Gabriela, clavo y canela






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DE LA LEY PARA LAS MANTENIDAS



Aquel día, en el bar excitado y casi de fiesta, mu­chas historias fueron recordadas, además de la melan­cólica aventura del doctor Felismino.

Historias general­mente terribles, de amor y de traición, con venganzas que dan escalofríos. Y, como no podía dejar de suceder por la proximidad de Gloria en la ventana, ansiosa y solitaria, con su criada yendo y viniendo entre los gru­pos de la playa o al bar en busca de informaciones, alguien rememoró el caso famoso de Juca Viana y Chiquita. No se trataba, es claro, de acontecimiento seme­jante al de aquella tarde, porque los "coroneles" reser­vaban la pena de muerte para la traición de una esposa. ¡Una mantenida no merecía tanto! Así también pensaba el "coronel" Coriolano Ribeiro.

Enterados de las infidelidades de las mujeres que mantenían -ya sea pagándoles la habitación, la comida y el lujo en pensiones de prostitutas, o alquilándoles casa en las calles menos frecuentadas- se contentaban con abandonarlas, substituyéndolas luego. Buscaban otra. Sin embargo, más de una vez habíanse dado casos de tiros y muerte por causa de una mantenida. El "co­ronel" Ananías e Iván el comerciante, por ejemplo, más conocido como el "Tigre" por su maestría de centro­delantero del Vera Cruz Fútbol Club, ¿no habíanse aga­rrado a tiros por causa de Juana, una pernambucana viruelosa, no hacía mucho?

Había sido el "coronel" Coriolano Ribeiro uno de los primeros en lanzarse a las selvas, y en plantar cacao. Pocas estancias podían ser comparadas con la suya, de tierras magníficas, donde a los tres años las plantas de cacao comenzaban a producir. Hombre de influencia, compadre del "coronel" Ramiro Bastos, él dominaba en uno de los distritos más ricos de Ilhéus. De hábitos sim­ples, conservaba las costumbres de los viejos tiempos, sobrio en sus necesidades: su único lujo era instalar casa para una muchacha de la vida. Vivía casi siempre en la estancia, apareciendo en Ilhéus a caballo, despre­ciando las comodidades del tren y de los recientes ómni­bus, vestido con pantalones "puerta-de-tienda", saco descolorido por las lluvias, sombrero de respetable edad, y botas sucias de barro. De lo que gustaba, realmente, era de su estancia, de las plantaciones de cacao, de dar órdenes a los trabajadores, de meterse en la selva. Las malas lenguas decían que en la estancia, él solamente comía arroz los domingos o días de fiesta de tan eco­nómico que era, contentándose con los porotos y el pedazo de carne seca que constituían la comida de los trabajadores. Sin embargo, su familia vivía en Bahía en la mayor comodidad, en una casa grande en la orilla, el hijo estudiaba en la Facultad de Derecho, y la hija pasaba su tiempo en los bailes de la Asociación Atlética. La esposa había envejecido precozmente, en los tiempos de las luchas, en las noches de ansiedad en que el "coronel" partía al frente de sus bandidos.

-Un ángel de bondad, un demonio de fealdad... -decía de ella Juan Fulgencio cuando alguien criticaba el abandono en que el "coronel" dejaba a la esposa, yendo a Bahía sólo de rato en rato.

Aún cuando su familia había vivido en Ilhéus -en la casa en la que ahora había instalado a Gloria-, nunca el "coronel" había dejado de tener una mantenida instalada con mesa y cama. A veces, al llegar de la estancia, era hacia la "filial" adonde primero se dirigía, aún antes de ver a su familia, era allí donde se apeaba de su caballo. Su lujo, su alegría en la vida, eran esas mulatitas en el verdor de sus años, que lo trataban como si fuera un rey.

Cuando los hijos llegaron a la edad del colegio, tras­ladó la familia a Bahía, y pasó a parar en la casa de la amante. Allí recibía a los amigos, trataba sus nego­cios, discutía de política extendido en una hamaca, pitando un cigarro de hoja. El propio hijo --cuando daba una escapada a Ilhéus y de allí a la estancia, durante sus vacaciones- debía ir a buscarlo ahí. Hom­bre de economizar monedas consigo mismo, era mano abierta con sus mancebas, le gustaba verlas envueltas en lujo, y les abría cuenta en las tiendas.

Antes de Gloria, muchas eran las que habíanse suce­dido en los gustos del "coronel", en relaciones que por l0 general duraban cierto tiempo. Las amantes suyas eran trancadas en casa, saliendo poco, mantenidas en

soledad, sin derecho a amistades ni a visitas. . . "Un monstruo de celos", decían de- él.

-No me gusta pagar mujer para los otros.. -ex­plicaba el "coronel" cuando le tocaban el tema.

Casi siempre era la mujer quien lo abandonaba, harta de aquella vida de cautiverio, de esclavitud bien ali­mentada y bien vestida. Algunas iban a los burdeles, otras volvían a las plantaciones, y hubo quien viajara a Bahía, llevada por un viajante de comercio. A veces, sin embargo, era el "coronel" quien se hartaba, quien precisaba carne nueva. Era cuando descubría, casi siempre en su propia estancia o en los poblados, a una muchachita agraciada; entonces despedía a la anterior. Pero en esos casos, la recompensaba bien. A una de ellas, con quien viviera más de tres años, le había ins­talado un mercadito en la calle del Sapo. De vez en cuando iba a visitarla, sentábase a conversar, se inte­resaba por la marcha del negocio. Sobre las mancebas del "coronel" Coriolano se contaban múltiples historias.

Una, sin embargo, había quedado como ejemplo: la de una cierta Chiquita, de extrema juventud y timidez, Chiquilina de dieciséis años, que parecía tener miedo de todo, flacucha, de ojos tiernos que parecían querer escaparse del rostro, había sido descubierta y traída de sus tierras por el propio "coronel", que le instaló casa en una calleja escondida. Ahí amarraba él su caballo alazán cuando venía a la ciudad. Andaba el "coronel" por sus cincuenta años; y era él mismo, tan tímida y vergonzosa parecía Chiquita, quien le compraba zapa­tos y cortes de géneros, o frascos de perfume. Ella, hasta en las horas de completa intimidad, lo trataba respetuosamente de "señor", o de "coronel". Coriolano babeaba de contento.

Estudiante en vacaciones, Juca Viana descubrió a Chiquita en un día de procesión. Comenzó a rondar la casa de la calle mal iluminada, y los amigos le avisaron del peligro: con mujer del "coronel" Coriolano nadie se metía, porque el "coronel" no era hombre de medias palabras. Juca Viana, estudiante de segundo año de Derecho, con pretensiones de valiente, se encogió de hombros. Disolvióse la timidez de Chiquita ante el atre­vido bigote estudiantil, sus ropas elegantes, sus pro­mesas de amor. Comenzó por abrir la ventana, casi siempre cerrada cuando el estanciero no estaba. Abrió una noche la puerta, y Juca se hizo socio del "coronel" en el lecho de su amante. Socio sin capital y sin obli­gaciones, llevándose lo mejor de las ganancias en un ardor de pasión que de inmediato se hizo conocida y comentada en la ciudad entera.

Aún hoy la historia, en todos sus detalles, es reme­morada en la Papelería Modelo, en las conversaciones de las solteronas, ante los tableros de "gamáo". Juca Viana perdió un día el sentido de la prudencia en­trando, a plena luz del día, en la casa alquilada y pagada por Coriolano. La tímida Chiquita se transfor­mó en atrevida amante, llegando hasta el extremo de salir por la noche, del brazo de Juca, para acostarse en la playa, bajo el claro de luna. Parecían dos cria­turas, ella con sus dieciséis, él con sus veinte años mal cumplidos, escapados de un poema bucólico.

Los matasietes del "coronel" llegaron cuando comen­zaba la noche, se echaron atrevidamente unos aguar­dientes a la garganta en el bar mal frecuentado de Toinho "Cara de carnero", rezongaron amenazas y partieron hacia la casa de Chiquita. Los amantes disfrutaban sus juegos de amor en el lecho pagado por el "coronel", apasionados y confiados, sonriendo el uno para el otro, felices. Los vecinos próximos oían risas y suspiros en­trecortados, de vez en cuando la voz de Chiquita murmurando en un gemido, "¡ay, mi amor!". Los hombres de Coriolano entraron por el patio, los vecinos próxi­mos y distantes oyeron nuevos rubores, y toda la calle despertó con los gritos, reuniéndose frente a la casa. Según cuentan, fue una zurra de padre y señor mío la que propinaron al joven y a su compañera, les ra­paron el cabello, de largas trenzas el de Chiquita y ondeado y rubio el de Juca Viana, y les dieron órde­nes, en nombre del indignado "coronel", de desaparecer aquella misma noche y para siempre de Ilhéus.

Juca Viana era ahora fiscal en Jequié; ni siquiera después de haberse graduado se animó a volver a Ilhéus. De Chiquita no se tuvieron más noticias.

Conociendo esa historia, ¿quién habría de atreverse a trasponer, sin expresa invitación del "coronel", el umbral de la puerta de su amante? Sobre todo la pe­sada puerta de la casa de Gloria, la más apetitosa, la más espléndida de cuantas mancebas tuviera Coriolano. El "coronel" había envejecido, su fuerza política ya no era la misma, pero el recuerdo del ejemplo de Juca Via­na y Chiquita persistía, y el propio Coriolano se encar­gaba de recordarlo cuando eso le parecía necesario.

Recientes eran los sucesos ocurridos en el escritorio de Tonico Bastos.

DEL SIMPÁTICO VILLANO
Tonico Bastos, el hombre elegante por excelencia de la ciudad, de ojeras pronunciadas y romántica cabe­llera con hilos plateados, saco azul y pantalón blanco, los zapatos brillando de lustre, un verdadero dandy, entraba en el bar con su paso despreocupado, cuando alguien pronunció su nombre. Se hizo un silencio incó­modo en la rueda, y él preguntó, sospechoso:

-¿De qué hablaban? Oí mi nombre.

-De mujeres; ¿de qué había de ser? -dijo Juan Fulgencio-. Y hablándose de mujeres, su nombre entró en el baile. Como no podía dejar de suceder...

Se aclaró el rostro de Tonico con su sonrisa, y arras­tró una silla; aquella fama de conquistador irresisti­ble, era su razón de vivir. Mientras su hermano Alfredo, médico y diputado, examinaba criaturas en su consul­torio de Ilhéus, o hacía discursos en la Cámara de Bahía, él se echaba a andar por las calles, enredán­dose con prostitutas, metiéndoles los cuernos a los es­tancieros en los lechos de sus concubinas. Mujer nueva recién llegada a la ciudad, si era bonita, en seguida encontraba a Tonico Bastos dando vueltas alrededor de su pollera, diciéndole galanterías, gentil y osado. La verdad es que tenía éxito, y que él multiplicaba esos éxitos en sus conversaciones sobre mujeres. Era amigo de Nacib y venía, por lo general, a la hora de la siesta, cuando el bar vacío se adormilaba, a espantar al árabe con sus historias, sus conquistas, o los celos de las mu­jeres por causa suya. No había en Ilhéus otra persona a quien Nacib admirase tanto.

Las opiniones variaban sobre Tonico Bastos. Unos lo consideraban un buen muchacho, un poco interesado y un poco atolondrado, pero de agradable conversación y, en el fondo, inofensivo. Otros lo consideraban un idiota, infatuado, incapaz y cobarde, perezoso y sufi­ciente. Pero su simpatía era indiscutible: aquella son­risa de hombre satisfecho con la vida, su conversación cautivante. El propio Capitán lo decía cuando se hablaba de él:

-Es un canalla simpático, un irresistible sinver­güenza.

No había conseguido Tonico Bastos pasar del tercero de los siete años

de ingeniería, en la Facultad de Río a la que lo había enviado el "coronel' Ramiro, harto de sus escándalos en Bahía. Cansado de remitirle dine­ro, desesperando de ver a aquel hijo graduado, y ejer­ciendo con entusiasmo su profesión, como lo hacía Al­fredo, el "coronel" lo había hecho volver a Ilhéus, consiguiéndole la mejor escribanía de la ciudad y la novia más adinerada.

Rica, hija única de una viuda, huérfana de un estan­ciero que dejó la piel cuando terminaban ya las luchas, doña Olga era sumamente molesta. Tonico no había heredado el coraje del padre, y más de una vez lo ha­bían visto palidecer y tartamudear cuando se veía en­vuelto en complicaciones de mujeres en la calle; pero ni por eso sabía explicar el miedo que le tenía a su mujer. Miedo, sin duda, de un escándalo que perjudi­cara al viejo Ramiro, hombre bien conceptuado y res­petado. Doña Olga vivía amenazando con escándalos; era una lengua de trapo, y en su opinión todas las mujeres andaban detrás de Tonico. La vecindad oía diariamente las amenazas de la gorda señora, sus ser­mones al marido:

-¡Si un día llego a saber que andas metido con alguna mujer! ...

En su casa no paraban las empleadas: doña Olga sospechaba de todas, las despedía al menor pretexto, porque ¡seguro que andaban codiciando a su hermoso marido! Miraba con desconfianza a las jovencitas del colegio de monjas, a las señoras en los bailes del Club Progreso, y sus celos se habían tornado legendarios en Ilhéus. Sus celos y su mala educación; sus modales gro­seros, sus "gaffes" colosales.

No es que tuviera noticias de las aventuras de To­nico, que sospechase que él pudiera estar en casa de otras mujeres cuando salía de la suya, por la noche, "a tratar asuntos de política", como él le explicaba. ¡El mundo se vendría abajo en caso de que llegara a enterarse! Pero Tonico tenía labia, y siempre encontraba manera de engañarla, de calmar sus celos. No había hombre más circunspecto que él cuando, después de cenar, daba una vuelta con su esposa por la avenida de la playa, tomaba un helado en el bar Vesubio, o la llevaba al cine.

-Miren como va serio con su elefante... –decían al verlo pasar, refiriéndose a su aire digno y a la gor­dura de Olga, que parecía reventar los vestidos. Minutos después de conducirla de regreso a su casa, en la calle "de los Paralelepípedos", donde también estaba situada la escribanía, cuando salía "para con­versar con los amigos y hablar de política", ya era otro hombre. Iba a bailar a los cabarets, a cenar en casas de prostitutas, muy animado; por él se "trenza­ban" las muchachas de la vida, cambiaban insultos y llegaban hasta a agarrarse de los cabellos.

-Un día de éstos se cae la casa... -comentaban-. El día que doña Olga se entere se va a venir el fin del mundo.

Varias veces eso había estado por suceder. Pero To­nico Bastos envolvía

a su esposa en una red de mentiras, y aplacaba sus sospechas. No era barato el precio a pagar por su posición de hombre irresistible, de conquistador número uno de la ciudad.

-¿Y qué dices del crimen? -preguntó Ño-Gallo. -¡Qué horror, eh! Una cosa así ...

Le contaron lo de las medias negras, Tonico entrecerró el ojo pícaro. Volvieron a rememorar casos semejan­tes, el del "coronel" Fabricio que acuchillara a la mujer y mandara a sus bandidos a disparar sobre el amante, cuando éste volvía de una reunión de la Masonería. Costumbres crueles, tradición de venganza y de sangre. Una ley inexorable.

También el árabe Nacib, a pesar de sus preocupacio­nes -los dulces y los saladitos de las hermanas Dos Reis se habían evaporado- participaba de la conver­sación. Y como siempre, para decir que en Siria, la tierra de sus padres, era todavía más terrible. Parado junto a la mesa, con su corpachón enorme dominaba a la asistencia. El silencio se extendía por las otras mesas, para oírlo mejor:

-En la tierra de mi padre es todavía peor... Allá, la honra de un hombre es sagrada, y con ella nadie juega. Bajo pena de...

-¿De qué, árabe?

Pasaba la mirada despaciosamente por los oyentes, clientes y amigos suyos, tomaba un aire dramático, y levantaba la cabezona:

-Allá a la mujer desvergonzada se mata a cuchillo, despacito. Cortándola a pedacitos...

-¿En pedacitos? -la voz gangosa de Ño-Gallo. Nacib aproximaba el rostro mofletudo, las grandes mejillas cándidas, componía una cara asesina, y se re­torcía la punta del bigote:

-Sí, compadre Ño, allá nadie se contenta con matar a la desvergonzada y al canalla con dos o tres tiritos. Aquella es tierra de hombres machos, y para una mu­jer descarada el tratamiento es otro: cortar a la puerca en pedacitos, comenzando por la punta de los senos...

-La punta de los senos, qué barbaridad --hasta el "coronel" Ribeirito sentíase estremecer.

-¡Qué barbaridad, ni qué nada! La mujer que trai­ciona al marido no merece menos. Yo, si fuese casado y mi mujer me adornase la frente, ¡ah!, yo seguía la ley siria: picadillo con el cuerpo de ella... No haría nada menos.

-¿Y el amante? -interesóse el doctor Mauricio Cai­res, impresionado.

-¿El manchador de la honra ajena? --quedó de pie, casi tenebroso, levantó la mano y rió con una risita cavernosa-. El miserable, ¡ay!... Bien sujeto por unos cuantos hombres, de esos sirios fuertes de las monta­ñas, le bajan los pantalones, le separan las piernas... y el marido con la navaja de afeitarse bien afilada... -bajaba la mano en un gesto rápido que describía el resto.

-¿Qué? ¡No me diga!

-Eso mismo, doctor. Capadito...

Juan Fulgencio se pasó la mano por la barbilla: -Extrañas costumbres, Nacib. En fin, cada tierra con sus usos...

-Es el diablo -dijo el Capitán--. Y fogosas como son esas turcas, debe haber muchos capados por allá. .. -También, ¿quién les manda meterse en casa ajena para robar lo que no es suyo? --el doctor Mauricio aprobaba-. Se trata de la honra de un hogar.

El árabe Nacib triunfaba, sonreía, miraba con cariño a sus clientes. Le gustaba aquella profesión de dueño de un bar, aquellas largas charlas, las discusiones, las partidas de "gamáo" y de damas, el jueguito de pócker.

-Vamos a nuestra partida... -invitaba el Capitán.

-Hoy, no. Hay mucho movimiento. Dentro de un rato voy a salir a buscar cocinera.

El Doctor aceptó, fue a sentarse con el Capitán ante el tablero. Ño-Gallo fue con ellos, jugaría con el ven­cedor. Mientras colocaban las piezas, el Doctor iba contando:

-Hubo un caso parecido con uno de los Avila...

Se metió con la mujer de un capataz, fue un escándalo cuando el marido lo descubrió...

-¿Y capó a su pariente?

-¿Quién habló de castrar? El marido apareció ar­mado, pero mi bisabuelo tiró antes que él...

La rueda comenzó a disolverse al rato, se aproximaba la hora de la cena. Venidos del hotel en dirección al cine, surgían, como por la mañana, Diógenes y la pareja de artistas. Tonico Bastos quería detalles:

-¿Exclusividad de Mundinho?

Desde el tablero de "gamáo", sintiéndose un poco dueño de los actos de Mundinho, el Capitán informaba: -No. No tiene nada con ella. Está libre como un pa­jarito, a disposición...

Tonico silbó entre dientes. La pareja saludaba, Ana­bela sonreía.

-Voy hasta allá, a saludarla en nombre de la ciu­dad.

-No mezcle a la ciudad en eso, malandrín...

-Cuidado con la navaja del marido... -rió Ño­Gallo.

-Voy con usted... -dijo el "coronel" Ribeirito. Pero no alcanzaron a ir, pues apareció el "coronel" Amancio Leal y la curiosidad fue más fuerte: todos sabían que Jesuíno, después del crimen, se había diri­gido a su casa. Saciada su venganza, el "coronel" se había retirado calmosamente para evitar el desenlace. Había atravesado la ciudad movilizada por la feria, sin apresurar el paso, yendo a la casa del amigo y com­pañero de los tiempos de barullo, mandando avisar al Juez que al día siguiente se presentaría. Para ser inme­diatamente mandado de vuelta y en paz, y aguardar en libertad el juicio, como era costumbre en esos casos. El "coronel" Amancio buscaba a alguien con los ojos, se aproximaba al doctor Mauricio:

-¿Le podría decir una palabra, doctor?

Se levantó el abogado, dirigiéndose los dos hacia los fondos del bar, el "estanciero" decía algo y Mauricio balanceaba la cabeza, volviendo a buscar su sombrero: -Con permiso. Debo retirarme.

El "coronel" Amancio saludaba: -Buenas tardes, señores.

Tomaron por la calle Adami, porque Amancio vivía en la plaza del edificio escolar. Algunos, más curiosos, se pusieron de pie para verlos subir por la calle em­pinada, silenciosos y graves como si acompañasen una procesión o un entierro.

-Va a contratar al doctor Mauricio para la defensa.

-Está en buenas manos. Vamos a tener, en el tri­bunal, al Viejo y al Nuevo Testamento.

-También... Ni necesita abogado. Tiene asegurada la absolución.

El Capitán se volvía, desahogándose mientras toma­ba una pieza del gamáo:

-Ese Mauricio es una bolsa de hipocresía... Viudo descarado...

-Dicen que no hay negrita que aguante en sus manos...

-Así oí decir...

-Tiene una, en el Morro do Unháo, que viene casi todas las noches a su casa.

En la puerta del cine volvieron a aparecer el "Prín­cipe" y Anabela, Diógenes escoltándolos con su cara triste. La mujer tenía un libro en la mano.

-Vienen para acá... -murmuró el "coronel" Ri­beirito.

Se levantaban ante la proximidad de Anabela, ofre­cían sillas. El libro, un álbum encuadernado en cuero, pasaba de mano en mano. Contenía recortes de diarios y opiniones manuscritas sobre la bailarina.

-Después de mi debut quiero la opinión de todos ustedes -estaba de pie ya que no había aceptado sen­tarse: "ya vamos para el hotel", y se apoyaba en la silla del "coronel" Ribeirito.

Estrenaría en el cabaret esa misma noche, y al día siguiente se exhibirían ella y el "Príncipe", en el cine, en números de prestidigitación. Él hipnotizaba, era un coloso en la telepatía. Acababan de hacer una demos­tración ante Diógenes, el dueño del cine, que confesaba no haber visto nunca nada igual. En el atrio de la igle­sia, las solteronas ya tan excitadas por el doble asesi­nato, miraban la escena, señalando a la mujer:

-Una más para darle vuelta la cabeza a los hom­bres.,.

Anabela preguntaba con voz amistosa: -Oí decir que hoy hubo un crimen aquí.

-Es verdad. Un estanciero mató a la mujer y al amante.

-Pobrecita... -se conmovió Anabela y esa fue la única palabra de lástima para el triste destino de Sin­bázinha en esa tarde de tantos comentarios,

-Costumbres feudales... -dijo Tonico Bastos, vuel­to hacia la bailarina-. Aquí todavía vivimos como en el siglo pasado.

El "Príncipe" sonreía desdeñosamente, aprobó con la cabeza, tragó su aguardiente puro, no le gustaban las mezclas; Juan Fulgencio devolvió el álbum donde leía elogios del trabajo de Anabela. La pareja despedíase. Ella quería descansar antes del debut:

-Los espero a todos allá, en el Bataclán.

-Allá estaremos, ciertamente.

Las solteronas llenaban el atrio de la iglesia, escan­dalizadas, persignándose. Tierra de perdición esa de Ilhéus... En el portón de la casa del "coronel" Melk Tavares, el profesor Josué conversaba con Malvina. Glo­ria suspiraba en su ventana solitaria. La tarde caía sobre Ilhéus. El bar comenzaba a despoblarse. El "co­ronel" Ribeirito había partido tras los artistas.

Tonico Bastos vino a recostarse en el mostrador, junto a la caja. Nacib vestía el saco, daba órdenes a Chico-Pereza y a Pico-Fino. Tonico contemplaba absor­to el fondo casi vacío de su copa.

-¿Pensando en la bailarina? Aquello es bocado de lujo, es preciso gastarse entero . . . La competencia va a ser grande. Ribeirito ya está con el ojo puesto...

-Estaba pensando en Sinházinha. Qué horror, Nacib.. .

-Ya me habían hablado de ella y del dentista. Juro que no creí. Parecía tan seria.

-Usted es un ingenuo -él mismo servíase; íntimo del bar, llenaba nuevamente la copa mandando anotar en la cuenta para pagar a fin de mes-. Pero podía haber sido peor, mucho peor.

Nacib bajó la voz, asombrado:

-¿Usted también navegó en aquellas aguas?

Tonico no tuvo coraje de afirmar, le bastaba con crear la duda, la sospecha. Hizo un gesto con la mano. -Parecía tan seria... -la voz de Nacib se acana­llaba-. Hay que ver debajo de toda esa seriedad... ¡Caramba con usted, eh!

-No sea mala lengua, árabe. Deje a los muertos en paz.

Nacib abrió la boca, iba a decir algo que no alcanzó a pronunciar y suspiró. Así que el dentista no había sido el primero... Ese sinvergüenza de Tonico, con su mechón de cabellos plateados, mujeriego como él solo, también la había tenido en sus brazos, había abrazado ese cuerpo. Cuantas veces él, Nacib, no la había acom­pañado con ojos de codicia y respeto cuando Sinházinha pasaba frente al bar, camino de la iglesia.

-Es por eso que no me caso ni me meto con mujer casada.

-Ni yo... -dijo Tonico.

-Cínico . . .

Encaminábase para la calle:

-Voy a ver si encuentro cocinera. Llegaron "reti­rantes", a lo mejor hay alguna que sirva.

En la ventana de Gloria, el negrito Tuisca le con­taba las novedades, los detalles del crimen, cosas oídas en el bar. Agradecida, la mulata le revolvía el pelo motoso, le pellizcaba el rostro. El Capitán, habiendo ganado la partida, miraba la escena:

—¡Caramba con el negrito suertudo!
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