En que se prosigue lo dicho en el capítulo pasado, declarando de la Pasión de Cristo un lugar de los Cantares






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AUDI, FILIA: Parte 3
CAPITULO 69
En que se prosigue lo dicho en el capítulo pasado, declarando de la Pasión de Cristo un lugar de los Cantares.
Mas porque de esto no os maravilléis, oíd otra cosa más maravillosa, la cual dicen las dichas palabras de los Cantares: Que esta guirnalda le fue puesta en el día del alegría del Corazón de Él. ¿Cómo es acues­to ? El día de sus excesivos dolores, que lengua no hay que los pueda explicar, ¿llamáis día de alegría de Él? Y no alegría fingida y de fuera, mas dicen: en el día del alegría del Corazón de Él.
¡ Oh alegría de los ángeles, y río del deleite de ellos, en cuya faz ellos desean mirar, y de cuyas so­brepujantes ondas ellos son embestidos, viéndose den­tro de Ti, nadando en tu dulcedumbre tan sobrada! ¿Y de qué se alegra tu Corazón en el día de tus tra­bajos? ¿De qué te alegras entre los azotes, y clavos, y deshonras y muerte? ¿Por ventura no te lasti­man? Lastimante, cierto, y más a Ti que a otro nin­guno, pues tu complexión era más delicada. Mas porque te lastiman más nuestras lástimas, quieres Tú sufrir de muy buena gana las tuyas, porque con aquellos dolores quitabas los nuestros. Tú eres el que dijiste a tus amados Apóstoles antes de la Pasión (Lc., 22, 15): Con deseo he deseado comer esta Pas­cua con vosotros antes que padezca. Y Tú eres el que antes dijiste (Lc., 12, 49): Fuego vine a traer a la tierra, ¿qué quiero sino que se encienda? Con bautis­mo tengo de ser bautizado, ¡cómo vivo en estrechura hasta que se ponga en efecto! El fuego de amor de Ti, que en nosotros quieres que arda hasta encender­nos, abrasarnos y quemarnos lo que somos, y trans­formarnos en Ti, Tú lo soplas con las mercedes que en tu vida nos hiciste, y lo haces arder con la muer­te que por nosotros pasaste. ¿Y quién hubiera que te amara, si Tú no murieras de amor por dar vida a los que, por no amarte, están muertos? ¿Quién será leño tan húmedo y frío, que viéndote a Ti, árbol verde, del cual quien come vive, ser encendido en la cruz, y abrasado con fuego de tormentos que te daban, y del amor con que Tú padecías, no se en­cienda en amarte aun hasta la muerte? ¿Quién será tan porfiado, que se defienda de tu porfiada recuesta, en que tras nos anduviste desde que naciste del vien­tre de la Virgen, y te tomó en sus brazos, y te recli­nó en el pesebre, hasta que las mismas manos y brazos de Ella te tomaron cuando te quitaron muer­to de la cruz, y fuiste encerrado en el santo sepulcro como en otro vientre? Abrasástete, porque no quedá­semos fríos; lloraste, porque riésemos; padeciste, por­que descansásemos; y fuiste bautizado con el derra­mamiento de tu sangre, porque nosotros fuésemos lavados de nuestras maldades.
Y dices, Señor: ¡Cómo vivo en estrechura, hasta que este bautismo se acabe!, dando a entender cuan encendido deseo tenías de nuestro remedio, aunque sabías que te había de costar la vida. Y como el es­poso desea el día de su desposorio para gozarse, Tú deseas el día de tu Pasión para sacarnos con tus penas de nuestros trabajos. Una hora, Señor, se te hacía mil años para haber de morir por nosotros, teniendo tu vida por bien empleada en ponerla por tus criados. Y pues lo que se desea trae gozo cuan­do es cumplido, no es maravilla que se llame día de tu alegría el día de tu Pasión, pues era deseado por Ti. Y aunque el dolor de aquel día fue muy excesi­vo, de manera que en tu persona se diga (Thren., 1, 12): Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino: atended, y ved si hay dolor que se iguale con el mío; mas el amor que en tu Corazón ardía, sin compara­ción era mayor. Porque si menester fuera para nues­tro provecho que Tú pasaras mil tanto de lo que pa­saste, y te estuvieras enclavado en la cruz hasta que el mundo se acabara, con determinación firme subiste en ella para hacer y sufrir todo lo que para nues­tro remedio fuese necesario.
De manera, que más amaste que sufriste, y más pudo tu amor que el desamor de los sayones que te atormentaban. Y por esto quedó vencedor tu amor, y como llama viva, no la pudieron apagar los ríos grandes (Cant., 8, 7) y muchas pasiones que contra Ti vinieron. Por lo cual, aunque los tormentos te da­ban tristeza y dolor muy de verdad, tu amor se hol­gaba del bien que de allí nos venía. Y por eso se llama día de alegría de tu corazón. Y este día vio Abraham, y gozóse, no porque le faltase compasión de tantos do­lores, mas porque veía que el mundo y él habían de ser redimidos por ellos.
Pues en este día salid, hijas de Sión—que son las ánimas que atalayan a Dios por fe—, a ver al pacifico Rey, que con sus dolores va a hacer la paz deseada. Miradle, pues para mirar a Él os son dados los ojos. Y entre todos sus atavíos de desposorio que lleva, mirad a la guirnalda de espinas que en su cabeza di­vina lleva; la cual, aunque la tejieron y se la pusie­ron los caballeros de Pilato, que eran gentiles, dícese habérsela puesto su madre, que es la Sinagoga, de cuyo linaje Cristo descendía, según la carne; porque por la acusación de la Sinagoga, y por complacer a ella, fue Cristo así atormentado.
Y si alguno dijere: Nuevos atavíos de desposado son éstos; por guirnalda, lastimera corona; por ata­víos de pies y manos, clavos agudos que se los tras­pasan y rompen; azotes por cinta; los cabellos pega­dos y enrubiados con su propia sangre; la sagrada barba arrancada; las mejillas bermejas con bofetadas; y la cama blanda, que a los desposados suelen dar con muchos olores, tornase en áspera cruz, pues­ta en lugar donde justiciaban los malhechores. ¿Qué tiene que ver este abatimiento extremo con atavíos de desposorio? ¿Qué tiene que ver acompañado de ladro­nes, con ser acompañado de amigos, que se huelgan de honrar al nuevo desposado? ¿Qué fruta, qué músi­ca, qué placeres vemos aquí, pues la Madre y amigos del Desposado comen dolores y beben lágrimas, y los ángeles de la paz lloraban amargamente? (Isai., 33, 7.) No hay cosa más lejos de desposorio que todo lo que aquí parece.
Mas no es de maravillar tanta novedad, pues el Desposado y el modo del desposar todo es nuevo. Cris­to es hombre nuevo, porque es sin pecado, y porque es Dios y Hombre. Y despósase con nosotros, feos, pobres y llenos de males; no para dejarnos en ellos, mas para matar nuestros males, y darnos sus bienes. Por lo cual convenía, según la ordenanza divina, que pagase Él por nosotros, tomando nuestro lugar y se­mejanza, para que con aquella semejanza de deudor sin serlo, y con aquel duro castigo sin haber hecho por qué, quitase nuestra fealdad, y nos diese su her­mosura y riquezas. Y porque ningún desposado pue­de hacer a su esposa de mala, buena; ni de infernal, celestial; ni de fea en el ánima, hermosa, por eso buscan los hombres las esposas que sean buenas, her­mosas y ricas, y van el día del desposorio ataviados a gozar de los bienes que ellas tienen, y que ellos no les dieron. Mas nuestro nuevo Esposo ninguna ánima halla hermosa ni buena, si Él no la hace. Y lo que nosotros le podemos dar, que es nuestra dote, es la deuda que debemos de nuestros pecados. Y porque Él quiso abajarse a nosotros, tal le paramos, cuales nosotros estábamos. Y tal nos paró, cual Él es; por­que destruyendo con nuestra semejanza nuestro hom­bre viejo, nos puso su imagen de hombre nuevo y celestial. Y esto obró Él con aquestos atavíos que pa­recen fealdad y flaqueza, y son altísima honra y gran­deza, pues pudieron deshacer nuestros muy antiguos y endurecidos pecados, y traernos a gracia y amistad del Señor, que es lo más alto que se puede ganar.
Este es el espejo en que os habéis de mirar, y muchas veces al día, para hermosear lo que viéredes feo en vuestra ánima. Y ésta es la señal puesta en alto (Num., 21, 8) para que de cualquier víbora que seáis mordida, miréis aquí y recibáis la salud en sus lla­gas. Y en cualquier bien que os viniere, miréis aquí y os sea conservado, dando gracias a este Señor, por cuyos trabajos nos vienen todos los bienes.
CAPITULO 70
Que es muy importante el ejercicio de la oración, y de los grandes provechos que de ella se sacan.
Pues que ya habéis oído que la luz que vuestros ojos han de mirar es Dios humanado y crucificado, resta deciros qué modo tendréis para le mirar, pues que esto ha de ser con ejercicio de devotas consideraraciones y habla interior que en la oración hay.
Mas primero que os digamos el modo que habéis de tener en la oración, conviene deciros cuan pro­vechoso ejercicio sea, especialmente para vos, que habiendo renunciado al mundo, os habéis toda ofrecido al Señor; con el cual os conviene tener muy estrecha y familiar comunicación, si queréis gozar de los dul­ces frutos de vuestro religioso estado.
Y por oración entendemos aquí una secreta e interior habla con que el ánima se comunica con Dios, ahora sea pensando, ahora pidiendo, ahora haciendo gracias, ahora contemplando, y generalmente por todo aquello que en aquella secreta habla se pasa con Dios. Porque aunque cada cosa de éstas tenga su particular razón, no es mi intento tratar aquí sino de este ge­neral que he dicho, de cómo es cosa muy importante que el ánima tenga con su Dios esta particular ha­bla y comunicación.
Para prueba de lo cual, si ciegos no estuviesen los hombres, bastaba decirles que daba Dios licencia para que todos los que quisiesen pudiesen entrar a hablarle una vez en el mes o en la semana, y que les daría audiencia de muy buena gana, y remediaría sus ma­les, y haría mercedes, y habría entre Él y ellos con­versación amigable de Padre con hijos. Y si diese esta licencia para que le pudiesen hablar cada día, y si la diese para que muchas veces al día, y si tam­bién para que toda la noche y el día, o todo lo que de este tiempo pudiesen y quisiesen estar en conver­sación del Señor, Él lo habría por bueno, ¿quién se­ría el hombre, si piedra no fuese, que no agradeciese tan larga y provechosa licencia, y no procurase de usar de ella todo el tiempo que le fuese posible, como de cosa muy conveniente para ganar honra, por estar hablando con su Señor; y deleite, por gozar de su conversación; y provecho, porque nunca iría de su presencia vacío? ¿Pues por qué no se estimará en mucho lo que el Altísimo ofrece, pues se estimaría si lo ofreciese un rey temporal, que en comparación del Altísimo, y de lo que de su conversación se puede sacar, el rey es gusano, y lo que puede dar uno y to­dos es un poco de polvo? ¿Por qué no se huelgan los hombres de estar con Dios, pues (Prov., 8, 31) los deleites de Él son estar con los hijos de los hombres? No tiene su conversación amargura (Sap., 8, 16), sino alegría y gozo; ni su condición tiene escasez para ne­gar lo que le piden. Y Padre nuestro es, con el cual nos habíamos de holgar, conversando, aunque ningún otro provecho de ello viniera. Y si juntáis con esto que no sólo nos da licencia para que hablemos con Él, mas que nos ruega, aconseja, y alguna vez man­da, veréis cuánta es su bondad y gana de que con­versemos con Él, y cuánta nuestra maldad de no que­rer ir, rogados y pagados, a lo que debíamos ir rogando y ofreciendo por ello cualquier cosa que nos fuese pedida.
Y en esto veréis cuan poco sentimiento tienen los hombres de las necesidades espirituales, que son las verdaderas; pues quien verdaderamente las siente, verdaderamente ora, y con mucha instancia pide remedio. Un refrán dice: «Si no sabes orar, entra en la mar.» Porque los muchos peligros en que se ven los que navegan, les hace clamar a nuestro Señor. Y no sé por qué no ejercitamos todos este oficio, y con diligencia, pues ahora andemos por tierra, ahora por mar, andamos en peligros de muerte; o del ánima, si caemos en pecado mortal, o de cuerpo y ánima, si no nos levantamos por la penitencia de aquel en que hemos caído. Y si los cuidados perecederos, y el polvo que en los ojos traemos, nos diesen lugar de cuidar y mirar las necesidades de nuestro corazón., cierto andaríamos dando clamores a Dios, diciendo con todas entrañas (Mt., 6, 13): ¡No nos dejéis caer en la tentación! (Ps., 34, 22): ¡Señor, no te apartes de mil, y otras semejantes palabras, conformes al sentimiento de la necesidad. Todo nuestro orar se ha pasado a lo que se ha pasado nuestro sentido, que es el bien o mal temporal. Y aun esto no lo hacemos luego, sino cuando los otros medios y arrimos nos han faltado, como gente que su postrera confianza tiene puesta en nuestro Señor, y su primera y mayor en sí mismo o en otros. De lo cual suele el Señor enojarse mucho, y decir (Deut., 32, 37, 39): ¿Dónde están tus dioses, en los cuales tenías confianza? Lí­brente tus aliados, a los cuales se los llevará el vien­to y el soplo. Mirad que Yo sólo soy, y no hay otro fuera de Mí. Yo mataré y haré vivir; heriré y sana­ré, y no hay quien se pueda librar.
Mirad, pues, vos, doncella, no os toquen acuestas cosas, mas tened vivo el sentido de vuestra ánima, con que gustéis que vuestro verdadero mal es no servir a Dios, y vuestro verdadero bien es servirle. Y cuando alguna cosa temporal pidiéredes, no sea con aquel ahínco y angustia que del amor demasiado suele na­cer. Y para lo mucho y para lo poco, vuestra con­fianza primera sea nuestro Señor; y la postrera, los medios que Él os encaminare. Y sed muy agradecida a esta merced, de que os dio licencia de hablarle y conversar con Él; y usad de ella, para bienes y ma­les, con mucha frecuencia y cuidado, pues por medio de esta habla y conversación con el Altísimo han sido enriquecidos los siervos de Dios, y remediados en sus pobrezas; porque entendieron que los peligros que Dios les dejó, fue a intento que, apretados con ellos, recurriesen a Él; y los bienes que les vienen son para ir a Él, dándole gracias.
De los gabaonitas leemos (Josué, 10, 6), que estan­do en mucho peligro por estar cercados de sus ene­migos, enviaron un mensajero a Josué, a cuya amis­tad se habían ofrecido, y por la cual estaban en aquel peligro, y hallaron favor y remedio por lo pedir. Y aunque aquellos cinco reyes, de que la Escri­tura hace mención (Gen., 14, 1) fueron vencidos en el valle Silvestre, y sus ciudades robadas; mas porque un mozo que de la guerra escapó, fue a dar nueva de este desbarato al Patriarca Abraham, alcanzaron remedio los reyes y sus cinco ciudades por mano de Abraham, que los socorrió. De manera, que se al­canza, por un solo mensajero que va a pedir favor a quien lo quiere y puede dar, más que por la muchedumbre de combatientes que en la guerra o ciudad haya. Y cierto, es así, que quien enviare a Dios men­sajero de humilde y fiel oración, aunque esté cerca­do y destrozado y metido en el vientre de la balle­na, sentirá presente al Señor, que está cerca a todos aquellos que le llaman en verdad (Ps., 144, 18).
Y si no saben lo que han de hacer, con la oración hallan lumbre, porque con esta confianza dijo el rey Josafat (Paralip., 20, 12): Cuando no sabemos lo que hemos de hacer, este remedio tenemos, que es alzar los ojos a Ti. Y Santiago (1, 5) dice: Que quien hu­biere menester sabiduría, la pida a Dios. Y por este medio eran Moisés y Aarón enseñados de Dios acerca de lo que debían hacer con el pueblo. Porque como los que rigen a otros han menester lumbre doblada, y tenerla muy a la mano y a todo tiempo, así han menester oración doblada y estar tan diestros en ella, que sin dificultad la ejerciten, para que conozcan la voluntad del Señor de lo que deben hacer en par­ticular, y para que alcancen fuerza para cumplirla. Y este conocimiento que allí se alcanza, excede al que alcanzamos por nuestras razones y conjeturas, como de quien va a cosa cierta, o quien va, como dicen, a tienta paredes. Y los propósitos buenos y fuer­za que allí se cobran, suelen ser sin comparación más vivos y salir más verdaderos, que los que fuera de la oración se alcanzan. San Agustín dijo, como quien lo había probado: «Mejor se sueltan las dudas con la oración, que con cualquiera otro estudio.» Y por no cansar, y porque no sería posible deciros particu­larmente los frutos de la oración, no os digo más, sino que la suma Verdad dijo (Lc., 11, 13): Que el Padre celestial dará espíritu bueno a los que se lo piden; con el cual bien vienen todos los bienes.
Y débeos bastar, que usaron este ejercicio todos los Santos. Porque, como San Crisóstomo dice: «¿Quién de los Santos no venció orando?» Y él mismo dice: «No hay cosa más poderosa que el hombre que ora.» Y bastarnos debe, y sobrar, que Jesucristo, Señor de todos, oró en la noche de su tribulación, aun hasta derramar gotas de sangre (Lc., 22, 44). Y oró en el monte Tabor, para alcanzar el resplan­dor de su cuerpo (Lc., 9, 29). Oró primero que resu­citase a San Lázaro
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