Gabriela, clavo y canela






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DE CÓMO NACIB DESPERTÓ SIN COCINERA



Nacib despertó con los fuertes golpes dados en la puerta de su habitación. Había llegado de madrugada; luego de cerrar el bar anduvo con Tonico Bastos y Ño-Gallo por los cabarets, acabando en la casa de María Machadáo con Risoleta, una recién llegada de Aracajú, un poco bizca.

-¿Quién es?

-Soy yo, señor Nacib. Para despedirme, me voy.

Un navío hacía oír su silbato cercano, llamando al práctico.

-¿Hacia dónde va, Filomena?

Nacib levantóse, prestando una atención distraída al silbato del navío -por el modo de pitar es un "Ita", pensaba-, mientras trataba de ver la hora en el reloj colocado al lado de la cama: seis de la mañana, y él había llegado alrededor de las cuatro. ¡Qué mujer aque­lla Risoleta! No es que se tratase de una belleza, hasta tenía un ojo torcido, pero sabía cosas, mordíale la punta de la oreja y se tiraba para atrás, riendo... ¿Qué clase de locura había atacado a la vieja Filomena?

-A Agua Preta, a quedarme con mi hijo...

-¿Qué diablos de historia es esa, Filomena? ¿Está loca?

Buscaba las chinelas con los pies, mal despierto to­davía, con el pensamiento puesto en Risoleta. El per­fume barato de la mujer aún persistía en su pecho ve­lludo. Salió descalzo hacia el corredor, metido en su camisón. La vieja Filomena esperaba en la sala, con su vestido nuevo, un pañuelo floreado en la cabeza y el paraguas en la mano. En el suelo, el baúl y un pa­quete con cuadros de santos. Había sido sirvienta de Nacib desde que él comprara el bar, hacía más de cua­tro años. Impertinente, pero limpia y trabajadora, seria a más no poder, era incapaz de tocar un centavo, y muy cuidadosa. "¡Una perla, una piedra preciosa!", acostumbraba a decir doña Arminda para definirla. Te­nía sus días de malhumor, cuando amanecía con la cara amoscada, entonces no hablaba sino para anunciar su próxima partida, el viaje a Agua Preta, donde su único hijo habíase establecido con un mercadito. Tanto hablaba de irse, de aquel famoso viaje, que Nacib ya no le creía, pensando que todo aquello no pasaba de manías inofensivas de la vieja, ya tan ligada a él, más persona de la casa que empleada, y casi una pariente lejana.

El navío hacía oír su silbato, Nacib abrió la ventana; era, como había adivinado, el "Ita" procedente de Río de Janeiro. Estaba llamando al práctico, parado ante la "piedra do Rapa".

-Pero, Filomena, ¿qué locura es ésa? Así, de re­pente, sin avisar ni nada... ¡Absurdo!

-¡Qué, don Nacib! Desde que crucé el marco de su puerta le vengo diciendo: "un día de estos me voy a juntar con mi Vicente..”

-Me podía haber dicho ayer que se iba hoy...

-Pero si le mandé un recado con Chico. Usted no le prestó atención, no apareció por casa... Realmente, Chico-Pereza, su empleado y vecino, hijo de doña Arminda, le había llevado juntamente con el almuerzo el recado de la vieja, anunciando su próxima partida. Pero como eso sucedía todas las semanas, Nacib lo había escuchado sin responder.

-Yo lo esperé toda la noche... Hasta la madrugada lo esperé. Pero usted andaba corriendo terneras por ahí, semejante hombre que ya debía estar casado, con la cola asentada en casa en vez de vivir cambiando de piernas, después del trabajo... Un día, a pesar de todo ese cuerpo, va a enfermarse y a estirar las patas...

Señalaba, con el dedo levantado, flaco y acusador, el pecho del árabe asomando por el cuello del camisón, bordado con pequeñas flores rojas. Nacib bajó los ojos, vio las manchas de lápiz labial. ¡Risoleta!...

La vieja Filomena y doña Arminda vivían criticando su vida de soltero, tirándole indirectas, planeando su casa­miento.

-Pero, Filomena...

-No hay nada más que decir, don Nacib. Me voy ahora mismo, Vicente me escribió, va a casarse, me necesita. Ya preparé mis cosas...

Y tan luego en vísperas del banquete de la Empresa de Omnibus Sur-Bahiana, contratado para el día si­guiente; una cosa como para tumbar a cualquiera, ¡tan luego treinta cubiertos!

-Adiós, don Nacib. Dios le proteja y le ayude a en­contrar una novia buena, que cuide de su casa...

-Pero, mujer, son las seis de la mañana, el tren sale recién a las ocho...

-Yo no me confío en los trenes, son bichos matre­ros. Prefiero llegar con tiempo...

-Deje por lo menos que le pague...

Todo aquello le parecía una pesadilla idiota. Mo­víase descalzo por la sala, pisando en el cemento frío, estornudó, lanzó bajito una maldición. A ver si todavía se resfriaba, para completar la situación... Maldita vieja loca...

Filomena extendía la mano huesuda, la punta de los dedos.

-Hasta otro momento, don Nacib. Cuando vaya por Agua Preta háganos una visita.

Nacib contó el dinero, agregó unos pesos de más -a pesar de todo, ella lo merecía-, la ayudó a tomar el baúl, el paquete pesado con los cuadros santos -an­tes colgados profusamente en su pequeña habitación de los fondos-, y el paraguas.

Por la ventana entraba la mañana alegre, y con ella la brisa del mar, el canto de un pájaro, y un sol sin nubes, luego de tantos días de lluvia. Nacib miró el barco; la lancha del práctico se aproximaba. Levantó los brazos desperezándose, y desistió de volver a la cama. Dormiría la siesta para estar en forma a la noche, había prometido a Risoleta volver. Diablo de vieja, había trastornado su día...

Fue hacia la ventana, y se quedó mirando cómo se alejaba su empleada. El viento del mar lo hizo estre­mecer. La casa, en la pendiente de San Sebastián, estaba situada casi detrás del muelle. Por lo menos habían cesado las lluvias. Tanto habían durado que casi perjudica la zafra, los frutos jóvenes de cacao, que pudieron pudrirse en los árboles si la lluvia hu­biese continuado... Los "coroneles" habían comen­zado a demostrar cierta inquietud. En la ventana de la casa vecina apareció doña Arminda, despidiendo con su pañuelo a la vieja Filomena, amiga íntima suya.

-Buen día, don Nacib.

-La loca de Filomena... Se fue...

-Ajá... Una coincidencia, don Nacib, que usted ni se imagina. Todavía ayer le dije a Chico cuando él llegó del bar: "Mañana, doña Filomena se va, el hijo le mandó una carta llamándola...".

-Él me dijo, sí, pero no lo creí.

-Ella se quedó hasta tarde esperándolo. Quedamos las dos conversando, sentadas en el batiente de su casa. Claro que usted no apareció... -rióse con una risita entre reprobadora y comprensiva.

-Ocupado, doña Arminda, mucho trabajo...

Ella no quitaba los ojos de las manchas de "rouge". Nacib se sobresaltó: ¿tendría también manchas en la cara? Probable, muy

probable...

-Si es lo que yo siempre digo: hombre trabajador como don Nacib hay pocos en llhéus... Hasta de ma­drugada...

-Y tan luego hoy -se lamentó Nacib-, con una comida para treinta cubiertos encargada en el bar para mañana a la noche...

-Yo ni lo sentí cuando entró, y eso que fui a dor­mir bien tarde, más de las dos de la mañana... Nacib rezongó alguna cosa; doña Arminda era la curiosidad en persona.

-Ni sé a qué hora llegué... Ahora, ¿quién irá a preparar el banquete?

-Un problema... Conmigo no puede contar. Doña Elizabeth está esperando la criatura en cualquier mo­mento, ya pasó del día. Fue por eso que estuve des­pierta y don Pablo podía venir a buscarme de repente. Además de eso, comida fina yo no sé hacer...

Doña Arminda, viuda, espiritista, lengua viperina, madre de Chico-Pereza, muchachito empleado en el bar de Nacib, era una partera afamada: muchos de los hijos de Ilhéus nacidos en los últimos veinte anos, nacieron en sus manos, y las primeras sensaciones del mundo que sintieran habían sido su endiablado olor a ajo, y su cara colorada de "sarará" (hormiga; crustáceo, mulato de pelo rubio, ojos claros y características negroides)

-¿Y doña Clorinda, ya tuvo el chico? El doctor Raúl no vino por el bar ayer...

-Ya sé, ayer por la tarde. Pero llamaron al médico, ese tal doctor Demóstenes. Esas novedades de ahora. Don Nacib, ¿usted no cree que es una indecencia que un médico agarre a la criatura? viendo desnuda a la mujer del otro? Falta de vergüenza...

Para Arminda, aquél era un asunto vital: los médicos comenzaban a hacerle la competencia; dónde se había visto tal descaro, un médico espiando a las mujeres de los otros, desnudas, en los dolores del parto... Pero la preocupación de Nacib era el banquete del día siguiente, y los bocados dulces y salados para el bar, problemas serios creados por el viaje de Filomena:

-Es el progreso, doña Arminda. Esa vieja me hizo una buena...

-¿Progreso? Descaro es eso... -¿Dónde voy a conseguir una cocinera?

-Lo único que puede hacer es encargar todo a las hermanas Dos Reis. . .

-Son muy careras, le arrancan la piel a uno... Y yo que había conseguido dos muchachas para que ayu­daran a Filomena...

-Así es el mundo, don Nacib. Cuando menos se es­pera, suceden

las cosas. Yo, por suerte, tengo al finado que me avisa. El otro día mismo, ni puede usted ima­ginarlo... Fue en una sesión, en casa del compadre Deodoro...

Pero Nacib no estaba dispuesto a oír las repetidas historias de espiritismo, especialidad de la partera. -¿Chico ya se despertó?

-Qué esperanza, don Nacib. El pobre llegó pasada la medianoche.

-Por favor, despiértelo. Necesito hacer muchas co­sas. Usted comprende: una comida para treinta per­sonas, toda gente importante, celebrando la instala­ción de la línea de ómnibus...

-Oí decir que uno se dio vuelta en el puente del río Cachoeira.

-Fantasía de la gente. Van y vienen llenos. Es un negoción.

-Mire que se ve de todo en llhéus ahora, ¿eh, don Nacib? Me contaron que en el hotel nuevo va a haber un ascensor, una caja que sube y baja solita...

-¿Lo despierta a Chico?

-Ya voy... ¡Cruz diablo, estas escaleras!

Nacib se quedó unos instantes en la ventana, mi­rando el navío de la "Costera" al que ya se aproxi­maba el práctico. Mundinho Falcáo debía llegar en ese barco, según había dicho alguien en el bar. Lleno de novedades, sin duda. También llegarían nuevas mu­jeres para los cabarets, para las casas de la calle Do Unháo, del Sapo, de las Flores. Cada navío, fuera de Bahía, Aracajú o de Río, traía un cargamento de mu­chachas alegres. Tal vez llegase también el automóvil del doctor Demóstenes; el médico estaba ganando un dinerón en su consultorio, el primero de la ciudad.

Va­lía la pena vestirse e ir al puerto para asistir al desembarque. Allá estaría ciertamente el grupo habitual de madrugadores. ¿Y quién sabe si no le darían noti­cias de una buena cocinera, capaz de cargar con el trabajo del bar? Cocinera, en Ilhéus, era una cosa rara, disputada por las familias, por los hoteles, pensiones y bares.

El diablo de la vieja...

Y tan luego cuando él había descubierto esa preciosidad de Risoleta. Cuando necesitaba estar con el espíritu tranquilo...

Por unos días, por lo menos, no veía otra solución que caer en las uñas de las hermanas Dos Reis. Cosa complicada es la vida: hasta ayer todo marchaba bien, él no tenía preocupaciones, había ganado dos partidas de "ga­máo" seguidas contra un rival tan fuerte como lo era el Capitán, había comido una "moqueca de siri" (guisado de cangrejos) real­mente divina en casa de María Machadáo, y había des­cubierto a aquella novata, Risoleta...

Y ahora, recién de mañanita, ya estaba repleto de problemas...

¡Qué porquería! Vieja loca...

La verdad es que estaba con nostalgias de ella, de su limpieza, del café por la ma­ñana con "cuscuz" de maíz, batata, banana frita, "bei­jús" (una masa de mandioca)... De sus cuidados maternales, de su solicitud, hasta de sus rezongos. Una vez que él cayera con fiebre, el tifus endémico de la época en la región, como el paludismo y la viruela, ella no se había ido del cuarto, hasta dormía en el suelo. ¿Dónde encontraría otra como ella?

Doña Arminda volvía a la ventana:

-Ya se despertó, don Nacib. Está bañándose.

-Voy a hacer lo mismo. Gracias.

-Después venga a tomar el café con nosotros. Café de pobre. Quiero contarle el sueño que tuve con el fi­nado. El me dijo: "Arminda, mi vieja, el diablo se apoderó de la cabeza de este pueblo de Ilhéus. Sólo piensan en dinero, sólo piensan en grandezas. Esto va a terminar mal... Van a comenzar a suceder muchas cosas..."

-Pues para mi, doña Arminda, ya empezó... Con ese viaje de Filomena. Para mí ya empezó.

Lo dijo en tono de burla, pero no sabía que realmente, ya había empezado. El barco recibía al práctico, manio­brando en dirección al banco de arena.


DE ELOGIO A LA LEY Y A LA JUSTICIA,

O SOBRE NACIMIENTO Y NACIONALIDAD
Era común que Nacib fuera llamado árabe, y hasta turco, pero es necesario dejar establecido y fuera de cualquier duda su condición de brasileño, nato, no na­turalizado. Había nacido en Siria, desembarcando en Ilhéus a los cuatro años, y había llegado hasta Bahía en un barco francés. En aquella época, siguiendo el rastro del cacao dispensador de dinero, a la ciudad de cantada fama llegaban diariamente, por los caminos del mar, del río y de la tierra, en los barcos, en las bar­cazas y lanchas, en las canoas, a lomo de burro, a pie abriendo camino, centenas y centenas de brasileños y extranjeros oriundos de todas partes: de Sergipe y de Ceará, de Alagoas y de Bahía, de Recife y de Río de Janeiro, de Siria y de Italia, del Líbano y de Portu­gal, de España y de los más variados "ghettos". Obre­ros, comerciantes, jóvenes en busca de porvenir, ban­didos y aventureros, un mujerío colorido, y hasta una pareja de griegos surgida sólo Dios sabe de dónde. Y todos ellos, inclusive los rubios alemanes de la re­cién fundada fábrica de chocolate en polvo, y los alta­neros ingleses del Ferrocarril, no eran sino hombres de la zona del cacao, adaptados a las costumbres de la región todavía casi bárbara con sus luchas sangrientas, emboscadas y muertes. Llegaban y a poco se transformaban en ilheenses de los mejores, verdade­ros "grapiúnas" plantando cacao, instalando tiendas y

almacenes, abriendo caminos, matando gente, jugando en los cabarets, bebiendo en los bares, construyendo poblaciones de rápido crecimiento, desgarrando la selva amenazadora, ganando y perdiendo dinero, sintién­dose tan de allí como los más antiguos hijos de Ilhéus, como los vástagos de las familias radicadas antes de la aparición del cacao...

Gracias a esa gente diversa, Ilhéus había comenzado a perder su aire de campamento de bandoleros, y a transformarse en ciudad. Eran todos, hasta el último de los vagabundos llegado para explotar a los "coro­neles" enriquecidos, factores del asombroso progreso de la zona.

Ilheenses por dentro y por fuera, además de brasi­leños naturalizados, eran los parientes de Nacib, unos Achcar envueltos en las luchas por la conquista de la tierra y cuyas hazañas fueron de las más heroicas y comentadas, comparables apenas con las de los Badaró, las de Blaz Damacio, del célebre negro José Nique, o las del "coronel" Amancio Leal. Uno de ellos, de nombre Abdula, el tercero en edad, murió en los fon­dos de un cabaret en Pirangi, después de abatir a tres de los cinco bandidos ensañados contra él, cuando dis­putaba pacíficamente una partida de póker. Los her­manos vengaron su muerte en forma inolvidable. Para mayor información sobre esos parientes de Nacib, basta recurrir a los anales del Tribunal, leer los discursos del Fiscal y de los abogados.

Verdad es que muchos eran los que le llamaban árabe o turco. Pero quienes lo hacían, eran, exacta­mente, sus mejores amigos, y en expresión de afecto, de intimidad. Pero le disgustaba que le llamasen turco, y cuando así lo hacían, repelía irritado el apodo, lle­gando a veces a enojarse:

-¡Turco será tu madre!

-Pero, Nacib...

-Todo lo que quiera, menos turco.

Brasileño -gol­peaba con la mano enorme el pecho velludo-, hijo de sirios, gracias a Dios.

-Arabe, turco, sirio, todo es lo mismo.

-¡Lo mismo un cuerno! Eso es ignorancia suya. Es no conocer historia ni geografía. Los turcos son unos bandidos, la raza más desgraciada que existe. No puede haber insulto mayor para un sirio que ser lla­mado turco.

-Bueno, Nacib, no se enoje. No fue para ofenderlo. Es que esas cosas de extranjeros, para mí son todas iguales...

Tal vez lo llamasen así, más por sus bigotes negros de sultán destronado, que le descendían por los labios y cuyas puntas él retorcía al conversar. Frondosos bi­gotes plantados en un rostro gordo y bonachón, de ojos desmesurados que se agrandaban al paso de las mujeres. Boca golosa, grande y de risa fácil. Un enorme brasileño, alto y gordo, cabeza chata y abundante cabellera, vientre demasiado desarrollado, "barriga de nueve meses", como bromeaba el Capitán cuando per­día una partida frente al tablero de damas.

-En la tierra de mi padre.. . -así comenzaban sus historias en las noches de largas charlas, cuando en las mesas del bar apenas si quedaban unos pocos amigos.

Porque su tierra era Ilhéus, la ciudad alegre ante el mar, las plantaciones de cacao, aquella zona ubé­rrima en la que se hiciera hombre. Su padre y sus tíos, siguiendo el ejemplo de los Achcar, habían ve­nido primero, dejando a la familia. Nacib había embarcado después, con su madre y su hermana, seis años mayor, cuando aún no había cumplido cuatro años. Recordaba vagamente el viaje en tercera clase, el des­embarco en Bahía, donde el padre fuera a esperarlos. Después la llegada a Ilhéus, la ida a tierra en una canoa, pues en aquel tiempo no existía ni el puente de desembarque. De lo que no se acordaba era de Siria, ningún recuerdo le había quedado de la tierra natal, tanto se había mezclado a ella la nueva patria, y tanto se había hecho brasileño e ilheense. Para Nacib era como si hubiese nacido en el momento mismo de la llegada del barco a Bahía, cuando recibiera el beso del padre envuelto en lágrimas. Por otra parte, lo primero que hiciera el mercachifle Aziz luego de la lle­gada a Ilhéus, había sido llevar los hijos a Itabuna, entonces Tabocas, a la escribanía del viejo Segismun­do, para anotarlos como brasileños.

Proceso rápido de naturalización que el respetable escribano practicaba con la perfecta conciencia del de­ber cumplido, por unos pocos pesos. No teniendo alma de explotador, cobraba barato, colocando la operación legal al alcance de todos, haciendo de los hijos de esos inmigrantes cuando no de ellos mismos venidos para trabajar en nuestra tierra, auténticos ciudadanos brasi­leños, con la venta de buenos y válidos certificados de nacimiento.

Sucedió que la antigua escribanía se incendió en una de aquellas luchas por la conquista de la tierra, y el fuego devoró indiscretas mediciones y escrituras de las tierras de Sequeiro Grande, cosa que está con­tada en un libro. No era culpa de nadie, por lo tanto, y mucho menos del viejo Segismundo, que los libros de registro de nacimientos y muertes, todos ellos, hu­bieran sido consumidos en el incendio, obligando a nue­vo registro a centenas de ilheenses (en ese tiempo Ita­buna todavía era distrito del municipio de Ilhéus). No existían libros de registros, pero sí existían testigos idó­neos que afirmaban que el pequeño Nacib y la tímida Salma, hijos de Aziz y de Zoraya, habían nacido en el arrabal de Ferradas, siendo registrados en la oficina, antes del incendio. ¿Cómo podría Segis­mundo, sin cometer una grave descortesía, dudar de la palabra del "coronel" José Antunes, rico estanciero, o del comerciante Fadel, establecido con tienda de géne­ros, y que gozaba de crédito en la plaza? ¿O aún de la palabra más modesta del sacristán Bonifacio, presto siempre a aumentar su parco salario sirviendo en ca­sos así, como fidedigno testigo? ¿O del perneta Fabia­no, corrido de Sequeiro do Espinho, y que no poseía otro medio de vida fuera de ese de testimoniar?

Cerca de treinta años habían pasado sobre tales he­chos. El viejo Segismundo murió rodeado de la esti­ma general y hasta hoy se recuerda su entierro. Toda la población había concurrido, ya que desde hacía mu­cho tiempo él no tenía enemigos, ni siquiera los que le habían incendiado la oficina.

Ante su tumba hablaron oradores celebrando sus virtudes. Había sido -afirmaban- un servidor admi­rable de la justicia, para las generaciones futuras.

Registraba fácilmente como nacido en el municipio de Ilhéus, Estado de Bahía, Brasil, a cuanta criatura le llevasen, sin mayores investigaciones, y aun cuando parecía evidente el nacimiento después del incendio. Ni escéptico ni formalista, tampoco podía haberlo sido en el Ilhéus de los comienzos del cacao. Campeaba la tra­moya, la falsificación de escrituras y mediciones de tierras, las hipotecas inventadas, las escribanías y los notarios eran piezas importantes en la lucha por la con­quista y escrituración de las tierras. ¿Cómo distinguir un documento falso de uno verdadero? ¿Cómo pensar en míseros detalles legales como el lugar y la fecha exacta del nacimiento de una criatura, cuando se vi­vía peligrosamente en medio de los tiroteos, de las bandas de matones armados, de las emboscadas mor­tales? La vida era bella y variada, ¿cómo iba a desme­nuzar nombres de localidades el viejo Segismundo? ¿Qué importaba, en realidad, dónde naciera el brasi­leño a registrarse, aldea siria o Ferradas, sur de Ita­lia o Pirangi, Trás-os-Montes o Río de Brago? El vie­jo Segismundo ya tenía demasiadas complicaciones con los documentos de posesión de la tierra, ¿por qué ha­bría de dificultar la vida de honestos ciudadanos, que lo único que deseaban era cumplir con la ley, regis­trando a sus hijos?

Simplemente, confiaba en la pala­bra de aquellos simpáticos inmigrantes, les aceptaba sus modestos regalos, acompañados de testimonios idó­neos, de personas respetables, hombres cuya palabra a veces valía más que cualquier documento legal.

Y, si alguna duda restaba en el espíritu, no era el pago más elevado del registro y del certificado, el corte de género para su esposa, la gallina o el pavo para su hogar, lo que dejaba en paz su conciencia. Era que él, como la mayoría de la población, no medía por el na­cimiento al verdadero "grapiúna" y sí por su trabajo en beneficio de la tierra, por su coraje para entrar en la selva y afrontar la muerte, por las plantas de cacao plantadas, o por el número de puertas de las tiendas y almacenes, por su contribución al desenvolvimiento de la zona. Esa era la mentalidad de Ilhéus, y también la del viejo Segismundo, hombre con larga experiencia de la vida, de amplia comprensión humana y de pocos es­crúpulos. Experiencia y comprensión colocados al servi­cio de la región del cacao. En cuanto a los escrúpulos, no ha sido con ellos con los que las ciudades del sur de Bahía progresaron, con lo que se trazaron carreteras, se plantaron las estancias, se creó el comercio, constru­yeron edificios, fundaron periódicos, exportóse cacao al mundo entero. Fue con tiros y celadas, con falsas escrituraciones y mediciones inventadas, con muertes y crímenes, con asesinos y aventureros, con prostitutas y jugadores, con sangre y coraje.

En una oportunidad, Segismundo recordó sus escrúpulos. Se trataba de la medición de la mata de Sequeiro Grande y le ofrecían poco por la tramoya legalista: le crecieron súbitamen­te los escrúpulos. En vista de eso, le quemaron la ofi­cina y le metieron una bala en la pierna. La bala, por error, esto es: por error se la metieron en la pierna, pues estaba destinada al pecho de Segismundo. Desde entonces quedó menos escrupuloso y más barato, más "gra­piúna" todavía, gracias a Dios. Por eso, cuando murió octogenario, su entierro se transformó en verdadera manifestación de homenaje a quien fuera, en aquellos parajes, ejemplo de civismo y devoción a la justicia.

Por esa mano venerada, Nacib fue hecho brasileño nato en cierta tarde lejana de su primera infancia, ves­tido con verde bombachón de terciopelo francés.

DONDE APARECE MUNDINHO FALCAO,

SUJETO IMPORTANTE, MIRANDO A ILHÉUS

A TRAVÉS DE UN LARGAVISTA
Desde el puente de comando del barco, en espera del práctico, un hombre todavía joven, bien vestido y bien afeitado, miraba la ciudad con aire levemente so­ñador. Algo, tal vez las pupilas negras, tal vez los ojos rasgados, le daba un toque romántico y hacía que las mujeres notasen de inmediato su presencia. Pero la boca dura y el mentón fuerte denunciaban al hom­bre decidido, práctico, sabedor de sus deseos y de cómo conseguirlos. El comandante, rostro curtido por el vien­to, mordiendo una pipa, le extendió el largavista. Mun­dinho Falcáo dijo, al recibirlo:

-Ni lo preciso... Conozco casa por casa, hombre por hombre. Como si hubiese nacido allí, en la playa -señalaba con el dedo-. Aquella casa, la de la iz­quierda al lado de aquel caserón, es la mía. Puedo decir que fui yo quien construyó esa avenida...

-Tierra de dinero, de futuro -habló el capitán, como un conocedor-. Sólo que el banco de arena es una desgracia.

-Ya resolveremos eso -anunció Mundinho-. Y muy pronto...

-Dios lo oiga. Cada vez que entro aquí tiemblo por mi barco. No hay barra peor en todo el norte.

Mundinho levantó el largavista, y lo llevó a los ojos. Vio su casa moderna, construida por un arqui­tecto traído de Río. Los sobrados de la Avenida, los jardines del Palacio del "coronel" Misael, las torres de la Iglesia Matriz, el grupo escolar. El dentista Os­mundo, envuelto en una bata, salía de la casa para su baño de mar, tomado bien de mañanita, para no escandalizar la población. En la plaza San Sebastián ni una persona se veía. El bar Vesúbio, tenia sus puer­tas cerradas. El viento de la noche había derribado un cartel de anuncio en el frente del cine. Mundinho exa­minaba cada detalle atentamente, casi con emoción. La verdad es que cada vez le gustaba más aquella tierra, no lamentaba el alocado arrobo que un día lo trajera, pocos años antes, hasta allí, como un náufrago a la deriva, al que cualquier tierra sirve para salvarse. Pero esa no era una tierra cualquiera. Allí crecía el cacao. ¿Dónde aplicar mejor su dinero, multiplicarlo? Basta­ba tener disposición para el trabajo, cabeza para los negocios, tino y audacia. Él poseía todo eso y algo más: una mujer para olvidar, una pasión imposible que arrancar del pecho y del pensamiento.

Esta vez, en Río, tanto la madre cuanto los hermanos habían manifestado unánimemente que estaba cam­biado, diferente.

Lourival, su hermano mayor, no pudo dejar de reco­nocer con su voz desdeñosa, de hombre siempre has­tiado:

-No hay duda, el muchachito ha madurado.

Emilio había sonreído, chupando su cigarro:

-Y está ganando dinero. No debíamos -hablaba ahora a Mundinho- haber permitido que partiese. Pero ¿quién podía adivinar que nuestro joven galán tenía habilidad para los negocios? Aquí nunca revelaste gusto sino para la farra. Y cuando te fuiste, llevándote tu dinero, ¿qué podíamos imaginar, como no fuera una locura más, mayor que las otras? Era cosa de esperar tu vuelta para encaminarte en la vida.

La madre había concluido, casi irritada:

-Él ya no es un chiquillo. -¿Irritada con quién? ¿Con Emilio por decir tales cosas, o con Mundinho, que ya no venía más a solicitar dinero, después de despilfarrar la abundante mensualidad?

Mundinho los dejaba hablar, gozaba aquel diálogo. Cuando no tuvieron nada que decir, entonces anunció: -Pienso meterme en política, hacerme elegir cual­quier cosa. Diputado, tal vez... Poco a poco estoy trans­formándome en un hombre importante de la tierra. ¿Qué piensas, Emilio, de verme subido a la tribuna para responder a uno de esos discursos tuyos de adu­lación al gobierno? Quiero estar en la oposición.

En la gran sala austera de la residencia familiar, los muebles solemnes, la madre dominándolos como una reina, con los ojos altivos y la cabellera blanca, estaban los tres hermanos conversando. Lourival, cu­yas ropas eran encargadas a Londres, jamás había aceptado una diputación o senaduría. Hasta un minis­terio había rechazado cuando le fuera ofrecido. Gober­nador de San Pablo, ¿quién sabe?, tal vez aceptase en caso de ser elegido por todas las fuerzas políticas. Emi­lio era diputado federal, electo y reelecto sin el menor esfuerzo. Los dos, mucho mayores que Mundinho, se espantaban ahora de verlo hecho un hombre, creando sus propios negocios, exportando cacao, obteniendo ga­nancias envidiables, hablando de aquella tierra bárbara en donde fuera a meterse sin que nadie supiera jamás por qué motivo, anunciándose después como diputado para muy en breve.

-Te podemos ayudar -dijo, paternalmente, Lou­rival.

-Haremos poner tu nombre en la lista del gobierno, entre los primeros. Elección garantizada --completó Emilio.

-No vine aquí para pedir, vine para comunicarles mi decisión.

-Orgulloso el muchachito... -murmuró Lourival, desdeñoso.

-Solo, no te harás elegir -previno Emilio.

-Me haré elegir solo. Y por la oposición. Gobierno, sólo quiero serlo allá mismo, en Ilhéus. Gobierno que voy a tomar, por que no vine aquí para solicitárselo a ustedes, muchas gracias.

La madre alteró su voz:

-Puedes hacer lo que quieras, nadie te lo impide. Pero ¿por qué te alzas contra tus hermanos? ¿Por qué te separas de nosotros? Ellos te quieren ayudar, son tus hermanos.

-Ya no soy un chico mamá, usted misma lo dijo. Después refirió cosas de Ilhéus, de las luchas pa­sadas, del bandidismo, de las tierras conquistadas a bala, de su progreso actual y de los problemas. -Quiero que me respeten, que me hagan hablar en nombre de ellos en la Cámara. ¿Qué ganaría yo si ustedes me metiesen en una lista? Para representar la firma, basta Emilio. Soy un hombre de Ilhéus.

-Política de lugareño. Con tiroteos y banda de mú­sica -sonrió Emilio entre irónico y condescendiente.

-¿Para qué correr peligro cuando no es necesario? -preguntó la madre, escondiendo el temor.

-Para no ser apenas el hermano de mis hermanos. Para ser alguien.

Había andado por Río de Janeiro, por los minis­terios, tuteando a los ministros, entrando a verlos sin antesalas; ¿cuántas veces no encontró a cada uno de ellos en su casa, sentados a la mesa presidida por su madre, o en la casa de Lourival, en San Pablo, sonriendo a Madelaine? Cuando el ministro de Educa­ción, su rival en la disputa de las gracias de una ho­landesa, años antes, le dijera que ya había respondido al gobernador de Bahía afirmando que sólo podría ofi­cializar el colegio de Enoch a comienzo del año, Mun­dinho había reído:

-Hijo mío, tú le debes mucho a Ilhéus. Si yo no hubiese emigrado

para allá jamás habrías dormido con Berta, la holandesa viciosa. Quiero la oficialización aho­ra. Al gobernador puedes exhibirle la ley. A mí, no. Para mí lo ilegal, lo difícil, lo imposible...

En el ministerio de Vialidad y Obras Públicas pidió un ingeniero. Al ministro habíale contado toda la his­toria de la barra de Ilhéus, de los depósitos de Bahía, los intereses de gente ligada al yerno del gobernador. Aquello era imposible. Justo, sin duda, pero imposible, mi querido amigo, completamente imposible, el gober­nador rugiría de rabia.

-¿Fue él quien te nombró?

-No, es claro...

-¿Puede echarte? –

-Creo que no...

-¿Y entonces?

-¿No comprendes?

-No. El gobernador es viejo y el yerno un ladrón, no valen nada. Fin del gobierno, fin de un clan. ¿Vas a ponerte contra mí, contra la región más próspera y po­derosa del estado? Tontería.

El futuro soy yo, el gober­nador es el pasado. Además de que, si recurro a ti es por amistad. Puedo ir más arriba, bien lo sabes. Si ha­blo con Lourival y Emilio, tú recibirás órdenes del pre­sidente de la República para mandar al ingeniero. ¿No es verdad?

Divertíalo aquel chantaje con el nombre de los her­manos a los que, por ningún precio, pediría nada. Co­mió con el ministro a la noche; había música y muje­res, champaña y flores.

Al mes siguiente el ingeniero estaría en Ilhéus.

Durante tres semanas anduvo por Río, volviendo a la vida de antes: a las fiestas, a las farras, a las jóve­nes de la alta sociedad, a las artistas de teatro musical. Admirábase de que todo aquello que fuera su vida du­rante tantos años y años, le sedujera tan poco ahora, fatigándole. Realmente sentía nostalgia de Ilhéus, de su oficina llena de movimiento, de las intrigas, de los dimes-y-diretes de ciertas figuras locales. Nunca ha­bía pensado en que podría adaptarse con tanta facili­dad, que se aficionaría tanto a su ciudad. La madre le presentaba jovencitas ricas, de familias importantes, buscábale una novia que lo arrancase de Ilhéus.

Lou­rival quería llevarlo a San Pablo, porque Mundinho todavía era socio de los establecimientos de café y de­bía visitarlos. No fue: la herida de su pecho apenas había cicatrizado, la imagen de Madelaine hacía muy poco que desapareció de sus sueños, no quería volver a verla, a hacer sufrir sus ojos. Pasión monstruosa, jamás confesada, pero sentida por ella y por él, siempre a un

paso de arrojarse uno en brazos del otro.

A Ilhéus debía su cura, para Ilhéus vivía ahora.

Lourival, desdeñoso y aburrido, tan superior, tan inglés en su suficiencia, viudo sin hijos de una mujer millonaria, habíase casado nuevamente de súbito, en uno de sus frecuentes viajes a Europa, con una francesa, modelo de una casa de modas. Gran diferencia de edad separaba a marido y mujer, Madelaine mal escondía las razones por las que se casara.

Mundinho sintió que si no partía definitivamente nada podría hacer, ninguna consideración moral, ningún escándalo, ningún remor­dimiento posible, impediría que terminasen uno en bra­zos del otro. Los ojos perseguíanse por la casa, las ma­nos temblaban al tocarse, las voces enronquecían. Mal podía imaginar el desdeñoso y frío Lourival que su hermano más joven, el alocado Mundinho, rompiera con todo por su causa, por cariño al hermano.

Ilhéus lo había sanado; estaba curado, hasta podría, ¿quién sabe?, mirar a Madelaine, ya nada sentía por ella. Con el largavista recorre la ciudad de Ilhéus, ve al árabe Nacib en su ventana. Sonríe porque el dueño del bar le recuerda al Capitán, eran sus rivales habi­tuales en el juego de damas y en el "gamáo".

El Ca­pitán iba a servirle mucho. Habíase tornado su mejor amigo, y desde hacía tiempo venía insinuándole, con palabras vagas, la posibilidad de hacer política. Para nadie era secreto en la ciudad el despecho del Capitán contra los Bastos, que derribaran a su padre del go­bierno local, y al que arruinaron en la lucha política, veinte años atrás.

Mundinho se hacía el desentendido, todavía estaba preparando el terreno. La hora había llegado. Necesitaba inducir al Capitán a hablarle fran­camente, a que le ofreciese la jefatura de la oposición. Mostraría a sus hermanos de cuánto era capaz. Sin con­tar que Ilhéus precisaba de un hombre como él para incrementar el progreso, para imprimirle un ritmo ace­lerado, ya que aquellos "coroneles" ni sabían de las necesidades de la región.

Mundinho devolvió el largavista, el práctico subía a bordo y el barco enfilaba hacia el banco de arena.

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