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American Gods

American Gods






American Gods
Neil Gaiman
Traducción de Mónica Faerna
American Gods. Edición X Aniversario (introducción del autor)
American Gods
Neil Gaiman
«Me trasladé a los Estados Unidos en 1992. Algo empezó a germinar en mi cabeza. Eran ideas aisladas que sabía que eran importantes y sin embargo parecían inconexas: el encuentro de dos hombres a bordo de un avión; un coche sobre el hielo; el significado de los trucos con monedas; y sobre todo, los Estados Unidos: este lugar inmenso y extraño donde ahora vivo y que yo sabía que no comprendía. Pero quería comprenderlo. Más que eso, quería describirlo. Quería escribir un libro que incluyera todas las cosas que me fascinan y me obsesionan de Estados Unidos, que son precisamente las cosas que no suelen mostrar las películas y las series de televisión. Algún día, espero, retomaré esta historia. Después de todo, ahora Sombra tiene diez años más. Y también los Estados Unidos. Y los dioses siguen esperando.»

Neil Gaiman, en la introducción a la edición del décimo aniversario de la publicación de American Gods.

ACERCA DEL AUTOR
Neil Gaiman, el maestro de la novela gráfica, es autor además de varios libros infantiles y juveniles entre los que se incluyen: Coraline, la colección de relatos M de magia, El libro del cementerio y El cementerio sin lápidas y otras historias.

Entre los numerosos premios que se le han concedido están el World Fantasy, el Hugo, el Nebula y el Bram Stoker. Aunque nació en Gran Bretaña, ahora vive en Estados Unidos. Le gustan la apicultura, las bibliotecas y Amanda Palmer, su esposa también escritora.

Para más información, puedes visitar su página

www.mousecircus.com

#americangods.

ACERCA DE LA OBRA
«Una fantástica novela… Con un engranaje tan perfecto como el de un reloj, pero que se lee con una suavidad como la de la seda o el chocolate derretido.»

THE INDEPENDENT
«Una novela que te deja con la boca abierta, terroríficamente épica, empapada de metáforas y símbolos. Gaiman es a la literatura lo que Antoni Gaudí fue a la arquitectura.»

MIDWEEK
«Gaiman tiene una rica imaginación… y la habilidad para dominar los grandes temas.»

PHILIP PULLMAN
«Oscuro, divertido y un alimento para el alma.»

MICHAEL CHABON


PARA LOS AMIGOS AUSENTES;

Kathy Acker y

Roger Zelazny,

y todos los puntos intermedios.


He hecho lo posible por localizar y ponerme en contacto con los titulares de los derechos de los textos reproducidos en este libro. No obstante, se me han notificado varias omisiones que serán subsanadas en futuras ediciones. Quisiera expresar mi agradecimiento a quienes me han concedido autorización para incluir sus materiales en el libro:
Este libro es una obra de ficción. Las referencias a personajes, acontecimientos, establecimientos, organizaciones o localizaciones reales no tienen otro fin que el de darle a la historia un aire de autenticidad, y han sido utilizados en el contexto de la ficción. Todos los demás personajes, los incidentes que en él se relatan y los diálogos son producto de la imaginación de su autor y no deben ser interpretados como algo real.


Introducción a la Edición X Aniversario

No sé cómo es la experiencia de leer este libro. Sólo sé cómo es la experiencia de escribirlo.

Me trasladé a los Estados Unidos en 1992. Algo empezó a germinar en mi cabeza. Eran ideas aisladas que sabía que eran importantes y sin embargo parecían inconexas: el encuentro de dos hombres a bordo de un avión; un coche sobre el hielo; el significado de los trucos con monedas; y, sobre todo, los Estados Unidos: este lugar inmenso y extraño donde ahora vivo y que yo sabía que no comprendía. Pero quería comprenderlo. Más que eso, quería describirlo.

Y entonces, durante una escala en Islandia tuve ocasión de contemplar un diorama para turistas de los viajes de Leif Erickson, y todo empezó a cobrar forma. Le escribí una carta a mi agente y editora explicándole cómo sería el libro. En el encabezamiento de la carta escribí: «American Gods». Parecía la portada del libro que tenía pensado escribir.

Me pareció desconcertante y a la vez estimulante el tener la portada antes que el libro. Lo colgué en la pared y me quedé mirándolo, intimidado, y supe que ya nunca encontraría otro título. Esa era la portada del libro. Ese era el libro.

Ahora solo me quedaba escribirlo.

Escribí el primer capítulo durante un viaje en tren de Chicago a San Diego. Y seguí viajando, y continué escribiendo. Viajé en coche desde Mineápolis a Florida, por carreteras secundarias, siguiendo las mismas rutas que Sombra recorrería en el libro. Seguía escribiendo y, de tanto en tanto, cuando me atascaba, me echaba a la carretera. Comí empanadillas en la Península Superior y tortas de maíz fritas en Cairo, Illinois. Procuré no escribir sobre ningún lugar en el que no hubiera estado.

Escribí el libro en diversos lugares: varias casas en Florida, una cabaña en un lago de Wisconsin, y una habitación de hotel en Las Vegas.

Quería acompañar a Sombra en su viaje, y cuando no sabía qué hacer con Sombra me ponía a escribir un relato sobre el Desembarco en los Estados Unidos, y para cuando llegaba al final ya sabía cuál era el siguiente paso de Sombra, y volvía con él. Me había propuesto escribir dos mil palabras al día, así que si lograba escribirlas me daba por satisfecho.

Recuerdo que cuando tenía ya terminado el primer borrador le dije a Gene Wolf, que es el escritor más sabio que conozco y que ha escrito más grandes novelas que cualquier otro escritor que yo haya conocido, que ahora ya sabía cómo escribir una novela. Gene me miró, y me sonrió con bondad. «Uno nunca aprende a escribir novelas», me dijo. «Todo lo más aprende a escribir la novela que está escribiendo.»

Tenía razón. Había aprendido a escribir la novela que estaba escribiendo, nada más. No obstante, había aprendido a escribir una estupenda y extraña novela. En todo momento fui consciente de que el resultado estaba muy lejos del hermoso, dorado, rutilante y perfecto libro que tenía en la cabeza pero, con todo y eso, estaba más que satisfecho.

Me dejé crecer la barba y no me corté el pelo mientras escribía este libro, y mucha gente pensó que era un pelín raro (menos los suecos; a ellos les pareció muy bien y me contaron que un rey sueco había hecho algo muy parecido, solo que el motivo no fue una novela). Me afeité la barba cuando terminé el primer borrador, y poco después me corté aquella imposible mata de pelo.

El segundo borrador fue básicamente un proceso de excavación y de clarificación. Desarrollé lo que había que ampliar y recorté lo que había que abreviar.

Quería que fuera muchas cosas. Quería escribir un libro largo, raro y lleno de divagaciones; así lo escribí y así resultó. Quería escribir un libro que incluyera todas las cosas que me fascinan y me obsesionan de Estados Unidos, que son precisamente las cosas que no suelen mostrar las películas y las series de televisión.

Por fin lo terminé, y lo entregué, y me reconfortaba pensar en ese dicho popular según el cual una novela se define como una larga pieza de prosa que narra un conflicto , y estaba razonablemente seguro de que eso era lo que yo había escrito.

Mi editora estaba algo preocupada porque el libro que le había entregado era un poco demasiado largo y estaba lleno de divagaciones (que fuera demasiado raro no le importó lo más mínimo), y me pidió que lo recortara un poco, y yo accedí. Sospecho que su olfato no la engañó, porque lo cierto es que el libro tuvo mucho éxito —se vendieron muchos ejemplares, y tuve la suerte de que me otorgaran varios premios, incluidos el Nebula y el Hugo (por lo que tiene de ciencia ficción), el Bram Stoker (por lo que tiene de novela de terror), y el Locus (por su vertiente fantástica), demostrando que por más rara que fuera y por más que hubiera alcanzado cierta popularidad nadie sabía muy bien a qué género pertenecía.

Pero eso fue mucho después: primero había que publicar el libro. El proceso de edición me fascinaba y decidí relatarlo día a día en la web, en un blog que comencé a escribir con ese fin (pero que a día de hoy sigo escribiendo). Tras la publicación me embarqué en una gira promocional por los Estados Unidos, luego continué promocionándolo por el Reino Unido y por Canadá antes de volver a casa. Mi primer encuentro con los lectores tuvo lugar en junio de 2001, en una firma de libros en la tienda que Borders Books tenía en el World Trade Center. Volví a casa un par de días después; el 11 de septiembre de 2001, ya no existían ni la librería ni el World Trade Center.

Me sorprendió la acogida que tuvo el libro.

Estaba acostumbrado a que hubiera gente a la que le gustaban mis historias, y gente que simplemente no las leía. Pero nunca había escrito nada que diera lugar a opiniones tan polarizadas. Con este libro no hubo medias tintas: a unos les encantaba y otros lo odiaban. Los que lo odiaban, incluso aquellos a los que les habían gustado otros libros míos, lo odiaban a muerte. Algunos se quejaban de que el libro no era lo bastante americano; otros decían que era demasiado americano; que Sombra era un personaje con el que resultaba difícil simpatizar; que yo no había entendido que la verdadera religión de los Estados Unidos es el deporte; y muchas cosas más. Sin duda, todas estas críticas son válidas. Pero en definitiva, de algún modo, el libro encontró su público. Creo que es justo decir que a la mayoría de los lectores les gustó mucho, y que sigue gustando.

Algún día, espero, retomaré esta historia. Después de todo, ahora Sombra tiene diez años más. Y también los Estados Unidos. Y los dioses siguen esperando.

NEIL GAIMAN

Septiembre de 2010


Sobre la presente edición

El libro que tenéis ahora entre las manos difiere en algunas cosas del texto original tal como fue publicado en su momento.

Poco después de publicarse la novela, Pete Atkins y Peter Schneider, los socios de Hill House Publishers, una pequeña editorial (lamentablemente desaparecida ya), llegaron a un acuerdo con mis editores norteamericanos para sacar una edición especial de American Gods. Según me contaban los fantásticos planes que tenían para la edición limitada —proyectaban algo que iba a ser todo un hito en el arte de la edición de libros—, empecé a sentirme cada vez más incómodo con el texto con el que tendrían que trabajar.

Les pregunté, con cierta timidez, si preferirían publicar mi texto original, el texto completo, sin editar.

Resultó que sí, que querían publicar el texto completo.

Y entonces la cosa se volvió más complicada, pues reparé en que, después de editar American Gods, lógicamente había seguido corrigiendo cosas e introduciendo algunos cambios, muchos de los cuales habían mejorado el texto considerablemente. Así que para que alguien pudiera publicar una versión definitiva de American Gods no quedaba otra que comparar mi versión definitiva y sin editar con el texto que se publicó (porque yo me había liado a introducir cambios en las galeradas con la misma alegría con la que después me olvidé de tomar nota para saber lo que había cambiado), y luego pasárselo a unas cuantas personas de mi confianza para que me dieran su opinión.

Iba a ser una tarea monumental, de modo que hice lo único sensato que podía hacer, dadas las circunstancias: enviarle varios archivos enormes y dos ejemplares de la novela (la edición inglesa y la americana) a Pete Atkins, junto con una lista de los errores y erratas que había ido recopilando desde que el libro se publicó, y le pedí que lo pusiera todo en orden. Lo hizo, y de forma magistral. Luego cogí el manuscrito que había preparado Pete y lo revisé personalmente, arreglé algunas cosas, lo ordené un poco y volví a incluir algunos pasajes que había suprimido durante el proceso de edición. No los suprimí únicamente para aligerar el libro, sino también para llegar a una versión definitiva con la que yo quedara plenamente satisfecho (dado que una novela es siempre, como quizás haya dicho ya en alguna ocasión, una larga pieza en prosa con algo que no termina de funcionar).

Hill House lanzó una edición limitada de 750 ejemplares (que fue descrita como «un hito en el arte de la edición de libros», y en esta ocasión no fueron ellos quienes lo dijeron). Era una edición muy cara. Les agradezco mucho a mis editores que hayan querido publicar la versión extendida de la novela con motivo del décimo aniversario de su publicación, en una tirada mucho más amplia que aquella de solo 750 ejemplares, y a un precio mucho más reducido. La versión de American Gods que tenéis ahora entre las manos es unas doce mil palabras más larga que la que se llevó todos los galardones, y es la versión de la que yo me siento más orgulloso.

Quisiera darles las gracias a Jennifer Hershey, que fue la editora original de la novela, y a Jennifer Brehl, que fue la comadrona de esta edición, y sobre todo, me gustaría agradecerle a Pete Atkins su inestimable ayuda en la preparación de este manuscrito.


Aviso para navegantes

Esto es una obra de ficción, no una guía de viajes. Aunque la geografía de los Estados Unidos de América en este relato no es del todo imaginaria —muchos de los lugares y monumentos que aparecen en este libro se pueden visitar, y también hay rutas que pueden seguirse y situarse en un mapa—, me he tomado algunas libertades. Menos de las que cabría imaginar, pero algunas me he tomado.

No he pedido permiso, y nadie me ha autorizado a usar los nombres de los lugares reales que aparecen a lo largo de esta historia, y supongo que a los propietarios de Rock City o de la Casa de la Roca, y a los cazadores que ostentan la propiedad del motel en el centro de Estados Unidos les sorprenderá como al que más encontrar sus propiedades aquí descritas.

He cambiado el nombre de algunos de los lugares que aparecen en esta novela: la ciudad de Lakeside, por ejemplo, y la granja en la que está ubicado el fresno, cerca de Blacksburg. Podéis buscarlos, si queréis. Incluso puede que los encontréis.

Además, ni que decir tiene que todas las personas, vivas, muertas o lo que sea, que aparecen en este relato son personajes de ficción o se encuadran en un contexto ficticio. Solo los dioses son reales.


Una cuestión que siempre me ha intrigado es qué sucede con los seres míticos cuando la gente emigra fuera de su tierra natal. Los norteamericanos de origen irlandés recuerdan a sus hadas, los de origen noruego a sus nisse, los de origen griego a sus vrykólakas, pero solo en relación con los recuerdos del Viejo Continente. Una vez se me ocurrió preguntar por qué esos seres míticos no se encuentran en Norteamérica, y mis informadores soltaron una risita nerviosa y me dijeron: «Les asusta cruzar el océano, la distancia es demasiado grande», y señalaron también que Jesucristo y los apóstoles jamás pusieron un pie en los Estados Unidos.
RICHARD DORSON, «A Theory for American Folklore»,

American Folklore and the Historian

(University of Chicago Press, 1971)



PRIMERA PARTE

Sombras


Capítulo uno

¿Los límites de nuestro país, señor? Pues al norte limita

con la aurora boreal, al este con el sol naciente,

al sur limita con la procesión de los equinoccios,

y al oeste con el día del Juicio Final.
THE AMERICAN JOE MILLER’S JEST BOOK

Sombra llevaba tres años en la cárcel. Como era un tipo bastante grande y tenía pinta de no andarse con gilipolleces, su mayor problema consistía en encontrar maneras de matar el tiempo. Se dedicaba a entrenar para mantenerse en forma, a practicar juegos de manos con monedas y, sobre todo, a pensar en lo mucho que quería a su mujer.
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