Gabriela, clavo y canela






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DEL CAMARADA DEL CAMPO DE BATALLA
Cuando la luna aparecía por detrás de la piedra "do Rapa", rasgando la negrura de la noche, las costure­ras se volvían pastoras. Dora se transformaba en rei­na, la casa de Dora en barco a vela. La pipa de Nilo era una estrella, él traía en la mano derecha un cetro de rey, en la izquierda la alegría. Al entrar, tiraba con mano certera, encima del viejo maniquí, su gorra ma­rinera, donde se escondían los vientos y las tempestades. Comenzaba la magia. El maniquí se animaba, convertíase en mujer de una sola pierna, envuelta en un vestido por terminar, con la gorra sobre una ca­beza que no existía. Nilo lo tomaba por la cintura, bailaban por la habitación. Era gracioso como bailaba el maniquí, con su única pierna. Reían las pastoras, Mi­quelina soltaba su carcajada de loca, Dora sonreía co­mo una reina.

Del cerro bajaban las otras pastoras, venía Gabrie­la de la casa de doña Arminda, y no eran solamente

pastoras, eran "hijas de santo" (devotas del candomblé), "iaós"de Iansá. Cada noche Nilo soltaba su alegría en medio de la ha­bitación. En la pobre cocina, Gabriela fabricaba ri­queza: "acarajés" de cobre, "abarás" de plata,

el mis­terio de oro del "vatapá". La fiesta comenzaba.

Dora de Nilo, Nilo de Dora, pero en ¿cuál de las pastoras no cabalgara Nilo, pequeño dios del "terrei­ro"? Eran yeguas en la noche, cabalgaduras de los santos. Nilo se transformaba, todos eran santos, era Ogun y Xangó, Oxossi y Omolu, era Oxalá(dioses del candomblé) para Dora. Llamaba Yemanjá a Gabriela, diciendo que de ella nacían las aguas, el río Cachoeira y el mar de Ilhéus, fuentes entre las piedras. En los rayos de la luna, la casa navegaba en el aire, subía por el morro, partía en fiesta. Las canciones eran el viento, las dan­zas eran los remos, Dora la figura de proa. Nilo, co­mandante, daba órdenes a los marineros.

Los marineros venían del muelle: el negro Teren­cio, tocador del "atabaque", el mulato Traíra, guita­rrero de fama, el joven Bautista, cantador de coplas y Mario Clavel, beato loco, mago de feria. Nilo pitaba," la sala desaparecía y ahora era tierra de santos, can­dombé y macumba, era sala de baile, era lecho nup­cial, barco sin rumbo en el cerro "do Unháo", nave­gando por un rayo de luna. Nilo soltaba cada noche la alegría. Traía el baile en los pies, el canto en la boca.

Siete-Vueltas era una espada de fuego, un rayo per­dido, un espanto en la noche, un ruido de cascabeles. La casa de Dora fue rueda de "capoeira”(lucha) cuando él apareció con Nilo, el cuerpo bamboleando, la navaja en la cintura, su prosapia, su fascinación. Se inclina­ron las pastoras, llegaba un rey mago, un dios del te­rreiro, un caballero de santos para montar sus caballos. Caballo de Yemanjá, Gabriela partía por prados y montes, por valles y mares, por océanos profundos. Bai­lando las danzas, cantando las canciones, cabalgando caballos. Un peine de hueso, un frasco de perfume arrojaba a las rocas para regalo de la diosa del mar, y hacía su pedido; el fogón de Nacib, su cocina, el cuar­tito de los fondos, el pecho velludo, el bigote cosqui­lleador, la pierna pasando sobre su anca de arreos...

Cuando la guitarra se callaba, llegaba la hora de las caricias, desfilaban las historias. Nilo naufragó dos veces, había visto la muerte de cerca. La muerte en el mar de verdes cabellos y una flauta. Pero era cla­ro Nilo, claro como agua de fuente. En cambio Siete­-Vueltas era un pozo sin fondo, un secreto de muerte, cargando difuntos en la hoja de su navaja. Policías uniformados o policías sin uniforme, corriendo detrás de él. En Bahía, en Sergipe, en Alagoas, en las rue­das de "capoeira", en los escenarios de "candomblés" y "macumbas", en los mercados y ferias en los es­condrijos de los muelles, en los bares del puerto. Hasta Nilo lo trataba con respeto; ¿quién podía con él? El tatuaje del pecho recordaba la soledad de la cárcel. ¿De dónde venía? De la muerte desatada. Estaba de paso pero tenía prisa. En el muelle de Bahía le es­peraban los jugadores de ronda, los maestros de An­gola, los "padres de Santo" y cuatro mujeres. Apenas el tiempo de que la policía olvidara. ¡Aprovechen, ni­ñas!

Los domingos por la tarde, en los fondos de la casa, en el limpio huerto, sonaban los instrumentos. Venían mulatos y negros a divertirse. Siete-Vueltas tocaba y cantaba:
"Camarada del campo de batalla

Vamos de veras

por el mundo afuera.

¡Eh! camarada..."
Entregaba su instrumento a Nilo y entraba en la rueda. Terencio volaba. Las piernas en el aire, saltaba por sobre el mulato Traíra. Bautista caía en el suelo, Siete-Vueltas mordía el pañuelo con la boca. En el campo de batalla quedaba solo, con su pecho tatuado. En la playa, junto a las rocas, Siete-Vueltas mordía las arenas de Gabriela, las ondas de su mar de espuma y tempestades. Ella era la dulzura del mundo, la cla­ridad del día, el secreto de la noche. Pero la tristeza persistía, caminaba en la arena, corría hacia el mar, sonaba entre las rocas.

-Mujer, ¿por qué eres triste?

-No soy triste. Estoy triste.

-No quiero tristezas junto a mí. Mi santo es ale­gre, mi natural fiestero. Mato la tristeza con mi na­vaja.

-¡No la mates, no!

-¿Y por qué no?

Quería un fogón, un huerto de guayabas, mamón y "pitangas", un cuartito en los fondos, un hombre tan bueno...

-¿No te basta conmigo? Hay mujeres capaces de matar y morir por este moreno, puedes agradecerlo a tu suerte.

-No me basta, no. Nadie me basta: ¡Todo el mundo junto no basta!

-¿Así que no puedes olvidar?

-No...

-Entonces, el asunto está malo...

-Es como no tener gusto a nada en la boca.

-Es malo...

-Como no tener alegría en el pecho.

-Malo...

Una noche se la llevó, la víspera había sido Mique­lina, el sábado Paula la de los senos saltarines: era ahora la ansiada vez de Gabriela. En la casa de Dora, Nilo estaba en la hamaca con la reina en sus rodillas. El barco de vela arribaba a su puerto.

Pero Gabriela lloraba en la arena, en la orilla del mar. La luna la cubría de oro, su perfume a clavo en el viento.

-¿Estás llorando, mujer?

Tocó el rostro de canela con la mano de navaja.

-¿Por qué? Junto a mi una mujer no llora, ríe de placer.

-Se acabó, ahora se acabó.

-¿Qué es lo que se acabó?

-Pensar que un día...

-¿Qué?

Pensó que podría volver al fogón, al huerto, al cuar­to de los fondos, al

Bar. ¿No iba Nacib a abrir un restaurante? ¿no iba a precisar de una buena cocinera? ¿Quién mejor que ella? Doña Arminda decía que tenía espe­ranzas. Solamente Gabriela podría asumir la respon­sabilidad de cocina tan grande y dar buena cuenta de ella. Y en vez de eso, un sujeto llegaba de Río, un muñeco disfrazado, hablando en extranjero. Dentro de tres días sería la inauguración, con una fiesta de las grandes. Ahora, ni siquiera le quedaba la esperanza. Quería irse de Ilhéus. Al fondo del mar.

Siete-Vueltas era una libertad plantada cada día, al amanecer. Era un ofrecimiento y una dádiva. Hería como el rayo, alimentaba como la lluvia, ese camara­da del campo de batalla.

-¿Un "portuga"?

Se puso de pie el camarada del campo de batalla. El viento se enfriaba al rozarle, empalidece la luna en sus manos, las ondas venían a lamer sus pies de "capoeira", creadores del ritmo.

-No llores, mujer. Junto a Siete-Vueltas ninguna mujer llora, sólo ríe de placer.

-¿Qué puedo hacer? -por primera vez era una pobre, una triste, una desgraciada, sin deseo de vivir. Ni siquiera el sol, ni la luna, el agua fría, su gato arisco, el cuerpo de un hombre o el calor de un dios pagano, podían hacerla reír o sentir el gusto de vivir en su pecho vacío. Vacío de don Nacib, tan bueno, tan guapo mozo.

-No puedes hacer nada. Siete-Vueltas es el que puede hacerlo y lo va a hacer.

-¿Qué cosa? No veo, no.

-Si el "portuga" desaparece, ¿quién va a cocinar? El día de la fiesta, si él desaparece, ¿qué otra cosa puede hacer sino llamarte? Bueno, ese tipo va a desaparecer.

A veces era oscuro como noche sin luna, y duro como las rocas que enfrentan el mar. Gabriela tembló: -¿Qué vas a hacer? ¿Matarlo? ¡No quiero, no! Cuando él reía, era como si la aurora surgiera, como San Jorge en la luna, como tierra encontrada por náu­frago desesperado, como ancla de un barco.

-¿Matar al "portuga"? No me hace nada de malo. Apenas si voy a hacer que se vaya un poco apurado...

Lo voy a hacer volar de aquí. Solamente lo voy a maltratar un poquito

si él se pone terco.

-¿Vas a hacer eso? ¿De verdad?

-Al lado mío las mujeres ríen, no lloran. Gabriela sonrió. El camarada del campo de batalla entrecerró los ojos de fuego y pensó que era mejor así.

Podía partir, continuar su camino, con libertad en el pecho, con el corazón libre. Mejor que ella se muriera por otro, esa única en el mundo capaz de prenderlo, de amarrarlo a aquel puerto pequeño, a aquel muelle del cacao, de doblegarlo y domarlo. Esa noche pensaba decirle todo eso, contárselo, entregarse rendido de amor. Mejor así, que suspirara y llorara por otro, mu­riendo por otro de amor. Siete-Vueltas podía partir. ¡Camarada del campo de fuego, vamos ahora, por el mundo afuera!

Ella le tomó la mano, se entregó, agradeciendo. Bar­ca en mar sereno, navegación de ensenadas, isla plan­tada de cañaverales y de pimenteros. Navegaba en la barca de proa altanera el camarada del campo de ba­talla. ¡Eh! camarada, ardía su pecho por el dolor de perderla. Pero era un adiós de "macumba"; en la mano derecha el orgullo, la libertad en la izquierda.

DEL BENEMÉRITO CIUDADANO
Aquel sábado, víspera de la solemne inauguración del "Restaurante del Comercio", su propietario, el árabe Nacib, podía ser visto en mangas de camisa, corriendo como un loco por la calle, balanceando el voluminoso vientre por encima del cinturón, los ojos desorbitados, en dirección a la casa exportadora de Mundinho Falcáo.

En la puerta de su repartición, el Capitán consiguió frenar la ansiosa carrera, sujetando al dueño del bar por un brazo:

-¿Qué es eso, hombre, dónde va con tanto apuro? Amable y amistoso, el Capitán extremaba su gen­tileza desde la proclamación de su candidatura a In­tendente.

-¿Sucedió alguna cosa? ¿Puedo serle útil en algo?

-¡Desapareció! ¡Voló! -resoplaba Nacib.

-¿Desapareció, quién?

-El cocinero, el tal Fernand.

No tardó él y toda la ciudad en estar al par del in­trincado misterio: desde la noche anterior el cocinero venido de Río, el espectacular "chef de cuisine", Mon­sieur Fernand (como le gustaba ser llamado) había desaparecido de Ilhéus. Había combinado con los dos mozos contratados para el restaurante, y con las ayu­dantes de cocina, encontrarse por la mañana para to­mar las últimas disposiciones relativas al día siguien­te. No había aparecido; nadie lo había visto. Mundinho Falcáo mandó llamar al comisario, expli­có el asunto, y le recomendó la más meticulosa inves­tigación. Era aquel mismo teniente que el secretario de la Intendencia de Itabuna hiciera correr. Ahora era pura humildad y servilismo ante Mundinho, tratán­dolo de "doctor".

En la Papelería Modelo, Juan Fulgencio y Ño-Gallo hilvanaban hipótesis. El cocinero, por el aspecto y por las miradas lanzadas a diestra y siniestra, decidi­damente era un invertido. ¿Se trataría de un crimen vulgar? Andaba rondando a Chico-Pereza. El comisa­rio interrogó al joven mozo, que se enojó:

-¡A mí me gustan las mujeres!... No sé nada de ese degenerado. El otro día casi le parto la cara, por pasarse de vivo.

Quién sabe, a lo mejor había sido víctima de la­drones, Ilhéus hospedaba numerosos malandrines, cuen­teros, rateros, gente poco recomendable escapada de Bahía y de otras zonas. Substituían ahora a los ase­sinos a sueldo en el paisaje humano de la ciudad. El comisario y los soldados dieron batidas por el puerto, el "Unháo", la Conquista, el Pontal, y la Isla de las Cobras. Nacib movilizó a los amigos: Ño-Gallo, el za­patero Felipe, José, los mozos, y varios clientes. Dieron vuelta Ilhéus, sin resultado.

Juan Fulgencio se decidía por la fuga:

-Mi teoría es que nuestro respetable invertido hizo las valijas y emigró por cuenta propia. Batió las alas. No siendo Ilhéus una tierra dada a los refinamientos de trasero, bastando para el poco gasto Machadinho y Miss Pirangi, se sintió desolado y se mudó. Hizo bien, por otra parte, en librarnos a tiempo de su asquerosa presencia.

-¿Pero en qué viajó? Ayer no salió ningún barco. Hoy sí, hay uno de la "Canavieiras"... -dudaba Ño­Gallo.

-En ómnibus, en tren...

Ni en tren, ni en ómnibus, ni a caballo, ni a pie. El comisario lo garantizaba. Alrededor de las cuatro, el negrito Tuisca apareció, excitado, con una pista. De todos los "sherlocks" revelados ese día, fue el único en traer algo concreto. Un sujeto gordo y elegante -y bien podía ser el tal cocinero, pues usaba bigotes en punta y revoleaba las nalgas- había sido visto ya muy entrada la noche, por una ramera de la más baja condición. Ella venía del "Pega-Duro" y había ob­servado que por los lados de los depósitos del puerto, un sujeto era llevado por tres tipos sospechosos. Todo eso le había contado a Tuísca pero, ante la policía, fue menos concreta. Le, parecía haber visto, no tenía se­guridad, había bebido, no sabía quiénes eran los hom­bres, había oído hablar. En realidad, había reconocido perfectamente a Nilo, al negro Terencio y al jefe de ambos, cuyo nombre no sabía, pero por quien suspi­raban ella y todas las prostitutas del "Pega-Duro". Un tipo peligroso, llegado de Bahía. Con fama de malo. Su secreta impresión, la que le hacía estremecer el pecho, era que el tal cocinero ya estaba en el fondo de las aguas del puerto. Nada de eso dijo a la policía, arrepentida de haber hablado del asunto con Tuísca. Nadie se acordó de buscar en la casa de Dora, donde Fernand comenzó llorando y terminó ayudando en la costura, ya que las ayudantes habían tenido libre ese día. Completamente de acuerdo con viajar a la tarde, en la tercera clase del "Bahiano", vestido con una blu­sa marinera, pues en el mismo barco iba Siete-Vueltas. Dora había prometido despacharle el equipaje direc­tamente para Río.

Así, cuando al atardecer Juan Fulgencio apareció en el bar convulsionado, encontró a Nacib en la ma­yor de las desolaciones. ¿Cómo inaugurar el restau­rante al día siguiente? Y estando todo listo, las vituallas compradas, las ayudantes de cocina contrata­das y entrenadas por Fernand, los mozos en sus pues­tos, y hechas las invitaciones para el solemne almuer­zo. Venía gente de Itabuna -inclusive Aristóteles-, de Agua Preta, de Pirangi, hasta Altino Brandáo, de Río do Braço. ¿Dónde encontrar cocinera para subs­tituir al desaparecido? Sí, porque ni siquiera con la sergipana se podía contar. Se había ido, después de pelearse con Fernand, abandonando el cuartito de los fondos en la mayor inmundicia. ¿Con las ayudantes? Sólo en el caso de querer quebrar al día siguiente. Pa­ra cocinar no servían, sólo para cortar carne, matar una gallina, limpiar las tripas, o encargarse del fuego. ¿Dónde encontrar cocinera en aquel espacio de tiem­po? Todo eso lloró sobre el pecho amigo del librero, en el reservado de pócker donde, ante una botella de cognac sin mezcla, escondiera su agonía. Los parro­quianos y amigos comentaban en las mesas del bar que nunca lo habían visto tan desesperado. Ni si­quiera en aquellos días de la ruptura con Gabriela. Tal vez entonces fuese más honda y terrible su desespe­ración, pero era silenciosa, concentrada y sombría, mientras que ahora Nacib clamaba a los cielos, gritaba su ruina y su descrédito. Al ver a Juan Fulgencio, lo había arrastrado hacia el reservado de pócker:

-Estoy perdido, Juan. ¿Qué puedo hacer? -desde que el librero lo descasara, depositaba en él una con­fianza ilimitada.

-Calma, Nacib, busquemos una solución.

-¿Cuál? ¿Dónde voy a encontrar cocinera? Las hermanas Dos Reís no aceptan un encargo así, de un día para otro. Y, aunque aceptasen, ¿quién iría a co­cinar el lunes, para los parroquianos?

-Yo podía prestarle a Marocas por unos días. Pero ella cocina muy bien sólo cuando mi mujer está a su lado, para condimentar los platos.

--¿Por unos días, de qué me sirve?

Nacib tragaba el cognac, sentía ganas de llorar: -¡Nadie me da soluciones, sino consejos sin pie ni cabeza! La chiflada de doña Arminda me propuso con­tratar a Gabriela de nuevo. ¡Imagínese!

Se levantó Juan Fulgencio, entusiasmado:

--¡Se ha salvado la patria, Nacib! ¿Sabe quién es doña Arminda? Pues es Colón, el del huevo de la Amé­rica. Ella resolvió el problema. Vea usted, la solución estaba enfrente nuestro, la buena, la justa, la perfecta solución, y nosotros no la veíamos. Está todo resuelto, Nacib.

Nacib preguntaba cauteloso y desconfiado: -¿Gabriela? ¿Usted cree? ¿No está bromeando? -¿Y por qué no? ¿Ya no fue su cocinera? ¿Por qué no puede volver a serlo? ¿Qué tiene de malo?

-Fue mi mujer...

--Concubinato, ¿no? Porque el casamiento era falso, usted sabe... Hasta por eso mismo. Contratándola otra vez de cocinera, usted liquida por completo ese casa­miento, más todavía que con la anulación. ¿No le parece?

-Sería una buena lección... -reflexionó Nacib-. Volver de cocinera después de haber sido la dueña...

-¿Y entonces? El único error de toda esta historia fue el que usted se casara con ella. Fue malo para usted, y peor para ella. Si usted quiere yo hablo con ella.

-¿Aceptará?

-Le garantizo que aceptará. Ahora mismo voy.

-Dígale que es solamente por unos tiempos...

-¿Por qué? Es una cocinera, usted la empleará has­ta tanto ella le sirva bien. ¿Por qué por unos tiempos? Vuelvo en seguida con la respuesta.

Así fue como esa misma noche, nadando de alegría, Gabriela limpió y ocupó el cuartito de los fondos. An­tes habíale agradecido a Siete-Vueltas en la casa de Dora. De la ventana de Nacib, saludaba con el pa­ñuelo, después de las seis de la tarde, el "Canavieiras" que atravesaba la barra rumbo a Bahía. Al otro día, a la hora del almuerzo, los invitados, que pasaban de cincuenta, encontraron de nuevo los platos sabrosos, la comida sin igual, el condimento entre lo sublime y lo divino.

El almuerzo de inauguración fue un gran éxito.

Con el aperitivo fueron servidos aquellos saladitos y dul­ces de otrora. En la mesa, los platos sucedíanse en un desfile de maravillas. Nacib, sentado entre Mundinho y el juez, oyó conmovido los discursos del Capitán y del Doctor. "Benemérito hijo de Ilhéus", lo había lla­mado el Capitán, "dedicado al progreso de su tierra". “Digno ciudadano Nacib Saad, que dotaba a Ilhéus de un restaurante a la altura de las grandes capitales", elogiaba el Doctor. Josué respondió en nombre de Na­cib, agradeciendo y elogiando, también él, al árabe. Era una consagración, culminando con las palabras de Mundinho, deseoso, como dijo, de "poner la mano para recibir las palmadas". Había hecho venir un cocinero de Río, a pesar de la opinión de Nacib. Él había te­nido razón. No había en el mundo comida capaz de compararse con esa de Bahía.

Y entonces todos quisieron ver al artista de aquel almuerzo, las manos de hada creadoras de tantas de­licias. Juan Fulgencio se levantó, fue a buscarla a la cocina. Ella apareció, calzada en chinelas, un delantal blanco sobre el vestido de brillante seda azul, una rosa roja detrás de la oreja. El Juez gritó: -¡Gabriela! Na­cib anunció en voz alta:

-La contraté otra vez de cocinera...

Josué aplaudió, Ño-Gallo también, todos aplaudie­ron, algunos se levantaron para saludarla. Ella son­reía, con los ojos bajos, con una cinta sujetando sus cabellos.

Mundinho Falcáo le murmuró a Aristóteles, sentado a su lado:

-Este turco es un maestro del saber vivir...

SUELO DE GABRIELA
Varias veces retrasados, terminaron por fin los tra­bajos de la bahía. Un nuevo canal, profundo y sin desvíos, se había establecido. Por él podían pasar sin peligros de que encallasen los navíos del Lloyd, del "Ita", de la "Bahiana" y sobre todo podían entrar en el puerto de Ilhéus los grandes cargueros para recibir directamente allí las bolsas de cacao.

Como explicó el ingeniero-jefe, la demora en la terminación de las obras se debió a innumerables di­ficultades y complicaciones. No se refería a los baru­llos con que se recibió la llegada de los remolcadores y técnicos, a aquella noche de tiros y botellazos en el cabaret, a las amenazas de muerte del comienzo. Alu­día a las inconstantes arenas de la entrada: con las mareas, los vientos, los temporales, ellas se movían, cambiaban el fondo de las aguas, cubrían y destruían en pocas horas el trabajo de semanas. Era necesario comenzar y recomenzar, pacientemente, cambiando veinte veces el trazado del canal, buscando los puntos más defendidos. Llegaron los técnicos, en determina­do momento, a dudar del éxito, desanimados, mien­tras la gente más pesimista de la ciudad repetía ar­gumentos de la campaña electoral: la bahía de Ilhéus era un problema insoluble, no tenía remedio.

Partieron los remolcadores y dragas, los ingenie­ros y técnicos. Una de las dragas quedó permanente­mente en el puerto para atender con presteza a las agitadas arenas, para mantener abierto a la navega­ción de mayor calado el nuevo canal.

La gran fiesta de despedida, una farra monumen­tal iniciada en el "Restaurante del Comercio" y ter­minada en "El Dorado", celebró la hazaña de los in­genieros, su tenacidad, su capacidad profesional. El Doctor estuvo a la altura de su fama en el discurso de salutación, donde comparó al ingeniero-jefe con Napoleón, pero "un Napoleón de las batallas de la paz y del progreso, vencedor del mar aparentemente indomable, del río traicionero, de las arenas enemigas de la civilización, de los vientos tenebrosos", pudiendo contemplar con orgullo, desde lo alto del farol de la isla de Pernambuco, el puerto de Ilhéus por él "libertado de la esclavitud de las arenas, abierto a todas las banderas, a todos los navíos, por la inteligencia y dedicación de los nobles ingenieros y competentes téc­nicos".

Dejaban nostalgias y amores. En el muelle de des­pedidas, lloraban mujeres de los cerros, abrazando a los marineros. Una de ellas estaba grávida, el hombre prometía volver. El ingeniero-jefe llevaba una preciosa carga de la buena "Caña de Ilhéus", además de un "macaco jupará" para que le recordara en Río a esa tierra del dinero abundante y fácil, de coraje y trabajo duro.

Partieron cuando comenzaban las lluvias, puntuales aquel año, cayendo bien antes de la fiesta de San Jorge. En las plantaciones florecían las plantas de cacao, millares de árboles jóvenes daban sus prime­ros frutos, se anunciaba aún mayor la nueva zafra, los precios subirían aún más, aumentaría el dinero por las ciudades y pueblos, no habría cosecha igual en todo el país.

Desde el paseo del bar Vesubio, Nacib veía los re­molcadores como pequeños gallos de riña, cortando las olas del mar, arrastrando las dragas, en su ca­mino al sur. ¡Cuántas cosas habían pasado en Ilhéus entre la llegada y la partida de los ingenieros y bu­zos, de los técnicos y marineros...! El viejo "coronel" Ramiro Bastos no vería los grandes navíos entrar en el puerto. Andaba apareciendo en las sesiones de espiritismo, se había vuelto misionero después de des­encarnar, daba consejos a la gente de la región, pre­gonaba la bondad, el perdón, la paciencia. Así, por lo menos, afirmaba doña Arminda, competente en ma­teria tan discutida y misteriosa. Ilhéus mudó mucho en ese tiempo corto de meses y largo de acontecimien­tos. Cada día una novedad, una nueva agencia de banco, nuevas oficinas de representaciones de firmas del sur y hasta del extranjero, negocios, residencias. Pocos días antes, en el "Unháo", en un viejo caserón, se había instalado la "Unión de Artistas y Obreros", con su Escuela de Artes, y Oficios, donde estudiaban jóvenes pobres para aprender el arte de carpintero, de albañil, de zapatero, con escuela primaria para adul­tos, destinada a los cargadores del puerto, a los en­sacadores de cacao, y a los obreros de la fábrica de chocolate. El zapatero Felipe habló en la inauguración, a la que asistieran las personas más representativas de Ilhéus. En una mezcolanza de portugués y de espa­ñol afirmó que se arribaba al tiempo de los trabaja­dores en cuyas manos estaba el destino del mundo. Tan absurda pareció la observación, que todos los pre­sentes lo aplaudieron mecánicamente, hasta el doctor Mauricio Caires, hasta los "coroneles" del cacao, los dueños de inmensas extensiones de tierra y dueños de la vida de los hombres curvados sobre esa tierra.

También la existencia de Nacib fue movida y plena en esos meses: se casó y descasó, conoció la prospe­ridad y temió la ruina, tuvo el pecho lleno de ansias y de alegría, después vacío de vida, sólo con desesperación y dolor. Fue feliz en demasía, e infeliz en de­masía, y ahora todo era nuevamente tranquilo y dul­ce. El bar había retomado su antiguo ritmo, el de los primeros tiempos de Gabriela: los clientes se demo­raban a la hora del aperitivo, tomando una copa de más, algunos subían al restaurante para almorzar. El Vesubio prosperaba; Gabriela bajaba al mediodía, de la cocina del piso superior, y pasaba sonriendo por entre las mesas, con su rosa detrás de la oreja. Le decían piropos, lanzábanle miradas de codicia, tocaban su mano -alguno, más osado, le daba una palmada en el trasero-, el Doctor la llamaba "mi niña". Elo­giaban la sabiduría de Nacib, la manera cómo supo salir, con honra y provecho, del laberinto de compli­caciones en que se enredara. El árabe circulaba por entre las mesas, deteniéndose a oír y conversar, sen­tándose con Juan Fulgencio y el Capitán, con Ño-Gallo y Josué, con Ribeirito y Amancio Leal. Era como si, por un milagro de San Jorge, se hubiese retrocedido en el tiempo, como si no hubiese sucedido nada malo o triste. La ilusión sería perfecta si no fuera por el restaurante y la ausencia de Tonico Bastos, definiti­vamente anclado en el "Trago de Oro", con su "amar­go" y sus polainas de conquistador.

El restaurante se reveló como un apenas razonable empleo de capital, dando ganancias seguras pero mo­destas. No había sido el negocio excepcional imagina­do por Nacib y Mundinho. A no ser cuando había bar­cos en tránsito en el puerto, el movimiento era peque­ño, tanto, que sólo servían almuerzo. La gente de la región hacía habitualmente sus refecciones en casa. Apenas, si de vez en cuando, tentados por los platos

de Gabriela, llegaban los hombres solos o con la fa­milia, a almorzar allí, para salir de lo cotidiano. Clien­tes permanentes, podían contarse con los dedos: Mun­dinho, casi siempre con invitados, Josué, y el viudo Pessoa. En compensación, el juego de la noche, en la sala del restaurante, conocía el mayor de los éxitos. Se formaban cinco o seis ruedas para el pócker, el siete y medio o la brisca. Gabriela preparaba por la tarde saladitos y dulces, y la bebida corría, mientras Nacib recogía el dinero por derecho de juego, corres­pondiente a la casa. A propósito de juego: Nacib casi había tenido una crisis de conciencia: ¿debía o no considerar a Mundinho como socio en esa parte del negocio? Ciertamente que no, pues el exportador entró con capital al restaurante y no a la sala de juego. Tal vez sí, reflexionaba de mala gana, tomando en cuenta el alquiler de la sala, pago por la sociedad, propietaria también de las mesas y las sillas, de los platos en los cuales se servía, de los vasos en que se bebía. Allí la ganancia era grande, compensaba la clientela poco numerosa y poco asidua de los almuer­zos. Mucho le hubiera gustado a Nacib guardarlo todo para sí, pero temía a las represalias del exportador. Decidió hablarle del asunto.

Mundinho sentía una simpatía especial por el árabe. Acostumbraba afirmar, luego de las complicaciones ma­trimoniales de su actual socio, que Nacib era el hom­bre más civilizado de Ilhéus. Aparentando prestar gran atención, lo escuchó hablar, exponer el problema. Na­cib deseaba saber la opinión del exportador: ¿se con­sideraba él, socio o no del juego?

-¿Y cuál es su opinión, maestro Nacib?

-Vea usted, don Mundinho... -se retorcía la pun­ta de los bigotes-. Pensando como hombre honesto, creo que usted es socio, que debe tener la mitad de las ganancias, como tiene en el restaurante. Pensan­do con mala intención, podría decirle que no hay pa­peles firmados, que usted es un hombre rico, y que no precisa de esto. Que uno nunca habló de juego, que yo soy pobre, que estoy juntando mi dinerito para comprar una plantación de cacao, y que esa renta ex­tra me sirve de mucho. Pero, como diría el "coronel" Ramiro, compromisos son compromisos, aún cuando no estén en los papeles. Traje las cuentas de juego para que usted las vea...

Iba a colocar unos papeles encima de la mesa de Mundinho, pero el exportador le retiró la mano, pal­moteándole el hombro:

-Guarde sus cuentas y su dinero, maestro Nacib. En el juego no soy su socio. Si quiere quedarse total­mente tranquilo con su conciencia, págueme un pe­queño alquiler por la utilización de la sala, a la noche. Cualquier cosa, mil cruzeiros... O, mejor, mil cru­zeiros por mes para la construcción del asilo de an­cianos. ¿Dónde se vio un diputado federal, teniendo casa de juego? A no ser que usted dude de mi elec­ción...

-No hay cosa más segura en el mundo. Gracias, don Mundinho. Soy su deudor.

Se levantaba para salir, cuando Mundinho le pre­guntó:

-Dígame una cosa... -y bajando la voz, tocando con el dedo el pecho del árabe-. ¿Todavía duele? Sonrió Nacib, la cara resplandeciente:

-No, señor. Ni una gota...

Bajó Mundinho la cabeza, murmuró: -Lo envidio. A mí, todavía me duele.

Tenía deseos de preguntarle si había vuelto a dor­mir con Gabriela, pero le pareció poco delicado ha­cerlo. Nacib salió nadando de gozo, a depositar el di­nero en el banco.

Realmente no sentía nada, habíase acabado todo ves­tigio de dolor o de sufrimiento. Temió, al contratar nue­vamente a Gabriela, que su presencia le recordara el pasado, había tenido miedo de soñar con Tonico Bas­tos desnudo, en su cama. Pero nada de eso sucedió. Era como si todo aquello hubiera sido una pesadilla larga y cruel. Volvieron a las relaciones de los pri­meros tiempos, de patrón y cocinera, ella muy despa­chada y alegre, arreglando la casa, cantando, yendo al restaurante para preparar los platos del almuerzo, bajando al bar a la hora del aperitivo para anunciar el "menú" de mesa en mesa, obteniendo clientes para el piso de arriba. Cuando el movimiento terminaba, alrededor de la una y media de la tarde, Nacib sentábase a almorzar, servido por Gabriela. Como antiguamente. Ella rondaba en torno a la mesa, le traía la comida, abría la botella de cerveza. Comía después con el úni­co mozo (Nacib había despedido al otro, innecesario ante el reducido movimiento del restaurante), y con Chico-Pereza, mientras Valter, el suplente de Pico­Fino, vigilaba el bar. Nacib tomaba un viejo diario

de Bahía, encendía el cigarro "San Félix", y en el fondo de la silla-perezosa encontraba la rosa caída. Los primeros días la había arrojado afuera, después pasó a guardarla en el bolsillo. El diario rodaba por el suelo, el habano se apagaba. Nacib dormía su siesta, a la sombra y acariciado por la brisa. Despertaba con la voz de Juan Fulgencio, viniendo para la papelería. Gabriela preparaba los saladitos y dulces para la tar­de y la noche, iba después a la casa, y él la veía cru­zar la plaza, en chinelas, para desaparecer después detrás de la iglesia.

¿Qué le faltaba para ser completamente feliz? Co­mía la inigualable comida de Gabriela, ganaba dinero que guardaba en el banco, en breve comenzaría a bus­car tierra para comprar. Le habían hablado de unas nuevas tierras listas para ser trabajadas, un poco más allá de la sierra del Baforé, tierras tan buenas para el cacao como no había otras. Ribeirito le había pro­puesto llevarlo allá, porque era cerca de sus estan­cias. Los amigos y clientes iban diariamente al bar, y a veces al restaurante. Seguían las partidas de dama y "gamáo". La buena prosa de Juan Fulgencio, del Capitán, del Doctor, de Ño-Gallo, de Amancio Leal, de Ari, de Josué, de Ribeirito. Esos dos siempre an­daban juntos desde que el estanciero montara casa para Gloria, cerca de la Estación. A veces hasta co­mían los tres en el restaurante; se llevaban bien.

¿Qué le faltaba para ser completamente feliz? Nin­gún celo le roía el pecho, ningún recelo tenía de per­der la cocinera, porque ¿dónde iría ella a conseguir mayor sueldo y puesto más seguro? Además, era in­sensible a las ofertas de casa montada y cuenta en la tienda, a los vestidos de seda, a los zapatos, al lujo de las concubinas. Por qué, Nacib no sabía; era un absurdo, sin duda, pero ni le interesaba descubrir el motivo. Cada uno con su locura. Tal vez fuese aquella historia de flor de los campos que no servía para flo­rero, de que una vez le hablara Juan Fulgencio. Eso poco le afectaba, como tampoco le irritaban más las palabras susurradas cuando ella venía al bar, las son­risas, las miradas, las palmaditas en el trasero, la ma­no, el brazo o el seno rozado levemente. Todo aquello sujetaba la clientela, era una copa de más, un nuevo trago.

El Juez intentaba robarle la rosa de la oreja, ella huía, Nacib contemplaba todo esto con indiferencia.¿Qué le faltaba para ser completamente feliz? La ama­zonense, aquella india de la casa de María Machadáo, le preguntaba en las noches en que se encontraban, riendo con unos dientes salvajes:

-¿La quieres a tu Mara? ¿La encuentras sabrosa? Sí que la hallaba sabrosa. Pequeña y gordezuela, la cara ancha y redonda, sentada sobre sus piernas en el lecho, parecía una estatua de cobre. Él la veía por lo menos una vez por semana, se acostaba con ella, era una aventura sin complicaciones, sin misterios. Un dormir sin sorpresas, sin violentos arrobos, sin el ge­mido de las perras, sin el tropel de las yeguas en celo, sin morir y renacer. También andaba con otras. Mara tenía muchos admiradores porque los plantadores gus­taban de aquella fruta verde del Amazonas, y eran pocas sus noches libres. Nacib gustaba al acaso, en los cabarets, en casa de prostitutas, los más variados en­cantos. Hasta con la nueva concubina de Coriolano ha­bía dormido una vez, en la casa de la plaza. Una mes­tiza jovencita, traída de la plantación, Coriolano ya no intentaba saber si era engañado. Así mordisqueaba Nacib, aquí y allá, en su vieja vida de siempre. Su permanente amorío, sin embargo, continuaba siendo la amazonense. Con ella bailaba en el cabaret, juntos bebían cerveza, comían fritadas. Cuando ella estaba libre, le mandaba un recado escrito con su letra de escolar, y él, cerrando el bar, iba a verla. Eran días lindos esos en que, con la esquela en el bolsillo, pre­gustaba la noche en la cama de Mara.

¿Qué le faltaba para ser completamente feliz? Un día Mara le mandó una esquela, esperándolo a la no­che "para jugar a los gatitos". Sonrió contento, des­pués de cerrar el bar se dirigió a la casa de María Machadáo. Esa figura tradicional de Ilhéus, la más célebre dueña de burdel, maternal y de toda confian­za, le dijo después de abrazarlo:

-Perdió el viaje, turquito. Mara está con el "co­ronel" Altino Brandáo. Vino de Río do Braço espe­cialmente, ¿qué podía hacer ella?

Salió irritado. No contra Mara, no podía interferir en su vida, ni impedirle ganar su pan. Pero sí contra la noche frustrada, con el deseo arañándole el pecho co­mo un gato, con la lluvia pidiéndole un cuerpo de mujer bajo las sábanas. Entró en casa, se quitó la ropa. Del fondo, de la cocina o de la antecocina, vino un ruido de loza quebrada. Fue a ver lo que era. Un gato huía hacia el huerto. La puerta del cuartito de los fondos estaba abierta, él espió. La pierna de Gabriela pendía en la cama, ella sonreía en el sueño. Un seno crecía en el colchón y el olor a clavo atontaba.

Se aproximó.

Ella abrió los ojos, dijo:

-Don Nacib...

Él la miró y, deslumbrado, vio la tierra mojada de lluvia, el suelo cavado a azada, cultivado de cacao, suelo del que nacían árboles y se multiplicaban los yuyos. Suelo de valles y montes, de gruta profunda donde él estaba plantado. Gabriela extendió los bra­zos, lo arrastró hacia ella.

Cuando se acostó a su lado y sintió su calor, súbi­tamente sintió todo: la humillación, la rabia, el odio, la ausencia, el dolor de las noches mortales, el orgullo herido y la alegría de quemarse en ella. La apretó con fuerza, marcando de morado la piel color de ca­nela:

-¡Perra!

Ella sonrió con los labios llenos de besos y dientes, sonrió con los senos erguidos, palpitantes, con los muslos en llamas, con el vientre de danza y de espera, murmu­rando:

-No importa, no...

Recostó la cabeza en su pecho velludo: -Mozo lindo...


DEL BARCO SUECO CON SIRENA DE AMOR


Ahora sí, era completamente feliz. El tiempo con­tinuaba corriendo, el próximo domingo iban a reali­zarse las elecciones. Nadie dudaba de los resultados, ni siquiera el doctor Víctor Melo, afligido en su con­sultorio de Río de Janeiro. Altino Brandáo y Ribei­rito habían encargado una comida monumental en el "Restaurante del Comercio", para la semana siguienle, con champagne y fuegos artificiales. Se anunciaban conmemoraciones grandiosas. Habíase hecho una suscrip­ción, abierta por Mundinho, para comprar y ofrecer al Capitán la casa en la que él naciera y donde ha­bitara Cazuza Oliveira, de nostálgica memoria. Pero el futuro Intendente tuvo un gesto magnánimo: donó el dinero al dispensario para niños pobres, abierto en el cerro de la Conquista por el doctor Alfredo Bastos. Nacib pretendía, después de las elecciones, visitar conRibeirito aquellas alabadas tierras, más allá de la sierra de Baforé. Adquirir un pedazo de ellas, y con­tratar los trabajos para la futura plantación de cacao.

Jugaba su partida de "gamáo", conversaba con los amigos, contaba historias de Siria: "¡En la tierra de mi padre todavía es peor... !" Hacía la siesta, con la barriga llena, roncando tranquilo. Iba al cabaret con Ño-Gallo, dormía con Mara, también con otras. Con Gabriela: todas las veces que no tenía mujer y lle­gaba a casa sin cansancio y sin sueño. Más con ella que con ninguna, tal vez. Porque ninguna se le podía comparar, tan fogosa y húmeda, tan enloquecida en la cama, tan dulce en el amor, tan nacida para aquello. Suelo ése en el que estaba plantado. Adormecíase Na­cib con la pierna sobre la nalga redonda. Como anti­guamente. Con una diferencia, sin embargo: ahora no vivía con celos de los otros, con miedo de perderla, con ansias de cambiarla. A la hora de la siesta, antes de adormecer, pensaba: ahora, no le atraía más que para la cama, y sentía por ella lo mismo que por las otras, Mara, Raquel, la pelirroja Natacha, sin ninguna otra cosa, sin la ternura de antes. Así estaba bien. Ella iba a la casa de Dora, bailaba y cantaba, combinaban fiestas para el mes de María. Nacib sabía eso, se en­cogía de hombros, hasta proyectaba asistir. Era su cocinera, y dormía con ella cuando le daba en gana. ¡Y qué cocinera!, mejor no la había. Buena en la cama, también; más que buena, una perdición aquella mujer.

En la casa de Dora, Gabriela reía y divertíase, can­taba y bailaba. En el "terno de reis" llevaría el es­tandarte. Saltaría las hogueras en la noche santa de San Juan. ¡Cómo se divertía Gabriela!, ¡qué lindo era vivir! Daban las once horas, volvía a casa, a esperar a don Nacib. Tal vez esa noche él fuera a dormir a su cuarto, tal vez su bigote le cosquillearía el cue­llo, su pierna descansaría sobre su nalga, le prestaría su pecho suave como almohada. En la casa apretaba al gato contra su rostro, y él maullaba despacio. Oía a doña Arminda hablar de los espíritus y de los chi­cos que nacían. Se calentaba al sol en las mañanas sin lluvia, mordía guayabas, rojas "pitangas". Con­versaba en los ratos perdidos con su amigo Tuísca, que ahora estudiaba para ser carpintero. Corría descalza por la playa, metía los pies en el agua fría. Bailaba a la rueda con los chicos, en la plaza, por la tarde.

Miraba la luna mientras esperaba a don Nacib.

¡Vivir era lindo!

Cuando faltaban apenas cuatro días para el domin­go de las elecciones, alrededor de las tres de la tarde, el barco sueco, carguero de tamaño jamás visto en aquellos parajes, pitó majestuosamente en el mar de Ilhéus. El negrito Tuísca salió corriendo con la noticia y la distribuyó gratuitamente en las calles del centro. La población se reunió en la avenida de la playa.

Ni la llegada del Obispo había sido tan animada. Los fuegos artificiales subían, estallando el cielo. Pi­taban en el puerto dos "Bahianos", los silbatos de las barcazas y lanchas saludaban al carguero. Botes y canoas salieron fuera de la bahía, afrontando el mar para escoltar al barco sueco.

Atravesó la salida, de sus dos mástiles pendían ban­deras de todos los países, en una fiesta de colores. El pueblo corría por las calles, se reunía en el muelle. Hormigueaban de gente los puentes. Vino la "Euter­pe 13 de Mayo" tocando marchas militares. Joaquín tocando el bombo. El comercio había cerrado sus puer­tas. Los colegios particulares dieron asueto, al igual que los oficiales, y el Colegio de Enoch. La chiquili­nada aplaudía en el puerto, las jovencitas del colegio de monjas flirteaban en los puentes. Bocinaban los automóviles, los camiones, los ómnibus. En un grupo, riendo alto, Gloria entre Josué y Ribeirito, enfren­taba a las señoras. Tonico Bastos, la seriedad en per­sona, estaba allí del brazo de doña Olga. Jerusa, de luto riguroso, saludaba a Mundinho. Nilo con su sil­bato, comandaba a Terencio, Traíra y Bautista. El padre Basilio con sus ahijados. El Pata-de-Palo del "Pega-Duro" miraba con envidia a Nacib y a Plinio Arará. Persignábanse las solteronas, sonreían saltari­nas las hermanas Dos Reís. ¡En el próximo pesebre figuraría el carguero! Señoras de la alta sociedad, jovencitas casaderas, mujeres de la vida, María Ma­chadáo, generala de las calles sospechosas y de los cabarets. El Doctor preparaba la garganta, buscaba palabras difíciles. ¿Cómo introducir a Ofenisia en su discurso para el barco sueco? El negrito Tuísca es­taba trepado al mástil de un velero. Las pastoras de Dora trajeron el estandarte del "terno de reís", y Ga­briela lo conducía con paso de danza. Los "coroneles" del cacao sacaban los revólveres y disparaban al aire. La ciudad de Ilhéus entera se volcaba en el muelle.

En una ceremonia simbólica, idea risueña de Juan Fulgencio, Mundinho Falcáo y Stevenson, exportado­res, Amancio Leal y Ribeírito, estancieros, cargaron un saco de cacao hasta el extremo del puente donde el navío anclara, el primer saco de cacao a ser em­barcado directamente de Ilhéus para el extranjero. El emocionante discurso del Doctor fue respondido por el vice-cónsul de Suecia, el larguirucho agente de la compañía de navegación.

A la noche, desembarcados los marineros, la ani­mación creció en la ciudad. Pagábanles bebidas en los bares, llevaron al comandante y a los oficiales al ca­baret. El comandante casi cargado en andas. Era un bebedor de trago fuerte, de garganta bien probada en los bares de los siete mares del mundo. Fue condu­cido como muerto del "Bataclán" hasta el barco, en los brazos de los ilheenses.

Al día siguiente, después del almuerzo, los marine­ros tuvieron nuevamente fiesta, desparramándose por las calles. "¡Cómo les gustaba la caña ilheense!", comprobaban con orgullo los "grapiúnas". Vendían cigarrillos extranjeros, cortes de telas, frascos de per­fumes, chucherías doradas. Gastaban el dinero en aguardiente y se encaminaban a las casas de las pros­titutas, para caer después borrachos en la calle.

Ocurrió después de la siesta. Antes de la hora del aperitivo de la tarde, en aquella época vacío entre las tres y las cuatro y media; cuando Nacib aprovechaba para hacer las cuentas de la caja, separar el dinero, y calcular las ganancias. Fue cuando Gabriela, ter­minado el trabajo, partía para la casa. El marinero sueco, un rubio de casi dos metros, entró en el bar, soltó una bocanada de aire pasado de alcohol en la cara de Nacib, y señaló con el dedo las botellas de "Caña de Ilhéus". Una mirada suplicante, unas pa­labras en lengua ininteligible. Nacib ya había cumplido el día anterior su deber de ciudadano, sirviendo gratis caña a los marineros. Pasó el dedo índice por el pulgar, preguntando por el dinero. Se revolvió los bolsillos el rubio sueco; ni señal de dinero. Pero des­cubrió un prendedor curioso, una sirena dorada. En el mostrador colocó la nórdica "madre del agua", la Yemanjá de Estocolmo. Los ojos del árabe miraban a Gabriela doblar la esquina por detrás de la iglesia. Miró la sirena, su rabo de pescado. Así eran las nal­gas de Gabriela. Mujer tan de fuego en el mundo no había, con aquel calor, aquella ternura, aquellos sus­piros, aquella languidez. Cuanto más dormía con ella, más quería hacerlo. Parecía hecha de canto y danza, de sol y luna; era de clavo y canela. Nunca más le había hecho un regalo, ni siquiera una tontería de la feria. Tomó la botella de aguardiente, llenó el vaso de vidrio grueso, el marinero alzó el brazo, saludó en sueco y lanzó adentro el contenido, luego escupió. Don Nacib guardó en el bolsillo la sirena dorada, son­riendo. Gabriela reiría contenta, diría gimiendo: "no precisaba, no, mozo lindo..."

Y aquí termina la historia de Nacib y de Gabriela, cuando renace la llama del amor de una brasa dor­mida en las cenizas del pecho.


DEL "POST-SCRIPTUM"


Algún tiempo después, el "coronel" Jesuíno Men­donza fue llevado ante el tribunal, acusado de haber matado a tiros a la esposa, doña Sinházinha Guedes Mendonga, y al cirujano-dentista Osmundo Pimentel, por celos. Veintiocho horas duraron los agitados de­bates, a veces sarcásticos, a veces violentos. Hubo réplica y contrarréplica, el doctor Mauricio Caires citó la Biblia, recordó las escandalosas medias negras, la moral y la corrupción. Estuvo patético. El doctor Ezequiel Prado, emocionante: Ilhéus ya no era tierra de bandidos, ni paraíso de asesinos. Con un gesto y un sollozo, señaló al padre y a la madre de Osmundo, de luto y en lágrimas. Su tema fue la civilización y el progreso. Por primera vez en la historia de Ilhéus, un "coronel" del cacao se vio condenado a prisión por haber asesinado a la esposa adúltera y a su amante.

(Petrópolis-Río, mayo de 1958).

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE

UN BRASILEÑO DE ARABIA



CAPÍTULO PRIMERO

La languidez de Ofenisia

Rondó de Ofenisia

Del sol y de la lluvia, y con un pequeño milagro

Del pasado y del futuro mezclados en las calles de Ilhéus

Dos notables en el puesto de pescado

De cómo el doctor casi tenía sangre imperial

De cómo Nacib despertó sin cocinera

De elogio a la ley y a la justicia, o sobre naci­miento y nacionalidad

Donde aparece Mundinho Falcaáo, sujeto importan­te, mirando a Ilhéus a través de un largavista

De la llegada del barco

De las hermanas Dos Reis y de su pesebre

De la desesperada búsqueda

Del dueño de la tierra calentándose al sol

De la conspiración política

Del arte de hablar de la vida ajena

Gabriela en el camino
CAPÍTULO SEGUNDO
La soledad de Gloria

Lamento de Gloria

De la tentación en la ventana

De la ley cruel

De las medias negras

De la ley para las mantenidas

Del simpático villano

De la hora triste del crepúsculo

De cómo Nacib contrató una cocinera o de loscomplicados caminos del amor

De la canoa en la selva

Gabriela adormecida

De entierros y banquetes con paréntesis para con­tar una historia ejemplar Paréntesis de advertencia

Cerrado el paréntesis, se llega al banquete

Noche de Gabriela
SEGUNDA PARTE
GABRIELA, CLAVO Y CANELA
CAPÍTULO TERCERO
El secreto de Malvina

Cantiga para acunar a Malvina

Gabriela con flor

Del esperado huésped indeseable

De cómo se inició la confusión de sentimientos del árabe Nacib

De las conversaciones y acontecimientos con auto de fe

Del fuego y del agua en diarios y corazones

Gabriela en la berlinda

De la luz del farol

Del baile con historia inglesa De los viejos métodos

Del pájaro "sofré"

Gabriela con el pájaro prisionero

De las sillas de alto respaldar

Del demonio suelto en las calles

De la virgen de las rocas

Del amor eterno o de Josué trasponiendo murallas

Canción de Gabriela

De las flores y de los jarrones

De las dragas, y con novia
CAPÍTULO CUARTO
El claro de luna de Gabriela

Cantar de amigo de Gabriela

Del inspirado vate a las vueltas con miserias y pre­ocupaciones monetarias De las equivocaciones de la señora Saad

De las candidaturas con escafandristas

De la gran cacería

De cómo la señora Saad se mezcló en política, rom­piendo la tradicional neutralidad de su marido, y de los atrevidos y peligrosos pasos de esa señora de la alta sociedad en su noche de militante

De los sabores y sinsabores del matrimonio

Suspiros de Gabriela

De las fiestas de fin de año

La pastora Gabriela o de la señora Saad en el "ré­veillon"

De la noble Ofenisia a la plebeya Gabriela con va­riados acontecimientos y fraudes

De cómo el árabe Nacib rompió la antigua ley y renunció, con honra, a la benemérita cofradía de San Cornelio, o de cómo la señora Saad volvió a ser Gabriela

Amor de Gabriela

De la vida sorprendente

De la "cobra-de-vidrio"

De las campanas doblando a difuntos

Del fin (oficial), de la soledad

De las pérdidas y ganancias con el "chef de cuisine"

Del camarada del campo de batalla


Del benemérito ciudadano

Suelo de Gabriela

Del barco sueco con sirena de amor

Del "post-scriptum"


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