José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo






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títuloJosé Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo
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fecha de publicación06.08.2015
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Decidido a recuperar el sueño perdido, don José se metió en la cama nada más llegar a casa, pero todavía no habrían transcurrido dos horas ya estaba otra vez despierto. Tuvo un sueño extraño, enigmático, se vio a sí mismo en medio del cementerio, entre una multitud de ovejas, tan numerosas que apenas dejaban distinguir los montículos de los túmulos, y cada una tenía en la cabeza un número que mudaba continuamente, mas, siendo todas iguales, no conseguía advertir si eran las ovejas las que cambiaban de número o eran los números los que cambiaban de oveja. Se oía una voz que gritaba, estoy aquí, no podía venir de las ovejas porque hace mucho tiempo que dejaron de hablar, tampoco podían ser las sepulturas porque no hay memoria de que alguna vez hayan hablado y, sin embargo, insistente, la voz seguía llamando, Estoy aquí, estoy aquí, don José miraba en aquella dirección y sólo veía los hocicos levantados de los animales, después las mismas palabras resonaban a sus espaldas, a la derecha o a la izquierda, estoy aquí, estoy aquí, y él se volvía rápidamente, pero no lograba saber de dónde venían. Don José estaba afligido, quería despertar y no lo conseguía, el sueño continuaba, ahora aparecía el pastor con el perro, entonces don José pensó, No hay nada que este pastor no sepa, él me va a decir de quién es esta voz, pero el pastor no habló, sólo hizo un gesto con el cayado sobre la cabeza, el perro rodeó a las ovejas, obligándolas moverse en dirección a un puente por donde pasaban silenciosamente automóviles con letreros luminosos encendiéndose y apagándose que decían Sígame, Sígame, Sígame, en un instante el rebaño desapareció, desapareció el perro, desapareció el pastor, sólo se quedó el suelo del cementerio cubierto de números, los mismos que antes estuvieran en las cabezas de las ovejas, pero, porque se encontraban ahora todos juntos, todos pegados por los extremos, en una espiral ininterrumpida de la que él mismo era el centro, no se podía distinguir dónde comenzaba uno y terminaba otro.

Angustiado, cubierto de sudor, don José se despertó diciendo, Estoy aquí. Tenía los párpados cerrados, estaba semiinconsciente, pero repitió dos veces con fuerza, Estoy aquí, estoy aquí, después abrió los ojos al mezquino espacio en que vivía hacía tantos años, vio el techo bajo, de estuco agrietado, el suelo con las tablas combadas, la mesa y las dos sillas en medio de la sala, si tal nombre tiene sentido en un lugar como éste, el armario donde guardaba las noticias y las imágenes de las celebridades, la esquina que llevaba a la cocina, el cubículo que servía de cuarto de baño, entonces fue cuando dijo, Tengo que descubrir una manera de liberarme de esta locura, se refería, obviamente, a la mujer ahora para siempre desconocida, la casa, pobre de ella, no tenía ninguna culpa, sólo era una cosa triste. Por miedo a que el sueño se repitiera, don José no intentó dormirse otra vez. Estaba acostado boca arriba, mirando al techo, esperando que éste le preguntase, Por qué me miras, pero el techo no le hizo caso, se limitó a observarlo sin mudar de expresión. Don José desistió de esperar que de allí le viniera ayuda, tendría que resolver el problema él solo, y la mejor manera seguía siendo convencerse de que no había problema alguno, Muerto el perro, se acabó la rabia, fue el dictado poco respetuoso que le salió de la boca, llamar perro rabioso a la mujer desconocida, olvidando por un momento que hay venenos tan lentos que cuando llegan a producir efecto ya ni nos acordamos de su origen. En seguida, cayendo en la cuenta, murmuró, Cuidado, la muerte es muchas veces un veneno lento, después se preguntó, Cuándo y por qué comenzaría ella a morir. Entonces fue cuando el techo, sin que parezca existir alguna relación, directa o indirecta, con lo que acababa de oír, salió de su indiferencia para recordar, Por lo menos hay todavía tres personas con quienes no has hablado, Quiénes son, preguntó don José, Los padres y el ex marido, Realmente, no sería mala idea hablar con los padres, al principio llegué a pensar en eso, pero decidí dejarlo para otra ocasión, O lo haces ahora o nunca, aún te puedes divertir andando un poco más de camino, antes de darte de bruces, definitivamente, con el muro, Si no estuvieses ahí agarrado todo el tiempo, como techo que eres, sabrías que no ha sido un divertimento, Pero ha sido una diversión, Cuál es la diferencia, Ve a buscarla a los diccionarios, que para eso existen, Pregunté por preguntar, cualquier persona sabe que una maniobra de diversión no es una maniobra de divertimento, Y qué me dices del otro, El otro, quién, El ex marido, probablemente será quien más cosas podrá contar acerca de esa mujer desconocida, imagino que la vida de casados, la vida en común, será como una especie de lente de aumento, imagino que no debe haber reserva o secreto capaces de resistir durante mucho tiempo al microscopio de una observación continua, Hay quien dice, por el contrario, que cuanto más se mira menos se ve, sea como sea no creo que valga la pena hablar con ese hombre, Tienes miedo de que se ponga a explicarte las causas del divorcio, no quiere oír nada que vaya en detrimento suyo, En general las personas no consiguen ser justas, ni consigo mismas, ni con los otros, de manera que él me contaría el caso tratando de mantener toda la razón, Inteligente análisis, sí señor, No soy estúpido, Pues no, estúpido no eres, lo que pasa es que empleas demasiado tiempo en entender las cosas, sobre todo las más simples, Por ejemplo, Que no tenías ningún motivo para buscar a esa mujer, a no ser, A no ser, qué, A no ser el amor, Es necesario ser un techo para tener una idea tan absurda, Creo haberte dicho alguna vez que los techos de las casas son el ojo múltiple de Dios, No me acuerdo, Si no te lo dije con estas precisas palabras, te lo digo ahora, Entonces dime también cómo podría querer a una mujer a la que no conocía, a quien nunca había visto, La pregunta es pertinente, si duda, pero sólo tú podrás darle respuesta, Esa idea no tiene pies ni cabeza, Es indiferente que tenga cabeza o tenga pies, te hablo de otra parte del cuerpo, del corazón, ése del que decís que es el motor y la sede de los afectos, Repito que no podía querer a una mujer que no conozco, a la que nunca he visto, salvo en retratos antiguos, Querías verla, querías conocerla, y eso, concuerdes o no, ya es amar, Fantasías de techo, Fantasías tuyas, de hombre, no mías, Eres pretencioso, te crees que sabes todo sobre mí, Todo, no, pero alguna cosa habré aprendido después de tantos años de vida en común, apuesto a que nunca habías pensado que tú y yo vivimos en común, la gran diferencia que existe entre nosotros es que tú sólo me prestas atención cuando necesitas consejos y levantas los ojos para arriba, mientras que yo me paso todo el tiempo mirándote, El ojo de Dios, Toma mis metáforas en serio, si quieres, pero no las repitas como si fuesen tuyas, Después de esto, el techo decidió callarse, comprendió que los pensamientos de don José estaban encaminados a la visita que iba a realizar a los padres de la mujer desconocida, el último paso antes de darse de bruces con el muro, expresión igualmente metafórica que significa, llegaste al final.

Don José salió de la cama, se aseó como debía, preparó algo de comer y, recuperado el vigor físico de esta manera, apeló al vigor moral para telefonear, con la indispensable frialdad burocrática, a los padres de la mujer desconocida, en primer lugar para saber si estaban en casa, después para preguntar si podrían, hoy mismo, recibir a un funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil que necesitaba tratar con ellos de un asunto relacionado con la hija fallecida. Tratándose de cualquier otra llamada, don José habría salido para hablar desde la cabina pública que se encontraba al otro lado de la calle, pero, en este caso, cabía el peligro de que, al atender, distinguieran el ruido de la moneda cayendo en el interior de la máquina, hasta la menos suspicaz de las personas requeriría que le explicasen por qué razón un funcionario de la Conservaduría General telefoneaba desde una cabina, y además en domingo, sobre cuestiones de trabajo. Aparentemente, la solución de la dificultad no se encontraba lejos de don José, le bastaba entrar furtivamente una vez más en la Conservaduría y usar el teléfono de la mesa del jefe, pero el riesgo de este acto no sería menor, pues en la relación de llamadas telefónicas, todos los meses enviada por la central y verificada, número a número, por el conservador, forzosamente constaría la clandestina comunicación, Qué llamada es ésta, hecha desde aquí un domingo, preguntaría el conservador a los subdirectores, y en seguida, sin esperar respuesta ordenaría, Procédase a una investigación, ya. Resolver el misterio de la llamada secreta sería la cosa más fácil del mundo, era sólo darse el trabajo de conectar con el número sospechoso y oír de allí la información, Sí señor, en ese día nos telefoneó un funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, y no sólo telefoneó, vino aquí, quería saber las razones por las que nuestra hija se suicidó, alegó que era para la estadística, Para la estadística, Sí señor, para la estadística, por lo menos fue lo que nos dijo, Muy bien, ahora escúcheme con atención, Dígame, Con vistas al completo esclarecimiento de este asunto es indispensable que usted y su marido se dispongan a colaborar con la autoridad de la Conservaduría, Qué debemos hacer, Mañana vienen a la Conservaduría para identificar al funcionario que los visitó, Allí estaremos, Pasará un coche a buscarlos. La imaginación de don José no se limitó a crear este inquietante diálogo, terminado éste pasó a las representaciones mentales de lo que acontecería después, los padres de la mujer desconocida entrando en la Conservaduría y apuntando, Es aquél, o dentro del coche que los recogió, observando la entrada de los funcionarios y señalando, Fue aquél. Don José murmuró, Estoy perdido, no tengo ninguna salida. Sí la tenía y cómoda, y definitiva, si renunciase a ir a casa de los padres de la mujer desconocida, o si fuese sin avisar antes, si simplemente llamase a la puerta y dijese, Buenas tardes, soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, disculpen que venga a incomodarlos en domingo, pero el servicio en la Conservaduría se ha acumulado hasta tal punto, con tanta gente naciendo y muriendo, que hemos adoptado un régimen laboral de horas extraordinarias permanentes. Sería sin ninguna duda el procedimiento más inteligente, aquel que podría dar a don José las máximas garantías posibles sobre su seguridad futura, pero parecía que las últimas horas vividas, aquel enorme cementerio con sus brazos de pulpo extendidos, la noche de luna opaca y de sombras caminando, el baile convulsivo de los fuegos fatuos, el pastor viejo y las ovejas, el perro silencioso, como si le hubiesen extraído las cuerdas vocales, las tumbas con los números cambiados, parecía que todo esto le había confundido los pensamientos, en general suficientemente lúcidos y claros para el gobierno de la vida, de otra manera no se entendería por qué continúa empeñado en su idea de telefonear, menos se entiende aún que, ante sí mismo, la pretenda justificar con el argumento pueril de que una llamada previa le facilitará el camino para recoger las informaciones. Piensa que tiene una fórmula capaz de disipar de entrada la más leve desconfianza, que será decir, como ya está diciendo, sentado en el sillón del jefe, Soy del retén de la Conservaduría General del Registro Civil, esa palabra retén, cree él, es la ganzúa que le abrirá todas las puertas, y parece que no le faltaba razón, del otro lado ya están respondiéndole que Sí señor, venga cuando quiera, hoy no salimos de casa. Un último vestigio de sensatez hizo cruzar por la cabeza de don José el pensamiento de que, probablemente, acababa de hacer el nudo en la cuerda que lo ahorcará, pero la locura le tranquilizó, le dijo que la relación de llamadas tardaría unas cuantas semanas en ser remitida por la central, y, quién sabe, puede suceder que el conservador se encuentre de vacaciones esos días, o esté enfermo en casa, o simplemente ordene a uno de los subdirectores conferir los números, no sería la primera vez, lo que, con bastante probabilidad, significaría que el delito no se descubrirá, teniendo en cuenta que a ninguno de los subdirectores le agrada el encargo, Bueno, mientras el palo va y viene, descansa la espalda, murmuró don José para concluir, resignándose a los dictados del destino.

Colocó la guía de teléfonos en el sitio justo de la mesa, encuadrándola rigurosamente con el ángulo recto de la tapa, limpió el auricular con el pañuelo para borrar las impresiones digitales y entró en casa. Comenzó por abrillantar los zapatos, después cepilló el traje, se puso una camisa limpia, la mejor corbata y ya tenía en la mano el tirador de la puerta cuando se acordó de la credencial. Presentarse en casa de los padres de la mujer desconocida diciendo simplemente, Soy la persona que telefoneó de la Conservaduría, no tendría, seguro, en cuanto a poder de convicción y autoridad, el mismo efecto que ponerles ante los ojos un papel timbrado, sellado y firmado, otorgando al portador plenos derechos y facultades en el ejercicio de sus funciones y para cabal cumplimiento de la misión que le había sido asignada. Abrió el armario, buscó el expediente del obispo y retiró la credencial, sin embargo, de un primer vistazo, comprendió que no servía. En primer lugar, por la fecha, anterior al suicidio, y en segundo lugar, por los propios términos de la redacción, por ejemplo, aquella orden de averiguar hasta el fondo todo lo concerniente a la vida pasada, presente y futura de la mujer desconocida, Ni siquiera sé dónde está ella ahora, pensó don José, y en cuanto a una vida futura, en ese momento recordó la copla popular que dice, lo que está tras la muerte, nunca nadie lo vio ni lo verá, de tantos que allí fueron, nunca ninguno volvió acá. Iba a reponer la credencial en su lugar, pero en el último instante tuvo que obedecer una vez más al estado de espíritu que lo viene obligando a concentrarse de manera obsesiva en una idea y a persistir en ella hasta verla realizada.

Ya que se había acordado de la credencial, tendría, indefectiblemente, que llevar una credencial. Volvió a entrar en la Conservaduría, fue al armario de los impresos, mas se había olvidado de que el armario de los impresos, desde la investigación, estaba siempre cerrado. Por primera vez en su vida de persona pacífica sintió un ímpetu de furia, hasta el punto de pasársele por la cabeza dar un golpe en el cristal y mandar al diablo las consecuencias. Felizmente recordó a tiempo que el subdirector encargado de velar por el consumo de impresos guardaba la llave del armario respectivo en un cajón de la mesa, y que los cajones de los subdirectores, como era norma rigurosa en la Conservaduría General, no podían estar cerrados, El único que aquí tiene derecho a guardar secretos soy yo, dijo el jefe, y su palabra era ley, que al menos por esta vez no se aplicaba a los oficiales y a los escribientes por la simple razón de que ésos, como se ha visto, trabajan en mesas simples, sin cajones. Don José se envolvió la mano derecha en el pañuelo para no dejar la menor señal de dedos que lo denunciase, tomó la llave y abrió el armario de los impresos. Sacó una hoja de papel con el timbre de la Conservaduría, cerró el armario, repuso la llave en el cajón del subdirector, en ese momento la cerradura de la puerta exterior del edificio crujió, oyó deslizarse la lengüeta una vez, durante un instante don José se quedó paralizado, pero en seguida, como aquellos viejos sueños de su infancia, en que, sin peso, sobrevolaba los jardines y los tejados, se movió ligerísimo sobre las puntas de los pies, cuando la cerradura acabó de abrirse ya don José estaba en casa, jadeante, como si el corazón se le hubiese subido a la boca. Pasó un largo minuto hasta que del otro lado de la puerta se notó que alguien tosía, El jefe, pensó don José, sintiendo las piernas flaquear, escapé de puro milagro. De nuevo se oyó la tos, más fuerte, tal vez más próxima, con la diferencia de que ahora parecía deliberada, intencional, como si quien entró estuviese anunciando su presencia. Don José miraba aterrorizado la cerradura de la delgada puerta que lo separaba de la Conservaduría. No tuvo tiempo de girar la llave, sólo el picaporte mantenía la puerta cerrada, Si él viene, si mueve el picaporte, si entra aquí, gritaba una voz dentro de la cabeza de don José, te sorprende en flagrante delito, con ese papel en la mano, la credencial sobre la mesa, la voz no le decía nada más que esto, tenía pena del escribiente, no le hablaba de las consecuencias. Don José retrocedió despacio hasta la mesa, tomó la credencial y la escondió, así como la hoja sacada del armario, entre la ropa de la cama, todavía por hacer. Después se sentó y quedó a la espera. Si le preguntasen qué esperaba, no sabría responder. Pasó una hora y don José comenzó a impacientarse. Del otro lado de la puerta no venía ningún otro ruido. Los padres de la mujer desconocida ya estarían extrañándose por la demora del funcionario de la Conservaduría, se parte del principio de que la urgencia es la característica principal de los asuntos que están a cargo de un retén, sea cual sea su naturaleza, agua, gas, electricidad o suicidio. Don José esperó un cuarto de hora más sin moverse de la silla. Al fin de ese tiempo reparó en que había tomado una decisión, no era simplemente seguir una idea fija como de costumbre, se trataba de una decisión, aunque él mismo no supiese explicar cómo la había tomado. Dijo casi en voz alta, Lo que tenga que ocurrir ocurrirá, el miedo no resuelve nada.

Con una serenidad que ya no lo sorprendía, recogió la credencial y la hoja de papel, se sentó a la mesa, colocó el tintero delante y, copiando, abriendo y adaptando, redactó el nuevo documento, Hago saber, como Conservador de esta Conservaduría General del Registro Civil, a todos cuantos, civiles o militares, particulares o públicos, vean, lean y compulsen esta credencial, que Fulano de tal recibió directamente de mí la orden y el encargo de averiguar todo lo que se relacione con las circunstancias del suicidio de Fulana de tal, en particular de sus causas, tanto próximas como remotas, tras este punto el texto quedó más o menos idéntico, hasta el rotundo imperativo final, Cúmplase.

Lamentablemente, el papel no podría llevar el sello, inaccesible ahora por la entrada del jefe en la Conservaduría, pero lo que contaba era la autoridad expresa en cada palabra. Don José guardó la primera credencial con los recortes del obispo, introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta la que acababa de escribir y miró con aire desafiante la puerta de comunicación. El silencio del otro lado continuaba. Entonces don José murmuró, Me da igual que estés ahí como que no estés. Avanzó hacia la puerta y la cerró con llave, bruscamente, con dos vueltas rápidas de muñeca, zap, zap.

Un taxi lo llevó a la casa de los padres de la mujer desconocida. Llamó al timbre, apareció una señora que aparentaba unos sesenta y pocos años, más joven por tanto que la señora del entresuelo derecha, con quien el marido la había engañado hacía treinta años, Soy la persona que telefoneó de la Conservaduría General, dijo don José, Haga el favor de entrar, estábamos esperándolo, Disculpe por no haber venido en seguida, pero aún tuve que tratar de otra cuestión muy urgente, No tiene importancia, entre, entre, yo voy delante. La casa tenía un aire sombrío, había cortinas tapando las puertas y las ventanas, los muebles eran pesados, en las paredes oscurecían cuadros con paisajes que nunca debieron de existir. La dueña de la casa hizo pasar a don José a lo que parecía un despacho, donde esperaba un hombre bastante mayor que ella, Es el señor de la Conservaduría, dijo la mujer, Quiere sentarse, invitó el hombre, señalando una silla. Don José sacó la credencial del bolsillo, sosteniéndola en la mano mientras decía, Lamento tener que incomodarles en su luto, pero el trabajo así lo exige, este documento les dirá con toda precisión en qué consiste mi misión aquí. Entregó el papel al hombre, que lo leyó acercándoselo mucho a los ojos y al final dijo, Debe de ser importantísima su misión, para que un documento redactado en tales términos se justifique, es el estilo de la Conservaduría General, incluso tratándose de una misión simple como ésta, de investigación de causas de suicidio, Le parece poco, No me interprete mal, lo que quise decir es que cualquiera que sea la misión que se nos encargue y para la que se considere necesario llevar credencial, es ése el estilo, Una retórica de autoridad, Puede llamarla así. La mujer intervino preguntando, Y qué pretende la Conservaduría saber de nosotros, La causa inmediata del suicidio, en primer lugar, Y en segundo lugar, preguntó el hombre, Los antecedentes, las circunstancias, los indicios, todo lo que pueda ayudarnos a comprender mejor lo sucedido, No es suficiente para la Conservaduría saber que mi hija se mató, Cuando les dije que necesitaba hablar con ustedes por razones de estadísticas, estaba simplificando la cuestión, Ahora podrá explicarse, ha pasado el tiempo de contentarnos con los números, hoy en día lo que se pretende es conocer, lo más completamente posible, el cuadro psicológico en que se desarrolla el proceso de suicidio, Para qué, preguntó la mujer, si eso no restituye la vida de mi hija, La idea es establecer parámetros de intervención, No le entiendo, dijo el hombre. Don José sudaba, el caso se presentaba más complicado de lo que previera, Qué calor, exclamó, Quiere un vaso de agua, preguntó la mujer, Si no es una molestia, Por favor, la mujer se levantó y salió, en un minuto estaba de vuelta. Don José, mientras bebía, decidió que tenía que mudar de táctica. Posó el vaso en la bandeja que la mujer sostenía y dijo, Imagínense que su hija no se ha suicidado aún, imagínense que la investigación en que la Conservaduría General del Registro Civil se encuentra empeñada ya ha permitido definir ciertos consejos y recomendaciones, capaces, eventualmente si son aplicados a tiempo, de detener lo que antes designé como proceso de suicidio, Fue a eso a lo que llamó parámetros de intervención, preguntó el hombre, Exactamente, dijo don José, y sin dar tiempo a otro comentario asestó la primera estocada, si no pudimos impedir que su hija se suicidase, tal vez podamos, con la colaboración de ustedes y de otras personas en situación idéntica, evitar muchos disgustos y muchas lágrimas. La mujer lloraba, murmurando, Mi querida hija, mientras el hombre se secaba los ojos pasándoles, con violencia contenida, el dorso de la mano. Don José esperaba no sentirse obligado a usar un último recurso, que sería, pensó, la lectura de la credencial en voz alta y severa, palabra por palabra, como puertas que sucesivamente se fuesen cerrando, hasta dejar una salida única al oyente, cumplir inmediatamente el deber de hablar. Si esta posibilidad fallara, no le quedaría otro remedio que encontrar a toda prisa una disculpa para retirarse lo más airosamente posible. Y rezar para que a este obstinado padre de la mujer desconocida no se le ocurriera telefonear a la Conservaduría para pedir aclaraciones sobre la visita de un funcionario llamado don José, no me acuerdo del apellido. No fue necesario. El hombre dobló la credencial y se la devolvió. Después dijo, Estamos a su disposición. Don José respiró aliviado, tenía, por fin el camino abierto para entrar en materia, Su hija dejó alguna carta, Ninguna carta, ninguna palabra, Quiere decir que se suicidó así, sin más ni menos, No sería sin más ni menos, ciertamente tendría sus razones, pero nosotros no las conocemos, Mi hija era infeliz, dijo la mujer, nadie que sea feliz se suicida, cortó el marido impaciente, Y era infeliz por qué, preguntó don José, No sé, ya de chiquilla era triste, yo le pedía que me contase lo que le pasaba y ella me respondía siempre con las mismas palabras, no me pasa nada, madre, En ese caso la causa del suicidio no fue el divorcio, Al contrario, si alguna vez llegué a ver a mi hija contenta fue cuando se separó, No tenía buena relación con el marido, Ni buena ni mala, fue un matrimonio como tantos, Quién pidió el divorcio, Ella, Hubo algún motivo concreto, Que nosotros supiésemos, no, fue como si hubiesen llegado los dos al final de un camino, Cómo es él, Normal, es una persona bastante normal, de buen carácter, nunca nos dio motivos de queja, Y él la quería, Creo que sí, Y ella, le quería, Creo que sí, Y a pesar de eso no eran felices, Nunca lo fueron, Qué extraña situación, La vida es extraña, dijo el hombre. Hubo un silencio, la mujer se levantó y salió. Don José se quedó en suspenso, no sabía si sería mejor esperar a que ella regresase o continuar la conversación. Temía que la interrupción le hubiese desencaminado el interrogatorio, la tensión ambiental casi se podía tocar. Don José se preguntaba si aquellas palabras del hombre, La vida es extraña, no serían aún el eco de su antigua relación con la señora del entresuelo derecha, y si la brusca salida de la mujer no habría sido la respuesta de quien en aquel momento no podía dar otra. Don José tomó el vaso, bebió un poco de agua para ganar tiempo, después hizo una pregunta sin pensar, Su hija trabajaba, Sí, era profesora de matemáticas, Dónde, En el mismo colegio en que había estudiado antes de ir a la universidad. Don José tomó otra vez el vaso, estuvo a punto de tirarlo con la precipitación, ridículamente tartamudeó, Disculpe, disculpe, y de pronto le faltó la voz, el hombre lo miraba con una expresión de curiosidad desdeñosa, mientras él bebía, le parecía que la Conservaduría General del Registro Civil, a juzgar por la muestra, estaba bastante mal servida de funcionarios, no merecía la pena que apareciera uno armado con una credencial de ésas para después comportarse como un imbécil. La mujer entró en el momento en que el marido estaba preguntándole irónicamente, No querrá que le dé el nombre del colegio, tal vez pueda serle de alguna utilidad para el buen resultado de su misión, Se lo agradezco mucho.

El hombre se inclinó en la mesa, escribió en un papel el nombre del colegio y la dirección, lo entregó con un gesto seco a don José, pero la persona que tenía ahora delante ya no era la misma de momentos atrás, don José había recuperado la serenidad al acordarse de que conocía un secreto de esta familia, un viejo secreto que ninguno de los dos podría imaginar que él conociese. De este pensamiento nació la pregunta que hizo a continuación, Saben si su hija tenía algún diario, No creo, por lo menos no encontré nada parecido, dijo la madre, Pero habría papeles escritos, anotaciones, apuntes, siempre los hay, si me autorizaran a echar un vistazo tal vez pudiese encontrar algo interesante, Todavía no hemos sacado nada de la casa, dijo el padre, ni sé cuando lo haremos, La casa de su hija era de alquiler, No, era de su propiedad, Comprendo. Hubo una pausa, don José desdobló la credencial, la miró de arriba abajo como si estuviese certificándose de los poderes que aún podría usar, después dijo, Si me permitiesen ir allí, contando con su presencia, claro, No, la respuesta fue seca, cortante, Mi credencial, recordó don José, Su credencial se contentará por ahora con las informaciones que ya tiene, dijo el hombre, y añadió, Podemos, si quiere, continuar nuestra conversación mañana, en la Conservaduría, ahora dispense, tengo otros asuntos que resolver, No es necesario que vaya a la Conservaduría, lo que he oído sobre los antecedentes del suicidio me parece suficiente, respondió don José, pero tengo todavía tres preguntas, Diga, De qué murió su hija, Ingirió una cantidad excesiva de pastillas para dormir, Se encontraba sola en casa, Sí, Y la lápida de la sepultura, ya lo colocaron, estamos ocupándonos de eso, por qué esta pregunta, Por nada, simple curiosidad. Don José se levantó. Yo lo acompaño, dijo la mujer. Cuando llegaron al pasillo, ella se llevó un dedo a los labios y le hizo una señal para que esperase. Del cajón de una pequeña mesa que había allí, arrimada a la pared, retiró sin ruido un pequeño manojo de llaves. Después, mientras abría la puerta, las introdujo en la mano de don José, Son de ella, susurró, uno de estos días paso por la Conservaduría para recogerlas. Y aproximándose más, casi en un suspiro, dijo la dirección.

Don José durmió como una piedra.

Después de regresar de la arriesgada aunque bien resuelta visita a los padres de la mujer desconocida, quiso aún pasar al cuaderno los acontecimientos extraordinarios de su fin de semana, pero el sueño era tanto que no consiguió ir más allá de la conversación con el escribiente del Cementerio General. Se fue a la cama sin cenar, en menos de dos minutos estaba dormido, y cuando abrió los ojos, con la primera claridad del amanecer, descubrió que, sin saber cómo ni cuando, había tomado la decisión de no ir a trabajar. Era lunes, justamente el peor día para faltar al servicio, en particular tratándose de un escribiente. Cualquiera que fuese el motivo alegado, y por muy convincente que hubiera podido ser en otra ocasión, era considerado sospechoso de no ser más que un falso pretexto, destinado a justificar la prolongación de la indolencia dominical en un día legal y como norma dedicado al trabajo. Después de las sucesivas y cada vez más graves irregularidades de conducta cometidas desde que iniciara la búsqueda de la mujer desconocida, don José es consciente de que la falta al trabajo podrá convertirse en la gota de agua que colmará de una vez el vaso de la paciencia del jefe. Esta amenazadora perspectiva, sin embargo, no fue bastante para disminuir la firmeza de la decisión. Por dos poderosas razones, aquello que don José tiene que hacer no puede quedarse a la espera de una tarde libre. La primera de esas razones es que uno de estos días vendrá la madre de la mujer desconocida a la Conservaduría para recuperar las llaves, la segunda es que el colegio, como muy sabe don José, y con un saber hecho de dura experiencia, está cerrado los fines de semana.

A pesar de haber decidido que no iría a trabajar, don José se levantó muy temprano. Querría estar lejos de allí cuando la Conservaduría abriese, no vaya a suceder que al subdirector de su sección se le ocurra mandar a alguien a su casa, para preguntar si está otra vez enfermo. Mientras se afeitaba, ponderó si sería preferible comenzar yendo a casa de la mujer desconocida o al colegio, pero acabó inclinándose por el colegio, este hombre pertenece a la multitud de los que siempre van dejando lo más importante para después. También se preguntó si debía llevar consigo la credencial o si por el contrario sería peligroso exhibirla, teniendo en cuenta que un director de colegio, por deber del cargo, tiene que ser una persona instruida e informada, de muchas lecturas, imaginemos que los términos en que el documento se encuentra redactado le parecen insólitos, extravagantes, hiperbólicos, imaginemos que exige conocer el motivo de la falta de sello, la prudencia manda que deje esta credencial junto a la otra, entre la inocente papelada del obispo. El carné de identidad que me acredita como funcionario de la Conservaduría General deberá ser más que suficiente, concluyó don José, a fin de cuentas sólo voy a confirmar un dato concreto, objetivo, factual, que ha sido profesora de matemáticas en aquel colegio una mujer que se ha suicidado.

Todavía era muy temprano cuando salió de casa, las tiendas estaban cerradas, sin luces, con las persianas bajadas, el tránsito de los coches apenas se notaba, probablemente sólo ahora el más madrugador de los funcionarios de la Conservaduría estará levantándose de la cama. Para no ser visto en las inmediaciones, don José se escondió en un jardín que había dos manzanas más allá en la avenida principal, aquélla por donde circulaba el autobús que lo llevó a casa de la señora del entresuelo derecha, la tarde en que vio entrar al jefe a la Conservaduría. Salvo que se supiese de antemano que estaba allí, nadie conseguiría distinguirlo en medio de los arbustos, entre las ramas bajas del arbolado.

Debido a la humedad nocturna, don José no se sentó en un banco, empleó el tiempo paseando por las alamedas, se distrajo mirando las flores y preguntándose qué nombres tendrían, no es de sorprender que sepa tan poco de botánica quien se ha pasado toda su vida metido entre cuatro paredes y respirando el olor punzante de los papeles viejos, más punzante siempre que atraviesa el aire aquel olor de crisantemo y rosa a que se hizo mención en la primera página de este relato. Cuando el reloj marcó la hora de apertura de la Consevaduría General al público, don José, ya a salvo de posibles malos encuentros, se puso en camino del colegio. No tenía prisa, el día era todo suyo, por eso decidió ir a pie.

Como partía del jardín tuvo dudas sobre la dirección a seguir, pensó que si hubiera comprado el mapa de la ciudad, como fuera su intención, no necesitaría estar ahora pidiéndole a un agente de la policía que lo orientase, pero es verdad que la situación, la ley aconsejando al crimen, le proporcionó un cierto placer subversivo. El caso de la mujer desconocida había llegado al final, sólo faltaba esta indagación en el colegio, después la inspección de la casa, si tuviera tiempo todavía haría una visita rápida a la señora del entresuelo derecha para narrarle los últimos acontecimientos, y después nada más. Se preguntó cómo viviría su vida de ahora en adelante, si volvería a sus colecciones de gente famosa, durante rápidos segundos apreció la imagen de sí mismo, sentado a la mesa en la velada, recortando noticias y fotografías con una pila de periódicos y revistas al lado, intuyendo una celebridad que despuntaba o que, por el contrario, fenecía, alguna que otra vez, en el pasado, tuvo la visión anticipada del destino de ciertas personas que después se convertirían en importantes, alguna que otra vez había sido el primero en sospechar que los laureles de este hombre o de aquella mujer iban a comenzar a marchitarse, a secarse, a convertirse en polvo, Todo acaba en la basura, dijo don José, sin percatarse en aquel momento si estaba pensando en las famas perdidas o en su colección.

Con el sol dando de lleno en la fachada, el reverdecer de los árboles del patio, los arriates floreciendo, la apariencia del colegio no recordaba en nada al tenebroso edificio donde este don José penetró, en una noche de lluvia, por escalo y efracción.

Ahora estaba entrando por la puerta principal, le decía a una empleada, necesito hablar con el director, no, no soy encargado de educación, tampoco soy repartidor de material escolar, soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, se trata de un asunto de trabajo. La empleada informó por el teléfono interior, dio conocimiento a alguien de la llegada del visitante, después dijo, Haga el favor de subir, el señor director está en secretaría, es en el segundo piso, Muchas gracias, dijo don José, y comenzó a subir la escalera tranquilamente, que la secretaría estaba en el segundo piso él ya lo sabía. El director estaba hablando con una mujer que debía de ser la jefa, le decía, Necesito el gráfico mañana mismo, y ella respondía, Cuente con ello, director, don José se había detenido en la entrada esperando que reparasen en su presencia. El director terminó la conversación, lo miró, sólo entonces don José dijo, Buenos días, señor director, después, ya con el carné de identidad en la mano, dio tres pasos adelante, Como podrá verificar, soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, vengo por una cuestión de trabajo. El director hizo el gesto de rechazar el carné, después preguntó, De qué se trata, Es por causa de una profesora, Y qué tiene que ver la Conservaduría General con los profesores de este colegio, Como profesores, nada, aunque sí con las personas que ellos son o fueron, Explíquese, por favor, Andamos trabajando en una investigación sobre el fenómeno del suicidio, tanto en sus aspectos psicológicos como en sus incidencias sociológicas y yo estoy encargado del caso de una señora que era profesora de matemáticas en este colegio y que se suicidó. El director puso cara de pena, Pobre señora, dijo, es una historia muy triste que ninguno de nosotros, hasta hoy, consigue comprender, El primer acto a que procederé, dijo don José, usando el lenguaje más oficial que podía, será confrontar los elementos de identificación que constan en los archivos de la Conservaduría con la inscripción profesional de la profesora, Supongo que se refiere al registro como integrante de nuestra plantilla, Sí señor. El director se volvió hacia la encargada de la secretaría, Búsqueme esa ficha, Todavía no la habíamos retirado del cajón, dijo en tono de disculpa la mujer, al mismo tiempo que recorría con los dedos las fichas de un archivador, Aquí está, dijo. Don José sintió una contracción brusca en la boca del estómago, un conato de mareo que felizmente no fue a más le recorrió la cabeza, de hecho el sistema nervioso de este hombre se encuentra en un estado lastimoso, pero tenemos que reconocer que el caso no es para menos, basta recordar que tuvo al alcance de la mano la ficha que le está siendo mostrada en este momento, sólo con haber abierto aquel cajón, el que tiene el rótulo que dice Profesores, pero cómo podría entonces imaginar que la chiquilla que él buscaba vendría a enseñar matemáticas precisamente en el colegio en que había estudiado. Disimulando la perturbación aunque no el temblor de las manos, don José fingió que comparaba la ficha del colegio con la copia de la ficha de la Conservaduría, después dijo, Es la misma persona. El director lo miraba con interés, No se siente bien, preguntó, y él respondió simplemente, Es natural, ya no soy joven, Supongo que querrá hacerme algunas preguntas, Así es, Venga conmigo, vamos a mi despacho.

Don José sonrió para sus adentros mientras seguía al director, Yo no sabía que su ficha estaba allí, y tú no sabes que me quedé una noche en tu sofá. Entraron en el gabinete, el director avisó, No tengo mucho tiempo, pero estoy a su disposición, siéntese, y apuntó al sofá que sirviera de cama al visitante, Desearía saber, dijo don José, si notaron alguna alteración en su habitual estado de ánimo en los días que antecedieron al suicidio, Ninguna, siempre fue una persona discreta, muy callada, Era buena profesora, De las mejores que el colegio ha tenido, Tenía amistad con algún colega, Amistad, en qué sentido, Amistad, sin más, Era amable, delicada con toda la gente, pero no creo que alguien de aquí pueda decir que tenía con ella relaciones de amistad, Y los alumnos, la estimaban, Mucho, Era saludable, Tanto cuanto creo saber, sí, Es extraño, Qué es extraño, Ya hablé con los padres y todo lo que oí de sus bocas, más lo que estoy oyendo ahora parece apuntar a un suicidio sin explicación, Me pregunto, dijo el director, si el suicidio podrá ser explicado, Se refiere a éste, Me refiero al suicidio en general, A veces dejan cartas, es cierto, lo que no sé es si podrá llamarse explicación a lo que en ellas se dice, en la vida no faltan cosas por explicar, eso es verdad, Qué explicación podrá tener, por ejemplo, lo que sucedió aquí unos cuantos días antes del suicidio, Qué sucedió, Me asaltaron el colegio, Sí, Cómo lo sabe, Perdone, mi sí quería ser interrogativo, tal vez no le haya dado la suficiente entonación, en cualquier caso los asaltos generalmente son fáciles de explicar, Excepto cuando el asaltante sube por un tejadillo, entra por una ventana después de partir el vidrio, anda por toda la casa, duerme en mi sofá, come de lo que encuentra en el frigorífico, usa el material de la enfermería y después se va sin llevarse nada, Por qué dice que durmió en su sofá, Porque estaba en el suelo la manta con la que suelo cubrirme las rodillas para que no se me enfríen, tampoco yo soy joven, tal como usted ha dicho, Presentó denuncia a la policía, Para qué, al no haber robo, no merecía la pena, la policía diría que está para investigar delitos y no para descifrar misterios, Es extraño, no hay duda, Verificamos en todas partes, todas las instalaciones, la caja estaba intacta, todo se encontraba en su sitio, Excepto la manta, Sí, excepto la manta, ahora dígame si encuentra alguna explicación para esto, Habría que preguntarle al asaltante, él deberá saberlo, habiendo dicho estas palabras don José se levantó, señor director, no le robo más tiempo, le agradezco la atención que se dignó prestar al infeliz asunto que me ha traído aquí, No creo que le haya ayudado mucho, Probablemente tenía razón cuando dijo que tal vez ningún suicidio pueda ser explicado, Racionalmente explicado, se entiende, Todo ha pasado como si ella no hubiese hecho más que abrir una puerta y salir, O entrar, Sí, o entrar, según el punto de vista, Pues ahí tiene una excelente explicación, Era una metáfora, La metáfora es siempre la mejor forma de explicar las cosas, Buenos días, señor director, se lo agradezco de todo corazón, buenos días, fue un placer conversar con usted, evidentemente no me estoy refiriendo al triste asunto, sino a su persona, Claro, son maneras de decir, Le acompaño a la escalera. Cuando don José ya estaba bajando el segundo tramo, el director se acordó de que no le había preguntado cómo se llamaba, No tiene importancia, reconsideró a continuación, es una historia terminada.

No podía decir lo mismo don José, a él todavía le faltaba dar el último paso, buscar y encontrar en casa de la mujer desconocida una carta, un diario, un simple papel donde cupiese el desahogo, el grito, el no puedo más que todo suicida tiene la estricta obligación de dejar tras de sí antes de retirarse por aquella puerta, para que los que aún van a continuar de este lado puedan tranquilizar las alarmas de su propia consciencia diciendo, Pobrecillo, tuvo sus razones. El espíritu humano, sin embargo, cuántas veces será necesario decirlo, es el lugar predilecto de las contradicciones, además ni se ha observado últimamente que ellas prosperen o simplemente tengan condiciones de existencia viable fuera de él, y ésa debe de ser la causa de que don José ande dando vueltas por la ciudad, de lado a lado, arriba y abajo, como perdido sin mapa ni guía, cuando sabe perfectamente lo que tiene que hacer en este último día, que mañana ya será otro tiempo, o que él será otro en un tiempo igual a éste, y la prueba de que lo sabe es haber pensado, Después de esto, quién seré yo mañana, qué especie de escribiente va a tener la Conservaduría General del Registro Civil. Dos veces pasó frente a la casa de la mujer desconocida, dos veces no paró, tenía miedo, no le preguntemos de qué, esta contradicción es de las que están más a la vista, don José quiere y no quiere, desea y teme lo que desea, toda su vida ha sido así. Ahora, para ganar tiempo, para retrasar lo que sabe que será inevitable, decide que primero tiene que almorzar, en un restaurante barato, como impone su magra bolsa, pero sobre todo que quede lejos de estos sitios, no sea que a un vecino curioso le dé por sospechar de las intenciones del hombre que ya pasó dos veces. Aunque su aspecto no se distinga del que tienen habitualmente las personas honestas, lo cierto es que nunca tenemos garantías firmes sobre lo que se ve, las apariencias engañan mucho, por eso las llamamos apariencias, a pesar de que en el caso a examen, atendiendo al peso de la edad y a la frágil constitución física, a nadie se le ocurriría decir, por ejemplo, que don José vive de escalar casas con nocturnidad. Prolongó el frugal almuerzo lo más que pudo, cuando se levantó de la mesa ya pasaba mucho de las tres, y sin prisa, como si arrastrara los pies, se fue aproximando a la calle donde la mujer desconocida había vivido. Antes de torcer la última esquina paró, respiró hondo, No soy miedoso, pensó para darse ánimos, pero era, como les sucede a tantas personas de coraje, valiente para unas cosas, cobarde para otras, no es por el hecho de haber pasado una noche en el cementerio por lo que se le quitará el temblor de piernas de ahora. Metió la mano en el bolsillo exterior de la chaqueta, palpó las llaves, una, la del buzón de correos, pequeña, estrecha, quedaba excluida por naturaleza, las dos restantes eran casi iguales, una era de la puerta de la calle, otra de la puerta del apartamento, ojalá acierte en seguida, si el edificio tiene portera y es de las que asoman la nariz al menor ruido, qué explicación dará, podrá decir que está allí autorizado por los padres de la señora que se suicidó, que viene por causa del inventario de los bienes, soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, señora, aquí tiene mi carné y, como se ve, me confiaron las llaves de la casa. Don José acertó con la llave a la primera tentativa, la guardiana de la puerta, si la finca la tenía, no apareció preguntándole, Adónde va, señor, aunque es bien cierto lo que se dice, que el mejor guarda de viñas es el miedo a que el guarda venga, por tanto se aconseja comenzar venciendo el miedo, después veremos si el guarda aparece.

El edificio, a pesar de antiguo, tiene ascensor, con lo que le están pesando las piernas a don José nunca conseguiría alcanzar el sexto piso donde la profesora de matemáticas vivía. La puerta chirrió al abrirse, sobresaltando al visitante, repentinamente con dudas sobre la eficacia de la justificación que había pensado dar a la portera en el caso de que lo interpelara. Se deslizó con rapidez al interior de la casa, cerró la puerta con todo cuidado y se encontró en medio de una penumbra densa, a la que le faltaba poco para ser oscuridad. Palpó la pared junto al marco de la puerta, encontró un interruptor, pero prudentemente no lo hizo funcionar, podría ser peligroso encender las luces.

Poco a poco los ojos de don José estaban habituándose a la penumbra, se diría que en situación semejante lo mismo le ocurre a cualquier persona, pero lo que comúnmente no se sabe es que los escribientes de la Conservaduría General, dada la frecuentación regular al archivo de los muertos a que están obligados, adquieren, al cabo de cierto tiempo, facultades de adecuación óptica absolutamente fuera de lo común. Llegarían a tener ojos de gato si no los alcanzase primero la edad de la jubilación.

Aunque el suelo estuviese enmoquetado, don José creyó que sería mejor descalzarse los zapatos para evitar cualquier choque o vibración que pudiese denunciar su presencia a los inquilinos del piso de abajo. Con mil cuidados descorrió los cerrojos de los postigos de una de las ventanas que daba a la calle pero sólo los abrió lo suficiente para que entrase alguna luz. Estaba en un dormitorio. Había una cómoda, un armario, una mesilla de noche. La cama, estrecha, de soltera, como se decía antes. Los muebles eran de líneas simples y claras, lo contrario del estilo bazo y pesado del mobiliario de la casa de los padres. Don José dio una vuelta por las restantes habitaciones del apartamento, que se limitaban a una sala de estar amueblada con los sofás de costumbre y una estantería de libros que ocupaba de extremo a extremo una pared, una habitación más pequeña que servía de despacho, la cocina minúscula, el cuarto de baño reducido a lo indispensable.

Aquí vivió una mujer que se suicidó por motivos desconocidos, que había estado casada y se divorció, que podría haber vuelto a vivir con los padres después del divorcio, pero que prefirió continuar sola, una mujer que como todas fue niña y muchacha, que ya en ese tiempo, de una cierta e indefinible manera, era la mujer que llegó a ser, una profesora de matemáticas que tuvo su nombre de viva en el Registro Civil junto a los nombres de todas las personas vivas de esta ciudad, una mujer cuyo nombre de muerta volvió al mundo vivo porque este don José fue a rescatarlo al mundo de los muertos, apenas el nombre, no a ella, que no podría un escribiente tanto. Con las puertas de comunicación interiores todas abiertas, la claridad del día ilumina más o menos la casa, pero don José tendrá que despacharse en la búsqueda si no quiere dejarla a medias. Abrió un cajón de la mesa del despacho, pasó los ojos vagamente por lo que había dentro, le parecieron ejercicios escolares de matemáticas, cálculos, ecuaciones, nada que le pudiese explicar las razones de la vida y de la muerte de la mujer que se sentaba en este sillón, que encendía esta lámpara, que sostenía este lápiz y con él escribía. Don José cerró lentamente el cajón, todavía comenzó a abrir otro pero no llegó al final del movimiento, se detuvo pensando un largo minuto, o fueron solamente uno pocos segundos que parecieron horas, después empujó el cajón con firmeza, después salió del despacho, después se sentó en uno de los sofás de la sala y allí se quedó. Miraba los viejos calcetines zurcidos que traía puestos, los pantalones sin raya un poco subidos, las canillas blancas y delgadas, con escaso vello. Sentía que su cuerpo se acomodaba a la concavidad suave del tapizado y de los muelles del sofá dejada por otro cuerpo, Nunca más se sentará aquí, murmuró. El silencio, que le había parecido absoluto, era cortado ahora por los sonidos de la calle, sobre todo, de vez en cuando, con el paso de un coche, pero había en el aire también una respiración pausada, un latir lento, sería tal vez la respiración de las casas cuando las dejan solas, ésta, probablemente, aún no se percató de que tiene alguien dentro. Don José se dice a sí mismo que aún hay cajones para examinar, los de la cómoda, donde se suelen guardar las ropas más íntimas, los de la mesilla de noche, donde intimidades de otra naturaleza son generalmente recogidas, el armario, piensa que si abre el armario no resistirá al deseo de recorrer con los dedos los vestidos colgados, así, como si estuviese acariciando las teclas de un piano mudo, piensa que levantará la falda de uno para aspirarle el aroma, el perfume, el simple olor. Y están los cajones de la mesa del despacho que no llegó a investigar, y la pequeña cajonera de la estantería, en algún sitio tendrá que estar guardado aquello que busca, la carta, el diario, la palabra de despedida, la señal de la última lágrima. Para qué, preguntó, supongamos que tal papel existe, que lo encuentro, que lo leo, no será por leerlo por lo que los vestidos dejarán de estar vacíos, a partir de ahora los ejercicios de matemáticas no tendrán solución, no se descubrirán las incógnitas de las ecuaciones, la colcha de la cama no será apartada, el embozo de la sábana no se ajustará sobre el pecho, la lámpara de la cabecera no iluminará la página del libro, lo que acabó, acabó. Don José se inclinó hacia delante, dejó caer la frente sobre las manos, como si quisiese seguir pensando, pero no era así, se le habían acabado los pensamientos. La luz se quebró de pronto, alguna nube está pasando en el cielo. En ese momento el teléfono sonó. No se había fijado antes, pero allí estaba, en una pequeña mesa, en un rincón, como un objeto que pocas veces se utiliza. El mecanismo del grabador de llamadas funcionó, una voz femenina dijo el número de teléfono, después añadió, No estoy en casa, deje el recado después de oír la señal. Quien quiera que hubiese llamado, colgó, hay personas que detestan hablarle a una máquina o, en este caso, se trató de una equivocación, de hecho si no reconocemos la voz que sale de la grabadora no merece la pena continuar. Esto habría que explicárselo a don José, que nunca en su vida había visto un aparato de éstos de cerca, aunque lo más probable sería que él no prestase atención a las explicaciones, tan perturbado lo pusieron las pocas palabras que oyó, No estoy en casa, deje el recado después de oír la señal, sí, no está en casa, nunca más estará en casa, quedó apenas su voz, grave, velada, como distraída, como si estuviera pensando en otra cosa cuando realizó la grabación. Don José dijo, Puede ser que vuelvan a telefonear, y con esa esperanza no se movió del sofá durante más de una hora, poco a poco la penumbra de la casa se iba haciendo más densa y el teléfono no sonó más. Entonces don José se levantó, tengo que irme, murmuró, pero antes de salir todavía dio una última vuelta por la casa, entró en el dormitorio, donde había más luz, se sentó un momento en el borde de la cama, una y otra vez deslizó la mano despacio por el embozo bordado de la sábana, después abrió el armario, allí estaban los vestidos de la mujer que había dicho las definitivas palabras, No estoy en casa. Se inclinó hacia ellos hasta tocarlos con la cara, el olor que desprendían podría llamarse olor de ausencia, o será aquel perfume mixto de rosa y crisantemo que de vez en cuando recorre la Conservaduría General.

La portera no apareció preguntándole de dónde venía, el edificio está silencioso, parece deshabitado. Fue este silencio lo que hizo nacer en la cabeza de don José una idea, la más osada de su vida, Y si me quedo aquí esta noche, si yo duermo en su cama, nadie lo sabría. Dígase don José que no hay nada más fácil, que sólo tiene que subir otra vez en el ascensor, entrar en el apartamento, quitarse los zapatos, hasta puede suceder que alguien vuelva a equivocarse de número, Si es así tendrás el gusto de oír una vez más la voz velada y grave de la profesora de matemáticas, No estoy en casa, dirá ella, y si, durante la noche, acostado en su cama, algún sueño agradable excita tu viejo cuerpo, ya sabes, el remedio está a mano, sólo tendrás que tener cuidado con las sábanas. Son sarcasmos y groserías que don José no merece, su osada idea, más romántica que osada, así como vino, así se fue, él ya no está dentro del edificio, sino fuera, parece que lo ayudó a salir el recuerdo doloroso de la imagen de sus viejos calcetines zurcidos y de sus canillas delgadas y blancas, de escaso vello. Nada en el mundo tiene sentido, murmuró don José, y se encaminó hacia la calle donde vive la señora del entresuelo derecha.

La tarde está en el fin, la Conservaduría General ya cerró, no son muchas las horas que restan al escribiente para inventar la historia que justifique haber faltado al trabajo durante un día entero. Todos saben que no tiene familiares a quienes necesite acudir de urgencia, y, aunque los tuviese, no puede haber disculpa para su caso, compartiendo pared con la Conservaduría, era sólo entrar y decir desde la puerta, Adiós, hasta mañana, tengo una prima muriéndose.

Don José decide que está todo hecho, que lo pueden despedir si quieren, expulsarlo del funcionariado, tal vez el pastor de ovejas necesite un ayudante para cambiar los números de las tumbas, sobre todo si anda pensando en ensanchar su campo de actividad, de hecho no hay motivo para que quede limitado a los suicidas, a fin de cuentas los muertos son iguales, lo que es posible hacer con unos puede ser hecho con todos, confundidos, mezclarlos, qué más da, el mundo no tiene sentido.

Cuando don José llamó a la puerta de la señora del entresuelo derecha, sólo tenía pensamientos para la taza de té que tomaría. Tocó una vez, dos veces, pero nadie abrió. Perplejo, inquieto, llamó al timbre del entresuelo izquierda. Apareció una mujer que preguntó en tono seco, Qué desea, Nadie atiende en aquel lado, Y qué, Puede decirme si ocurrió alguna cosa, Qué cosa, Un accidente, una enfermedad, por ejemplo, Es posible, vino una ambulancia a buscarla, Y eso cuándo ha sido, Hace tres días, Y no ha sabido más noticias, sabe por casualidad dónde está, No señor, disculpe. La mujer cerró la puerta dejando a don José a oscuras. Mañana tendré que ir a los hospitales, pensó.

Se sentía exhausto, todo el día andando de un lado para otro, emociones todo el día, ahora este choque para rematar. Salió del edificio y se quedó parado en la acera preguntándose si podría hacer algo más, preguntar a otros inquilinos, no todos serán tan desagradables como la mujer del entresuelo izquierda, don José volvió a entrar en el edificio, subió la escalera hasta el segundo piso, llamó a la puerta de la casa de la madre de la niña y del marido celoso, a esta hora ya habrá vuelto del trabajo, pero eso no tiene importancia, don José sólo va allí para preguntar si saben alguna cosa de la vecina del entresuelo derecha. La luz de la escalera está encendida, la puerta se abrió, la mujer no trae a la criatura en brazos y no reconoce a don José, Qué desea, preguntó, Perdone que la incomode, venía a visitar a la señora del entresuelo derecha, pero ella no está y la inquilina del otro lado me ha dicho que se la llevaron hace tres días en una ambulancia, Sí, es cierto, Sabe por casualidad dónde se encuentra, en qué hospital, o en casa de algún familiar.

Antes de que la madre de la criatura tuviera tiempo de responder, una voz de hombre preguntó desde dentro, Quién es, ella volvió la cabeza, Es una persona preguntando por la señora del entresuelo, después miró a don José y dijo, No, no sabemos nada.

Don José bajó la voz y preguntó, No me reconoce, ella dudó, Ah, sí, me acuerdo, dijo en un susurro, y, lentamente, cerró la puerta.

En la calle don José hizo señal a un taxi, Lléveme a la Conservaduría, dijo distraídamente al conductor. Hubiera preferido ir andando, para ahorrar su poco dinero y para terminar el día como lo había comenzado, pero la fatiga no le permitía dar un paso.

Creía él. Cuando el conductor anunció, Llegamos, don José vio que no estaba frente a su casa, sino ante la puerta de la Conservaduría. No merecía la pena explicar al hombre que debía dar la vuelta a la plaza y seguir por la calle lateral, finalmente sólo tendría que caminar unos cincuenta metros, ni tanto. Pagó con las últimas monedas, salió y cuando asentó los pies en la calzada y levantó la cabeza vio que las ventanas de la Conservaduría estaban iluminadas, Otra vez, pensó, inmediatamente se le desvaneció la preocupación por la suerte de la señora del entresuelo derecha y el recuerdo de la madre de la criatura, el problema, ahora, es encontrar la justificación para el día siguiente.

Volvió la esquina, allí estaba su casa, baja, casi una ruina, empotrada en la alta pared del edificio, que parecía presto a aplastarla. Entonces unos dedos brutales apretaron el corazón de don José. Había luz dentro de casa. Estaba seguro de haberla apagado cuando salió, pero, teniendo en cuenta la confusión que reina desde hace tantos días en su cabeza, admitiría que se hubiese olvidado, si no fuese por aquella otra luz, la de la Conservaduría, las cinco ventanas iluminadas intensamente. Metió la llave en la puerta, sabía a quién iba a ver, pero se detuvo en el umbral, como si las convenciones sociales le impusiesen mostrarse sorprendido. El jefe se encontraba sentado a la mesa, delante tenía algunos papeles cuidadosamente alineados. Don José no necesitaba aproximarse para saber de qué se trataba, las dos falsas credenciales, las fichas escolares, de la mujer desconocida, el cuaderno de apuntes, la carpeta del expediente de la Conservaduría con los documentos oficiales. Entre, dijo el jefe, la casa es suya. El escribiente cerró la puerta avanzó hacia la mesa y paró. No habló, sentía en el cerebro un remolino líquido donde todos los pensamientos se disolvían. Siéntese, ya le he dicho que está en su casa. Don José observó que encima de las fichas escolares había una llave igual que la suya. Está mirando la llave, preguntó el conservador, y con calma prosiguió, No piense que se trata de una copia fraudulenta, las casas de los funcionarios, cuando las había, siempre tuvieron dos llaves de comunicación interna, una, claro está, era para uso del inquilino, la otra quedaba en poder de la Conservaduría, todo se armoniza, como ve, Excepto que haya entrado aquí sin mi autorización, consiguió decir don José, No la necesitaba, el dueño de la llave es el dueño de la casa, digamos que ambos somos dueños de esta casa, tal como usted parece que se considera lo bastante dueño de la Conservaduría para distraer documentos oficiales del archivo, Puedo explicarlo, No es necesario, he seguido regularmente sus actividades, además su cuaderno de apuntes me ha sido de gran ayuda, aprovecho la ocasión para felicitarlo por la buena redacción y propiedad del lenguaje, Mañana presentaré mi dimisión, Que yo no aceptaré. Don José lo miró sorprendido, Que no aceptará, No señor, no aceptaré, Por qué, si puedo preguntarle, Puede, una vez que estoy dispuesto a convertirme en cómplice de sus irregulares acciones, No comprendo. El conservador tomó el expediente de la mujer desconocida, después dijo, Ya va a comprender, pero antes cuénteme lo que pasó en el cementerio, su narración se detiene en la conversación que tuvo con el escribiente de allí, Llevará mucho tiempo decirlo, En pocas palabras para que me quede con el cuadro completo, Atravesé a pie el Cementerio General hasta la zona de los suicidas, dormí debajo de un olivo, a la mañana siguiente, cuando me desperté, estaba en medio de un rebaño de ovejas, y después supe que el pastor se entretiene cambiando los números de las tumbas antes de que coloquen las lápidas, Por qué, Es difícil de explicar, todo gira alrededor de saber dónde se encuentran realmente las personas que buscamos, él cree que nunca lo sabremos, Como aquella a la que ha llamado la mujer desconocida, Sí señor, Qué ha hecho hoy, He ido al colegio donde ella había sido profesora, he ido a la casa donde vivió, Descubrió alguna cosa, No señor, y creo que no quería descubrir nada. El conservador abrió el expediente, sacó la ficha que viniera pegada a las de las cinco últimas personas famosas de quien don José se había ocupado, Sabe lo que yo haría si estuviese en su lugar, preguntó, No señor, Sabe cuál es la única conclusión lógica de todo lo que ha sucedido hasta este momento, No señor, Hacer para esta mujer una ficha nueva, igual que la antigua, con todos los datos exactos, pero sin la fecha del fallecimiento, Y luego, Luego la coloca en el fichero de los vivos como si ella no hubiese muerto, Sería un fraude, Sí, sería un fraude, pero nada de lo que hemos hecho y dicho, usted y yo, tendría sentido si no lo cometiésemos, No consigo comprender. El conservador se recostó en la silla, se pasó lentamente las manos por la cara, después preguntó, Se acuerda de lo que dije allí dentro el viernes, cuando se presentó en el trabajo sin afeitar, Sí señor, De todo, De todo, Por lo tanto recordará que yo hice referencia a ciertos hechos sin los cuales nunca habría llegado a comprender lo absurdo que es separar los muertos de los vivos, Sí señor, Necesitaré decirle a qué hechos me refería, No señor.

El conservador se levantó, Le dejo aquí la llave, no pretendo volver a usarla, y añadió sin dar tiempo a que don José hablase, Hay todavía una última cuestión por resolver, Cuál, señor, En el expediente de su mujer desconocida falta el certificado de defunción, No conseguí descubrirlo, debe de haberse quedado en el fondo del archivo o se me cayó por el camino, Mientras no lo encuentre esa mujer estará muerta, Estará muerta aunque lo encuentre, A no ser que lo destruya, dijo el conservador. Se volvió de espaldas sobre estas palabras, en seguida se oyó el ruido de la puerta de la Conservaduría cerrándose. Don José se quedó parado en medio de la casa. No era necesario rellenar una nueva ficha porque ya tenía la copia en el expediente. Era necesario, sí, rasgar o quemar la original donde había sido escriturada una fecha de muerte. Y todavía estaba allí dentro el certificado0 de defunción.

Don José entró en la Conservaduría, fue a la mesa del jefe, abrió el cajón donde lo esperaba la linterna y el hilo de Ariadna. Se ató una punta del hilo al tobillo y avanzó hacia la oscuridad.

Fin

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