Las monjas benedictinas del monasterio de Sant Pere de les Puel·les, en Sarrià, se adaptan a los nuevos tiempos conservando la tradición de los oficios artesanales






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fecha de publicación02.06.2015
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Las monjas benedictinas del monasterio de Sant Pere de les Puel·les, en Sarrià, se adaptan a los nuevos tiempos conservando la tradición de los oficios artesanales
Las monjas benedictinas del monasterio de Sant Pere de les Puel·les, en la zona alta de Barcelona (Anglí, 55), han encontrado el equilibrio perfecto entre la labor y el descanso, entre la contemplación y la acción y entre la aguja de coser y el mouse. “En medio del nerviosismo, del ruido y las prisas que agitan la vida de hoy, ofrecemos, en plena ciudad, un espacio de reencuentro interior y diálogo”. Lo que ha cambiado es que Jesucristo, en el siglo I, iba en sandalias y utilizaba el escoplo y la azuela para hacer las sillas de su pequeña carpintería. En el siglo XXI se han digitalizado las Biblias, los hay que se ponen zapatos con plataforma y la mayoría de ebanistas han sido sustituidos por Ikea.

El monasterio de Sant Pere de les Puel·les, que ocupa prácticamente una manzana, es terreno circundado tras sus muros de edificios modernistas, multinacionales, mansiones y congregaciones de acné de los colegios. El monasterio es la paz. Sus dos pilares son el rezo (“relación personal amorosa con el Padre”) y el trabajo (“un instrumento en el camino de la libertad”). Entre las actividades, como la confección de ornamentos litúrgicos, destacan dos oficios en los que las monjas son especialmente doctas: el taller de restauración y el taller de encuadernación.

Cuando Barcelona aún tiene a sus adolescentes dentro de los afterhours, las benedictinas se levantan para alabar al Señor.

La hermana María abre cada día el postigo del pórtico a las seis menos diez de la mañana. Ni aldabas, ni trancas, ni picaportes. Antes usaban una llave de hierro tan grande como la llave de Barcelona que entrega el alcalde a invitados ilustres, pero hace unos años cambiaron la cerradura y “no hay que dar tantas vueltas”.

A las seis menos siete minutos, una hermana hace sonar la esquila, una pequeña campana situada en el claustro: es el toque de maitines.

La hermana atraviesa veloz el patio, donde la noche es como más cerrada, no contaminada por la luz de las farolas. La oscuridad impide ver los detalles de los capiteles, obra de 1879 del arquitecto Antoni Robert. Lirios de punta en blanco bajo las arcadas, naranjos de perfumadas flores y un pozo en medio del atrio. El silencio, un bien preciado, impone. Hablas como si estuvieras secreteando.

6 horas. Maitines

El “cor de l’església”. La mitad de la nave está en la penumbra. Candeleros, hachones, un cirio pascual tan largo como un báculo y un velón como un rascacielos de Nueva York.

Hábitos y velos negros. A medida que van entrando en el coro, se inclinan ante el altar, bajo un baldaquín y sobre unas gradas de mármol.

Han madrugado 27 monjas; otras, por su edad avanzada, no asisten a maitines. En total, la gran familia de Sant Pere de les Puel·les está formada por 44 monjas, cuatro de las cuales están en el santuario de Santa Maria de Puiggraciós (Ametlla del Vallès), fundación de la congregación. La media de edad es de 60 años. La hermana más joven tiene 46 años. La más anciana tiene 94 años, y se halla aquejada de alzheimer. Es la “mare Clara”, abadesa de 1963 a 1979, y, por tanto, durante el Concilio Vaticano II (1961-1965). Está en la enfermería, y escucha aunque parezca dormida. Se han colocado altavoces para que las hermanas enfermas sigan las misas.

En el coro se ora y se medita sosteniendo en las dos manos un breviario en catalán editado por la abadía de Montserrat con los rezos correspondientes a la liturgia monástica. El punto de libro marca las antífonas al salmo invitatorio de maitines “propio del tiempo”.

Olor a incienso. Ojos entrecerrados. Manos entrelazadas. Actitud recogida. Miradas sepultadas en hondos pensamientos. Es el gran silencio de los cartujos del documental de Philip Groening, que, por cierto, las monjas han visto en DVD. El tubo de escape de alguna moto de gran cilindrada y el canto de los mirlos urbanos es lo único que penetra la piedra y rebasa el rosetón que aún no ha sido traspasado por la luz de los primeros rayos. Silencio absoluto. Toses y carraspeos. Es tan profundo el silencio que cualquier sonido es un terremoto.

Suenan los tubos del órgano de un gris siberiano. Recitan el “Glòria al Pare i al Fill i a l’Esperit Sant”.

Termina el culto, “una hora preciosa y quieta, porque aún no ha empezado el ruido de los colegios”, susurra la hermana Esperança, la priora por elección directa de la abadesa, pues se trata de su cargo de confianza.

La sala paredaña a la iglesia es la sala de encuentros y conferencias “de los laicos”. Un corcho sostiene un portal de nuevas ideas. Son avisos y proclamas de devociones. Una mesita con trípticos, dípticos, cuadrípticos y otros folletos, incluso referentes al papel de la Iglesia en la pacificación del País Vasco.

Iconos, crucifijos, cuadros y relojes cuelgan en rincones adecuados.

Después de maitines, la plegaria personal, que dura una hora. “Es un tú a tú con Dios, en la celda”, explica la madre Gertrudis, la abadesa por votación secreta (se es abadesa hasta los 70 años). De su cuello pende el pectoral, una cruz griega plateada. Acompaña a la madre Gertrudis la madre Maria-Lurdes, abadesa emérita (ex abadesa) desde el 2000, que se despide: “Os dejo, voy a la lectio divina. Nos vemos en la Eucaristía”.

La hermana Catalina me pone un cortado bien cargado de café. Ella es responsable de la “hostatgeria” (16 habitaciones). La finalidad de la hospedería es ofrecer un espacio de soledad, silencio y oración a toda persona o grupo que lo desee. Es un servicio con el que cuentan también los otros tres monasterios benedictinos catalanes: Sant Daniel de Girona, Sant Benet de Montserrat y la Santa Família de Manacor, que constituyen la “Federació Catalana de Monges Benedictines”. El hospedaje es característico de todos los monasterios benedictinos.

La hermana Catalina es la organista, acompasa los cantos de las distintas horas del oficio eclesiástico.

Para abrir las puertas que permiten pasar de la “hostatgeria” a los aposentos del monasterio hay que aprenderse un código de seguridad. “Es que nos entraron”, me aclaran.

8 horas. Laudes y Eucaristía

Las laudes son las plegarias de la mañana, cuando nace el sol. “El sol, inicio del día, es símbolo de de Jesucristo”, dice la abadesa. “Es un rezo de alabanza que en nuestra congregación precede a la eucaristía, centro de la vida comunitaria”.

Nuevamente “el cor de l’església”. Hace su aparición mossèn Mateu con túnica y casulla blancas, y le da entrada un abanico de voces con el “Aleluia, aleluia, el Senyor ha ressuscitat!”.

Con dicción clara y limpia, desde el atril, la hermana Teresa declama y pide el fin “de la plaga mundial del terrorismo”: “Pedimos la paz, especialmente para Iraq y para acabar con las guerras en todo Oriente Medio”.

En la nave central, participando de la eucaristía, dos feligresas ancianas.

Las vinajeras sobre la credencia y los cálices de plata. Tras el amén final, el mosén se retira a la sacristía. Se quita la casulla y desayuna. Son las nueve.

En la hospedería, Doy se unta unas tostadas con mermelada de albaricoque y membrillo. Doy viene de la palabra dolor, y es el sobrenombre de Manuel Pedro Olivera Ganga. Nació hace 26 años en Malange (Angola), donde pasó hambre y guerra. Le ha acogido una familia de Torelló. Entre semana se aloja en la casa de las benedictinas: prepara el examen de ingreso en la universidad. Quiere cursar medicina para “curar heridas”. Frecuenta la biblioteca.

La bibliotecaria “sin título” es la hermana Clara. Rellena las fichas por ordenador y las imprime, tanto las correspondientes a libros de teología (María, de Bernhard Haring) como otros del mercado (El hereje, de Miguel Delibes). “Antes trabajaba con un Mac, pero se quedó desfasado”.

Cada hermana está enfrascada en su labor (“no fichamos”). A la madre Gertrudis le suena el busca. Es un aviso de la portería. “Algunas hermanas llevamos busca para que nos encuentren, la casa es tan grande...”.

En la portería recogen el encargo. Es una llamada para la hermana Rosa María, que como pasa del busca, la llaman por la campana. “Cada monja tiene un toque de campana”. El de la hermana Rosa María es un repique y tres toques.

La portera es la hermana Montserrat, que atiende amablemente el teléfono mientras hace ganchillo.

La hermana Rosa María vuelve a lo suyo. Es la que traduce del francés los textos del Diálogo Interreligioso Monástico, una serie de comisiones e intercambios culturales anuales, abierto también a laicos sensibles a la sabiduría universal. “He ido a reuniones con budistas zen de China y Japón”.

13.45 horas. Hora menor

Un cuarto de hora de himnos, salmos y un fragmento de la Sagrada Escritura.

A las dos, se come en el refectorio. En silencio. A veces se pone un CD con música, “no de rock” (un Brams o un Bach). Cada día una monja diferente lee en el púlpito del “menjador” las noticias seleccionadas del periódico. Hoy han subrayado, entre otras, el artículo sobre la paliza de los mossos a un detenido en la comisaría de Les Corts.

Ensalada, berzas (de la huerta), merluza y calamares a la romana. Las compras de la semana las hace la hermana Maria Assumpta por internet. “Me encargo del mantenimiento”. Los lunes se mete en la página de Bon Àrea y clica lo que quiere en el icono que representa un carrito de la compra: “bandejas de albóndigas, 13; de pavos, 12…”. A la hermana Maria Assumpta le gustan las máquinas “de manera innata”. No navega mucho por la red. “Parece extraño, pero vamos justas de tiempo”. Podría haber sido ingeniera informática y la webmaster del monasterio (www.benedictinescat.com). Hay una docena de ordenadores repartidos por varios departamentos conectados a una impresora láser, pero la hermana Maria Assumpta tiene su propio portátil que lleva a todos lados y al que saca partido. “La contabilidad la presento a las hermanas en PowerPoint, para hacerla más agradable y comprensible”.

A las 15.30 horas, “trobada comunitària”. La madre Gertrudis, la abadesa, la define así: “Es un rato para compartir cosas que nos afectan, como el caso de la parroquia madrileña de San Carlos Borromeo, que quieren cerrar”. Aprovecho para conocer su opinión al respecto: “Jesús hacía eso, es el Evangelio en tanto que es acoger a la gente más necesitada”.

En una sala con un televisor de plasma enorme, de los que hay en los pubs irlandeses para ver los partidos de la Première Ligue, las monjas, en círculo, se pasan un micro (“es por las que están más sordas”). La madre Gertrudis da cuenta del apartado de varios:

—Han llamado las carmelitas, que nos invitan a una conferencia sobre Sor Isabel de la Trinidad… Los cursos de formación permanente de espiritualidad serán… Mañana vendrá la doctora...

Terminada la tertulia, vuelta al tajo. La hermana Maria Teresa pertenece a la junta de la Acción de los Cristianos para la Abolición de la Tortura (ACAT). “Es una asociación internacional no gubernamental, avalada por la ONU, que nació en Francia en 1974 para denunciar la tortura. Escribimos a los consulados y a los gobiernos implicados de los casos que nos llegan por e-mail, al estilo de Amnistía”. En una salita está la sede de ACAT en España, desde su fundación, hace 20 años. Preside el tabuco un óleo de un Cristo negro y el artículo 5 de la Declaración de Derechos del Hombre bien visible: “Nadie será sometido a tortura ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. No les importa las críticas de los más conservadores: “Si tuviéramos miedo, no haríamos nada. Hay que luchar”.

19.30 horas. “Vespres”

Plegaria vespertina de alabanza y acción de gracias: himno, salmos, oraciones de intercesión y un pasaje de la Biblia. Le sigue la cena.

El sol declina. El último rezo es a las 21 horas (Completas). A las 22 horas las hermanas se recogen en sus celdas.

“El que espere y sonría, ese verá la luz” (Mi fin en el viento, de Carmen Conde)
DESPIECE I. Taller de restauración

Funciona desde hace más de 30 años. Actualmente, la responsable es la hermana María Dolores, asturiana y médico. “Cualquier libro o documento se trata igual que a un paciente, por eso los restauradores tenemos que tener una gran capacidad de observación, que va acompañada de pruebas y análisis diversos. Con los resultados obtenidos proponemos un tratamiento adecuado. Se crea un diálogo entre el restaurador y el documento, que es uno de los aspectos más apasionantes de nuestro trabajo. Las hojas de los libros, por más asombroso que pueda parecer, se lavan, se encolan, se alisan y se reconstruye el papel perdido. Los libros, con sus encuadernaciones destrozadas, los códices formando un amasijo por las llamas de un incendio, los incunables de papel perforado como un acerico por los insectos, tras largas horas de “cirugía”, recobran su fisonomía original”.

La explicación de la hermana María Dolores es de experta en la materia. Su entusiasmo se contagia.

Le ayuda la hermana Esperança, la priora, que se pone la mascarilla protectora para desmontar una obra singular, de 1617: Llibre dels secrets de l’agricultura rústica i pastoril, que desvela la fase de la luna en la que hay que plantar las semillas.
DESPIECE II. Taller de encuadernación

El taller de encuadernación mantiene un ritmo constante de trabajo con distintos tipos de encuadernación: colecciones variadas, diarios, clásicos de la literatura, revistas parroquiales y litúrgicas. “En ocasiones, cuando crees que la cosa está tranquila, nos llegan cajas y cajas con publicaciones anuales de bibliotecas y otros centros”, responde la hermana Gertrudis Argenté, coordinadora del taller, señalando una pirámide de paquetes que llega hasta el techo. No hay fecha de entrega, pero tienen prioridad los libros de contabilidad que se han de presentar a Hacienda.

La hermana Francesca, de 90 años, saca las grapas. Encampana la voz porque está un poco sorda.

—¡¿Que qué hago?! ¡Quitar las grapas!

La hermana Conxa, la novicia, coloca la tarlatana (un tejido como una gasa) en el lomo de El origen del hombre, de Charles Darwin. “Antes encuadernábamos también tesis doctorales, pero ya no, porque las querían de un día para otro”.
DESPIECE III. Un milenio ininterrumpido

En latín puella significa niña. Sant Pere de les Puel·les es, pues, “Sant Pere de las noies”. El monasterio se fundó en el 945, en la que hoy es la plaza Sant Pere de Barcelona. Allí, en el “baluard de Sant Pere”, cayó el 11 de septiembre de 1714 el Conseller en cap, Rafael Casanova. En 1879, después de largos años de obligados traslados a causa de los avatares bélicos y políticos que sacudieron la sociedad, las monjas consiguieron edificar el actual monasterio en el entonces municipio de Sarrià.

La hermana Montserrat Abelló es la archivera y convive con pergaminos y volúmenes de todas las épocas, algunos de dimensiones gigantescas, como los cantorales del siglo XV.

Hace unos días el Hill Museum& Manuscript Library de la Saint John’s University de Estados Unidos le pidió permiso para reproducir sus códices.






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