La ceguera josé saramago






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Ilíada, poema de la muerte y el sufrimiento sobre cualquier otro, Un médico, sólo por sí, vale por varios hombres, palabras que no vamos a entender como directamente cuantitativas sino cualitativamente, co­mo comprobaremos enseguida. Tuvo el valor de acos­tarse sin despertar a la mujer, ni siquiera cuando ella, murmurando medio dormida, se movió en la cama para sentirlo más próximo. Horas y horas despierto, lo poco que consiguió dormir fue por puro agotamiento. Desea­ba que no terminara la noche para no tener que anun­ciar, él, cuyo oficio era curar los males de los ojos ajenos, Estoy ciego, pero al mismo tiempo quería que llegase rápidamente la luz del día, con estas exactas palabras lo pensó, La luz del día, sabiendo que no iba a verla. Realmente, un oftalmólogo ciego no serviría para mucho, pe­ro tenía que informar a las autoridades sanitarias, avisar de lo que podría estar convirtiéndose en una catás­trofe nacional, nada más y nada menos que un tipo de ceguera desconocido hasta ahora, con todo el aspecto de ser muy contagioso y que, por lo visto, se manifes­taba sin previa existencia de patologías anteriores de carácter inflamatorio, infeccioso o degenerativo, como pudo comprobar en el ciego que había ido a verle al consultorio, o como en su mismo caso se confirmaría, una miopía leve, un leve astigmatismo, todo tan ligero que de momento había decidido no usar lentes correc­toras. Ojos que habían dejado de ver, ojos que estaban totalmente ciegos, pero que se encontraban en perfecto estado, sin la menor lesión, reciente o antigua, de ori­gen o adquirida. Recordó el examen minucioso que ha­bía hecho al ciego, y cómo las diversas partes del ojo accesibles al oftalmoscopio se presentaban sanas, sin señal de alteraciones mórbidas, situación muy rara a los treinta y ocho años que el hombre había dicho tener, y hasta en gente, de menos edad. Aquel hombre no debía de estar ciego, pensó, olvidando por unos instantes que también él lo estaba, hasta este punto puede llegar la abnegación, y esto no es cosa de ahora, recordemos lo que dijo Homero, aunque con palabras que parecen diferentes.

Cuando la mujer se levantó, se fingió dormido. Sintió el beso que ella le dio en la frente, muy suave, co­mo si no quisiera despertarlo de lo que creía un sueño profundo, quizá había pensado, Pobrecillo, se acostó tarde, estudiando aquel extraordinario caso del infeliz hombre ciego. Solo, como si se fuera apoderando de él lentamente una nube espesa que le cargase sobre el pe­cho y le entrase por las narices cegándolo por dentro, el médico dejó brotar un gemido breve, permitió que dos lágrimas, Serán blancas, pensó, le inundaran los ojos y se derramaran por las mejillas, a un lado y a otro de la cara, ahora comprendía el miedo de sus pacientes cuan­do le decían, Doctor, me parece que estoy perdiendo la vista. Llegaban hasta el dormitorio los pequeños ruidos domésticos, no tardaría la mujer en acercarse a ver si seguía durmiendo, era ya casi la hora de salir para el hospital. Se levantó con cuidado, a tientas buscó y se puso el batín, entró en el cuarto de baño, orinó. Luego se volvió hacia donde sabía que estaba el espejo, esta vez no preguntó Qué será esto, no dijo Hay mil razo­nes para que el cerebro humano se cierre, sólo exten­dió las manos hasta tocar el vidrio, sabía que su ima­gen estaba allí, mirándolo, la imagen lo veía a él, él no veía la imagen. Oyó que la mujer entraba en el cuarto, Ah, estás ya levantado, dijo, y él respondió, Sí. Luego la sintió a su lado, Buenos días, amor, se saludaban aún con palabras de cariño después de tantos años de casados, y entonces él dijo, como si los dos estuvieran representando un papel y ésta fuera la señal para que iniciara su frase, Creo que no van a ser muy buenos, tengo algo en la vista. Ella sólo prestó atención a la úl­tima parte de la frase, Déjame ver, pidió, le examinó los ojos con atención, No veo nada, la frase estaba evi­dentemente cambiada, no correspondía al papel de la mujer, era él quien tenía que pronunciarla, pero la di­jo sencillamente, así, No veo, y añadió, Supongo que el enfermo de ayer me ha contagiado su mal.

Con el tiempo y la intimidad, las mujeres de los médicos acaban también por entender algo de medicina, y ésta, tan próxima en todo a su marido, había aprendi­do lo bastante para saber que la ceguera no se pega sólo porque un ciego mire a alguien que no lo es, la ceguera es una cuestión privada entre la persona y los ojos con que nació. En todo caso, un médico tiene la obligación de saber lo que dice, para eso ha ido a la Facultad, y si éste, aparte de haberse declarado ciego, admite la posibilidad de que le hayan contagiado, quién es la mujer para dudarlo, por mucho de médico que sea. Se com­prende, pues, que la pobre señora, ante la evidencia in­discutible, acabara por reaccionar como cualquier esposa vulgar, dos conocemos ya, abrazándose al marido, ofre­ciendo las naturales muestras de dolor, Y ahora, qué va­mos a hacer, preguntaba entre lágrimas, Tenemos que avisar a las autoridades sanitarias, al ministerio, es lo más urgente, si se trata realmente de una epidemia hay que tomar providencias, Pero una epidemia de ceguera es al­go que nunca se ha visto, alegó la mujer queriendo agarrarse a esta última esperanza, Tampoco se ha visto nunca un ciego sin motivos aparentes para serlo, y en este mo­mento hay, al menos, dos. Apenas había acabado de pro­nunciar la última palabra cuando se le transformó el ros­tro. Empujó a la mujer casi con violencia, él mismo retrocedió, Apártate, no te acerques a mí, puedo conta­giarte, y luego, golpeándose la cabeza con los puños cerrados, Estúpido, estúpido, médico idiota, cómo no lo pensé, una noche entera juntos, tendría que haberme quedado en el despacho, con la puerta cerrada, e incluso así, Por favor, no hables de esa manera, lo que haya de ser, será, anda, ven, te voy a preparar el desayuno, Déja­me, déjame, No te dejo, gritó la mujer, qué quieres ha­cer, andar por ahí dando tumbos, chocando contra los muebles, buscando a tientas el teléfono, sin ojos para en­contrar en el listín los números que necesitas, mientras yo asisto tranquilamente al espectáculo, metida en una redoma de cristal a prueba de contaminación. Lo agarró del brazo con firmeza, y dijo, Vamos, amor.

Era aún temprano cuando el médico acabó de tomar, imaginemos con qué placer, su taza de café y la tostada que la mujer se empeñó en prepararle, dema­siado temprano para encontrar en su sitio de trabajo a las personas a quienes debería informar. La lógica y la eficacia mandaban que su participación de lo que esta­ba ocurriendo se hiciera directamente, comunicándolo lo antes posible a un alto cargo responsable del mi­nisterio de la Salud, pero no tardó en cambiar de idea cuando se dio cuenta de que presentarse sólo como un médico que tenía una información importante y ur­gente que comunicar no era suficiente para convencer al funcionario medio con quien, por fin, después de mu­chos ruegos, la telefonista condescendió a ponerlo en contacto. El hombre quiso saber de qué se trataba, antes de pasarlo a su superior inmediato, y estaba claro que cualquier médico con sentido de la responsabilidad no iba a ponerse a anunciar la aparición de una epidemia de ceguera al primer subalterno que se le pusiera delante, el pánico sería inmediato. Respondía desde el otro lado el funcionario, Me dice usted que es médico, si quiere que le diga que le creo, sí, le creo, pero yo tengo órdenes, o me dice de qué se trata, o cuelgo, Es un asunto confiden­cial, Los asuntos confidenciales no se tratan por teléfono, será mejor que venga aquí personalmente, No puedo salir de casa, Quiere decir que está enfermo, Sí, estoy enfermo, dijo el ciego tras una breve vacilación, En ese ca­so, lo que tiene que hacer es llamar al médico, a un mé­dico auténtico, replicó el funcionario, y, muy satisfecho de su ingenio, colgó el teléfono.

El médico recibió aquella insolencia como una bofetada. Sólo pasados unos minutos tuvo serenidad su­ficiente para contar a la mujer la grosería con que le habían tratado. Después, como si acabase de descubrir algo que estuviera obligado a saber desde mucho tiem­po antes, murmuró, triste, De esa masa estamos hechos, mitad indiferencia y mitad ruindad. Iba a preguntar, vacilante, Y ahora qué hago, cuando comprendió que había estado perdiendo el tiempo, que la única forma de hacer llegar la información a donde convenía, y por vía segura, sería hablar con el director de su propio ser­vicio hospitalario, de médico a médico, sin burócratas por medio, y que él se encargase luego de poner en mar­cha el maldito engranaje oficial. La mujer marcó el número, lo sabía de memoria. El médico se identificó cuando se pusieron al teléfono, luego dijo rápidamente, Bien, gracias, sin duda la telefonista le había pregun­tado, Cómo está, doctor, es lo que decimos cuando no queremos mostrar nuestra debilidad, decimos, Bien, aunque nos estemos muriendo, a esto le llama el vulgo hacer de tripas corazón, fenómeno de conversión visceral que sólo en la especie humana ha sido observado. Cuan­do el director atendió el teléfono, Hola, qué hay, qué pasa, el médico le preguntó si estaba solo, si no había nadie cerca que pudiera oír, de la telefonista nada ha­bía que temer, tenía más cosas que hacer que escuchar conversaciones sobre oftalmopatías, a ella sólo le in­teresaba la ginecología. El relato del médico fue breve pero completo, sin rodeos, sin palabras de más, sin re­dundancias, y hecho con una sequedad clínica que, teniendo en cuenta la situación, incluso sorprendió al director, Pero realmente está usted ciego, preguntó, Totalmente ciego, En todo caso, podría tratarse de una coincidencia, podría no ser realmente, en su sentido exac­to, un contagio, De acuerdo, el contagio no está demos­trado, pero no se trata de que nos quedáramos ciegos él y yo, cada uno en su casa, sin habernos visto, el hombre llegó ciego a mi consulta y yo me quedé ciego pocas ho­ras después, Cómo podríamos encontrar a ese hombre, Tengo su nombre y su dirección en el consultorio, Man­daré inmediatamente a alguien, Un médico, Sí, claro, un colega, No le parece que tendríamos que comunicar al ministerio lo que está pasando, Por ahora me parece prematuro, piense en la alarma pública que causaría una noticia así, por todos los diablos, la ceguera no se pega, Tampoco la muerte se pega, y todos nos morimos, Bien, quédese en casa mientras trato el caso, luego lo mandaré a buscar, quiero observarlo, Recuerde que estoy ciego por haber observado a un ciego, No hay seguridad de eso, Hay, al menos, una buena presunción de causa a efecto, Sin duda, no obstante, es aún demasiado pronto para sacar conclusiones, dos casos aislados no tienen significación estadística, Salvo si somos ya más de dos, Comprendo su estado de ánimo, pero tenemos que defendernos de pe­simismos que podrían resultar infundados, Gracias, Vol­veremos a hablar, Hasta luego.

Media hora después, el médico, torpemente y con ayuda de la mujer, había acabado de afeitarse. Sonó el teléfono. Era otra vez el director del servicio oftal­mológico, pero la voz, ahora, sonaba distinta, Tenemos aquí a un niño que también se ha quedado ciego de re­pente, lo ve todo blanco, la madre dice que estuvo ayer con él en su consultorio, Supongo que es un niño que sufre estrabismo divergente del ojo izquierdo, Sí, No hay duda, es él, Empiezo a estar preocupado, la situación es realmente seria, El ministerio, Sí, claro, voy a hablar inmediatamente con la dirección. Pasadas unas tres horas, cuando el médico y su mujer estaban comiendo en silencio, él tanteando con el tenedor las tajaditas de carne que ella le había cortado, volvió a sonar el teléfono. La mujer lo atendió, volvió inmediatamente, Tienes que ir tú, es del ministerio. Le ayudó a levantarse, lo condujo hasta el despacho y le dio el auricular. La conversación fue rápida. El ministerio quería saber la identidad de los pacientes que habían estado el día anterior en su consultorio, el médico respondió que en sus respectivas fichas clínicas figuraban todos los elementos de iden­tificación, el nombre, la edad, el estado civil, la pro­fesión, el domicilio, y terminó declarándose dispuesto a acompañar a la persona o personas que fuesen a reco­gerlos. Del otro lado, el tono fue cortante, No lo necesitamos. El teléfono cambió de mano, la voz que salió de él era diferente, Buenas tardes, habla el ministro, en nombre del Gobierno le agradezco su celo, estoy seguro de que gracias a la rapidez con que usted ha actuado vamos a poder circunscribir y controlar la situación, en­tretanto, haga el favor de permanecer en su casa. Las pa­labras finales fueron pronunciadas con expresión for­malmente cortés, pero no dejaban la menor duda sobre el hecho de que eran una orden. El médico respondió, Sí, señor ministro, pero ya habían colgado.

Pocos minutos después, otra voz al teléfono. Era el director clínico del hospital, nervioso, hablando atropelladamente, Ahora mismo acabo de recibir in­formación de la policía de que hay dos casos más de ceguera fulminante, Policías, No, un hombre y una mujer, a él lo encontraron en la calle, gritando que es­taba ciego, y ella estaba en un hotel cuando perdió la vista, una historia de cama, según parece, Es necesario averiguar si se trata también de enfermos míos, sabe cómo se llaman, No me lo han dicho, Del ministerio han hablado ya conmigo, van a ir al consultorio a reco­ger las fichas, Qué situación, Dígamelo a mí. El médi­co colgó el teléfono, se llevó las manos a los ojos, allí las dejó como si quisiera defenderlos de males peores, al fin exclamó sordamente, Qué cansado estoy, Duer­me un poco, te llevaré hasta la cama, dijo la mujer, No vale la pena, no podría dormir, además, todavía no se ha acabado el día, algo más va a ocurrir.

Eran casi las seis cuando sonó el teléfono por última vez. El médico estaba sentado al lado, levantó el auricular, Sí, soy yo, dijo, escuchó con atención lo que le estaban diciendo, y sólo hizo un leve movimiento de ca­beza antes de colgar. Quién era, preguntó la mujer, Del ministerio, viene una ambulancia a buscarme dentro de media hora, Eso era lo que esperabas que ocurriera, Más o menos, sí, Adónde te llevan, No lo sé, supongo que a un hospital, Te voy a preparar la maleta, algo de ropa, No es un viaje, No sabemos qué es. Lo llevó con cuidado hasta el dormitorio, lo hizo sentarse en la cama, Quédate ahí tranquilo, yo me encargo de todo. La oyó moverse de un lado a otro, abrir y cerrar cajones, arma­rios, sacar ropa y luego ordenarla en la maleta colocada en el suelo, pero lo que él no pudo ver es que, aparte de su propia ropa, había metido unas cuantas faldas y blu­sas, ropa interior, un vestido, unos zapatos que sólo po­dían ser de mujer. Pensó vagamente que no iba a necesi­tar tantas cosas, pero se calló porque no era el momento de hablar de insignificancias. Se oyó el restallido de las cerraduras, luego la mujer dijo, Bueno, ya puede venir la ambulancia. Llevó la maleta al vestíbulo, la dejó junto a la puerta, rechazando la ayuda del marido, que decía, Déjame ayudarte, eso puedo hacerlo yo, no estoy tan inválido. Luego se sentaron en el sofá de la sala, espe­rando. Tenían las manos cogidas, y él dijo, No sé cuánto tiempo vamos a tener que estar separados, y ella respon­dió, No te preocupes.

Esperaron casi una hora. Cuando sonó el timbre de la puerta, ella se levantó y fue a abrir, pero en el des­cansillo no había nadie. Descolgó el interfono, Muy bien, ahora baja, respondió. Se volvió hacia el marido y le dijo, Que esperan ahí abajo, tienen orden expresa de no subir, Por lo visto en el ministerio están realmen­te asustados, Vamos. Tomaron el ascensor, ella ayudó al marido a bajar los últimos escalones, luego a entrar en la ambulancia, volvió al portal a buscar la maleta, la alzó ella sola y la empujó hacia dentro. Después subió a la ambulancia y se sentó al lado del marido. El conduc­tor protestó desde el asiento delantero. Sólo puedo lle­varlo a él, son las órdenes que tengo, tiene usted que salir. La mujer respondió con calma, Tiene que llevarme también a mí, acabo de quedarme ciega.

La ocurrencia había brotado de la cabeza del mi­nistro mismo. Era, por cualquier lado que se la exa­minara, una idea feliz, incluso perfecta, tanto en lo re­ferente a los aspectos meramente sanitarios del caso como a sus implicaciones sociales y a sus derivaciones políticas. Mientras no se aclarasen las causas, o, para emplear un lenguaje adecuado, la etiología del mal blan­co, como gracias a la inspiración de un asesor imagina­tivo la malsonante palabra ceguera sería designada, mientras no se encontrara para aquel mal tratamiento y cura, y quizá una vacuna que previniera la aparición de casos futuros, todas las personas que se quedaran ciegas, y también quienes con ellas hubieran tenido contacto físico o proximidad directa, serían recogidas y aisladas, para evitar así ulteriores contagios que, de verificarse, se multiplicarían según lo que matemáti­camente es costumbre denominar progresión geomé­trica.
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