Libro III alquimia del espíritu humano una guía para la transición hacia la Nueva Era






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títuloLibro III alquimia del espíritu humano una guía para la transición hacia la Nueva Era
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un humano rico diferente a la de una suficiencia para toda la vida?

Y, sin embargo, les decimos que esta es una de las ideas nue­vas más difíciles de comprender por parte de ustedes: que tienen control sobre estas cosas. Pero eso es algo que, efectivamente, puede hacerse. Al graduarse, con la intención de recibir el im­plante neutral como un humano de la Nueva Era, empezarán a aprender cómo crear su propia abundancia. Ahora hemos utiliza­do el ejemplo del ave en el pasado, y quizá digan que eso está demasiado simplificado. Pero les decimos, queridos míos, que el ave despierta con apetito, a pesar de lo cual lo primero que hace es ponerse a cantar. Sabe de su abundancia y sostenimiento, pues co-creará su alimento sobre una base diaria. No le preocupa de dónde procede el alimento, pues sabe que se alimenta dia­riamente y se ha acostumbrado a ello, y que sus necesidades quedarán cubiertas. Y, sin embargo, algunos de ustedes dicen:«Sí, pero ¿cómo puede comparar un ave con un ser humano? Al fin y al cabo, los seres humanos tienen intelecto e inteligencia y tenderán a preocuparse, y son muy diferentes al ave». Y yo le digo, humano, que quizá saber que su intelecto y su inteligencia hará eso por usted le permita comprender también aquello que su intelecto y su inteligencia hacen en contra suya. Pues volve­mos a decirle que el intelecto sin intuición es su enemigo. Pue­den ustedes intelectualizarse hasta la muerte, hasta la enferme­dad y el desequilibrio, pero cuando eso se combina con el sí mismo espiritual, la intuición, y el sí mismo superior... ¡Ah!, juntos, esa naturaleza intelectual y la inteligencia, combi­nada con su sí mismo espiritual, serán el equilibrio del humano de la Nueva Era. La tríada que aparece ahora no es sutil para que algunos de ustedes comprendan, una vez más, el poder de los tres.

El siguiente atributo es el de las relaciones. Ese atributo, no te­nemos ni que decírselo, es a veces el más difícil. Hablamos ahora de las relaciones de todo tipo. Hablamos de madres e hijas, habla­mos de padres e hijos, y de socios. Todo el ámbito de las relacio­nes les fue ofrecido para pruebas. Cada vez que experimente difi­cultad en este ámbito, se le invita a co-crear su propia forma de salir de ello. Y, al hacerlo así, y eso se hace al nivel del compañero o de la compañera, observe cómo cambia. Pero más que eso, que­rido mío, al cambiar usted, observe la reacción de su pareja. En este ámbito le esperan verdaderos milagros siempre y cuando esté dispuesto a aceptarlos. Algunos de ustedes todavía se encuentran a la espera de encontrar a la pareja adecuada. Les decimos que es­tas cosas se pueden co-crear con resultados maravillosos, y les pedimos paciencia, pues sus ventanas de oportunidad están siendo preparadas incluso mientras esperan.

El siguiente atributo del humano de la Nueva Era se encuentra en el ámbito de la salud y la curación. El humano de la Nueva Era comprende el concepto de la autocuración, pues ha descubierto algo importante. Es crítico el matrimonio del intelecto, lo espiritual y la inteligencia con la biología (una vez más nos encontramos con la tríada). No se puede deambular de un lado a otro con su humanismo y su biología pensando que el Espíritu reside en la cabeza, mientras que el resto de usted mismo no es más que carne (el público se echa a reír). Y, sin embargo, algu­nos de ustedes lo hacen así. Y cuando las cosas andan mal con su cuerpo, dicen: «Esto o aquello ha funcionado mal», o bien: «Esto o aquello me ha hecho daño». Empiece por practicar un matrimonio con su biología. Pídale que les hable y que sea una sola cosa con usted mismo y, cuando algo le irrite, o sienta do­lor, examine por qué. Empiece por pensar en su cuerpo como «nosotros» en lugar de como una cosa, y eso le servirá, pues el humano de la Nueva Era los ve como uno. Esto es una informa­ción crítica para todos aquellos que desean vivir mucho tiempo. Y, hablando de eso, les decimos a aquellos de ustedes que se han desprendido de su karma: «El motor del karma es de hecho la muerte y el renacimiento y, cuando uno se desprende de eso ya no hay ninguna razón más para la muerte». En consecuencia, lo que le decimos es que le invitamos, al humano de la Nueva Era, a vivir una vida muy prolongada, mucho más prolongada de lo que haya podido imaginar. Haga más lento el proceso de envejecimiento, y procure co-crear espiritualmente para eliminar la hormona de la muerte. Tal y como hemos canalizado en el pasado, esto se encuentra al alcance de su capacidad, aunque será necesaria la práctica. No todos ustedes podrán hacerlo así inmediatamente, puesto que se trata de algo muy nuevo para ustedes y va en contra de todo lo que se le ha demostrado hasta el momento.

El siguiente atributo del humano de la Nueva Era es que hay en el planeta quienes son capaces de tener la magia. Tal y como les ha dicho mi socio con anterioridad, lo que eso significa, queridos míos, es lo que se explicó en el 11:11 y en el 12:12. Las entidades que están abandonando gradualmente este planeta le pasan la antorcha a ustedes. Este humano de la Nueva Era que es usted es capaz de tener la magia. ¡Oh, alégrese por esto, ya que es la primera vez que se lo hemos comunicado así a los hu­manos. Aquellos que deseen moverse hacia la ascensión, tendrán la magia. Aquellos que deseen moverse hacia la ascensión, pero que desean ser portadores de la luz y trabajadores de la luz, también tendrán la magia. Todos ustedes pueden tenerla, hasta cierto punto. Cada uno de ustedes ocupa un lugar, son detenta­dores de la iluminación y guardianes de la verdad; eso es lo que son. Pues la antorcha les ha sido pasada por los devas, y por aquellos que están en las rocas de las tierras y que se marchan en estos momentos. Y al honrarles, y sonreírles y dejar este pla­neta, lo hacen con honor, no con tristeza, pues nunca creyeron que pudiera suceder una cosa así. Aquí, la palabra clave es ho­nor. Toda la magia que les han atribuido a ellos es ahora suya. Son ustedes los únicos detentadores de la energía espacial de todo el planeta, y ya no tienen que compartir nada de ello con quienes la mantuvieron para ustedes durante tanto tiempo. No hay tristeza alguna en su marcha, ¡créanme!

El humano de la Nueva Era es pacífico. Y es pacífico porque observa la visión general y comprende lo que está sucediendo. A veces hemos llamado a esto «paz injustificada». Esta traducción quizá le sorprenda, pero se trata de la clase de paz que se siente aunque las cosas que sucedan a su alrededor estén en desorden. Es posible que se produzca el caos en su más inmediata cercanía y, sin embargo, al mirar a los que se encuentran sumidos en el casos, se siente usted en paz. Pues se siente seguro en el plan que usted mismo ha creado, y experimenta una sensación de paz, al margen de lo que esté sucediendo. Y les decimos, queridos míos, que incluso ante el fallecimiento de las personas queridas, pue­den tener paz, sabiendo perfectamente bien que ellas lo planifi­caron así antes de llegar aquí. Ya hemos hablado antes de estas cosas, y de lo apropiado que es el lamentar la ausencia de al­guien. Quizá alguno de ustedes haya perdido recientemente a un ser querido, y les decimos que ese ser querido se encuentra entre aquellos que ahora, en esta misma sala, les aman. ¿Se dan cuenta de la visión general, de tanto ir y venir? ¿Y de la unicidad del planeta para todos ustedes? El humano de la Nueva Era reconoce que es su propio antepasado. ¡Cuánto humor kármico hay en ello! Imagínense el dejarse mensajes destinados a sí mismos, una y otra vez, para luego buscarlos y encontrarlos. Son ustedes de toda clase de culturas y colores, incluso mientras permanecen sentados en esta sala o leen estas palabras. Este es el atributo del humano de la Nueva Era.

El atributo final del humano de la Nueva Era es el que resul­ta más difícil para muchos de ustedes, pues lo aprenderán con el transcurso del tiempo: paciencia y tolerancia. Pues les decimos que es el humano de la Nueva Era el que es tolerante con su ve­cino que no está iluminado y, por sencillo que eso pueda pare­cer, para ustedes será difícil el darse cuenta de ello hasta que no lo perciban ante sí mismos. Cuando otros les critiquen, es su to­lerancia, su paz y su paciencia lo que les permitirá volver a amarles, pues los verán entonces siguiendo sus propios procesos y no les juzgarán. El maravilloso rasgo del humano de la Nueva Era cuando se ve acusado, es el de pensar en el acusador y amar­lo en lugar de pensar en sí mismo. No es algo tan difícil de ha­cer, pues formará parte de su propia naturaleza como humano de la Nueva Era. Y aunque a sus adversarios les parecerá difícil creerlo, usted seguirá sin juzgarlos, pues los verá como parte de su propio proceso, tal como lo planificó. Ellos se encuentran en su vida por acuerdo previo, pero una vez que se haya desprendi­do de su karma, se encontrarán ante un muro de ladrillo cuando traten de sacarlo de sus casillas. Y, dentro de su propio proceso, es apropiado que ellos estén en su vida. Queridos míos, es críti­co para ustedes el saber esto. Algunos de ellos quizá no reciban nunca la clase de iluminación que tienen ustedes, y, sin embar­go, se encuentran en su camino, lo mismo que ustedes. No son diferentes. Han planificado con antelación, junto con ustedes, el estar aquí, y tienen un camino y un viaje propio que realizar. Así pues, criticarlos y juzgarlos sería como criticarse y juzgarse a sí mismo. Juzgarlos sería como juzgarse a sí mismo, pues cada uno de ellos forma parte de su plan colectivo.

Deseamos decirles ahora algo que quizá ya hayan observado en su planeta, y que tiene que ver con la «consciencia tribal». Deseamos que miren a su alrededor y vean qué está sucediendo en la Tierra. Pues en la nueva energía y con los cambios que se están produciendo, existirá para ustedes este elemento de cons­ciencia; y no es nada sorprendente que eso tenga que ver con el linaje. Queridos míos, todos los grandes conflictos y guerras menores que se producen en este planeta en estos precisos momentos, mientras están sentados en su silla, son tribales. A eso se ha llegado en este punto. Ya no se trata de una nación contra otra nación, de un país contra otro país, como en la vieja ener­gía. A partir de ahora se trata de una tribu contra otra tribu, y eso era lo que se esperaba. Hasta cierto punto, eso existirá du­rante el resto del tiempo que estén sobre el planeta, pues no to­dos serán iluminados.

Esta consciencia tribal es apropiada. Es interesante ver lo que el Espíritu desea que hagan con ello, pues representa la cons­ciencia de las «semillas del principio de la tribu de la Tierra». A medida que se unan a las otras tribus de la galaxia, deseamos que sientan su linaje, y en estos momentos lo sienten como linajes in­dividuales de las tribus del planeta. Les pedimos que unan estos sentimientos en un sentimiento de linaje humano, porque, queri­dos míos, se verán obligados a hacerlo más tarde. Pues en el fu­turo tendrán que negociar con otras tribus de la galaxia como si se tratara de una tribu humana del planeta Tierra. Así que les pe­dimos que consideren este pensamiento. Estas cosas quedarán más claras para ustedes a medida que transcurra el tiempo.

Otra advertencia que tenemos para ustedes es que convoca­mos a los líderes de las tribus para que traduzcan los lenguajes antiguos y los conviertan en uno solo. Y con ello nos referimos a lenguajes que tienen por lo menos diez mil años de antigüe­dad. Pedimos que los líderes espirituales de estas tribus, al mar­gen de cual sea su linaje sobre este planeta, unan todas estas en­señanzas y las comparen. Busquen las similitudes y procuren honrarlas como la verdad, tal como se muestren a sí mismas. No dependan de los escritos que tengan menos de diez mil años. Esto también irá quedando más claro para ustedes a medida que transcurra el tiempo.

Estas son las advertencias del Espíritu en la Nueva Era, y el honor que tenemos por ustedes, como seres humanos, para que puedan existir ahora en esta Nueva Era. Pues el Espíritu no puede hacer eso por sí mismo. Siguen siendo ustedes humanos que ca­minan por la Tierra en período de aprendizaje, y aún les quedan muchas lecciones por aprender. No lecciones kármicas, sino lec­ciones de la Tierra..., y más tarde serán lecciones galácticas. Pero, Por el momento, mientras recorren el camino como humanos iluminados, sentirán paz los unos respecto de los otros a medida que se presente, sin temor, aunque a veces tengan que afrontar lo des­conocido. Así es el humano de la Nueva Era.

(Comentario para el lector. Esta canalización fue transmitida pocos días después de que se produjera un fuerte terremoto en Japón, en enero de 1995.)

Nos detenemos por un momento ante una historia de Kryon para decirles una vez más en esta comunicación cómo les ve el Espíritu. Oh, queridos míos, en este preciso momento hay miles que solían ser humanos en este planeta, que han recogido su esencia en la cueva de la creación y que se encuentran en el salón del honor. Pues aquellos que han abandonado recientemente este planeta, y por los que ustedes sienten tanta pena, se encuentran sumidos en el éxtasis y la alegría en este preciso momento. Si pudieran verlo así, y si yo pudiera mostrarles la ceremonia de recompensas en las que están recibiendo sus colores, sentirían ustedes un profundo respeto. En el «ahora» del tiempo, cada uno de ellos tiene una oportunidad ilimitada para encontrarse en pre­sencia del Espíritu y ser honrado por su nombre, por su encarna­ción inmediata pasada y por haber cumplido su contrato. Si pu­dieran ustedes ver esto, experimentarían entonces una sensación completamente diferente acerca de la muerte humana.

Y ahora, permítanme contarles la historia acerca del padre y del hijo. Dejen que el amor sature cada uno de los poros de su cuerpo a medida que la verdad de esta historia real se despliega ante ustedes. Ahora es el momento de la curación por la que han venido y por la que están leyendo este libro. Sí, le hablo a usted directamente. ¡Sabemos quién es!

Hubo una vez en el planeta Tierra el padre. Ahora no era to­davía el padre, pero esperaba serlo, pues el nacimiento de un hijo era inminente. Confiaba en que fuese un hijo varón, pues tenía grandes planes para él. Era carpintero y deseaba enseñarle el oficio a su hijo. «Oh, tengo tantas cosas que enseñarle, como todos los trucos del oficio, y sé que se sentirá excitado y que perpetuará el linaje de nuestro oficio en esta familia», pensaba para sus adentros. Cuando se produjo el nacimiento y fue real­mente un hijo varón, se sintió abrumado de alegría. "¡Éste es mi hijo!", le gritó a todo el mundo. "Éste es aquel que perpetuará el linaje de la familia. Éste es el que llevará mi nombre. Éste es nuevo gran carpintero, pues yo le enseñaré todo lo que sé. Pasa­remos un gran tiempo juntos, mi hijo y yo."

A medida que el bebé creció y se hizo mayor, empezó a amar a su padre. Pues su padre lo adoraba, lo levantaba a cada oportuni­dad que se le presentaba, y le decía: «Hijo, espera a que pueda compartir contigo todas estas cosas. Te van a gustar mucho. Com­partirás nuestro linaje y el de nuestro oficio y nuestra familia, y nos sentiremos muy orgullosos de ti incluso mucho después de que yo me haya marchado». Pero, a lo largo del camino, sucedió algo insólito. A medida que progresaba la vida, el hijo se sintió lentamente sofocado por la atención del padre, y empezó a tener la sensación de que él tenía su propio camino que seguir, aunque el hijo no lo reconoció así con estas mismas palabras. Empezó en­tonces a rebelarse. Cuando el hijo alcanzó la edad de diez años, ya no se mostraba interesado por lo que el padre tenía que decirle acerca de la carpintería o del linaje. Y entonces le dijo a su padre: «Padre, le ruego que me honre; tengo mis propios deseos y ape­tencias. Hay cosas por las que me siento interesado y que no tie­nen nada que ver con la carpintería». Su padre, que no podía creer lo que estaba oyendo, le dijo: «Pero hijo, es que no lo compren­des. Mira, soy más sabio que tú, y puedo tomar decisiones en tu nombre. Permíteme enseñarte estas cosas. Confía en mí. Permíte­me ser lo que se supone que debo ser, como tu maestro, y pasare­mos un tiempo estupendo juntos, tú y yo». A lo que el hijo repli­có: «Yo no lo veo de ese modo, padre. No deseo ser carpintero, y tampoco deseo herir sus sentimientos, señor, pero tengo mi pro­pio camino que seguir y deseo hacerlo». Esa fue la última vez que el hijo llamó «señor» a su padre, pues el honor entre padre e hijo se deterioró gradualmente y disminuyó hasta que se convirtió en un vacío lleno de negrura y oscuridad.

A medida que el hijo fue creciendo, se dio cuenta de que el pa­dre continuaba acosándolo para que se convirtiera en algo que no deseaba ser. Así pues, el hijo abandonó el hogar, sin despedirse si­quiera del padre. En lugar de eso, le dejó una nota en la que le de­cía: «Te ruego que me dejes solo». El padre se sintió mortificado. «Mi hijo –pensó–. He pasado veinte años esperando a que llegara este momento. Se suponía que él iba a serlo todo..., el carpintero, el gran maestro del oficio que llevaría mi nombre. Me siento avergonzado. ¡Ha arruinado mi vida!» Y el hijo, a lo largo de su vida, pensó en su padre: «Este hombre ha arruinado muy infan­cia, y me ha configurado para ser algo que yo no he elegido ser. Y he decidido no sentir afecto por él». Y así fue como se produjo cólera y odio entre el padre y el hijo, y eso permaneció en sus vidas hasta la muerte. Y cuando el hijo tuvo un hijo propio, una hermosa hija, en ese momento pensó: «Quizá, sólo quizá, debería invitar a mi padre a ver a esta hija de su linaje». Pero luego reconsideró la idea, al pensar: «No, éste es el padre que arruinó mi infancia y que me odia. No voy a compartir nada con él». Y, de ese modo, el padre nunca llegó a conocer a su nieta.

Y así sucedió que, a sus ochenta y tres años, el padre murió. Y en su lecho de muerte, miró hacia atrás y dijo: «Quizá ahora en que mi muerte parece inminente, llamaré a mi hijo». Y así, en el momento de sabiduría, cercano ya a la muerte, sintiendo con su intuición y su conocimiento lo que se avecinaba, envió a buscar a su hijo. Pero recibió la respuesta de que su hijo no quería verle. «No me importa lo que te pase, pues has arruinado mi vida. Per­manece alejado de mí.» Y luego, el hijo añadió: «Me alegraré con tu muerte». ¡Oh, cuánta cólera y cuánto odio había en ello!

El hijo llevó una buena vida. Y también, pasados los ochenta años, murió rodeado por una familia que lo amaba tiernamente, y que lamentaba que su esencia ya no siguiera viviendo en el plane­ta Tierra. Y es aquí, queridos míos, donde empieza realmente la historia. Pues el hijo pasó a la cueva de la creación. Emprendió el camino de tres días en el que tomó su esencia y su nombre y pasó a continuación al salón del honor. Y allí pasó mucho tiempo en adoración, donde literalmente millones de entidades, en un esta­dio que ni siquiera se pueden imaginar, lo aplaudieron y lo honra­ron por todo aquello por lo que había tenido que pasar mientras estuvo en el planeta. Como comprenderán, queridos míos, todos ustedes han estado antes allí, pero eso es algo que no les podemos demostrar, pues echaría a perder el tiempo que pasarán aquí, y les daría demasiados recuerdos. Pero estarán allí algún día, para reco­ger el siguiente color. Pues estos colores son vistos por todos los que están en el Universo cuando se encuentren con ustedes. Sus colores son como una banda de identidad que indican que fue usted un guerrero de la luz en el planeta Tierra. Sé que les resulta di­fícil concebirlo en este momento en que se lo cuento, pero no por ello deja de ser menos cierto. No tienen ni idea de lo importantes que son estas singulares bandas de la Tierra. Algún día recordarán mis palabras, cuando se encuentren conmigo en la audiencia en el salón del honor.

Así pues, el hijo estaba allí, recibiendo sus premios y los nue­vos colores le fueron colocados en su energía, para que giraran con sus otros colores y mostraran a todos los que le rodeaban quién era. Y cuando terminó ese tiempo, el hijo, revestido con el manto de la verdadera entidad que era como entidad universal, entró en una zona donde vio inmediatamente a su mejor amigo, Daniel..., aquel al que había dejado para acudir al planeta Tierra. Y vio a Daniel desde el otro lado del vacío y exclamó: «¡Eres tú! ¡Te he echado tanto de menos!». Y se juntaron, por así decirlo, y se abrazaron, entremezclando sus energías. Y así fue con gran alegría como hablaron de los viejos tiempos universales de los que habían disfrutado juntos antes de que el hijo acudiera a la Tierra.

Mientras retozaba con su amigo Daniel por el Universo, un día le dijo: «¿Sabes Daniel que fuiste un gran padre sobre la Tierra». Y Daniel le dijo: «Mi mejor amigo, tú fuiste un hijo maravilloso. ¿No fue extraño todo aquello por lo que tuvimos que pasar como humanos? ¿Cómo pudo ser la dualidad tan completa que nos sepa­ró como buenos amigos mientras estuvimos en la Tierra? ¿Cómo pudo suceder algo así?». A lo que el antiguo hijo respondió: «Oh, eso sucedió así porque el velo era tan fuerte que ni siquiera sabíamos quiénes éramos realmente».

«Pero la planificación funcionó muy bien, ¿verdad?», pre­guntó el antiguo hijo.

«Sí, funcionó muy bien –replicó Daniel–, puesto que nunca tu­vimos ni siquiera un atisbo de la verdad acerca de quiénes éramos.»

Y así, dejamos a estas dos entidades que se dirigen hacia la siguiente sesión de planificación en la Tierra. Y escuchamos a uno de ellos diciendo: «¡Oh, hagámoslo de nuevo! Sólo que esta vez yo seré la madre y tú serás la hija.»

Esta preciosa historia se cuenta especialmente para aquellos de ustedes que están leyendo ahora, que aún tienen que reconocer el don de lo que están teniendo lugar en su vida..., o que to­davía tienen que reconocer a su mejor amigo.

Queridos míos, fíjense en el amor que necesitaron estas dos entidades para acordar el pasar por esto. Les hemos ofrecido un ejemplo de cólera y odio, pero eso no eran más que atributos kármicos. Eran temores que había que romper, y les digo ahora que si el hijo o el padre se hubieran dado cuenta durante su vida en la Tierra de quiénes eran en realidad, habrían afrontado el te­mor del odio y de la cólera, y habrían surgido de ello con amor. El otro, entonces, no lo habría podido resistir, y las cosas ha­brían sido diferentes para ambos. Esta es la lección del ser hu­mano de la Nueva Era. Independientemente de lo que crea que se encuentra ante usted, y de lo que parezca ser, es posible que sólo sea un temor tan delgado como el papel, listo para quedar disuelto, listo para convertirse en amor.

El amor, queridos míos, es el mayor poder que existe en el Universo. Esta energía de amor no es sólo aquello que les ofrece paz. Esta energía de amor no es sólo aquello que les ofrece ca­pacitación. Esta energía de amor es también la responsable de su silencio ante la acusación, de sus verdades universales y, al mis­mo tiempo, es también la responsable de las cosas menos ilumi­nadas que puedan imaginar sobre este planeta. Pues la fuente de su configuración kármica es también el amor. A veces, quizá asuma un rostro extraño, como el odio y la cólera, pero el amor es el rey del plan. Tiene sustancia, tiene espesor, tiene lógica y razón. Es la esencia del Universo, y se les transmite a ustedes esta noche.

Pues estamos ahora aquí para encontramos con ustedes me­diante una cita previa, ya que todas las palabras que se han pro­nunciado esta noche, se han manifestado sólo para que puedan disfrutar personalmente y alcanzar el cambio de corazón, o un cambio de energía. Y así, mi socio recorre esta distancia para ofrecerles estos mensajes: que él es amado en no menor medida de lo que son amados ustedes, que su tarea no es mayor que la suya, cuyo fin consiste en recibir el don de la nueva energía y convertirse en uno de estos humanos de la Nueva Era. Y, en el proceso, deben extenderse y tocar a sus guías, y sentir la electri­cidad y el magnetismo del amor que el Espíritu tiene sobre ustedes ahora mismo. Kryon sólo es uno más entre decenas de miles que son entidades invisibles en esta «su» Tierra.

Esperamos que este tiempo que hemos pasado juntos les ha­yan obtenido una visión general más amplia no sólo de quiénes son, sino también de quién es el que está sentado a su lado y finge no conocerle, pero que muy bien puede ser su mejor ami­go, o su antigua pareja. Existe una ironía aquí, durante esta no­che, ya que es posible que esta reunión sea la única vez que se ven los unos a los otros como seres humanos mientras se en­cuentran en período de aprendizaje en esta época. Ese es el hu­mor cósmico del Espíritu: que el funcionamiento del karma de grupo les haya hecho regresar una y otra vez para ver rostros fa­miliares que ni siquiera reconocen. Padres e hijos, madres e hi­jas, hermanos y hermanas. Les aseguramos que todos se cono­cen entre sí.

Ahora, mientras les rodeamos con amor, les recordamos la fa­milia que constituyen, y que la tribu a la que pertenecen es la del planeta Tierra. Así, cerramos esta vez diciendo que lo que han sentido esta noche y que ha sido dirigido a sus células, ya nunca podrá ser descartado. Pues formará parte de ustedes a partir de este momento, aún cuando no recuerden siquiera las palabras. Reciban este don, si así lo eligen. El Espíritu honra a todos y cada uno de ustedes que ha recorrido el trecho para sentarse en esta si­lla durante esta noche, o para leer estas palabras. Y no nos referi­mos necesariamente al trecho recorrido en las últimas horas, sino más bien al camino seguido a lo largo de su vida hasta llegar a este punto. Pues están ustedes en el «ahora», con nosotros, aquí. Todos aquellos que estén leyendo esto experimentan exactamente el mismo marco temporal y la misma energía que quienes están escuchando estas palabras sentados en sus sillas, en esta gran isla.

¿Cree realmente que ha elegido este libro por casualidad? Nuestro amor por usted es absoluto, y se le ofrece libremente, con aprecio por su persona.

Y así sea.
Kryon


Si le digo, querido mío, que sé quién es usted, lo digo en el sentido más pacífico imaginable. Del mismo modo que un querido amigo observa cuidadosamente una multitud y reconoce a alguien querido, yo le veo ahora y sé su nombre. No hay ninguna entidad en este planeta que no me haya visto, o que no haya participado en la ceremonia de mi energía desde el Gran Sol Central.



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