La ceguera josé saramago






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sprint. Fue recibido con abrazos, el caso no era para menos, en las adversidades, tanto las probadas como las previsibles, se conocen los amigos.

No duró mucho la confraternización. Aprove­chándose del alborozo, algunos colegas se habían esca­bullido con unas cuantas cajas, las que consiguieron transportar, manera evidentemente desleal de preve­nir hipotéticas injusticias en el reparto. Los de buena fe, que siempre los hay por más que se diga lo contra­rio, protestaron, indignados, que así no se podía vivir, Si no podemos confiar unos en otros, adónde vamos a parar, preguntaban unos, retóricamente, aunque lle­nos de razón, Lo que están pidiendo esos cabrones es una buena soba, amenazaban otros, no era verdad que la hubieran pedido, pero todos entendieron lo que aquel hablar quería decir, expresión, ésta, algo mejorada de un barbarismo que sólo espera ser perdonado por el he­cho de venir tan a propósito. Ya a cubierto en el zaguán, los ciegos se pusieron de acuerdo en que la manera más práctica de resolver la primera parte de la delica­da situación era dividir en partes iguales para cada sala las cajas que quedaban, por suerte en número par, y or­ganizar una comisión, también paritaria, de investi­gación, con vista a recuperar las cajas perdidas, mejor dicho, robadas. Tardaron algún tiempo, como de cos­tumbre, en debatir el antes y el después, es decir, si debían comer primero e investigar después, o al con­trario, habiendo prevalecido la opinión de que lo más conveniente, habida cuenta las muchas horas que lle­vaban ya de ayuno forzado, era empezar por confortar el estómago, y proceder después a las averiguaciones, Y no os olvidéis de enterrar a los vuestros, dijo uno de la primera sala, Todavía no les hemos matado y quie­res ya que los enterremos, respondió un gracioso de la segunda, jugando jovialmente con las palabras. Se echa­ron todos a reír. Sin embargo, no tardaron en saber que los bribones no se encontraban en las salas. A la puerta de una y otra había habido siempre ciegos es­perando que llegara la comida, y éstos fueron los que contaron que oyeron pasar por los corredores gente que parecía llevar mucha prisa, pero en las salas no había entrado nadie, y mucho menos con cajas de co­mida, eso podían jurarlo. Alguien recordó que la ma­nera más segura de identificar a los golfantes sería que fueran todos a ocupar sus respectivas camas, y, obvia­mente, las que quedaran vacías delatarían a los ladro­nes, por tanto, lo que procedía era esperar que volvieran, de allá donde se hubieran escondido, relamiéndose de gusto, y echárseles encima para que aprendiesen a res­petar el sagrado principio de la propiedad colectiva. Actuar de conformidad con la sugerencia, por otra parte oportuna y muy asentada en justicia, tenía sin embargo el grave inconveniente de posponer, hasta sabe Dios cuándo, el deseado y a estas horas ya frío desayuno, Comamos primero, dijo uno de los ciegos, y la mayo­ría creyó que sí, que lo mejor era que comiesen prime­ro. Por desgracia, sólo lo poco que había quedado tras el robo infame. En ese momento, en un lugar oculto de la vetusta y arruinada construcción, estarían los rateros llenándose la barriga con raciones dobles y tri­ples de un rancho que, inesperadamente, aparecía mejorado, compuesto de café con leche, realmente frío, ga­lletas y pan con margarina, mientras la gente honrada no tenía más remedio que darse por satisfecha con dos o tres veces menos, y no de todo. Se oyó allá fuera, lo oyeron algunos de la primera sala, mientras trincaban melancólicamente el agua-y-sal, el altavoz llaman­do a los contagiados para que fuesen a recoger su parte de comida. Uno de los ciegos, sin duda influido por la atmósfera malsana dejada por el delito cometido, tuvo una inspiración, Si los esperamos en el zaguán, seguro que se llevan un susto morrocotudo con sólo vernos, y tal vez dejen caer entonces una o dos cajas, pero el médico dijo que eso no le parecía bien, que sería una injusticia castigar a quien no tiene culpa. Cuando acabaron todos de comer, la mujer del mé­dico y la chica de las gafas oscuras llevaron al jardín las cajas de cartón, los envases vacíos de leche y de ca­fé, los vasos de papel, en fin, todo lo que no se podía comer, Tenemos que quemar la basura, dijo luego la mujer del médico, a ver si se van de aquí esas nubes de moscas.

Sentados en las camas, cada uno en la suya, los ciegos se pusieron a la espera de que volvieran al redil las ovejas descarriadas, Cabrones es lo que son, co­mentó una voz fuerte, sin pensar que respondía a la pastoril reminiscencia de quien no tiene culpa de no saber decir las cosas de otra manera. Pero los malean­tes no aparecieron, sin duda desconfiaban, seguro que había entre ellos uno tan astuto como el de aquí, el que tuvo la idea de la soba. Iban pasando los minutos, algunos ciegos se tumbaron, varios se habían quedado dormidos ya. Que esto, señores, es comer y dormir. Bien vistas las cosas no se está mal del todo. Mientras no falte la comida, que sin ella no se puede vivir, es como estar en un hotel. Al contrario, qué calvario se­ría estar ciego allá fuera, en la ciudad, sí, qué calvario. Andar dando tumbos por las calles, huyendo todos de él, la familia aterrorizada, con miedo de acercársele, amor de madre, amor de hijo, historias, quizá me hi­cieran lo mismo que aquí, me encerraban en un cuarto y me ponían el plato a la puerta, como mucho favor. Pensando fríamente en la situación, sin prejuicios ni re­sentimientos que siempre oscurecen el raciocinio, es preciso reconocer que las autoridades tuvieron vista cuando decidieron juntar ciegos con ciegos, cada oveja con su pareja, que es buena regla de vecindad, como leprosos, no hay duda, aquel médico allá al fondo tie­ne razón cuando dice que tenemos que organizarnos, la cuestión, realmente, es la organización, primero la comida, después la organización, ambas son indispen­sables en la vida, elegir unas cuantas personas disci­plinadas y disciplinadoras para dirigir esto, establecer reglas consensuadas de convivencia, cosas simples, ba­rrer, ordenar y lavar, de eso no podemos quejarnos, que hasta jabón nos mandaron, y detergentes, tener la cama hecha, lo fundamental es que no nos perdamos el respeto a nosotros mismos, evitar conflictos con los militares que cumplen con su deber vigilándonos, para muertos ya tenemos bastantes, preguntar quién conoce aquí buenas historias para contarlas al caer la tarde, his­torias, fábulas, chistes, es igual, lo que sea, imagínese la suerte que sería que alguien se supiera la Biblia de memoria, repetiríamos todo, desde la creación del mun­do, lo importante es que nos oigamos unos a otros, qué pena que no haya una radio, la música fue siempre una gran distracción, y oiríamos las noticias, por ejem­plo, si encontraban remedio para nuestra enfermedad, la alegría que iba a haber aquí.

Ocurrió entonces lo que tenía que ocurrir. Se oyeron tiros en la calle. Vienen a matarnos, gritó al­guien, Calma, dijo el médico, seamos lógicos, si qui­sieran matarnos vendrían aquí dentro a disparar, no dispararían fuera. Tenía razón el médico, fue el sar­gento quien dio orden de disparar al aire, no es que un soldado se hubiera quedado ciego de repente cuando estaba con el dedo en el gatillo, se comprende que no hubiera otra manera de encuadrar y mantener en or­den a los ciegos que salían de los autobuses a empujo­nes, el ministerio de Sanidad había avisado ya al del Ejército, vamos a enviar unos autobuses de ciegos, Cuán­tos ciegos en total, Unos doscientos, Y dónde vamos a meter a toda esa gente, las salas destinadas a los ciegos son las tres del ala derecha, y según la información que tenemos sólo caben ciento veinte, y ya hay sesenta o setenta, menos una docena que tuvimos que matar, La cosa tiene remedio, que se ocupen todas las salas, Si lo hacemos, los contagiados estarán en contacto directo con los ciegos, Lo más probable es que tarde o tempra­no se queden ciegos también ésos, además, tal como está la cosa, supongo que contagiados ya estamos to­dos, seguro que no queda nadie que no haya estado a la vista de un ciego, Si un ciego no ve, pregunto yo, cómo puede transmitir el mal por la vista, Mi general, ésa debe de ser la enfermedad más lógica del mundo, el ojo que está ciego transmite la ceguera al ojo que ve, así de simple. Hay aquí un coronel que cree que la solución más sencilla sería ir matando a los ciegos a medida que fueran quedándose sin vista, Muertos en vez de ciegos, el cuadro no iba a cambiar mucho, Estar ciego no es estar muerto, Sí, pero estar muerto sí es estar ciego, Bueno, el caso es que vais a mandarnos unos doscientos, Sí, Y qué hacemos con los conductores de los autobuses, Los metéis también ahí. Aquel mismo día, al caer la tarde, el ministerio del Ejército llamó de nuevo al ministerio de Sanidad, Les voy a dar una noticia, aquel coronel de quien les hablaba hace un rato, se ha quedado ciego, A ver qué piensa ahora de aquella idea suya, Ya lo ha pensado, acaba de pegarse un tiro en la cabeza, Coherente actitud, sí señor, El ejército está siempre dispuesto a dar ejemplo.

Se abrió el portón de par en par. Llevado por sus hábitos cuarteleros, el sargento mandó formar en columnas de a cinco, pero los ciegos no conseguían atinar con la cuenta, unas veces eran de más, otras de menos, acabaron amontonándose todos a la entrada, como civiles que eran, sin ningún orden, ni se acorda­ron siquiera de poner delante a las mujeres y a los ni­ños, como en los otros naufragios. Hay que decir, an­tes de que se nos olvide, que no todos los disparos ha­bían sido hechos al aire, uno de los conductores de los autobuses se negó a ir con los ciegos, protestó, dijo que veía perfectamente, el resultado, tres segundos des­pués, vino a darle la razón al ministerio de Sanidad cuando afirmaba que estar muerto es estar ciego. El sargento dio las órdenes ya conocidas, Sigan adelante, en línea recta, hay una escalera con seis peldaños, seis, cuando las alcancen, suban lentamente, si alguien tro­pieza, no quiero ni pensar lo que ocurrirá, la única recomendación que se echó en falta fue la de seguir la cuerda, pero se comprende, si la usasen no acabarían nunca de entrar, Atención, recomendaba el sargento, ya tranquilo porque estaban todos del otro lado del por­tón, hay tres salas a la derecha y tres a la izquierda, cada sala tiene cuarenta camas, que no se separen las familias, procuren no atropellarse, cuéntense a la en­trada, pidan a los que están allí que les ayuden, ya ve­rán cómo todo va bien, acomódense tranquilos, tran­quilos, luego les daremos la comida.

No estaría bien imaginar que estos ciegos, en tal cantidad, van allí como borregos al matadero, balan­do como de costumbre, un poco apretados, es cierto, pero ésa fue siempre su manera de vivir, pelo con pelo, aliento con aliento, hedor con hedor. Aquí van unos que lloran, otros que gritan de miedo o de rabia, otros que blasfeman, alguien ha soltado una amenaza inútil y terrible, Como os agarre un día, se supone que se diri­ge a los soldados, os arranco los ojos. Inevitablemente, los primeros en llegar a la escalera tuvieron que pararse, había que tantear con el pie la altura y la profundidad del peldaño, la presión de los que venían detrás hizo caer a dos o tres de los de delante, afortunadamente no pasó de ahí, sólo unas piernas desolladas, el consejo del sargento valía como una bendición. Una parte entró en el zaguán, pero doscientas personas no se acomodan con facilidad, para colmo ciegas y sin guía, añadién­dose a esta circunstancia, ya de por sí penosa, el hecho de encontrarnos en un edificio antiguo, de distribu­ción poco funcional, no basta que diga un sargento que apenas sabe de su oficio, Hay tres salas a cada lado, hay que ver el interior, aquí dentro, unos vanos de puer­tas tan estrechos que más parecen cuellos de botella, unos corredores tan locos como los que ocuparon antes el edificio, empiezan no se sabe por qué, acaban no se sabe dónde, y nunca llega a saberse lo que quieren. Por instinto, la vanguardia de los ciegos se había divi­dido en dos columnas, desplazándose a lo largo de las paredes, de un lado y del otro, en busca de una puerta por donde entrar, método seguro, sin duda, en el su­puesto de que no haya muebles cruzados en el camino. Tarde o temprano, con paciencia y habilidad, los nue­vos huéspedes acabarán por acomodarse, pero no antes de que se decida la batalla que acaba de trabarse entre las primeras líneas de la columna de la izquierda y los contaminados que de ese lado viven. Era de esperar. Lo que estaba decidido, y había incluso un reglamento re­dactado por el ministerio de Sanidad, era que ese lado quedaba reservado para los contaminados, y si verdad era que podía preverse, con altísimo grado de proba­bilidad, que todos ellos acabarían por quedarse ciegos, verdad era también, obedeciendo a la pura lógica, que mientras no lo estuvieran no se podía jurar que efec­tivamente estaban destinados a la ceguera. Está uno tranquilamente sentado en su casa, confiando en que, pese a los ejemplos contrarios, al menos en su caso acabe todo resolviéndose bien, y de repente ve que avanza en su dirección un bando ululante de aquellos a quienes más teme. En el primer momento, los contaminados pensaron que se trataba de un grupo de iguales a ellos, sólo que más numeroso, pero poco duró el engaño, aquella gente estaba ciega, Aquí no podéis entrar, esta parte es nuestra, sólo nuestra, no es para ciegos, a vo­sotros os toca al otro lado, gritaron los que estaban de guardia en la puerta. Algunos ciegos intentaron dar me­dia vuelta para buscar la otra entrada, tanto les daba izquierda como derecha, pero la masa de los que se­guían fluyendo desde el exterior los empujaba inexo­rablemente. Los contagiados defendían la puerta a puñetazos y puntapiés, los ciegos respondían como po­dían, no veían a los adversarios pero sabían de dónde les venían los golpes. En el zaguán no cabían doscientas personas, ni mucho menos, por eso quedó muy pron­to atascada la puerta que daba al cercado, pese a ser bastante ancha. Era como si la obstruyera un tapón, ni para atrás ni para delante, los que estaban dentro, comprimidos, ahogándose, intentaban protegerse con los codos, dando puntapiés contra los vecinos que los empujaban, se oían gritos, niños ciegos que lloraban, mujeres ciegas que se desmayaban, mientras los mu­chos que no habían conseguido entrar empujaban cada vez más, atemorizados por los gritos de los sol­dados, que no entendían por qué aquellos idiotas esta­ban todavía allí. Un momento terrible fue cuando se produjo un reflujo violento de gente que forcejeaba por librarse de la confusión, del inminente peligro de morir aplastados, pongámonos en el lugar de los soldados, de repente ven salir reculando a muchos de los que habían entrado, pensaron lo peor, que los ciegos iban a volver, recordemos los casos precedentes, podría haber ocu­rrido una carnicería. Felizmente, el sargento estuvo una vez más a la altura de la crisis, disparó él mismo un tiro al aire, de pistola, sólo para llamar la atención, y gritó por el altavoz, Calma, retrocedan un poco los que están en la escalera, calma, no empujen, ayúdense unos a otros. Era pedir demasiado, dentro continuaba la lucha, pero el zaguán, poco a poco, fue quedando despejado gracias a un desplazamiento más numeroso de ciegos hacia la puerta del ala derecha, allí eran reci­bidos por ciegos a quienes no les importaba encami­narlos hacia la tercera sala, libre hasta ahora, y hacia las camas que en la segunda aún estaban desocupadas. Por un momento pareció que la batalla iba a resolverse a favor de los contagiados, no tanto por ser ellos los más fuertes y los que más vista tenían, sino porque los cie­gos, dándose cuenta de que la entrada del otro lado estaba expedita, rompieron el contacto, como diría el sargento en sus lecciones cuarteleras de estrategia y de táctica elemental. No obstante, poco duró la alegría de los defensores. De la puerta del ala derecha empezaron a llegar voces anunciando que ya no quedaba sitio, que todas las salas estaban llenas, hubo incluso cie­gos que fueron empujados de nuevo hacia el zaguán, exactamente en el momento en que, deshecho el tapón humano que hasta entonces atrancaba la entrada prin­cipal, los ciegos que todavía estaban fuera, que eran muchos, empezaban a avanzar acogiéndose al techo bajo el cual, a salvo de las amenazas de los soldados, irían a vivir. El resultado de estos dos desplazamientos, prác­ticamente simultáneos, fue que se trabó de nuevo la pelea a la entrada del ala izquierda, otra vez golpes, de nuevo gritos, y, como si esto fuese poco, unos cuantos ciegos despistados, que habían encontrado y forzado la puerta del zaguán que daba acceso directo al cerca­do interior, empezaron a gritar que allí había muertos. Imagínese el pavor. Retrocedieron éstos como pudie­ron, Ahí hay muertos, hay muertos, repetían, como si los llamados á morir de inmediato fuesen ellos, en un segundo el zaguán volvió a ser un remolino furioso co­mo en los peores momentos, después la masa humana se fue desviando en un impulso súbito y desesperado hacia el ala izquierda, llevándose todo por delante, rota ya la línea de defensa de los contagiados, muchos que ya habían dejado de serlo, otros que, corriendo como locos, intentaban escapar de la negra fatalidad. Corrían en vano. Uno tras otro se fueron todos que­dando ciegos, con los ojos de repente ahogados en la hedionda marea blanca que inundaba los corredores, las salas, el espacio entero. Fuera, en el zaguán, en el cercado, se arrastraban los ciegos desamparados, do­loridos por los golpes unos, pisoteados otros, eran so­bre todo los ancianos, las mujeres y los niños de siempre, seres en general aún o ya con pocas defensas, milagro que no resultaran de este trance muchos más muertos por enterrar. En el suelo, dispersos, aparte de algunos zapatos que habían perdido el pie, había bolsos, ma­letas, cestos, la última riqueza de cada uno, ahora para siempre perdida, quien venga a la rebusca dirá que lo que se lleva es suyo.
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