Colección: vivir mejor






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Carlos González
BÉSAME MUCHO

Primera edición: marzo de 2003
Segunda edición: abril de 2003
Tercera edición: mayo de 2003
Cuarta edición: septiembre de 2003
Quinta edición: enero de 2004
Sexta edición: junio de 2004

El contenido de este libro no podía ser
reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previ
permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.

Colección: vivir mejor

© Carlos González, 2003

© Ediciones Temas de Hoy, S.A. (T.H), 2003

Paseo de Recoletos, 4. 28001 Madrid

www.temasdehoy.es

Diseño de colección: Pep Carrió y Sonia Sánchez

Diseño y foto de cubierta: Luis Sanz

ISBN: 84-8460-262-1

Depósito legal: M. 24.327-2004

Compuesto en J. A. Diseño Editorial, S. L.

Impreso en Lável, S. A.

Printed in Spain-lmpreso en España

índice

PARTE I

El niño bueno y el niño malo

LA PUERICULTURA ELÁSTICA

EL ÚLTIMO TABÚ

HACIA UNA PUERICULTURA ÉTICA

23
27

30

PARTE II

Porqué los niños son así

SELECCIÓN NATURAL Y SELECCIÓN CULTURAL 43

CÓMO CRÍAN A SUS HIJOS LOS ANIMALES 49

Espabilados o desvalidos 49

Esconder, llevar, seguir 52

EN EL REGAZO DE LA HUMANIDAD 58

PORQUÉ NO QUIEREN QUEDARSE SOLOS 60

PORQUÉ LLORAN EN CUANTO DEJAS LA HABITACIÓN 62

LA RESPUESTA A LA SEPARACIÓN 69

No quiere ir a la guardería 77

PORQUÉ SIEMPRE QUIEREN BRAZOS 80

PORQUÉ NO QUIEREN DORMIR SOLOS 82

Extraños en la noche 83

En la noche de los tiempos 85

Un planeta, dos mundos 87

Por qué se despierta más que antes 88

El colecho en la práctica 93

¿A qué edad dormirá solo? 96

POR QUÉ LLAMAN NUESTRA ATENCIÓN 98

¿Y AHORA POR QUÉ NO CAMINA? 107

POR QUÉ TIENEN CELOS 115

EL COMPLEJO DEL PADRE DE EDIPO 119

¿CUÁNDO SE HARÁ INDEPENDIENTE? 122

SU HIJO ES BUENA PERSONA 124

Su hijo es desinteresado 125

Su hijo es generoso 126

Su hijo es ecuánime 130

Su hijo sabe perdonar 131

Su hijo es valiente 132

Su hijo es diplomático 133

Su hijo es sincero 134

Su hijo es sociable 136

Su hijo es comprensivo 137

PARTE III

Teorías que no comparto

LA PUERICULTURA FASCISTA 141

EL ORDEN 148

LA EDUCACIÓN CONDUCTISTA 152

ALGUNOS MITOS EN TORNO AL SUEÑO 160

Dormir de un tirón. 160

Los peligros del colecho 163

El colecho no produce insomnio 164

El colecho no causa problemas psicológicos 169

El colecho no causa la muerte súbita 171

Mamar por la noche 174

¿Qué es el insomnio infantil? 177

Enseñar a los niños a dormir 178

Un hábito muy difícil de romper
Dejarlo solo cuando aún está despierto
Los niños, la cama y el sexo
EL LLANTO TERAPÉUTICO
FAMILIA, SOCIEDAD LIMITADA
Una niña sin límites
La permisividad: miedo a la libertad
PROTEGELLA Y NO ENMENDALLA
U
NA BOFETADA A TIEMPO

Un experto en pegar a los niños
EL CASTIGO
BUSSCANDO PROBLEMAS
INSULTA, QUE ALGO QUEDA
EL CONTROL DE ESFÍNTERES

Cuándo y cómo quitar los pañales
SE MIRA, PERO NO SE TOCA
¡TIEMPO FUERA!
LA ESTIMULACIÓN PRECOZ
EL TIEMPO DE CALIDAD

183
186
190

191
194
195
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253
260
265


EPÍLOGO

El día más feliz BIBLIOGRAFÍA
269

273





A Joana,Daniel, Sara y Marina,

que me enseñaron a ser padre

AGRADECIMIENTOS

El autor da las gracias a Alicia Bair-Fassardi, Joana Gue-
rrero, Rosa Jové, Lourdes Martínez, Maribel Matilla, Pilar
Serrano, Mónica Tesone, Eulalia Torras, Patricia Trautmann-
Villalba y Silvia Wajnbuch por sus valiosos comentarios al
manuscrito.

Los testimonios de madres citados en este libro provienen
de cartas enviadas al autor, la mayoría a través de la revista
Ser Padres, y de foros públicos en Internet. Se han cambiado
los nombres para proteger la intimidad de los protagonistas.

PARTE I

EL NIÑO BUENO Y EL NIÑO MALO

Hemos tomado prestado este título de un cuento de Mark

Twain no para hablar, como él, de dos niños concretos, sino

de todos y cada uno de los niños, del Niño en general. ¿Son

los niños buenos o malos? Pues de todo habrá, pensará el

lector. Cada niño es distinto, y probablemente la mayoría, lo

mismo que los adultos, serán normales tirando a buenos.

Sin embargo, y dejando aparte los méritos propios de cada

niño, mucha gente (padres, psicólogos, maestros, pediatras y

público en general) tiene una opinión predeterminada y gene-

ral sobre la bondad o maldad de los niños. Son «angelitos» o

pequeños tiranos»; lloran porque sufren o porque nos toman

el pelo; son criaturas inocentes o «saben latín»; nos necesitan

o nos manipulan.

De esta concepción previa depende que veamos a nuestros

propios hijos como amigos o enemigos. Para unos, el niño es

tierno, frágil, desvalido, cariñoso, inocente, y necesita nuestra

atención y nuestros cuidados para convertirse en un adulto

encantador. Para otros, el niño es egoísta, malvado, hostil,

cruel, calculador, manipulador, y sólo si doblegamos desde el

principio su voluntad y le imponemos una rígida disciplina

podremos apartarlo del vicio y convertirlo en un hombre de

provecho.

17

Estas dos visiones antagónicas de la infancia impregnan
nuestra cultura desde hace siglos. Aparecen en los consejos de
parientes y vecinos, y también en las obras de pediatras, edu-
cadores y filósofos. Los padres jóvenes e inexpertos, público
habitual de los libros de puericultura (con el segundo hijo
sueles tener menos fe en los expertos y menos tiempo para
leer), pueden encontrar obras de las dos tendencias: libros sobre
cómo tratar a los niños con cariño o sobre cómo aplastarlos.
Los últimos, por desgracia, son mucho más abundantes, y
por eso me he decidido a escribir éste, un libro en defensa de
los niños.

La orientación de un libro, o de un profesional, raramente
es explícita. En la solapa del libro tendría que decir claramente:
«Este libro parte de la base de que los niños necesitan nues-
tra atención», o bien: «En este libro asumimos que los niños
nos toman el pelo a la más mínima oportunidad. » Lo mismo
deberían explicar los pediatras y psicólogos en la primera visi-
ta. Así, la gente sería consciente de las distintas orientaciones,
y podría comparar y elegir el libro o el profesional que mejor
se adapta a sus propias creencias. Consultar a un pediatra sin
saber si es partidario del cariño o de la disciplina es tan absur-
do como consultar a un sacerdote sin saber si es católico o
budista, o leer un libro de economía sin saber si el autor es
capitalista o comunista.

Porque de creencias se trata, y no de ciencia. Aunque a lo
largo de este libro intentaré dar argumentos a favor de mis opi-
niones, hay que reconocer que, en último término, las ideas
sobre el cuidado de los hijos, como las ideas políticas o reli-
giosas, dependen de una convicción personal más que de un
argumento racional.

En la práctica, muchos expertos, profesionales y padres ni
siquiera son conscientes de que existen estas dos tendencias, y

18

no se han parado a pensar cuál es la suya. Los padres leen
libros con orientaciones totalmente diferentes, incluso incom-
patibles, se los creen todos e intentan llevarlos a la práctica
simultáneamente. Muchos autores les ahorran el trabajo, pues
ya escriben directamente híbridos contra natura. Son los que
te dicen que tomar al niño en brazos es buenísimo, pero
que nunca lo cojas cuando llora porque se acostumbra; que
la leche materna es el más maravilloso alimento, pero que a
partir de los seis meses ya no alimenta; que los malos tratos
a los niños constituyen un gravísimo problema y un atentado a
los derechos humanos, pero que un cachete a tiempo hace
maravillas... Vamos, «libertad dentro de un orden».

Veamos un ejemplo clásico, en la obra del pedagogo Pedro
de Alcántara García, que escribía hace casi un siglo, citando
al filósofo Kant1:

Tan perjudicial puede ser la represión constante y exagerada,
como la complacencia continua y extremosa. Kant nos ha deja-
do dicho a este respecto: «No debe quebrantarse la voluntad de
los niños, sino dirigirla de tal modo que sepa ceder a los obstá-
culos naturales —los padres se equivocan ordinariamente rehu-
sando a sus hijos todo lo que les piden. Es absurdo negarles sin
razón lo que esperan de la bondad de sus padres—. Mas, de
otra parte, se perjudica a los niños haciendo cuanto quieren; sin
duda que de este modo se impide que manifiesten su mal humor,
pero también se hacen más exigentes. » La voluntad se educa,
pues, ejercitándola y restringiéndola, por el ejercicio y la repre-
sión, positiva y negativamente.

En conjunto, estos párrafos parecen bastante razonables, y
bastante favorables al niño (aunque la palabra «represión» hoy
en día chirría un poco, ¿verdad? Seguimos reprimiendo a los

19

niños, pero preferimos decir que los formamos, encauzamos
o educamos). Todo depende de qué se considere una «com-
placencia extremosa». No hay que negarles cosas sin razón,
pero si un niño se va a tirar por la ventana, desde luego que
no se lo hemos de permitir. Todos de acuerdo.

Pero, ¿por qué precisamente al hablar de los niños hay
que acordarse de esas limitaciones? Tampoco permitiríamos
que se tirase por la ventana un adulto, ya sea nuestro padre
o nuestro hermano, nuestra esposa o nuestro marido, nues-
tra jefa o nuestra empleada. Pero eso es tan lógico que, al
hablar de personas adultas, no creemos necesario hacer la
aclaración. Sustituya en los párrafos anteriores al hijo por la
esposa: «En la vida conyugal, tan perjudicial puede ser la
represión constante y exagerada, como la complacencia con-
tinua y extremosa. Se perjudica a las mujeres haciendo cuan-
to quieren; sin duda que de este modo se impide que mani-
fiesten su mal humor, pero también se hacen más exigentes. »
En dos frases las ha llamado exigentes y malhumoradas. ¿A
que da rabia?

Durante siglos, la mujer ha estado «naturalmente» someti-
da al marido, y se escribían frases similares sin que nadie se
escandalizase. Hoy nadie se atrevería a hablar así de las muje-
res, pero todavía nos parece normal hacerlo de los niños.

Pensará algún lector que estoy cogiendo las cosas muy por
los pelos, que tampoco es para tanto, que estoy sacando de
contexto las frases de Pedro de Alcántara y que él en realidad
era muy respetuoso con los niños. Pero es que aquello no era
más que el principio. Unas pocas páginas más adelante lee-
mos:

Para contener estos impulsos y evitar la formación de semejan-
tes hábitos, precisa oponer resistencia a los deseos de los niños,

20

contrariar sus caprichos, no dejarles hacer todo lo que quieran
ni estar con ellos tan solícitos como suelen estar muchos padres
a sus menores indicaciones.

Aquí ya no estamos hablando de impedir que el niño jue-
gue con una pistola, pegue a otro niño o rompa un jarrón,
estamos hablando de no dejarle hacer lo que quiere «porque
sí», por el puro placer de contrariarle, cuando acaba de decir
que «Es absurdo negarles sin razón lo que esperan». Parece que
ni el autor ni sus lectores se daban cuenta de que había una
contradicción.

Mucha gente se siente atraída por estas posiciones indefini-
das, por el «sí, pero... » y por el «no, aunque... », pues está
muy extendida en nuestra sociedad la idea de que los extre-
mos son malos y en el medio está la virtud. Pero no es así, al
menos no en todos los casos. La virtud está, muchas veces, en
un extremo. Un par de ejemplos en los que quiero creer que
todos mis lectores coincidirán: la policía jamás debe torturar a
un detenido, el marido jamás debe golpear a su esposa. ¿Le
parece que estos «jamases» resultan demasiado extremistas,
tal vez fanáticos? ¿Debería adoptar una postura intermedia, más
conciliadora y comprensiva, como torturar poquito y sólo a ase-
sinos y terroristas, o pegar a la esposa sólo cuando ha sido
infiel? Rotundamente no. Pues bien, del mismo modo, no estoy
dispuesto a aceptar que «un cachete a tiempo» sea otra cosa
que malos tratos, ni conozco ningún motivo por el que haya
que hacer caso a los niños de día pero no de noche.

El libro que tiene usted en sus manos no busca el «justo
medio», sino que toma claro partido. Este libro parte de la base
de que los niños son esencialmente buenos, de que sus necesi-
dades afectivas son importantes y de que los padres les debe-
mos cariño, respeto y atención. Quienes no estén de acuerdo

21

con estas premisas, quienes prefieran creer que su hijo es un
«pequeño monstruo» y busquen trucos para meterlo en vere-
da, encontrarán (por desgracia, pienso yo) otros muchos libros
más acordes con sus creencias.

Este libro está a favor de los hijos, pero no debe pensarse
por ello que está en contra de los padres, pues precisamente
sólo en la teoría del «niño malo» existe ese enfrentamiento.
Quienes atacan al niño parecen creer que así defienden a los
padres («un horario rígido para que tú tengas libertad, lími-
tes para que no te tome el pelo, disciplina para que te respe-
te, dejarlo solo para que puedas tener tu propia intimidad... »);
pero se equivocan, porque en realidad padres e hijos están en
el mismo bando. A la larga, los que creen en la maldad de
los niños acaban atacando también a los padres: «No tenéis
voluntad, lo estáis malcriando, no seguís las normas, sois
débiles... »

Pues la tendencia natural de los padres es la de creer que
sus hijos son buenos, y tratarlos con cariño. Una vez llegué
demasiado pronto a mi consulta y me entretuve charlando
con el recepcionista. En la sala sólo había una madre, con un
bebé de pocos meses en un cochecito, esperando para otro cole-
ga. El bebé se puso a llorar, y la madre intentó calmarlo
moviendo el cochecito adelante y atrás. Cada vez los llantos
eran más desesperados, y los paseos de la madre más frenéti-
cos. Cuando un niño llora con todas sus fuerzas, los minutos
parecen horas. «¿Qué hace? —pensé—. ¿Por qué no lo saca
del coche y lo toma en brazos?» Esperé y esperé, pero la
madre no hacía nada. Finalmente, aunque nunca he sido ami-
go de dar consejos no solicitados, me decidí a lanzar una indi-
recta lo más suave que pude:

—¡Pero qué enfadado está este niño! Parece que quiere
brazos...

22

Y entonces, como movida por un resorte, la madre se aba-
lanzó a sacar del coche a su hijo (que se calmó al instante) y
explicó:

—Es que como dicen los pediatras que no es bueno coger-
los...

¡No se atrevía a tomar a su hijo en brazos porque había
un pediatra delante! Aquel día comprendí cuánto poder tene-
mos los médicos y cuántas presiones y temores deben sopor-
tar cada día las madres.

Esa misma explicación, «le cogería en brazos, pero como
dicen que se mal acostumbran... », la he oído docenas de veces
en circunstancias menos dramáticas. Todas las madres sienten
el deseo de consolar a su hijo que llora, y sólo una fuerte
presión y un completo «lavado de cerebro» puede convencer-
las de lo contrario. En cambio, nunca he visto el caso opues-
to: una madre que espontáneamente prefiera dejar llorar a su
hijo, pero lo tome en brazos por obligación («le dejaría llo-
rar, pero como dicen que eso les provoca un trauma... »).
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