La ceguera josé saramago






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títuloLa ceguera josé saramago
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El estruendo seco de las detonaciones hizo sur­gir de dentro de las tiendas, inmediatamente, medio vestidos aún, a los soldados que componían el pelotón encargado de la guardia del manicomio y de los que dentro de él estaban. El sargento ya estaba al mando de sus hombres, Qué coño pasa, Un ciego, un ciego, bal­buceó el soldado, Dónde, Allí, e indicó el portón con el cañón del arma, No veo nada, Estaba allí, lo vi. Los soldados habían acabado de equiparse y esperaban ali­neados, fusil en mano. Encended el proyector, ordenó el sargento. Uno de los soldados subió a la plataforma del vehículo. Segundos después, el foco deslumbrante iluminó el portón enrejado y la fachada del edificio. No hay nadie, animal, dijo el sargento, y se disponía a soltar unas cuantas amenidades militares del mismo estilo cuando vio que por debajo del portón se exten­día, bajo la violenta luz del foco, un charco negro. Le diste de lleno, amigo, dijo. Después, recordando las ór­denes rigurosas que había recibido, gritó, Atrás, eso se pega. Los soldados retrocedieron, medrosos, pero con­tinuaron mirando el charco que lentamente asomaba por entre las junturas de las piedras de la acera. Crees que el tipo ese está muerto, preguntó el sargento, Tie­ne que estarlo, le solté una ráfaga de lleno en la cara, respondió el soldado, contento ahora con su obvia de­mostración de puntería. En ese momento, otro soldado gritó nervioso, Sargento, sargento, mire ahí. En el re­llano exterior de la escalera se veían unos cuantos ciegos, más de diez. Quietos, no avancen, gritó el sargento, un paso más y los achicharro a todos. En las ventanas de las casas de enfrente, algunas personas, arrancadas del sueño por los disparos, miraban asustadas a través de los cristales. Entonces, el sargento gritó, Que vengan cuatro a recoger el cuerpo. Como no podían ver ni con­tar, fueron seis los ciegos que se movieron, He dicho cuatro, gritó el sargento histéricamente. Los ciegos se tocaron, volvieron a tocarse, dos se quedaron atrás. Los otros empezaron a andar a lo largo de la cuerda.

Vamos a ver si hay por aquí una pala o un aza­dón, algo, cualquier cosa que sirva para cavar, dijo el médico. Llevaron con gran esfuerzo el cadáver al cer­cado interior, lo dejaron en el suelo, entre la basura y las hojas caídas de los árboles. Ahora, había que ente­rrarlo. Sólo la mujer del médico conocía el estado en que se encontraba el muerto, la cara y el cráneo destro­zados por la descarga, tres orificios de bala en el cuello y en la parte del esternón. También sabía que en todo el edificio no encontrarían nada con lo que se pudiera abrir una sepultura. Después de recorrer el espacio que les había sido destinado, no halló más que una vara de hierro, Ayudará, pero no será suficiente. Había visto, detrás de las ventanas cerradas del corredor que conti­nuaba a lo largo del ala reservada a los posibles con­tagiados, más bajas de este lado de la cerca, rostros atemorizados de gente esperando su hora, el momento inevitable en que tendrían que decirles a los otros, Me he quedado ciego, o cuando, si hubieran intentado ocultar lo sucedido, se denunciasen con un gesto equivocado, con un movimiento de cabeza en busca de una sombra, un tropezón injustificado en quien tiene ojos. Todo esto lo sabía también el médico, la frase que ha­bía dicho formaba parte de la comedia pactada entre los dos, a partir de ahora ya podría decir la mujer, Y si pidiésemos a los soldados que nos traigan una pala, Buena idea, vamos a probar, y todos se mostraron de acuerdo, que sí, que era una buena idea, sólo la chica de las gafas oscuras se quedó en silencio, sin decir nada sobre la pala o el azadón, su manera de hablar eran, por ahora, lágrimas y lamentos, Tuve yo la culpa, llo­raba, y era verdad, no se podía negar, pero también es cierto, si eso le sirve de consuelo, que si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las proba­bles, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los bue­nos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estare­mos aquí para poder comprobarlo, para congratular­nos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla, Lo será, pero este hombre está muerto y hay que enterrarlo. Fueron, pues, el médico y su mujer a parlamentar, la chica de las gafas oscuras, inconsolable, dijo que iba con ellos. Por remordimientos de conciencia. Apenas estuvieron a la vista, en la entrada de la puerta, un soldado les gritó, Alto, y como si temiera que la intimidación ver­bal, aunque enérgica, no fuera suficiente, disparó al aire. Asustados, retrocedieron buscando protección en las sombras del zaguán, tras las gruesas maderas de la puerta abierta. Luego, avanzó sola la mujer del médi­co, desde donde estaba podía ver los movimientos del soldado y resguardarse a tiempo si fuese necesario, No tenemos con qué enterrar al muerto, dijo, necesitamos una pala. En el portón, pero del lado opuesto a aquel donde había caído el ciego, apareció otro militar. Sar­gento era, pero no el de antes, Qué quieren, gritó, Ne­cesitamos una pala o un azadón, No tenemos, venga, fuera, lárguense, Tenemos que enterrar el cuerpo, Pues no lo entierren, déjenlo pudrirse ahí, Si lo dejamos, contaminará la atmósfera, Pues que la contamine, y que os aproveche, La atmósfera no se está quieta, tanto está aquí como va para donde estáis. La pertinencia de la argumentación obligó a reflexionar al militar. Había venido a sustituir al otro sargento, que se que­dó ciego y lo trasladaron al lugar donde estaban sien­do concentrados los enfermos pertenecientes al Ejército de Tierra, ni que decir tiene que la Marina y la Avia­ción disponían cada una de sus propias instalaciones, pero éstas de menor tamaño e importancia por ser más reducidos sus efectivos. Tiene razón la mujer, reconsi­deró el sargento, en un caso como éste no hay duda de que todas las precauciones son pocas. Como preven­ción, dos soldados, con máscaras antigás, habían lan­zado ya sobre la sangre dos botellas de amoníaco, cu­yos últimos vapores aún hacían lagrimear al personal e irritaban las mucosas de la garganta y de la nariz. Al fin, el sargento dijo, Voy a ver si se puede arreglar, Y la comida, la mujer del médico aprovechó la ocasión para recordarlo, La comida, aún no ha llegado, Somos más de cincuenta sólo en nuestra ala, tenemos ham­bre, lo que nos traen no es suficiente, Eso de la comida no es cosa del Ejército, Pero alguien tendrá que reme­diar la situación, el Gobierno se comprometió a ali­mentarnos, Se acabó, vuelvan dentro, no quiero ver a nadie en la puerta, El azadón, gritó aún la mujer del médico, pero el sargento se había retirado ya. Iba me­diada la mañana cuando se oyó el altavoz de la sala, Atención, atención, los internos se alegraron creyendo que era el anuncio de la comida, pero no, se trataba de la pala, Que venga alguien a recoger el azadón, pero nada de grupos. Por la posición y por la distancia en que se encontraba, más cerca del portón que de la escalera, debieron tirarla desde fuera, No tengo que olvidar que estoy ciega, pensó la mujer del médico, Dónde está, preguntó, Baja la escalera, ya te iré guiando, respon­dió el sargento, muy bien, sigue ahora andando en esa misma dirección, así, así, alto ahora, vuélvete un poco hacia la derecha, no, a la izquierda, menos, menos, ahora adelante, si no te desvías te darás de narices con ella, caliente, que te quemas, mierda, ya te dije que no te des­viases, frío, frío, vas calentándote otra vez, caliente, cada vez más caliente, ya está, da ahora media vuelta y vuel­vo a guiarte, no quiero que te quedes ahí como una bu­rra en la noria, dando vueltas, y acabes junto al portón, No te preocupes, pensó ella, iré desde aquí a la puerta en línea recta, a fin de cuentas, es igual, aunque sos­pechase que no soy ciega, a mí qué me importa, no va a venir a buscarme. Se echó el azadón al hombro, como un viñador que va al trabajo, y se dirigió a la puerta sin desviarse un paso, Mi sargento, ve eso, exclamó uno de los soldados, para mí que ésa tiene ojos, Los ciegos aprenden muy rápido a orientarse, explicó, convencido, el sargento.

Fue trabajoso abrir la tumba. La tierra estaba dura, apretada, había raíces a un palmo del suelo. Cavaron el taxista, los dos policías y el primer ciego. Ante la muerte, lo que se espera de la naturaleza es que los rencores pierdan su fuerza y su veneno, cierto es que se dice que odio viejo no cansa, y de eso no faltan pruebas en la literatura y en la vida, pero esto, la verdad, no era realmente odio, y de viejo no tenía nada, pues qué vale el robo del coche al lado del muerto que lo había roba­do, y menos en el mísero estado en que se encuentra, que no son precisos ojos para saber que esta cara no tiene nariz ni boca. Sólo pudieron cavar tres palmos. Si el muerto fuera gordo, le habría quedado asomando la barriga, pero el ladrón era flaco, un auténtico palo de escoba, y más aún después del ayuno de tres días, ca­brían en aquella tumba dos como él. No hubo oracio­nes. Podríamos ponerle una cruz, recordó la chica de las gafas oscuras, los remordimientos hablaron por ella, pero nadie tenía noticia de lo que el difunto pensaba en vida de tales historias de Dios y de la religión, lo mejor era callar, si es que otro procedimiento tiene justifica­ción ante la muerte, además, téngase en consideración que hacer una cruz es algo mucho menos fácil de lo que parece, por no hablar del tiempo que iba a sostenerse, con todos estos ciegos que no ven dónde ponen los pies. Volvieron a la sala. En los sitios más frecuentados, salvo en el campo abierto, como el cercado, ya no se pierden aquellos ciegos, que con un brazo tendido ha­cia delante y unos dedos moviéndose como antenas de insectos se llega a todas partes, incluso es probable que los ciegos más dotados no tarden en desarrollar eso que llamamos visión frontal. La mujer del médico, por ejemplo, es asombroso cómo consigue moverse y orien­tarse por ese procedimiento entre aquel rompecabezas de salas, desvanes y corredores, cómo sabe doblar una es­quina en el punto exacto, cómo se detiene ante una puerta y abre sin vacilar, cómo no tiene que ir contan­do las camas hasta llegar a la suya. Está sentada ahora en la cama del marido, habla con él, muy bajito, como de costumbre, se ve que es gente de educación, y tienen siempre algo que decirse el uno al otro, no son como el otro matrimonio, el primer ciego y su mujer, después de aquellas conmovedoras efusiones del reencuentro casi no han conversado, y es que, en ellos, probable­mente, ha podido más la tristeza de ahora que el amor de antes, con el tiempo se acostumbrarán. Quien no se cansa de repetir que tiene hambre es el niño estrábico, pese a que la chica de las gafas oscuras se quita prácti­camente la comida de la boca para dársela a él. Hace muchas horas que el mozalbete no pregunta por su madre, pero seguro que volverá a echarla de menos des­pués de haber comido, cuando el cuerpo se encuentre liberado de servidumbres brutales y egoístas que resul­tan de la simple, pero imperiosa, necesidad de mante­nerse. Sería por causa de lo ocurrido de madrugada, o por motivos ajenos a nuestra voluntad, la verdad es que no habían llegado las cajas con el desayuno. Ahora se aproxima la hora de comer, es ya la una en el reloj que la mujer del médico acaba de consultar a hurtadillas, no es, pues, extraño que la impaciencia de los jugos gástricos haya empujado a unos cuantos ciegos, tanto de ésta como de la otra sala, a esperar en el zaguán la llegada de la comida, y esto por dos excelentes razones, la pública, de unos, porque así se ganaría tiempo, y la reservada, de otros, porque sabido es que quien llega primero, mejor se sirve. En total, no serán menos de diez los ciegos atentos al ruido que hará el portón enre­jado al ser abierto, a los pasos de los soldados que han de traer las benditas cajas. A su vez, temerosos de una súbita ceguera que pudiese resultar de la proximidad inmediata de los ciegos que esperaban en el zaguán, los contaminados del ala izquierda no se atreven a salir, pero algunos de ellos atisban por la rendija de la puerta, ansiosos de que les llegue su turno. Fue pasando el tiempo. Cansados de esperar algunos ciegos se han sen­tado en el suelo, más tarde dos o tres regresaron a las salas. Fue poco después cuando se oyó el rechinar in­confundible del portón. Excitados, los ciegos, atropellándose, empezaron a moverse hacia donde, por los rui­dos de fuera, calculaban que estaba la puerta, pero, de súbito, presos de una vaga inquietud que no tendrían tiempo de definir y explicar, se detuvieron y luego con­fusamente retrocedieron, justo cuando empezaron a oír con nitidez los pasos de los soldados que traían la co­mida y de la escolta armada que los acompañaba.

Aún bajo la impresión causada por el trágico suceso de la noche, los soldados que llevaban las cajas habían acordado que no las dejarían junto a las puertas que daban a las alas, como más o menos hacían antes, sino que las dejarían en el zaguán, Que esa gente se las arregle como pueda, dijeron. La ofuscación producida por la intensa luz del exterior y la transición brusca a la penumbra del zaguán les impidió, en el primer mo­mento, ver al grupo de ciegos. Los vieron luego, inme­diatamente. Soltando gritos de terror, tiraron las cajas al suelo y salieron como locos por la puerta afuera. Los dos soldados de escolta, que esperaban en el descan­sillo, reaccionaron ejemplarmente ante el peligro. Do­minando, sólo Dios sabe cómo, el miedo legítimo que sentían, avanzaron hasta el umbral de la puerta y va­ciaron sus cargadores. Empezaron los ciegos a caer unos sobre otros, y al caer seguían recibiendo en el cuerpo balas que ya eran un puro despilfarro de munición, fue todo tan increíblemente lento, un cuerpo, otro cuer­po, que parecía que nunca acabarían de caer, como se ve a veces en las películas y en la televisión. Si los sol­dados tuvieran que dar cuenta del uso de las balas que disparan, éstos podrían jurar sobre la bandera que ac­tuaron en legítima defensa, y por añadidura en defen­sa también de sus compañeros desarmados que iban en misión humanitaria y de repente se vieron amena­zados por un grupo de ciegos numéricamente supe­rior. Retrocedieron corriendo desatinadamente hacia el portón, cubiertos por los fusiles que los otros soldados del piquete, trémulos, apuntaban entre la reja, como si los ciegos que quedaban vivos estuvieran a punto de hacer una salida vengadora. Lívido, uno de los que ha­bían disparado decía, Yo no vuelvo ahí dentro ni aun­que me maten, y, realmente, no volvió. Bruscamente, aquel mismo día, caída ya la tarde, a la hora de arriar bandera, pasó a ser un ciego más entre los ciegos, y de algo le valió ser de la tropa, porque si no habría tenido que quedarse allí, haciendo compañía a los ciegos pai­sanos, colegas de aquellos a los que había acribillado, y Dios sabe cómo lo recibirían. El sargento dijo, Me­jor sería dejarlos morir de hambre, muerto el perro se acabó la rabia. Como sabemos, no falta por ahí quien haya dicho y pensado esto muchas veces, afortunada­mente un resto precioso de sentido humanitario le hizo decir a éste, A partir de hoy dejamos las cajas a medio camino, que vengan ellos a buscarlas, estaremos atentos y, al menor movimiento sospechoso, fuego con ellos. Se dirigió al puesto de mando, tomó el micrófono y, juntando las palabras lo mejor que pudo, recurrien­do al recuerdo de otras semejantes oídas en ocasiones más o menos parecidas, dijo, El Ejército lamenta viva­mente haberse visto obligado a reprimir por las armas un movimiento sedicioso responsable de una situación de riesgo inminente, cuya culpa directa o indirecta en modo alguno puede hacerse recaer sobre las fuerzas ar­madas, se advierte en consecuencia que a partir de hoy los internos recogerán la comida fuera del edificio, que­dan advertidos que sufrirán las consecuencias de cual­quier tentativa de alteración del orden, como ha acon­tecido ahora y como aconteció la pasada noche. Hizo una pausa, sin saber muy bien cómo tenía que terminar, había olvidado las palabras adecuadas, que las había, sin duda, y no hizo más que repetir, No hemos tenido la culpa, no hemos tenido la culpa.

Dentro del edificio, el estruendo de los disparos, con resonancia ensordecedora en el espacio limitado del zaguán, había causado pavor. En los primeros momen­tos se creyó que los soldados iban a irrumpir en las salas barriendo a balazos todo lo que encontraran en su cami­no, que el Gobierno había cambiado de idea, optando por la liquidación física en masa, hubo quien se metió debajo de la cama, algunos, de puro miedo, no se mo­vieron, pensando que era mejor no hacerlo, para poca salud más vale ninguna, si hay que acabar, que sea rápi­do. Los primeros en reaccionar fueron los contagiados. Al oír los disparos, huyeron pero, luego, el silencio los alentó a volver, y se acercaron de nuevo a la puerta que daba acceso al zaguán. Vieron los cuerpos amontona­dos, la sangre sinuosa arrastrándose lentamente por las losas como si estuviese viva, y las cajas de la comida. El hambre los empujó hacia fuera, allí estaba el ansiado alimento, verdad es que iba destinado a los ciegos, que luego traerían el que les correspondía a ellos, de acuer­do con el reglamento, pero a la mierda el reglamento, nadie nos ve, y vela que va delante alumbra por dos, ya lo dijeron los antiguos de todo tiempo y lugar, y los antiguos no eran lerdos. No obstante, el hambre sólo tuvo fuerza suficiente para hacerles avanzar tres pasos, la razón se interpuso y les advirtió que el peligro acecha a los imprudentes, en aquellos cuerpos sin vida, sobre todo en la sangre, quién podría saber qué vapores, qué emanaciones, qué venenosos miasmas estarían despren­diéndose ya de la carne destrozada de los ciegos. Están muertos, no pueden hacernos nada, dijo alguien, la in­tención era tranquilizarse a sí mismo y a los otros, pero fue peor el remedio, era verdad que los ciegos estaban muertos, que no podían moverse, fijaos, ni se mueven ni respiran, pero quién nos dice que esta ceguera blanca no será precisamente un mal del espíritu, y si lo es, par­tamos de esta hipótesis, los espíritus de aquellos ciegos nunca habrían estado tan sueltos como ahora, fuera de los cuerpos, y por tanto libres de hacer lo que quieran, sobre todo el mal, que, como es de conocimiento gene­ral, siempre ha sido lo más fácil de hacer. Pero las cajas de comida, allí expuestas, atraían irresistiblemente sus ojos, son de este calibre las razones del estómago que no atienden a nada, aunque sea para su bien. De una de las cajas se derramaba un líquido blanco que se iba acer­cando lentamente al charco de sangre, tiene todos los visos de ser leche, es un color que no engaña. Más va­lerosos, o más fatalistas, que no siempre es fácil la dis­tinción, dos de los contagiados avanzaron, y estaban ya casi tocando con sus manos golosas la primera caja cuando en el vano de la puerta que daba al ala de los cie­gos aparecieron unas cuantas personas. Puede tanto la imaginación, y en circunstancias mórbidas como ésta parece que lo puede todo, que, para aquellos dos que habían ido de avanzada, fue como si los muertos, de re­pente, se hubieran levantado del suelo, tan ciegos como. antes, ahora, pero mucho más dañinos, porque sin duda estaría incitándoles el espíritu de venganza. Retroce­dieron prudentemente en silencio hasta la entrada de su sección, podía ser que los ciegos comenzasen a ocu­parse de los muertos, que eso era lo que mandaban la caridad y el respeto, o, si no, que dejaran allí, por no haberla visto, alguna de las cajas, por pequeña que fuese, que realmente los contagiados no eran muchos, quizá la mejor solución fuese ésta, pedirles, Por favor, tengan compasión, dejen al menos una cajita para nosotros, pue­de que no traigan más comida hoy, después de lo que ha sucedido. Los ciegos se movían como ciegos que eran, a tientas, tropezando, arrastrando los pies, no obstante, como si estuviesen organizados, supieron distribuir las tareas eficazmente, algunos de ellos, resbalando en la sangre pegajosa y en la leche, empezaron de inmedia­to a retirar y transportar los cadáveres hacia el cercado, otros se ocuparon de las cajas, una a una, las ocho que habían sido arrojadas al suelo por los soldados. Entre los ciegos se encontraba una mujer que daba la impresión de estar al mismo tiempo en todas partes, ayudando a cargar, haciendo como si guiara a los hombres, cosa evidentemente imposible para una ciega, y, fuese por casualidad o a propósito, más de una vez volvió la cara hacia el ala de los contagiados, como si los pudiera ver o notase su presencia. En poco tiempo el zaguán quedó vacío, sin más señal que la mancha grande de sangre, y otra pequeña rozándola, blanca, de la leche derrama­da, aparte de esto, sólo las huellas cruzadas de los pies, pisadas rojas o simplemente húmedas. Los contagiados cerraron resignadamente la puerta y fueron en busca de las migajas, era tanto el desaliento que uno de ellos llegó a decir, y esto muestra bien lo desesperados que esta­ban, Si vamos a quedarnos ciegos, si es ése nuestro des­tino, mejor sería irnos ya a la otra parte, al menos ten­dríamos qué comer, Es posible que los soldados traigan todavía lo nuestro, dijo alguien, Ha hecho usted el ser­vicio militar, preguntó otro, No, Ya me lo parecía.

Teniendo en cuenta que los muertos pertene­cían a una y otra sala, se reunieron los ocupantes de la primera y de la segunda con la finalidad de decidir si comían primero y enterraban a los cadáveres después, o lo contrario. Nadie parecía tener interés en saber quié­nes eran los muertos. Cinco de ellos se tuvieron en la sala segunda, no se sabe si ya se conocían de antes o, en caso de que no, si tuvieron tiempo y disposición para presentarse unos a otros e intercambiar quejas y desa­hogos. La mujer del médico no recordaba haberlos visto cuando llegaron. A los otros cuatro, sí, a ésos los cono­cía, habían dormido con ella, por así decir, bajo el mis­mo techo, aunque de uno no supiera más que eso, y cómo podría saberlo, un hombre que se respeta no va a poner­se a hablar de asuntos íntimos a la primera persona que aparezca, decir que había estado en el cuarto de un hotel haciendo el amor con una chica de gafas oscuras, la cual, a su vez, si es de ésta de quien se trata, ni se le pasa por la cabeza que estuvo y está tan cerca de quien la hizo ver todo blanco. Los otros muertos eran el taxis­ta y los dos policías, tres hombres robustos, capaces de cuidar de sí mismos, y cuyas profesiones consistían, aunque en distinto modo, de cuidar de los otros, y ahí están, segados cruelmente en la fuerza de la vida, espe­rando que les den destino. Van a tener que esperar a que estos que quedan acaben de comer, no por causa del acostumbrado egoísmo de los vivos, sino porque al­guien recordó sensatamente que enterrar nueve cuer­pos en aquel suelo duro y con un solo azadón era trabajo que duraría al menos hasta la hora de la cena. Y como no sería admisible que los voluntarios dotados de buenos sentimientos estuvieran trabajando mientras los otros se llenaban la barriga, se decidió dejar a los muertos para después. La comida venía en raciones individuales y era, en consecuencia, fácil de distribuir, toma tú, toma tú, hasta que se acababa. Pero la ansiedad de unos cuantos ciegos, menos sensatos, vino a complicar lo que en cir­cunstancias normales habría sido cómodo, aunque un maduro y sereno juicio nos aconseje admitir que los excesos que se dieron tuvieron cierta razón de ser, bas­tará recordar, por ejemplo, que al principio no se podía saber si la comida iba a llegar para todos. Verdad es que cualquiera comprenderá que no es fácil contar ciegos ni repartir raciones sin ojos que los puedan ver, a ellos y a ellas. Añádase que algunos ocupantes de la segunda sala, con una falta de honradez más que censurable, quisieron convencer a los otros de que su número era mayor del que realmente era. Menos mal que para eso estaba allí, como siempre, la mujer del médico. Algu­nas palabras dichas a tiempo valen más que un discurso que agravaría la difícil situación. Malintencionados y rastreros fueron también aquellos que no sólo inten­taron, sino que consiguieron, recibir comida dos veces. La mujer del médico se dio cuenta del acto censurable, pero creyó prudente no denunciar el abuso. No quería ni pensar en las consecuencias que resultarían de la revelación de que no estaba ciega. Lo mínimo que le po­dría ocurrir sería verse convertida en sierva de todos, y lo máximo, tal vez, sería convertirse en esclava de algunos. La idea, de la que se había hablado al principio, de nombrar un responsable de sala, podría ayudar a re­solver esos aprietos y otros por desgracia aún peores, a condición, sin embargo, de que la autoridad de ese res­ponsable, ciertamente frágil, ciertamente precaria, cier­tamente puesta en causa en cada momento, fuera clara­mente ejercida en bien de todos y como tal reconocida por la mayoría. Si no lo conseguimos, pensó, acabaremos por matarnos aquí unos a otros. Se prometió a sí misma hablar de estos delicados asuntos con el marido, y continuó repartiendo las raciones.
Unos por indolencia, otros por tener el estóma­go delicado, a nadie le apeteció ejercer el oficio de en­terrador después de comer. Cuando el médico, que por su profesión se consideraba más obligado que los otros, dijo de mala gana, Bueno, vamos a enterrar a éstos, no se presentó ni un solo voluntario. Tendidos en las ca­mas, los ciegos sólo querían que les dejasen hacer tran­quilamente la breve digestión, algunos se quedaron dormidos inmediatamente, cosa que no era de extrañar, después de los sustos y sobresaltos por los que habían pasado, y el cuerpo, pese a estar tan parcamente ali­mentado, se abandonaba al relajamiento de la química digestiva. Más tarde, cerca ya del crepúsculo, cuando las lámparas mortecinas parecieron ganar alguna fuerza por la progresiva disminución de la luz natural, mostrando así también lo débiles que eran y lo poco que servían, el médico, acompañado de su mujer, conven­ció a dos hombres de su sala para que los acompañaran al cercado, aunque sólo fuera, dijo, para hacer balance del trabajo que debería ser hecho y para separar los cuerpos ya rígidos, una vez decidido que cada sala en­terraría a los suyos. La ventaja de que gozaban estos ciegos era la de algo que podría llamarse ilusión de la luz. Realmente, igual les daba que fuera de día o de noche, crepúsculo matutino o vespertino, silente madrugada o rumorosa hora meridiana, los ciegos siem­pre estaban rodeados de una blancura resplandeciente, como el sol dentro de la niebla. Para éstos, la ceguera no era vivir banalmente rodeado de tinieblas; sino en el interior de una gloria luminosa. Cuando el médico cometió el desliz de decir que iban a separar los cuerpos, el primer ciego, que era uno de los que concordaran ayu­darle, quiso que le explicase cómo iban a reconocerlos, pregunta lógica la del ciego, que desconcertó al doctor. Esta vez la mujer pensó que no tenía que acudir en su auxilio, porque se denunciaría si lo hiciese. El médico salió airosamente de la dificultad, por el método radi­cal del paso adelante, es decir, reconociendo el error, Uno, dijo en el tono de quien se ríe de sí mismo, se acostum­bra tanto a tener ojos que cree que los puede utilizar incluso cuando no le sirven para nada, de hecho sólo sabemos que hay aquí cuatro de los nuestros, el taxista, los dos policías y otro que estaba también con noso­tros, la solución es, por tanto, coger al azar cuatro de estos cuerpos, enterrarlos como se debe, y así cumpli­mos con nuestra obligación. El primer ciego se mostró de acuerdo, su compañero también, y de nuevo, rele­vándose, empezaron a cavar las tumbas. No sabrían es­tos auxiliares, como ciegos que eran, que los cadáveres enterrados, sin excepción, habían sido precisamente aquellos de los que hablaron, y no será preciso decir cómo trabajó aquí lo que parece el azar, la mano del médico, guiada por la mano de la mujer, tocaba una pierna o un brazo, y decía, Éste. Cuando ya estaban enterrados dos cuerpos, aparecieron al fin, proceden­tes de la sala, tres hombres dispuestos a ayudar, es pro­bable que no se ofrecieran si alguien les hubiera dicho que ya era noche cerrada. Psicológicamente, incluso estando ciego un hombre, hay que reconocer que exis­te una gran diferencia entre cavar sepulturas a la luz del día y después de la caída del sol. En el momento en que entraban en la sala, sudados, sucios de tierra, lle­vando aún en las narices el primer hedor dulzón de la corrupción, repetía el altavoz las instrucciones consa­bidas. No hubo ninguna referencia a lo que había pa­sado, no se habló de tiros ni de muertos a quemarropa. Avisos como aquel de Abandonar el edificio sin previa autorización significará la muerte inmediata, o Los in­ternos enterrarán sin formalidades el cadáver en el cer­cado, cobraban ahora, gracias a la dura experiencia de la vida, maestra suprema en todas las disciplinas, ple­no sentido, mientras aquel otro que prometía cajas de comida tres veces al día resultaba grotesco sarcasmo o ironía aún más difícil de soportar. Cuando la voz calló, el médico, solo, porque empezaba a conocer los rinco­nes de la casa, fue hasta la puerta de la otra sala para informar, Los nuestros están enterrados ya, Si ente­rraron a unos, también podían haber enterrado a los otros, respondió desde dentro una voz de hombre, Lo acordado fue que cada sala enterraría a sus muertos, nosotros contamos cuatro y los enterramos, Está bien, mañana enterraremos a los de aquí, dijo otra voz mas­culina, y luego, cambiando de tono, preguntó, No ha llegado más comida, No, respondió el médico, Pero el altavoz dijo que llegaría comida tres veces al día, Du­do que cumplan la promesa, Entonces habrá que racio­nar los alimentos que vayan llegando, dijo una voz de mujer, Parece una buena idea, si quieren, hablamos mañana, De acuerdo, dijo la mujer. Ya se retiraba el mé­dico cuando oyó la voz del hombre que había hablado primero, A ver quién manda aquí, y se paró aguardan­do a que alguien respondiera, lo hizo la misma voz femenina, Si no nos organizamos en serio, van a man­dar aquí el hambre y el miedo, como si no fuera ver­güenza bastante que no haya ido nadie con ellos a ente­rrar a los muertos, Y por qué no los entierras tú, ya que eres tan lista y hablas tan bien, Sola no puedo, pero estoy dispuesta a ayudar, Mejor no discutir, intervino la segunda voz de hombre, mañana por la mañana tra­taremos de eso. El médico suspiró, la convivencia iba a ser difícil. Se dirigía ya a la sala cuando sintió una fuerte urgencia de evacuar. Desde el sitio donde se en­contraba no tenía seguridad de dar con las letrinas, pero decidió aventurarse. Esperaba que alguien se hubiera acordado de llevar el papel higiénico que trajeron con las cajas de comida. Se equivocó dos veces de camino, angustiado porque apretaba la necesidad cada vez más, y ya estaba en las últimas, cuando, por fin, pudo bajar­se los pantalones y ponerse en cuclillas sobre el aguje­ro. Le asfixiaba el hedor. Tenía la impresión de haber pisado una pasta blanda, los excrementos de alguien que no acertó con el agujero o que había decidido ali­viarse sin más. Intentó imaginar cómo sería el lugar don­de se encontraba, para él era todo blanco, luminoso, res­plandeciente, lo eran las paredes y el suelo que no podía ver y, absurdamente, concluyó que la luz y la blancura, allí, olían mal. Nos volveremos locos de horror, pensó. Luego quiso limpiarse, pero no había papel. Palpó la pared detrás de él, donde podrían estar los soportes de los rollos o los clavos en los que, a falta de algo mejor, habrían sujetado algunos papeles cualquiera. Nada. Se sintió desgraciado, desgraciado a más no poder, allí, con las piernas arqueadas, amparando los pantalones que rozaban el suelo repugnante, ciego, ciego, ciego, y, sin poder dominarse, empezó a llorar en silencio. Tanteando, dio algunos pasos hasta que resbaló y se golpeó contra la pared de enfrente. Extendió un brazo, extendió el otro, al fin dio con una puerta. Oyó los pa­sos arrastrados de alguien que debía de andar también buscando los retretes y tropezaba, Dónde estará esa mierda, murmuraba con voz neutra, como si, en el fon­do, nada le importase saberlo. Pasó a dos palmos del médico sin apercibirse de su presencia, pero no tenía importancia, la situación no llegó a resultar indecen­te, podría serlo, realmente, un hombre con aquella pin­ta, descompuesto, pero, en el último instante, movido por un desconcertante sentimiento de pudor, el médi­co se había subido los pantalones. Luego, cuando pensó que no había nadie, volvió a bajárselos, demasiado tarde, estaba sucio, sucio como no recordaba haberlo estado nunca en su vida. Hay muchas maneras de con­vertirse en un animal, pensó, y ésta es sólo la primera. Pero no se podía quejar mucho, aún tenía alguien a quien no le importaba limpiarlo.

Tumbados en los camastros, los ciegos espera­ban que el sueño se compadeciera de su tristeza. Dis­cretamente, como si hubiera peligro de que los otros pudieran ver el mísero espectáculo, la mujer del médi­co ayudó al marido a asearse lo mejor posible. Había ahora un silencio dolorido, de hospital, cuando los en­fermos duermen, y sufren durmiendo. Sentada, lúci­da, la mujer del médico miraba las camas, los bultos sombríos, la palidez fija de un rostro, un brazo que se movía en sueños. Se preguntaba si alguna vez se que­daría ciega como ellos, qué razones inexplicables la ha­brían preservado hasta ahora. Con un gesto fatigado se llevó las manos a la cara para apartar el pelo, y pensó, Va­mos todos a oler mal. En aquel momento, empezaron a oírse unos suspiros, unos gemidos, unos jadeos, primero sofocados, murmullos que parecían palabras, que de­bían de serlo, pero cuyo significado se perdía en un crescendo que las iba convirtiendo en sonido ronco, en gri­to y, al fin, en estertor. Alguien protestó desde el fondo de la sala, Puercos, son como cerdos. No eran puercos, sólo un hombre ciego y una mujer ciega que probablemente nunca sabrían uno del otro más que esto.

Un estómago que trabaja en falso amanece pronto. Algunos de los ciegos abrieron los ojos cuando la mañana aún venía lejos, y no fue por culpa del ham­bre sino porque el reloj biológico, o como se llame eso, estaba desajustándose, supusieron que era ya día claro, y pensaron, Me he quedado dormido, y pronto comprendieron que no, allí estaba el roncar de los com­pañeros que no daba lugar a equívocos. Dicen los li­bros, y mucho más la experiencia vivida, que quien madruga por gusto o quien por necesidad tuvo que ma­drugar, tolera mal que otros, en su presencia, sigan durmiendo a pierna suelta, y con razón doblada en es­te caso del que hablamos, porque hay una gran dife­rencia entre un ciego que esté durmiendo y un ciego a quien de nada le ha servido el haber abierto los ojos. Estas observaciones de tipo psicológico que, por su finura, aparentemente poco tienen que ver con las di­mensiones extraordinarias del cataclismo que el relato se viene esforzando en describir, sirven sólo para expli­car la razón de que estuvieran despiertos tan temprano los ciegos todos, a algunos, como se dijo al principio, los agitó desde dentro el estómago, pero a otros los arran­có del sueño la impaciencia nerviosa de los madrugadores, que no se cuidaron de hacer más ruido que el inevitable y tolerable en ayuntamientos de cuartel y sala hospitalaria. Aquí no hay sólo gente discreta y bieneducada, algunos son unos zotes de poca crianza, que se alivian matinalmente con gargajos y ventosida­des sin pensar en quien al lado está, verdad es que durante el día obran de la misma conformidad, por eso la atmósfera va tornándose cada vez más pesada, y no hay nada que hacer contra esto, que la única aber­tura es la puerta, a las ventanas no se puede llegar de altas que están.

Acostada al lado del marido, lo más juntos que podían estar, dada la estrechez del camastro, pero tam­bién por gusto, cuánto les había costado, en medio de la noche, guardar el decoro, no hacer como aquellos a quienes alguien había llamado cerdos, la mujer del médico miró el reloj. Marcaba las dos y veintitrés mi­nutos. Afirmó mejor la vista, vio que la aguja de los segundos no se movía. Se había olvidado de dar cuer­da al maldito reloj, o maldita ella, maldita yo, que ni siquiera ese deber tan sencillo había sabido cumplir después de apenas tres días de aislamiento. Sin poder dominarse, rompió en un llanto convulsivo, como si le acabara de ocurrir la peor de las desgracias. Pensó el médico que su mujer se había quedado ciega, que lle­gara lo que tanto temía, desatinado estuvo a punto de preguntarle, Te has quedado ya ciega, pero en el últi­mo instante le oyó un murmullo, No es eso, no es eso, y después, en un lento susurro, casi inaudible, tapadas las cabezas de ambos con la manta, Tonta de mí, no le di cuerda al reloj, y continuó llorando, inconsolable. Desde su cama, al otro lado del pasillo, la chica de las gafas oscuras se levantó y, guiada por los sollozos, se acercó con los brazos extendidos, Está angustiada, ne­cesita algo, iba preguntando a medida que avanzaba, y tocó con las dos manos los cuerpos acostados. Man­daba la discreción que inmediatamente las retirase, y sin duda el cerebro le dio esa orden, pero las manos no obedecieron, sólo hicieron más sutil el contacto, nada más que un leve roce de la epidermis en la manta grosera y tibia. Necesita algo, volvió a preguntar, y, ahora sí, las manos se retiraron, se levantaron, se perdieron en la blancura estéril, en el desamparo. Sollozando aún, la mujer del médico saltó de la cama, se abrazó a la muchacha, No es nada, fue un momento de aflicción, Si usted, que es tan fuerte, se desanima, entonces es que de verdad no tenemos salvación, se lamentó la chica. Más tranquila, la mujer del médico pensaba, mirándola de frente, Ya casi no tiene rastros de con­juntivitis, qué pena que no se lo pueda decir, con lo contenta que se pondría. Probablemente sí, se pon­dría contenta, aunque tal contento fuese absurdo, no tanto por estar ciega sino porque también toda la gente allí lo estaba, de qué sirve tener los ojos límpidos y bellos como son éstos, si no hay nadie que los vea. La mujer del médico dijo, Todos tenemos nuestros mo­mentos de flaqueza, menos mal que todavía somos ca­paces de llorar, el llanto muchas veces es una salva­ción, hay ocasiones en que moriríamos si no llorásemos, No tenemos salvación, repitió la chica de las gafas oscuras, Quién sabe, esta ceguera no es como las otras, tal como vino puede desaparecer, Sería ya tarde para los que han muerto, Todos tenemos que morir, Pero no tendríamos que ser muertos, y yo he matado a una persona, No se acuse, fueron las circunstancias, aquí todos somos culpables e inocentes, peor, mucho peor fue lo que hicieron los soldados que nos vigilan, y hasta ésos podrán alegar la mayor de todas las disculpas, el miedo, Qué más daba que el pobre hombre me toca­se, ahora él estaría vivo y yo no tendría en el cuerpo ni más ni menos que lo que tengo, No piense más en eso, descanse, intente dormir. La acompañó hasta la cama, Acuéstese, Es usted muy buena, dijo la muchacha, y luego, bajando la voz, No sé qué hacer, me va a venir la regla y no tengo compresas, Tranquila, tengo yo. Las manos de la chica de las gafas oscuras buscaron dónde asistirse, pero fue la mujer del médico quien, suave­mente las cogió entre las suyas, Descanse, descanse. La muchacha cerró los ojos, se quedó así un minuto, se habría quedado dormida de no ser por el barullo que en aquel momento se armó, alguien había ido al retrete y, al volver, encontró su cama ocupada, no había sido por mala intención, el otro se había levantado para el mismo fin, se cruzaron los dos en el camino, está claro que a ninguno de los dos se le ocurrió decir, Ojo, no se equivoque de cama cuando vuelva. De pie, la mujer del médico miraba a los dos ciegos que discutían, notó que no hacían gestos, que casi no movían el cuerpo, muy rápido han aprendido que sólo la voz y el oído tie­nen ahora alguna utilidad, cierto es que no les faltaban brazos, que podían pegarse, luchar, llegar a las manos, como suele decirse, pero un cambio de cama no era para tanto, que todos los errores de la vida fuesen como éste, bastaba con que se pusieran de acuerdo, La dos es la mía, la suya es la tres, que quede claro, Si no fuéra­mos ciegos, no habría ocurrido esto, Tiene razón, lo malo es que somos ciegos. La mujer del médico le dijo al marido, El mundo está todo aquí dentro.

No todo. La comida, por ejemplo, estaba fuera, y tardaba. De una sala y de la otra, varios hombres se habían ido acercando al zaguán, aguardando que die­ran la orden por el altavoz. Pateaban el suelo, nervio­sos, impacientes. Sabían que iban a tener que salir al recinto exterior para recoger las cajas que los soldados, cumpliendo lo prometido, dejarían en el espacio entre el portón y la escalera, y temían que aquello fuera una añagaza, una trampa, Quién nos dice que no empiezan a disparar contra nosotros, Visto lo que ya hicieron, muy capaces son, No podemos fiarnos, Yo no voy allá fuera, Ni yo, Alguien tendrá que ir, si queremos co­mer, Puede que morir de un tiro sea mejor que ir muriendo de hambre poco a poco, Yo iré, Y yo tam­bién, No es preciso que vayamos todos, A los, soldados puede que no les guste ver tanta gente, O se asusten, pensando que queremos huir, puede que por eso mata­ran al de la pierna, Hay que decidirse, Toda prudencia es poca, acordaos de lo que pasó ayer, nueve muertos, nada menos, Los soldados nos tienen miedo, Y yo les tengo miedo a ellos, Me gustaría saber si ellos tam­bién se quedan ciegos, Ellos, quiénes, Los soldados, Yo creo que ellos deberían ser los primeros. Todos se mostraron de acuerdo, sin preguntarse por qué, faltó alguien que diera la razón fundamental, Porque así no podrían disparar. El tiempo iba pasando, y el altavoz seguía callado, Habéis enterrado ya a los vuestros, pre­guntó por decir algo uno de la primera sala, Todavía no, Pues van a empezar a oler mal, van a apestarlo to­do, Pues que infecten y apesten, porque lo que es yo, no pienso coger una pala mientras no haya comido, que, como dice el refrán, primero es comer y luego lavar los platos, La costumbre no es ésa, tu dicho se equivoca, es después de los entierros cuando se come y se bebe, Pues conmigo es al revés. Pasados unos minu­tos, dijo uno de estos ciegos, Estoy pensando una cosa, Qué, No sé cómo vamos a repartir la comida, Como se hizo antes, sabemos cuántos somos, se cuentan las raciones, cada uno recibe su parte, es la manera más jus­ta y más sencilla, No ha dado resultado, hubo quien se quedó con la barriga vacía, Y también hubo quien comió el doble, Es que dividimos mal, Si no hay res­peto y disciplina siempre repartiremos mal, Si tuvié­semos a alguien que al menos viera un poco, Pues se quedaría él con la mayor parte, Ya decía el otro que en el país de los ciegos el tuerto es rey, Déjate de refranes, aquí ni los tuertos se salvarían, Yo creo que lo mejor será repartir la comida por salas, a partes iguales, y lue­go que cada cual se las arregle con lo que haya reci­bido, Quién ha dicho eso, Yo, Yo, quién, Yo, De qué sala eres, De la segunda, Claro, ya lo sabía, como ahí sois menos, salíais ganando, comeríais más que no­sotros, que tenemos la sala abarrotada, Yo lo he dicho porque así es más fácil, El otro también decía que quien parte y reparte y no se queda con la mejor parte, o es loco, o en el repartir no tiene arte, Mierda, a ver si acabas ya con lo que dice el otro, que me ponen ner­vioso los refranes, Lo que tendríamos que hacer es llevar toda la comida al refectorio, cada sala elegir tres para el reparto, con seis personas contando no ha­brá peligro de trampas y triquiñuelas, Y cómo vamos a saber que es verdad cuando digan que somos tan­tos en la sala, Estamos tratando con gente honrada, Y eso, también lo dijo el otro, No, eso lo digo yo, Mira, amigo, lo que somos aquí de verdad es gente con hambre.

Como si durante todo este tiempo hubiera es­tado esperando la consigna, el ábrete sésamo, se oyó por fin el altavoz, Atención, atención, los internos tie­nen autorización para venir a recoger la comida, pero cuidado, si alguien se aproxima demasiado a la reja del portón, recibirá un primer aviso verbal, en caso de no volver inmediatamente atrás, el segundo aviso será una bala. Los ciegos avanzaron con lentitud, algunos, más confiados, directamente hacia donde creían que estaría la puerta, los otros, menos seguros de sus inci­pientes capacidades de orientación, preferían ir des­lizándose a lo largo de la pared, así no habría error posible, cuando llegasen a la esquina sólo tenían que seguir la pared en ángulo recto, allí estaría la puerta. Imperativo, impaciente, el altavoz repitió la llamada. El cambio de tono, notorio incluso para quien no tu­viera motivos de desconfianza, asustó a los ciegos. Uno de ellos declaró, Yo no salgo de aquí, lo que quieren es reunirnos fuera para matarnos a todos, Yo tampoco salgo, dijo otro, Ni yo, reforzó un tercero. Estaban pa­rados, irresolutos, algunos querían salir, pero el miedo iba apoderándose de todos. Se oyó la voz de nuevo, Si pasan tres minutos sin que aparezca nadie para llevarse las cajas de comida, las retiramos. La amenaza no venció al temor, sólo lo empujó hacia las últimas cavernas de la mente, como un animal perseguido que queda a la espera de una ocasión para atacar. Recelosos, intentan­do cada uno ocultarse detrás de otro, fueron saliendo los ciegos hacia el rellano de la escalera. No podían ver que las cajas no se encontraban junto al pasamanos, que era donde esperaban encontrarlas, no podían saber que los soldados, temiendo el contagio, se habían ne­gado incluso a aproximarse a la cuerda de la que se ha­bían servido todos los ciegos internados. Las cajas de comida habían sido apiladas, más o menos, en el sitio donde la mujer del ciego recogió el azadón. Avan­cen, avancen, ordenó el sargento. De modo confuso, los ciegos intentaban ponerse en fila para avanzar or­denadamente, pero el sargento les gritó, Las cajas no están ahí, dejen la cuerda, déjenla, desplácense hacia la derecha, la vuestra, la vuestra, idiotas, no hay que tener ojos para saber de qué lado está la mano dere­cha. La advertencia fue hecha a tiempo, algunos cie­gos de espíritu riguroso habían entendido la orden al pie de la letra, si era la derecha, tenía que ser, lógica­mente, la derecha de quien hablaba, por eso intentaban pasar por debajo de la cuerda para ir en busca de las cajas sabe Dios dónde. En circunstancias diferentes, lo grotesco del espectáculo hubiera hecho reír a carcaja­das al más grave de los observadores, era de partirse de risa, unos cuantos ciegos avanzando a gatas, de narices casi contra el suelo, como gorrinos, un brazo adelanta­do tentando el aire, mientras otros, tal vez con miedo a que el espacio blanco, fuera de la protección del techo, los engullera, se mantenían desesperadamente aferrados a la cuerda y aguzaban el oído, esperando la primera exclamación que señalaría el hallazgo de las cajas. Los soldados sentían ganas de apuntar las ar­mas y descargarlas deliberadamente, fríamente, en aque­llos imbéciles que se movían ante sus ojos como can­grejos cojos, agitando las pinzas torpes en busca de la pata que les faltaba. Sabían lo que había dicho en el cuartel aquella misma mañana el comandante del re­gimiento, que el problema de los ciegos sólo podría resolverse a través de la liquidación física de todos ellos, los habidos y los por haber, sin contemplaciones falsa­mente humanitarias, palabras suyas, del mismo modo que se corta un miembro gangrenado para salvar la vida del cuerpo, la rabia de un perro muerto, decía ilustrativamente, está curada por naturaleza. A algu­nos soldados, menos sensibles a la belleza del lenguaje figurado, les costó entender que la rabia de un perro tuviese algo que ver con los ciegos, pero la palabra de un comandante, del jefe de un regimiento, vale lo que pesa, digámoslo hablando también en sentido figura­do, nadie llega tan alto en la vida militar sin tener razón en todo cuanto piensa, dice y hace. Al fin, un ciego había tropezado con las cajas y gritaba, abrazado a ellas, Están aquí, están aquí, si este hombre recupera la vista algún día, seguro que no anuncia con mayor alegría la buena nueva. En pocos segundos se atrope­llaban los ciegos entre sí y con las cajas, brazos y pier­nas en confusión, tirando cada uno para su lado, dis­putándose la primacía, ésta me la llevo yo, quien se la lleva soy yo. Los que se quedaron junto a la cuerda estaban nerviosos, ahora era otro su miedo, el quedar, por castigo a su pereza o cobardía, excluidos del repar­to de alimentos, Ah, vosotros, no quisisteis andar por el suelo, con el culo al aire, expuestos a un tiro, pues ahora no coméis, recuerden lo que decía el otro, quien no se arriesga no pasa la mar. Empujado por este pensa­miento decisivo, uno de ellos dejó la cuerda y fue, bra­zos al aire, en dirección al tumulto, A mí no me van a dejar fuera, pero las voces se callaron de repente, quedaron sólo unos ruidos arrastrados, unas interjeccio­nes sofocadas, una masa dispersa y confusa de sonidos que llegaban de todos los lados y de ninguno. Se detu­vo, indeciso, quiso regresar a la seguridad de la cuer­da, pero le falló el sentido de la orientación, no hay estrellas en su cielo blanco, ahora lo que se oía era la voz del sargento dando instrucciones a los de las cajas para que volvieran a la escalera, pero lo que él decía sólo tenía sentido para ellos, el llegar a donde se quie­re depende de donde se esté. Ya no había ciegos aga­rrados a la cuerda, a ellos les bastaba desandar el cami­no, esperaban ahora en el descansillo la llegada de los otros. El ciego despistado no se atrevía a moverse de donde estaba. Angustiado, soltó un grito, Ayudadme, por favor, no sabía que los, soldados lo tenían en la mira de sus fusiles, esperando que pisase la línea invi­sible por la que se pasaba de la vida a la muerte. Es que te vas a quedar ahí, cegato de mierda, preguntó el sar­gento, pero en su voz había cierto nerviosismo, la ver­dad es que no compartía la opinión de su comandante, Quién me dice que mañana no me toca a mí, que a los soldados, ya se sabe, se les da una orden y matan, se les da otra y mueren, No disparen hasta que yo lo ordene, gritó el sargento. Estas palabras hicieron comprender al ciego el peligro en que estaba. Se puso de rodillas, imploró, Por favor, ayúdenme, díganme por dónde tengo que ir, Ven hacia aquí, cieguecito, anda, ven hacia aquí, dijo la voz de un soldado en tono almibara­do, falsamente amistoso, el ciego se levantó, dio tres pasos, pero se detuvo de nuevo, el tiempo del verbo le pareció sospechoso, ven no es ve, ven quiere decir que hacia aquí, por aquí mismo, en esta dirección llegarás al lugar desde el que te llaman, al encuentro de la bala que sustituirá en ti una ceguera por otra. Fue una ini­ciativa, por así decir, de un soldado malvado, y el sar­gento la cortó inmediatamente con dos gritos sucesivos, Alto, Media vuelta, seguidos de una severa llamada al orden al desobediente, por lo visto pertenece a aquella especie de personas a quienes no se les puede poner un arma en las manos. Animados por la benevolente in­tervención del sargento, los ciegos que habían alcanzado ya el rellano de la escalera armaron una algazara tre­menda que sirvió de polo magnético al desorientado invidente. Seguro ya de sí, avanzó en línea recta. Se­guid, seguid, decía mientras los ciegos aplaudían co­mo si estuvieran asistiendo a un largo, vibrante y es­forzado
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