Honorio delgado/ obras completas






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ni inhiba sus manifestaciones. por heteróclitas que sean. En consecuencia,el psicopatólogo deberá actuar no como pesquisidor curioso de la vida ajena, sino, según los casos y la situación, como persona digna de confianza -a quien se puede abrir el corazón y comunicar lo que para los demás permanece inalcanzable o fragmentario-, o como persona más o menos indiferente y hasta distraída, que escucha lo que el sujeto habla con los demás, y lo observa indirectamente.

  • En psicopatología, con mayor razón que en psicología normal, no es posible la información directa a base de una documentación objetiva que hable por sí sola. Lo que conseguimos explorando la vida mental del sujeto o simplemente verificando determinadas manifestaciones del mismo, no es sino un material crudo que requiere consideración y crítica para llegar a constituir conocimiento verdadero. Y aquí surge otra fuente de incertidumbre y error, debida a nuestro modo de apreciar y ordenar los datos: losprejuicios, que nos conducen a interpretaciones fáciles y falaces, sustentadas en conceptos generales desmedidos o en espurias :upic~JmJR.'i.ti.P-J]Jlntn...'i.dP_ ~i.s.t!l_lp_~.timos_ P_n nrros mml]o~ rlPl srihPr. T .os prejuicios más frecuentes en psicopatología son los que apuntamos a continuación.

  • ta Es particularmente característico del pensamiento médico el prejuicio arntomcfisiológico, que en el siglo pasado tuvo su expresión extrema en declaraciones.como las de Broussais y Virchow. El primero afirmaba que no creería en el alma sino descubriéndola con la punta de su escalpelo, y el segundo, ante un cadáver disecado, preguntaba a sus oyentes: «Entonces, señores, ¿dónde está aquí el alma?».

  • Habituado a ver en el hombre casi siempre poco más que un cuerpo material y a referir las enfermedades a funciones determinadas y a lesiones localizables, el médico tiende a explicar las manifestaciones mentales en términos de patología cerebral, asignándoles una imaginaria localización, que a menudo se apellida «científica».En realidad, sólo son localizables las funciones psicosensoriales y psicomotrices, no las genuinamente psicológicas, si bien se encamina la investigación a i~dii.cdl ira. "iwrtR..sia=w ~yl íh 'Ú~..!-inhfa..-t. 11..~. "'~...,—=-4~ A~n- 1?_ r~~::::'!~ "!~-

  • lo anatómico está ya la frecuente verificaciónpost mortem de amplias destrucciones del tejido cerebral sin que el sujeto hubiese mostrado ningún desorden psíquico y, viceversa, notables alteraciones anímicas sin

  • anatomía patológica correspondiente, o igualdad de cuadros clínicos con lesiones en campos muy diferentes o con lesión en unos casos e integridad en otros.

  • Aun en el caso ideal de que todo el cerebro de un cadáver sea

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  • central precisa, y suponiendo que en vida del sujeto se hubiese determinado de modo perfecto la pérdida o alteración de una función especial, y sólo de ella (lo que prácticamente nunca acontece), el foco anatómico y la actividad perturbada no se corresponden de suerte que sea pertinente afirmar que en el sitio de la lesión se localiza la función, como si «al negativo patológico correspondiese el positivo normal». Lo que tal vez podría demostrarse con tal observación sería que en ese individuo la integridad de la parte lesionada es una condición para que se muestre normalmente la actividad anímica comprometida. Además, las formas de la actividad mental que se pretende localizar varían a su vez con los conceptos o prejuicios psicológicos de cada neurólogo, de ordinario desechados ya por la crítica de los investigadores del campo de la psicología -prejuicios casi siempre de la caduca psicología fisiológica-. Así, Kleist, uno de los representantes .más caracterizados de la corriente anatomopsicológica actual, no puede prescindir del esqueqia anticuado del arco reflejo para vincular las más altas funciones anímicas con los

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  • Un neurólogo tan competente como L. R. Müller expresa -con modestia que contrasta con el orgullo de los constructores de mitologías cerebrales del siglo pasado- el verdadero estado de cosas a este respecto: «Es menester recalcar con toda decisión que no se puede limitar el mundo del pensamiento a sitios especiales y determinados de la corteza cerebral. Debemos confesar abiertamente que carecemos hasta de la menor noción acerca de los procesos del sistema nervioso que sirven de base al pensamiento, a la memoria y a la voluntad; no sabemos siquiera hasta qué punto participan en ellos los estratos de la corteza cerebral y sus células. Ignoramus, y temo también que ignorabimus,»

  • Esto no excluye reconocer como hechos comprobados, por ejemplo, que lesiones de la parte supraorbitaria de ambos lóbulos frontales en un porcentaje apreciable de casos producen alteración considerable del carácter, del estado de ánimo (indiferencia o euforia), de las disposiciones y del ritmo para la acción; que, en cambio, lesiones de la convexidad del mismo lóbulo producen en muchos casos perturba" •. ,;. u— i~ a\..uv lud.u ■ p:;1ymca en generary de los impulsos motores en especial. Asimismo, que lesiones del tálamo y del tercer ventrículo son causa de otras alteraciones de la vida anímica, emocional en el primer caso y de ciertas tendencias afectivas en el segundo caso; o lesio-

  • nes de la circunvolución del hipocampo determinan desórdenes de la memoria.

  • Pero tiene mayor significado que la investigación experimental y anatomoclínica de los últimos años haya permitido determinar la existencia de dos estructuras del cerebro cuya función está evidentemente relacionada con la vida anímica: la sustancia reticular y el sistema lím- bico. La sustancia reticular meso-diencef álica, que se extiende del hipotálamo al bulbo, por sus haces descendentes, tiene efecto inhibitorio sobre el tono muscular, mientras que por los ascendentes, o sistema reiicu- lado activador, en conjunción con los centros hipotalámicos de la vigilia y el sueño, parece ser el factor principal de la regulación del nivel de vigilia y de la eficacia de la percepción, actuando sobre ciertos campos de la corteza cerebral.

  • Al sistema límbico corresponden estructuras del diencéfalo, de la circunvolución del cuerpo calloso y de las partes filogenéticamente antiguas de los lóbulos temporal y frontal de ambos lados. Se relaciona con la función rectora del comportamiento afectivo, sexual y de impulsividad o excitación, así como con la atención. La significación biológica de este sistema consiste en que sirve a la regulación de aquellas funciones básicas para la actividad cognoscitiva. Como observa Poeck, el sistema límbico, como el reticular, es bilateral y difuso; se caracteriza por «la falta de una localización distinta de las funciones particulares, que más bien se encuentran representadas de manera muy extensa y con fuerte lobulación, si bien no faltan aislados focos». Así, pueden producirse efectos semejantes con diversa localización del estímulo. Estos sistemas filogenéticamente antiguos se diferencian, pues, de la corteza cerebral, mayormente asimétrica en sus funciones, como lo acreditan la motilidad voluntaria, el lenguaje y la orientación en el espacio.

  • 2°. El prejuicio elementalista inclina el espíritu a concebir los desórdenes de la vida anímica como combinaciones irregulares de unidades fundamentales. Es un rezago del asociacionismo, completamente desacreditado en la psicología actual, que satisface a quienes todavía consideran el atomismo y el energetismo como modelos científicos ejemplares y aplicables a todas las esferas del conocimiento. En realidad, lo psíquico carece de elementos reales y autónomos y de combinaciones de los mismos a la manera de los del mundo material. Los elementos a que se apela hoy no son ya las sensaciones, las representaciones, las ideas, sino los reflejos, y el dogma correspondiente se formula en estos términos: «La vida psíquica procede de la acción refleja» Lo efectivo es que el reflejo no representa sino la mecanización de la actividad vital motriz, en un principio plástica y no mecánica. Por otra parte, los

  • reflejos tienen características perfectamente determinadas, que son de naturaleza fisiológica pura, no psicológica. Por último, no constituyen la unidad fundamental de la actividad del sistema nervioso. Y los reflejos condicionados, sobre los que Pavlov y Bechterev pretenden fundar toda la psicología y la psicopatología, en el hombre no son realmente reflejos, sino reacciones completas, muy semejantes, si no idénticas, a los hábitos, cuyo estudio profundizó admirablemente Maine de Biran.

  • 32^ El prejuicio simplificador es acaso el más compartido y multiforme. Consiste en atribuir a determinadas clases de fenómenos, considerados principales o esenciales, toda la variedad de manifestaciones psicopatológicas. A diferencia del prejuicio elementalista, aquí no siempre intervienen unidades imaginarias, sino hechos efectivos de la actividad psíquica. Pierre [anet caracteriza bien una de las modalidades del prejuicio simplificador cuando observa que los psiquiatras aplican a fenómenos muy particulares y muy concretos, nociones psicológicas demasiado generales y demasiado abstractas. Otra modalidad frecuente es, en cierto modo, la inversa: la propensión a confundir el contenido concreto y eventual con la alteración determinante y nuclearia. De este modo se toma como perturbación lo que no es más que un hecho concomitante o sintomático de la perturbación. Este prejuicio conduce a los mayores extravíos, uno de los cuales es la interpretación superficial adicta a los accidentes del ambiente, con desmedro de la realidad psicopatológica significativa y profunda. Se verifica de preferencia entre los profesionales y teóricos que pretenden cultivar una psicopatología de las profundidades. Así, unos sobrevaloran la cenestesia, otros los traumatismos psíquicos, los complejos, la sexualidad, el sentimiento de inferioridad o la angustia. Con lo cual se desadvierte la jugosa realidad funcional de la vida anímica y su estructura monárquica, rebajando el estudio del drama desconcertado y a veces desconcertante de las almas desequilibradas al nivel del charlatanismo hermenéutico, revelador de una credulidad que hace recordar el fanatismo de los adeptos de las llamadas ciencias ocultas.

  • 42- Por último, el prejuicio diagnóstico y tipológico sistematiza de modo unilateral y deformante el estudio de la realidad psicopatológica. La preocupación profesional y el afán de síntesis caracterológica, respectivamente, son responsables de esta viciosa manera de concebir, cuyas consecuencias son el empobrecimiento y Ja futilidad de los resultados. La preocupación profesional exclusiva atiende sólo al aspecto nosográfico de las manifestaciones, el afán tipológico desmedido trata de incluirlo todo en fórmulas simples de representación semi-individual,

  • semi-general. Ambos sacrifican el espíritu de análisis y sus frutos: la aprehensión de la riqueza, la diferenciación y la variedad individual de la vida anímica. El fenómeno psicopatológico pierde así su entidad propia, eclipsado por un esquema taxonómico.

    1. RELACIONES ANÍMICO-CORPORALES

    1. El problema de la relación entre el alma y el cuerpo tiene especial importancia en psicopatología a causa, tanto del origen predominantemente somático de los desórdenes más serios de la mente, cuanto de la repercusión de lo psíquico sobre lo corporal, mucho más notable en las personalidades anormales que en las normales. Es asunto filosófico espinoso e inevitable, que en una u otra forma plantea problemas teóricos a la observación y decisiones en la práctica, sobre todo en la del médico.

    2. Admitimos, con Aristóteles, que en nuestro mundo no existen cuerpo y alma separados sino cuerpos animados o, con W. Stern y los holistas, que no hay físico y psíquico en sí sino personas reales como hecho fundamental del mundo objetivo, y que sólo surge la cuestión de los psíquico y lo físico como hecho de segundo orden. Pero no podemos negar que al manifestarse las personas a sí mismas y a otras personas, la experiencia nos pone de continuo frente a estos hechos «de segundo orden», cuya entidad fenomenal es indiscutible y cuya verificación es exigencia del espíritu científico. En efecto, si la ciencia tiene por objeto el conocimiento de los fenómenos y de sus relaciones, nada más propio que discernir con la mayor precisión posible las características de cada orden de fenómenos y las conexiones probables entre los del mismo orden y entre los de órdenes diferentes -en el caso de la psicopatología, entre los fenómenos anímicos y los corporales-. Así evitaremos incurrir en el error que Palágyi considera origen de la posibilidad de los mayores extravíos humanos: tomar por espiritual lo que es sólo vital y por vital lo puramente espiritual.

    3. Aquí surge una cuestión capital: ¿En qué sentido emplean los psicopatólogos los términos «anímico» y «corporal» y sus análogos: «mental» y «físico», «psíquico» y «somático»? En verdad, aplican estas palabras -así como «espintual--, en diversos sentidos, según la concepción de cada cual, generalmente de manera ambigua. Si se quiere precisar los conceptos y examinar las cosas en su verdadera luz, es menester distinzpír. cate-ricamente los T?lanos o aspectos del ser y los modos de conexión de sus correspondientes fenómenos. La realidad del hombre es compleja, pues en ella se dan formas distintas del ser, cada una irreducible cualitativamente.

    4. 1 ° El hombre, ser material. La muerte pone de manifiesto nuestra pura realidad material, sometida a las leyes de las ciencias físicas, esto es, inteligible de manera mecánica y cuantitativa, y susceptible de una investigación que todo lo agota en términos relativos a sustancias materiales y propiedades elem.enlaJps E.n el riadávet. Jo .mismo ~j.t> .en el reino mineral, sólo obra la determinación causal y la materia tiende a disgregarse.

    5. 2°. El hombre, ser biológico. Sin perder sus propiedades y su sujeción a las leyes que rigen lo inorgánico, la materia en los vegetales, los animales y el hombre mismo se integra y adquiere una condición frente a la cual las ciencias físicas son medios indispensables de conocimiento, pero no los específicamente correspondientes; pues la vida del organismo es realidad de categoría distinta a la de los procesos físico-químicos en que se sustenta. La vida es a la vez surgente y consolidante, dinámica y estable. Entraña equilibrio en perenne transformación, según un orden propio de diferenciación y ritmo; de crecimiento, plenitud y decadencia; de defensa, expansión, reproducción y herencia; orden que, frente al medio y en el tiempo, mantiene, relaciona y configura a los organismos de acuerdo con fines y límites inherentes al individuo, a la especie y a la vida como una totalidad. -

    6. 32' El hombre, ser anímico. El hombre es más que ser material y biológico: es ente psíquico, capaz de vivir en continuidad conexiva el acontecer del mundo circundante, al cual se enfrenta con la intencionalidad de la conciencia, y capaz de vivir también la propia interioridad individual, con sus estados, tendencias y elaboraciones, que se objetivan en la expresión y tienen su centro permanente en el yo.

    7. 42' El hombre, ser espiritual. Por último, el hombre es, asimismo, y por excelencia, ser espiritual. En este orden de la realidad humana, el mundo exterior se articula por la razón
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