A todos los voluntarios de Guiding Eyes for the Blind






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A todos los voluntarios de Guiding Eyes for the Blind

 

ANA GALÁN

 

Con todo mi afecto a los usuarios de perros guía

 

MANUEL ENRÍQUEZ

CAPÍTULO 1

 

 

 

 

David. Agosto de 2010

Cuando me desperté no sabía dónde estaba. Me dolía la cabeza. No, me dolía todo el cuerpo. Oí un murmullo de voces que no logré descifrar y unos pitidos intermitentes. Pip, pip, pip. ¿Qué había pasado? Intenté moverme pero apenas pude hacerlo. De pronto sentí una mano que me acariciaba la cara y un beso en la frente. Era mi madre. Estaba llorando. Su aroma a lavanda era inconfundible, pero se mezclaba con otros olores que me resultaban menos familiares. ¿Estaba en un hospital? Sí, eso era. Pero ¿por qué? Intuía que había pasado algo grave, pero no conseguía recordar nada. Abrí los ojos y me vi envuelto en una oscuridad absoluta. Quizá fuera de noche y la luz estuviese apagada. No. Sentí sobre mis párpados el ligero peso de una venda suave e intuí que eso era lo que me impedía ver. ¡El dolor de cabeza era cada vez más intenso! ¡Parecía que me iba a estallar! Haciendo un gran esfuerzo, intenté ladear la cara lentamente para ver si cambiando de postura se me pasaba un poco el dolor. En cuanto lo hice, las voces se callaron. El repentino silencio sólo se veía interrumpido por el pitido rítmico que seguía martilleándome el cerebro. Pip, pip, pip. Me pareció oír un grito ahogado de mi madre y, acto seguido, una puerta que se abría, pasos que se movían con prisa por la habitación. Más voces. Un hombre y una mujer. Unas manos frías me recorrieron las piernas. Noté el dolor de un pellizco en los pies. ¡Ay! Luego cosquillas en las plantas y algo frío sobre mi pecho. Quería gritar: «Mamá, ayúdame, por favor. Diles que me dejen en paz. ¡Diles que me hacen daño!». Pero fui incapaz de articular una sola palabra. Noté cómo zarandeaban mi cuerpo como si fuera un saco inerte y, una vez más, volví a quedarme dormido.

 

 

El destello de unos faros que se acercaban a toda velocidad.

El ruido estridente de un claxon.

¡La colisión era inevitable!

—¡No! —exclamé, con el corazón latiéndome con fuerza.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que sólo había sido una pesadilla.

Intenté recuperar la calma con la respiración entrecortada y, una vez más, el sonido del monitor me devolvió a la realidad. Pip, pip, pip. Seguía tumbado en la cama del hospital. Afortunadamente ya no me dolía tanto la cabeza, pero sentía una presión horrible en el pecho y algo me impedía mover las piernas. Esta vez no percibí la cálida presencia de mi madre y me sentí muy solo. Estaba sudando; sin embargo, notaba un frío que me calaba hasta los huesos. Tenía los ojos vendados. Los abrí despacio y de nuevo me hallé rodeado por la asfixiante oscuridad. Me quedé inmóvil y, poco a poco, los recuerdos empezaron a llenar mi mente, como si fuera una película a cámara lenta.

Había hecho el último examen del curso, aunque todavía no sabía las notas. ¿Habría aprobado todas las asignaturas? ¿A quién le importaba eso ahora?

En mi cabeza se dibujó una imagen muy clara. La vi a ella, esperando en la parada del autobús y mirándome con esa expresión burlona que la hacía irresistible; yo me acercaba sonriendo. Estaba tan guapa como siempre, con un pantalón ajustado y una camiseta de tirantes. Hablamos un rato hasta que llegó su autobús y quedamos en ir juntos esa noche a la fiesta de fin de curso. El fin de semana no podía haber empezado mejor. Por la tarde tuve que ir a la piscina para hablar con mi entrenador, quien me anunció que en verano no pensaba dejarme descansar. Tendría que hacer por lo menos dos horas de natación al día en varias series y estilos; aunque, por suerte, antes iba a darme una semana de descanso. La necesitaba. Necesitaba desconectar por completo y estar abierto a lo que pudiera pasar esa noche. Volví a casa, me arreglé y pasé a recogerla en coche. Su minifalda, sus labios pintados, su continua sensualidad despertaban todos mis sentidos. Llegamos a casa de nuestro amigo y, nada más entrar, nos pusieron un buen vaso de sangría en las manos. Hacía calor y estaba tan dulce que entraba sola. Un vaso, luego otro. No tardamos en ir todos bastante cargados. Fui al baño y, cuando volví, la encontré coqueteando en el borde de la piscina con un amigo mío que estaba tan pasado de alcohol como ella. Sabía que me estaba provocando. Siempre lo hacía. Luego se quejó del calor.

—¿Por qué no te bañas? —le dijo mi amigo.

—Es que no he traído el biquini —contestó.

—¿Y lo necesitas? —le preguntó mi amigo, retándola.

Ella me miró, se quitó toda la ropa y se arrojó a la piscina. Los chicos la vitoreaban y alguno hizo lo mismo. Salió del agua despacio, insinuante, y se dirigió hacia mí.

—David, ¿es que no piensas secarme? —me dijo.

¿David? Sí, me llamo David. Por fin pude recordar mi nombre y supuse que eso era una buena señal.

Verla ahí desnuda, entre las risas de la gente y los comentarios de algunos, hizo que me hirviera la sangre. Antes de seguir haciendo el ridículo plantado ahí en medio como un idiota, mientras todo el mundo parecía cachondearse de mí, di media vuelta y me largué de la fiesta hecho una furia. Mientras abría la puerta del coche, la vi salir de la casa. Solamente llevaba las braguitas puestas.

—¿Estás enfadado?

¡Claro que lo estaba! ¡Y mucho!

—¡No te vayas! ¿O prefieres que sea otro quien me lleve a casa? —gritó.

No contesté. Me metí en el coche, arranqué como un loco y salí derrapando a toda velocidad por la carretera sinuosa sin que se me pasara en ningún momento por la cabeza ponerme el cinturón de seguridad. La ira y el alcohol me impedían ver con claridad. Luego vino la curva, los faros que me deslumbraban, el sonido incesante del claxon. Intenté esquivar al vehículo que se aproximaba, pero la luz de sus faros me atraía como una lámpara a una polilla. Un fuerte golpe y mi cuerpo salió volando contra el parabrisas. Después nada.

 

 

Mientras seguía intentando poner en orden mis recuerdos y asimilar la situación en la que me encontraba, oí la puerta de la habitación. Me pareció distinguir la voz de mi padre hablando con alguien, un hombre. Ellos no sabían que podía oírlos. Ese hombre, supongo que era el médico, le decía que me iba a recuperar pero que había sufrido lesiones muy graves a consecuencia del accidente.

«Lesiones muy graves.» Al oír sus palabras, una sensación de pánico se apoderó de mí.

—¿Mamá? —llamé esperando que estuviera allí con ellos. Oí los pasos de mi madre, que se acercaban corriendo. Noté cómo me sujetaba la mano y la apretaba con fuerza.

—¡David, hijo! —balbuceó entre sollozos.

Creo que pude esbozar media sonrisa y hablé un poco en un estado medio inconsciente.

Durante los días siguientes, fui recuperando fuerzas muy lentamente y cada vez conseguía mantenerme despierto más tiempo, a pesar de que la venda de los ojos me impedía distinguir si era de día o de noche. Mi madre no se alejaba de mi lado y me iba poniendo al corriente de lo que había sucedido. Me contó que había permanecido seis semanas en coma y que me habían operado en tres ocasiones.

—Pero ya verás como pronto te pondrás bien y podrás volver a casa —me prometió sin poder disimular el tono de angustia en su voz.

También me dijo que mi padre había recogido las notas y había aprobado todas las asignaturas de segundo de periodismo. Sé que intentaba animarme con las noticias. Sin embargo, el miedo podía conmigo y lo único que deseaba oír, o más bien temía, era el pronóstico del médico.

—Si todo evoluciona como esperamos —me informó por fin un día el doctor Aguilar—, solamente perderás un poco de visión. Mañana te quitaremos los vendajes y lo comprobaremos. Espero que no haya sorpresas. También tienes una pierna escayolada y varias costillas rotas, pero ese problema no es grave. Dentro de unos días te quitaremos la escayola de la pierna. Tu traumatólogo asegura que a los veinte años estas fracturas sueldan muy bien...

Deseaba con toda mi alma que no se equivocase y que al día siguiente, cuando me retirasen las vendas, todo siguiera como antes.

CAPÍTULO 2

 

 

 

 

Blanca. Agosto de 2009

Dieciséis años, ocho meses y un día. Ése era el tiempo que llevaba esperando para tener un perro. Mi madre siempre conseguía encontrar una buena excusa y no cumplir su promesa de que nos compraría uno cuando mi hermana pequeña tuviera cinco años. ¡Y Cristina acababa de cumplir trece! Que si éramos muy pequeñas, que qué íbamos a hacer cuando nos fuéramos de vacaciones, que si ella trabajaba todo el día y no quería más responsabilidades, que si no lo íbamos a sacar a pasear... Excusas. Todo eran excusas.

El día que nos anunció que había cambiado de opinión, armamos tal escándalo que los vecinos seguramente se plantearon llamar a la policía.

—Quería consultaros una cosa —nos dijo mi madre a la hora de la cena.

Todos la miramos con cara de curiosidad.

—He estado pensando... —siguió—, ¿qué os parecería si tuviéramos un perro?

Cris no quiso oír nada más. Empezó a dar saltos y gritos por todo el comedor.

—¿Lo dices en serio? —pregunté sin dar crédito a mis oídos. ¿Sería posible que mi sueño se hiciera realidad? ¿Qué le había hecho cambiar de opinión? La miré extrañada y nerviosa.

—Totalmente —contestó mi madre sonriendo.

Me levanté de un salto de la silla y me uní a la danza de celebración. Cris y yo seguimos dando botes y celebrándolo durante por lo menos quince minutos. Mi padre nos miraba alucinado y mi madre sonreía orgullosa de ser la causante de tanta felicidad.

Pero claro, con mi madre ya se sabe. Nosotros no íbamos a hacer las cosas como el resto del mundo y tener un perro normal y corriente, de esos que se suben al sofá y duermen contigo en la cama y juegan a perseguirte por toda la casa. No, nosotros teníamos que tener un perro especial. Un cachorrito al que criaríamos para que de mayor se convirtiera en un perro guía para ciegos.

Cuando mi hermana y yo por fin nos calmamos y nos volvimos a sentar a la mesa, mi madre nos explicó ese «pequeño detalle sin importancia», pero en realidad nosotras ya no la escuchábamos. En ese momento todo nos parecía maravilloso y estábamos dispuestas a aceptar cualquier condición, lo que fuera. ¿Que teníamos que ir a clases todas las semanas? Genial, así jugaríamos con otros cachorritos. ¿Que sólo nos lo podríamos quedar durante algo más de un año y luego se tendría que ir a la escuela de perros guía? No importaba. Un año era mucho tiempo. ¿Que no le podríamos poner el nombre nosotros? Bueeeeeno, mientras no se llamara Clodomiro o algo así, no importaba mucho. Al fin y al cabo, yo tampoco había elegido mi nombre, ¿no? ¿Que el perro tenía que dormir en una jaula por la noche y había que sacarlo a hacer pis si se despertaba? Bah, seguro que no se despertaba.

Pero sí se despertaba.

Y ésa es la razón por la que en ese momento estaba yo, a las tres de la mañana, en el jardín de mi casa, bajo la lluvia, con el pijama, el impermeable y las botas de agua, esperando a que Kits hiciera pis.

—Si no haces pis de una vez, nos vamos a morir aquí congelados —le rogué, mirando de un lado a otro de la calle, esperando que nadie pasara y me viera ahí con ese aspecto.

Kits me observó con sus ojitos negros y su carita peluda y amarilla y movió la cola contento. Después empezó a correr a mi alrededor como un loco.

—No, no son horas de jugar —le dije—. Haz pis, ¡por favor!

Un par de carreras más y, cuando ya parecía que nunca le entrarían ganas, se agachó e hizo pis.

—¡Por fin! ¡Muy bien! —exclamé, acariciándole. Era tan pequeñito y suave... Kits se acercó más para que lo abrazara—. Vamos a casa.

Entramos en la cocina, lo sequé con una toalla y empezó a juguetear de nuevo.

—Tranquilo, que vas a despertar a todos —le dije.

A pesar de que estaba cansada y sabía que a la mañana siguiente tenía que levantarme pronto para ir al colegio, me senté en el suelo y lo puse encima de mi regazo, mientras lo frotaba con la toalla. Para que se tranquilizara empecé a hacerle un pequeño masaje como nos habían enseñado en las clases antes de asignarnos al cachorrito. Le hablé con suavidad mientras le acariciaba las orejitas, lentamente, después el cuello y los hombros. Noté que poco a poco se iba relajando y yo también. Me sentía tan bien con él que hasta me planteé quedarme a dormir en el suelo de la cocina, pero seguramente no era muy buena idea. Cuando Kits se tranquilizó, abrí con cuidado la puerta de la jaula y lo metí junto con unos trocitos de comida que se tragó agradecido. Cerré la puerta y le susurré:

—Y ahora, gordito, a dormir otra vez.

Me miró desde los barrotes con sus ojos negros, mientras apagaba la luz y me alejaba por el pasillo.

«Qué mono, parece que se va a quedar callado», pensé.

Subí la escalera hasta mi habitación. Pasé por delante del cuarto de mi hermana, que dormía plácidamente, y desde ahí pude oír los ronquidos de mi padre, que salían de su habitación. No parecía que nadie nos hubiera oído. Me metí en la cama, me tapé con la manta hasta las orejas para intentar volver a entrar en calor y, cuando estaba a punto de coger el sueño...

¡Guau, guau!

CAPÍTULO 3

 

 

 

 

David. Agosto de 2010

El doctor Aguilar procedió a quitarme el vendaje de la cara y los protectores oculares. Yo estaba nervioso y asustado. Tenía que salir bien. Tenía que volver a ser quien era. Ya llevaba demasiado tiempo en el hospital, había pagado mi error y estaba deseando reanudar mi vida.

—Abre los ojos —ordenó.

Los abrí lentamente, con miedo. Me pareció que la habitación estaba en penumbra, pero poco a poco empecé a vislumbrar una luz tenue que se hacía cada vez más evidente. La operación había sido un éxito a pesar de lo complicado de la cirugía y los puntos cicatrizaban perfectamente. Pude percibir la sonrisa de mi padre. Mi madre estaba a su lado y lloraba de emoción. Sujetó mi mano y me la besó. El médico me pidió que mirase hacia los lados, arriba, abajo.

—¿Cuántos dedos te estoy enseñando?

—Tres —contesté con una sonrisa de alivio. Era la primera vez en muchas semanas que sonreía sinceramente.

El doctor Aguilar repitió lo que ya me había dicho en otras ocasiones:

—David, ya lo sabes. Tienes totalmente perdido el ojo izquierdo. La lesión sufrida por el golpe contra el parabrisas fue muy grave. Sin embargo, hemos podido salvar la visión de tu otro ojo. Si no hay complicaciones podrás hacer una vida totalmente normal. Al principio tendrás que acostumbrarte a calcular las distancias, pero en seguida podrás hacerlo sin mayores problemas. Las primeras semanas son cruciales. Tu ojo está cicatrizando y cualquier complicación...

Cualquier complicación. La complicación tenía un nombre larguísimo. Una maldita bacteria que decidió que mi ojo era un buen lugar para multiplicarse. No tardé mucho en comprobar, impotente, que mis esperanzas se desvanecían a la misma velocidad que mi visión. Gotas, vuelta al quirófano, vendajes, medicinas y finalmente, lo que nadie quería oír. Esta vez el psicólogo fue el encargado de darme la noticia.

—Me temo que la infección se ha extendido por todo el ojo y cuando los médicos consigan controlarla será demasiado tarde —dijo muy serio—. Las esperanzas de que puedas recuperar la vista son mínimas. Eres joven y quizá en el futuro... ¿Sabes? Se están haciendo muchos avances en medicina: células pluripotenciales, microcámaras que se podrán implantar en la retina y te permitirán hacer una vida normal. Pero eso será dentro de unos años, David, no sé cuántos, pero quizá llegue antes de lo que esperamos.

Apenas escuché el resto de la conversación. Cerré con fuerza los puños hasta casi hacerme daño en los dedos. Tenía tal tensión en el cuello que ni siquiera lograba asentir con la cabeza. El psicólogo siguió hablando.

—De todas formas, tienes que tener en cuenta que las cosas avanzan a pasos de gigante. Ahora los ciegos pueden estudiar, desplazarse, trabajar y llevar una vida prácticamente normal. ¿Sabes que hay ciegos que han escalado el Aconcagua? Me han dicho tus padres que te gusta escribir. Un sencillo programa informático te permitirá acceder sin problemas a tu ordenador y manejar con los oídos lo que antes hacías con los ojos. También podrás practicar muchos deportes sin ningún problema. El trabajo, David, será duro, no te lo voy a negar, y los progresos que hagas dependerán directamente de tu propia voluntad. Necesitarás seguir un riguroso proceso de aprendizaje...

Los ciegos. Eso era en lo que me había convertido. En un ciego.

A partir de ese momento me dejé caer en una depresión profunda que me asfixiaba entre sus brazos y no me dejaba escapar. No quería hablar con nadie. No quería comer, ni recibir visitas, ni tener noticias de lo que estaba pasando en ese mundo de luces y formas que yo había abandonado para siempre.

Me pasaba el día en la habitación del hospital, en silencio, fingiendo dolor para que me doparan hasta quedarme dormido, insensible a lo que pasara a mi alrededor. Cuando me despertaba, mi madre se esforzaba en entablar una conversación y me contaba quién me había llamado y qué amigos me habían visitado. Yo permanecía en silencio, intentando en vano no escuchar la lista de nombres: Jorge, Andrés, mi entrenador de natación, mis tíos, mis primos, compañeros de clase, algún profesor de la facultad y Róber, el que se suponía que era mi amigo pero a quien no le había importado tontear con Claudia el día de la fiesta en casa de sus padres.

Claudia... Su nombre nunca aparecía en la lista que me iba recitando mi madre. Supongo que le traía sin cuidado lo que me había pasado. Al fin y al cabo, ella sólo había estado jugando conmigo, me utilizó porque en aquel momento no tenía a nadie mejor. Esta vez se lo había puesto muy fácil. Ahora, cualquier otro sería mejor que yo. Cualquiera que pudiera ver.

No podía evitar pensar que, si no hubiera sido por Claudia, en ese momento no me encontraría allí, tumbado en mi cama aséptica, sintiéndome más muerto que vivo. Sabía perfectamente que ella no me había obligado a ponerme detrás del volante esa noche, ni había sido ella la que había salido derrapando por la carretera, ni la que había decidido no ponerse el cinturón, pero no podía deshacerme de ese resentimiento que me quemaba por dentro. Decidí que debía eliminarla de mi mente para siempre, igual que había hecho ella conmigo.

El resto de mi estancia en el hospital lo pasé medio inconsciente, mudo, entumecido por el dolor mental más que físico al darme cuenta de que me había convertido en un inválido. Cuando notaba que alguien venía a visitarme, me hacía el dormido. No quería oír sus fútiles intentos por animarme. Mi situación era sólo mía y no me serviría de nada compartirla con nadie.

Después de tres meses de hospital, de rehabilitación, de tratamientos y de esperanzas que nunca se cumplían, me dieron el alta. Llegué a casa sin infección y también sin vista. Entré agarrado del brazo de mi madre y en el momento en que oí cerrarse la puerta fue cuando, por primera vez, me di cuenta de que debía enfrentarme a la cruel realidad.

Me solté del brazo que me guiaba pero percibí que mi madre seguía a mi lado. Con los brazos extendidos, di un paso a tientas, luego otro. Pisé la alfombra y di un pequeño tropezón, lo suficiente para que dos manos me sujetaran por cada brazo.

—¡Por favor! Dejadme. No podré hacer nada si tengo la sensación de que me estáis vigilando.

—No te vigilamos —fue mi hermana Silvia quien habló—. Es que creíamos que te ibas a caer.

—Si me caigo ya me levantaré. Soy ciego, pero no soy tonto.

Mi madre rompió a llorar una vez más, aunque trató de disimularlo. Pensé que, unos meses atrás, cualquier discusión con mi hermana habría terminado en una pelea. Por primera vez en su vida se calló. Mi padre intervino. Se había mantenido en silencio durante todo el tiempo que duró el trayecto desde el hospital hasta casa.

—David, las cosas cambiarán y nos adaptaremos a ellas, pero necesitamos ayuda. He estado buscando información. Hay organizaciones especializadas en ayudar a personas que tienen problemas como el tuyo. Nos han dado una cita para pasado mañana. Vamos a ir los cuatro y, a partir de ahí nos dirán qué debemos hacer. Silvia, mamá y yo no sabemos cómo tenemos que actuar, qué es lo que tenemos que hacer. Te ruego que tengas un poco de paciencia con nosotros. Si no lo haces, la convivencia será horrible.

Horrible fue ese primer día. Cuando estaba en el hospital pensaba que al llegar a casa las cosas cambiarían al encontrarme en un ambiente conocido pero, como ya empezaba a ser habitual, mis sueños y la realidad tomaron caminos distintos. Mis padres ya habían recibido algunas instrucciones de cómo tenían que adaptar la casa. Debían evitar que hubiera objetos con los que me pudiera tropezar y las puertas tenían que estar siempre abiertas o cerradas totalmente, nunca entreabiertas. Ellos me podían guiar dándome indicaciones tipo «más a tu derecha» o «empieza la escalera», pero nunca me debían llevar del brazo dentro de casa. Yo tenía que moverme solo. Dentro de la vivienda era imprescindible que mi autonomía fuera total desde el principio. Ésa era la teoría, aunque no tenía nada que ver con la práctica.

Subí la escalera y al entrar en mi cuarto por primera vez, encendí la luz instintivamente. Escuché el clic del interruptor y eso fue todo. No cambió absolutamente nada. Me froté los ojos esperando inútilmente que al volver a abrirlos todo volviera a su sitio. Era consciente de que no serviría de nada, pero no pude evitar hacerlo. Efectivamente, todo seguía en penumbra. Con la mano derecha seguí el contorno de la pared. El armario, la mesa de estudio con el ordenador. Un poco más allá, el rincón y la ventana. Noté que estaba abierta y que el sol lucía por la sensación de calor que sentí sobre la piel. Luego la otra pared. Ahí estaba el póster de Pau Gasol con su camiseta de los Lakers haciendo un mate contra los Spurs de San Antonio. Pasé las manos sobre la superficie satinada del papel. ¿Qué sentido tenía ahora? Me entró un ataque de rabia y me disponía a arrancar el póster y romperlo en mil pedazos cuando noté una mano que me lo impedía. Era Silvia.

—No, David. No hagas eso.

—Déjame y no te metas. Además, no quiero que me sigas. El póster es mío y haré lo que me dé la gana con él.

—Si quieres puedes romperlo, pero queda de muerte en la habitación junto a tus medallas de natación. David, el que hayas perdido la vista no quiere decir que las cosas vayan a darte igual. Tienes que tratar de seguir siendo el mismo. ¿Acaso me vas a dar tu camiseta naranja porque ya no la ves?

No supe qué contestar. Probablemente Silvia tenía razón. Me callé y escuché con atención cómo salía de la habitación y cerraba la puerta tras de sí. Me senté en la cama y, creo que por primera vez en muchos años, me eché a llorar.

Dos días después fuimos a la asociación. Nos recibió Pablo, el psicólogo que me había dado la noticia de mi ceguera irreversible. Su voz era afable pero firme. Nos sentamos y mi madre me apretó la mano por debajo de la mesa. La solté bruscamente y me crucé de brazos. Si había algo que no necesitaba en esos momentos eran caricias. El psicólogo empezó con su charla.

—Ahora nos queda un largo y duro camino por recorrer —dijo—, pero te aseguro que, si todos nos esforzamos, conseguiremos que tu vida vuelva a ser la misma que antes del accidente.

¿Ese tío flipaba? ¿Acaso se había equivocado de paciente? ¿Es que no se daba cuenta de que me había quedado ciego?

Me habló de los rehabilitadores que me enseñarían a manejar un bastón para poder desplazarme, de las técnicas que tendría que aprender para poder organizar mi ropa y mis CD. Me hizo pasar la mano por una hoja con el alfabeto en braille. Mi sensación fue la de estar tocando un mantel lleno de migas pegadas.

—Aprenderás a escribir en braille en pocos días —me aseguró el psicólogo—. Es un sistema muy sencillo. Leer te costará más tiempo, pero estoy convencido de que en menos de un año lo dominarás. En cuanto a tu formación, ¿qué estás estudiando?

—Estaba —le corregí—. Terminé segundo de periodismo.

—Debes continuar tus estudios. Será más difícil, todo va a ser más difícil para ti, pero tendrás que acostumbrarte a vivir así.

¿Más difícil? Definitivamente aquel tío estaba colgado. ¿Cómo quería que fuese a la facultad? ¿Cómo iba a tomar apuntes?

—No, ya no puedo. No me he matriculado para el próximo curso y las clases ya han empezado —respondí intentando dar la conversación por finalizada.

Él no pareció hacerme caso y siguió con su discurso.

—De eso nos encargaremos más adelante. Ya hablaremos. Ahora lo más importante es que recuperes el control de tus actividades cotidianas.

La reunión duró más de una hora y durante la mayor parte del tiempo Pablo habló con mis padres. Después nos presentaron a Jenny, una especialista en rehabilitación y técnica de orientación y movilidad, o algo así. Nos llevó a otra habitación y por el eco que se producía cuando hablábamos intuí que debía de ser un sitio muy grande.

—Estamos en una sala con elementos urbanos, para simular que estás en una calle cualquiera —dijo Jenny—. Aquí hay aceras con baldosas de distintas texturas. También hay vallas, un fragmento de calzada e incluso un árbol artificial. Hay otras muchas cosas, y tu labor será descubrirlas y esquivarlas. A unos veinticinco metros está la pared y quiero que llegues hasta ella. Pero necesitarás ayuda para conseguirlo.

Me hizo extender la mano y me dio algo. Una serie de palos cortos rodeados con un cordón de goma.

—¿Qué es esto?

—Mira, esto es el mango —respondió Jenny—. Agarra por aquí y quita la goma.

Con la mano derecha hice lo que me decía y con la izquierda retiré la goma elástica. Me asusté porque, de pronto, los palos parecieron cobrar vida. ¡Clas, clas, clas! Se ensamblaron de forma automática en una vara larga. Mi hermana Silvia estaba detrás de mí y oí su grito ahogado cuando el bastón, se trataba de un bastón blanco, se me cayó al suelo.
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