Preparación para hacer la consagración a la virgen maríA






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PREPARACIÓN PARA HACER LA CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN MARÍA
DOCE DÍAS
San Luis María Grignion de Montfort nos aconseja que antes de entrar en las tres semanas de ejercicios preparatorios para la consagración empleemos doce días para vaciarnos del espíritu del mundo.

Creemos que serán conformes a su espíritu las meditaciones siguientes, que además de servir para vaciarnos del espíritu del mundo, ayudarán también para entusiasmarnos con la Santa Esclavitud de María.

 

DÍA 1
Meditación sobre el principio del secreto de María
Composición de lugar. Estoy sentado a los pies de Nuestra Señora, como esclavito, y Ella me hace las reflexiones que siguen.

Petición. Que me resuelva de veras a hacerme santo, por medio de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen.

Punto I. “Lo que de ti quiere Dios, alma, que eres su imagen viva, comprada con la sangre de Jesucristo, es que llegues a ser santa, como Él, en esta vida, y glorificada, como Él, en la otra.”

Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes 43). Santificaos y sed santos, porque yo soy el Señor vuestro Dios..., porque yo, vuestro Dios y Señor, soy santo. (1 Pe 1, 16).

“Tu vocación cierta es adquirir la Santidad divina; y todos tus pensamientos, palabras y obras, tus sufrimientos, los movimientos todos de tu vida, a eso se deben dirigir; no resistas a Dios, dejando de hacer aquello para que te ha criado y hasta ahora te conserva.”

Terrible sería para ti esa resistencia, porque, ¿quién puede luchar con Dios y tener paz? (Job 9, 4). Si Dios quiere que seas santo y tú te empeñas en no alcanzar más alto grado de gracia que el que se requiere para entrar en el cielo, ¿no ves que te expones a que Dios te niegue las gracias eficaces que para esto necesitas; y por apuntar al mismo blanco, y no más arriba, como mal tirador, des más abajo y caigas en el abismo? Bien dijo el que dijo:

“Loco debo ser, pues no soy santo.”

Pues ¿no es locura, además de ingratitud, resistir al Todopoderoso y sapientísimo Juez y despreciar la gracia del bondadosísimo Padre? ¿Qué harías tú mismo con un criado, que aunque sólo fuera en cosas pequeñas resistiera de continuo a tu voluntad?

P. II. Por otra parte, la santidad es tan hermosa, tan útil y tan deleitable, que aunque no nos la exigiera Dios, deberíamos nosotros suspirar siempre por conseguirla. Esta es aquella celestial sabiduría, que tanto se alaba en las divinas Letras; aquella perla preciosa y aquel tesoro escondido, por el cual dijo Cristo Señor nuestro que todas las cosas habíamos de vender: tesoro infinito, que en alto grado nos hace participantes de la amistad del Rey del Cielo, con cuya familiaridad todos los bienes se alcanzan: éste es aquel dichoso reino de Dios en el alma, que es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo. Nada tan excelente y hermoso como un alma santa, que es la imagen de Dios más perfecta que entre el barro de esta tierra se puede formar, el trono y el palacio y el templo donde se asienta a su gusto y de continuo el Señor de las virtudes; la esposa querida y regalada de Cristo. Nadie tan útil a la Iglesia de Dios y a todos los hombres como el varón santo, que tanto puede con sus oraciones y sus méritos. El sabio, el artista, el héroe, el político, nada valen en su comparación. El mundo mismo, que no puede entender a los santos, los admira sólo por los resplandores que su santidad a veces despide, que nada valen en comparación de la luz y del fuego que en su interior se oculta: que “adentro es donde está toda la gloria de la hija del Rey Eterno”.

“¡Qué obra tan admirable! ¡El polvo trocado en luz, la horrura en pureza, el pecado en santidad, la criatura en su Criador y el hombre en Dios!”

P. III. “Obra admirable, repito, pero difícil en sí misma y a la naturaleza por sí sola imposible. Nadie sino Dios con su gracia, y gracia abundante y extraordinaria, puede llevarla a cabo; la creación de todo el universo, no es obra tan grande como ésta.”

Locura sería pretender alcanzar la perfección contando sólo con nuestras fuerzas. Sin Mí –dice Jesucristo- nada podéis hacer. Pero, en cambio, con la gracia lo podemos todo: Todo lo puedo en aquel que me conforta. (Filip 4, 13):

“Y tú, alma, ¿cómo lo conseguirás?”

¿Qué medios vas a escoger para levantarte a la perfección a que Dios te llama?

“Los medios de salvación y santificación son de todos conocidos; señalados están en el Evangelio, explicados por los maestros de la vida espiritual, practicados por los santos. Todo el que quiere salvarse y llegar a ser perfecto necesita humildad de corazón, oración continua, mortificación universal, abandono en la Divina Providencia y conformidad con la voluntad de Dios.”

No te desanimes al oír esos terribles nombres de virtudes tan altas, a las que nunca has podido acercarte. Si tan poco camino has andado hasta ahora para la santidad es porque has ido a pie y sin guía, a ciegas y cansado, saltando de una a otra vereda, sin hallar el atajo verdadero. Pero ¡si pudieras encontrar el camino real, corto y seguro, una buena guía, un tren que sin fatiga alguna te llevara!

P. IV. “Todo se reduce, pues, a hallar un medio fácil, con que consigamos de Dios la gracia necesaria para ser santos, y éste es el que te voy a enseñar.

Digo, pues, que para hallar esta gracia de Dios hay que hallar a María.”

Ella es, como dice San Bernardo, la estrella que guía al puerto del cielo a los que navegamos por el mar de este mundo.

“Siguiéndola, no te descaminas; rogándola no te desesperas; pensando en Ella no te equivocas; teniéndote Ella no caes; protegiéndote Ella no temes; guiándote Ella no te fatigas; siéndote Ella propicia llegas (al puerto deseado)”.

¡Oh hermosa estrella mía! Yo quiero siempre seguirte, que tú me alegras y aseguras con tus suavísimos resplandores. No te me ocultes nunca, Señora, porque entonces me perderé. Más todavía: llévame de la mano como una madre a su pequeñuelo; porque madre mía eres, aunque soy indigno de ser tu esclavo. No te desdeñarás de tomar esta mano tan sucia; porque aunque tan limpia, eres madre de pecadores.
DÍA 2
Espíritu del mundo
Composición de lugar. Vernos navegando en un mar alborotado y hediondo, con los ojos fijos en la estrella del Norte, María.

Petición. Conocer y detestar el espíritu del mundi, que vive en nosotros, para vaciarnos de él por completo.

El espíritu del mundo es todo lo contrario de la Santa Esclavitud, que nos impone nuestro fin, y que nosotros queremos abrazar de la manera más perfecta al entregarnos como esclavos a Nuestra Señora. San Juan lo define diciendo que es concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum, et superbia vitae. Meditemos sobre estas palabras.

Punto I. Concupiscencia de la carne: es decir, deseo de goces sensuales, de todo cuanto dé gusto al cuerpo: en eso cifran su felicidad los infelices mundanos.

¡Cuánto nos aparta de nuestro fin esta inmunda concupiscencia, por la cual no sólo el alma, sino también el cuerpo sacude el yugo de la Santa Esclavitud! ¡Por criaturas tan viles, por pasiones tan sucias, por deleites tan breves, nos apartamos de los eternos amores, de los dulcísimos abrazos de Dios nuestro Criador, nuestro Señor y nuestro Padre!

Pero es tan difícil librarse de esta concupiscencia... ¡Cuántos se hunden en ese mar de cieno! Yo mismo, si no estoy hundido en el profundo, ¿no resbalo muchas veces hasta el borde del abismo? ¿Tengo la voluntad tan sujeta a la ley que en nada prohibido quiera dar gusto a la carne? Si esto ya he conseguido, todavía la esclavitud a que mi fin me sujeta, me induce a no dar gusto a este enemigo de mi alma, ni aun en lo lícito, si no es en caso de que sea lo más conveniente para alabanza y servicio de Dios.

Duro es esto, pero necesario para vestir la librea de esclavo de María; pues su virtud característica es la castidad (por eso la llamamos por excelencia la Virgen), y la castidad debe ser también el distintivo de sus esclavos y de sus hijos, y esa hermosa virtud no se alcanza sin la templanza y la mortificación, aun en las cosas lícitas. Pero no nos desanimemos: todo será para nosotros suave, si nos acostumbramos a vivir por María y con María. Cuando algo nos cueste, levantemos los ojos a mirarla, y luego nos parecerá fácil.

P. II. Codicia de los ojos: amor de las riquezas y comodidades, de los mezquinos bienes de la tierra, del barro de este mundo, que no puede alimentar nuestra alma inmortal y para Dios nacida.

El que se hace esclavo de esta concupiscencia tirana forzosamente se aparta de Dios: porque, como dice Jesucristo: Ningún siervo puede servir a dos señores; porque odiará al uno y al otro amará, o porque se unirá al uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. (Lc 16, 13)

¿Pago yo algún tributo a esa vil concupiscencia? ¡Lejos de mí el amor de los míseros bienes del mundo! ¡Todos mis tesoros a los pies de mi reina María! Hasta mis riquezas espirituales van a ser suyas, ¡cuánto más las temporales! ¿Cómo podría ser esclavo teniendo propiedad, y ser de la Reina del Cielo, teniendo el corazón pegado a la tierra? Tal vez, aun después de haber dejado las riquezas, conservo el corazón pegado a ciertas pequeñas comodidades. ¡Triste cosa que esos hilillos nos aten las alas para no poder volar a Dios! Si no tenemos cadenas tampoco tenemos libertad, y nuestra prisión es tanto más vergonzosa cuanto más fácil de romper. Pero luego romperemos esas ataduras, si nos arrastra la suave cadena de la esclavitud de María.

P. III. Soberbia de la vida: es el sello del espíritu del mundo, que lleva la marca de su padre, el gran soberbio Lucifer; es el sello especialmente del espíritu de nuestro siglo de libertad e independencia, que repite como el ángel caído: Non serviam; no quiero ser esclavo ni de Dios.

¡Cuán difícil es preservarnos del contagio de esta peste que por todas partes se respira! Si tal vez nos creemos libres de ella, ésa será la mejor prueba de que estamos muy inficionados. Examinemos una y mil veces los motivos de nuestros actos, y hallaremos que muchas veces, hasta los que parecen frutos sanos de virtud sólida, están interiormente podridos, porque proceden de la viciada raíz de la soberbia.

Y ¿cómo nos preservaremos? Oponiendo a la desenfrenada libertad la Santa Esclavitud, a la soberbia del mundo la humildad de la Santísima Virgen; al Non serviam, grito de guerra del demonio, el Ecce ancilla Domini, divisa de nuestra humildísima Señora. Acostumbrémonos a obrar por ella y poco a poco nos irá entrando su espíritu de esclava; y con esta dichosa esclavitud alcanzaremos la verdadera libertad de espíritu y la dulcísima paz del corazón.
DÍA 3
La vida del mundo y la vida mariana
Composición de lugar. Mirarme a los pies de la Divina Pastora, como una oveja cansada y herida, que no quiere apartarse ya del redil.

Petición. Conocimiento de cuán poco valen los bienes del mundo y cuánto me importa dejarlos para vivir con María.

Punto I. Los bienes del mundo son todos muy breves, pues por largos que sean no pueden ser más largos que nuestra vida, y nuestra vida es muy corta si se compara con la eternidad. ¡Y si al menos duraran cuanto dura la vida! Pero son tan tornadizos y falaces como la experiencia de todos los días nos lo declara. Pues ¿cuántos de la cumbre del honor ruedan a los abismos de la deshonra? ¿Cuántos que abundan en riquezas en su juventud piden limosna en su vejez? ¿Cuántas arraigadas amistades se olvidan con la ausencia y con la muerte? ¿Cuántos vehementísimos amores se tornan odios inextinguibles?

En cambio, el amor de María, de su parte, es eterno; que no nos deja mientras no la queramos dejar nosotros; y aunque la dejemos y la olvidemos mil veces, otras mil volverá a abrirnos sus puertas y a tendernos sus brazos de Madre si nos acercamos a ella. Las riquezas de la gracia que en su servicio ganamos sólo con el pecado mortal pueden perderse, pero recobrada la gracia tornan a recobrarse, y si las conservamos, en el momento de la muerte nos darán eterna gloria y alegría. ¡Oh Señora nuestra bondadosísima! ¿Quién que tenga seso no querrá dejar bienes tan breves y falaces para entrar de veras a servir en tu casa?

P. II. Los bienes de la tierra, como de tierra que son, ensucian, empequeñecen y degradan a nuestra alma espiritual, grande y hermosa, como hija de Dios y nacida para el cielo.

El amor de estos bienes terrenales nos arrastra a cometer multitud de pecados, veniales a lo menos; que no por ser manchas pequeñas deja de poner el alma llena de inmundicias. Cuanto más nos aficionemos a las cosas del mundo, aun a las lícitas e indiferentes, más nos empequeñecemos y degradamos, más esclavos nos sentimos de nuestras pasiones, que tantas veces turban la paz interna, entenebrecen el juicio y encadenan la voluntad.

“Más diferencia hay entre el alma y las demás criaturas corporales que entre un muy caro licor y un cieno muy sucio. De donde así como se ensuciara el tal licor, si le juntara con el cieno, de esta misma manera se ensucia el alma que se ase a la criatura por afición, pues en ella se hace su semejante; y de la manera que pararían los rasgos de tizne en un rostro muy acabado, de esa misma manera afean y ensucian los apetitos desordenados al alma que los tiene; la cual en sí es una hermosísima acabada imagen de Dios.” (San Juan de la Cruz.)

Pobre alma, princesa del cielo, que pasas la vida en un lodazal, cubierta de inmundicias, levanta a tu Señora los ojos, que su amor puede limpiarte y redimirte. Si no aciertas a levantarte a Dios, hermosura infinita para la que has nacido y única que puede llenar tu corazón; si su amor te parece muy espiritual y muy seco para que pueda suplir al de los ídolos que adoras; si tus ojos de topo no pueden resistir la vista del sol porque están acostumbrados a sumergirse en la tierra, acostúmbralos primero a la claridad de la luna y a la templada luz de la Aurora, purifícalos mirando a María, la Reina de los Ángeles.

“Limpia, Señora, con las gotas de Sangre del Corazón de tu Hijo las inmundicias de mis aficiones, y las pésimas manchas de mi corazón; limpia mi fealdad; tú que siempre despides rayos de pureza.” (San José Himnógrafo.)

P. III. Los bienes de la tierra cansan el alma y atormentan al espíritu.

“Cánsase y fatígase el alma que tiene apetitos, porque es como el enfermo de calentura, que no se halla bien hasta que se le quite la fiebre y cada rato le crece la sed; porque como se dice en el libro de Job: Cuando hubiérese satisfecho el apetito quedará más apretado y agravado... Y cánsase y aflígese el alma con sus apetitos, porque es herida y movida y turbada de ellos como el agua de los vientos; y de esa misma manera la alborotan sin dejarla sosegar en un lugar y en una cosa.” (San Juan de la Cruz.)

Así que toda la miel de los goces mundanos viene a convertirse en acíbar, y cuanto más se saborean, más hastío se siente. Dígalo el Sabio, que después de probar de todos los gustos y honores hubo de escribir que “todo es vanidad de vanidades y aflicción de espíritu”.

En cambio, el amar a la Virgen Nuestra Señora y el entregarse del todo a Ella, y el vivir siempre en su compañía como fiel esclavo, trae al alma una paz y un descanso que sólo quien lo siente puede entenderlo, y un contento tan grande, que todos los regalos del mundo no son nada en su comparación. Los mismos sufrimientos y humillaciones, que son fruta tan amarga, se hacen dulces (como dice San Luis María) con este almíbar de la devoción de Nuestra Señora.

¡Oh Señora mía! ¡Cuándo romperé las cadenas de la esclavitud en que ponen mi alma los menguados bienes del mundo para gozar de la dichosa libertad de tus esclavos! Solve vincla reis.
DÍA 4
La muerte de los esclavos del mundo y la muerte de los esclavos de María
Composición de Lugar. Verme a mí mismo en el lecho de muerte, momentos antes de expirar, besando por última vez el rosario o el escapulario.

Petición. Que se despegue mi alma de todas las aficiones de la tierra y sienta cuán bien le está dejarlas todas para entregarse a María Santísima.

Punto I. Es cierto que hemos de morir, como nos lo dicen todos los que delante de nosotros van cayendo, como caen las hojas de los árboles en otoño. Lo que no sabemos es cuándo llegará la hora en que este viento de la muerte nos arrebate.

¡Terrible pensamiento es éste para quien en las cosas del mundo tiene puesta su afición! Recordemos aquella parábola del Evangelio (Lc 12,20).

“El campo de un hombre rico dio abundante fruto. Y pensaba él entre sí diciendo: ¿Qué haré que no tengo dónde juntar mis frutos? Destruiré mis paneras y las haré mayores; y allí reuniré todo lo que ha nacido para mí y mis bienes. Y diré a mi alma: alma, ya tienes bienes para muchos años: descansa, come, bebe, banquetea. Pero Dios le dijo: necio, esta noche te arrancarán el alma. Lo que allegaste ¿de quién será...? Así acaece a quien atesora para sí y no es rico delante de Dios.”

Y no menos al que está apegado a las honras y a los amores del mundo. Y no sólo para el pecador, que anda encenagado en sucios deleites, sino aun para el cristiano honrado y piadoso, pero excesivamente aficionado a las comodidades y placeres lícitos y aun a los santos amores de su hogar; porque, como dice San Gregorio, “no se deja sin dolor lo que con amor se posee”. “Espantoso es este pensamiento (dice el P. Grou) para todos los que sirven a Dios por espíritu de interés, que cuidan de su salvación sólo por lo que les importa a ellos, que piensan más en la justicia de Dios que en su misericordia.” En general, es aflictivo para cualquiera que no esté completamente desatado de todas las cosas de la tierra con la práctica de un continuo morir a sí mismo.

Y más aún que por este apartamiento de todas las cosas amadas, es la muerte muy terrible por la incertidumbre de la suerte que tras ella nos espera. ¡Oh!, si como hay seguros contra incendios y naufragios hubiera verdaderos seguros del alma para después de la muerte, que de tal modo pudieran asegurarnos que nos quitaran todo temor, ¡con qué ansia debiéramos asirnos de ellos por mucho dinero que hubiera que pagar!

P. II. Pues hay un verdadero seguro del alma contra la muerte, y es la Santa Esclavitud de María.

La Santa Esclavitud, bien entendida, es un continuo morir a sí mismo. El esclavo de María no tiene que apartarse al morir de los bienes de la tierra, porque ya mucho antes ha renunciado a todos y los ha dejado en manos de su Señora. Lejos de él han de estar todas las aficiones pecaminosas; y las aficiones lícitas, dominadas por el amor de su Reina, ante el cual desaparecen todos los cariños terrenos. La muerte no es otra cosa para él que un pasaporte para entrar libremente en el palacio y en el reino de la Señora a quien ha entregado su corazón y en cuyas manos ha puesto todo su tesoro. ¿Cómo temer la muerte el siervo de María? Al contrario, ¿cómo no desearla?

Pero ¿y aquel “después”, que aun a los santos tanto aterra al acercarse la última hora?

El esclavo de María no tiene por qué temerlo. Está en manos de su Señora, lo mismo que un niño en las de su madre. Y una madre, y tal madre, ¿le dejará caer de sus brazos por impotencia o por desamor? Nadie deja que se pierda una cosa que es propiedad suya, aunque sea un vil animalejo, y ¿va a dejar Nuestra Señora que se pierda un alma, redimida con la sangre de su Hijo, cuando se ha entrado por sus puertas, declarando ser toda propiedad suya?

La devoción a Nuestra Señora es señal de predestinación más o menos probable, según su grado, moralmente cierta a lo menos en su grado sumo, que es la perfecta consagración o esclavitud. ¿De quién sino del verdadero esclavo de María se han de entender las autoridades de los Santos Padres y de los Doctores, que acerca de este punto son tan claras? Si es prenda de salvación llevar el cuerpo vestido con la librea de María, ¿qué será tener el alma vestida de María y compenetrada de María, como deben tenerla sus esclavos? Si tanto vale consagrarla algunos momentos del día rezándola algunas oraciones, ¿qué será consagrarla todo el tiempo y vivir habitualmente en su compañía? “Servir a María, dice Pelbarto, citado y aprobado por San Ligorio, es la Señal más cierta de que se llegará a la eterna salvación.”

Confiemos, pues, en Nuestra Señora.

“Esta es la devoción con que se ponen en seguro las gracias, méritos y virtudes, haciendo depositaria de ellas a María y diciéndola: Toma, querida dueña mía: he aquí lo que con la gracia de tu querido Hijo he hecho de bueno; por mi debilidad e inconstancia, por el gran número y malicia de los enemigos, que día y noche me acometen, no soy capaz de guardarlo. ¡Ay que todos los días estamos viendo caer en el lodo los cedros del Líbano, y venir a parar en aves nocturnas las águilas, que se levantan hasta el sol! Así mil justos caen a mi izquierda y a mi diestra diez mil; pero tú, mi poderosa y más que poderosa Princesa, tenme que no caiga; guarda todos mis bienes que no me los roben; te confío en depósito todos mis bienes. Depositum custodi; scio cui credidi. Bien sé quién eres; por eso me fío por completo de ti. Tú eres fiel a Dios y a los hombres y no permitirás que perezca nada de cuanto a ti se confía; eres poderosa y nadie podrá dañarte, ni arrebatarte de entre las manos lo que tienes.” (Secreto de María.)
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