Claro que somos colombianos como los demáS!!






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fecha de publicación21.07.2015
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CLARO QUE SOMOS COLOMBIANOS COMO LOS DEMÁS!!

En relación con el escrito de abajo, considero que determinar la mentalidad de un personaje legendario como Diego Luís Córdoba con base en uno de los más pequeños actos de su vida – una entrevista para un pequeño periódico local – es quedarse en la superficialidad. Pero a la vez, deja ver el afán injustificado de algunas personas porque los afrodescendientes directos no fortalezcamos nuestra identidad como grupo étnico-poblacional diferenciado, dentro de la diversidad del Estado-Nación colombiano y del contexto mundial, condición sin la cual no se podrá avanzar hacia una  verdadera redención.

Dos hechos que marcaron la vida de Diego Luís contradicen lo afirmado por el autor del escrito en referencia: 1. La creación del “Comité de Asuntos Afrocolombianos” en los años de 1.940, con la pléyade de profesionales afros radicados entonces en Bogotá, cuyas actas guarda el doctor Eduardo Díaz, hijo del doctor Natanael Díaz, quien fuera el último director de esa organización creada para trabajar por la redención de los descendientes de africanos/as en Colombia, y lo cual referencia el maestro Manuel Zapata Olivella en alguna de sus obras; y 2. En la ley de creación del Departamento del Chocó, Diego Luís logra que se incluya unas atenciones especiales para el departamento y en especial para su capital, a objeto de que construya rápidamente unas bases importantes para el despegue en su desarrollo. Cuestión justamente lógica porque no se puede hablar de igualdad real si a la población históricamente marginalizada, por un tiempo racionalmente concertado no se le da un tratamiento diferencial, a objeto de aproximarla a la que históricamente ha contado con todas las atenciones. Este es un criterio de planeación universalmente utilizado.

Por otra parte, hemos insistido que con los conceptos “afrocolombiano” ó “afroamericano”, no solo se pretende fortalecer la identidad de los afrodescendientes alrededor de su innegable herencia africana recreada en estos contextos, sino también su sentido de pertenencia a la nación que con otros segmentos poblacionales hemos venido construyendo por más de cinco siglos; y como estrategia política para aglutinar a estos pueblos y comunidades, teniendo en cuenta todo el mestizaje donde esté presente la herencia étnica y cultural africana, en aras de contar con peso específico para avanzar con paso seguro hacia la redención definitiva.

De tal manera que al asumirnos como “afrocolombianos”, no estamos excluyendo que los afros más pigmentados que a la vez quieran asumirse como “negros”, lo hagan, ni que los menos pigmentados que a la vez quieran asumirse como “mulatos”, “zambos”, etc., también lo hagan. Lo afrocolombiano y afroamericano incluye todo ese arco iris construido en el crisol de la interacción triétnica y cultural de nuestro país y de las Américas en todos estos siglos, donde se hace visible esa gran herencia africana.  

En el caso de la entrevista en referencia, lo que uno puede ver es que a Diego Luís se le interrogó sobre los afros negros o más pigmentados que hasta ese momento habían logrado conquistar importantes posiciones sociales, sobre todo a través de su condición intelectual o profesional, y él simplemente respondió con su fino humor característico de acuerdo a la pregunta formulada. Pero no dejando de anotar las dificultades que habían tenido que vencer estos personajes para poder llegar a dichas posiciones, dada su condición “racial” y social.

Ahora, que puede importar que Diego Luis y otras personalidades afros no hayan utilizado el término, vocablo o concepto “afrocolombiano”. ¿Acaso cada generación no tiene derecho a asumirse de acuerdo con la cosmovisión que logra reconstruir a partir de lo legado por las anteriores, ubicado en las nuevas realidades y descubrimientos?

Claro que somos colombianos como los demás, pero Colombia es un país diverso y dentro de esa rica diversidad humana debe hacerse visible lo afrocolombiano, negro, palenquero o raizal. Lamentamos si con ello alguien se molesta, pero es nuestro derecho irrenunciable.

  

 

Somos colombianos como los demás”: Diego Luis Córdoba (en 1961).

Por: colordecolombia

Transcribimos entrevista donde hace un recuento de los colombianos negros destacados de la época y de algunos del pasado.

En enero de 1961, el semanario Política y algo más, fundado por Carlos Lleras Restrepo, publicó el informe “Los negros en Colombia”. “Lucharon por la independencia, recibieron la libertad, pero aún esperan la igualdad”, decía la entrada.

El informe incluía una conversación con el senador liberal Diego Luis Córdoba, bajo el título “Un líder de color”, y notas sobre el antropólogo Rogerio Velásquez (“La vida de los estudiosos”) y la folclorista Delia Zapata Olivella (“La magia de la cumbia”).

Para esta republicación, 51 años después, hemos cambiado el título por una frase de Diego Luis Córdoba en la entrevista. El motivo: nos identificamos con ella.

Este testimonio de Córdoba en su madurez, en el cenit de su carrera, y a tres años de su repentina muerte, muestra que históricamente ha existido un discurso ligado a la población negra distinto del que se ha promovido en las últimas dos décadas.

En toda la entrevista, por ejemplo, Diego Luis no usa ni una vez la palabra “afrocolombiano”. La diferencia desde la cual habla es “racial”, no cultural. Se regodea hablando de los negros que han sobresalido en los distintos campos.

Reconoce el prejuicio racial, también la evolución cultural, y está lejos de culpar exclusivamente al racismo por la situación de los negros. Su punto es claro: “buscamos la igualdad”.

En lugar de atribuir ideas propias del presente a los líderes del pasado, aquí se puede leer directamente a un líder del pasado, y disfrutar, además, su fino humor.

En la Fundación Color de Colombia no conocemos a los descendientes de muchos de los que aquí son mencionados. A ellos los invitamos a establecer contacto con nosotros, pues nos interesa recuperar esa memoria social y política. DMV.

Somos colombianos como los demás”: Diego Luis Córdoba (en 1961).

Queda un rescoldo de prejuicio racial. Usted lo observa en el habla de las señoras cursis. En el Oriente colombiano, indio es mala palabra; en el Occidente, mala palabra es negro. Pero admito que, en los últimos treinta años, el prejuicio ha retrocedido en una forma que apenas nos atrevíamos a soñar los que nos lanzamos a combatirlo.

Habla Diego Luis Córdoba, senador de la República, vicepresidente de la sala general de la Universidad Libre, y sin duda la personalidad más fuerte que su raza puede exhibir actualmente en la escena política. (…)

Nuestra lucha tiende a lograr la igualdad. Cuando hablamos de la inteligencia del negro no es para sostener que sea mayor que la del blanco. Es igual. No queremos un tratamiento de excepción. Somos colombianos como los demás. Sólo que pretendemos hacer respetar esa igualdad.

Así, por ejemplo, no se sabe de un solo negro que haya ingresado al servicio diplomático ni al ejército. Si los Estados Unidos, país racista por excelencia, ha tenido en su servicio exterior al señor Ralph Bunche, ¿qué hay de indecoroso en que un hombre de mi raza represente a Colombia en el exterior?

Si el almirante Padilla, mulato, o el general Infante, negro puro, fueron bastante buenos para servir a su patria en la milicia, ¿por qué no lo somos también para lucir entorchados en la actualidad? (…)

Simplemente, se debe reconocer a la mía como una de las razas fundadoras de este país. Los europeos se engastaron sobre una base indígena, a la que consiguieron exterminar, y otra negra, que desde los socavones de las minas formó, con su trabajo, el capital primitivo de nuestra economía.

A la negra no la pudieron acabar, y su sangre forma parte inseparable de la nacionalidad colombiana. El senador Córdoba, pionero de la educación del negro colombiano, habla con gusto de la reconocida afición de su raza por las profesiones liberales.

Entre los médicos se destacan los hermanos Martínez (Nicolás y Guillermo) y los Zapata Olivella (Juan y Manuel). Demetrio Valdés OrtizRoque del RíoRamón Mosquera Rivas son ingenieros de sólido prestigio.

En la abogacía descuellan Adán Arriaga Andrade, hijo de padres mulatos, miembro hasta hace poco de la dirección liberal, ex-ministro de Trabajo, eminente jurista, y Daniel Valois Arce, que fue habilísimo defensor de Rojas Pinilla, como Juan Esteban Zumárraga, un negro antioqueño había patrocinado al general Mosquera. (…)

Abundan los artistas y literatos negros. Entre los primeros, los más conocidos son el pintor José Laó Moreno y las folcloristas Delia Zapata Olivella yFrancia Oliva Vega.

De los poetas, “Jorge Artel” (Agapito de Arcos, por su verdadero nombre), cuya obra deleita a los refinados, pero también anda en coplas, propagadas por el pueblo.

La misma noble calidad tiene la poesía de Hugo Salazar Valdez, la de Nathanael Díaz. Uno de los mejores novelistas de Colombia es, sin duda,Arnoldo Palacios, autor de “Las estrellas son negras” y “Selva y lluvia”.

Palacios, paralítico, se fue hace años a París; un gran especialista francés lo libró de las muletas y ahora anda por sus propios medios. Las últimas noticias lo hacen en Praga y todo invita a creer que milita en el comunismo.

Otras novelas de valía, las que escribieran Manuel Zapata Olivella y Teresa de Jesús Varela.

¿Y la política? Bueno, ya se sabe que el negro es politiquero hasta la médula. Diego Luis recuerda con fruición al “negro Brito”, celebérrimo en la época nuñista, a Manuel Saturio Valencia y a Luis A. Robles.

Valencia era organista en la iglesia de Quibdó, pero escribía en los periódicos y distribuía volantes que preconizaban ideas socialistas.

Le aterraba la corrupción de la burguesía, a tal punto que decidió incendiar la ciudad. Se pudo demostrar que el incendiario era él y le correspondía pena de muerte.

La agitación del pueblo negro fue tremenda; se acusaba a los blancos de no haberlo defendido con fervor y sinceridad, y hasta de esconder el telegrama de Bogotá que le conmutaba la pena.

Lo velaron vivo. El lloriqueo inundó a Quibdó. El día de la ejecución lo pasearon por toda la ciudad, amarrado, con fuerte escolta y al son de los tambores.

Llegando al patíbulo, el reo pidió permiso para despedirse del pueblo y pronunció una feroz arenga revolucionaria. “El hombre en pos de su destino ciego avanza…” Hasta hoy repiten los bogas sus palabras.

Robles ha sido, acaso, el más recio compañero del general Uribe como parlamentario. Ambos fueron miembros de la cámara al mismo tiempo. Mas tarde, Robles vino a ser el único liberal y fue entonces cuando, vejado de palabra por un conservador, replicó con aquella frase: “Negro sí, pero los huesos de mis antepasados blanquean sobre las murallas de Cartagena”.

Diego Luis recuerda a otros parlamentarios notables. Sofonías Yacup era de Timbiquí, población situada en el vértice de tres departamentos; él usufructuaba las curules de los tres, según sus intereses del momento.

Antonio José Camacho fue en su juventud tan pobre que no tenía donde dormir. ¡Qué elocuencia la suya! En una ocasión, un sastre y un zapatero, para demostrarle su entusiasmo, lo vistieron gratis de pies a cabeza, incluído un par de zapatos amarillos con los que el negro era un verdadero espectáculo.

Otro abogado y orador brillantísimo fue Eleazar Flórez Vergara, que representó al Valle en el Congreso.

Actualmente, además de Córdoba y de Arriaga –chocoanos ambos- se sientan en el Senado el bolivarense José Santos Cabrera, negro puro, y dos de filiación laureanista: el arquitecto Ricardo Eleázar Valbuena y el abogado Osías Lozano Quintana. Ambos son hijos de padre y madre mulatos.

La Cámara de Representantes está engolosinada con las artes oratorias de sus miembros de color, como Nathanael Díaz, lopista de Cauca; Néstor Urbano Tenorio, liberal del Valle; Ramón Lozano Garcés, liberal del Choco; Julio Escallón, liberal de Nariño; Libardo Arriaga Copete, laureanista chocoano, Isaac Sánchez Palau, también laureanista, y Leopoldino Machado, liberal.

Pero no hay duda de que Diego Luis Córdoba es el parlamentario más hábil cuando se trata de hacer pasar una ley. Su experiencia de cerca de treinta años en los escaños de ambas cámaras ha hecho de él un maestro del parlamento.

Siempre lo ha elegido el liberalismo, pero él tiene su propia fórmula de juramento: “Juro que soy liberal para estos efectos”. (…)

Diego Luis Córdoba en semanario Política y algo más (1961)

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