Con ocasión de la celebración en el año 2015 los 200 años del nacimiento de Don Bosco, el Rector Mayor, Don Pascual Chávez, ha querido que una reliquia






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fecha de publicación07.08.2015
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CONTEMPLANDO A DON BOSCO

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Con ocasión de la celebración en el año 2015 los 200 años del nacimiento de Don Bosco, el Rector Mayor, Don Pascual Chávez, ha querido que una reliquia significativa del Santo de los jóvenes visitase toda la Congregación. Ya ha estado en varios continentes y, en este año 2012 visita las presencias salesianas en España. Es el deseo de la Congregación que este acontecimiento reavive en nosotros el ardor apostólico y renueve nuestro compromiso por trabajar en medio de la juventud más necesitada y que el testimonio de Don Bosco haga renacer nuestro deseo de ser fieles a nuestro carisma»

«La Urna contiene una réplica de la imagen exacta de Don Bosco, como se halla en la Basílica de María Auxiliadora en Turín. En el interior de esta réplica vienen las reliquias del santo patrón de los jóvenes. La figura de Don Bosco contiene, en una caja lacrada que se encuentra al nivel del pecho de la imagen, una de las manos del Santo».

1. LA MIRADA DE DON BOSCO

Contemplar la cara de Don Bosco nos lleva a fijarnos en su mirada. Dicen que los ojos son la ventana del alma y que mirando a los ojos a una persona es como la conocemos realmente. ¿Qué miraría Don Bosco? ¿Qué vio con sus ojos nuestro santo fundador? Podemos recordar un momento decisivo en su vida:

5 de junio de 1841. Un joven llamado Juan Bosco es ordenado sacerdote con 26 años por el arzobispo de Turín. Pero ¿qué hará ahora como sacerdote? Recién ordenado tiene que decidir su futuro, por dónde quiere orientar su recién iniciado ministerio pastoral. Recibe varias propuestas: preceptor de una familia noble genovesa, capellán en pequeño pueblecito,… No sabe qué hacer.

“Hasta aquel momento, Don Bosco no conoce más que la pobreza del campo. No sabe qué es la miseria de los suburbios de las grandes ciudades. Don Cafasso [su confesor] le dice: “Ve, mira a tu alrededor y actúa”.

“Ya en los primeros domingos –atestiguará más tarde Miguel Rúa- [Don Bosco] anduvo por -la ciudad de Turín para hacerse una idea sobre las condiciones morales en que se movían los jóvenes”. Quedó turbado. Los suburbios eran zonas donde fermentar revoluciones, cinturones de desolación. Los adolescentes vagabundeaban por la calles, sin trabajo, tristes, dispuestos a todo lo peor.

“Se tropezó con muchos jóvenes de todas las edades –sigue el testimonio de Don Rúa- que vagaban por calles y plazas, especialmente en los alrededores de la ciudad, jugando, riñendo, blasfemando y haciendo de todo” […]

Un día, al ir a sus acostumbradas visitas a las cárceles, invita don Cafasso a Don Bosco a que le acompañe. Los oscuros corredores, las paredes ennegrecidas y húmedas, el aspecto triste y escuálido de los presos, le turban profundamente. Siente repugnancia y experimenta la sensación de ahogo.

Pero lo que le duele enormemente es ver que hay muchachos detrás de los barrotes. Escribe: “Me horroricé al contemplar aquella cantidad de muchachos, de los doce a los dieciocho años, sanos y robustos, de ingenio despierto, que estaban allí ociosos, picados por los insectos, y faltos en absoluto del alimento espiritual y material”.

Volvió otras veces con don Cafasso, y también solo. Buscó la forma de hablar con ellos, no solamente “dándoles la lección de catecismo” (que era vigilada por los guardias) sino de tú a tú […]. Así llegó a conocer sus tristes historias, su envilecimiento, la rabia que, a veces, les ponía furiosos. El “delito” más corriente era el robo. Por hambre, por el deseo de algo más que el escaso sustento […]. Estaban a pan negro y agua. Tenían que obedecer a los carceleros por la fuerza, ya que les pegaban por el más mínimo pretexto.

Lo que más me impresionaba –escribe don Bosco- era que muchos, al salir, estaban decididos a cambiar de vida” aunque no fuera nada más que por miedo a la prisión. “Pero, al cabo de poco tiempo, terminaban de nuevo allí”.

Intentó averiguar la causa y termina diciendo: “Por estar abandonados a sí mismo”. “Estos muchachos, decía para mí, deberían encontrar fuera un amigo que se preocupase de ellos y les atendiese e instruyese en la religión. Entonces, no volverían a la cárcel” […].

Don Bosco no logra siempre vencer el desaliento. Un día rompe a llorar. En un instante de duda.

- ¿Por qué llora ese cura”, pregunta uno de los presos.

- Porque nos quiere. También mi madre lloraría, si me viese aquí dentro”1.

Podríamos buscar más ejemplos, pero basta este sencillo ejemplo para descubrir que Don Bosco supo leer la realidad desde una clave evangélica. Allí donde otros sólo veían delincuentes, un peligro para la sociedad, él, tocado en su corazón, buscó cómo recuperar a esos jóvenes que estaban abandonados a su suerte. La mirada de Don Bosco nos lleva a caer en la cuenta de la importancia de preguntarnos hacia dónde dirijo yo mi mirada como salesiano: ¿qué veo a mi alrededor? ¿cómo es mi mirada sobre la realidad que me rodea? ¿Es una mirada compasiva, que se vuelve ante el que sufre? ¿es una mirada crítica, negativa, pesimista?

A veces sufrimos de una “mirada selectiva” que ve sólo lo que quiere ver dejando en la penumbra y en los márgenes, fuera de nuestra visión, lo que nos incomoda o nos molesta porque nos obligará a cambiar de actitud, a salir de nuestros esquemas y costumbres ya establecidos. ¿Sobre qué elementos de la realidad detengo mi mirada? Don Bosco supo mirar, ver y dejarse tocar por la realidad. ¿No tendrías que aprender tú algo de su mirada?

2. CONTEMPLAR A CRISTO CON LA MIRADA DE DON BOSCO

Este es el subtítulo de la carta circular que en diciembre del 2003 don Pascual Chávez dirigía a toda la Congregación. Tomando pie del artículo 11 de las Constituciones comentaba aquellos rasgos de la persona de Jesucristo a los que Don Bosco y también nosotros como salesianos somos más sensibles. Contemplar la mirada de Don Bosco es una invitación a contemplar también a Cristo “con la mirada de Don Bosco”, y confrontarnos con ella.

Te ofrezco algunos párrafos de aquella carta para que te puedan servir como revisión y meditación: ¿soy yo también sensible a esos rasgos de Jesucristo? ¿los vivo en mi vida diaria, en mi relación con mi comunidad y con los destinatarios de la misión?

2.1 La gratitud al Padre por el don de la vocación divina a todos los hombres

Es impensable el sistema educativo pastoral de San Juan Bosco sin la experiencia de la gratuidad por ambas partes: las demostraciones de gratitud de sus muchachos son innumerables y conmovedoras, precisamente porque no agradecían lo que Don Bosco les daba, sino que agradecían al mismo Don Bosco que se daba a ellos, como expresión del amor gratuito y preveniente de Dios.

Hay un presupuesto fundamental, densamente teológico, en el pensamiento y en la praxis educativa pastoral de nuestro Fundador: la certeza de que toda persona no es sólo objeto de derechos y de deberes, u objeto de filantropía “horizontal”, sino que en cualquier situación y a pesar de cualquier límite, deficiencia o pecado, ella es imagen de Dios; todos son hijos e hijas de Dios, llamados a Su amistad y a la vida eterna.

2.2. La predilección por los pequeños y los pobres
Esta predilección en Don Bosco no proviene sólo de la magnanimidad de su corazón paterno, “grande como las arenas del mar”, ni de la situación desastrosa de la juventud de su tiempo –como también del nuestro-, ni mucho menos de una estrategia socio-política. En el origen de ella está una misión de Dios: “El Señor indicó a Don Bosco, como primeros y principales destinatarios de su misión, a los jóvenes” (Const. 26). En este sentido es ‘normativo’, y no una simple anécdota, la actitud que Don Bosco asumió en un momento decisivo de su existencia sacerdotal, frente a la Marquesa de Barolo y a la oferta, ciertamente apostólica y santa, de colaborar en sus obras, abandonando a los muchachos andrajosos y solos

2.3. La solicitud en predicar, sanar y salvar, movido por la urgencia del Reino que llega
Desde el comienzo de su Evangelio, Marcos nos dice: “Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios” (Mc 1,14). Hay también otros textos en los que la actividad de Jesús se concentra en tres acciones –predicar el Evangelio, expulsar los demonios, curar las enfermedades y los sufrimientos (cf. Mc 3,13; Mt 9,35)- pero no hay duda de que su misión principal era la de “proclamar el Evangelio, el mensaje feliz de Dios”.
2.4. La actitud del Buen Pastor que conquista con la mansedumbre y la entrega de sí mismo
En la predicación de Jesús, dicha figura ocupa un lugar de relieve, ante todo en la presentación del Señor como Buen Pastor en Juan (10,1-18.25-30), o también en la parábola de la oveja perdida, presente en Lucas (15,4-7) y en Mateo (18,12-24).

Jesús, el buen pastor, es la puerta de las ovejas; Él conoce sus ovejas y las llama una a una por su nombre; las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Él va en busca, con predilección, de la oveja perdida. Es el rasgo típico y más escandaloso de la parábola sinóptica que en Jesús expresa, entre otros, dos aspectos principales:

  • el “mayor amor” hacia aquel que tiene mayor necesidad: el más pobre, el último, el pecador; no es sólo amor pastoral: “agápe” diríamos; es también amor íntimo: “filia”; esto significa el “cargar sobre los hombros”, lleno de cariño, la oveja perdida, una vez que la ha encontrado;

  • la “subversión” de los criterios cuantitativos a causa del criterio cualitativo de la situación de quien está “perdido”:

Él da vida a sus ovejas y da la vida por ellas. Es la antítesis absoluta del pastor mercenario, que no busca el bien de las propias ovejas, y menos aún piensa en sacrificarse por ellas.
3. EL CORAZÓN DE DON BOSCO

¿Qué sentiría Don Bosco? ¿Quién habitaba su interior? ¿A quién amaba Don Bosco? La respuesta parece clara: el Señor, los jóvenes, el deseo de su salvación, un profundo amor hacia ellos: “Estoy convencido de que Dios ha conservado mi vida gracias a vuestras súplicas; la gratitud exige que yo la emplee toda para vuestro bien espiritual y temporal. Así prometo hacerlo durante todo el tiempo que el Señor me deje en esta tierra”2.

El artículo 21 de nuestras Constituciones, hablando de Don Bosco nuestro modelo, recoge unas palabras de Don Rúa en una carta del 24 de agosto de 1894: “No dio un paso, ni pronunció palabra, ni acometió empresa que no tuviera por objeto la salvación de la juventud. Lo único que realmente le interesó fueron las almas”. Y el artículo 1 afirma que Dios “formó en él un corazón de padre y maestro, capaz de una entrega total: Tengo prometido a Dios que incluso mi último aliento será para mis pobres jóvenes”. Quizás podría ser esta también nuestra promesa delante de la urna de Don Bosco cuando la contemples.

Recordando sus años en el Oratorio, junto a Don Bosco, el mismo don Albera testimonia: Debo decir que Don Bosco nos quería de una manera única; ejercía sobre nosotros una atracción irresistible, que no es posible comprender a quien no la ha experimentado… Me sentía como prisionero de una fuerza afectiva que se apoderaba de mis pensamientos, palabras y acciones… Me sentía querido como nunca nadie antes me había querido, con un afecto que no tenía nada que ver siquiera con el amor intensísimo de mis inolvidables padres. El amor de Don Bosco era para nosotros algo singularmente superior a cualquier otro afecto: nos envolvía a todos por completo como en una atmósfera de alegría y felicidad, de la que habían desaparecido penas, tristeza y melancolía”.

Su corazón latía, palpitaba por sus jóvenes: “Difícilmente podréis encontrar quien os ame más que yo en Jesucristo y que más desee vuestra felicidad”. Cuando la marquesa Barolo lo pone ante la alternativa de dejar el Oratorio o la Obra del Refugio, Don Bosco no duda ni un instante. Su opción es muy clara: “He consagrado mi vida al bien de la juventud”. Su vida son los jóvenes y a ellos se la consagra. Así era el corazón de nuestro padre fundador.

Hoy, a este impulso apostólico que nos mueve a entregar la vida por los jóvenes, lo llamamos “caridad pastoral”. Es el programa de vida que nos señaló el corazón de Don Bosco: “Da mihi animas, cetera tolle”, que le llevó a entregarse totalmente a la juventud más pobre y necesitada.

Nos podemos preguntar también nosotros: ¿Cómo es mi corazón? ¿Qué deseos anidan en mi interior? ¿late con los mismos latidos que el de Don Bosco? ¿Cómo seguir haciendo vida en mi el Da mihi animas de Don Bosco? Contemplemos una vez más a nuestro fundador para amarlo e imitarlo, conscientes de que “encontramos en él nuestro modelo” (C 97).

1 Teresio Bosco, Una biografía nueva, CCS Madrid, 1979, 104-113. Las cursivas en el texto son mías.

2 MBe, II, 373

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