José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo






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títuloJosé Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo
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Alegando razones particulares de irresistible fuerza mayor, que se excusó de no explicar, recordando en todo caso que en veinticinco años de fiel y siempre puntual servicio era ésta la primera vez que lo hacía, don José pidió permiso para salir una hora más temprano. Siguiendo las disposiciones que regulaban la compleja relación jerárquica de la Conservaduría General del Registro Civil, comenzó formulando la pretensión al oficial de su sección, de cuya buena o mala disposición de espíritu dependerían los términos con que la solicitud sería transmitida al subdirector correspondiente, quien, a su vez, omitiendo o añadiendo palabras, acentuando esta sílaba o borrando aquélla, podría, hasta cierto punto, influir en la decisión final. Sobre esta cuestión, sin embargo, son muchas más las dudas que las certezas, porque los motivos que inducen al conservador a conceder o negar éstas u otras autorizaciones sólo por él son conocidos, no existiendo memoria ni registro, en tantos años de Conservaduría, de un único despacho, escrito o verbal, dotado de la respectiva fundamentación. Se ignorarán para siempre, por tanto, las razones por las que don José fue autorizado a salir media hora antes en lugar de la hora completa que había requerido. Es legítimo imaginar, aunque se trate de una especulación gratuita, no verificable, que el oficial, primero, o el subdirector, después, o ambos, hayan añadido que tan demorada ausencia afectaría negativamente al servicio, es más que probable que el jefe haya decidido aprovechar la ocasión para rebajar nuevamente a los subordinados con una de sus exhibiciones de autoridad discriminatoria. Informado de la decisión por el oficial, a quien se la transmitiera el subdirector, don José hizo cuentas del tiempo y concluyó que, si no quería llegar tarde a su destino, si no quería enfrentarse con el dueño de la casa de vuelta ya del trabajo, tendría que tomar un taxi, lujo donde los haya, tan infrecuente en su vida. Nadie lo esperaba, podía suceder que no hubiese nadie en casa a aquella hora, pero lo que deseaba, por encima de todo, era no verse obligado a enfrentarse con la impaciencia del hombre, sería más embarazoso satisfacer las desconfianzas de una persona así que responder a las preguntas de una mujer con un hijo en los brazos.

El hombre no abrió la puerta ni después se le oyó la voz dentro de la casa, de manera que estaría aún en el empleo o vendría de camino, y la mujer no traía al hijo en brazos. Don José comprendió en seguida que la mujer desconocida, tanto si estaba casada como divorciada, nunca podría ser aquella que tenía delante. Por muy bien conservada que estuviera, por muy bien que la hubiera tratado el tiempo, no es natural que alguien lleve treinta y seis años en el cuerpo y parezca tener menos de veinticinco en la cara.

Don José podía haberle dado la espalda simplemente, o farfullar una explicación rápida, decir, por ejemplo, Perdone, me equivoqué, buscaba a otra persona, pero de una u otra manera la punta de su hilo de Ariadna, por usar el lenguaje mitológico de la orden burocrática, estaba allí, eso sin olvidar la razonable probabilidad de que vivieran otras personas en la casa, y entre ellas se encontrara el objeto de su búsqueda, aunque, como sabemos, el espíritu de don José rechaza con vehemencia tal posibilidad. Sacó la ficha de su bolsillo, mientras decía, Buenas tardes, señora, Buenas tardes, qué desea, preguntó la mujer, Soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil y estoy encargado de investigar ciertas dudas que han surgido sobre el registro de una persona que sabemos que nació en esta casa, Ni mi marido ni yo nacimos aquí, sólo nuestra hija, que tiene ahora tres meses, supongo que no se trata de ella, Qué idea, la persona que busco es una mujer de treinta y seis años, Yo tengo veintisiete, No puede ser la misma, claro, dijo don José, y luego, Cómo se llama. La mujer dio el nombre, él hizo una pausa para sonreír, después preguntó, Hace mucho tiempo que vive en esta casa, Hace dos años, Conoció a las personas que residían antes aquí, éstas, leyó el nombre de la mujer desconocida y los nombres de los padres, No sabemos nada de esa gente, la casa estaba desocupada y mi marido trató el alquiler con el agente del propietario, Hay en el edificio algún inquilino antiguo, En el entresuelo derecha vive una señora mayor, por lo que he oído es la inquilina más antigua, Probablemente hace treinta y seis años aún no viviría aquí, las personas hoy se mudan mucho, Eso no puedo decírselo, será mejor que hable con ella, y ahora tengo que irme, mi marido está a punto de llegar y no le gusta verme hablando con extraños, además estaba preparando la cena, Soy un funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, no soy un extraño, y he venido aquí de servicio, si la molesté le pido disculpas. El tono melindroso de don José ablandó a la mujer, No, de verdad, no me ha molestado, sólo quería decir que si mi marido estuviese aquí le habría pedido de entrada la credencial, Yo le enseño mi carné de funcionario, vea, Ah, muy bien, se llama don José, pero cuando dije credencial quería decir un documento oficial donde se mencionara el asunto que está encargado de investigar, El conservador no pensó que encontraría desconfianzas, Cada uno tiene su manera de ser, y la vecina del entresuelo derecha, ésa, es el colmo, no abre la puerta a nadie, yo soy diferente, a mí me gusta conversar con las personas, Le agradezco la amabilidad con que me ha atendido, Siento no haberle sido más útil, Al contrario, me ha ayudado mucho, me ha hablado de la señora del entresuelo derecha y de la cuestión de la credencial, Menos mal que piensa así. La conversación tenía visos de continuar algunos minutos más, pero el sosiego de la casa fue súbitamente interrumpido por el llanto de un niño que se había despertado, Es su niño, dijo don José, No es niño, es niña, ya se lo había dicho, sonrió la mujer y don José sonrió también. En ese momento se oyó la puerta de la calle y la luz de la escalera se encendió, Es mi marido, conozco su manera de entrar, susurró la mujer, váyase y haga como que no ha hablado conmigo. Don José no bajó. Sin hacer ruido, de puntillas, subió rápidamente hasta el descansillo superior y allí se quedó, apoyado a la pared, con el corazón palpitando como si estuviese viviendo una aventura peligrosa, mientras los pasos firmes del hombre joven crecían y se aproximaban.

El timbre tocó, entre el abrir y el cerrar de la puerta de la casa aún se oyó el llanto de la niña, luego un gran silencio llenó la espiral de la escalera. Un minuto después la luz general se apagó. Entonces don José cayó en la cuenta de que todo su diálogo con la mujer había transcurrido, como si uno u otro tuviera algo que ocultar, en la penumbra cómplice del interior del edificio, cómplice fue la inesperada palabra que se le vino a la cabeza, Cómplice de qué, cómplice por qué, se preguntó, lo cierto es que ella no volvió a encender la luz que, tras el intercambio de las primeras palabras, se había apagado. Comenzó finalmente a bajar las escaleras, primero con todas las cautelas, después apresurado, sólo paró un instante para escuchar ante la puerta del entresuelo derecha, llegaba un sonido que debía de ser una radio, no pensó en llamar al timbre, dejaría la nueva investigación para el fin de semana, para el sábado o el domingo, entonces no le pillarían desprevenido, se presentaría con la credencial en la mano, investido de una autoridad formal que nadie se atrevería a poner en duda. Falsa credencial, claro está, pero que le evitaría, con la irresistible fuerza de un membrete oficial y de un sello auténtico, el trabajo de tener que disipar desconfianzas antes de entrar en el meollo de la cuestión. En cuanto a la firma del jefe, se sentía absolutamente tranquilo, no era verosímil que la longeva señora del entresuelo hubiera visto alguna vez la firma del conservador, cuyos floreados, pensándolo bien, gracias a su propia fantasía ornamental, no serían difíciles de imitar. Si todo ocurriese bien esta vez, como estaba seguro de que ocurriría, usaría el documento siempre que encontrase o previese dificultades en las futuras investigaciones, pues estaba convencido de que la búsqueda no acabaría en el entresuelo. Suponiendo que la inquilina fuese del tiempo en que la familia de la mujer desconocida vivía en el edificio, podría suceder que no se llevaran bien unos con otros, que todo se redujera, en la memoria cansada de la anciana, a unos cuantos recuerdos vagos, dependería de los años transcurridos desde la mudanza de la familia del segundo piso a otro lugar de la ciudad. O del país, o del mundo, pensó preocupado ya en la calle. Las personas famosas de su colección, vayan por donde vayan, llevan siempre un periódico o una revista siguiéndoles la pista y rastreándoles el olor para una fotografía más, para otra pregunta, pero de la gente vulgar nadie se acuerda, nadie se interesa verdaderamente por ella, nadie se preocupa de saber lo que hace, ni lo que piensa, ni lo que siente, incluso en los casos en que se pretende hacer creer lo contrario, se está fingiendo.

Si la mujer desconocida se hubiese ido a vivir al extranjero, quedaría fuera de su alcance, sería como si estuviera muerta, Punto final, se acaba la historia, murmuró don José, pero luego consideró que no sería así, que al marcharse, dejaría tras de sí una vida, tal vez sólo una pequeña vida, cuatro años, cinco años, casi nada, o quince o veinte, un encuentro, un deslumbramiento, una decepción, unas cuantas sonrisas, unas cuantas lágrimas, lo que a primera vista es igual para todos y en la realidad es diferente para cada uno. Y diferente también cada vez. Llegaré a donde pueda, remató don José con una serenidad que no parecía suya. Como si fuese ésa la conclusión lógica de lo que había pensado, entró en una papelería y compró un cuaderno grueso de hojas pautadas, de los que usan los estudiantes para apuntar las materias escolares a medida que creen que las van aprendiendo.

La falsificación de la credencial no le llevó mucho tiempo. Veinticinco años de cotidiana práctica caligráfica bajo la vigilancia de oficiales celosos y subdirectores exigentes le habían proporcionado un dominio pleno de las falanges, de las muñecas y de la llave de la mano, una firmeza absoluta tanto en las líneas curvas como en las rectas, un casi instintivo sentido de los trazos gruesos y de los finos, una noción perfecta del grado de fluidez y viscosidad de las tintas, que, puestos a prueba en esta ocasión, dieron como resultado un documento capaz de resistir las pesquisas de la lupa más potente. Delatoras, sólo las impresiones digitales y las impregnaciones invisibles de sudor que quedaron en el papel, pero la probabilidad de que se realizara cualquiera de estos exámenes era, evidentemente, ínfima. El más competente perito en grafología, llamado a declarar, juraría que el documento bajo juicio era de puño y letra del jefe de la Conservaduría y tan auténtico como si hubiese sido escrito en presencia de los testigos idóneos.

La redacción de la credencial, el estilo, el vocabulario empleado, aduciría a su vez un psicólogo, reforzando el informe del querido colega, muestran hasta la saciedad que su autor es persona extremadamente autoritaria, dotada de un carácter duro, sin flexibilidad ni fisuras, seguro de su razón, desdeñoso de la opinión ajena, como incluso un niño fácilmente podría concluir de la lectura del texto, que reza así, En nombre de los poderes que me fueron conferidos y que bajo juramento mantengo, aplico y defiendo, hago saber, como conservador de esta Conservaduría General del Registro Civil, a todos cuantos, civiles o militares, particulares o públicos, vean, lean y compulsen esta credencial escrita y firmada de mi puño y letra, que Fulano de Tal, escribiente a mi servicio y de la Conservaduría General que dirijo, gobierno y administro, recibió directamente de mí orden y el encargo de averiguar y agotar todo cuanto diga respecto a la vida pasada, presente y futura de Fulana de Tal, nacida en esta ciudad, a tantos de tal, hija de Beltrano de Tal y de Zutana de Tal, debiendo, por tanto, sin más comprobaciones, serle reconocidos, como suyos propios, y durante todo el tiempo que la investigación dure, los poderes absolutos que, por esta vía y para este caso, delego en su persona. Así lo exigen las conveniencias del servicio conservatorial y lo decide mi voluntad. Cúmplase.

Trémula de susto, acabando a duras penas de leer el impresionante papel, la tal criatura correría a protegerse en el regazo de la madre, preguntándole cómo es posible que un escribiente como este don José, de natural tan pacífico, tan cuerdo de costumbres, haya sido capaz de concebir, de imaginar, de inventar en su cabeza, sin disponer de un modelo anterior por donde guiarse, dado que no es norma ni se verifican necesidades técnicas para que la Conservaduría General alguna vez haya presentado credenciales, la expresión de un poder despótico hasta tal punto, que es lo mínimo que se puede decir de éste. La asustada criatura todavía tendrá que comer mucho pan y mucha sal antes de comenzar a aprender de la vida, entonces ya no se sorprenderá cuando descubra cómo, llegando la ocasión, hasta los buenos pueden volverse duros y prepotentes, aunque sea escribiendo una credencial, falsificada o no. Dirán ellos como disculpa, Es que ése no era yo, estaba escribiendo, actuando en nombre de otra persona, y en el mejor de los casos lo que quieren es engañarse a sí mismos, pues, verdaderamente, la dureza y la prepotencia, cuando no la crueldad, se estaban manifestando dentro de ellos, y no de otro, visible o invisible. Aun así, sopesando lo que ha sucedido hasta ahora por sus efectos, es poco probable que de las intenciones y obras futuras de don José puedan advenir serios perjuicios al mundo, por tanto dejemos provisionalmente suspendido nuestro juicio mientras otras acciones más esclarecedoras, tanto en el buen sentido como en el malo, no dibujen su definitivo retrato.

El sábado, vistiendo el mejor traje, la camisa limpia y planchada, la corbata más o menos correcta, casi a juego, protegido en un bolsillo interior de la chaqueta el sobre timbrado con la credencial, don José tomó un taxi en la puerta de casa, no para ganar tiempo, el día era suyo, sino porque las nubes amenazaban lluvia, y no quería aparecer ante la señora del entresuelo derecha pingando desde las orejas y con las vueltas de los pantalones salpicados de barro, arriesgándose a que le cerrasen la puerta en la cara antes de que pudiera decir a lo que iba. Se sentía excitado imaginando cómo lo recibiría la anciana señora, el efecto que causaría en la vieja, le vino sin pensar el término peyorativo, la lectura de un papel como aquél, intimidatorio e intimidante, hay personas que reaccionan al contrario de lo que sería de esperar, ojalá no sea éste el caso. Tal vez hubiese empleado en la redacción términos demasiados duros y prepotentes, sin embargo la verosimilitud imponía que fuese fiel al carácter del conservador tanto como a la caligrafía, además todo el mundo sabe que siendo cierto que no es con vinagre como se atrapan moscas, tampoco es menos cierto que algunas ni con miel se dejan atrapar. Veremos, suspiró. La primera cosa que pudo ver, después de responder a las preguntas insistentes que llegaban de dentro, Quién es, Qué desea, Quién lo manda, Qué tengo yo que ver con esto, fue que la señora del entresuelo derecha, no era tan mayor como había imaginado, no eran de anciana aquellos ojos vivos, aquella nariz recta, aquella boca delgada pero firme, sin arrugas en las comisuras, donde la mucha edad se notaba era en la flacidez de la piel del cuello, probablemente se fijó en ese pormenor porque ya comenzaba a notar en sí mismo esa señal ineludible de deterioro físico y sólo contaba cincuenta años. La mujer no abría completamente la puerta, decía y volvía a decir que los asuntos de la vecindad no le interesaban, respuesta esta de lo más procedente, ya que don José, siguiendo un camino errado, comenzó anunciando que buscaba a una persona del segundo izquierda.

El equívoco pareció acabar cuando pronunció, por fin, el nombre de la mujer desconocida, entonces la puerta se abrió un poco más, para volver luego a la posición anterior, Conoce a esa señora, preguntó don José, Sí, la conocí, dijo la mujer, Sobre ella desearía hacerle algunas preguntas, Quién es usted, Soy funcionario autorizado de la Conservaduría General del Registro Civil, ya se lo he dicho, Cómo puedo saber que eso es verdad, Tengo una credencial firmada por mi conservador, Estoy en mi casa, no quiero ser incomodada, En estos casos, es obligatorio colaborar con la Conservaduría General, Qué casos, La aclaración de dudas existentes en el Registro Civil, Por qué no le preguntan a ella, No conocemos su dirección actual, si usted la conoce, dígamela y no la molesto más, Va para treinta años, si no me fallan las cuentas, que dejé de tener noticias de esa persona, Que entonces era una niña, Sí. Con esta única palabra, la mujer dio señal de considerar terminada la conversación, pero don José no desistió, si tenía que perder por cien, qué más le daba perder por mil.
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