Capítulo 1






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Gaelen Foley

Serie Knight, Nº7

Corazón de tormenta
Todo lo que vive no vive solo ni para sí mismo.
WlLLIAM BLAKE

El libro de Thel, lámina 3, verso 26 (1789)

ÍNDICE


Capítulo 1 5

Capítulo 2 20

Capítulo 3 33

Capítulo 4 41

Capítulo 5 53

Capítulo 6 69

Capítulo 7 83

Capítulo 8 95

Capítulo 9 112

Capítulo 10 129

Capítulo 11 142

Capítulo 12 156

Capítulo 13 169

Capítulo 14 186

Capítulo 15 201

Capítulo 16 217

Capítulo 17 228

Capítulo 18 239

Capítulo 19 253

Epílogo 269

Nota de la autora 271

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 272






Capítulo 1


Febrero, 1818

Ella quería bailar.

Los dedos de sus pies calzados con unas zapatillas de seda daban golpecitos bajo el dobladillo de su vestido de seda blanco… no, azul… no, verde, al ritmo de los elegantes compases de la orquesta.

Las innumerables velas que parpadeaban en las arañas de cristal desprendían una bruma dorada sobre el salón de baile, donde las parejas de bailarines giraban siguiendo los pasos del nuevo y atrevido vals; las damas, ataviadas con sedas suntuosas, pálidas y luminosas, y los caballeros, vestidos de majestuoso blanco y negro.

De repente, notó que alguien la estaba mirando fijamente entre la multitud. Echó una ojeada por encima de su abanico pintado y vio fugazmente una figura alta e imponente antes de que los giros de los bailarines la ocultaran nuevamente.

Se le aceleró el pulso. Se estremeció al percibir su presencia, al notar cómo se acercaba a pedirle que bailara con él la siguiente contradanza.

Aguardó con los ojos muy abiertos y el corazón palpitante, ansiosa por ver mejor la cara de su hombre misterioso, su héroe predestinado…

En aquel preciso momento, un cosquilleo instintivo de advertencia arrancó a Eden Farraday de su maravillosa ensoñación.

Su mirada perdida fue ganando precisión a medida que la realidad se imponía de nuevo sobre sus reticentes sentidos, y con ella llegaron los incesantes sonidos y los penetrantes olores de otra noche negra y húmeda en la selva tropical.

En lugar de las arañas de cristal, un solitario y oxidado farol brillaba en la mesa de bambú situada junto a su hamaca, cubierta por la nube de una mosquitera blanca transparente. En vez de caballeros y damas, unas polillas pálidas danzaban y revoloteaban contra el cristal del farol, y más allá del tejado cubierto con hojas de palmera de la cabaña erigida sobre pilares, latía la oscuridad rebosante de vida.

Los insectos zumbaban con una cadencia ensordecedora. Los monos se disputaban las ramas de los árboles más cómodas para dormir, pero por lo menos los estridentes loros habían interrumpido sus ensordecedoras riñas. Un jaguar rugió a lo lejos para expulsar a un rival de su territorio, pues había llegado la hora de la caza para las fieras grandes y sigilosas.

El feroz eco del rugido ahuyentó su resplandeciente visión de la elegancia londinense; únicamente permaneció el objeto que la había inspirado: un ejemplar amarillento y arrugado de una revista de moda con un año de antigüedad, La Belle Assemblée, enviado por su querida prima Amelia desde Inglaterra.

Sin embargo, la sensación de peligro se mantuvo.

Miró a su alrededor ansiosamente, con los instintos que había agudizado en la selva en estado de alerta; deslizó la mano hacia la pistola que siempre llevaba en el costado.

Y entonces lo oyó: un susurro débil y sutil procedente de un lugar muy próximo encima de su cabeza.

Levantó la vista y se encontró cara a cara con los ojos fríos y brillantes de una monstruosa punta de lanza. Enseñando sus colmillos relucientes, la mortífera serpiente sacó su lengua bífida en dirección a ella. Eden retrocedió lentamente, sin osar moverse demasiado rápido.

La gran serpiente, que andaba en busca de una presa de sangre caliente, pareció percibir las vibraciones de su corazón palpitante. Las especies animales invadían muchas de las viviendas humanas de la zona intertropical: los humanos dejaban migas, las migas atraían a los ratones, y los ratones atraían a la punta de lanza, una víbora de notorio mal genio famosa por atacar a la menor provocación.

Su picadura era letal.

Delgada y sinuosa, la serpiente se había deslizado por las vigas deterioradas del refugio. Debía de estar explorando sigilosamente en busca de algún roedor gordo que comer como plato principal, pues en ese momento estaba enrollada alrededor del poste del que colgaba la hamaca y examinaba a Eden como si estuviera preguntándose a qué sabría.

Para su gran asombro, la serpiente había cortado la mosquitera con sus colmillos como puñales, que desprendían un veneno capaz de matar a un hombre corpulento en menos de media hora. Eden había sido testigo de ello, y no era una muerte agradable.

Cuando la punta de lanza arqueó su cuello escamoso y adoptó una inquietante forma de ese, ella vio venir el ataque durante una breve fracción de segundo; a continuación, el animal arremetió. El furioso reptil se sacudió como un látigo y mostró fugazmente sus colmillos.

Ella se lanzó de espaldas sobre la hamaca, sacó la pistola y disparó.

Cuando la cabeza de la serpiente cayó justo en medio de su preciada revista, dejó escapar un grito de indignación.

—¡Maldita…! —exclamó, pero acto seguido se detuvo y se limitó a pronunciar la expresión moviendo mudamente los labios, pues las damas refinadas de Londres no maldecían en voz alta. ¡Todavía!

Había tardado un año en recibir aquella condenada revista por mensajero vía Jamaica. Eden se dio la vuelta en la hamaca ágilmente y observó con mirada ceñuda la cabeza de la serpiente boquiabierta que mancillaba la elegante publicación. Se echó su larga trenza de cabello castaño rojizo por encima del hombro, retiró la mosquitera y se apartó, tras sobrevivir a su último encontronazo con la muerte.

—¿Va todo bien, querida? —preguntó despreocupadamente su padre, el doctor Victor Farraday, desde su tienda de trabajo situada al otro lado del campamento naturalista, emplazado en el corazón del verde y húmedo delta del Orinoco.

Ella lanzó una mirada distraída en dirección a él.

—¡Perfecto padre! —contestó ella, y guardó la pistola con las manos temblorosas.

«Dios, estoy deseando salir de aquí».

Hizo una mueca, cogió la revista como si fuera una bandeja, manteniendo la cabeza de la serpiente en equilibrio sobre ella, y se dirigió estoicamente hacia la baranda rústica que daba al ancho río de ónice. Arrojó la cabeza a la corriente sin miramientos, y escuchó cómo caía al Orinoco con un pequeño chapoteo.

Seguro que algún animal se la comería en cuestión de minutos, pensó. Era la ley de la selva: comer o ser comido. Lanzó una mirada recelosa al otro lado del oscuro río y vio unos ojos rojos que brillaban con el fulgor del farol; a continuación, algo grande se sumergió sin apenas crear ondas a la luz plateada de la luna.

Eden sacudió la cabeza. Cocodrilos que comían carne humana, serpientes venenosas, murciélagos que chupaban sangre… y su padre decía que Londres era peligroso. «Paciencia», se dijo, haciendo todo lo posible por reprimir sus ansias de civilización. Quedaba poco. Pronto volverían a Inglaterra, tanto si a su padre le gustaba como si no.

Al volverse para mirar en dirección a la tienda de trabajo de su padre, su expresión se llenó de determinación. Asintió ligeramente con la cabeza para sus adentros. «Sí». La incertidumbre era una tortura. Tenía que conocer la decisión de su padre… ahora. Arrancó las páginas de su revista que no se podían salvar y las reservó como combustible para la lumbre; acto seguido salió resueltamente de su palafito de estilo autóctono. Fijó la vista en la tienda principal de trabajo situada al otro lado del campamento.

Un círculo de antorchas ardía alrededor del perímetro del claro para ahuyentar a los animales, pero contaban con poca ayuda para espantar a los mosquitos. Apartó uno de un manotazo al pasar delante del hueco destinado a la hoguera que había en el centro del campamento, donde saludó a sus tres criados negros afectuosamente. Sus brillantes sonrisas relucieron en la oscuridad. Ahora que el calor del día ya había pasado, los criados, vestidos con atuendos tropicales ligeros y holgados, estaban preparándose la cena.

Eden intercambió unos comentarios burlones con ellos y siguió avanzando. La falda de su vestido de algodón se arremolinaba al rededor de sus piernas, y sus botas de piel gruesa se hundían con firmeza en la hierba blanda a cada paso. Miraba hacia delante con seguridad, pero en realidad su corazón palpitaba mientras aguardaba el veredicto de su padre.

Enfrente de ella, bajo la tienda de estilo militar con tres lados, el doctor Victor Farraday y su fornido ayudante australiano, Connor O’Keefe, mantenían una conversación íntima con las cabezas juntas mientras estudiaban detenidamente un mapa deteriorado. La mesa de trabajo estaba cubierta con los últimos especímenes que habían recogido ese día en su expedición, guiada por el chamán de los waroa hasta el lugar donde crecían las plantas medicinales. Sin embargo, por el momento, sus nuevos hallazgos habían quedado olvidados. La expresión de los hombres parecía tensa y seria a la tenue luz anaranjada del farol.

No era de extrañar. La preciada revista de Eden no era el único artículo que el mensajero había traído aquel día del mundo exterior, pues había logrado sortear la flota española que patrullaba la costa y pasar de contrabando su correspondencia y unas cuantas provisiones.

También habían recibido una carta, igual de antigua que la publicación, del abogado que representaba al aristocrático patrocinador de su padre en Inglaterra. La misiva comunicaba la triste noticia de que, desgraciadamente, el viejo y filantrópico cuarto conde de Pembrooke había pasado a mejor vida hacía unos meses.

El heredero de su señoría, el quinto conde, era joven y gallardo, se rumoreaba que muy apuesto y, si se podía dar crédito a lo que decían las páginas de sociedad de La Belle Assemblée, también tenía fama de jugador y de ser un poco libertino. El nuevo lord Pembrooke se estaba construyendo una magnífica casa de campo, y por lo que a él respectaba, todos los artistas y eruditos, músicos, escultores y científicos que su abuelo había patrocinado durante tanto tiempo podían pudrirse. De modo que había dado instrucciones a su abogado para que comunicara la noticia.

En conclusión, el insigne doctor Farraday había perdido los fondos destinados a su investigación; Eden había estado a punto de prorrumpir en vítores al enterarse.

Sin embargo, se había mordido la lengua y había reprimido su alegría, ya que su padre había palidecido ante la noticia, entregado como estaba a su trabajo igual que todo genio obsesionado. Claro que tampoco se iban a morir de hambre cuando llegaran a Inglaterra, meditó ella con el obstinado espíritu práctico que a menudo compensaba su lado ensoñador.

El doctor Farraday, médico cualificado así como autor de prestigio, había recibido una oferta permanente para ocupar un puesto docente muy respetable en el Real Colegio de Medicina de Londres. Cuando la aceptara, como sin duda iba a tener que hacer, ella y su prima Amelia podrían pasear juntas por Hyde Park entre otras damas elegantes, haciendo que los jóvenes estropearan sus modernos faetones para volverse a mirarlas.

Dentro de poco tiempo —¿quién sabía cuándo?— podría tener una vida normal.

Eden juntó las manos a la espalda y carraspeó educadamente para llamar la atención del caballero.

Los dos científicos estaban tan absortos en su conversación que no habían reparado en su presencia. De repente se quedaron callados e interrumpieron su discusión en voz baja.

—Bueno, chicos —dijo ella con una sonrisa alegre, tratando de aliviar con un toque de humor parte de la tensión que todos experimentaban con el repentino cambio de su situación—. ¿Cuándo nos iremos?

Por desgracia, su pregunta no hizo la menor gracia. La pareja cruzó una mirada cautelosa. Connor se levantó al estar en presencia de una dama, consciente de que a ella le gustaban mucho aquellos pequeños gestos de cortesía.

Connor O’Keefe era un imponente australiano rubio y bronceado de más de un metro ochenta de estatura y el doble de anchura que los guerreros tribales del delta. Era un hombre de pocas palabras y un especialista en zoología; su sensibilidad respecto a los animales de la selva despertaba la simpatía de Eden, pero las miradas fijas que le dedicaba cada vez con más frecuencia la hacían sentirse incómoda.

—¿Va todo bien? —preguntó él, poniendo los brazos en jarras y frunciendo el ceño con gesto de preocupación—. ¿Por qué has disparado?

—Una punta de lanza entró en la casa. Lo siento, Con. Tuve que elegir entre tu sinuosa amiga o yo.

—Santo Dios, ¿estás bien? —exclamó su padre, mientras se quitaba las gafas rápidamente y empezaba a levantarse asustado de su taburete.

—Estoy bien, padre —le aseguró ella—. Me preguntaba si Connor podría llevarse esa cosa repugnante. La mayor parte sigue pegada en las vigas —dijo, haciendo una mueca.

El australiano asintió firmemente con la cabeza y a continuación lanzó una mirada a su padre.

—Vuelvo enseguida, señor.

—Sí… esto… déjanos un momento, muchacho. Me gustaría hablar con mi hija.

—Por supuesto. —Connor se detuvo a dar un suave apretón en el hombro a Eden.

—¿Seguro que estás bien? —murmuró.

Ella asintió con la cabeza, se cruzó de brazos y reprimió una sonrisa al tiempo que se esforzaba por hacer caso omiso del sutil matiz posesivo de su caricia. No se sentía con valor para mencionar la desagradable sensación que le despertaba con respecto a su padre, quien quería a Connor como al hijo que nunca había tenido.

Además, no le convenía montar un número sabiendo que su supervivencia dependía de Connor. Él conseguía la comida, construía los refugios y los protegía tanto de los indígenas hostiles como de los ocasionales jaguares.

Pero a veces, cuando lo miraba a los ojos, como en aquel momento, le daba la impresión de que Connor creía que ella le pertenecía.

Una vez que se convenció de que Eden estaba a salvo, el australiano asintió con la cabeza y se adentró en la oscuridad para cumplir sus órdenes. Eden lo siguió con la mirada cautelosamente.

—Siéntate, querida —le pidió su padre, señalando la silla vacía de su ayudante. Ella reparó distraídamente en que su barba canosa necesitaba un afeitado—. Tenemos mucho de que hablar.

—Claro.

Ella se sentó frente a él y adoptó alegremente el papel de encargada de coordinar la retirada de la selva. Al fin y al cabo, era el ama de llaves nominal de su padre, la responsable del buen funcionamiento del campamento.

—Calculo que con la ayuda de los criados, tardaremos más o menos una semana en recogerlo todo. Tendremos que tomar medidas especiales para asegurarnos de que tus muestras botánicas se mantengan en buen estado con el aire del mar, pero si encontramos una forma de atravesar los estrechos hasta Trinidad, no creo que tengamos que esperar mucho a que aparezca un barco inglés que nos lleve a casa…

—Eden —la interrumpió él con delicadeza, pero empleando un tono terminante—. Vamos a quedarnos.

Ella se lo quedó mirando un largo rato y a continuación cerró los ojos apretándolos y se estremeció.

—Oh, padre, no.

—Vamos, Edie, entiendo que pueda ser un duro golpe para ti, pero estamos haciendo tantos progresos… ¡Cielo, esto te gusta! Lo sé. ¡Fíjate en las aventuras que hemos vivido! ¡Trepar a los árboles para explorar las interminables copas! ¡Encontrar pájaros y animales totalmente desconocidos para la ciencia! —Le cogió la mano en actitud tranquilizadora—. No te preocupes, querida. No me mires de esa forma —protestó cuando ella volvió a abrir los ojos con expresión de abatimiento—. ¡Piensa en las medicinas que llevaremos algún día y en las vidas que salvaremos! No podemos abandonar ahora. Simplemente, no podemos.

Ella hizo un esfuerzo por recuperar el habla.

—Creía que habíamos perdido los fondos. Lord Pembrooke…

—¡Es un canalla! —afirmó él—. Pero no importa. Ese joven sin vergüenza no echará a perder nuestros progresos. Cierto, tendremos que ahorrar papel y otras provisiones, pero hemos aprendido de los indígenas a vivir de la tierra. ¡Por el amor de Dios, después de todo, somos ingleses! Debemos seguir adelante, y eso haremos.

—Seguir… adelante.

—¡Sí, querida! Verás… —Se acercó a ella, lleno de una emoción juvenil impropia de un hombre de mediana edad—. Tengo un plan.

«Oh, no».

—¿Un plan?

Él asintió con la cabeza entusiasmado.

—Nos adentraremos más, Edie. Iremos al interior.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿No estarás diciendo…?

—Sí —susurró él, sin apenas poder contener su regocijo—. ¡Al Amazonas!

Eden se quedó boquiabierta.

Él interpretó su horror como asombro.

—¡Piénsalo hija! Nuestra aventura más fabulosa hasta la fecha: ¡un hábitat todavía más complejo que la selva del Orinoco! El delta ha sido nuestra madre y nuestra maestra; nos ha preparado. ¡Ah, pero el Amazonas es nuestro destino! —Le apretó la mano intentando contagiarle su entusiasmo, pero ella se soltó tirando de sus dedos y se levantó rápidamente.

—¡Estás loco!

—¡Oh, Edie…!

—¡Lo sabía! ¡Al final ha ocurrido lo que siempre he temido! ¡Tanto tiempo en la selva ha acabado haciéndote perder el juicio, papá! ¡Dios mío, seguramente yo seré la siguiente! —Se llevó la mano a la frente, pero él se limitó a reírse—. No bromeo… ¡y no pienso ir allí! ¡Alguien tiene que ponerse firme! ¡Sé sensato! Allí hay cazadores de cabezas y caníbales que no son pacíficos como los waroa… ¡y Dios sabe qué más!

—Tonterías. Connor nos protegerá. Te necesito a mi lado, Edie. Sabes que no puedo hacerlo sin ti. Mientras nos mantengamos juntos, estarás totalmente a salvo. Cuando hayamos conquistado el Amazonas, volveremos a Inglaterra y daré conferencias sobre nuestros viajes. ¡Escribiré otro libro! Una nueva obra que competirá con la de Alexander von Humboldt. No tendremos que volver a depender de otro mecenas rico.

Ella levantó las manos, incapaz de expresar su irritación con palabras.

Su padre frunció el ceño.

—¿Qué?

Ella había prometido a su madre en su lecho de muerte que cuidaría de él, pero ¿cómo iba a hacerlo si aquel hombre no tenía el menor aprecio por su vida?

—Padre —dijo Eden seriamente, cruzándose de brazos—, tienes cincuenta y cinco años. Tu héroe, Von Humboldt, estaba en la flor de la vida cuando hizo ese viaje, y estuvo apunto de morir. —No consiguió nada con aquel argumento salvo un resoplido y un murmullo de vanidad masculina herida, de modo que probó otra táctica; se sentó de nuevo mirándolo con seriedad—. ¿Has olvidado que, fuera de esta selva, Venezuela está en guerra?

—Por supuesto que no —gruñó él, frunciendo el entrecejo al oír que ella se lo recordaba—. Todavía no chocheo. ¿Y eso qué importa?

—Para llegar al Amazonas tendríamos que cruzar las llanuras. Los llanos son el principal campo de combate entre las fuerzas de la Corona española y los colonos rebeldes.

—¿Y qué? Todavía tenemos tiempo. Ahora hay un cese de las hostilidades. Los rebeldes de Angostura controlan el interior, y los españoles no abandonan sus barcos de la costa. ¿Cuál es el problema?

—¿El problema? —Ella estuvo a punto de soltar una carcajada; no sabía por dónde comenzar—. Para empezar, ¡cada bando cree que eres un espía del otro lado! Los españoles creen que te has confabulado con los revolucionarios, y los colonos creen que estás trabajando para España.

—Si de veras lo creyeran, ya me habrían expulsado del país. ¡Diantre, Edie, como dije a los malditos burócratas de Caracas, la ciencia es neutral! Estoy aquí por el bien de la humanidad.

—¡Uf! —Ella se tapó la cara con las manos, lo que apagó el sonido de su réplica—. Estás aquí porque quieres esconderte del mundo.

—¿Qué has dicho? —preguntó él bruscamente.

Ella reprimió su irritación lanzando un suspiro y se llevó las manos al regazo.

—Nada, padre.

—Ya lo creo que sí. Vigila esa lengua, jovencita —le aconsejó él, antes de volver a colocarse en su áspero taburete de madera y dar un tirón a su chaleco en actitud solemne—. Te doy mucha libertad, pero sigo siendo tu padre.

—Sí, señor —contestó ella, agachando la cabeza—. Pero…

—Pero ¿qué, niña?

Ella le sostuvo la mirada un instante en actitud inquisitiva.

—El año pasado me prometiste que volveríamos a Inglaterra.

Aquello era exactamente lo que él no quería oír.

Inmediatamente, su padre frunció el ceño y apartó la vista para concentrarse en sus hallazgos científicos.

—Inglaterra, Inglaterra. ¿Por qué tienes que estar hablando siempre de ese maldito lugar? ¿Acaso crees que el mundo de allí fuera es maravilloso? ¿Cómo puedes saberlo? Te he mantenido protegida de él aquí. Si te acordaras de cómo es, me lo agradecerías. No todo son bonitos carruajes y bailes lujosos, querida. El mundo de allí fuera también tiene un lado oscuro. —Le lanzó una mirada por encima de la montura de sus gafas—. Enfermedades, crímenes, suciedad, pobreza, corrupción. Aquí no hay nada de eso.

—¡Tampoco hay nadie con quien hablar! —gritó ella, y de repente las lágrimas amenazaron con brotar de sus ojos.

Su padre hizo una mueca compasiva y se dejó caer otra vez en su taburete.

—¡Tonterías estoy yo! Soy una compañía muy buena… y también está Connor. Bueno, no habla mucho, lo reconozco, pero cuando lo hace merece la pena escucharle. No te preocupes, mi niña bonita —dijo él, dándole una palmadita en la mano con cara de preocupación—. Te aseguro que nuestra conversación es mucho más inteligente que la que encontrarías en los salones de Londres.

—Por una sola vez, me gustaría saber de qué habla la gente normal —dijo ella de forma apenas audible.

—¿Normal? ¡No es más que otra forma de referirse a la mediocridad! —contestó él en tono de mofa—. Edie, por el amor de Dios, esas chicas de Londres a las que admiras son las criaturas más tontas y triviales de la tierra. No piensan más que en lazos, sombreros y zapatos. ¿Por qué demonios quieres ser como ellas?

Ella Contuvo un gemido. «Ahora viene el sermón».

—¡Piensa en las ventajas de las que disfrutas aquí! Te vistes como quieres, dices lo que quieres y haces lo que te place. No tienes ni idea de cómo esas chicas de la alta sociedad son perseguidas por sus acompañantes, cuyo único objetivo en la vida es controlar cada uno de sus actos. Te volverías loca si tuvieras que soportarlo un solo día. Piensa en la libertad que te he dado… ¡y la educación, por el amor de Dios!

«¿Libertad? —se preguntó ella—. Entonces, ¿por qué me siento como una prisionera?»

—Te he educado como a un hijo, más que como a una hija —continuó él, repitiendo su manido discurso. Ella casi se lo sabía de memoria—. Por Dios, ¿crees que las elegantes damas de Londres pueden recitar todas las especies conocidas de la familia de las
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