José Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo






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títuloJosé Saramago a pilar “Todos los nombres” es la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos.” Eduardo Lourenzo
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Curado estaba don José, pero había perdido mucho peso, no obstante el pan y el condumio que el enfermero le traía regularmente, es cierto que sólo una vez al día, aunque en cantidad más que suficiente para la manutención de un cuerpo adulto no sujeto a esfuerzos. Hay que tener en consideración, sin embargo, el efecto consuntivo de la fiebre y de los sudores sobre los tejidos adiposos, en particular cuando no abundaban antes, como era el caso.

No estaban bien vistas en la Conservaduría General del Registro Civil las observaciones de carácter personal, principalmente las que tuviesen que ver con el estado de salud, por eso la delgadez y el aspecto lastimoso de don José no fueron objeto de comentario alguno por parte de los colegas y superiores, comentario oral, se quiere decir, ya que las miradas de todos ellos fueron bastante elocuentes en la común expresión de una especie de conmiseración desdeñosa, que otras personas, desconocedoras de las costumbres del lugar, habrían interpretado erróneamente como una discreta y silenciosa reserva. Para que se notase cómo le preocupaba haber estado ausente del servicio durante tantos días, don José fue el primero en colocarse por la mañana ante la puerta de la Conservaduría, esperando la llegada del subdirector más reciente en el cargo, que era quien estaba encargado de abrirla, como encargado estaba de dejarla cerrada al final de la tarde. La llave original, obra de arte de un antiguo cincelador barroco y símbolo material de autoridad, de la que la llave del subdirector era apenas una copia austera y subalterna, se encontraba en posesión del conservador, que aparentemente nunca la usaba, sea por causa del peso y de la complejidad de los adornos, que la tornaban incómoda de trasportar, sea porque, según un protocolo jerárquico no escrito y en vigor desde tiempos remotos, era obligatorio que él fuese el último en entrar en el edificio. Uno de los muchos misterios de la vida de la Conservaduría General, que realmente valdría la pena averiguar si el caso de don José y de la desconocida mujer no hubiese absorbido en exclusiva nuestras atenciones, es cómo se las arreglaban los funcionarios para, a pesar de los embotellamientos del tráfico que atormentan la ciudad, llegar al trabajo siempre por el mismo orden, primero los escribientes, sin distinción de antigüedad, después el subdirector que abre la puerta, a continuación los oficiales, manteniendo la precedencia, luego el subdirector más antiguo, y finalmente el conservador, que llega cuando tiene que llegar y no da satisfacciones a nadie. De todos modos, queda registrado el hecho.

El sentimiento de desdeñosa conmiseración que, como ha sido dicho, recibió el regreso de don José al trabajo duró hasta la entrada del conservador, media hora después de la apertura de los servicios, fue, acto continuo, sustituido por un sentimiento de envidia, comprensible a fin de cuentas, pero felizmente no manifestado con palabras o actos. Siendo el alma humana lo que sabemos, y no podemos jactarnos de saberlo todo, era de esperar. Ya en los días corría en la Conservaduría la noticia, introducida por puertas laterales y rumoreada por las esquinas, de que el jefe se preocupaba de una manera inusual por la gripe de don José, llegando al extremo de mandarle comida con el enfermero, además de ir a verlo a casa por lo menos una vez, y ésa dentro de las horas de servicio, delante de toda la gente, faltaba saber si no habría repetido la visita. De modo que es fácil de imaginar el escándalo sordo del personal, sin distinción de categorías, cuando el conservador, antes incluso de dirigirse a su lugar, se detuvo al lado de don José y le preguntó si ya se encontraba completamente restablecido de la enfermedad. Todavía mayor fue el escándalo porque ésta era la segunda vez que tal acontecía, todos tenían presente en la memoria aquella otra ocasión, no hace tanto tiempo, en que el jefe había preguntado a don José si estaba mejor del insomnio, como si el insomnio de don José fuese, para el funcionamiento regular de la Conservaduría General, una cuestión de vida o muerte.

Casi no creyendo lo que oían, los funcionarios asistieron a una conversación de igual a igual, absurda desde todos los puntos de vista, con don José agradeciendo las bondades del jefe, habiendo llegado incluso a referirse abiertamente a la comida, lo que, en el ambiente estricto de la Conservaduría, tenía que sonar forzosamente como una grosería, como una obscenidad, y el jefe explicando que no podía dejarlo abandonado a la suerte mohína de los que viven solos, sin tener quién les traiga al menos una taza de caldo y les componga el embozo de la sábana, La soledad, don José, declaró con solemnidad el conservador, nunca ha sido buena compañía, las grandes tristezas, las grandes tentaciones y los grandes errores resultan casi siempre de estar solo en la vida, sin un amigo prudente a quien pedirle consejo cuando algo nos perturba más que lo normal de todos los días, Yo, triste, lo que se llama propiamente triste, señor, no creo serlo, respondió don José, tal vez mi naturaleza sea un poco melancólica, pero eso no es defecto, y en cuanto a las tentaciones, bueno, hay que decir que ni la edad ni la situación me inclinan hacia ellas, quiero decir, ni yo las busco ni ellas me buscan a mí, Y los errores, Se refiere a los errores del servicio, Me refiero a los errores en general, los errores de servicio, más tarde o más pronto, el servicio los hace, el servicio los resuelve, Nunca he hecho mal a nadie, por lo menos conscientemente, es todo lo que puedo decir, Y los errores contra sí mismo, Debo de haber cometido muchos, a lo mejor por eso me encuentro solo, Para cometer otros errores, Sólo los de la soledad, señor. Don José, que, como era su obligación, se había levantado al aproximarse el jefe, sintió de pronto que le flojeaban las piernas y una ola de sudor le inundaba el cuerpo. Palideció, las manos buscaron ansiosas el amparo de la mesa, pero ese apoyo no fue suficiente, don José tuvo que sentarse en la silla mientras murmuraba, Disculpe, señor, disculpe.

El conservador lo miró con expresión impenetrable durante algunos segundos y se dirigió a su lugar. Llamó al subdirector responsable del ala de don José, le dio una orden en voz baja, añadiendo, de forma audible, Sin pasar por el oficial, lo que significa que las instrucciones que el subdirector acababa de recibir, destinadas a un escribiente, debían, contra las reglas, la costumbre y la tradición, ser ejecutadas por él mismo. Ya antes, cuando el conservador envió a este mismo subdirector a llevar los comprimidos a don José, la cadena jerárquica había sido subvertida, pero esta infracción todavía podría justificarse por la desconfianza de que el oficial respectivo fuese incapaz de desempeñar satisfactoriamente la misión, que no consistía tanto en llevar pastillas contra la gripe a un enfermo como en echar una ojeada a la casa y contarlo después. Un oficial encontraría perfectamente admisible, esto es, explicada por sí misma y por el tiempo invernal que entonces hiciera, la mancha de humedad en el suelo, y, probablemente, no poniendo atención a las fichas depositadas sobre la mesilla de noche, regresaría a la Conservaduría con la satisfacción del deber cumplido para comunicar al jefe, Todo normal.

Hay que decir, sin embargo, que los dos subdirectores, y éste en particular, implicado en el proceso por la participación activa a que fue llamado, percibían que el procedimiento del conservador estaba determinado por un objetivo, por una estrategia, por una idea central. No podían imaginar en qué consistía esa idea y cuál era su objetivo, pero la experiencia y el conocimiento de la persona del jefe les decía que todas sus palabras y todos sus actos en este lance tenían que apuntar fatalmente a un fin, y que don José, colocado, por sí mismo o por circunstancias de la casualidad, en el camino, una de dos, o no pasaba de un inconsciente instrumento útil, o era, él mismo, su inesperada y a todas luces sorprendente causa. Raciocinios tan opuestos, sentimientos tan contradictorios, hicieron que la orden, por el tono en que fue comunicada a don José, se pareciera mucho más a un favor que el conservador le pedía a las claras y terminantes instrucciones que efectivamente había dado, Don José, dijo el subdirector, el jefe opina que el estado de su salud todavía no es bastante bueno para que haya venido a trabajar, visto el desmayo de hace poco, No fue un desmayo, no llegué a perder los sentidos, fue apenas un mareo momentáneo, Mareo o desmayo, momentáneo o para durar, lo que la Conservaduría General quiere es que usted se restablezca por completo, Trabajaré sentado lo más posible, en pocos días estaré como antes, El jefe piensa que lo mejor sería solicitar unos días de vacaciones, no los veinte de golpe, claro, pero quizás unos diez, diez días reposando, con buena alimentación, descanso, dando pequeños paseos por la ciudad, están ahí los jardines, los parques, el tiempo que se pone de rosas, una convalecencia en serio, en fin, cuando vuelva no lo vamos a reconocer. Don José miró asombrado al subdirector, verdaderamente no era conversación que se mantuviese con un escribiente, este discurso tenía algo de indecente. Obviamente, el jefe quería que él se marchara de vacaciones, lo que por sí mismo ya era intrigante, pero es que apenas mostraba una preocupación insólita y desproporcionada por su salud. Nada de esto correspondía a los patrones de comportamiento de la Conservaduría General, donde los planes de vacaciones eran siempre calculados al milímetro, de modo que se lograra, por la ponderación de múltiples factores, algunos sólo conocidos por el jefe, una distribución justa del tiempo reservado al ocio anual. Que, saltándose el programa de vacaciones ya elaborado para el año que corría, el jefe mandase sin más ni menos a un escribiente a casa era cosa que nunca se había visto. Don José estaba confundido, se le notaba en la cara. Sentía en la espalda las miradas perplejas de los colegas, notaba la impaciencia creciente del subdirector ante lo que debía de parecerle una indecisión sin fundamento, y estaba a punto de decir Sí señor como quien simplemente obedece una orden, cuando de súbito la cara se le iluminó toda, acababa de ver lo que podrían significar para él diez días de libertad, diez días para investigar sin ser atado a la servidumbre de las horas de servicio, al horario de trabajo, qué parques, qué jardines, qué convalecencia, en el cielo esté quien inventó las gripes, por tanto fue sonriendo como don José dijo, Sí señor, debía haber sido más discreto en la expresión, nunca se sabe lo que un subdirector es capaz de decirle al jefe, En mi opinión, reaccionó de un modo extraño, primero daba la idea de estar contrariado, o no había comprendido bien lo que le decía, luego fue como si le hubiera tocado el primer premio en la lotería, no parecía la misma persona, Sabe si él juega, Creo que no, era una manera de hablar, Entonces el motivo habrá sido otro. Don José estaba diciéndole al subdirector, realmente esos días me vendrán muy bien, debo agradecérselo al señor conservador. Yo le transmito su agradecimiento, Quizá debiera hacerlo personalmente, Sabe muy bien que no es ésa la costumbre, A pesar de todo, considerando lo excepcional del caso, dichas estas palabras, burocráticamente de las más pertinentes, don José giró la cabeza hacia donde estaba el conservador, no esperaba que él estuviera mirándolo, y menos aún que se hubiera percatado de toda la conversación, que era lo que sin duda pretendía mostrar con aquel gesto seco de la mano, al mismo tiempo displicente e imperioso, Déjese de agradecimientos ridículos, haga la solicitud y váyase.

En casa los primeros cuidados de don José fueron para la ropa guardada en el desván que le servía de armario.

Si antes estaba sucia, ahora se había transformado en una completa inmundicia, desprendiendo un olor agrio mezclado con el vaho del moho, hasta verdines se veían en las vueltas de los pantalones, imagínese, un fardo de ropa húmeda, chaqueta, camisa, pantalones, calcetines, ropa interior, todo envuelto en una gabardina que en aquel entonces chorreaba agua, cómo tendría que estar todo esto una semana después. Metió la ropa a bulto en una bolsa grande de plástico, se cercioró de que las fichas y el cuaderno de apuntes continuaran encajados entre el colchón y el somier, en la cabecera el cuaderno, a los pies las fichas, comprobó que la puerta de comunicación con la Conservaduría estaba cerrada con llave y, finalmente, fatigado pero con el espíritu tranquilo, salió para ir a una lavandería próxima de la que era cliente, aunque no de los más asiduos. La empleada no pudo o no quiso evitar una expresión de reproche cuando vació y diseminó el contenido de la bolsa sobre el mostrador, Perdone, si esto no ha estado de remojo en barro, lo parece, Casi acierta, don José, puesto a mentir, decidió hacerlo respetando la lógica de las posibilidades, Hace dos semanas, cuando traía esta ropa para limpiarla, se me rompió la bolsa y cayó toda al suelo, precisamente en un sitio que era un barrizal debido a las obras de la calle, acuérdese de que llovió mucho en esos días, Y por qué no trajo la ropa en seguida, Porque caí en la cama con gripe, sería un riesgo salir de casa, podía coger una neumonía, Esto le va a costar bastante más caro, tendremos que meterlo dos veces en la máquina, y así y todo, Qué le vamos a hacer, Y estos pantalones, mire en qué estado dejó los pantalones, no sé si realmente quiere que los limpie, fíjese en las rodilleras, parece que anduvo restregándose por una pared. Don José no se había percatado de la penuria a que quedaron reducidos sus pobres pantalones tras la escalada, medio pulidos por las rodillas, con un pequeño roto en una de las perneras, un perjuicio serio para una persona como él, tan mal provista de ropa. No tiene remedio, preguntó, Remedio tienen, será cuestión de mandarlos a una zurcidora, No conozco ninguna, Podemos ocuparnos nosotros, pero sepa que no le va a salir nada barato, las zurcidoras cobran lo suyo, Siempre será mejor que quedarme sin pantalones, O ponerles un remiendo, Remendados sólo podría usarlos en casa, nunca para ir al trabajo, Claro, Soy funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil, Ah, usted es funcionario de la Conservaduría, dijo la empleada de la lavandería con una modulación nueva de respeto en la voz, que don José creyó mejor pasar por alto, arrepentido de haber claudicado diciendo por primera vez dónde trabajaba, un profesional de asaltos nocturnos en serio no andaría por ahí sembrando pistas, imaginemos que esta empleada de lavandería está casada con el empleado de la ferretería donde don José compró el corta vidrios o con el de la carnicería donde compró la manteca, y que luego a la noche, en una de esas conversaciones banales con que los maridos y las mujeres entretienen la velada, salen a relucir estos pequeños episodios del cotidiano comercial, por mucho menos han ido otros criminales a la cárcel cuando se creían a salvo de cualquier sospecha.

En todo caso, no parece que haya peligro aquí, salvo si se oculta una intención de abyecta delación en lo que la empleada está diciendo, con una sonrisa simpática, que por esta vez hará un precio excepcional, haciéndose cargo la lavandería del importe de la zurcidora, Es una atención especial que tenemos con usted, por ser funcionario de la Conservaduría, precisó.

Don José agradeció educadamente, pero sin efusión, y salió. Iba descontento. Andaba dejando demasiados rastros por la ciudad, hablando con demasiadas personas, no era éste el tipo de investigación que había imaginado, a decir verdad no había imaginado nada, la idea se le ocurre ahora, la idea de buscar y encontrar a la mujer desconocida sin que nadie pueda percatarse de sus actividades, como si se tratase de una invisibilidad en busca de otra. En vez de ese secreto cerrado, de ese misterio absoluto, dos personas ya, la mujer del marido celoso y la señora del entresuelo derecha, tenían conocimiento de lo que estaba haciendo y eso, por sí solo, era un peligro, por ejemplo, vamos a suponer que cualquiera de ellas, con el laudable propósito de ayudar en las búsquedas, como corresponde a buenos ciudadanos, se presenta en la Conservaduría en su ausencia, Deseo hablar con don José, Don José no se encuentra de servicio, está de vacaciones, Ah, qué pena, le traía una información importante acerca de la persona que busca, Qué información, qué persona, don José no quería ni imaginar lo que vendría después, el resto de la conversación entre la mujer del marido celoso y el oficial, Encontré debajo de una tabla suelta de mi dormitorio un diario, Un periódico, No señor, un diario, de esos que a ciertas personas les gusta escribir, yo también tenía un diario antes de casarme, Y qué tenemos que ver nosotros con ese asunto, en la Conservaduría sólo nos interesa saber que las personas nacen y mueren, Tal vez el diario sea de algún pariente de la persona que don José investiga, No tengo información de que don José esté investigando a alguien, de cualquier modo no es cuestión que incumba a la Conservaduría General, la Conservaduría General no se mete en la vida particular de sus funcionarios, No es particular, don José me dijo que iba en representación de la Conservaduría, Espere un momento, que voy a llamar al subdirector, pero cuando el subdirector se aproximó al mostrador ya la señora mayor del entresuelo derecha hacía ademanes de retirarse, la vida le había enseñado que la mejor manera de defender los secretos propios es respetando los secretos ajenos, Cuando don José vuelva de vacaciones, haga el favor de decirle que estuvo aquí la vieja del entresuelo derecha, No quiere dejar su nombre, No es preciso, él sabe de quién se trata. Don José podía respirar aliviado, la señora del entresuelo derecha era la discreción en persona, nunca diría al subdirector que acababa de recibir una carta de su ahijada, La gripe me ha trastornado la cabeza, pensó, son fantasías que no pueden suceder, no hay diarios escondidos bajo el entarimado, y no será ahora, después de un silencio de tantos años, cuando ella va a tener la ocurrencia de escribir una carta a la madrina, y menos mal que la vieja tuvo el sentido común de no decir cómo se llamaba, a la Conservaduría General le bastaría tirar de esa punta del hilo para descubrirlo todo en poco tiempo, la copia de las fichas, la falsificación de la credencial, para ellos sería tan simple como juntar piezas sueltas con un dibujo delante. Don José se dirigió a casa, en este primer día no quiso seguir los consejos que el subdirector le había dado, los de pasear, ir al jardín a recibir el sol en su pálida cara de convaleciente, en una palabra, recuperar las fuerzas que la fiebre había consumido. Necesitaba decidir qué pasos le convendría dar a partir de ahora, pero necesitaba sobre todo sosegar una inquietud. Dejará su pequeña casa a merced de la Conservaduría, pegada a la ciclópea pared como si estuviese a punto de ser engullida por ella.
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