La curación de Manuel Adrián






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títuloLa curación de Manuel Adrián
fecha de publicación24.07.2015
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La curación de Manuel Adrián

El 17 de mayo de 1992 amaneció espléndido, soleado y caluroso. M.A.C. aprovechó el buen tiempo para ir a la playa; se llevó a su hijo mayor, Manuel Adrián que, en esos momentos, contaba seis años y medio de edad. Se dirigió a su playa favorita, la conocida popularmente como Playón de Bayas, por su gran extensión, situada en la costa asturiana.

Al mediodía, cuando llevaban ya un rato en la playa y hacía más calor, el niño sintió frío y comenzó a mostrarse inquieto: se encontraba mareado y nervioso. Sin saber muy bien qué hacer para aliviarle, su padre le abrigó con dos toallas y le hizo tumbarse en la arena. Al poco rato, el niño se quedó dormido. Al despertar, se había recuperado totalmente y se encontraba muy bien y con ganas de jugar. Regresaron entonces a casa. Al llegar, entre preocupado y sorprendido, comentó con su mujer, lo ocurrido a Manuel Adrián en la playa.

En ese momento, la madre, María José, presa de una profunda emoción, sintió que se le hacía un nudo en la garganta: tuvo entonces la convicción moral de que su hijo se había curado de la gravísima enfermedad que padecía desde hacía más de tres años, por la intercesión del entonces Beato Josemaría Escrivá.

Esa mañana del 17 de mayo de 1992, había tenido lugar en Roma la solemne Beatificación de Josemaría Escrivá. Comentó entonces con su marido que, mientras ellos estaban en la playa, ella, en su casa de Oviedo, contemplaba la ceremonia por la televisión: “yo me puse a ver el televisor para presenciar el acto de la santificación —pensaba yo— de Escrivá de Balaguer, ya que hasta entonces no entendía entre santificación y beatificación. En un momento de la ceremonia yo tenía la estampa entre las manos, cerré los ojos, me quedé como en blanco y le pedí a Josemaría Escrivá que me pidiese la curación total del niño y, teniendo cerrados los ojos, yo veía que me sonreía, lo cual me dio una seguridad total y absoluta de que me concedía aquella gracia que le pedía; cuando acabó el acto litúrgico yo tuve el convencimiento pleno y la certeza plena y absoluta de que me había escuchado y que mi hijo estaba curado (...) yo le pregunté a mi marido a qué hora había ocurrido eso; no recuerdo ahora qué hora pero coincidía que yo estaba a la misma hora pidiendo al Señor por la intercesión de Escrivá de Balaguer”.

La enfermedad de Manuel Adrián se remontaba a bastante tiempo atrás: los primeros síntomas se habían manifestado tres años y medio antes, como relata su madre, en la carta que envió a la Vicepostulación del Opus Dei, en Madrid: “El 23 de enero de 1989 nuestro hijo mayor, Manuel Adrián A. M., que entonces contaba tres años de edad, ingresó de urgencia en un centro hospitalario por presentar un proceso abdominal agudo. En la exploración, los médicos que le atendieron comprobaron que en ese momento presentaba un grave cuadro de crisis hipertensiva1, con cifras que llegaron a alcanzar los 220 - 130 mm. de Hg. En ese momento no se pudo llegar a establecer un diagnóstico preciso.

Fue sometido a tratamiento médico para intentar normalizar su presión arterial y, cuando se pudo controlar, se le practicó una laparotomía con apendicectomía2 por presentar una apendicitis gangrenosa. Según nos comentó después el cirujano que practicó la apendicectomía, en el curso de la intervención, el niño hizo varias crisis hipertensivas que pusieron en grave peligro su vida en varios momentos.

Una vez recuperado de la intervención y después de practicarle numerosas exploraciones, el niño fue diagnosticado de un síndrome hipertensivo de origen vásculo-renal, debido a una estenosis intraparenquimatosa de una rama de la arteria renal derecha3. A partir de entonces se le instauró un tratamiento médico para tratar de controlar su síndrome hipertensivo. A pesar de que seguíamos rigurosamente el tratamiento recomendado, en el curso de un solo año nos vimos obligados a ingresar de urgencia a nuestro hijo en diversos centros asistenciales en unas siete u ocho ocasiones, debido a sus bruscas crisis hipertensivas, originadas en unas ocasiones por los cuadros asmatiformes que presentaba o en el curso de un proceso febril.

El niño seguía igual. En septiembre del año 1990 comencé a invocar al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, pidiéndole por mi hijo. Hacía tiempo -cuando su segundo ingreso en marzo de 1989- que una amiga nuestra, N.N., nos había dado una estampa de Mons. Escrivá; entonces, no le había rezado. Fue en septiembre de 1990 cuando le pedí que cesaran las crisis de asma. Desde entonces, no volvió a tener ninguna más.

A finales del verano de 1991 comencé a invocar nuevamente a Monseñor Escrivá de Balaguer pidiéndole que mi hijo, Manuel Adrián fuera curando, poco a poco, de su hipertensión arterial. A partir de entonces, los médicos que atendían a nuestro hijo redujeron las dosis de medicación que tomaba: primero a la mitad y más tarde a la cuarta parte, hasta el 17 de mayo de 1992, en que pedí fervorosamente y con toda el alma al Siervo de Dios, Josemaría Escrivá -era el día de su Beatificación- que se curara total y completamente y le suprimieran toda la medicación; y así sucedió”.

En efecto, el 23 de enero de 1989, el pequeño Manuel Adrián, que entonces contaba tres años y medio de edad, ingresó de urgencia en un centro hospitalario por presentar los síntoma propios de una apendicitis aguda. Sin embargo, el cuadro se agravó por una gravísima crisis hipertensiva –con cifras mantenidas de 220-120 mm. Hg.- que precisó la administración de Nitroprusiato sódico intravenoso en perfusión continua: una medicación que se utiliza sólo “in extremis”, cuando la tensión arterial es muy alta y existe grave riesgo  cerebral o cardíaco  para la vida del enfermo. Pero, a pesar de esto, y según informó el cirujano a su madre, en el transcurso de la intervención, el niño presentó varias crisis hipertensivas que pusieron en grave riesgo su vida.

Después de la extirpación del apéndice, se le efectuaron numerosas y diferentes exploraciones, diagnosticándose finalmente -mediante una arteriografía abdominal4- una hipertensión arterial reno-vascular, causada por una estrechez de la arteria renal. Se le puso un tratamiento con dos fármacos hipotensores idóneos: Atenolol y Prazosina.

No obstante, y a pesar de la estrecha vigilancia a que le sometía su madre, desde febrero hasta diciembre de ese mismo año 1989, fue atendido de urgencia en cuatro ocasiones más, por sufrir elevaciones de la tensión arterial  crisis hipertensivas  relacionadas con crisis asmatiformes o enfermedades corrientes en fase aguda, tales como otitis aguda, amigdalitis o estomatitis.

Su madre estaba angustiada por el porvenir de su hijo, y no ahorró ningún esfuerzo hasta ingresar al niño en el Servicio de Nefrología de otro centro hospitalario de gran prestigio: quería poner todos los medios para lograr la curación de su hijo. Allí permaneció ingresado tres semanas: del 29 de enero al 23 de febrero de 1990, hasta que se confirmó nuevamente el diagnóstico mediante arteriografía renal: Hipertensión arterial secundaria a una lesión estenótica intrarrenal derecha: la causa de la hipertensión era el estrechamiento de la arteria intrarrenal derecha y estaba en tal situación que no se podía ensanchar ni realizar ningún tipo de intervención quirúrgica. Nuevamente, los médicos hablaron con la madre y le confirmaron, una vez más, que la grave enfermedad que padecía su hijo no tenía curación y que el pronóstico era muy sombrío, ya que únicamente se podría tratar médicamente con medidas paliativas y sintomáticas, es decir, mitigar los efectos, pero sin remediar el mal que los causaba; además, en ningún caso podría dejar de tomar ya nunca la medicación, con el fin de tratar de mantener las cifras de la presión arterial en unas cifras tolerables.

La madre del niño seguía rigurosamente el tratamiento que le habían recomendado: observaba a su hijo tan minuciosamente, que casi llegaba a adivinar cuándo iban a producirse las crisis de asma - que padecía frecuentemente- y que, en muchas ocasiones, eran precursoras y desencadenaban las graves crisis hipertensivas. Como su hijo no mejoraba, ya no sabía qué hacer. Por eso, en el verano de 1990, al sufrir tan frecuentes y repetidos accesos de asma, seguidos de bruscas elevaciones de la tensión arterial, acudió por primera vez, con mucha fe y confianza, a la intercesión del Beato Josemaría, al que pidió que cesaran las crisis asmáticas.

Había ocurrido que, en 1989, con ocasión del segundo ingreso de Manuel Adrián en el Hospital General de Asturias, una pariente suya, conociendo que la afección de Manuel Adrián era incurable, le entregó una estampa del hoy Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. De momento, sin dar demasiada importancia a esa estampa, la madre la guardó sin más.

Después de esa primera petición que hizo en el verano de 1990 y, pasado un tiempo prudencial, se quedó muy asombrada y agradecida, porque su hijo Adrián no volvió a presentar ya ni una sola crisis de asma.

Un año después, en septiembre de 1991, convencida de que Manuel Adrián había sido favorecido con una intervención muy directa de Dios, decidió pedir al Beato Josemaría que, por su intercesión, se consiguiera que curase también, poco a poco, de su hipertensión. Insistió en eso: que fuera “poco a poco”, ya que temía que la rápida curación “pudiera afectar al niño negativamente”.

Efectivamente, en las sucesivas revisiones, los médicos comprobaban, asombrados, cómo los valores de la tensión arterial que presentaba el niño se iban reduciendo progresivamente, por lo que se vieron obligados a rebajar, también progresivamente, las dosis de medicación.

Así se llegó al 17 de mayo de 1992. Ese día tuvo lugar en Roma la solemne Beatificación de Josemaría Escrivá. En su casa de Oviedo, la madre de Manuel Adrián veía la ceremonia por la televisión y, en aquel momento, dice: “Pedí fervorosamente y con toda el alma al nuevo Beato Josemaría, que Manuel Adrián se curara total y completamente y que le suprimieran ya toda la medicación”. Por eso, cuando su padre le contó lo ocurrido al niño en la playa, le tomó la presión y comprobó que en ese momento era normal: tuvo entonces la profunda convicción de que el Beato Josemaría había obtenido del Señor la gracia de la curación total y completa de la grave e irreversible enfermedad que padecía su hijo.

Al día siguiente le llevó a una revisión y pidió al médico  hasta este punto tenía convicción de que el niño estaba curado  que retirara toda la medicación hipotensora. Y así, desde entonces, no ha vuelto a seguir ningún tratamiento para controlar su  en otro tiempo  grave hipertensión arterial de origen vásculo renal. El niño estaba curado plenamente. Desde entonces -17 de mayo de 1992- Manuel Adrián no ha presentado ni crisis asmatiformes, ni alteraciones de la tensión arterial. Su estado general es de completa normalidad, como han confirmado los numerosos médicos que le han explorado desde entonces.

Por indicación del Presidente del Tribunal Diocesano -constituido en la Archidiócesis de Oviedo para investigar la curación de Manuel Adrián- se nombraron dos Peritos Médicos, que exploraron de nuevo al niño, confirmando la curación completa de la grave enfermedad que había padecido. Los dictámenes que emitieron fueron los siguientes:

  • “Desde hace aproximadamente 3 años el paciente se encuentra normotenso5, habiendo por supuesto suspendido la medicación y siendo negativas las exploraciones efectuadas en busca de alteraciones vasculares renales como las encontradas en el momento de su diagnóstico, y no existiendo datos bioquímicos que indiquen la activación del sistema renina angiotensina­aldosterona”.

  • “En resumen, se trata de un niño que está normotenso, su desarrollo pondo estatural es absolutamente normal y que no presenta ningún dato patológico”.

Como testigos médicos y expertos, el Tribunal Diocesano solicitó el testimonio de numerosos profesionales de la Medicina, tanto Profesores Universitarios, como especialistas en Nefrología de prestigio internacional. Algunos de los dictámenes fueron los siguientes:

  • “Sólo quiero añadir, simplemente, que la resolución que ha tenido lugar en este niño de la hipertensión, con independencia de los diagnósticos que se han establecido y que yo también suscribo, me parece no explicable médicamente y que no alcanza a ser interpretada científicamente”.

  • “Las hipertensiones vásculo renales, dejadas a su evolución, tienen un pronóstico grave, de hecho crean un estado de repercusión visceral en otros órganos que puede acabar con la vida del paciente. Por lo menos en el primer internamiento la gravedad fue casi extrema. (...) Ya dije que lo que a mí me llevó a ponerme en contacto con este caso fue precisamente que el desarrollo de la enfermedad fue anómalo. Ya que tanto la experiencia personal como la descrita en la literatura en amplias series la hipertensión vásculo renal no remite nunca, es progresiva y su único tratamiento, cuando le tiene, es la intervención quirúrgica, que sí que puede resolver el proceso; por eso, en este niño, al no haber sido intervenido quirúrgicamente y haber evolucionado como evolucionó, este hecho va contra natura”.

Tanto los numerosos parientes y conocidos de los padres, que han seguido la evolución de la grave enfermedad del niño, como los médicos que le han examinado y explorado, confirman unánimemente la evolución que aquí se ha reseñado. Por lo tanto, no cabe duda que podemos afirmar lo siguiente:

  • La forma en que se ha producido la curación, tanto de la afección asmática como de la hipertensión, no tiene explicación científica alguna.

  • Para obtener esta curación, los padres de Manuel Adrián le encomendaron a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y pudieron percatarse que su oración era oída de manera simultánea o concomitante con la mejoría que se había pedido en la grave enfermedad.

  • Por tanto, ante lo incurable del proceso patológico, afirmamos que no hay duda que el Beato Josemaría atendió la petición y que obtuvo del Señor la curación del niño, que puede ser considerada instantánea, completa y permanente.

1 Por crisis hipertensiva se entiende el aumento brusco, agudo e imprevisto de la tensión arterial, que puede alcanzar distintas gradaciones.

2 Laparotomía con apendicectomía: operación quirúrgica consistente en la apertura del abdomen para quitar el apéndice.

3 Es una enfermedad provocada por un estrechamiento del calibre –la anchura- de una de las arterias del riñón, que cursa con una elevación sostenida de la presión arterial.

4 La arteriografía abdominal es una prueba diagnóstica, que consiste en la inyección de un contraste en las arterias del abdomen –habitualmente, en la aorta- para ver con Rayos X la distribución y el calibre de esos vasos.

5 Normotenso: Persona que tiene cifras normales de tensión arterial.

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