Gabriela, clavo y canela






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DE LA LLEGADA DEL BARCO



A pesar de la hora temprana, una pequeña multitud seguía los

penosos trabajos de desencallar el barco. Pegado fuertemente a la orilla, parecía anclado para siempre. Desde la punta del morro do Unháo, los cu­riosos veían al comandante y al práctico afanados, dan­do órdenes, a los marineros corriendo, a los oficiales apurados. Pequeños botes, llegados del Pontal, ronda­ban el navío.

Algunos pasajeros se reclinaban en la amurada, casi todos en pijama y chinelas, y alguno que otro vestido para el desembarco. Estos intercambiaban frases a los gritos, con los parientes que habían madrugado para recibirlos en el puerto, informaciones sobre el viaje, bromas sobre el encalle. De a bordo, alguien anuncia­ba a una familia que estaba en tierra:

-¡Murió sufriendo espantosamente, la pobrecita! Noticia que arrancó sollozos a una señora de media­na edad, vestida de negro, que se encontraba junto a un hombre delgado y sombrío, con señales de luto en el brazo y en la solapa del saco. Dos criaturas miraban el movimiento sin darse cuenta de las lágrimas maternas.

Entre los espectadores se formaban grupos, se cam­biaban saludos, se comentaba lo sucedido:

-Ese banco es una vergüenza...

-Es un peligro. Un día de estos algún barco va a quedar allí para siempre; ¡y adiós puerto de Ilhéus!. . .

-El gobierno ni se interesa...

-¿No se interesa? Lo deja así a propósito. Para que no entren navíos grandes. Para que la exportación continúe vía Bahía.

Tampoco la Intendencia hace nada, el Intendente no tiene voz activa. Sólo sabe decir "¡amén!" al go­bierno.

-Ilhéus necesita mostrar lo que vale.

El grupo que llegó del puesto de pescado enredá­base en conversaciones. El Doctor, con su habitual ex­citación, azuzaba al pueblo contra los políticos, contra los gobernantes de Bahía, por tratar al municipio con desprecio, como si no fuese el más rico, el más prós­pero del Estado, el que contribuía con mayores rentas a los cofres públicos. Esto sin hablar de Itabuna, ciu­dad que crecía como un hongo, municipio también sa­crificado a la incapacidad de los gobernantes, a la in­curia, a la mala voluntad para con el pueblo de Ilhéus.

-La culpa, sin embargo, es nuestra, debemos reco­nocerlo -dijo el Capitán.

-¿Cómo?

-Nuestra y de nadie más. Y es fácil probarlo; ¿quién manda en la política de Ilhéus? Los mismos hombres que hace veinte años. Elegimos intendente, diputado y senador estadual, o diputado federal a gente que no tiene nada que ver con Ilhéus, debido a compromisos antiguos, de los tiempos de Maricastaña.

Juan Fulgencio apoyaba:

-Eso mismo. Los "coroneles" continúan votando a los mismos hombres que los sostuvieron en aquella época.

-Resultado: que se arreglen solos los intereses de Ilhéus.

-Compromisos son compromisos... -se defendió el "coronel" Amancio Leal-. En los momentos de ne­cesidad se contó con ellos.

-Las necesidades ahora son otras...

El Doctor blandía el dedo:

--¡Pero esa desvergüenza va a terminar!. Elegiremos hombres que representen los verdaderos intereses de la tierra.

El "coronel" Manuel das Onzas se rió:

-Y los votos, Doctor ¿de dónde los va a sacar?

El "coronel" Amancio Leal habló con voz suave:

- Oiga, Doctor:se habla mucho de progreso, de ci­vilización, de la necesidad de cambiar todo en Ilhéus. No oigo otra conversación durante todo el día. Pero, dígame una cosa: ¿quién hizo este progreso? ¿No fui­mos nosotros, los plantadores de cacao? Tenemos nues­tros compromisos, tomados en los momentos difíciles, y no somos hombres de dos palabras. Mientras yo viva, mis votos serán para mi compadre Ramiro Bastos y para quien él indique. Ni me interesa saber su nombre. Fue él quien me dio mano fuerte cuando uno andaba jugándose la vida por estos pastos...

El árabe Nacib se incorporó a la rueda, todavía som­noliento, preocupado y abatido:

-¿De qué se trata?

El Capitán explicó:

-Es el eterno atraso... Los "coroneles" no compren­den que ya no estamos en los viejos tiempos, que hoy las cosas son diferentes. Que los problemas no son los mismos de hace veinte o treinta años atrás.

Pero el árabe no se interesó, distante como estaba de toda aquella discusión capaz de conmoverlo en cual­quier otro momento. Vuelto hacia su problema -el bar sin cocinera ¡un desastre!-, apenas asintió con la ca­beza a las palabras del amigo.

-Usted anda melancólico. ¿Por qué esa cara de entierro?

-Mi cocinera se me fue...

-Caramba, qué motivo... -el Capitán volvióse ha­cia la discusión, cada vez más exaltada, que reunía más personas a su alrededor.

Caramba, qué motivo... Caramba, qué motivo... Nacib se alejó unos pasos, como para colocar distancia entre él y la discusión perturbadora. La voz del Doctor se cruzaba, oratoria, con la voz más suave pero firme del "coronel" Amancio. ¡Qué le importaba la Inten­dencia de Ilhéus, diputados o senadores! Lo que sí le importaba era el banquete del día siguiente, ¡treinta cubiertos! Las hermanas Dos Reís, si aceptaban el en­cargo, pedirían un dineral. Y justo cuando todo iba tan bien...

Cuando compró el bar Vesubio, distante -distante no, porque las distancias en Ilhéus eran ridículas-, alejado del- centro comercial, del puerto donde estaban sus mayores frecuentadores, algunos amigos y su tío consideraron que iba a cometer una locura. El bar estaba en una decadencia de miedo, vacío, sin clien­tela, lleno de moscas. Prosperaban los bodegones del puerto, con su clientela hecha. Pero Nacib no quería continuar midiendo telas en el mostrador de la tien­da donde trabajaba desde la muerte del padre. No le gustaba aquel trabajo, mucho menos la sociedad con el tío y el cuñado (su hermana se había casado con un agrónomo de la Estación Experimental de Cacao) Mientras el padre vivía, la tienda iba bien, el viejo tenía iniciativa, era simpático. El tío, en cambio, hom­bre de familia grande y métodos rutinarios, marcaba el paso, temeroso, contentándose con poco. Nacib pre­firió vender su parte, anduvo en peligrosos negocios de compra y venta de cacao para hacer rendir más su di­nero, y acabó por adquirir el bar. Lo compró a un ita­liano, hacía ya cinco años. Aquel italiano se metió in­terior adentro, en la alucinación del cacao.

Un bar era buen negocio en Ilhéus, y mejor que éste, sólo el cabaret. Tierra de mucho movimiento, de gente que llegaba atraída por la fama de la riqueza, multitud de viajantes llenando las calles, mucha gente de paso, cantidad de negocios resueltos en las mesas de los ba­res, el hábito de beber corajudamente y la costumbre llevada por los ingleses, cuando se construía el Ferrocarril, de beber un aperitivo antes del almuerzo o de la cena, disputado en una partida de dados, eran há­bitos extendidos a toda la población masculina.

Antes del mediodía, y después de las cinco de la tar­de, los bares se llenaban.

El bar Vesubio era el más antiguo de la ciudad. Ocu­paba la planta baja de un edificio situado en la esqui­na de una pequeña y linda plaza, frente al mar, y donde se erguía la Iglesia de San Sebastián.

En la otra esqui­na, se había inaugurado recientemente el Cine-Teatro Ilhéus. La decadencia del Vesubio no se debía a su ubicación fuera de las calles comerciales, donde pros­peraban el Café Ideal, el Bar Chic o el "Trago de Oro", de Plínio Aragá, los tres principales rivales de Nacib. Debíase, sobretodo, al italiano, con la cabeza siempre en las plantaciones de cacao. No prestaba atención al bar, no renovaba las existencias de bebidas, nada hacía para satisfacer a los clientes. Hasta un gramófono viejo, en el que se tocaban discos de arias de óperas, esperaba un arreglo, cubierto de telas de araña. Sillas desvencijadas, mesas con las patas rotas, el billar con el paño roto. Hasta el nombre del bar, pintado con le­tras color de fuego sobre la imagen de un volcán en erupción, se había desdibujado con el tiempo. Nacib compró toda aquella porquería más el nombre y el lugar, por poco dinero. El italiano sólo se quedó con el gramófono y los discos.

Mandó pintar todo de nuevo, hacer nuevas mesas y sillas, trajo tablero de damas y "gamáo", vendió el billar a un bar de Macuco y construyó un reservado en los fondos para las partidas de pocker. Surtido de be­bidas, helados para las familias a la hora de los pa­seos por la tarde en la nueva avenida de la playa y a la salida de los cines y, sobre todo, los saladitos y los dulces para la hora del aperitivo. Un detalle aparente­mente sin importancia: los "acarajés", los "abarás” (comidas típicas), los bollitos de mandioca y pubá, las fritadas de "siri" blanda, de camarón o de bacalao, los dulces de "aipim" (mandioca), de maíz. Idea de Juan Fulgencio.

-¿Por qué no hace estas cosas para vender en el bar? -preguntó un día, masticando un "acarajé" de la vieja Filomena, preparado para exclusivo placer del árabe, amante de la buena mesa.

Al comienzo, sólo los amigos se hicieron clientes; la barra de la Papelería Modelo, cuando venía a discutir allí después del cierre del comercio, los amantes del "gamáo" y de las damas, y ciertos hombres más res­petables, como el Juez y el doctor Mauricio, poco da­dos a mostrarse en los bares del puerto en los que se mezclaban los parroquianos, y donde no era raro las violentas riñas con golpes y tiros de revólver. Poco después fueron las familias, atraídas por el helado o por los refrescos de frutas. Pero fue luego de haber iniciado el servicio de dulces y salados a las horas del aperitivo, cuando la clientela realmente comenzó a crecer, y el bar a prosperar. Las partidas de pocker, en el reservado, alcanzaron gran suceso. Para esos clientes -el "coronel" Amancio Leal, el rico Maluf, el "coronel" Melk Tavares, Ribeirito, el sirio Fuad de la zapatería, Osnar Faria, cuya única ocupación era jugar al pocker y apretar negritas en el morro de la Conquista, el doc­tor Ezequiel Prado, varios otros-, él guardaba, para la medianoche, platos de fritada, bollitos, dulces. La bebida corría a rabiar, y lo barato se hacía caro.

En poco tiempo, el Vesubio volvió a florecer. Superó al Café Ideal, al Bar Chic, siendo su movimiento ape­nas inferior al del "Trago de Oro". Nacib no podía que­jarse; trabajaba como un esclavo, es verdad, ayudado por Chico-Pereza y Pico-Fino, a veces hasta por el ne­grito Tuisca, que estableciera su caja de lustrabotas en el largo pasillo del bar, al lado de la plazuela, junto a las mesas al aire libre. Todo iba bien, a él le gustaba el trabajo; en su bar sabíanse todas las novedades, se comentaban hasta los mínimos acontecimientos de la ciudad, las noticias del país y del mundo. Una simpa­tía general rodeaba a Nacib, "hombre derecho y traba­jador", como decía el juez al sentarse, después de la cena, en una de las mesas al aire libre, para contem­plar el mar y el movimiento de la plaza.

Todo fue bien hasta ese día en que la loca Filome­na cumpliera su amenaza antigua.

¿Quién iría ahora a cocinar para el bar -y para él, Nacib, cuyo vicio era comer bien-, comidas condimentadas y pican­tes? Pensar en tener a las hermanas Dos Reis con carácter permanente era un absurdo, no solamente porque ellas no aceptarían sino también porque él no podría pagarles. Sus precios elevados absorberían todas las ganancias. Tenía que conseguir, aquel mismo día si fuese posible, una cocinera, y de las buenas, sin lo que...

-A lo mejor tiene que tirar toda la carga al mar para zafarse --comentó un hombre en mangas de ca­misa-. Está varado.

Nacib olvidó por un momento sus preocupaciones; las máquinas del barco roncaban sin resultado.

-Esto acabará... -terció la voz del Doctor en la discusión.

-Nadie sabe a ciencia cierta quien es ese tal Mun­dinho Falcáo. . . -atacaba Amancio Leal, siempre suave.

-¿No se sabe? Pues es el hombre que está en ese barco, el hombre que precisa Ilhéus.

El navío sacudíase, el cacao se arrastraba sobre la arena, los motores gemían, el práctico gritaba sus ór­denes. En el puente de comando apareció un hombre todavía joven, bien vestido, con las manos en pantalla sobre los ojos, buscando reconocer amigos

entre los espectadores.

-¡Allá está el... Mundinho! -avisó el Capitán. -¿Dónde?

-Allá arriba.. .

Se sucedieron los gritos: -¡Mundinho! ¡Mundinho! El otro escuchó, buscó el lugar de donde provenían las voces, saludó con la mano. Después descendió las escaleras, desapareció durante unos minutos para re­aparecer en la amurada, entre los pasajeros, risueño. Arrimando las manos en bocina a la boca, anunció:

-¡El ingeniero viene! -¿Qué ingeniero?

-Del Ministerio, para estudiar el banco de arena. Grandes novedades...

-¿Están viendo? ¡Lo que yo decía!

Por detrás de Mundinho Falcáo surgía una figura de mujer joven, con un gran sombrero verde y cabellos rubios. Sonriente, apoyaba su mano sobre el brazo del exportador.

-¡Caramba, qué mujer! Mundinho no pierde el tiempo...

-¡Qué bocado! -Ño-Gallo aprobó con la cabeza.

- El barco se balanceó violentamente, asustando a los pasajeros -la mujer rubia soltó un pequeño grito-, el fondo se desprendió de la arena, y un clamor alegre se elevó de tierra y de abordo. Un hombre moreno y flacucho con un cigarro en la boca, miraba indiferente al lado de Mundinho. El exportador le dijo algo, él rió.

-Ese Mundinho se sabe dar maña... -comentó con simpatía el "coronel" Ribeirito.

El navío pitó, con un silbido largo y libre, y rumbeó para el puerto.

-Sabe vivir bien, no es como nosotros -respondió, sin simpatía, el "coronel" Amancio Leal.

-Vamos a enterarnos de las novedades que Mun­dinho trae -propuso el Capitán.

-Adonde voy es a la pensión, a cambiarme de ropa y a tomar café -se despidió Manuel das Onzas.

-Yo también... -y Amancio Leal lo acompañó. La pequeña multitud se dirigía al puerto. El grupo de amigos comentaba la información de Mundinho. -Por lo que parece él consiguió mover el Ministerio. Ya era tiempo.

-¡El hombre tiene prestigio de verdad!

-¡Qué mujer! Bocado de rey... -suspiraba el "co­ronel" Ribeirito.

Cuando llegaron al puente ya el barco estaba en maniobras para atracar. Pasajeros con destino a Bahía, Aracajú, Maceió, Recife, miraban curiosos.

Mundinho Falcáo, uno de los primeros en desembarcar, de inmediato fue envuelto por los abrazos. El árabe se des­doblaba en reverencias.

—Engordó...

-Está más joven...

-Es que Río de Janeiro rejuvenece...

La mujer rubia -menos joven de lo que parecía de lejos, pero todavía más hermosa, bien vestida y bien maquillada, "una muñeca extranjera", como la clasifi­cara el "coronel" Ribeirito- y el hombre esquelético estaban parados junto al grupo, esperando. Mundinho hizo las presentaciones en un tono juguetón de propagandista de circo:

-El príncipe Sandra, mago de primera, y su esposa, la bailarina Anabela... Van a hacer una temporada aquí.

El hombre que, de a bordo, había anunciado la do­lorosa muerte de alguien, abrazado ahora con la fa­milia, en el muelle, contaba detalles tristes:

-¡Llevó un mes muriéndose, la pobrecita! Nunca na­die sufrió tanto... Gemía día y noche, partiendo el corazón. Crecieron los sollozos de la mujer.

Mundinho, los artistas, el Capitán, el Doctor, Nacib, los estancieros; salieron caminando por el puente. Pasaban cargadores con valijas. Anabela abrió una sombrilla. Mundinho Falcáo le propuso a Nacib:

-¿No quiere contratar a la muchacha para que baile en su bar? Ella ejecuta una danza de los velos, mi viejo, que sería un éxito...

Nacib elevó las manos:

-¿En el bar? Eso es para los cines o para los ca­barets... Lo que yo quiero es una cocinera.

Rieron todos.

El Capitán tomó del brazo a Mundinho: -¿Y el ingeniero?

-A fin de mes está aquí. El Ministro me lo garan­tizó.

DE LAS HERMANAS DOS REIS

Y DE SU PESEBRE
Las hermanas Dos Reís, la rolliza Quinquina y la debilucha Florita, de vuelta de la misa de siete en la Catedral, apuraron el paso menudo al ver a Nacib es­perando, parado junto al portón. Eran dos viejitas jo­viales, sumando ciento veintiocho años de sólida virgi­nidad indiscutida. Gemelas, eran cuanto restaba de

una antigua familia de Ilhéus, anterior a la época del cacao, de aquella gente que cediera su lugar a los de Sergipe, a los sertanejos, a los de Alagoas, a los árabes, italia­nos y españoles, a los de Ceará. Herederas de una bue­na casa, en la que vivían -codiciada por muchos "co­roneles" ricos- en la calle Coronel Adami, y de otras tres en la Plaza de la Matriz, vivían de los alquileres de éstas y de los dulces vendidos por la tarde por el criadito Tuisca. Dulceras celebradas, manos de hada en la cocina, a veces aceptaban encargos para almuer­zos y comidas de etiqueta. Su celebridad, sin embargo, aquello que las transformara en una institución de la ciudad, era el gran pesebre de Navidad, armado todos los años en una de las salas del frente de la casa pintada de azul. Trabajaban el año entero, recortando y pegan­do en cartulina figuras de revistas para aumentar el pesebre, motivo de su diversión y de su devoción.

-Madrugó hoy, don Nacib...

-Cosas que le suceden a uno.

-¿Y las revistas que nos prometió?

-Voy a traerlas, doña Florita, voy a traerlas. Estoy juntándolas.

La nerviosa Florita sacaba revistas a cuantas perso­nas conocía, mientras la plácida Quinquina sonreía. Pa­recían dos caricaturas salidas de un libro antiguo, con sus vestidos fuera de moda, los chales en la cabeza, sal­tarinas y vivaces.

-¿Y qué lo trae a esta hora?

-Quería tratar un asunto.

-Pues entre, entonces...

El portón conducía a una veranda donde crecían flo­res y plantas cuidadas con cariño. Una empleada, más vieja aún que las solteronas, encorvada por los años, pasaba por entre los canteros regándolos con un balde.

-Entre a la sala del pesebre -invitó Quinquina.

-¡Anastasia, sírvale un licor a don Nacib! -ordenó Florita-. ¿De qué prefiere? ¿De "genipapo" o de ana­ná? También tenemos de naranja y de maracujá...

Nacib sabía, por experiencia propia, que era necesa­rio beberse el licor -a aquella hora de la mañana, ¡Se­ñor!-, elogiarlo, indagar por los trabajos del pesebre, mostrar interés en él, si quería llevar a buen término sus negociaciones. Lo importante era garantir los sa­lados y los dulces del bar durante algunos días, y la comida de la Empresa de Omnibus, para la noche si­guiente. Hasta conseguir una nueva cocinera competente. Era una de aquellas casas de antaño, con dos salas de visita a la calle. Una de ellas desde hacía mucho que había dejado de funcionar como sala de visitas, era la sala del pesebre. Eso no significaba que estuvie­se armado el año entero. Solamente en diciembre era montado y expuesto al público, y allí quedaba hasta las proximidades del carnaval, cuando Quinquina y Flo­rita lo desarmaban cuidadosamente e iniciaban de in­mediato la preparación del próximo pesebre.

No era el único en Ilhéus. Existían otros, algunos hermosos y ricos, pero cuando alguien hablaba de "pe­sebre" era al de las hermanas Dos Reis al que se re­fería, pues ninguno se le podía comparar. Había ido creciendo, de a poco, en el correr de más de cincuen­ta años. Ilhéus era todavía un lugarejo atrasado, y Quinquina y Florita aún jovencitas inquietas y fieste­ras, muy solicitadas por los jovenzuelos (todavía hoy es un pequeño misterio el que hayan quedado soltero­nas, tal vez por haber escogido demasiado), cuando ar­maron su primer pesebre, pequeño. En aquel olvidado Ilhéus de otros tiempos, de antes del cacao, se esta­blecía entre las familias verdadera emulación para ver cuál de ellas presentaría un pesebre de Navidad más hermoso, completo y rico. La Navidad europea, con Papá Noel en carros de renos, vestido con ropas para nieve y frío, trayendo regalos a los niños, no existía en Ilhéus. Era la Navidad de los pesebres, de las visi­tas a las casas con la mesa puesta, de las cenas des­pués de la misa de gallo, de comienzo de las celebra­ciones populares, de los "reisados", de los "ternos” (representaciones de tres personas) de pastorcitas, de los "bumba-meu-boi", del vaquero y de la "caaporá" (demonio indígena).

Año tras año, las jóvenes Dos Reís fueron aumentan­do su pesebre. Y a medida que el tiempo de los bailes iba pasando, más tiempo le dedicaban, agregándole nue­vas figuras, ampliando el tablado sobre el cual era montado, terminando por abarcar tres de los cuatro la­dos de la sala. Entre marzo y noviembre, todas las ho­ras libres entre las visitas obligatorias a las iglesias (a las seis de la mañana para la misa, a las seis de la tarde para la bendición), la elaboración de sabrosos dulces vendidos por el criadito Tuisca a una clientela segura, las visitas a amigos y vagos parientes, y el comentario de la vida ajena con la vecindad, las dedi­caban a recortar figuras de revistas y almanaques, cuidadosamente pegadas después en cartulina. En los trabajos de montaje, a fin de año, eran ayudadas por Joaquín, empleado de la Papelería Modelo, tocador de bombo de la "Euterpe 13 de Mayo", que por lo mismo se consideraba un temperamento de artista. Juan Ful­gencio, el Capitán, Diógenes (dueño del Cine-Teatro Ilhéus, y protestante), alumnas del colegio de monjas, el profesor Josué, Ño-Gallo, a pesar de exaltado anti­clerical, eran asiduos abastecedores de revistas. Cuan­do, en diciembre, apretaba el trabajo, vecinas, amigas y jóvenes estudiantes después de los exámenes, venían a ayudar a las viejas señoritas. El gran pesebre había llegado a ser casi propiedad colectiva de la comunidad, orgullo de los habitantes, y el día desu inauguración, era día de fiesta, en el que la casa de las hermanas Dos Reis se llenaba, y los curiosos aglomerados en la calle, ante las ventanas abiertas, se esforzaban para ver el pesebre iluminado con lámparas multicolores, también trabajo de Joaquín, que en ese día glorioso se emborrachaba intrépidamente con los licores azucara­dos de las solteronas.

El pesebre, como era de esperarse, representaba el nacimiento de Cristo en el pobre establo de la distante Palestina. Pero, ¡ay! la árida tierra oriental apenas si hoy era un detalle en el centro del mundo variado donde se mezclaban democráticamente escenas y figuras de las más diversas, de los más variados períodos de la historia, ampliándose de año en año. Hombres célebres, políticos, hombres de ciencia, militares, literatos y ar­tistas, animales domésticos y feroces, macerados ros­tros de santo al lado de las radiantes encarnaciones de estrellas semidesnudas del cine.

Sobre el tablado se eleva una sucesión de colinas, con un pequeño valle en el centro donde quedaba el corral con la cuna de Jesús, María sentada a su lado, San José, de pie tomando por el cabestro a un tímido jumento. Esas figuras no eran las mayores ni las más ricas del pesebre. Por el contrario, parecían peque­ñas y pobres al lado de las otras, pero como pertene­cían al primer pesebre armado por ellas, Quinquina y Florita se empeñaban en conservarlas. Eso no sucedía con el grande y misterioso cometa anunciador del nacimiento, suspendido por hilos entre el corral y un cielo de paño azul perforado de estrellas. Era la obra maestra de Joaquín, blanco de elogios que le dejaban los ojos húmedos: una enorme estrella de cola roja, toda en papel celofán, tan bien concebida y realizada que parecía descender de ella toda la luz que resplande­cía en el inmenso pesebre.

En las proximidades del corral, vacas despertadas de su pacífico sueño por el acontecimiento, caballos, gatos, perros, gallos, patos y gallinas, animales variados, un león y un tigre, una jirafa, adoraban al recién nacido. Y, guiados por la luz de la estrella de Joaquín, allí estaban los tres reyes magos, Gaspar, Melchor y Bal­tasar, trayendo oro, incienso y mirra. Dos figuras bí­blicas, la de los reyes blancos, recortadas desde hacía mucho tiempo de un almanaque. En cuanto al rey ne­gro, cuya figura arruinara la humedad, recientemente había sido substituido por el retrato del sultán de Ma­rruecos, profusamente divulgado por los diarios y re­vistas de la época. (¿Qué mejor rey, en verdad, más indicado para substituir al estropeado Melchor, que aquél tan necesitado de protección, luchando con las armas en la mano por la independencia de su reino?)

Un río, filete de agua corriendo sobre el lecho de un caño de goma cortado en el medio, descendía de las colinas hacia el valle, y el ingenioso Joaquín había llegado a concebir y realizar hasta una catarata. Cami­nos cruzados por entre las colinas, dirigiéndose todos al corral, pueblitos levantábanse aquí y allá. Y en esos caminos, adelante de casas con las ventanas iluminadas, encontrábanse en medio de los animales los hombres y mujeres que, de alguna manera, se habían destacado en el Brasil y en el mundo, y cuyos retratos merecie­ron la consagración de las revistas. Allí estaba Santos Dumont al lado de uno de sus principales aviones, con un sombrero deportivo y su aire un poco triste. Pró­ximo a él, en la vertiente derecha de una colina, confa­bulaban Herodes y Pilatos. Más adelante, héroes de la guerra: el rey Jorge V de Inglaterra, el Káiser, el mariscal Joffre, Lloyd George, Poincaré, el Zar Nicolás. En la vertiente izquierda refulgía Eleonora Duse con una diadema en la cabellera y los brazos desnudos. Mezclábanse Rui Barbosa, J. J. Seabra l, Lucren Gutry, Víctor Hugo, Don Pedro II, Emilio de Menezes, el Barón de Río Branco , Zola y Dreyfus, el poeta Cas­tro Alves y el bandido Antonio Silvino. Al lado de las ingenuas estampas coloreadas, cuya visión arrancaba exclamaciones de las hermanas, encantadas:

-¡Qué hermoso para el pesebre!

En los últimos años había crecido grandemente el número de artistas de cine, principal contribución de las alumnas del colegio de monjas, y los William Far­num, Eddie Polo, Lía de Putti, Rodolfo Valentino, Carlitos, Lilian Gish, Ramón Novarro, William S. Hart, amenazaban seriamente dominar los caminos de las colinas. Y allá estaba hasta el mismísimo Vladimir Ilitch Lenin, el temido jefe de la revolución bolchevique. Ha­bía sido Juan Fulgencio quien cortara el retrato en una revista, entregándolo a Florita:

-Hombre importante... No puede dejar de estar en el pesebre.

Aparecían también figuras locales: el antiguo inten­dente Cazuza Oliveira, cuya admiración dejara fama, el fallecido "coronel" Horacio Macedo, conquistador de tierras.

Un dibujo -hecho por Joaquín, a instancias del doctor, representando a la inolvidable Ofenisia, ban­doleros de barro, escenas de celadas, hombre con rifles al hombro.

En una mesa, al lado de las ventanas, desparramá­banse revistas, tijeras, cola, cartulina. Nacib tenía apuro, quería convenir la comida de la Empresa de Omnibus, las fuentes de dulces y saladitos. Sorbió el licor de "genipapo", elogió los trabajos del pesebre:

-¡Este año, por lo que veo, va a ser formidable!

-Si Dios quiere...

-Muchas cosas nuevas, ¿no?

-¡Oh ... ni sabemos cuántas!

Sentábanse las dos hermanas en un sofá, muy tiesas, sonriendo al árabe en espera de sus palabras.

-Así es... Fíjense lo que me sucedió hoy... La vieja Filomena se me fue a vivir con el hijo en Agua Preta.

-No me diga... ¿Así es que se fue? Ella simpre de­cía.. . -hablaban las dos al mismo tiempo; era una noticia más para hacer circular...

-Yo no me esperaba esto. Y tan luego hoy: día de feria, de mucho movimiento en el bar. Y por si fuera poco, tengo encargado una comida para treinta personas.

-¿Treinta personas?

-Ofrecida por el ruso Jacob y por Moacir, del garage, para la inauguración de la empresa de ómnibus.

--¡Ah! -dijo Florita-. Ya sé.

-¡Bien! -dijo Quinquina- Oí hablar, sí. Dicen que viene el Intendente de Itabuna.

-El de aquí, el de Itabuna, el "coronel" Misael, el gerente del Banco de Brasil, don Hugo Kaufmann, en fin, toda gente de primera clase.

-¿Usted cree que ese asunto de los ómnibus va a resultar? -quiso saber Quinquina.

-Claro que va a resultar... Ya está resultando... Dentro de poco nadie viaja más en tren. Una hora de diferencia.

-¿Y el peligro? -preguntó Florita.

-¿Qué peligro?

-Peligro de darse vuelta... El otro día volcó uno en Bahía, leí en el diario, murieron tres personas.. .

-Yo no viajo en esos artefactos. El automóvil no fue hecho para mí.Puedo morir por culpa de un auto sólo si me agarra en la calle. Pero entrar yo dentro de uno, eso sí que no... -dijo Quinquina.

-Todavía el otro día el compadre Eusebio quería alzarnos a pulso a su auto para dar una vuelta. Hasta la comadre Noca nos llamó atrasadas... -contó Florita.

Nacib rió:

-¡Todavía las voy a ver comprando un automóvil!

-Nosotras... Ni aunque tuviésemos dinero...

-Pero vamos a nuestro asunto.

Negáronse, se hicieron rogar, pero terminaron acep­tando. No sin antes afirmar que sólo lo hacían por tra­tarse de don Nacib, un joven distinguido. ¿Dónde se había visto encargar una comida para treinta personas, y todas importantes, en la víspera? Sin hablar de los dos días perdidos para el pesebre, en los que no sobraría tiempo ni siquiera para recortar una figura. Además de tener que buscar quien las ayudase...

-Yo había apalabrado a dos muchachas para que ayudasen a Filomena. . .

-No. Nosotras preferirnos a doña Jucundina y a sus hijas. Ya estamos acostumbradas a ella. Y cocina bien.

-¿Y ella, no aceptaría cocinar para mí?

-¿Quién? ¿Jucundina? Ni piense en eso, don Nacib: ¿y la casa de ella, los tres hijos, ya hombres, el marido, quien iría a cuidarlos? Para nosotras; una que otra vez, ella viene, por amistad ...

Cobraban caro, un dineral. Por el precio que le hi­cieron la comida no dejaría ganancia. Si no fuera por­que Nacib ya había asumido el compromiso con Moacir y el ruso... Hombre de palabra, no iba a dejar plan­tados a los amigos, sin comida para sus invitados. Como tampoco podía dejar el bar sin los saladitos y los dul­ces. En caso de hacerlo, perdería la clientela, y el per­juicio sería mayor. Pero aquello no podía durar más de algunos días; de lo contrario, ¿adónde iría a parar?

-Es difícil encontrar cocinera buena... -se lamen­tó Florita.

-Cuando aparece una, es muy disputada... -com­pletó Quinquina.

Era verdad.

En Ilhéus una buena cocinera valía oro, las familias ricas las mandaban buscar en Aracajú, en Feira-de-Sant'Ana, en Estáncia.

-Entonces, está arreglado. Mando a Chico-Pereza con las compras.

-Y cuanto antes, don Nacib.

Levantóse extendiendo la mano a las solteronas. Miró una vez más la mesa llena de revistas, el pesebre por armar, las cajas de cartón repletas de figuras:

-Voy a traer las revistas. Y muchas gracias por sa­carme del aprieto...

-No hay de qué. Lo hacemos por tratarse de us­ted. Lo que necesita es casarse, don Nacib. Si estuviese casado no le sucederían estas cosas...

-Con tanta muchacha soltera en la ciudad... Y habilidosas.

-Yo sé de una espléndida para usted, don Nacib. Muchacha derecha, no es una de esas pretenciosas que sólo piensan en cine y en baile...

Distinguida, hasta sabe tocar el piano. Sólo que es pobre...

La manía de las viejas señoritas era arreglar casa­mientos.

Nacib rió:

-Cuando resuelva casarme vengo derechito para aquí, a buscar novia.

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