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NOTAS DE CLASE 2014

PROGRAMA DE MAGISTER UAH

POLÍTICAS DE DESARROLLO EN AMERICA LATINA1

Profesor: Armando Di Filippo

Email: armando.difilippo@gmail.com

Página: www.difilippo.cl
PARTE I: LA NOCIÓN DE DESARROLLO EN LA TEORÍA ECONÓMICA

Evolución del concepto en la teoría económica académica

En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (décimo novena edición) leemos que el desarrollo es la “acción o efecto de desarrollar o desarrollarse”, y, a su vez, desarrollar puede entenderse como: a) “descoger (desplegar, extender, soltar) lo que está arrollado”; b) “acrecentar, dar incremento a una cosa del orden físico, intelectual o moral”; c) “explicar una teoría y llevarla hasta sus últimas consecuencias”; d) “efectuar las necesarias operaciones de cálculo para cambiar la forma de una operación analítica”. El desarrollo se predica respecto de algo, de una cosa que se desarrolla. Luego una pregunta esencial para abordar el tema del desarrollo es tratar de determinar que es eso que se desarrolla, y cual es la naturaleza del proceso de cambio en virtud del cual decimos que eso se desarrolla.
El concepto de desarrollo, entendido desde un ángulo económico, adquirió importancia teórica, como objetivo deseable para las sociedades más pobres, después del proceso de descolonización masiva que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial y al surgimiento de la Organización de las Naciones Unidas. Sin embargo antes de esa fecha, algunas escuelas de pensamiento económico ya habían usado el término o habían aludido al tipo de fenómenos económicos respecto de los cuales podían predicarse las acepciones del término listadas en el primer párrafo de esta sección. Para los economistas clásicos, testigos de la primera revolución industrial, el desarrollo aludía a un fenómeno objetivo de expansión de la riqueza material. Para Marx, quien participó de un marco teórico económico similar al de los clásicos, el desarrollo se predicó explícitamente respecto de las fuerzas productivas del trabajo. Tanto clásicos como marxistas, asociaron el desarrollo con una relación entre los hombres y las cosas, en que los hombres eran concebidos fundamentalmente como productores y las cosas como productos del trabajo humano.
De otro lado para los economistas neoclásicos que elaboraron sus teorías a partir de fines del siglo XIX, el interés principal estaba centrado en las condiciones del equilibrio general de los mercados y no en un proceso expansivo del tipo señalado en la anterior definición de la Academia de la Lengua Española. Más que hablar de desarrollo como un proceso, ellos pensaron en una situación de equilibrio estático que pudiera ser considerada como óptima. Los neoclásicos no pensaron el desarrollo como proceso dinámico, sino más bien como un punto óptimo de llegada. Así, forzando un poco los términos podríamos decir que para ellos, el “desarrollo” aludía a un fenómeno subjetivo de optimización del bienestar individual, mediante la más eficiente asignación de recursos limitados.
En otro sentido, posterior (a mediados del siglo XX), que se incorporó a las teorías del crecimiento económico elaboradas en ese período, el concepto de desarrollo se elaboró en torno a un par de indicadores comunes que guardan, entre sí, una alta correspondencia cuantitativa: la expansión del producto medio por persona (o por trabajador ocupado), entendido como un incremento del bienestar derivado de mayores oportunidades de consumo, y/o como la expansión del poder productivo de los sistemas económicos. Estos indicadores se tomaron como referentes deseables en si mismos al menos para las diferentes teorías económicas que incursionaban en la temática del desarrollo.

Desarrollo económico, valor económico y pobreza


Hemos visto de qué manera el tema del desarrollo económico tiene mucho que ver con el tipo de relación entre las personas y las cosas que se establece en las principales escuelas económicas. El asunto puede adquirir mayor claridad si, ahora, vinculamos esas corrientes con sus respectivas teorías del valor económico encargadas de explicar qué cosa es aquello que los precios miden, es decir cuál es el contenido o sustancia esencial medida por (y subyacente a) los precios de mercado.
Para algunos clásicos (particularmente Ricardo) y para Marx el precio de una mercancía guarda proporción, bajo condiciones de equilibrio estable de los mercados, con la cantidad de trabajo contenida en cada mercancía. De aquí, entonces que la relación entre las personas y las cosas que estas escuelas privilegian sean las de productor-producto.
Para los neoclásicos, por otro lado, el precio de una mercancía guarda proporción, bajo condiciones de equilibrio estable de competencia “perfecta”, con la utilidad marginal (adicional) que se deriva del consumo de una unidad de bien económico (definido por su utilidad y escasez). De aquí, entonces que la relación entre las personas y las cosas que estas escuelas privilegian es la de consumidor-bien.
En las dos escuelas que hemos examinado, tanto el concepto de desarrollo económico como el concepto de valor económico, se asocian con un tipo de relación entre los seres humanos y las cosas, y es el valor de mercado de esa relación lo que determina esencialmente los precios relativos y puede asociarse con una posición dinámica de desarrollo o, en el caso de los neoclásicos, con una posición óptima de satisfacción o bienestar. Cuando hablamos del valor de mercado de una relación, queremos significar que, en términos agregados para un sistema económico tanto la magnitud alcanzada de desarrollo económico como de pobreza existente, en un momento dado del tiempo, debe medirse en magnitudes económicas calculadas en precios de mercado.
En materia de medición de pobreza es claro que existen otras medidas mucho más precisas sobre el grado de satisfacción de las necesidades humanas a escala personal o familiar, pero el punto a destacar es que la ciencia económica debe buscar algún tipo de vínculo teórico-conceptual entre la estructura de precios relativos existente en mercados históricamente concretos y el grado de satisfacción de las necesidades básicas. Lo anterior debe verificarse, también para el precio de la fuerza de trabajo. Piénsese ante todo que el salario es, desde una perspectiva restrictivamente económica el precio de la capacidad humana de trabajo que cada trabajador vende a su empleador, por lo tanto dicho precio debe asegurar la reproducción cotidiana de dicha capacidad laboral, lo que exige satisfacer las necesidades personales y familiares de los trabajadores en un mínimo de subsistencia suficiente para dejarlos en condiciones de seguir trabajando. Esa es la visión subyacente al concepto de salario mínimo propia de los economistas clásicos y también de Marx.
Respecto del concepto de pobreza, los clásicos examinan y elaboran la noción en relación con su concepto de salario de subsistencia en tanto que los neoclásicos lo ignoran porque solamente les interesa el precio de los factores productivos desde el punto de vista de su productividad marginal. En ninguno de los dos casos, el trabajo es considerado como una acción humana destinada a satisfacer necesidades humanas con implicaciones multidimensionales (biológicas, económicas, culturales y políticas) sino como un factor productivo que se ofrece como mercancía. En el caso de Marx, el factor humano del trabajo está más presente a través de la teoría de la explotación. Pero, aún así el tema de la pobreza no se desarrolla tanto como un índice de la insatisfacción de las necesidades humanas esenciales sino más bien como un índice de explotación que, en el capitalismo se mide a través de variables tales como la tasa de plusvalía.
En resumen, tanto clásicos como neoclásicos miden el desarrollo como una relación entre los hombres y las cosas. Los clásicos lo hacen desde el punto de vista del poder productivo del trabajador, los neoclásicos desde el ángulo de las preferencias del consumidor. Para los primeros a mayor productividad laboral más desarrollo, para los segundos a mayor satisfacción individual en el consumo más bienestar, cuya expansión es equiparable a la idea de desarrollo. Los primeros hacen depender el valor de las mercancías de su contenido en trabajo humano, los segundos de su utilidad y escasez.


Examinaremos ahora una tercera opción en que los conceptos de desarrollo económico, de valor económico y de pobreza pueden verse desde una perspectiva centrada en las personas humanas especialmente si se incluyen las necesidades biológicas, políticas y culturales que son inherentes a dichas personas. En particular las necesidades humanas, son categorías no sólo económicas, sino también políticas, culturales y biológico ambientales, y se pueden pensar o traducir bajo la forma sociopolítica equivalente de derechos económicos, políticos y culturales. Esto cambia completamente el significado de los conceptos económicos de valor, de desarrollo y de pobreza.
En esta tercera perspectiva epistemológica, las formas multidimensionales de promover el desarrollo y la lucha contra la pobreza implican una estructura social que respete las obligaciones y responsabilidades correlativas por parte de las personas jurídicas y naturales necesarias para superar esa situación de pobreza. Un primer paso en esa dirección fue dado por otros economistas que agruparemos bajo la denominación de “teóricos del valor-poder o, alternativamente, teóricos del valor-libertad”.
A diferencia de la idea de la relación persona-cosa (productor-producto o consumidor-bien), los teóricos del valor- poder, establecen una relación persona-persona. Es decir, buscan detrás de las mercancías la posición institucional de las personas que transan a través del mercado. Sólo por ese camino es posible intentar una vinculación con las nociones de necesidades humanas y de pobreza.
Una primera gran contribución a estas nociones proviene de la corriente institucionalista norteamericana.
Los padres fundadores del institucionalismo norteamericano son Thorstein Veblen y John Commons. A diferencia de la corriente neo-institucionalista posterior que es conservadora (por ejemplo Douglass North), ambos autores (Veblen y Commons) plantearon una crítica profunda y epistemológicamente fundada a los postulados de la economía marginalista neoclásica. La influencia de esta escuela, y el número de sus adeptos, fue creciente durante la primera mitad del siglo XX, y alcanzó efectiva importancia durante el período de entreguerras –digamos entre 1920 y 1940- y a pesar de la variedad de matices y énfasis entre sus diferentes cultores todos los institucionalista de la primera ola (los fundadores de la escuela) coincidieron en rechazar la versión simplista y mecanicista de la teoría marginalista-neoclásica del valor, fundada en los supuestos abstractos, estáticos y ahistóricos del modelo de equilibrio general estable, originalmente planteado bajo condiciones, así denominadas, de competencia perfecta.
En consecuencia sus ideas se apartan del valor asociado a las nociones utilitaristas propias de la relación persona-cosa (consumidor bien), y se concentran en el estudio de las necesidades y los derechos de las personas en el marco de las estructuras sociales en que estas conviven. Las nociones de poder y libertad forman parte esencial de sus argumentaciones.
Thorstein Veblen estudió con mucha claridad la estructura de poder del capitalismo estadounidense emergente, distinguiendo entre dos procesos paralelos y dos actores fundamentales. De un lado planteó la racionalidad objetiva de los procesos mecánicos asociados a la gran industria y delineó un tipo de actor social vinculado a la actividad

tecnológica e ingenieril. De otro lado propuso una racionalidad más bien ritual o convencional, asociada a la esfera de los negocios, en donde ocupa un papel protagónico la mentalidad adquisitiva y buscadora del lucro de la empresa de negocios.
Este contrapunto entre ambas mentalidades organiza todas las reflexiones de su Theory of Business Enterprise. De una parte emerge la racionalidad tecnológica y despersonalizada vinculada al desarrollo del maquinismo, en donde aparece una forma de institucionalidad

técnica que ordena la vida económica, creando una estructura de cadenas productivas que disciplinan la vida laboral.
Esta civilización de la máquina y de la gran industria se impone, como un gran monstruo mecánico, sobre las necesidades humanas y los derechos naturales de los trabajadores. De otro lado emerge la racionalidad «ritual» de los procesos contractuales – cada vez más

alejados de la lógica de las pequeñas empresas dentro de mercados relativamente competitivos–, en donde se van imponiendo reglas de juego que atropellan los derechos humanos naturales que visualizaron los pioneros de las revoluciones políticas europea y americana.
Veblen, elaborando nociones que ya había anticipado de manera históricamente amplia en su Teoría de la Clase Ociosa, concentra y aterriza su mirada crítica sobre la sociedad estadounidense de comienzos del siglo xx. Observa de qué manera el orden jurídico,

en la tradición anglosajona del common law, va imponiendo interpretaciones que implican una transición desde los derechos humanos naturales, hacia un dominio incontrastable de los derechos de propiedad y de contratación, como un ámbito «intocable» capaz de predominar sobre cualquier otro tipo de instituciones. (Di Filippo 2013, página 266 y siguientes, énfasis agregado a la cita)
De otro lado John Commons, el otro fundador del institucionalismo estadounidense, de manera temprana introdujo el concepto de transacción como categoría central de su teorización económica: “La más pequeña unidad analítica de los economistas clásicos era una mercancía producida por el trabajo. La más pequeña unidad de los economistas hedonistas era esa misma o similar mercancía disfrutada por el último consumidor (consumidor marginal). Uno era el lado objetivo, el otro el lado subjetivo de la misma relación entre el individuo y las fuerzas de la naturaleza. El resultado en cualquier caso, era la metáfora materialista de un equilibrio automático, análogo al que logran las olas del océano, pero personificado como “buscando su nivel”. Pero la más pequeña unidad de los economistas institucionales es una unidad de actividad – una transacción, con sus participantes. Las transacciones intervienen entre el trabajo de los economistas clásicos y los placeres de los economistas hedonistas, simplemente porque es la sociedad la que controla el acceso a las fuerzas de la naturaleza, y las transacciones son, no “el intercambio de mercancías” sino la enajenación y adquisición entre individuos, de los derechos a la propiedad y a la libertad creados por la sociedad, los que deben por lo tanto ser negociados entre las partes involucradas antes de que el trabajo pueda producir, o los consumidores puedan consumir, o las mercancías puedan ser físicamente intercambiadas. (énfasis agregado a la cita).
Lo específico de los teóricos del valor-poder (o valor-libertad) es, valga la redundancia, introducir los conceptos de poder en las transacciones de mercado. De esta manera los precios de mercado, de acuerdo con estos teóricos, son una medida de las posiciones institucionalizadas de poder y de libertad de las partes contratantes. Al aceptar las nociones de poder y de libertad estos teóricos abren la puerta a una noción multidimensional de la teoría del valor y de los precios.
Entre las nociones de poder y libertad hay una correspondencia y correlación directa, al menos en la esfera de los mercados. Más precisamente la noción de libertad adquisitiva está inmediatamente correlacionada con la noción de poder adquisitivo. Si bien no todos los teóricos que mencionamos a continuación hablaron de la noción de libertad adquisitiva general, sí tuvieron en cuenta la noción básica de poder adquisitivo general.
Una de las unidades de cuenta en que puede medirse el valor en los mercados es la unidad de salarios, es decir la cantidad de poder adquisitivo que debe ser entregada a los trabajadores no calificados para inducirlos a trabajar bajo condiciones de subordinación. Esa unidad vista desde el punto de vista del empleador es una medida de su poder para inducir a trabajar al asalariado, pero vista desde el punto de vista del trabajador subordinado es una medida de su carencia de poder en el mercado. Por así decirlo ese ínfimo poder adquisitivo “toca fondo” al nivel en que se fija, porque corresponde a un nivel de subsistencia. Esa es una línea de pobreza que hoy se calcula a través de diferentes criterios y también corresponde a la noción de salario mínimo.
La noción de pobreza (o quizá mejor de indigencia) es una medida social sobre la que se fundó la teoría clásica (en particular David Ricardo y Robert Malthus) y también la de Marx, apoyadas ambas en la categoría de “salario de subsistencia”. Existe una correlación lógica e histórica entre las nociones de poder y de libertad, que se manifiesta con claridad en la esfera de los mercados. En efecto, como ya observáramos, la contrapartida del poder adquisitivo general ejercido en los mercados es la libertad con que cuenta quien ejercita dicho poder.
Aquí para los fines de establecer un nexo entre las nociones de desarrollo y las nociones de desarrollo económico, hemos enfatizado los vínculos entre las nociones de poder y de libertad cuando ambas se expresan en unidades de poder adquisitivo general.
Una de las coincidencias teóricas fundamentales, en la que todos los teóricos del valor poder convergen es demostrar que la racionalidad instrumental del mercado de competencia perfecta construido por la corriente teórica neoclásica, correspondía a un mundo de equilibrio estable ajeno a la realidad. Más precisamente estos autores demostraron, desde diferentes ángulos que por detrás de la “mano invisible”, existían estructuras sociales y políticas, cuyos intereses se expresaban en el mercado a través de específicos instrumentos de poder. Demostraron que la construcción Walrasiana (Escuela de Lausanne) del equilibrio general estable y conmutativamente justo era epistemológicamente falsa. Era falsa porque no reflejaba la naturaleza esencial de capitalismo como sistema económico.
Keynes estudió en profundidad la noción de poder adquisitivo general (Treatise on Money 1930), y además puso de relieve que el sistema capitalista carece de fuerzas auto-reguladoras que lo conduzcan a posiciones de equilibrio estable y que la acción correctora de la política económica es necesaria para el logro del equilibrio con pleno empleo (Teoría General de la Ocupación el Interés y el Dinero 1936). Su contribución a la temática del poder se verificó primero explicando con extrema claridad cual es la naturaleza del poder adquisitivo general2 por medio del cual se miden todas las formas sociales del poder, y, segundo, legitimando el papel central del poder político en la regulación de las economías capitalistas.
Tras referirse a los índices generales de precios de los bienes de consumo, Keynes, en su Tratado de la Moneda (Treatise on Money 1930) incluye dos conceptos adicionales que son de invalorable significación para nuestro esfuerzo de buscar los fundamentos de una teoría del poder económico uno de ellos lo denomina el poder sobre el trabajo del dinero (labour power of money) y el otro es el de los números índices de las clases trabajadoras: “El poder sobre el trabajo del dinero es una norma o estándar que pretende medir el poder del dinero sobre las unidades del esfuerzo humano contrastado con las unidades de mercancías de manera tal que el poder adquisitivo del dinero dividido por el poder sobre el trabajo del dinero provee un índice de poder generador de ingreso real (real earning power) y por lo tanto de nivel de vida”.3
Joseph Schumpeter a pesar de su profesión de fe neoclásica, tomó solamente como punto de partida las posiciones estables de equilibrio general o corriente circular, pero para desarrollar sus propias ideas introdujo el papel central de la innovación empresarial. Con ello demostró que el modo de ser, o la naturaleza esencial del capitalismo es el desarrollo pero procesado a través de altibajos cíclicos. Su contribución al tema del poder se manifestó en especial a través de su definición del capital como una categoría diferente a la de los bienes de capital. El capital es, para Schumpeter un fondo de poder adquisitivo general que se pone a disposición de los empresarios innovadores, permitiéndoles promover el proceso de desarrollo económico.
Galbraith, también se abocó a dilucidar los contenidos de la noción de poder ejercido a través del mecanismo de mercado para perseguir fines múltiples. Y así como Schumpeter había estudiado el papel del empresario innovador como protagonista central del desenvolvimiento económico, Galbraith estudió el papel de la gran corporación capitalista tal como ésta se ha desarrollado en Estados Unidos. La gran corporación capitalista expresa la inteligencia organizada, muy distinta y muy distante de los mecanismos automáticos de un mercado de competencia perfecta. En particular presentará el dilema que se plantea entre la necesidad de crecimiento y la necesidad de generar ganancias por parte de las grandes empresas que componen la tecno-estructura. Examinó el poder de las corporaciones transnacionales para fijar precios de mercado y, segundo, a través de su noción de poder compensador, entendido como un contrapeso o compensación de las otras formas de poder en el mercado. Este poder compensador, por ejemplo el de los sindicatos frente a los grandes gigantes de los mercados oligopólicos, o el de los consumidores organizados frente al control de los precios y de la publicidad, es un reconocimiento de la importancia de las posiciones de poder de las partes contratantes en la determinación de los precios de mercado.
Rául Prebisch, uno de los padres fundadores del estructuralismo latinoamericano también parte rechazando la lógica del mercado de competencia perfecta en cuanto al logro automático de posiciones de equilibrio estable. Al igual que Keynes y Schumpeter está más interesado en la dinámica del desequilibrio general que en la estática del mercado de competencia perfecta. Su preocupación fundamental es el desarrollo económico y la distribución social de sus frutos. Su perspectiva es global y plantea un escenario de relaciones internacionales donde los centros se enfrentan a las periferias en el reparto de los frutos del progreso técnico. Su preocupación central es la distribución de los frutos del desarrollo, y el papel nocivo cumplido por el consumismo en los países periféricos que intentan imitar las pautas de vida de los países centrales, adoptando estilos de vida que no corresponden a sus posibilidades económicas ni a sus condiciones culturales. Sin embargo Prebisch al igual que Furtado (los dos máximos representantes de la corriente estructuralista latinoamericana de economía política) avanzaron mucho en el estudio de todas las instituciones que están detrás del mercado y contribuyen a determinar las posiciones de poder (económico, social y político) de las partes contratantes. Lo hicieron con especial referencia a las particulares condiciones sociales de las regiones subdesarrolladas en general y de América Latina en particular.
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