Unidad 5: Fenomenología del acto libre






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Facultad de Filosofía. UCA

Cátedra: Ética

Año: 20010


Unidad 5: Fenomenología del acto libre



Esta unidad consta de tres partes fundamentales: a) La distinción entre actos humanos y actos del hombre. b) La estructura del acto humano. c) La moralidad de los actos humanos.
a. 1) El acto humano como un obrar desde el centro. Presencia personal intelectual y afectiva como condición del obrar libre. La libertad situada en la naturaleza e historia del sujeto.
La libertad se ejerce fundamentalmente en los llamados actos humanos. ¿Qué es un acto humano? Un acto humano es un acto libre cuya libertad es resultado del ejercicio conjunto de las facultades específicamente humanas: el conocimiento, la voluntad y la capacidad de creación (que es siempre co-creación ejercida dentro de los límites de la potencia), de introducir una novedad en el mundo.

Se dice también en sentido figurado que los actos humanos son aquellos que brotan del «centro» de la persona. Esta denominación «espacial» simboliza el obrar de un sujeto que surge de una presencia intelectual y afectiva a lo real. Vivir desde el centro es estar presente como ser humano a lo real y esta presencia, por ser «humana» es presencia de lo propiamente humano: el yo se relaciona con el mundo a través del conocimiento y el amor encarnados y desde allí puede intervenir creativamente en lo real. La presencia personal o desde el centro personal, capta de la realidad las posibilidades y necesidades, que reclaman la intervención del hombre. La realidad le revela al sujeto atento su contenido de posibilidad, de lo no acabado, de aquello que necesita de su intervención libre para su crecimiento o restauración en la línea del bien. La realidad (tanto la del sujeto como la del mundo en que habita), se presenta entonces como una llamada que pide una respuesta libre (creadora). La circunstancia temporal es captada no sólo como chronos sino también como kairós, como una ocasión para la libertad.

A la inversa, el estar «distraído» del yo no es una verdadera presencia, es más bien un estar ausente a las llamadas de lo real. De ahí que se opongan como actitudes humanas el «vivir desde el centro» al «vivir desde la periferia». Vivir desde la periferia implica una ausencia gnoseológica-afectiva a lo que de veras es. El sujeto no está en su centro, no está «en casa», dice Pascal en sus Pensamientos1; esta di-vertido, vertido fuera de sí, experimentando un contacto superficial, epidérmico con lo que se le enfrenta. No es capaz de escuchar la verdadera llamada de lo real ni de responder libremente al faltarle ese espacio de vida interior que lo transforma en señor de sí mismo, en protagonista de su temporalidad. De allí la afirmación de Franz von Baader:
:..es por el no reposo del centro (es decir su apertura o desaparición) que se efectúa la destrucción del movimiento libre en la periferia”.1
También desde la psicología, Sacha Nacht::
Si existe en el hombre un «yo autónomo», éste no puede ser, en cierta manera más que un eje central de su ser, eje alrededor del cual se organiza y se construye todo su psiquismo. Utilizaré aquí la conocida imagen de la rueda y sus rayos que giran alrededor del centro: sea cual sea la rapidez del movimiento que impulsa a aquella, el centro permanece inmóvil –y no obstante es precisamente alrededor de ese punto central que la rueda sigue girando y sin él ese movimiento cesaría.”2
El eje es lo que permite el movimiento de la rueda, así como la vida del yo desde sus facultades personales es lo que permite el movimiento libre del sujeto.

La imagen centro-periferia o interior-exterior; o también el «vivir desde el corazón», entendido el corazón como centro de lo espiritual y corporal en el hombre y como el centro de las decisiones, se encuentra además de en las Sagradas Escrituras (Pr 4,23; 6,18; 16,9; Sal 20, 5), en numerosos autores. (Edith Stein, Pascal, San Agustín)

La vida desde el centro, desde el interior o desde el corazón, entonces, apunta a la vida de lo específicamente humano: su capacidad de atención, amor y respuesta libre a lo real. Más que un significado «espacial» se designa con estos términos una actitud vital de «presencia personal» a sí mismo y a lo otro, sin la cual es imposible el señorío y la intervención original y libre del sujeto.
Por otro lado, esta presencia personal no es la presencia de un «espíritu puro», indeterminado, sino «encarnado» en una naturaleza que a su vez posee una historia personal. La libertad de los actos humanos se ejerce desde una situación personal (natural e histórica, dada y adquirida) determinada. El yo que obra libremente emerge desde una naturaleza que posee un triple orden biológico, psicológico y espiritual que se ha ido desarrollando a su vez, en el entramado de una historia personal y desde el cual se abre al mundo y recibe lo que recibe según su modo. De ahí que haya muchos elementos involuntarios o no libres gravitando en un acto humano. Todos estos elementos disponen al hombre de alguna manera, en su presencia a lo real. André Leonard define a la libertad como una libertad «situada», limitada, solamente humana.
Lectura I: André Leonard, El fundamento de la moral, Madrid, BAC, 1997, pp.78-82
En la medida en que el hombre está presente a sí mismo y a lo otro puede tomar mayor conciencia de la «situación» de su vida personal para obrar libremente dentro de sus límites y conforme a sus fines. Pues los actos humanos interesan por sí mismos pero también y fundamentalmente en función de los hábitos y del ethos de la persona.
a.2) Actos del hombre. Dificultades para su delimitación ética. Elementos de la cultura contemporánea que obstaculizan la presencia personal a lo real.

Los actos del hombre son los que realizamos mecánicamente, sin pasar por el centro personal. Pueden ser incluidos en esta denominación movimientos biológicos como respirar, por ejemplo que es un acto mecánico o involuntario, o aquellos en los que la voluntariedad está disminuida como por ejemplo, lavarse los dientes o atarse los cordones de los zapatos, actos que no requieren una «presencia personal» del sujeto.

En general se sostiene que son indiferentes desde el punto de vista ético. Aunque según Santo Tomás nada es indiferente desde el punto de vista ético, porque ya sea directa o indirectamente todo acto está relacionado con el fin de la vida humana.
¿Pero qué ocurre cuando el hombre obra mecánicamente y «debiera» obrar desde su centro personal? Ortega y Gasset describe este modo de actuar en La rebelión de las masas, en su capítulo El señorito satisfecho:
Si atendiendo a los efectos de la vida pública se estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo de hombre-masa, se encuentra lo siguiente: 1. Una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones trágicas; por tanto cada individuo medio encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo que, 2. Le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, a dar por bueno y completo su haber moral e intelectual. Este contentamiento consigo le lleva a cerrarse para toda instancia exterior, a no escuchar, a no poner en tela de juicio sus opiniones y a no contar con los demás. Su sensación íntima de dominio le incita constantemente a ejercer predominio. Actuará pues como si sólo él y sus congéneres existieran en el mundo; por tanto, 3. Intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión, sin miramientos, contemplaciones, trámites ni reservas, es decir según un régimen de «acción directa».1
Aquí estamos frente a la figura de un acto mecánico que ocupa el lugar de uno que debiera ser humano. La orientación de la conducta del señorito satisfecho se explica fundamentalmente por ese «haber moral e intelectual», o sea por sus disposiciones previas, y no por una decisión deliberada. Aquí yace la cuota de verdad de los planteos deterministas: el sujeto ausente deja obrar de manera espontánea a todo aquello que lo condiciona.
La disposición a vivir superficialmente, a vivir desde la periferia y no desde el centro es una mala disposición o vicio que recibe el nombre de amathía o imprudencia. Amathía significa no prestar atención a lo real. Y si no se está presente gnoseológicamente a lo que de veras es tampoco se alcanzará la captación afectiva a lo que de veras vale, dado que es la luz de la inteligencia la que presenta los bienes a la afectividad. Una consecuencia inmediatamente probable de esta primera actitud es la injusticia, arbitrariedad o violencia con lo real. No puedo «dar lo suyo» o tratar como corresponde a los otros, si no les presto atención.

La superficialidad arrastra la acedia pues impide el crecimiento interior de la persona. Favorece una situación de inercia, parálisis y mutilación de las posibilidades del sujeto. Por lo tanto, la superficialidad es reactiva y conservadora. Es contraria a la posibilidad de un progreso personal y conserva al sujeto en la misma situación en la que se encuentra con respecto a sus capacidades morales, lo que implica un retroceso constante en cada nueva relación consigo mismo y con el medio. La profundidad al contrario contribuye al progreso del bien y con respecto al mal instalado es altamente revolucionaria.
¿Por qué el hombre tiende a ausentarse de su centro?
1. “Las cosas bellas son difíciles” Estar en el centro es una actitud que implica en cierta medida la superación de las llamadas «heridas de la naturaleza». Si algo tienen en común las heridas de la naturaleza es el distanciamiento de la alteridad como fuente normativa del sujeto: la ignorancia se separa del «otro» como luz, regla, o medida del obrar del sujeto; la malicia antepone un bien subjetivo a lo objetivamente digno de cuidado y respeto; la debilidad se resiste al esfuerzo por lo arduo y mal gasta las energías en bienes menores; la intemperancia no respeta la valía de lo real en su trato con el mundo. Además las heridas se ensanchan entre sí: la intemperancia embota la inteligencia, la debilidad la dispersa, la malicia la instala en el subjetivismo narcisista, etc.

El estar en el centro implica fundamentalmente una actitud de presencia y por lo tanto, de docilidad a lo real que es contraria a la debilidad de la naturaleza. Romper este «círculo vicioso», virar hacia lo que de veras es, a veces implica un verdadero acto de conversión.
(...) “Por esto es por lo que no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted. Yo sé a ciencia cierta (si, Rieux, yo lo sé todo en la vida, ya lo está usted viendo) que cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está indemne de ella. Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección. Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca. El hombre íntegro, el que no infecta a casi nadie es el que tiene menor número posible de distracciones. ¡Y hace falta tal voluntad y tal tensión para no distraerse jamás! Si, Rieux, cansa mucho ser un pestífero. Pero cansa más no serlo.” (Albert Camus, La peste, Sudamericana, Bs. As., 1995, p. 198
2. Según Octavio Paz, la distracción (el no estar presentes a lo real), es uno de los males característicos de la época actual. En nuestra época, la raíz común de las heridas de la naturaleza se encuentra exacerbada por el sistema de vida.

El individualismo, la primacía de la acción y la eficiencia, la velocidad, el ocio como espectáculo y dispersión, obstaculizan la presencia dócil a lo real y llevan al descuido de lo propiamente humano (acedia).

El ser humano crece dentro de este estilo de vida en el que termina por ser más empujado a la acción que protagonista o señor de la misma. Tiende más a seguir el paso que le imponen desde fuera que a marcarlo desde sí mismo. Se mueve más por la coacción de las demandas del sistema que por la atracción de lo que él mismo pudiera considerar como valioso. Todo esto favorece una mirada instrumental y no contemplativa.

Este estilo de vida supone quizás un solapado nihilismo metafísico, que se revela en el exceso de praxis, de activismo y organización instrumental racionalizada. El velo de la organización con sus propias demandas, impide percibir y responder a las demandas reales de los seres. Nos habita un cierto nihilismo con respecto a aquellos bienes que valen independientemente del hacer instrumental del sujeto o de aquello que el sistema presenta como valioso al hacer del sujeto.

Desarrollamos una mirada «unidimensional» en función de la eficiencia, que atrofia la capacidad de entender «pluridimensionalmente» reconociendo jerarquías que posibiliten amar ordenadamente y actividades propiamente humanas. Por eso dice Guardini, que la ética a menudo pide actitudes heroicas, un ir a contracorriente de la inercia colectiva para ponerse al servicio de la vida humana en sentido integral.

Pero esto implica encarar la vida desde la docilidad a lo otro, desde la revalorización del otro como fuente de nuestra orientación en el mundo.

b) Aproximación fenomenológica a la estructura del acto humano: La interioridad del alma de Edith Stein.
Pondremos una lente de aumento sobre los actos humanos para tratar de entender cómo juegan en ellos las disposiciones subjetivas. Este tema fue desarrollado por Aristóteles en la Ética a Nicómaco Libro III, cap. 1 a 5, en el que menciona y desarrolla algunos momentos del acto humano: volición (intención), elección, deliberación.

Santo Tomás también describe algunos de esos momentos y agrega otros más en la Suma Teológica, I-II, q.6 a q.21: fruición, intención, elección, deliberación, consenso, uso, imperio.

El conocido esquema en doce pasos es muy posterior a Santo Tomás. Pertenece a los comentarios de la neoescolástica que se desarrolla a partir de León XIII que añadió algunos momentos que completan la interrelación de las dos facultades principales del yo: A) Ocho en el orden de la intención: cuatro acerca del fin: simple aprehensión-simple volición; juicio sobre la posibilidad-intención; cuatro acerca de los medios: deliberación-consenso; último juicio práctico-elección; B) Cuatro en el orden de la ejecución: tres sobre los medios: imperio, uso activo y uso pasivo; uno sobre el fin: fruición.
No hay que abordar está división desarrollada para fines de estudio, de un modo desencarnado y atomizado, pues en los hechos el obrar humano surge a partir de una articulación orgánica entre la naturaleza e historia del sujeto llevada a cabo por los hábitos. Cada acto humano es un punto de llegada del pasado del sujeto y puede ser un punto de inflexión libre para la transfiguración de su realidad en la línea de su crecimiento moral.

Trataremos de presentar el tema integrando estos elementos. Describiremos algunos momentos del acto humano a partir de la lectura de la primera parte del capítulo de Edith Stein, La interioridad del alma.1

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