Hablar del camino hacia la perfección del amor es la manera más perfecta de incrustarnos hacia el camino de Dios, ya que decía San Juan: “Dios es amor”






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fecha de publicación07.08.2015
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LA FECUNDIDAD

Hablar del camino hacia la perfección del amor es la manera más perfecta de incrustarnos hacia el camino de Dios, ya que decía San Juan: “Dios es amor”.

El unirnos en amor a Jesús, trae las siguientes consecuencias:

  1. La Felicidad. La felicidad es perfecta en Dios. No existe otra felicidad que no sea Dios y con Dios. En vano podemos buscarla en otros lados. En este sentido, San Agustín proclamaba: “Existe mi corazón para ti, y mi corazón no descansa hasta reposar en ti”.



  1. El Consuelo. No sólo por medio del Padre Eterno se recibe el consuelo. Jesús, siendo capaz de llevar consuelo a Dios Padre, cómo no ha de consolarlos. En el sufrimiento es necesario unir nuestros dolores a los de él, y aceptarlos por amor a él.



  1. Fecundidad. La fecundidad es dar fruto para las almas. Por eso es importante buscar a toda costa el amor de Jesús. No existe alma ni ego en que la caridad no nos impulse a hacer el bien a los demás.

Hay diferentes formas de hacer el bien a los demás, mediante la actividad constante o por el llamado santo ocio de contemplación; a través de ambas se puede hacer el bien al prójimo, sólo cambia la forma de hacerlo.

Las almas activas hacen el bien al prójimo con su acción. Y las almas contemplativas con sus oraciones y sacrificios. Todos podemos alcanzar para los demás bienes y gracias, ejerciendo con esto, el compromiso de bautizados y, en consecuencia, de profetas. A eso, todo cristiano está obligado.

Todo corazón noble anhela hacer un bien a los demás, busca no llevar una vida estéril e inútil. Una de las situaciones más penosas a la hora de la muerte es pensar: “Perdí mi tiempo, perdí mi vida, no hice gran cosa en el mundo. Desperdicié mi vida sin llevar el bien a los demás.

En el Apocalipsis 3, 15- 17 nos dice Dios: “Yo sé lo que vales; no eres ni frío ni caliente; ojalá fueras lo uno o lo otro. Desgraciadamente eres tibio, ni frio ni caliente, y por eso voy a vomitarte de mi boca. Tú piensas: Soy rico, tengo todo, nada me falta. ¿No ves cómo eres un infeliz, un pobre, un ciego, un desnudo que merece compasión?

Ese texto muchas veces confunde a la gente. Para llegar a la tibieza hay dos formas:

  1. Yendo de lo frío a lo caliente.

  2. Yendo de lo caliente rumbo a lo frío, pasando por el punto medio que es la tibieza.

¿Quién es el frío? El pecador empedernido. ¿Quién es el caliente? El santo, el ser con alturas de santidad, el enardecido del amor de Dios.

  1. ¿Quién es el tibio? Aquel que está en la mitad. El que tiene una tibieza que reprueba Dios. Yendo del ardor de la santidad, habiendo alcanzado gracias muy especiales para subir rumbo a ella, y luego por indolencia, va alejándose de este camino hacia lo frío, pasando por un punto medio que es la tibieza.

El cuerpo místico de Cristo, que es la iglesia, es enfermado por un tibio, porque no practica, hace escándalo y hace que la gente fría se salga de la iglesia.

La Teología Moral dice que la tibieza es un mal incurable, que no tiene remedio. Los tibios pierden el ardor, la alegría de la oración, pero no se preocupan. A veces se confunde la tibieza con la aridez, y aunque son parecidas, en la tibieza, la persona, en ese desgano, en esa falta de oración y alegría, no se preocupa ni mortifica, hay una ausencia de Dios.

En cambio, cuando se llega a un estado de aridez, los ojos espirituales están viendo, de más cerca, la majestad del Señor, pero como no están habituados, se pierde esa visión, por eso se pierde la alegría y el ardor por hacer oración. Pero en esa etapa hay mortificación, mientras que el tibio, anda feliz si no hay oración y sed por las cosas de Dios, no le preocupa nada.

Recuerden que el sarmiento que está unido a la vid produce fruto abundante. Todo cristiano está llamado a hacer el bien a los demás.

Sin duda, las almas consagradas tienen un compromiso muy grande, porque la opción de su vida la han hecho por Jesús. Los conventos son como jardines que infunden pureza a un mundo más corrupto. Ni siquiera tenemos idea de cuántas almas se están salvando por la oración silenciosa de estas almas. Ellas consuelan a Jesús por amor. Es un apostolado silencioso pero eficaz, a base de oración y sacrificio en cruz.

  1. Pureza. La pureza, en las almas contemplativas, es un soporte de castidad. El celibato de los sacerdotes, por ser silencioso, es hermoso. No debemos olvidar que la oración personal nos fecunda.

El peligro del ego, del “yo”. A veces pensamos en la conversión de un alma, y creemos que fue por algún sermón, pero es mentira. Esa conversión se debe, en mucho, a las almas silenciosas, a la oración y sacrificio de esas almas silenciosas.

Recordemos, por ejemplo, a San Francisco de Asís, él enviaba de dos en dos, uno predicaba, el otro oraba. Así de importante y hermoso es lo contemplativo.

El ser humano nunca sabrá cuánto bien hizo a los demás hasta que muere y está en el cielo. En el cielo, se dará cuenta de cuántas maravillas y del poder de la oración y de los sacrificios, de la inmolación que haya hecho de su vida enclaustrado, renunciando al mundo.

En el cielo, la cabeza del ego no se levanta por la oración o sacrificio que hayan hecho por el alma más necesitada o el pecador empedernido. Al final, verán todo el bien que hicieron, en un desprendimiento por medio de la fe.

El corazón lleno de Dios se derrama en amor. “De la abundancia del corazón habla la boca”. Cuando oramos somos felices, somos consolados. Santo Tomás de Aquino decía: “Que la vida apostólica no es más que un desbordamiento de la vida interior, es decir, del amor de Dios”.

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