unas a otras a lo largo de los pasillos que daban la vuelta al colegio, se respiraba por todas partes el olor de la tiza, casi tan antiguo como el de los cuerpos, hay quien dice que Dios antes de amasar el barro con que después fabricó al hombre y la mujer, comenzó dibujándolos con una tiza en la superficie de la primera noche, de ahí nos vino la única certeza que tenemos, la de que fuimos, somos y seremos polvo, y que en una noche tan profunda como aquélla nos perderemos. En algunos sitios la oscuridad era espesa, completa, como si la hubiesen envuelto en paños negros, pero en otros flotaba una reverberación oscilante de acuario, una fosforescencia, una luminosidad azulada que no podía venir de la luz de las farolas de la calle o, si de ellas venía, al atravesar los cristales se transfiguraba. Acordándose de la pálida luz eternamente suspendida sobre la mesa del conservador, que las tinieblas rodeaban y parecían estar a punto de devorar, don José murmuró, La Conservaduría General es diferente, después añadió, como si necesitase responderse a sí mismo, Probablemente, cuanto mayor es la diferencia, mayor será la igualdad, y cuanto mayor es la igualdad, mayor la diferencia será, en aquel momento todavía no sabía hasta qué punto la razón le asistía.

En este piso sólo había aulas, el despacho del director estaría seguramente en el de arriba, apartado de las voces, de los ruidos incómodos, del tumulto de la entrada y salida de las clases. La escalera de acceso tenía en lo alto una claraboya, al subir se ascendía progresivamente de la oscuridad a la luz, lo que, en estas circunstancias, no tiene otro significado que prosaicamente alcanzar a ver dónde ponemos los pies. Quiso la casualidad de la nueva búsqueda que antes de encontrar el despacho del director, don José entrase en la secretaría del colegio, una sala con tres ventanas que daban a la calle. El mobiliario era el habitual en lugares de esta naturaleza, había unas cuantas mesas, un número igual de sillas, armarios, archivos, ficheros, el corazón de don José se sobresaltó al verlos, era esto lo que buscaba, fichas, boletines, registros, asentamientos, notas, la historia de la mujer desconocida en la época en que había sido niña y adolescente, suponiendo que después de éste no hubiera otros colegios en su vida.

Don José abrió un cajón del fichero al azar, pero la luz que llegaba de la calle no era bastante para que percibiese qué tipo de registro contenían las fichas. Tengo mucho tiempo, pensó don José, ahora lo que necesito es dormir. Salió de la secretaria y dos puertas adelante dio finalmente con el despacho del director. Comparado con la austeridad de la Conservaduría General, aquí no sería exagerado hablar de lujo. El suelo estaba enmoquetado, la ventana tenía unas cortinas de tela gruesa, ahora corridas, la mesa, de estilo anticuado, era amplia, el sillón de piel negra, moderno, todo esto lo supo don José porque al abrir la puerta y encontrarse con una oscuridad total, no tuvo dudas en encender primero la linterna, y, a continuación, la lámpara del techo. Una vez que, estando dentro, no veía luz de fuera, alguien que estuviera fuera tampoco vería luz de entro. El sillón del director era cómodo, podría dormir allí, pero mucho mejor sería el largo y profundo sofá de tres plazas que parecía abrirle cariñosamente los brazos, para acogerlo en ellos y reconfortar el fatigado cuerpo. Don José miró el reloj, faltaban pocos minutos para las tres. Viendo lo tarde que era, no se había dado cuenta del paso del tiempo, se sintió repentinamente muy cansado, No aguanto más, pensó, y sin poderse contener, de pura extenuación nerviosa, comenzó a sollozar, luego fue un llanto desatado, casi convulsivo, allí, de pie, como si hubiese vuelto a ser, en otra escuela, el muchachito de las primeras clases que cometió una travesura y fue llamado por el director para recibir el merecido castigo. Tiró la gabardina mojada al suelo, se sacó el pañuelo del bolsillo de los pantalones y se lo llevó a los ojos, pero el pañuelo estaba tan mojado como el resto, toda su persona, desde la cabeza hasta los pies, se daba cuenta ahora, era como si estuviese rezumando agua, como si todo él no fuese más que una bayeta retorcida, sucio el cuerpo, dolorido el espíritu, pero no quiso responder, tuvo miedo de que el motivo que lo había traído a este lugar, puesto así al descubierto, le pareciese absurdo, disparatado, cosa de loco. Un estremecimiento lo sacudió repentinamente, A que me he constipado, dijo en voz alta, tras estornudar dos veces, y después, mientras se sonaba, se encontró recordando, por los caminos caprichosos de un pensamiento que va a donde quiere sin dar explicaciones, aquellos actores de cine que siempre están cayéndose al agua vestidos o aparecen chorreando por el diluvio, y nunca pillan una neumonía, ni un simple resfriado, como en la vida real acontece todos los días, lo que hacen, como mucho, es envolverse en una manta sobre la ropa mojada, idea que sería del todo estúpida si no supiésemos que la filmación se interrumpirá para que el actor se recoja en el camerino, tome un baño caliente y vista albornoz con monograma. Don José comenzó descalzándose los zapatos, después se quitó la chaqueta y la camisa, se sacó los pantalones, que colgó en una percha de pie que se encontraba en un rincón, ahora sólo faltaba que se pudiese tapar con la manta de la película, accesorio difícil de encontrar en el despacho de un director de colegio, salvo si el director fuera una persona de edad, de esas a quienes se les enfrían los pies cuando están mucho tiempo sentadas. El espíritu deductivo de don José lo condujo, una vez más, a la conclusión cierta, la manta estaba cuidadosamente doblada sobre el respaldo del sillón. No era grande, no llegaba para cubrirlo por completo, pero sería mejor que tener que pasar toda la noche a cuerpo. Don José apagó la luz del techo, se guió con la linterna y, suspirando, se tendió en el sofá, para luego encogerse de modo que cupiera todo debajo de la manta.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   24

similar:

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconLiteratura 3ºeso ejercicio 1
«monarca iluminado» debido a su extraordinario talento y capacidad de trabajo. Otros, sin embargo, lo estiman un dictador tiránico...

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconHace más de cien años se le ocurrió a un químico describir todos...

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconLa secretaria general de Sanidad, Pilar Farjas, envía un mensaje...

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconHay 3 clases de alma desde la creación en toda la tierra y han sido en todos los tiempos

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconPor regla general, todos los nombres de personas a que se haga referencia...

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconLos 250 discos de rock en las americas de todos los tiempos: 50 años...

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconSe dan muchos cambios en el cuerpo de la mujer, a nivel de todos...

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconLa ceguera josé saramago
«ceguera blanca» que se expande de manera fulminante. Internados en cuarentena o perdidos en la ciudad, los ciegos tendrán que enfrentarse...

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconLuego de haber visitado todos los enlaces e imágenes propuestos por...

José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo iconResumen El artículo recorre la penosa historia de los hospitales...






© 2015
contactos
m.exam-10.com